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Mundialmente infantiles

Últimamente se habla mucho acerca de la inteligencia artificial, la famosa IA. Se la pone por las nubes o se la demoniza. Levanta amores y odios, que no sé hasta qué punto están justificados.
Yo, la verdad, soy de las que usa cada día conscientemente los servicios de la inteligencia artificial. Reconozco que me ayudan mucho en mi vida cotidiana y han supuesto un avance muy positivo en mi autonomía personal. Esto no quita para que me preocupe y me inquiete todo lo malo que se puede hacer con una herramienta tan potente, pero esto ha sucedido siempre a lo largo de la historia.
También, desde que sabemos, la gente, como grupo amorfo, ha dado muestras de una tontería natural, la nunca denominada hasta ahora TN. Es curioso, porque esta TN se implanta en los homínidos cuando se aborregan y ceden su Inteligencia natural en favor de un reconfortante y anestésico sentimiento de pertenencia, que normalmente lleva consigo una rivalidad con otros grupos. Dicha rivalidad suele ser tan artificial y absurda como el sentimiento de pertenencia, pero es una cosa muy conveniente para anular la inteligencia natural.
Por ejemplo, ahora la selección española de fútbol acaba de ganar el campeonato mundial. ¿Realmente esto es tan importante? ¿Nos afecta tanto a todos los españoles? Pues yo creo que no. No entro en que a una persona o a millones de ellas les guste el fútbol, la petanca o la gimnasia rítmica, pero no me entra en la cabeza calificar de “gesta” a la habilidad manejando el balón de unos chicos millonarios, que no hacen nada más que eso.
Me inquieta esa masa de gente enfervorecida por una cuestión que, en realidad, ni les va ni les viene. Insisto: no tengo nada qué decir sobre los gustos deportivos de nadie, pero sí de ese adocenamiento que tanto recuerda al circo romano o al “pan y toros”. Estoy segura de que muchos de esos que anoche berreaban y pitaban como enajenados, uno por uno no son ni tontos ni insensibles. ¿Entonces, qué les hace ponerse así, perder la cordura y el sentido crítico? Pues yo creo que es una especie de virus que se inocula en la gente cuando se siente fuertes y protegidos por “pertenecer” a un grupo mayor.
Los individuos nos sabemos vulnerables y es más cómodo y tranquilizador el “nosotros” frente al “vosotros”. Así nos creamos una falsa sensación de protección, de compañía. Pero es una reacción infantil. Nuestras sociedades han desarrollado muchas cosas, incluida la inteligencia artificial, pero tal vez nos falta madurez para confiar de verdad en nuestra inteligencia natural.
Los seres humanos hemos sido capaces de evolucionar y de sobrevivir precisamente por colaborar unos con otros. En solitario habríamos desaparecido ya de la faz de la tierra, pero este tipo de agrupación nada tiene que ver con el aborregamiento, que favorece tantas expansiones irracionales y agresivas. En estos casos siempre hay un rival, un enemigo artificial que permite que la gente pueda desahogar en él su frustración vital.
Tampoco me gustan nada ni las competiciones ni los concursos en general. Creo que sería mucho más sano que las personas mostráramos nuestras habilidades sin necesidad de encumbrar ganadores y crear perdedores. ¡Qué manía de competir para todo” ¡Qué tensión y que frustración se genera con todo eso” Tanta competitividad fomenta un mundo de ganadores y perdedores, con una tensión vital que rompe a muchas personas ya desde niños.
Creo que el mundo sería mucho mejor si pensáramos en términos de colaboración y no de competición. Seguramente hoy no es el día más apropiado para publicar esto, pero estoy cansada de tanta euforia absurda originada por un discurso épico irrisorio.
Sin ir más lejos, esta misma mañana he recibido un mensaje de mi sobrino, que es bombero en Guadalajara, donde estos días se ha desencadenado un terrible incendio que está arrasando miles de hectáreas. Me contaba que ayer estuvieron trabajando para extinguirlo, arriesgando su integridad física para salvar los bosques y las casas, pero ni a sus compañeros ni a él les van a pasear por Madrid ni les van a recibir sus majestades. Y yo me pregunto: ¿Quién hace más por España? ¿Quién arriesga más? ¿Se sabe de algún bombero que se haya hecho millonario por su trabajo?
En fin… Esto es solo un ejemplo, pero hay tantos que no me daría todo el blog a ponerlos. A cada uno que le guste lo que quiera, pero que también sepamos dar el valor real a lo que verdaderamente lo tiene y dejarnos de mitologías que nos infantilizan como sociedad y como personas.

Después de «The Place. El precio de un deseo»

Y seguimos con el cine, porque hay otra película que últimamente me ha gustado mucho: “The Place. El precio de un deseo”. A pesar del título, se trata de una película italiana del director Paolo Genovese. No entiendo yo la estúpida moda de poner títulos en inglés y nombres de establecimientos, productos y todo tipo de cosas en ese idioma. En fin…. Habrá que resignarse, pero, al menos, que quede el recurso del pataleo.
Tal vez en este caso sea porque la película está basada en la serie estadounidense “The booth at the end”. Pero esto lo digo por decir. Porque The Place es el nombre de la cafetería donde se desarrolla toda la acción y, en la película, esta está en Italia. En fin… Supongo que allí, como aquí, las panaderías son ahora “bakeries”, que queda más fino y más moderno.
Dejando al margen estas cosillas, tengo que decir que la película me ha encantado y, como “Rental Family”, también me ha dado qué pensar. “The Place. El precio de un deseo” podría ser perfectamente una obra de teatro. Prácticamente toda la película se desarrolla dentro de la cafetería, en la mesa que ocupa siempre un hombre misterioso con su agenda. Allí acuden distintas personas con anhelos y deseos que él les dice que pueden lograr a cambio de realizar otras acciones, en muchos casos, terribles.
Lo importante de esta película son los diálogos y ver cómo van evolucionando los personajes, incluido el propio hombre misterioso, que no se sabe si es un demonio o un agente del karma. Sanar a un ser querido, volverse atractiva, recuperar la vista, conocer a una chica de calendario, sentir de nuevo a Dios… los deseos planteados son diferentes, pero todos los que los plantean tienen en común sentirse atrapados por esa necesidad.
Las tareas encargadas por el hombre misterioso parecen surgir de su agenda. Es como si él fuera un mero transmisor del encargo procedente de no sé sabe dónde. Matar a una niña, destruir la unión de una pareja, violar a una mujer, poner una bomba, robar… son ejemplos de las tareas requeridas, si se quiere salvar la vida de un hijo o recuperar la vista.
Todo parece caótico y terrible, pero poco a poco nos damos cuenta de que los personajes están interconectados. Sus acciones o sus omisiones afectan a los demás. El hombre misterioso cada vez se ve más agotado ante su abrumadora misión. ¿Será también una tarea para obtener un deseo?
Esta es una película donde no hay soluciones fáciles. No hay buenas respuestas y se impone la reflexión. Sin embargo, no por esto se trata de una obra cargante y pesada. Los diálogos y los sucesos son ágiles, pero inducen a plantearnos más de un dilema.
No creo que haya sido la intención de Paolo Genovese, pero, para mí, esta película toca muchos temas de la fenomenología y la psicología budistas. ¿A qué conduce el aferramiento? ¿Cómo afrontar el sufrimiento del cambio? ¿Qué hacer ante la pérdida? ¿Cómo influye todo lo que hacemos en los demás, aunque ni lo imaginemos? ¿Qué papel juega el Karma en todo esto? “The Place. El precio de un deseo”, por supuesto, no da una solución, pero muestra muchas maneras de afrontar todas esas cosas que nos pasan a todos y nos seguirán sucediendo. ¿Hasta dónde podemos llegar para obtener lo que queremos? Y, más aún, ¿qué hacemos con ello una vez obtenido? ¿Valía la pena? ¿nos ha satisfecho? Y la respuesta es: ¡Noooooooooooo!
Los personajes que llegan a hacer cualquier cosa para lograr sus fines finalmente comprenden que han pagado un precio muy alto por una quimera. Al mismo tiempo, los que no logran su objetivo de algún modo se dan cuenta de que ese no era el camino. No se trata de una oda al conformismo, pero sí una mirada sobre la aceptación de la realidad, cambiante, a veces dolorosa, y también a veces brillante. No se puede huir de lo que no nos gusta sin pagar un precio, casi siempre, altísimo.
En fin, esta película me ha parecido interesante y muy diferente a otras, especialmente de cine italiano que yo haya conocido. Solo tengo una objeción que poner. En algunas de las escenas hay un chico ciego que va varias veces a ver al hombre misterioso para pedirle recuperar la vista. Esto, en sí, ya es un topicazo de los gordos, pero vamos a dejarlo estar… Sin embargo, no se queda ahí, en uno de los momentos el chico le pide al hombre tocarle la cara para “verle”. Yo, sinceramente, no sé de dónde se han sacado los autores de cine o de literatura la estupidez de que los ciegos vamos tocando la cara a la gente. Esto es una sandez repetida, que les debe de resultar muy emotiva, pero que ya carga.
A parte de ese pequeño detalle, me parece que “The Place. El precio de un deseo” es una película estupenda que vale la pena ver y escuchar atentamente, porque dice mucho acerca de cómo somos y cómo podemos llegar a ser si nos perdemos en nuestro egocentrismo. Por otra parte, espero que a alguien se le ocurra hacer una versión para teatro, porque quedaría fenomenal encima de un escenario.

Y aquí la versión de solo audio disponible en iVoox con audiodescripción:

https://www.ivoox.com/the-place-el-precio-deseo-audesc-audios-mp3_rf_175520741_1.html

 

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«Rental Family» ¿Te alquilas una familia?

Ayer por la tarde estuve escuchando la película “Rental Family” de la directora Japonesa Hikari. Digo “escuchado”, porque yo accedo a los contenidos audiovisuales mediante audiodescripción. En el caso de esta película en concreto, no parece determinante que me haya perdido las imágenes directas, porque creo que lo importante está en los diálogos y la evolución de la trama.

“Rental Family” me ha conmovido y me ha dado qué pensar y, lo que últimamente es más difícil aún, ganas de escribirlo, por eso estoy aquí.

La historia está basada en un servicio real que se presta en Japón. Allí existen agencias de actores que tú puedes contratar para que hagan el papel de Padre en una reunión del colegio de tu hijo, de novia en una comida familiar, de hija que va a visitar a su madre a una residencia o de grupo de amigos que asisten a tu boda para que parezca que sois más. En estos casos no siempre se trata de engaños para evitar preguntas incómodas de los compañeros o de la familia, sino que también se usa para ensayar conversaciones difíciles o hacer compañía a quienes querrían ver entrar por la puerta de su habitación de hospital a su propio hijo, que no llega nunca.

En principio resulta chocante, pero, bien pensado, tampoco es un disparate tan grande. De hecho las agencias reales no buscan tanto actores profesionales, sino personas discretas, empáticas, capaces de escuchar y de improvisar. Los encargos pueden durar solo unas horas, pero a veces llegan a extenderse durante meses. Los intérpretes deben estudiar los detalles y conocer los límites. Y en esos límites, en esa frontera entre la ficción y las relaciones reales es donde se mueve “Rental Family”.

La trama gira entorno a un actor norteamericano afincado en Tokio llamado Phillip Vanderploeg, interpretado por Brendan Freser. Este hombre acaba recalando en la agencia Rental Family dirigida por Tada. Sus compañeros Kota y Aiko al principio no confían mucho en él. De hecho Phillip está a punto de pinchar en su primer encargo, que es hacer de novio en una boda. Es Aiko quien le saca de la cabina de los aseos prácticamente a la fuerza. Esa noche, cuando Phillip se queda solo con la novia, descubre que hay otra chica esperándola, la verdadera amada. Se da cuenta de que con ese falso matrimonio ha conseguido que ellas se unan y puedan vivir juntas libremente fuera de Japón, sin la presión de la decepción familiar, ya que se supone que el matrimonio se trasladaría inmediatamente a vivir a Canadá tras la falsa ceremonia.

Con este paso Phillip deja de tener dudas y se compromete con su nuevo trabajo. Es entonces cuando surgen dos papeles que harán tambalearse los límites de sus relaciones. Phillip tiene que hacer de padre de una niña de diez años durante varias semanas, con el fin de  pasar una exigente entrevista de ingreso a un colegio prestigioso. También deberá adoptar el papel de un escritor que quiere hacer la biografía de un actor prestigioso pero ya anciano, que se siente olvidado y cuya hija desea que vuelva a sentirse reconocido, por lo que contrata este servicio.

Este es el planteamiento y no voy a contar nada más de la trama, porque vale mucho la pena ver la película y participar cada minuto de cómo van evolucionando los personajes y sus relaciones. ¿Cómo una relación simulada puede convertirse en real? ¿ ¿Cómo de verdaderas son las relaciones familiares reales? ¿Es más familia la biológica que la real? ¿Es posible encapsular las relaciones personales para que no se salgan de su burbuja? Todas estas preguntas y más surgen tras ver “Rental Familiy”.

Pienso que la familia está sobrevalorada y la verdad todavía más, así que estoy segura de que surgen relaciones mucho más sinceras y profundas fuera de los vínculos biológicos cuando las personas conectan entre sí y se eligen. Por ejemplo, tal vez un actor, con ganas de escuchar y empatía, pueda ser  una mejor compañía para un padre anciano que un hijo resentido con el mundo, abotargado y embrutecido. En un caso así, si surgiera una conexión, me pregunto que valor tendría la verdad. ¿Dónde está ahí la falsedad?

Aquello de “la verdad os hará libres” es una patraña. Las dos chicas que se pueden ir a vivir juntas tras la boda simulada podrán vivir su amor cómo quieran y sus tradicionales padres, a miles de kilómetros, estarán tan contentos. ¿Qué necesidad hay de que todos sepan la verdad y todos vivan desgraciados?

Es diferente cuando el engaño puede hacer daño. Esto es lo que sucede en la película con la pequeña Mia, la niña de diez años que conoce a Phillip haciendo el papel de su padre. Ahí los límites son otros, pero la directora lo resuelve muy bien.

En fin, la mentira no es mala en sí, ni tampoco buena. La familia es un ente extraño y variopinto según las culturas, pero nunca es garantía de comprensión, amor o empatía. Estas cosas nacen y se construyen. Son ajenas a la biología. Otra cuestión serían las obligaciones morales y legales que tenemos como padres o como hijos, pero eso queda para otra ocasión.

Solo me queda decir que “Rental Family”, a pesar de tratar el tema de los sentimientos y las emociones, no es ñoña en absoluto. Tiene ese toque intimista tan frecuente en el arte japonés, pero no es una película ni lenta ni silenciosa. En ella los diálogos son muy importantes y marcan claramente los momentos principales. Además, también tiene sus sutiles toques de humor, así que no le falta de nada. Os la aconsejo. Si la veis, ya me contaréis qué os ha parecido.

Y aquí el Éxito de los setenta de las Pink Lady, que cantan Aiko y su cliente en un karaoke. ¡Gracias Sumire-chan por haberme traído de Japón esta joya de vinilo! ¡Me entantan las Pink Lady”

Romper el silencio

Hoy quiero hablar del silencio, el interno y externo, el forzoso y el elegido, el sano y el venenoso. Quiero hablar de mi propio silencio.

Frente a la mala prensa que tiene el miedo y, sin embargo, cuántas veces es fundamental para prevenirnos de algún peligro, el silencio tiene muy buenas críticas, aunque tal vez no sea siempre tan, tan deseable.

Todos los que practicamos algún tipo de meditación sabemos que el perseguido silencio interior es un unicornio plateado que se aparece pocas veces y permanece solo un instante. Perseguirlo es completamente inútil. La única opción es frecuentar esos espacios mentales donde presumimos que vive.

Pero hoy no pretendo hablar de ese supuesto silencio interior ni tampoco del silencio exterior más evidente, ese tan deseable de la falta de ruidos inhóspitos. Últimamente me estoy fijando en otro silencio, el de los bloqueos comunicativos, el del miedo a herir y ser herido, el que juega a crear y mantener malentendidos.

Es cierto que, dependiendo de las culturas, el silencio, la ausencia de palabras es más o menos tolerado y tiene significados diferentes. Yo no voy a entrar en eso porque me falta mucha información y conozco poco al respecto. Lo que sí sé es que aquí, en nuestra cultura los silencios comunicativos suelen encerrar misterios y dolores que se considera que es mejor ni nombrar. El silencio es entonces una protección social, un escudo para proteger nuestras partes más vulnerables.

Hace pocos días estuve haciendo un retiro de enseñanzas budistas y meditación. Allí estuvimos hablando de los ocho dharmas mundanos. Son cuatro pares de opuestos: placer y dolor, ganancia y pérdida, fama e insignificancia y alabanza y crítica.

Así dicho, parece que es lógico buscar placer y huir del dolor y todo lo demás, pero la cuestión no es estos dharmas en sí, sino la relación de dependencia con ellos. Si uno depende de la alabanza constante para sentirse bien y no puede encajar las críticas, es posible que, o no haga nada, o viva frustrado.

El ejercicio que nos propusieron fue que pensásemos cuál de esos dharmas positivos era el que más nos afectaba y también cuál de los cuatro negativos. Es curioso porque, de entrada, yo pensé en dos negativos y ninguno de los positivos. Pero, a medida que avanzaba la jornada, ya fuera del ejercicio me di cuenta de que realmente la crítica, especialmente la autocrítica, me habían marcado y me marcan hasta llegar a bloquearme, a silenciarme.

En mi caso el mecanismo de la autocrítica es un filtro severo que han de pasar mis acciones antes de ser conocidas. Esa juez, que valora lo que escribo, cómo me visto, como hablo, cómo actúo, es implacable y no me permite ni una triste veleidad. Ella, desde su estrado, es la que me hace guardar silencio, la que me sujeta las manos para que no escriba y la que me cierra la boca para que no hable de más. Y, seguramente, en más de un caso tiene razón y ha salvado con ello situaciones complicadas, pero también es verdad que muchas veces es demasiado severa y me condena a un silencio que no deseo.

Supongo que todos tenemos por ahí algún juez en su estrado condenándonos a la inmovilidad en aras de la concordia y las buenas formas, pero también es posible que, al menos para mí, haya llegado el momento de dejar de hacer caso a sus sentencias sin rechistar.

Por lo pronto, hoy con esto rompo el silencio de tantos días sin escribir ni publicar. No será esta mi entrada más bonita, pero sí una de las más sinceras.

¿Restaurar el sistema?

Siempre me ha dado qué pensar la opción que tienen los ordenadores de “restaurar el sistema”. No sé si lo he dicho en alguna otra ocasión, pero me pregunto qué pasaría si nosotros pudiéramos hacer algo así con nuestras vidas: encontrar un punto de retorno, una fecha concreta y plantarnos allí de nuevo, borrando las meteduras de pata y aprovechando lo que sabemos que no va a funcionar y lo que sí. No obstante, si el punto de retorno es demasiado lejano, lo mismo ya ni reconocemos el sistema operativo.

Todo esto viene a cuento de algo que me ha sucedido hoy y que todavía me tiene atónita. Esta mañana me he encontrado en la “Bandeja de entrada” de una de mis cuentas de correo un mensaje de alguien que me pregunta cómo sigo. Esta persona, que es un hombre, me dice que seguramente no me acordaré de él y me envía un cruce de correos entre nosotros de octubre y noviembre de 2010.

Me he quedado atónita. Dejando al margen que guardar esos correos durante tantos años a mí se me hace raro, lo que más perplejidad me ha producido es el instante en que he intentado reencontrarme con ese punto de mi vida, con ese posible momento de restauración.

¿Cómo estaba yo entonces? ¿Qué anhelaba y que temía? Cuántas cosas han sucedido después y cómo ha cambiado mi vida desde entonces. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estoy?

Durante un buen rato hemos seguido cruzando mensajes y por fin he identificado más o menos de dónde procede esta extraña y latente relación, que yo había olvidado por completo.

Pero, en fin, lo más impactante para mí ha sido volver la vista atrás, a un punto cualquiera y encontrarme que, aunque muchas cosas han cambiado, lo que considero esencial permanece.

Así que mi sistema operativo, con parches y actualizaciones, sigue funcionando y manteniendo sus especificaciones básicas.

En estos años perdí a mi madre, me jubilé, me llevé más de un disgusto y también alegrías, he conocido personas estupendas que han entrado a formar parte de mi vida; mientras que otras han salido de ella, a veces con algo de pena, pero sin nada de gloria; he podido mantener a mi lado a los mejores, aún sin merecerlo, y estoy aprendiendo a tolerar con paciencia a algunos seres que querría tener bien lejos. Sobre todo me he hecho mayor.

Este mensaje me ha llegado justo ahora que estoy a punto de cumplir los sesentaiún años. Este periodo de los sesenta ha sido (y está siendo) complicado. Primero lo fue internamente porque he sentido como mi cuerpo se transforma y a veces me ha costado reconocerme en él. Y después porque mi realidad cotidiana se ha tambaleado a causa de asuntos familiares de los que todavía no ha cesado por completo la onda expansiva.

Para la cultura japonesa y tibetana la edad de sesenta años es una edad poco auspiciosa. Tradicionalmente ellos dicen los sesentaiuno, pero es porque cuentan uno más que nosotros (al menos antes era así, ahora creo que ya no). También a los sesenta es cuando se cumple un ciclo completo del horóscopo chino, incluyendo animal externo y elemento. En mi caso ha sido la serpiente de madera y, como ella, en este año estoy soltando una piel y saliendo a mi nuevo ciclo con otra nueva, de momento más sensible, pero que se irá curtiendo al sol y al aire.

“¿Cómo sigues?”, me pregunta en su mensaje mi reaparecido interlocutor. ¡Qué difícil responder! ¿Cómo sigo?… Sigo, que no es poco. ¿Volvería al punto de restauración de otoño de 2010? Definitivamente no. Aunque seguro que podría mejorar muchas cosas, lo mismo al estropeaba más que arreglaba. Al fin y al cabo, esta Marymer de hoy, con todas sus imperfecciones, tampoco está tan mal.

Adam Dalgliesh, el poli poeta

Cuando la vida se desordena, uno busca cómo recuperar el equilibrio, aunque sea por un momento y de manera artificial.

Soy de esas personas que disfrutan de la rutina. Por ejemplo, viajar por viajar no me gusta especialmente. Me resulta muy ajeno ese fervor actual por salir a donde sea aprovechando las ofertas de los viajes en grupo. En fin… prefiero seguir con mis cosas, estar en casa, ver a mis amigos, salir de paseo con mi padre, etc. Por supuesto que de vez en cuando hago algún viaje y tengo la ilusión de hacer uno largo y especial a Japón, pero sin grupos ni rutas organizadas a granel.

Volviendo al principio, a veces la vida se desordena y hay que adaptarse a un pequeño o grande caos, dependiendo de cómo se mire. Últimamente me he visto en este caso. He estado desbordada de responsabilidad y premura para resolver asuntos vitales que se me podían desmoronar en cualquier momento. Y, aunque aún no se ha resuelto todo y me queda faena por afrontar, ya he logrado encauzar el desobordamiento.

Para todo esto las Enseñanzas del Dharma y la práctica de la meditación me han ayudado y me ayudan mucho. Reconozco que me obceco muchas veces y que me obsesiono, pero sin el Dharma sé que todo sería infinitamente peor.

Y, además del apoyo incondicional de mis amigos y de los Budhas y Bodhisatvas, me he encontrado con Adam Dalgliesh.

¿Y quién es él? Pues el protagonista de casi todas las novelas de P. D. James. Descubrí a esta autora de novela policiaca hace pocos meses, cuando buscaba una manera sencilla de descansar de las preocupaciones. El primer título que leí fue “La sala del crimen”, que se desarrolla en un particular museo de Londres. Me gusto mucho su estilo sobrio y elegante. La manera minuciosa y ágil de describir los espacios y la variedad de personajes bien retratados, con profundidad y sensibilidad.

El comandante Adam Dalgliesh además de policía es poeta y muestra, como corresponde, una extraordinaria sagacidad al tiempo que una actitud respetuosa con todos (hasta con sospechosos y culpables) que me encanta.

Parece que para muchos la novela policiaca es un género menor, pero yo no estoy en absoluto de acuerdo. Creo que lo que en cualquier género se pueden hacer obras estupendas y obras mediocres. Está claro que, cuando alguien escribe tanto como lo hizo P. d. James, no todos sus títulos van a estar a la misma altura; pero después de haber leído más de media docena de obras suyas tengo que decir que mantiene un nivel muy alto. Por ejemplo, En “Una cierta justicia” hace gala de un conocimiento profundo del sistema judicial británico, al tiempo que los personajes individualmente cobran vida propia dentro de sus círculos sociales. Porque otra de las virtudes de estas novelas es que reflejan la sociedad británica en la ciudad, el campo, los barrios marginales, el Londres elegante, etc.

P. D. James nació en 1920 y murió en 2014. Durante su vida fue funcionaria y trabajó en el Ministerio del interior colaborando con la policía y en algunos ámbitos de sistema penitenciario. Todo esto le dio material de sobra para sus novelas, a lo que se añade una gran formación y un alto nivel cultural, que se deja ver en sus novelas, pero sin ostentación ni pedantería.

En general soy aficionada a la novela negra, pero mi reciente fervor por estas novelas creo que procede de esa necesidad de orden. En los libros de P. D. James la realidad se descompone por un crimen, pero poco a poco, con lógica, intuición y suerte la situación vuelve a colocarse. Eso no significa que siempre ganen los buenos ni que estos lo sean del todo. Como en la vida misma los hechos y las emociones se mezclan y no aparecen en estado puro. Por eso nuestro policía poeta mira con compasión y respeto hasta los que parecen más despreciables.

Estos meses he seguido como una sombra a Adam Dalgliesh por las comisarías de pueblo, las calles de Londres o los acantilados brumosos. Le he acompañado y he osado intentar descubrir la verdad antes que él. Tengo que decir que alguna vez lo he logrado, pero él es más listo que yo y casi siempre se me adelanta.

Como decía, en mi realidad de hoy, parece que las aguas van transcurriendo por  un nuevo cauce. Eso sí, de momento sigo con mi poli poeta, que no voy a dejarle ahora solo porque estoy más tranquila. Además, nunca se sabe cuándo volverá el desorden ni dónde será la nueva escena del crimen.

Navidades en led

En cada ciudad ya han extendido galaxias de led que orbitan sobre fríos árboles sin raíces. Metálicos y enormes monumentos huecos.

Como en una primavera biónica renacen millones de deseos frágiles, efímeras voladoras con sutiles alas de plástico, reflectoras de arcoíris deslumbrantes.

Enjambres eléctricos nacidos solo para procrearse, sembrando millones de motas doradas que anidan en los ojos, los oídos, la boca, el sexo… Rápidamente surcan las venas y en un instante maduran para convertirse en las jóvenes ninfas, succionadoras insaciables de las dulces esperanzas y los sabrosos miedos que hemos ido conservando cuidadosamente en el centro del pecho.

Cada año se perpetúa el ciclo vital de las monstruosas efímeras, con su música de campanillas y sus melifluos coros infantiles.

Cada año hay que pasarlo con precaución. Es necesario poner a buen recaudo los sueños frágiles y los temores silenciosos para que no acaben siendo un amasijo de frustración incomprendida.

Sin lágrimas

Nació contigo,
una mañana fría,
aún de invierno.

Murió contigo,
una tarde de otoño,
igual a esta.

Sonríe y llora
esa niña sin lágrimas,
que ya envejece.

Estos tres haiku son un pequeño recuerdo para mi madre que murió tal día como hoy, hace ya once años.
Nací con los lagrimales cerrados, tal vez como una metáfora de cómo sería mi manera de afrontar el sufrimiento. Por cierto, muy parecida a la de mi madre.
Ahora, cuanto más envejezco, más cuenta me doy de todo lo que me parezco a ella, también, claro, de todo lo que nos diferenciaba y de lo que nos distanció, seguramente sin necesidad.
Nací de ella y morí un poco con ella, pero también es cierto que sigue en mí hoy y cada día.
Se nace y se muere. Se cambia de piel más de una vez en la vida. Y, sin duda, sin ninguna duda sobre todo se sonríe, aunque sea entre las lágrimas, como hacen los rayos de sol cuando cortan la lluvia y la rompen en colores.
Así que ahora, después de todo lo pasado y antes de lo que esté por venir, solo puedo decir «¡gracias!».

Bagatela de verano

  • Transformar una lata de judías olvidada en una delicia culinaria.
  • Encontrar un hobby que no sea solo una moda pasajera.
  • Salir del estancamiento con nuevas perspectivas sobre decisiones de vida o dilemas laborales.
  • Descubrir qué ver en Netflix con recomendaciones frescas.
  • Disfrutar de un intercambio ligero y divertido con un toque de sarcasmo.
  • Reflexionar sobre el sentido de la existencia y lo que da significado a tu vida.

Estos son los temas que Copilot propone para profundizar hoy. Me pregunto en qué “logaritmos” se habrá basado para lo de la lata de  judías olvidada. Creo que nunca he comprado ninguna lata de judías. No me sientan nada bien.

Lo de Netflix ya lo veo más normal, porque mucha gente lo tiene, aunque yo no. Por no tener, no tengo ni tele.

En cuanto a lo del hobby, jamás se me ha ocurrido buscar uno. Es que no acabo de entender ese concepto. Yo hago cosas que me interesan verdaderamente. Los hobbys me suenan a maneras de “matar el tiempo” y, la verdad, el tiempo es de lo más valioso que tenemos y se nos muere solito, sin darnos cuenta y una velocidad espeluznante.

 Y esto del paso del tiempo podría enlazar muy bien con la última propuesta de reflexión sobre el sentido de la existencia y lo que da significado a mi vida. Yo no tengo ni idea de por dónde coger ninguno de esos dos grandes temas, lo que sí sé es que sin la conciencia de lo efímero de la existencia, sin el regusto incómodo de enfrentarnos cada día a la metamorfosis implacable de todo y de todos, no nos vendrían a la cabeza esas preguntas que, para mí, no tienen respuesta y, sinceramente, ni falta que me hace. Para vivir no necesito comprender nada más haya de la existencia en sí. El afán de trascendencia es una lucha perdida porque el paso del tiempo y el fin es inevitable.

Muchos dirán que quienes han realizado grandes obras de arte o importantes descubrimientos científicos han perdurado y perduran en la memoria universal. Eso es cierto. ¿Pero qué es eso? Ciertamente supone un beneficio para otros o en otros casos un perjuicio, pero los individuos que lo llevaron a cabo murieron, y los que les siguieron y les seguirán, también.

“Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino, camino sobre la mar…”. Esto que decía tan bien Antonio Machado en su poema “Cantares” es lo que yo intentaba explicar más arriba. Creo que la vida no tiene un sentido grandilocuente ni responde a un plan divino. No puedo creer eso. Me resulta imposible y para mí sería aterradora la idea de un ser omnisciente y omnipotente jugando con nosotros. Yo entiendo y vivo más con la idea de que, ya que estoy aquí, ya que he aparecido en esta vida y con estos mimbres, voy a intentar hacer el cesto lo mejor posible. A veces no con muchas ganas, es verdad, pero en otras ocasiones siento que voy por buen camino.

Y, volviendo a las sugerencias del principio y para no pasarme de trascendente, diré que efectivamente empezando por la lata de judías y acabando con el sentido de la vida, me han servido para salir de mi estancamiento delante de la pantalla en blanco. Lo que esta vez no me ha salido mucho es lo del “intercambio ligero con un toque de sarcasmo”. Eso lo voy a tener que dejar para otro día junto con las series de Netflix y la transformación alquímica de las latas de conserva perdidas.

György Ligeti – 6 Bagatelles for Wind Quintet (1953) Score

La Sombra Roja (Leyenda de La Puerta del Sol)

Desde hace muchos años, la gente de Madrid cuenta que, en ciertos mediodías de verano, cuando el calor aprieta y la ciudad entra en combustión, aparece una mujer vestida de rojo en la Puerta del Sol. Nadie sabe de dónde viene, ni tampoco desde cuándo, pero dese el principio empezaron a llamarla «la Sombra Roja».

Los que han osado fijarse, dicen que la palidez de su rostro contrasta con el rojo profundo de su atuendo y de su parasol, que no oculta la luz, más bien la devora. Además, los más impresionables juran y perjuran que el aire a su alrededor se enfría, como si arrastrara consigo un trozo de invierno. Tal vez es que la gente, siempre tan pusilánime, tiembla ante la más mínima cosa que les saque de su mediocre percepción.

Últimamente la Sombra Roja suele detenerse junto a alguna de esas esferas que parecen de bronce, colocadas en las entradas de la plaza para evitar que algún monstruo corpóreo se abalance sobre los transeúntes en uno de esos vehículos horrorosos que transitan por todas partes ahora. Pero, en fin, la verdad es que esas moles son muy suaves y, además, transmiten con fuerza el latido que llega desde el centro de la tierra. Son como corazones ardientes donde ella apoya su mano gélida para absorber ávidamente toda la vida que palpita en Sol y que tanta falta le hace.

Los más temerarios, quienes la han mirado de cerca, cuentan que no habla, pero se la ve mover los labios pálidos murmurando palabras incomprensibles para sus pobres mentes. Cuando el reloj de la torre marca las doce, alza el parasol, lo hace girar una sola vez… y desaparece de aquel pequeño mundo de los turistas y las loteras. Entonces nada queda allí de su presencia, salvo una sombra roja y efímera, como una llama sin aire o una mancha de sangre licuada.

Pero lo que más inquieta a esta pobre gente es lo que les ocurre después de haberse encontrado con esta Sombra Roja”. Cuando llegan a sus casas o a sus hoteles pensando que todo ha sido una alucinación, que lo que pasa es que han estado cerca de sucumbir a un golpe de calor al cruzar la plaza infernal, se encuentran con que esa misma noche, en sus adorados teléfonos móviles, aparece una fotografía que ninguno recuerda haber tomado: la Sombra Roja, mirándoles fijamente… desde dentro de la imagen. Y, además, resulta que no hay manera de borrarla, ni reenviarla, ni subirla a las redes sociales esas. Aunque, eso sí, al día siguiente ha desaparecido, dejándoles el mal cuerpo de una pesadilla real y absurda.

Al principio, cuando no existían las pantallas ruidosas y brillantes que ahora llevan todos en sus manos o en sus bolsillos, la Sombra Roja se aparecía en los espejos o en el vidrio oscuro de una ventana a media noche. Sin duda era más romántico y más estético, pero requería de mucho más esfuerzo. Ha sido necesario adaptarse a los tiempos para sobrevivir, aunque sea en esta rara existencia mía.

Así que, si te encuentras con la Sombra Roja, te aconsejo que no te acerques, ni la mires siquiera. Algunos, como aquel pobre juntaletras, Pedro Antonio de Alarcón, lo hicieron y ya quedaron atrapados para siempre por los fantasmas que todavía habitamos en la Puerta del Sol.

Algo sobre «El paraíso de las damas»

Hace unas semanas estuve leyendo «El paraíso de las damas» («Au Bonheur des Dames«), novela escrita por Émile Zola, publicada en 1883. se trata del undécimo volumen de la serie «Les Rougon-Macquart«, en la que el autor retrata la vida de una familia bajo el Segundo Imperio francés (1852-1870).

Dicho esto, paso a contar por qué me ha gustado a mí y qué he encontrado en ella para que me den ganas de dedicarle estas líneas, en medio de una tórrida tarde madrileña y venciendo una pereza terrible, que reconozco que va más allá de la excusa del calor.

Esta novela se centra en el auge de los grandes almacenes en París y cómo revolucionaron el comercio, afectando tanto a consumidores como a pequeños comerciantes. A través de esta historia, Zola analiza temas como el capitalismo, el consumismo, el papel de la mujer en la sociedad y el conflicto entre lo tradicional y lo moderno.

Tengo que reconocer que, desde que tengo uso de razón (cosa que últimamente dudo de si realmente ha llegado a suceder), los trapos y todo lo que rodea al mundo del diseño de moda han sido para mí una afición, un refugio y, a veces, casi una obsesión.

No quiero decir con esto que mi actitud haya sido la de ir corriendo tras de la moda, más bien mi interés iba dirigido a desarrollar mi creatividad en ese mundo. Como he contado en otras entradas del blog, tuve la suerte de ser hija y nieta de modistas, así que me pude permitir durante décadas diseñar mi ropa, elegir telas y complementos y crear mis propias tendencias, a menudo bastante “peliculeras”.

Pero, en fin, volvamos a la novela, que es más interesante que mi vida. En ella se cuenta la historia de la joven Denise Baudu, una huérfana normanda, que llega a París con sus dos hermanos pequeños en busca de trabajo. Su tío, Auguste Baudu, es dueño de una tienda tradicional de telas, pero está al borde de la ruina debido al auge de un gigantesco y moderno gran almacén cercano: «El paraíso de las damas».

Denise, pese a las objeciones de su familia, consigue trabajo allí como dependienta. A lo largo de la novela, la pobre Denise experimenta explotación laboral, celos y humillaciones de sus propios compañeros (sobre todo de sus compañeras, que ya sabemos lo “majas” que pueden llegar a ser…). Sin embargo, llega a ganarse el respeto de todos, no solo por su inteligencia, resiliencia y honestidad, sino porque hace frente a una situación bien difícil sin dejarse avasallar: el dueño quiere convertirla en su amante y ella, a pesar de sus sentimientos, no pasa por el aro, como era de esperar y como han hecho las anteriores “agraciadas”.

Octave Mouret, un empresario ambicioso y carismático, es el dueño del almacén, acostumbrado a ser lo que entendemos por aquí coloquialmente por “el rey del mambo”, fuera y dentro de “El paraíso de las damas”. Al principio solo se siente intrigado por nuestra heroína, de aspecto frágil e insignificante, pero casi sin darse cuenta llega a estar completamente cautivado por ella. Como todo tipejo machista y depredador, lo primero que le deja descolocado es la negativa de una cría pobre y no especialmente agraciada a responder a sus requerimientos. Mouret representa el espíritu del capitalismo moderno: es innovador, manipulador y venenosamente seductor. Para él las mujeres son objetos de los que aprovecharse económicamente o sexualmente: una alhaja.

A pesar de todo esto, yo diría que “El paraíso de las damas” es una novela optimista en lo personal e incluso en lo social. Denise, que representa la dignidad, la honestidad y los sentimientos puros y altruistas, llega a transformar a Mouret desde la raíz de su ser. Es sin duda el triunfo del amor sobre el mercantilismo.

Pero, claro está, la cosa no puede ser tan meliflua. Entre medias quedan muchos cadáveres en la cuneta, muchos fracasos y hasta alguna muerte, como la de Geneviève, prima de Denise e hija de Auguste Baudu, jovencita enferma de amor sin esperanza. Su tragedia va en paralelo con el mundo que se extingue, representado por la tienda de su padre o el pequeño establecimiento de bastones artesanos y paraguas, asfixiado por el monstruo del gran almacén, como si de una boa constrictor se tratara.

Estamos en lo de siempre: el pez grande se come al chico. Los pequeños comercios no pueden con los “cortesingleses” y ahora con el monstruo fantasmagórico de Amazon. Solo en el ámbito de los sentimientos, de lo personal, la pequeña sardinita se zampa al tiburón, poco a poco, a fuerza de constancia y bondad. ¡Qué bonito!

En resumen esta novela da para mucho, mucho, pero yo no tengo demasiadas ganas de seguir tecleando, así que aconsejo que se lea y se disfrute, porque da para reflexionar y para entretenerse mucho.

Los temas sociales y el trato de la mujer son muy interesantes, sin ninguna duda, pero yo he disfrutado como loca con las descripciones de la tienda que, en sí, ya es un personaje. Los cambios de decorado, las telas, los departamentos, la distribución de las prendas y demás mercancías son un derroche de color, sensualidad y dinamismo. Torrentes de encajes, cascadas de sedas multicolores, alfombras orientales de intrincados diseños, esculturas hechas de guantes y sombrillas abiertas como flores exóticas decorando el patio central… “El paraíso de las damas” es una orgía de formas, colores y texturas: lanas tristes y opacas, satenes brillantes, prendas de saldo y vistosos abrigos, todo está dispuesto para convertirse en una tentación adictiva y enajenante. Hasta un salón de lectura y una salita donde tomar un refresco o citarse discretamente con un nuevo amante; todo está dispuesto allí para entrar y no querer salir. Así que este paraíso es más que un espacio o un escenario, es un monstruo tan bello como terrible, que engulle a los que le aman y a los que le odian y se nutre de su sacrificio a partes iguales.

Está claro que Zola se tuvo que documentar muy, muy bien para llegar al grado de detalle y precisión en las descripciones de tejidos, confecciones y tipos de prendas y complementos. A mí, que siempre me las he dado de enteradilla en estos asuntos, me ha dejado nocaut.

Y, para finalizar, también os cuento que he visto por ahí que nuestro paraíso novelero está inspirado en el gran almacén, «Le Bon Marché», uno de los primeros grandes almacenes de París.

Bueno, ahora toca decidirse entre los “cortesingleses” y “amazones” o los pequeños comercios tradicionales. Siempre que puedo, yo me quedo con los segundos, así que el otro día pasé por Casa de Diego para comprarme una preciosa sombrilla.

Esta tienda de abanicos, bastones y paraguas resiste abierta desde 1823, sobreviviendo al acecho de los monstruos como un oasis para las damas y los caballeros que se acerquen a la Puerta del Sol.

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De la tormenta a Anapanasati

Esta tarde tormentosa, tan bonita como extraña, me recuerda a algunas de mis sesiones de meditación.
Tan pronto graniza con una fuerza extraordinaria, que parece que va a quebrar a golpes el tejadillo del patio, tan pronto cesa súbitamente para en unos minutos descargar un chaparrón con rayos y truenos.
Las sesiones de meditación muchas veces, en el fondo, también son así. Aunque desde fuera , quien me mirase, vería tan solo una mujer sentada en un sólido cojín azul, prácticamente inmóvil, lo que está sucediendo en el interior tal vez es radicalmente diferente.
Cada día, cuando me siento a meditar, es diferente. Y no solo cada día, dentro de esa hora que dedico por las mañanas al encuentro con mi propia mente, se producen momentos de todo tipo: agitación, calor, frío, silencio, paz, ruido y, muy de vez en cuando, unos instantes de lucidez donde se saborea una gota de lo que debe de ser la claridad de la Mente.
Como dice esa metáfora famosa referida a la meditación: uno conoce el sabor del océano con una sola gota de su agua. Y de verdad creo que es así. En mi limitada experiencia siento que es así.
De ahí también el último tanka que he publicado, “Océano de ideas”, que realmente debería haberse llamado “Picahielo”, porque me ha servido para romper el silencio aquí, tanto como el trueno que acaba de marcar el inicio de otro chaparrón. Como decía, en este tanka las ideas, como peces, se agitan y dan vueltas por los oscuros mares de mi mente. Una mente casi siempre más revuelta de lo que pueda parecer, menos clara y mucho más condicionada de lo que yo quisiera.
Pero no me desanimo. Sigo en ello respiración a respiración, instante a instante, cultivando la atención como se cuida de un brote tierno que se desea sacar adelante. Una sabe que es frágil, que se puede quebrar tanto por exceso de riego como por descuido y olvido. El brote es frágil, pero fuerte en su vulnerabilidad. Tiene buena tierra y buena raíz, así que vale la pena mimarlo.
Cultivar la atención en Anapanasati tiene algo de labor de horticultura y, por qué no, también de artificiera. La mente egoica es especialista en la colocación de artefactos personalizados, diseñados para dinamitar la meditación y la búsqueda y el encuentro con la verdadera Mente clara.
¿Y por qué? Pues en buena medida porque la supervivencia de ese yo egoico depende de que no descubramos que no es más que humo, que bajo la sábana que da tanto miedo no hay ningún fantasma, solo viento.
Este es el juego que hay que aprender a jugar para liberarnos de tanta atadura inútil y de tantos lastres que pesan y duelen.
Solo respirando, solo observando, con ese poco y ese muchísimo voy soltando cada día un poco de aquello que sé que no soy y que de nada sirve.
… Y además esta noche, felizmente, sigue lloviendo. ¡Qué bien!