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Cultivar la Amabilidad

25 25Europe/Madrid mayo 25Europe/Madrid 2018

 

Hay tantas cuestiones que tratar cuando hablamos de meditación, que, la verdad, no sé por dónde empezar. Al fin y al cabo, familiarizarse con la naturaleza de la mente implica tomar conciencia clara de la Vida con mayúscula, que se compone principalmente de las cosas cotidianas, que son las que marcan la existencia. No hace falta, creo yo, andar buscando experiencias extraordinarias, porque la verdadera trascendencia se encuentra en lo más cercano.
Últimamente me estoy fijando en un aspecto que, al menos yo, dejo de lado sin darme cuenta, no solo en la meditación. Me refiero a la Amabilidad. Lo pongo con mayúscula, no porque me haya dado un ataque de «mayusculitis» (como decía mi querida amiga Carmen Roig), sino porque quiero distinguir este concepto de algún modo, separándolo de la idea de cortesía vacía.
«Amabilidad» tiene obviamente la misma raíz que amor. Este concepto creo que es importantísimo cuando nos referimos a nosotros mismos. En la meditación, tantas y tantas veces, nos ponemos metas, nos juzgamos, nos exigimos y, claro, dejamos de amarnos, dejamos de ser «amables» con nosotros. Llegamos a ponernos tan rígidos y solemnes que nos perdemos en lo que «deberíamos hacer», olvidando la experiencia en sí.
Me parece que la pereza para meditar muchas veces se alimenta de nuestra falta de Amabilidad con nosotros mismos. Y, como decía, la meditación no es una escepción, una actividad ajena a lo cotidiano, por eso esta misma carencia nos lleva a caer en hábitos que nos perjudican frente a los que nos benefician, aún siendo conscientes de ello.
Y, dicho esto, ¿qué hacemos? Pues ponernos manos a la obra con lo que tenemos más cerca, con lo que somos ahora: nuestro propio cuerpo y nuestras propias sensaciones. Propongo algo sencillo para cultivar esta Amabilidad desde la sensación, que es algo que cala con mucha profundidad en nuestra mente.
Sentémonos con la espalda recta, en una posición que nos resulte lo suficientemente cómoda para estar tranquilos, al tiempo que mantenemos la atención sin desmoronarnos. Ni tensos ni derrumbados, con una postura digna y elegante, abiertos a lo que pueda surgir.

Con una primera inspiración, giramos suavemente los hombros hacia abajo y hacia atrás, permitiendo que el pecho se abra, sin estridencias; no marcialmente, sino con la alegría y la curiosidad de abrirnos a la experiencia.
Con esta actitud, comencemos a observar las sensaciones del aire al entrar y al salir de las fosas nasales, sintiendo como cada una de nuestras inspiraciones es una caricia que entra en nuestro cuerpo, única e irrepetible, que nos da la vida. Igualmente al sentir cada espiración, dejamos salir el aire como otra caricia que enviamos conscientemente a nuestro entorno.
Con esta actitud cultivamos la Amabilidad sin diferenciarnos de lo demás. Cada respiración nos conecta y nos acaricia. Nos amamos y amamos lo que respiramos, sin separación, sin diferencias.
Esta propuesta no tiene por qué llevar demasiado tiempo, pero sí exige atención y cuidado. Todos los que nos hemos acercado a la meditación conocemos bien que la mente quiere siempre distraerse. No pasa nada porque surjan pensamientos, es lo normal, lo único que hay que hacer es, con una sonrisa interior, procurar no enredarse en ellos y devolver la atención a estas sensaciones.
También es importante mantener el tiempo de observación que nos hayamos fijado previamente, aunque sean cinco minutos, porque así cultivaremos una sana disciplina que nos será muy útil en otras muchas facetas de la vida.
Espero que estas palabras puedan ser beneficiosas, sin olvidar que «la luna es lo que importa».

2 comentarios
  1. Víctor Fernández-Chinchilla permalink

    No he visto yo que hayas dejado nunca de ser Amable

    Le gusta a 1 persona

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