¿Restaurar el sistema?
Siempre me ha dado qué pensar la opción que tienen los ordenadores de “restaurar el sistema”. No sé si lo he dicho en alguna otra ocasión, pero me pregunto qué pasaría si nosotros pudiéramos hacer algo así con nuestras vidas: encontrar un punto de retorno, una fecha concreta y plantarnos allí de nuevo, borrando las meteduras de pata y aprovechando lo que sabemos que no va a funcionar y lo que sí. No obstante, si el punto de retorno es demasiado lejano, lo mismo ya ni reconocemos el sistema operativo.
Todo esto viene a cuento de algo que me ha sucedido hoy y que todavía me tiene atónita. Esta mañana me he encontrado en la “Bandeja de entrada” de una de mis cuentas de correo un mensaje de alguien que me pregunta cómo sigo. Esta persona, que es un hombre, me dice que seguramente no me acordaré de él y me envía un cruce de correos entre nosotros de octubre y noviembre de 2010.
Me he quedado atónita. Dejando al margen que guardar esos correos durante tantos años a mí se me hace raro, lo que más perplejidad me ha producido es el instante en que he intentado reencontrarme con ese punto de mi vida, con ese posible momento de restauración.
¿Cómo estaba yo entonces? ¿Qué anhelaba y que temía? Cuántas cosas han sucedido después y cómo ha cambiado mi vida desde entonces. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estoy?
Durante un buen rato hemos seguido cruzando mensajes y por fin he identificado más o menos de dónde procede esta extraña y latente relación, que yo había olvidado por completo.
Pero, en fin, lo más impactante para mí ha sido volver la vista atrás, a un punto cualquiera y encontrarme que, aunque muchas cosas han cambiado, lo que considero esencial permanece.
Así que mi sistema operativo, con parches y actualizaciones, sigue funcionando y manteniendo sus especificaciones básicas.
En estos años perdí a mi madre, me jubilé, me llevé más de un disgusto y también alegrías, he conocido personas estupendas que han entrado a formar parte de mi vida; mientras que otras han salido de ella, a veces con algo de pena, pero sin nada de gloria; he podido mantener a mi lado a los mejores, aún sin merecerlo, y estoy aprendiendo a tolerar con paciencia a algunos seres que querría tener bien lejos. Sobre todo me he hecho mayor.
Este mensaje me ha llegado justo ahora que estoy a punto de cumplir los sesentaiún años. Este periodo de los sesenta ha sido (y está siendo) complicado. Primero lo fue internamente porque he sentido como mi cuerpo se transforma y a veces me ha costado reconocerme en él. Y después porque mi realidad cotidiana se ha tambaleado a causa de asuntos familiares de los que todavía no ha cesado por completo la onda expansiva.
Para la cultura japonesa y tibetana la edad de sesenta años es una edad poco auspiciosa. Tradicionalmente ellos dicen los sesentaiuno, pero es porque cuentan uno más que nosotros (al menos antes era así, ahora creo que ya no). También a los sesenta es cuando se cumple un ciclo completo del horóscopo chino, incluyendo animal externo y elemento. En mi caso ha sido la serpiente de madera y, como ella, en este año estoy soltando una piel y saliendo a mi nuevo ciclo con otra nueva, de momento más sensible, pero que se irá curtiendo al sol y al aire.
“¿Cómo sigues?”, me pregunta en su mensaje mi reaparecido interlocutor. ¡Qué difícil responder! ¿Cómo sigo?… Sigo, que no es poco. ¿Volvería al punto de restauración de otoño de 2010? Definitivamente no. Aunque seguro que podría mejorar muchas cosas, lo mismo al estropeaba más que arreglaba. Al fin y al cabo, esta Marymer de hoy, con todas sus imperfecciones, tampoco está tan mal.