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Un sueño con serpiente

Sueño con serpientes. Y realmente sueño con serpientes. Mejor dicho: esta noche he soñado con una serpiente.
En mi sueño, yo la llevaba metida en una funda de plástico translúcido y un poco rígido, como esos de los sobres portafolios. Esto le impedía crecer. Sin embargo, no recuerdo por qué, la saqué de la funda para enseñársela a alguien, sin preocuparme de cuánto podría desarrollarse, sin considerar siquiera que tal cosa pudiese llegar a ser un problema.
Así que, en principio, el crecimiento de la serpiente fuera del plástico donde yo la guardaba no era en el sueño ni bueno ni malo. Sin embargo, una vez fuera, la serpiente creció demasiado. Se alargó y engordó tanto que era casi tan ancha como yo misma (aunque tampoco es que una dé para mucho, la verdad).
A pesar de su tamaño, mi serpiente no atacaba a nadie. Era tranquila y pacífica. Yo me la ponía por encima de los hombros como si fuese una estola y ella se dejaba hacer blanda y dócilmente.
Pero, de todos modos, había quienes temían ser mordidos y envenenados mortalmente por ella. Sin embargo, en ese sentido, yo estaba muy tranquila. Sabía que eso era imposible, ya que se trataba de algún tipo de boa constrictor. Para mí el único peligro -más bien remoto- es que le entrara hambre y se nos tragase a alguno.
Poco a poco la gente se fue acostumbrando a verme con la serpiente encima y dejaron de tenerle miedo. Lo siguiente fue que, en cierto momento, alguien osó morderla suavemente para ver qué hacía.
En principio mi compañera permaneció indiferente, pero la persona insistió hasta que ella no pudo más y le dijo seriamente y en un tono cortante: “No me muerdas”. Y, como la insensatez humana es infinita, volvió a morder y la serpiente a repetir: “No me muerdas”.
Yo estaba impresionada y sorprendidísima porque no tenía ni idea de que la serpiente hablase.
La persona mordedora también se sorprendió y parece que le hizo gracia la cosa. Divertida y relajada ante una serpiente parlante pensó que no había peligro y estaba a punto de seguir con el jueguecito, cuando yo lo impedí. Me di cuenta de que, si había mordisco humano, habría otro inmenso y definitivo que se tragaría tanta osadía.
Me alejé tranquila con mi boa parlante, pensando que era una pena haberla tenido tanto tiempo en esa funda tan fea, sin saber que podía hablar con ella, preguntarle cosas y aprender de su sabiduría.
Y, cuando iba a intentar comunicarme mejor con mi lacónica acompañante, me desperté.
Pues, casi lo que decía al principio: un sueño con serpiente. La de esta noche ha sido una enorme boa paciente, sabia y peligrosa, de la que estoy segura que podría aprender muchísimo. ¿Volverá?…

Kushi y yo

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Nos conocimos hace catorce años. En este tiempo nos hemos visto crecer mutuamente y hemos llegado a ser mucho más que buenos vecinos.
Desde el primer momento nos caímos bien y yo busqué su compañía sobre todo en las noches de verano. Sentada a su lado he llorado, he soñado y he buceado por los abismos de mi mente. Su presencia firme y cálida, tan vibrante de vida, me reconfortaba siempre y aún lo hace.
Con todo, hasta este año ni nos habíamos tocado. La distancia física entre nosotros no era grande, pero sí suficiente para no alcanzarnos. Además, como nos comunicamos mediante un lenguaje más viejo que las palabras, ajeno a la voz y a la escritura, hasta el año pasado no supe de su lejano origen. Tuve que enterarme porque enfermó gravemente. Fue invadido por unos parásitos que se alimentaban de su savia y que, además, pretendían meterse en mi casa, y algunos lo lograron, pero no por mucho tiempo.

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Investigué para saber qué le estaba pasando a mi querido compañero y poder dar con alguna solución. Entonces fue cuando descubrí que mi vecino era un olmo siberiano y que estaba siendo atacado por la plaga de la galeruca. Puse aviso al ayuntamiento y conseguí que algunos de mis vecinos también lo hicieran.
Este año parece que ya está sano y fuerte. Supongo que algo hicieron los jardineros del ayuntamiento y también la tremenda tormenta Filomena que llenó de nieve y hielo las rendijas donde se agazapan esos bichitos hasta la primavera. Mi amigo ha crecido mucho, tanto que este verano desde mi balcón puedo acariciar sus hojas y bailar con sus ramas. Sé que él está contento también por tenerme más cerca. Estoy segura de ello porque me lo susurra cuando sus lengüecillas verdes se entrechocan juguetonas al ritmo de la brisa de la tarde.
Además, hace unas semanas también he sabido cuál es su nombre. En Mongolia mi querido árbol se llama Kushi. Esto me lo chivó Miguel Peyró, que sabe mucho de estas cosas. Fue él quien me sugirió que le llamase así, Kushi, porque es una forma mucho más familiar y cercana de nombrar a un ser tan querido. Por supuesto, enseguida acepté la sugerencia, lo que creo que ha servido para unirnos todavía más.

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Solo hay un problema: es que me parece que la difenbaquia, los limoneros, los cactus, el roble, el aguacate y todos los demás, desde sus macetitas, se sienten un poco celosos y no deberían, porque no les quiero menos ni les desatiendo nunca. Es verdad que en estas semanas presto a Kushi mucha atención, pero no es menos cierto que luego llega el otoño, las puertas del balcón se cierran, él pierde sus hojas y se adormece hasta la primavera. Eso sí, el muy bandido se despierta tras el invierno con ganas de jarana. Lo comprobé la primavera del año pasado, cuando, enfermo y todo, dejó caer su semilla en la maceta del albaricoque. Desde entonces ahí están los dos compartiendo espacio y esperemos que se lleven bien, porque no tienen mucho sitio para disputar.
En fin, que Kushi y yo estamos viviendo una relación que crece y evoluciona, más allá de géneros y especies. Para que luego digan: si quieres entenderte de verdad, te entiendes. La comunicación es posible entre todos los seres. ¡Bien que lo sabemos mi Kushi y yo!

Un grillo en Chamberí

¡Ah! Y que conste que estas tres preciosas fotos de Kushi son de mi amigo Javier Marín, que es un artista. ¡Gracias!

Mi soledad de arcilla

La soledad es infinita, enorme. Es tan extensa que hay para todos nosotros durante todas nuestras vidas.
Además tiene la facultad de aparecerse en distintas modalidades, desde las más amables de los retiros anhelados, hasta las terribles y dolorosas de las duras pérdidas que nos perforan las alas de la alegría.
La soledad es sólida, cuando se convierte en un ancla que nos sujeta a nuestro propio ser, cuando nos permite encontrarnos y reencontrarnos con ese yo fuerte e incondicional que está siempre disponible, sobre todo cuando ni lo sospechamos. Y sigue siendo aún más sólida y pesada cuando cae sobre la cabeza y los hombros, como un telón mojado y viscoso, que no nos deja movernos ni apenas respirar.
Hay también una soledad líquida, amable y plateada como la lluvia de otoño que impregna el alma de serenidad. Pero, al mismo tiempo, puede presentarse en el llanto desbordante de un océano de dolor con sabor a lágrimas.
Cuando uno experimenta la ligereza de su verdadera naturaleza, carente de lastres y rémoras, la soledad es etérea y ligera, igual que un delicado aroma de incienso. Sin embargo, otras veces, se manifiesta en un olor intenso a pobreza y carencia que apenas permite respirar y que se pega a la piel sofocantemente.
En fin, la soledad es así, ni buena ni mala. Es, sencillamente, es. Huir de ella es como huir de la propia sombra. Ante la inmensidad no hay otra solución que sumergirse y bucear con los ojos abiertos por las simas de la mente, aprovechando las corrientes y contemplando el espectáculo de la profundidad de la vida de todos, tan igual y tan distinta.
En esta tarde de verano, encerrada en este “barco quieto” que es mi casa, toco mi soledad y la moldeo con los dedos. Como si fuera una arcilla húmeda y aromática, aunque al principio me da miedo de que se me pegue entre las uñas o me manche el parqué, sigo adelante y voy formando con ella, suavemente, una vasija tierna y fresca donde depositar mis sueños.

“19 de noviembre” (“Nadie nunca”)

***

Este cuento lo escribí en noviembre de 1989. Trata de la muerte de una joven misteriosa, que no se sabe muy bien quién es y que no parece saber que está muerta.
Es un escrito de juventud, con muchas carencias y errores, pero he querido recuperarlo porque incluso tantos años después me sigo identificando con su tono y con la manera de ver el mundo que está detrás de sus palabras.
En aquel momento lo titulé “Nadie nunca”, pero hoy lo llamaría “19 de noviembre”. Esta fecha para mí tiene algo fatídico. La elegí entonces para el cuento porque una mañana, tras una pesadilla que no recuerdo, me desperté escribiéndola en la sábana con el dedo y con la sensación de que cada año ese día debía de andar con más precaución.
Aquello me impresionó hasta el punto de dar pie a este cuento que comparto hoy.

***

19 de noviembre

Cuando salió de casa, todo quedó en perfecto orden. Justo antes de cerrar la puerta, se miró en el espejo de la entrada, para asegurarse del buen efecto que le causaría su imagen.
Acababa de decidir cuál iba a ser en adelante su actitud. Después de darle vueltas durante días, llegó a la conclusión de que era inútil esperar más.
Dio un portazo y bajó la escalera taconeando. Al salir a la calle, encaró el frío seco de noviembre y la luz gris de la tarde. Entonces se sintió aún más fuerte.
Subió al coche segura de que le daría tiempo de encontrarle todavía en el despacho. Sin embargo, no fue así. Cuando llegó, él ya se había marchado.
Se quedó sin saber qué hacer. Estaba extenuada por la tensión y el esfuerzo inútiles.
Se apoyó con el codo en el pomo de la puerta y esta se abrió. Asomó la cabeza, vio el teléfono y no lo dudó un instante…

***

19 de Noviembre

En cuanto llegué a casa, viendo la puerta entreabierta y aquel desorden, comprendí que había vuelto a suceder. Pero esta vez ni se me ocurrió dónde podría haber ido. Busqué entre sus cosas y lo único que eché de menos fueron las zapatillas de deporte. Porque, la verdad, yo de aquellos vaqueros viejos con que la encontraron, ni me acordaba y, menos aún, de la camiseta aquella que me ponía yo para hacer chapuzas…
Tuve la certeza de que había recaído. Me quedé como un tonto, sin saber qué hacer.
Dudé en llamar a tu casa, por si le habría dado por irse allí. Pero luego pensé que, si ella llegaba en el estado en que yo suponía que estaba, tus padres me avisarían enseguida y, si no se había marchado con vosotros, lo mejor era no preocupar a nadie…
Aunque eso tus padres no lo entenderán nunca y no me lo van a perdonar…
No. Espera. Déjame seguirte contando porque quiero que, por lo menos tú, me creas.
Cuando me acordé del coche, el presentimiento de lo que podría haber sucedido me heló la sangre. Bajé corriendo a la calle y vi que el sitio donde yo había aparcado estaba vacío…
¡Dios mío! ¿Cómo se le ocurrió? Te juro que jamás le dejé tocar el volante. ¿Cómo iba a hacerlo, si sabía que ella no podía ni debía conducir?…
Hoy hace un año que murió y aún me da la impresión de que va a ir a buscarme. Porque estoy seguro de que cogió el coche para eso. Quería llegar antes de que me fuera y encontrarme todavía en el despacho. Seguro que se sintió mal y me necesitaba.
(…)
Por favor, coge tú el teléfono y di que no estoy. No tengo ganas de hablar con nadie.

***

22 de Diciembre

Hoy, antes de ponerme a escribir, he estado ojeando todo lo anterior y me he dado cuenta de que, precisamente tal día como hoy, hace un año que comencé este diario, al que cada vez acudo con menos frecuencia, seguramente porque poco a poco voy superando la pena y la decepción del 22 de diciembre del año pasado.
Entonces hacía poco más de un año que la niña tuvo el accidente y que Javier se recluyó en su cómodo mundo, dejándome definitivamente sola.
Porque con el chico nunca pude contar para nada. Hasta tal punto que, el día del aniversario de la muerte de su hermana, estando su padre de viaje y yo enferma, se marchó desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche.
Para colmo, después me enteré de que estuvo todo el tiempo con el canalla ese que vivía con mi Inés, que tuvo la culpa de todo.
Ella ya se había recuperado, pero tuvo que marcharse con él. Con ese sinvergüenza que acabó por desequilibrarla definitivamente. Siempre hablándole de tonterías y metiéndole pájaros en la cabeza, complicándole la vida.
El médico me lo dijo bien claro: “Señora, su hija está recuperada, dentro de lo posible. Pero usted ya sabe… Tiene que llevar una vida lo más tranquila posible. Puede seguir estudiando, pero, poco a poco, sin excederse. ¡Con lo bien que estaba ella aquí con nosotros! No le faltaba de nada y nadie le impedía que hiciese lo que quisiera.
La niña ya estaba bien, pero se tenía que cuidar. No debía ponerse nerviosa ni cometer excesos. Yo la tenía aquí tan tranquila, hasta que a su hermano le dio por decir que se estaba entonteciendo, que ya llevaba aquí dos años metida y que ya era hora de que hiciese “algo”.
Un día, sin decirme media palabra, se fue con ella al psicólogo y volvieron diciendo que les había dicho que lo mejor que podía hacer era empezar a “moverse por su cuenta”.
A partir de ahí fue el desastre completo. Se empeñó en matricularse para terminar la carrera y ¡venga de visitas al psicólogo!
Yo me lo empecé a imaginar. Se lo dije a Javier: “mira, esta chica ya está bien. No sé a qué viene tanto interés de psicólogo”.
Pero este hombre nunca me hace caso. Nunca se entera de nada. Ni me contestaba. No despegaba la nariz del televisor.
Así que el día que vino diciendo que se iba a vivir con él yo, aunque ya me esperaba algo, me quedé helada porque no creía que la cosa fuese para tanto. Encima, a Javier no se le ocurre otra cosa mejor que soltar que: “un hombre a punto de jubilarse es demasiado mayor para ella, ¿pero qué vamos a hacer? Si ella lo quiere…”
Le hubiese matado cuando lo dijo, pero ni le contesté.
Javi no podía hablar de la risa que le entró, mientras Inés explicaba que no era con el psiquiatra con quien se iba, sino con el psicólogo, con Ramón.
Claro, Javier lo había estado confundiendo todo el tiempo. ¡Es que nunca escucha cuando le hablo!
Y ahora todavía menos. Desde que murió la niña tampoco yo le hablo. ¿Para qué? ¿Para que me dé la razón como a los locos cuando le digo que la culpa de todo la tiene el tipo ese?
Prefiero no acordarme porque me desespero y me entran ganas de ponerme a gritar.
De todos modos no puedo evitar preguntarme mil veces por qué lo hizo. Él tuvo la culpa seguro, aunque además hubiera alguna razón concreta que empujase a mi Inés ese día a hacer lo que hizo. Ese secreto mi niña se lo ha llevado a la tumba.

***

Ha pasado demasiado tiempo para poder reconstruir aquel 19 de noviembre, que marcó la vida de todos nosotros. Sin embargo, es necesario intentarlo, la duda nos está minando a todos, uno por uno. Mis padres, Ramón y yo intentamos sentirnos inocentes, pero sabemos que no lo somos.
Por eso me dediqué a escribir, para poner en claro las ideas y ordenar los recuerdos antes de que acaben de deformarse por completo.
Inés era cinco años mayor que yo. Desde siempre la admiré porque era eso que llaman “un mirlo blanco”: guapa, inteligente, desenvuelta, agradable… Lo tenía todo para resultar encantadora y, por supuesto, lo era.
Recuerdo cuando íbamos juntos al colegio lo mal que yo lo pasaba. Ella siempre era el centro de atención y Javi el renacuajo que la seguía a todas partes
como un perrito faldero.
En casa para mi madre Inés era el ejemplo de la perfecta niña buena, educada y estudiosa. Mientras que de mí no es que pudieran decir que fuera malo ni vago, pero a su lado cualquiera de mis méritos resultaban ridículos.
Sin embargo, contra lo que podría esperarse, nunca la odié, ni tampoco la envidié porque, a medida que me iba haciendo mayor, me daba cuenta de que Inés no era feliz y, de alguna manera, intuía que no lo iba a ser nunca.
Luego, cuando yo me sentí ya un hombrecito, la vi más pálida, más rubia y más delgada. Sentí que tenía la obligación de protegerla. Aunque luego me di cuenta de que era inútil. Ella no necesitaba mi protección, porque no podía pasarle nada que ella no quisiera que le sucediese.

***

Cuanto más la miro, más me doy cuenta de que esta cría no es normal.
Pero ¿a mí que me importa? Sí, muy lista, muy guapita, muy rubita, pero tiene algo raro…
Ahora que a mí me da lo mismo. ¿No comes? Pues no comas. ¿No te ríes? Pues no te rías. ¿No hablas? Pues no hables…
Estoy harto de monsergas de esta mujer. Un día me va a inflar las pelotas y le voy a decir que le vaya con el cuento al chulo que se la hizo. Porque está claro que esta “medio tísica” no es mía.
El chico sí. Ese se nota que es mío. Es mi vivo retrato, quizá más moreno todavía que yo, pero algo tenía que haber sacado de su madre que, la verdad sea dicha, parece la mujer del moro Muza.
¿Por qué me casaría yo con esta puta histérica? ¿Cómo no me daría cuenta?
Cada vez que me acuerdo…
Parece de chiste. Me voy a trabajar a Alemania como un gilipollas y, cuando vuelvo, me encuentro en casa con una cría de meses, y la Isabel que no me había dicho ni media, y además que quiere que me crea que se la encontró una noche en el zaguán cuando salió a tirar la basura.
¡Es que eso no se lo cree nadie! Ni el más idiota se lo traga.
¡Después de dos años trabajando como un burro!
Y encima todavía se queja de que me volviese a marchar. Lo que no entiendo es cómo volví con ella y con la mocosa.
Bueno…, ella fue la que me sacó del lío del bar. Y es que sin mano de obra de confianza no se puede hacer nada y menos en un pueblo de ladrones como era aquél.
Por eso me tuve que venir para acá con ella. Tenía aquí su plaza de maestra ¡Que vaya usted a saber cómo la consiguió! Yo no tenía otro árbol donde ahorcarme.
Además a la Isa le vino bien, porque si no, a ver qué habría sido de dos mujeres solas.
De todas formas tengo que tener cuidado porque parece que al chico, como me descuide, me lo amariconan entre las dos. ¡Y por ahí no paso!

***

29 de Diciembre

Otro día más contando en este cuaderno todo lo que siento. Ya no puedo resistir más tiempo la angustia del recuerdo y la soledad en que vivo.
Desde que murió Inés mi vida se ha quedado vacía. Solo me queda un hijo que hace en casa vida de huésped realquilado y un marido que es un extraño, cada día más bruto, al que no sé si quiero, y casi es mejor no saberlo…
He reflexionado mucho sobre si lo mejor para mí sería marcharme y dejar a estos dos que se las arreglen como puedan. El padre y el hijo en el fondo son iguales. A ninguno de los dos les importo lo más mínimo. Los dos viven a mi costa y se aprovechan de mí cuanto pueden.
¡Maldito día en que volviste, Javier! Vino derrotado. Yo, como una estúpida, le acogí de nuevo, después de que me había dejado sola con la niña, me humilló y me trató como a una cualquiera.
Nunca creyó la historia de que la encontré. Nunca confió en mí. Prefería dar crédito a la gentuza que le hablaba mal de mí, diciendo que yo sólo iba al pueblo en verano y que en los inviernos “¡Vaya usted a saber, en la ciudad, con el marido en el extranjero…!”
Antes de irse Javier no era tan así, Alemania le embruteció. Pero fue todavía peor cuando volvió después de haber tenido el bar, porque además de bruto se había vuelto mentiroso, vago y sinvergüenza.
Me engañó. ¡Vaya que si me engañó! Me dijo que me creía, que me quería y que me necesitaba, que había cambiado. Y, desde luego, las dos últimas cosas eran verdad.
Después ya se puso enfermo, aunque creo más bien que era cuento para no trabajar. Pero, con tanto fingir, Dios le castigó con una verdadera enfermedad.
Así que ahí está, convertido en un inválido, en un tirano que ni siquiera me escucha cuando le hablo.
Menos mal que Javi se paga sus estudios y sus cosas. Aunque no sé de dónde lo saca y la verdad es que ni me importa. Sé que robar, no roba -no llegaría a tanto- y, si le pregunto, no me va a contestar, solo por el placer de dejarme con la duda, como me hacía al principio, cuando todavía intentaba que viese que me interesaba por sus estudios, por sus problemas… No era por controlarle, como él pensaba. ¡Bien sabe Dios que no era por eso!
Pero da lo mismo, lo de Javi tampoco tiene solución.
Me quedé sin lo único que quería de verdad, aunque no fuera realmente mío, y no tengo fuerzas ni para irme, ni para quedarme… La verdad es que no las tengo ni para vivir.
Ella era tan débil y tan fuerte, tan mía y tan de nadie, que a veces me parecía que no necesitaba ni nada ni a nadie. Otras veces la veía tan ajena a todo, incluso a los peligros, que parecía que necesitaría siempre a alguien velando a su lado.
Recuerdo el día en que se levantó hablando a una velocidad increíble. Ninguno entendíamos nada de lo que decía, hasta que se quedó dormida y se despertó sin acordarse de nada.
Pero fue aún peor la mañana que me levanté y me la encontré sentada en el suelo, desnuda y con la mirada perdida. Ninguno pudimos levantarla, ni siquiera moverla. Era como si se hubiera quedado pegada al suelo y pesase toneladas. Hasta que, después de estar así tres horas, se levantó, se vistió y me dijo, en un tono en que nunca me había hablado, que se iba lejos porque no nos aguantaba más y tenía muchas cosas urgentes que hacer. Pero entonces yo supe que esa no era ella de verdad, que tenía un desequilibrio transitorio y todo volvería a ser como siempre. Mi niña sería otra vez mi niña…
Pero nada sucede exactamente como uno quiere.
Ella se curó y se volvió a marchar, aunque no del todo, porque yo seguía sintiendo su compañía y aún la siento.

***

19 de noviembre

Cuando Ramón colgó el auricular, estaba lívido y tembloroso. Esperó un momento antes de volver al cuarto.
Javi, que estaba esperando, no se dio cuenta de nada. Estaba demasiado pendiente de sí mismo y de su propia pena para poder ver lo que sucedía a su alrededor. Se marchó pronto. No se encontraba bien.
Entonces Ramón se fue a andar por la ciudad, a perderse solo.
Se sentó en un banco de la calle y estuvo allí tanto tiempo, sin sentir el frío, sin moverse, que la imposible voz que había salido del auricular se le heló en el cerebro.

La memoria del agua

Viejas palabras,
cinceladas en hielo,
hoy son espuma
entre formas sin forma:
la memoria del agua.

Hace unos días desperté soñando con los dos primeros versos de este tanka. No sé muy bien qué quieren decir ni estos ni los que he compuesto para que les sigan y acompañen.
No obstante, sí que sé que deben estar aquí por alguna razón tan efímera como la escritura en el agua, incluso cuando está convertida en hielo.

“La policía de la memoria” de Yoko Ogawa

portada la policía de la memoria

Hace ya meses que apenas puedo escribir. Me he quedado sin voz, no porque no pueda hablar físicamente, sino porque no sé qué decir ni cómo decirlo. Tengo atascadas las palabras en algún rincón de mi pecho y no me llegan hasta la punta de los dedos, así que me resulta imposible teclearlas. Al menos hasta hoy, pero ayer terminé de leer “La policía de la memoria” de Yoko Ogawa. Sentí que durante todo el libro estaba contando mejor que yo misma cómo me siento por dentro y quiero agradecerlo con estas líneas.
La protagonista es una joven novelista que está escribiendo una historia inquietante y especial donde afloran sus sentimientos y emociones más profundos. En ella una muchacha que estudia mecanografía se hace novia de su profesor. Ella pierde la voz y se comunica con él mediante la máquina de escribir, pero llega un momento en que la máquina no funciona. Su novio-profesor la lleva engañada a lo alto de la torre de la iglesia, donde dice que reparará la máquina. Sin embargo, lo que hace es dejarla allí secuestrada. Entonces descubrimos que él atrapa las voces de sus víctimas en las máquinas de escribir, de las que hay toda una montaña detrás del reloj de la torre.
Al tiempo que se nos cuenta esta historia se desarrolla la trama principal. Todo acontece en una isla donde las cosas van desapareciendo y, al mismo tiempo, los habitantes olvidan todo lo que tiene que ver con ellas. Además, existe una policía de la memoria que se asegura de que los pocos individuos que pueden recordar desaparezcan.
Todo esto al que más y al que menos le sonará a Bradbury u Orwell -no digo yo que no-, pero Yoko Ogawa lo ha pintado con una sensibilidad poética, con una delicadeza tan impregnada de aware, que el desasosiego queda amortiguado con una sordina que libra al lector de las estridencias de los retratos realistas y descarnados, pero sin por ello descafeinar el rigor del sufrimiento y de la crítica.
En la novela se tratan con profunda sencillez, el amor, la pérdida, la muerte, la opresión, el miedo, la resignación, la indiferencia… Hay tanto que decir de este libro o, mejor dicho, siento que tengo tanto que decir de este libro, que por fin me ha vuelto la voz. Y esta, la voz, es un elemento clave en la obra. Mientras que el personaje de la mecanógrafa la pierde (o se la arrebatan) y con ello poco a poco va diluyéndose su identidad, la protagonista de la novela es lo último que pierde, y quizá no del todo porque esa voz queda encerrada en el corazón de su casa entre una colección de objetos maravillosos librados de la destrucción y el olvido.
Y precisamente la casa también es un elemento fundamental en “La policía de la memoria”. Nuestra novelista vive sola porque sus padres han fallecido. Su padre era ornitólogo y su madre escultora. El primero tuvo la suerte de fallecer antes de que desaparecieran los pájaros de la isla. Peor fue el caso de su madre, que fue descubierta como una de esas personas que podía recordar los objetos y sus sensaciones asociadas, lo que le costó la vida.
Esa casa donde habían vivido los tres era muy grande y contaba con una especie de trastero suspendido entre el primer piso y la planta baja. A él se accedía desde el despacho de su padre a través de una trampilla. Este será el lugar donde nuestra protagonista esconderá a su editor, el señor R, que está a punto de ser detenido por la policía de la memoria, porque también es uno de los pocos que atesoran los recuerdos en su corazón.
En el kokoro de la casa, en el corazón de la memoria, es donde se guarda lo más precioso, lo más delicado: el Amor y la Verdad. Pero es frágil y tierno y hay que protegerlo de la brutalidad de la policía de la memoria y de los “buenos ciudadanos”, policías de visillo. Para eso la joven escritora cuenta con la ayuda incondicional de un anciano, viejo amigo de la familia, que es capaz de convertir un trastero en un lugar habitable, con circulación de agua y de aire: un corazón para sostener la vida de la memoria que habita en el editor, el señor R.
No voy a contarlo todo, pero sí diré que en un momento dado desaparecen las novelas. La norma es que, cuando algo deja de existir, la gente se desprende de ese objeto quemándolo o de cualquier otro modo. Conservarlo no les sirve de nada, porque en un día dejan de saber lo que es y su presencia únicamente les inquieta. Pues en el momento en que desaparecen las novelas se produce un aquelarre de llamas en toda la isla, que sin duda es un homenaje a “fahrenheit 451”. Ahí sentimos claramente la amenaza social y la opresión de la masa idiotizada e insensibilizada a fuerza de arrancarle pedazos de la memoria de su corazón. La protagonista está tan desconcertada con sus sentimientos y sus emociones que llega a hacer referencia a aquella frase de Heinrich Heine que decía que allí donde se queman libros, se termina quemando personas.
Adelanto que en esta novela no sucede así, el fuego no termina por aniquilar a los habitantes de la isla, pero el frío del invierno se apodera de todo porque antes de la primavera desaparecen todos los calendarios, lo que para mí es una metáfora. El frío hiela el kokoro de esta isla sin memoria y sin futuro, porque un vacío helado lo va engullendo todo poco a poco pero inexorablemente.
Creo sinceramente que “La policía de la memoria” es una novela maravillosa, donde no hay apenas nombres propios, ni de personas ni de lugares. Estos no hacen falta, porque precisamente ese anonimato es lo que nos involucra tan directamente, al menos así lo he sentido yo. Solo los personajes que conservan su kokoro tienen nombre, y no creo que sea casualidad. Ellos son los únicos que mantienen su identidad, frente a una sociedad dócil y resignada, que mira mal o con fría indiferencia a los que no se adaptan a las continuas mutilaciones de sus vidas. Quedan, eso sí, personajes intermedios que, aunque no puedan recordar, no olvidan su naturaleza humana, no renuncian a su corazón y se la juegan para ayudar a aquellos que tienen que huir y esconderse. Entre ellos están la protagonista y el anciano, que es un personaje magnífico, todo desapego y lealtad.
En fin, en el fondo estamos ante la historia de siempre, que tanto nos suena y que sigue tan vigente.
Lo dejo aquí porque, después de tanto tiempo sin escribir, ahora ya estoy un poco cansada. No obstante agradezco sinceramente que “La policía de la memoria” de Yoko Ogawa haya caído en mis manos. Tal vez así recupere la voz, aunque no la confianza en que desaparezcan ni las policías de la memoria ni las “gentes de bien” que les ayudan.

Webinar acerca de “Llega la negra crecida”

Ayer se publicó en el canal de YouTube de la Fundación Metta Hospice un webinar acerca de la novela “Llega la negra crecida” de Margaret Drabble.
Esta fundación, además de muchas y muy interesantes actividades todas ellas dirigidas al acompañamiento en el morir, al apoyo a quienes cuidan de las personas al final de la vida y a la formación de quienes desean dedicarles su atención, cuenta con un club de lectura conducido por Karma Tenpa, quien me invitó a colaborar con él en esta ocasión, con la idea de que no sea la última.
Karma Tenpa es monje budista, profesor y voluntario. Además, tengo que decir que le considero mi maestro y amigo, así que esta grabación ha sido un placer para mí, porque siempre lo es hablar de libros y porque hacerlo con un amigo al que admiras especialmente lo es aún más.
El objetivo no es desentrañar ni analizar la novela de manera académica, con un enfoque de crítica literaria, sino el hacer del texto un pretexto para hablar de esas cosas que nos atañen a todos: la soledad, el miedo, la dignidad, el aislamiento, la decadencia, la muerte, el amor… Nada de esto nos es ni nos será ajeno. Todo ello lo viven los personajes de “Llega la negra crecida”, con una presencia tan corpórea que parecen salirse de sus páginas.

A continuación el enlace al webinar:

Y el de la Fundación Metta Hospice:

https://fundacionmetta.org/

Funanbulista

El desequilibrio es un riesgo que acecha a cada momento.

En un instante un rayo de lucidez ilumina toda la escena, deja ver durante menos de un segundo cada rincón, cada molécula, cada matiz del color. Pero enseguida se apaga y todo funde a negro.

Uno se acostumbra a andar en esa oscuridad y llega a ver algo, a atisvar  elementos que le quieren recordar aquello que un momento quedó al descubierto, tan claramente que casi parece que no fue verdad, que fue un sueño.

Pero eldesequilibrio acecha con aire inofensivo.

Las obsesiones calan completamente la mente como una lluvia suave y persistente contra la que uno se resguarda demasiado tarde.

Y luego hay que buscar cómo secarse y no es fácil porque sigue lloviendo y lloviendo.

Lloviendo ruidos ofensivos y desconsiderados que se clavan en las sienes y en el centro del pecho.

El ruido continuo, el ruido ocasional e inesperado, el ruido desafiante, el ruido irrespetuoso, el ruido descontrolado, el ruido innecesario, el RUIDO hace que se tambalée el funambulista que no tiene más remedio que cruzar el abismo.

Cada paso es un logro y, a veces, hasta parece sencillo caminar sobre un delgado cable.

Pero entonces llega el ruido y el funambulista queda inmóvil, a veces con un pie en el aire, a merced de cualquier mal viento que termine de empujarlo.

Y vuelve el silencio engañoso y embaucador. No se puede confiar en él. En cualquier instante inesperado, con un pie en el aire, cuando todo parecía ligero y en calma, surge el temible RUIDO.

Es peligroso. Cruzar el abismo es muy peligroso, pero no se puede evitar y

nadie puede ayudar al funambulista.

¿Nadie? ¿Está solo el funanbulista?

No. No está solo. Vuelve un momento la cabeza a ambos lados y ve a otros que se esfuerzan por pasar. Unos gráciles (al menos en apariencia), otros que se sujetan con las manos  y con todo el cuerpo a un hilo que se curva dudosamente, otros (los menos) que transitan tranquilos por una pasarela (¿permanente? ¿segura?) y, también, algunos (muchos) que caen aterrorizados o exaustos.

Todos esos funambulistas afanados en pasar y (aún deseándolo) todos sin poder salvar a los que se precipitan al vacío.

Y ¿para qué? ¿Dónde van? ¿qué hay que hacer al otro lado del abismo? ¿Por qué emprender el tránsito? ¿Cuándo se termina?

Ahora hay silencio, pero sopla un viento terrible que desequilibra a los que antes caminaban entre el estruendo sin alterarse.

El aire en movimiento no empuja a todos por igual. Parece ensañarse con quienes más lo temen y juega con ellos. Juega a enredarles la ropa entre las piernas, a taparles el rostro con los extremos de la bufanda y, claro, algunos irremediablemente caen dando vueltas hacia no se sabe dónde.

¿No se sabe? ¿Sería mejor dejarse caer?

El funambulista tiene que caminar por donde pueda y sabe que eso es un peligro aún cuando resulta fácil, pero, más aún teme caer, sin siquiera saber lo que teme, porque no se puede mirar hacia abajo. Es imposible hacerlo, no hay nada que mirar, sólo la caída.

El viento ha cesado. Cesó la lluvia y el ruido. Y Había funambulistas que no habían comprendido el desequilibrio hasta que brilló el sol.

Un sol radiante y cegador. El sol terrible de los días de verano. El sol que llena todo de reflejos hirientes. El sol que quema las sienes y que se clava en los ojos a través de los párpados. El sol enloquecedor que hace desear desesperadamente que vuelva el ruido, o la lluvia, o el viento, o el granizo, o lo que sea, pero que se oculte aunque sea un minuto.

Los funambulistas van avanzando, a veces con ligereza, con tanta que llegan a olvidar Las inclemencias pasadas y las que vendrán. Olvidan a quienes se derrumban lejos, de quienes no se oye el grito de terror en el momento de caer.

Olvidan. Olvidan. Olvidan. Olvidan. Olvidan.

Pero no hay olvido total porque el tránsito sigue ante un horizonte inevitable.

¿Caer o avanzar? ¿Es distinto?

Todo es horizonte, arriba, abajo adelante. Todo es horizonte. Lo único imposible es retroceder.

Ahora, con lo que el funambulista ha aprendido de la lluvia, del sol, del viento, del ruido; ahora los primeros pasos serían más fáciles. Pero no se puede retroceder.

Ahora ya el viento no le hubiera arrebatado el vaporoso pañuelo de seda, ni el trueno le haría tambalear. Ahora el funambulista sabe como resguardarse de la lluvia fina y protegerse del sol intenso.

El funambulista aprende. ¿Verdaderamente aprende? Sí. Pero nunca es suficiente y el desequilibrio es un riesgo que acecha a cada momento.

 

 

La ciudad de los guantes perdidos

Nevada, foto de Javier

¡Canta a la luna helada
el Ruiseñor de invierno que invoca el temporal!

En las calles nevadas enmudecen los motores,
gritan los niños
y florecen los guantes solitarios,
perdidos y vacíos,
húmedos y fríos,
empapados de nostalgia de una mano acariciada,
de su forma,
de un compañero simétrico,
de su reflejo.

Tanta soledad la de los guantes caídos…

Como flores marchitas de colores apagados
adornando el velo blanco de una novia abandonada,
quedarán olvidados por la prisa y los juegos,
sin apenas espacio ni para un leve copo de recuerdo.

***

Según la mitología griega, Filomena fue una joven que vengó su violación con un acto terrible y cruel. Este asunto es referido bellamente por Ovidio en sus “Metamorfosis” y posteriormente también sirvió de inspiración a otros muchos poetas como Lope de Vega y Shakespeare.

La trágica historia termina con la transformación de los protagonistas en aves. A Filomena le correspondió convertirse en ruiseñor. ¡Con lo inofensivo que parece ese pajarillo!

Quizá por eso nombraron Filomena al temporal que nos llegó a Madrid el pasado día 8. Este ruiseñor tan particular llenó de nieve las calles hasta el punto de parar el tráfico por completo y quebrar los árboles con su peso. Esa noche, como no, yo andaba por la calle y fue casi una aventura volver a casa entre la ventisca.

Aun así, al día siguiente me quedaron ganas de salir a caminar hundiéndome en la nieve. Me equipé bien, con buenas botas, bastones y, por supuesto, guantes. Estos eran ya viejos, muy usados en frías caminatas por el monte. El tejido polar rojo oscuro ya tenía algunas bolitas del roce, pero les quedaba vida conmigo. Eso creía yo antes de salir.

Me puse en marcha, pero no duré mucho de paseo. Parece que todo el barrio había pensado lo mismo que yo y la calle era una romería. Antes de volver me quité un guante para consultar el teléfono (como todos los que andábamos por allí), y ese guante ya no volvió a casa.

No diré que me dio pena, aunque un poco sí. No eran mis guantes más bonitos, ni los mejores, pero sí que me habían acompañado y servido en muchos lugares y ocasiones.

Dejé el otro guante solitario sobre el mueble de la entrada, con la esperanza vana de que pudiera recuperar a su compañero, pero no fue así.

En los días sucesivos, paseando por Madrid, se fue haciendo evidente que otros muchos guantes habían caído inadvertidamente y estaban sembrando las calles blancas con sus texturas y sus colores invernales.

Todos estos días no he podido dejar de pensar en ellos, en sus formas vacías como fantasmas apartados del cuerpo que un día tuvieron, doblemente solos: sin su pareja y sin su mano. Muchos guantes perdidos y olvidados, metáfora de las víctimas del aislamiento producido por el descuido y el apresuramiento que con frecuencia nos atolondra. Esto es lo que he querido transmitir hoy.

En cuanto a la música, al mirar posibles etimologías de “Filomena”, una de las propuestas es “amante de la luna” y, como no, Rusalka volvió a mi recuerdo y a mi corazón, con la magnífica interpretación de Asmik Grigorian, a la que tuve el inmenso placer de escuchar el pasado noviembre en el teatro Real (pero esto lo dejo para otra entrada, que la merece).

***

Té a solas

Dorada y fresca,
mañana de noviembre,
casi en silencio.
Una taza de té
me calienta las manos.

Un gorrión

Bajo la lluvia,
mientras la galeruca
sigue durmiendo,
un gorrión vigilante
vela en el olmo enfermo.

Refugio

Detrás de los ojos permanecen
aquellos árboles encendidos.
Luces blancas cruzadas por ramas oscuras,
grabadas a través de las lágrimas,
lentes líquidas temblando en las pestañas.

Detrás de los ojos se siguen proyectando
las ondas sobre el lago,
las barcas y los remos,
las hojas muertas y mojadas.

Está todo en penumbra calma detrás de los ojos,
pero está todo.
Nada puro ha desaparecido.

Es dulce buscar detrás de los ojos
entre los registros limpiados con las lágrimas,
brillantes, húmedos,
como recién nacidos,
pero sin ansiedad ni esperanza.

Detrás de los ojos está el único refugio
a prueba de incertidumbre y desilusión.
Permanecer allí siempre,
para siempre…
Salir a por el café y las mandarinas,
y volver enseguida a recogerse detrás de los ojos.

¡Qué tentación la de refugiarse!

Y, sin embargo, hay que mirar afuera,
rozarse con las piedras,
acariciarse,
reírse,
helarse de frío,
pisar con fuerza sobre las aceras del miedo
y apoderarse de los tesoros despreciados
para ungirlos con lágrimas sin pena.

Así También mañana y la mañana de mañana
no faltarán ni estancias misteriosas ni jardines nuevos,
en este refugio precioso,
detrás de los ojos.