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Ardilla Roja

27 27Europe/Madrid noviembre 27Europe/Madrid 2012

ardilla roja

Este es un cuento que escribí en noviembre de 1997. Lo recupero porque, a pesar de su ingenuidad y sus fallos, también forma parte de mi “libro de la almohada”.

El incluirlo aquí me supone un ejercicio de aceptación y reconciliación conmigo misma, por eso ha superado la autocensura. Bueno, por eso y porque el texto completo va en el archivo de descarga, que no he revisado para no flaquear en mi decisión de publicarlo (creo que no superaría la prueba…).

En cuanto a la música, aunque Mari boine es de Laponia, no deja de sonarme muy “India”. ¿No?

http://www.youtube.com/watch?v=aYevBLUtuLc

https://marymer.wordpress.com/2016/03/24/Ardilla-haiku/

https://marymer.wordpress.com/2013/03/16/amatista-violeta/

https://marymer.wordpress.com/2013/08/30/ookiina-hana-no-hito/

El cuento, que está completo en el archivo de descarga, comienza así:

Ardilla Roja cerró los ojos y se dejó llevar por sus recuerdos. Había estado tanto tiempo en tensión, tanto tiempo luchando que le costaba ablandarse, aunque supiera que ésa era la única forma de tomar nuevas fuerzas. No las físicas, que ésas nunca le fallaban, sino las otras, las de la moral y el  ánimo que debía dar a su pueblo.

Desde muy joven, desde el momento en que dejó de ser niña, Ardilla Roja se convirtió en la jefa de su tribu.

Los nawalkys habían sido un pueblo perseguido incluso por sus propios hermanos pieles roja. Eran una tribu pacífica. Nómadas a la fuerza, buscaban la tierra que los espíritus totémicos les señalaran como suya. La tradición mandaba que, cada vez que realizasen un asentamiento, por breve que fuese, el brujo debería realizar el ritual secreto, lejos de la mirada del resto de la tribu. Cuando volvía de su retiro, reunía a todo el pueblo en círculo y arrojaba cuatro piedras contra el suelo, donde había dibujado antes los símbolos que indicaran si la tierra que ocupaban era la elegida.

Ardilla Roja tuvo que presenciar la

ceremonia tantas veces, tuvo que recoger tantas piedras y tanta decepción que, desde hacía muchas lunas, ya no se quedaba a presenciar la caída y los lamentos preparados. Cuando el viejo Chacal Rayado se retiraba, ella también lo hacía y no volvía hasta mucho después. 

La primera vez que faltó, los viejos se reunieron y la recriminaron por su actitud. Pero Ardilla Roja se mantuvo firme. Estaba ya acostumbrada a no dejarse amedrentar porque, aunque no era una mujer dura, sabía que cualquier asomo de debilidad perjudicaría a su pueblo. Pero la carga que sufrían los nawalkys no era sólo la de buscar su tierra. La diferencia que les separaba del resto de las tribus de su raza, les había hecho ganarse la indiferencia, cuando no el desprecio, de las tribus más importantes. Si los pueblos de su raza amaban la libertad, los nawalkys mucho más. Jamás quisieron sucumbir a presiones de las tribus más fuertes. Jamás aceptaron asentamientos impuros, alejados de su tradición. Su rebeldía y su desprecio les acarrearon fama de traidores, sobre todo cuando empezaron los problemas con el hombre blanco. 

A tanto llegó la tensión y la agresividad contenida que, cuando Ardilla Roja era aún una niña, la tribu sufrió un ataque nocturno por parte de un grupo de jalaches. Aquella noche murió mucha gente, entre ellos Flor de Roca, la jefa de la tribu. Tras media luna de duelo, los viejos se reunieron para decidir quién habría de ser la nueva jefa. Querían que fuese lo más joven posible, casi una niña, para que su carácter se modelase con facilidad a los deseos de la asamblea. Pensaron entonces en que la pequeña Ardilla Roja era la más rápida en

aprender cualquier cosa que se le contase y, además, era ágil y fuerte. Por otra parte, sus padres también habían muerto esa noche, y no tenía hermanos de los que ocuparse, por lo que, ahora y más tarde, podría dedicarse únicamente a la tribu, sin padres ni hermanos que la retuviesen o hiciesen apegarse a la vida. 

La jefa de los  nawalkys no podía permitirse la cobardía, el  deseo de vivir por los suyos, por eso había de mantenerse siempre sola, sin familia, ni hijos, ni esposo. Esa condición nunca le preocupó a Ardilla Roja. Los hombres de su tribu no le atraían, le parecían débiles e incluso  cobardes. Quizás por su educación, siempre pensó en ellos como seres a los que proteger. Ella admiraba casi únicamente a los viejos, sobre todo a Lobo Azul y a su  esposa Agua Rugiente. Ellos eran los que le habían enseñado a ser jefa, los que se habían ocupado de ella desde la fatídica noche, y los que habían hecho de ella una mujer firme. En un primer momento, la asamblea de ancianos pretendió mantener a Ardilla Roja bajo su dominio, pero fueron Lobo Azul y AguaRugiente quienes se lanzaron a defender los derechos de la niña hasta el día en que ella pudo hacerlo por sí misma.

Ardilla Roja necesitaba cerrar los ojos y los oídos de vez en cuando. Tanta lucha la extenuaba. Y ahora el problema de los hombres blancos. Tenía miedo. No temía por sí misma sino por su pueblo. Ellos cada vez estaban más cerca. Según las indicaciones totémicas que recibía Chacal Rayado, ellos debían seguir caminando en dirección al gran río y, allí estaban asentados los hombres blancos desde hacía muchas lunas ya. Ardilla Roja no quería enfrentarse a ellos. Su pueblo no era un pueblo guerrero. Igual que no habían aprendido a permanecer en un sitio fijo, tampoco habían tenido que luchar por un territorio propio. La

tierra era ancha y, desde siempre, se habían movido por ella.

Cerca de donde se habían asentado esta vez, había un pequeño grupo de casas de hombres blancos. Era eso lo que más le estaba inquietando. Ya sentía próxima su presencia, y ella siempre había rechazado la idea de que su pueblo se acercase a esos hombres falsos y sanguinarios que engañaban y destruían a los de su raza.  Ahora Chacal Rayado estaría lanzando las piedras o, tal vez, ya habrían empezado los lamentos. Daba igual, hasta que no bajase el sol, no iba a volver al campamento.

Un niño llegó corriendo.

–¡Ardilla Roja, es éste el sitio! 

No le entendió. Le miró seria e interrogante. 

–¡Lo ha dicho Chacal Rayado!

Ardilla Roja se estremeció: “Era el sitio”.

Se levantó y volvió en silencio con el crío.

Todos la esperaban solemnes para comenzar la ceremonia. Chacal Rayado se acercó y quiso comenzar con el ritual que todos conocían, pero que jamás se había realizado. Sin embargo Ardilla Roja no se inclinó, como estaba establecido. Se mantuvo erguida y dirigió  una mirada lenta y serena a todos, hasta terminar en Chacal Rayado a quien dijo:

–Luna sobre luna los nawalkys hemos esperado una señal. He conocido el resultado de la consulta de la voz de un niño. Antes de unirme a la tierra y romper mi castidad, quiero oir de tus labios la voz de los espíritus. 

–Si hubieses estado aquí, tú misma la hubieses oído. Tu desconfianza en ellos les ha hecho hablar a tus espaldas y ya nunca podrás oirles.

Se hizo un gran silencio. Ardilla Roja se sintió ofendida, pero en el fondo sabía que el viejo brujo tenía razón. Rompió el silencio Lobo Azul que dijo en voz alta:

–Nada obliga a la jefa a permanecer siempre en la ceremonia que tanto se repite. Eso no significa que desprecie a los espíritus. Una jefa de los nawalkys sabe que ellos son la fuerza de su pueblo y su protección.

Entonces se dirigió a Ardilla Roja: 

–Aunque hubieses estado aquí, no podrías saber lo que los espíritus dijeron. Chacal Rayado no gritó palabra alguna al caer sobre el suelo sagrado de la gran señal. Hemos pues de confiar en los oídos de su corazón.

Ardilla Roja sintió que la vida le daba la vuelta, que el verano era frío y el invierno cálido. Sus temores se hacían realidad. “¿Cómo permanecer allí, al lado del hombre blanco? ¿Por qué allí, donde más peligro había? ¿Cómo dudar del viejo Chacal?…”. Su expresión de firmeza no reflejaba la contrariedad que la embargaba, pero su silencio estaba empezando a resultar opresivo a la tribu, que no entendía por qué aquello tan esperado no se realizaba ya mismo.

Ardilla Roja habló en tono sereno:

–Nuestra tribu ha esperado muchas vidas hasta llegar a este momento. Hemos de asegurarnos bien antes de quedarnos aquí. 

Chacal Rayado sintió que se ponía en duda su poder y gritó:

–Si hubieses estado aquí y hubieses visto el sueño que cayó sobre mí cuando las piedras tocaron el suelo, si hubieses visto la lentitud de su caída, no dudarías de lo que mi corazón oyó entonces. No te atrevas a dudar de los espíritus o todo el mal caerá sobre nuestro pueblo. Ellos me han dicho que hemos de asentarnos a una jornada de aquí, al lado del arroyo.

–Pero ¡allí están las casas del hombre blanco! Piedra Brillante lo vió ayer. 

Chacal Rayado no contestó y la miró desafiante. Todos guardaron  silencio, hasta que Lobo Azul dijo:

–Ardilla Roja, sabes que hemos de quedarnos donde manden los espíritus, sea como sea, o nuestro pueblo será  exterminado… Sin embargo, creo que antes de seguir adelante hemos de celebrar una asamblea.

Ardilla Roja agradeció la tregua que le había proporcionado la sabiduría de su viejo Lobo, y esa noche en la tienda discutieron los tres antes de reunirse con el resto de losancianos al amanecer. La discusión fue dura. Todos veían cernirse sobre ellos el fantasma de la batalla. Sí, era tierra de los pieles rojas, pero esa gente estaba ahí y no querrían irse; y, lo que era peor, ellos tampoco podían dudar de Chacal Rayado o desobedecer a los espíritus.

Pasaba el tiempo y la asamblea no llegaba a un acuerdo. Ardilla Roja, sentada a distancia, les oía en silencio y se sentía cada  vez más confusa y más culpable por no haber visto la reacción del  viejo Chacal y no poder juzgar por sí misma, porque los viejos apenas si podían poner en duda el poder del brujo, parecía que era sólo ella quien no confiaba plenamente en el vaticinio. Tras unos cuantos murmullos, Agua Rugiente llamó a Ardilla Roja para que se acercase, y dijo:

–Hemos acordado esperar una luna entera antes de realizar la ceremonia final. Durante ese tiempo se buscará  un hombre fuerte que habrá  de ser tu esposo. Como jefa sabes que ahora has de abrirte tú como la tierra que acoja a los nawalkys para siempre.

Ardilla Roja se quedó muy seria y acató respetuosa. Sabía que se le daba con ello una nueva tregua para pensar como asentarse en un terreno ya ocupado. Pero, lo que ahora le inquietaba era su matrimonio. Sabía que eso era lo establecido, pero nunca pensó que llegara a suceder realmente. Eran demasiados cambios en muy poco tiempo. Hubiera querido huir, pero lo único que hizo fue irse a cazar sola.

Se dió cuenta en seguida de que andaba alguien cerca. Sigilosa, fue acercándose hasta que pudo verlo bien. Era un hombre blanco. De estatura media, aspecto fuerte y barba entrecana, resultaba muy delicado en sus movimientos, como si lo que estuviese  haciendo le exigiese el mayor cuidado. Desde su posición, Ardilla Roja no podía ver qué era lo que hacía exactamente. Parecía estar envolviendo algo en una tela de saco. Cuando terminó de hacer el envoltorio, lo enterró y se quedó sentado mirando al suelo.

Ardilla Roja lo observaba inmóvil. Le parecía diferente de otros hombres blancos a los que había visto antes, quizás porque siempre los había observado cuando estaban en grupo, muy de lejos, sin considerarlos más que como una manada de seres vociferantes y agresivos. Ese hombre que realizaba una tarea con tanta minuciosidad le recordaba a Lobo Azul cuando se ponía a adornar las armas de caza. Le intrigaba y le inquietaba a la vez. Se mantenía tan inmóvil como ella, y parecía que no tenía intención de levantarse de allí…

From → Espejismos, Ficción

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