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«La Lirios»

27 27Europe/Madrid junio 27Europe/Madrid 2024

Lirios

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¿Y este aire dulce?…
¡Cuántos lirios abiertos
desde el espejo!

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Durante casi toda mi vida las rosas, especialmente las rojas, habían sido mis flores favoritas. Sin embargo, desde hace poco, algo más de un año, me he enamorado de los lirios y es raro que no tenga una vara de estos floreciendo en el salón, colocada en un precioso jarrón que me regalaron mis compañeros de trabajo hace ya siglos.
Me gusta tener flores en casa. De hecho hasta en el baño las tengo. Allí ha vuelto a florecer una imponente orquídea blanca que se ha hecho la dueña del espacio y de la luz. Me la regaló por mi santo un amigo, hace ya casi dos años y, con algo de cuidado y mimos ahora ha vuelto a mostrarse en todo su esplendor.

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Los aromas y las plantas me dan vida a mí y a mi casa. Tal vez por eso me he quedado prendada de los lirios. ¡Es que lo tienen todo! En cada rincón del salón se percibe la presencia de estas flores altas. Como un espíritu dulce y acariciante se difunden en un olor amoroso y tierno que parece que te abraza y te protege.
Es cierto que las rosas son espectaculares. Un ramo de rosas rojas invade el espacio donde se coloca y desvía todas las miradas. Es como un arrebato de pasión o como un estallido de fuegos artificiales. Sin duda es magnífico, pero yo hoy me quedo con los lirios.
Desde muy joven he tenido la suerte de recibir rosas muchas veces, de una en una o en grandes ramos. Ha sido emocionante y en ocasiones sorpresivo. Fueron momentos hermosos por los que me siento agradecida, porque soy consciente de que no todo el mundo los ha vivido alguna vez.
Ahora, casi cada semana, recibo una vara de lirios de las manos de el hombre que más me ha querido y me quiere en el mundo, de manera incondicional, a pesar de mis regañinas, mis salidas de tono y la multitud de quebraderos de cabeza que le he dado durante estos cincuentainueve años que llevo en el mundo, precisamente a causa de su intervención imprescindible en este hecho.
En fin, desde hace meses es mi padre quien me regala los lirios que siempre tengo en el salón. Es emocionante verle llegar de mañana con ellos en la mano, rebosante de alegría y de ilusión. Y, aunque yo no lo demuestro demasiado bien, me conmueve su amor de padre, tan sencillo, tan claro y tan directo.
Cada día de mi padre es un regalo que comparte conmigo. A sus noventaicuatro años sigue siendo un hombre independiente, vital y alegre. Hace deporte, viaja por su cuenta y se ilusiona con su nuevo iPhone, como un adolescente.
Antonio, mi padre, sabe ser feliz. Sin cursos de auto ayuda, sin terapias sofisticadas, sin alaracas de ningún tipo. Se ha enfrentado a una vida dura y a su vejez con una sabiduría sencilla e innata.
Él ni se lo imagina, pero es un maestro de vida para mi y para muchos otros. Antonio es como los lirios que trae en la mano cuando viene a verme, impregna todo con su presencia, llena el aire de cariño y dulzura porque es un hombre bueno y tierno que se abre cada día a la vida con unas ganas enormes de respirarla y aprovecharla. En el budismo se hace mucho hincapié en la importancia de valorar la oportunidad de tener una vida humana con unas condiciones favorables. Antonio no es budista ni sabe qué cosa sea eso, pero aprecia cada segundo e irradia por todas partes esa luz que da la alegría de vivir.
Pues eso, que me he pasado a los lirios, porque son preciosos y porque quien me los regala lo es mucho más.
Con todo mi amor: ¡Gracias, padre!

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