«Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. «Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella». Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte, en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí”.
Esta es una de las reflexiones de Toru Watanabe, protagonista de “Tokio blues” de Haruki Murakami.
Creo que esta es una novela de tránsito. Hasta el apellido del joven protagonista, “Watanabe”, evoca la imagen de atravesar un río. Como esas dos orillas de las que habla en el párrafo anterior, pero que luego se funden y se confunden a lo largo de la obra.
El descubrimiento del sexo, de la soledad, de la muerte y la pérdida y el propio extrañamiento de la vida llevan a Watanabe poco a poco lejos de su adolescencia. El viaje es doloroso y casi le conducirá a perderse entre el mundo de los vivos y de los muertos, de la locura y de la cordura; como si fuera un héroe de tragedia griega (precisamente es una de las materias que él estudia en la universidad).
“Tokio Blues”, como todas las obras de Murakami, está llena de referencias literarias y musicales, como su subtítulo, “norwegian Wood”, la famosa canción de The Beatles, que es la favorita de Naoko y que también hace la función de “magdalena de Prouts” al inicio de la novela.
Naoko es la eterna novia de Kizuki y ambos son inseparables de Watanabe. Una vez más creo que los nombres son aquí muy importantes y no están elegidos al azar. Naoko puede hacer referencia a un cordón de unión y también a la sinceridad. Kizuki es un apellido que evoca la imagen de la luna. Esto es, Naoko es el hilo que une a los dos amigos y, cuando Kizuki se suicida a los 17 años, la joven sigue cerca de Watanabe, hasta llegar a nacer incluso un profundo amor entre ellos. Pero la ausencia de Kizuki es insalvable para los dos. Tanto que Naoko también terminará por suicidarse.
Precisamente el tema del suicidio es omnipresente en la novela. Sin embargo, no se trata con dramatismo trágico, sino con contención y serenidad.
He dicho que el suicidio es un tema omnipresente, pero más bien sería la muerte y su relación con la vida, tal y como se ve en los siguientes párrafos, también en boca de Watanabe:
“A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí.
Viví la primavera de mis dieciocho años sintiendo esta masa de aire en mi interior. Al mismo tiempo, intentaba no mostrarme serio, pues intuía que la seriedad no me acercaba a la verdad. Pero la muerte es un asunto grave. Quedé atrapado en este círculo vicioso, en esta asfixiante contradicción. Cuando miro hacia atrás, hoy pienso que fueron unos días extraños. Estaba en la plenitud de la vida y todo giraba en torno a la muerte».
Ciertamente, en “Tokio blues” casi todo gira entorno a la muerte, pero esta se mezcla tanto con la vida que la irrupción del sexo se convierte en el contrapeso vital para Watanabe en su doloroso paso de la adolescencia a la juventud.
Otro asunto muy importante en esta novela es la enfermedad mental. De nuevo Watanabe es el vértice de otro triángulo, en el que Naoko hace de hilo conductor. Esta vez lo forman el protagonista, Naoko y Reiko. Ambas se conocen porque están ingresadas en una especie de institución de recuperación para enfermos mentales, pero que viven un tanto al margen del mundo, mezclados los “pacientes” con los “terapeutas”.
¿Y a qué nos recuerda esto? Pues precisamente a la novela que está leyendo nuestro protagonista cuando va a ver a Naoko allí por primera vez: “La montaña mágica”. Y desde luego que hay en el ambiente y en lo que evoca la lectura de estas páginas mucho de lo que una siente cuando lee la obra de Thomas Mann. Esa sensación de lo bien que se debe de estar siendo un enfermo en un lugar donde uno vive serena y ordenadamente sin preocupaciones, lejos del mundo y del ruido.
Pero, como no, también hay vida, mucha vida en “Tokio Blues”. Esta la personifica Midori Kobayahsi. “Midori” quiere decir “Hierba” o “color verde” y “Kobayahsi” es “pequeño bosque”. Midori es toda vitalidad y frescura y será quien pueda sacar a Watanabe de la noche oscura que le absorbe cuando Naoko se suicida.
Además de nuevo estamos ante otro triángulo: Midori, su novio y Watanabe. Parece que todos los personajes forman una red o una tela de araña donde Watanabe es el centro, y va recorriendo hilos que le unen y le separan de los otros.
Es el caso también de la relación del protagonista con su compañero de estudios , Nagasawa. Este muchacho cínico y escurridizo, como su apellido, evoca un terreno pantanoso y peligroso en el que su novia, Hatsumi, buena y abnegada acaba por ahogarse. En fin, otro triángulo de amor y amistad donde Watanabe tiene que mantener el equilibrio acercándose o alejándose del resto.
Antes de terminar, quisiera dedicarle unas palabras a Reiko Ishida. Su nombre significa “Piedra preciosa” y su apellido “Campo pedregoso”. Es curioso porque esta mujer, a pesar de su desequilibrio mental y de su inseguridad se convierte en la roca y el apoyo tanto para Naoko como para el propio Watanabe. He dicho antes que Midori es quien puede devolverle a la vida, pero sin el paso por el soporte pétreo que le da Reiko, esto no sería posible. Ella es casi lo que en el budismo se llamaría “la piedra que concede todos los deseos”.
En estos días tórridos en los que he releído “Tokio blues” me he reencontrado no solo con una novela magnífica, que daría para muchísimo más de lo que yo estoy escribiendo aquí, sino con la niña que escuchaba embobada “Here comes the sun”, con la joven de dieciocho años, atormentada y estudiosa, con la mujer melancólica y con otras muchas cosas y emociones que me llenan el espíritu de luz de otoño.
Vale la pena leer y releer “Tokio Blues”. Yo he vuelto a ella porque aún sentía el aroma que me dejó impregnado en la piel, aunque casi no recordaba la trama. No obstante, nunca nos bañaremos en el mismo río ni leeremos la misma novela porque ni siquiera seremos los mismos. ¿No?
Las noches se turban
con suspiros metálicos
y alientos fríos.
No hay subterfugios que valgan para escapar airosa de estas noches tórridas chamberileras.
Antes yo era de aquellos que decían que no podían dormir en verano con el aire acondicionado puesto. Pues ahora soy de las que no podrían dormir sin él. Aunque, mejor dicho, soy del grupo “ni contigo ni sin ti”.
Tengo una relación turbulenta con el aparato de aire acondicionado del dormitorio: a ratos le quiero, a ratos le odio, pero desde luego le necesito.
Esta gente que dice que el cambio climático no existe deben de vivir en un mundo aparte que ya me gustaría a mí saber dónde esta.
No hace muchos años yo podía salirme a mi diminuto balcón casi todas las noches del verano a disfrutar de esa pequeña tregua que daba la puesta del sol en esta calurosa ciudad. Pero, en fin, últimamente esto ya no es posible porque el calor permanece de noche casi tanto como de día.
Y esto no es solo en este secarral de Chamberí, sino también en lugares como Asturias, donde no hace tanto se podía salir de caminata incluso en agosto bajo los árboles y no morir de un golpe de calor. Ahora, entre los incendios provocados y las talas de los montes, hacer una excursión larga en un día soleado (que en Asturias son muchos, digan lo que digan) se convierte en casi un deporte de riesgo y una especie de travesía del desierto.
¡Con lo que me gustaba a mí el verano! ¡Qué larguísimo se me hace ahora!
Se me pasan las noches vigilando el zumbido del aire acondicionado y del humidificador. Formamos un trío tan imperfecto como mal avenido, uno en contra de otro, contrarrestando en efecto de nuestra mutua presencia: el frío mi calor, el vapor de agua la sequedad del aire artificial… En fin, un trajín nocturno que alimenta al monstruo del insomnio, que se aprovecha de tanta discordia y debilidad mental (esa solo mía, claro).
Luego, durante el día, la languidez de la falta de energía. Estar como en una convalecencia sin causa, una vaguería culpable porque hay tiempo para hacer esto y aquello y, al final, como mucho hay una sesión de “yoga restaurativo”; esto es, “tumbalabartolásana” en distintas versiones.
Pues eso, que el verano es para mí internamente irritante y externamente agotador. Y, por muchas postraciones que le hago al aire acondicionado como imagen alegórica del frescor otoñal, el espíritu de octubre se mantiene lejano. Lo que sí está siempre cerca es el insomnio, que se me ha instalado a los pies de la cama como el cancerbero de la vigilia.
¿Encontraré el modo de despistarlo esta noche?

***
¿Y este aire dulce?…
¡Cuántos lirios abiertos
desde el espejo!
***
***
Durante casi toda mi vida las rosas, especialmente las rojas, habían sido mis flores favoritas. Sin embargo, desde hace poco, algo más de un año, me he enamorado de los lirios y es raro que no tenga una vara de estos floreciendo en el salón, colocada en un precioso jarrón que me regalaron mis compañeros de trabajo hace ya siglos.
Me gusta tener flores en casa. De hecho hasta en el baño las tengo. Allí ha vuelto a florecer una imponente orquídea blanca que se ha hecho la dueña del espacio y de la luz. Me la regaló por mi santo un amigo, hace ya casi dos años y, con algo de cuidado y mimos ahora ha vuelto a mostrarse en todo su esplendor.

Los aromas y las plantas me dan vida a mí y a mi casa. Tal vez por eso me he quedado prendada de los lirios. ¡Es que lo tienen todo! En cada rincón del salón se percibe la presencia de estas flores altas. Como un espíritu dulce y acariciante se difunden en un olor amoroso y tierno que parece que te abraza y te protege.
Es cierto que las rosas son espectaculares. Un ramo de rosas rojas invade el espacio donde se coloca y desvía todas las miradas. Es como un arrebato de pasión o como un estallido de fuegos artificiales. Sin duda es magnífico, pero yo hoy me quedo con los lirios.
Desde muy joven he tenido la suerte de recibir rosas muchas veces, de una en una o en grandes ramos. Ha sido emocionante y en ocasiones sorpresivo. Fueron momentos hermosos por los que me siento agradecida, porque soy consciente de que no todo el mundo los ha vivido alguna vez.
Ahora, casi cada semana, recibo una vara de lirios de las manos de el hombre que más me ha querido y me quiere en el mundo, de manera incondicional, a pesar de mis regañinas, mis salidas de tono y la multitud de quebraderos de cabeza que le he dado durante estos cincuentainueve años que llevo en el mundo, precisamente a causa de su intervención imprescindible en este hecho.
En fin, desde hace meses es mi padre quien me regala los lirios que siempre tengo en el salón. Es emocionante verle llegar de mañana con ellos en la mano, rebosante de alegría y de ilusión. Y, aunque yo no lo demuestro demasiado bien, me conmueve su amor de padre, tan sencillo, tan claro y tan directo.
Cada día de mi padre es un regalo que comparte conmigo. A sus noventaicuatro años sigue siendo un hombre independiente, vital y alegre. Hace deporte, viaja por su cuenta y se ilusiona con su nuevo iPhone, como un adolescente.
Antonio, mi padre, sabe ser feliz. Sin cursos de auto ayuda, sin terapias sofisticadas, sin alaracas de ningún tipo. Se ha enfrentado a una vida dura y a su vejez con una sabiduría sencilla e innata.
Él ni se lo imagina, pero es un maestro de vida para mi y para muchos otros. Antonio es como los lirios que trae en la mano cuando viene a verme, impregna todo con su presencia, llena el aire de cariño y dulzura porque es un hombre bueno y tierno que se abre cada día a la vida con unas ganas enormes de respirarla y aprovecharla. En el budismo se hace mucho hincapié en la importancia de valorar la oportunidad de tener una vida humana con unas condiciones favorables. Antonio no es budista ni sabe qué cosa sea eso, pero aprecia cada segundo e irradia por todas partes esa luz que da la alegría de vivir.
Pues eso, que me he pasado a los lirios, porque son preciosos y porque quien me los regala lo es mucho más.
Con todo mi amor: ¡Gracias, padre!
Lluvia serena
que aquieta la tarde
como hace tanto…
los rumores del patio
son recuerdos en sepia.
“… y cómo pasa el tiempo, que de pronto son años, sin pasar tú por mí, detenida…”
Esto dice una canción de Silvio rodríguez, que durante mucho tiempo fue una de las que más me gustaban. Ahora ya no la escucho nunca. Ya se sabe: “todo pasa y todo queda…”.
Pues algo parecido podría decir este blog de mí: cómo pasa el tiempo, que de pronto son meses, sin pasar Marymer por aquí para nada de nada.
Ya sé que lo que voy a decir es un tópico, pero los lugares comunes llegan a ser eso porque nos tocan a todos o, al menos, a la mayoría. En fin, lo que vengo a decir es que el tiempo se pasa muy, muy deprisa y, cuantos más años tienes, más rápido se desliza. Al menos eso es lo que yo siento.
Acabo de mirar la última entrada que publiqué y es de finales de enero. ¡No me lo puedo creer! ¡¿Qué hago con mis días?! No me lo explico….
Es cierto que últimamente le dedico mucho tiempo de teclado a mis estudios de inglés y de japonés, pero esta no es la verdadera razón por la que no escribo apenas y no publico aquí nada de lo que escribo. Creo que el motivo sincero es que la Marymer que escribía antes ya no me sale. No sé cómo decirlo, pero es cómo si ahora ya no me identificase con ese personaje. Por ejemplo, se me ha agotado la fuente de los haiku y tanka. Cada vez que pienso en alguno se me hace simplón, repetitivo y, lo que es peor, falto de sinceridad. Por supuesto, me refiero a los que pienso últimamente, no a los ya publicados.
Hoy me estoy dando cuenta de que estos meses de silencio seguramente son un proceso necesario para adaptar mi voz a quién soy ahora. Aunque realmente no sepa muy bien qué cosa es esto, sí que experimento un cambio interior que sospecho que requerirá de otra expresión, tal vez más directa y menos poética, aún no lo sé, pero llegaré a saberlo.
Y para finalizar por hoy, vuelvo al poema de antonio Machado, “Cantares”, al que me referí antes con “todo pasa y todo queda”, cuando dice: “Nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción”. Pues yo tampoco, y menos mal porque no lo hubiera logrado, así que una frustración menos. Hoy solo pretendo ser sincera y no esconderme detrás de las palabras, sino tener la valentía para expresarme con ellas.
Ya había leído otras novelas de Aki Shimazaki. “El quinteto de Nagasaki” y “Azami” también me gustaron mucho y las aconsejo vivamente, pero “Luna llena” ha llegado justo en su momento. Mi madre decía que más vale llegar a tiempo que rondar cien años y esto es lo que le ha pasado a esta novela conmigo, que me ha conquistado.
Estos días andaba yo pensando en que los sentimientos y las emociones son como las semillas, por mucho que las entierres (y precisamente por hacerlo) se transforman y vuelven a la luz convertidas en otra cosa, pero que uno la mayoría de las veces sabe muy bien de donde surgen. No son nada nuevo.
Los artistas, los verdaderos artistas, de semillas tóxicas y dañadas hacen surgir especímenes hermosos y extraños, evocadores de un origen oscuro que arranca de la profundidad de los secretos de la mente.
Me parece que por mucho que enterremos bajo un apretado manto de vergüenza y control nuestras emociones y nuestros sentimientos, por capas y capas que les pongamos encima de disimulo y silencio, se abren paso regadas por las corrientes profundas de lágrimas no vertidas y algunas gotas de aquellas que caen a solas.
Estas cosas pensaba yo estos días, cuando comencé a leer “Luna llena”. En esta novela breve los recuerdos enterrados se abren paso en el presente a través de la mente de una anciana con Alzhéimer. Así escrito y dicho suena como algo dramático y triste, pero lo cierto es que no es así en absoluto. Entre otras cosas, en esta novela la vejez, la enfermedad y la discapacidad se tratan con dignidad y sin papanatismo ni ñoñería.
Pero, a lo que iba, en “Luna llena” los recuerdos vergonzosos y culpables enterrados en la mente de Fujiko, que es la señora con Alzhéimer, surgen precisamente cuando esa mente deja de estar ocupada en mantener la pantomima de una vida apacible y convencional.
Fujiko había mantenido a raya sus emociones y sus secretos del pasado, pero ahora estos cobran fuerza y salen vivamente a la superficie. Para mostrarlo Aki Shimazaki recurre a la metáfora de las cigarras. Por lo que se ve, las larvas de estos insectos pueden llegar a vivir hasta diecisiete años bajo la tierra, hasta que maduran, salen a la superficie y viven unas pocas semanas para ligar, lanzar otras larvitas a la tierra y empezar de nuevo. Es decir, los mecanismos de represión y control de Fujiko se rompen con el Alzhéimer y otra verdad que estaba oculta se abre paso a la luz del día.
¿Pero quién es Fujiko? Pues es la señora Niré, esposa de Tetsuo. Los señores Niré son una pareja de ancianos que viven en una acogedora residencia en una pequeña ciudad desde hace siete años porque a Fujiko se le declara esta enfermedad. Su hijo menor, Nobuki les busca este lugar para que puedan estar atendidos en un ambiente de respeto y seguridad.
Pero la vida no se para y no se vuelve apacible solo por estar en un entorno que sí lo es, así que un encuentro casual con el nocturno número 20 de Chopin en una actividad cultural de la residencia y un programa de televisión de difusión de la música clásica sacan a la superficie de la mente de Fujiko los recuerdos de un encuentro de pasión que cambiará por completo la idea que Tetsuo ha tenido de lo que fue su matrimonio y su familia.
En “Luna llena” la supuesta mente enferma de Fujiko es la que sana el presente. Tetsuo tiene que enfrentarse a que tal vez su querido hijo Nobuki es fruto del encuentro de su mujer con un famoso director de orquesta y que ella ha vivido triste y desencantada porque sabía que él tenía una amante desde antes de su matrimonio.
Leyendo esto cualquiera podría pensar (yo misma lo haría) que se trata casi de un folletín sin más. Pero no es así en absoluto. Creo que en la literatura está ya todo contado y lo importante es cómo se hace y la trascendencia que se le da. Aki Shimazaki construye un mundo sencillo y real, donde es posible romper el silencio estridulando insistentemente como lo hacen las cigarras cuando llega su momento.
La música de Chopin y las canciones tradicionales japonesas son la banda sonora que ambienta toda la novela. En concreto hay una pieza dedicada a las cigarras que es el auténtico leitmotiv de la historia y que Fujiko canturrea muchas veces:
“semi, semi, semi, ?dónde te ocultas?
Después de tantos años bajo tierra,
sólo te quedan unas semanas al aire libre…”
Tetsuo, como “semi” (“cigarra” en japonés), tiene que cambiar de piel y extender sus alas ante una situación nueva. Fujiko cree que él es su novio, al que ha conocido en un “miai” tradicional.
Al señor Niré solo le queda la opción de aceptar la nueva situación, la distancia que está poniendo ahora entre ellos su “prometida” Fujiko. Detrás de todo esto lo que se vislumbra es la importancia de un amor verdadero que tiene que sobreponerse a la vergüenza, las mentiras y la decadencia vital.
La trama es sencilla pero de ninguna manera aburrida. Los personajes están muy bien trazados y ocupan su papel sin estridencias. “Luna llena” es una novela corta que da para pensar largo rato acerca de nuestro miedo a la verdad.
En fin, en forma de larvas de “semi” o de semillas dañadas las emociones y los recuerdos acaban por madurar y salir volando o brotando. Aki Shimazaki los ha convertido en cigarras estridulantes para que no tengamos más remedio que escucharlos.
Transitar por los sueños, de mundo en mundo, viviendo otras vidas más grandes y más pequeñas, pero nunca iguales.
Despertar cada día, desayunar, oír las noticias, enviar mensajes, habitar esta vida pequeña esperando un sueño, buscando un sentido que es un perfecto maestro del escapismo.
Pasa el tiempo. Los segundos y los años se deslizan unos junto a otros. Se parecen tanto…
Llegará un momento en el que la vigilia ya no será nada, en el que los mundos fragmentarios de los sueños tomarán forma. ¿Cómo será?
Estarán esperando los grandes árboles de hoja perenne y un sendero limpio que conduce a una fuente.
También habrá gritos y risas y besos y golpes
libros, gatos y cuchillos
sangre y miedo
amor.
Pero hoy aún todo aquello está revuelto y no se puede entender bien.
Desde aquí casi todo es difícil de entender, incluso esta vigilia ordenada y familiar, con sus armarios y sus cajones colocados y limpios.
Han sido necesarios tantos años para aprender a interpretar este papel en este escenario, que da pereza solo el pensar que haya que volver a empezar otra vez, solo con la pobre guía de las piezas sueltas de los sueños, sin libreto ni guión, sin dirección ni escuela.
Fue buena idea aquello de contar el tiempo: un minuto, un día, un lustro. Viene bien para distraerse y pensar que todo está en orden, que hay señales para no perderse.
Se termina el año. ¿Qué cosa será esta?
Se acaba como una bolsa de patatas fritas o como un dolor de tripa.
Finaliza el año y pareciera que estrenando calendario se estrena la vida.
Lo mismo es cierto…
Entretanto, mientras zigzagueo entre la vigilia y los sueños, con suavidad rozo un día una esquina de la felicidad y otro tropiezo brutalmente contra el dolor, como todos los seres que zumbamos en este enjambre ruidoso y alocado.
Hoy, en estos últimos días del año, recuerdo a quienes he amado y a quienes amo, espero a los que amaré y intento limpiar las rémoras de la aversión para que no ensucien la nieve de las cumbres más altas.
Me valgo del calendario para decir “adiós” y quedarme, para decir “hola” sabiendo que algún día me marcharé.
Hojas que crujen
pisadas bajo el sol.
¿Dónde está octubre?
Moverse sin ritmo, sin normas. Moverse de dentro hacia fuera. Moverse como una butoka inspirada, transida por el espíritu de la Verdad. Moverse sin limitaciones, rompiendo las hilas largas y pegajosas de las arañas gigantes que moran sin cuerpo el la comisura de los ojos.
Comprimirse hasta ser la Joya que concede todos los deseos, con sus destellos azules en las ocho facetas.
Iluminar el norte más que el sur, coronar el este con el sol poniente. Olvidarse de la verdad, de la serenidad, traspasar la mirada con un rayo cegador. Que los oídos rompan como flores carnívoras devorando las Enseñanzas de Amor.
Pero no hago nada.
No danzo.
No rompo.
No grito.
Me mantengo agazapada dentro de mi pecho esperando un milagro o un rescate estelar.
Esperando un sueño revelador y una plegaria mágica.
¿Cuándo naceré?
Llevo más de medio siglo en este mundo y no me he dado a luz.
Temo salir de mi propio vientre, aunque ya se me ha quedado pequeño.
¿Estoy a tiempo?…
Tendría que haber gritado de dolor y de rabia.
¿Estaré a tiempo?
Si no hago una locura en la vida me quedaré cuerda, pero como una cuerda floja, desafinada y baja, peligrosa solo para los oídos sensibles.
Ser una butoka ciega e invisible, girando ebria en la soledad del espacio sin límite y gritarme que me amo y que soy hermosa con mi cuerpo azul y mi cabeza de león, eso quiero. Ni entender importa, ni la inteligencia importa, ni la belleza, solo un remolino de azules como un ciclón que arrase con la prudencia y el sosiego derrotados bajo mis pies.
Se termina el mes de agosto. ¡por fin!
El verano me resulta cada vez más tedioso e irritante. Y este además ha sido especialmente terrible.
En estos meses parece que sobra tiempo para hacer y para pensar, pero lo que no hay es energía para aprovecharlo. Precisamente una de las cosas que más valoro es el tiempo y siento que cada verano lo malbarato. Se me escurre lentamente entre los dedos sin que sea capaz de darle forma a nada. Me siento culpable por no beberme los segundos que no volverán y, al mismo tiempo, estoy deseando que se vayan. Así que el verano me enloquece de inacción y rumiaciones.
Pero el verano ya se está pasando. Todo pasa muy deprisa desde hace unos años: lo bueno y lo malo. La dichosa impermanencia ha tomado velocidad y precipita cuesta abajo todo lo que impregna, que precisamente es eso: todo.
En medio de esa pasividad irritante y tórrida intento buscar un norte que siempre me ha sido esquivo. Tomo la madeja de mis pensamientos, de mis emociones, de mis anhelos, e intento hacer un ovillo con ella. Quienes tejemos sabemos que, antes de usar un hilo para crear algo con él, es necesario devanarlo cuidadosamente. La labor de devanar una madeja y convertirla en un ovillo práctico y manejable es muy delicada. Es bastante fácil que se enreden unas hebras con otras y que se organicen nudos monumentales, que a veces solo se resuelven cortando.
Por eso, para esa tarea de devanar siempre fue muy útil contar con la ayuda de otra persona que sujetase con las muñecas la madeja abierta, acompañando y a veces también guiando a quien está enrollando el ovillo.
Pues bien, me parece que esto mismo es práctico y necesario cuando estamos devanando la madeja de nuestra propia mente. Por bien que nos arreglemos, en ocasiones es muy importante contar con la ayuda de alguien que nos acompañe, nos guíe y, si es el caso, nos ayude a deshacer los nudos o cortarlos, si no hay más remedio.
Podría decir que este asfixiante verano me ha regalado algunas madejas para devanar y en ocasiones he tenido la suerte de encontrar con quien hacerlo. Sigo en ello porque he descubierto que las más antiguas tienen intrincados nudos que se han ido apelmazando por estar almacenadas en un rincón estrecho. No obstante, a pesar de todo, creo que se podrá hacer algo con ellas, algo se podrá tejer, pero primero tenemos que hacer el ovillo.
A veces hay libros que dan para tanto que cuesta escribir sobre ellos. Es el caso de «El camino estrecho al norte profundo» de Richard Flanagan. Tenía tres borradores de reseña para publicar, y ninguno ha terminado de gustarme (ni este tampoco, pero ya está bien).
«El camino estrecho al norte profundo», a su manera, podría considerarse una novela histórica, pero con un tratamiento y una profundidad que nada tienen que ver con las anteriores, ni con las más comerciales de ese género. Yo diría que en este libro Richard Flanagan utiliza el pretexto de la guerra para hablar de problemas humanos y para reflejar un sentimiento hondamente pesimista y triste ante la transitoriedad. La desesperanza traspasa cada párrafo, hasta los más felices, y acaba calando al lector, como una lluvia lenta y persistente para la que no hay modo de protegerse.
Muerte y Amor son sin duda los temas que marcan toda la trama. El protagonista, Dorrigo Evans, es un oficial médico que vive y sufre el horror de un campo de prisioneros australianos en la Segunda Guerra Mundial. En «El camino estrecho al norte profundo» no se ahorra al lector la descripción de ningún horror ni físico ni mental. No se ahorra la vivencia de ninguna muerte ni de ninguna tortura, ni siquiera la de los propios torturadores, la de los «malos». La descripción detallada de las humillaciones, la degradación, la enfermedad es tan exaustiva que convierte esos episodios en algo tan palpable que muchas veces se hace casi insoportable la lectura.
Desde luego esta sí que no es una obra de héroes y villanos. En sus páginas todos los personajes tienen vida propia, miserias y perplejidades, miedos y arranques de valentía. Viven la degradación y la humillación todos. Y todos sienten y viven su muerte, y Flanagan nos lo cuenta dándoles a cada uno voz propia e individualidad. Llama la atención con qué sensibilidad se mete en la piel, en la mente,de cada personaje justo antes de su muerte, cuando la ven y la sienten llegar, y con qué destreza es capaz de hacernos sentir todas esas vidas distintas e iguales en la soledad ante la inevitabilidad del final de la existencia.
Así que «El camino estrecho al norte profundo» es también una novela de soledad. Ni el amor, ni la amistad, ni el deber, nada impide que todos los personajes estén solos y se sepan solos. La vida se muestra como un camino estrecho, como los que llaman en Asturias «sendas de persona». Solo se puede avanzar de uno en uno, a trechos con compañía delante, abriendo camino, a veces por detrás, cubriendo la retirada; pero solos, siempre solos, muchas veces por tramos tan estrechos que el camino ni llega a «senda de persona» y se queda en «paso de jabalí». Y ahí es donde uno se araña más la piel, donde más se desgarra la ropa, donde más consciente se hace cada uno de su soledad. Esta novela se centra en esos momentos de la vida, que para todos los personajes son la mayoría.
Por otra parte es admirable como Richard Fflanagan se mueve con agilidad entre la mentalidad occidental -cosa bastante fácil para un australiano- y la oriental. Es de destacar con qué acierto muestra la perplejidad de coreanos y japoneses ante la actitud de los prisioneros australianos. Los oficiales y soldados del ejército japonés los tratan como a esclavos, peor que a bestias. Y lo que no pueden comprender es cómo ellos mismos no se sienten así, no aceptan ese «justo» destino, después de haberse rendido. Porque para un militar japonés un prisionero, si además se ha rendido y se ha dejado capturar, es menos que nada. Así lo explica Ivan Morris en las primeras páginas de «La nobleza del fracaso». Los héroes japoneses lo son no por triunfar, sino por afrontar la derrota con honor, con la muerte. Para ellos convertirse en un «toriko», un prisionero, es caer en la mayor degradación personal y, además, familiar. Con la rendición del guerrero su linaje queda humillado y manchado por generaciones, que tienen que arrastrar esa vergüenza.
Ivan Morris también habla en su libro de la espada y el pincel en la historia de los guerreros japoneses, que siempre han ido juntos. Desde el primer héroe mítico, Yamato Takeru, hasta los jóvenes kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, todos tenían a gala decir su poema final antes de morir. Muerte y poesía, amor y poesía, marcan también la trama de la novela, hasta el punto de que cada una de las cinco partes en que se divide están presididas por un haiku, e incluso el título lo recibe de una obra de Basho.
Oriente y occidente están presentes en «El camino estrecho al norte profundo», unidos por la tragedia de la vida, sobrepasados por el sufrimiento de la guerra, al mismo tiempo que comparten la sed de Amor. Al fin y al cabo, por encima de las razas y de las creencias, todos amamos y todos morimos.
Y, hablando de Amor (con mayúsculas), este empapa cada página del libro. El Amor en todas sus manifestaciones. Por ejemplo, fijándonos en Dorrigo, es casi doloroso ver cómo vive el amor, cómo lo manifiesta a su pesar, ya que el sufrimiento ha ido bloqueándole hasta dejarle incapaz de creer en sus propios sentimientos. El protagonista ama a sus compañeros, ama a su mujer, ama a sus hijos, ama a sus amantes y, sobre todo, ama a Amy. El amor de su vida, su motivo existencial, a la que él cree muerta porque su esposa le dio esa noticia falsa, en medio del infierno, cuando Dorrigo más necesitaba conocer la reconfortante verdad. Una única mentira marcó su vida y le sumió en la soledad más hermética.
En «El camino estrecho al norte profundo» no triunfa el Amor, no se impone a la transitoriedad y a los obstáculos. El Amor pierde la batalla ante el miedo y la inseguridad. La guerra mata a pesar del amor y la amistad, la enfermedad castiga a pesar del amor, el cansancio y el miedo bloquean las emociones y la gran historia de amor entre Dorrigo y Amy, al final, tampoco se realiza porque…
«… Él tenía su vida, y ella la suya; ni en sueños era posible una fusión de ambas. Y lo que no alcanzamos a soñar, nunca alcanzaremos a hacer».
Desde que leí hace unas semanas esta frase no he dejado de tenerla presente. En sentido contrario es lo mismo que decía mi madre: «Si quieres algo mucho, muchísimo, con todas tus fuerzas, lo consigues». Es decir, si eres capaz de soñarlo con intensidad, de creer en ello, el pensamiento se materializa.
Pero Dorrigo y Amy, a pesar de haber conservado su amor intacto en el corazón, no han podido creer en que se realizara. La vida, los años, la distancia y el sufrimiento no dejaron crecer su sueño, su historia. Tal y como sucede con la novela romántica que Dorrigo no puede terminar de leer en el campo de prisioneros, porque le faltan las últimas páginas…
«Pero no había nada más. Alguien había arrancado las últimas páginas y las había usado como papel higiénico o se las había fumado, así que no había esperanza, ni alegría, ni comprensión. No había última página. También el libro de su vida se había visto bruscamente truncado. No le quedaba más que el fango bajo los pies y el cielo inmundo sobre la cabeza. No habría paz ni esperanza. Y Dorrigo Evans comprendió que aquella historia de amor quedaría inacabada por toda la eternidad, como un mundo sin fin».
Pasada la guerra, pasados los años, Dorrigo y Amy se encuentran cruzando un puente, cada uno caminando en un sentido y ambos se reconocen y no se paran, ni se miran apenas. No han podido soñar con una vida juntos, con un reencuentro y se han perdido el uno al otro para siempre. En la estética japonesa lo verdaderamente bello no puede ser perfecto, acabado. Tal vez eso es entonces lo que hace más hermoso y excelso el Amor entre Amy y Dorrigo, su imperfección.
«Y entonces se volvió de nuevo y siguió caminando por caminar, sin rumbo ni propósito. La creía muerta, pero al fin lo entendía: era Amy la que había seguido viva y era él quien había muerto».
Amy llevaba, y seguirá llevando hasta el fin de sus días, el colgante de plata con una perla engastada que Dorrigo le regaló, sintiendo con ello en su piel casi la única prueba de que su amor fue real, que verdaderamente existió. Porque ella supo que él había sobrevivido y nunca pudo comprender por qué no vino a buscarla, tal y como había prometido. Insegura, desconcertada, siguió amándole a distancia, pensando que no debía interferir en la vida del hombre que amaba porque ya la habría olvidado.
Decía Zsa Zsa Gabor: «Nunca he odiado tanto a un hombre como para devolverle sus joyas». Amy amó tanto que nunca se separó de esa pequeña joya, como una gota luminosa de felicidad, que en un momento de entrega supuso a Dorrigo todo lo que tenía, antes de que la guerra y el peso de la vida aplastasen su sueño.
«… y al volver sobre sus pasos vio que, a un lado del sendero enfangado, en medio de la sobrecogedora oscuridad, había brotado una flor escarlata.
Se inclinó y alumbró con la lámpara aquel pequeño milagro. Allí se quedó, encorvado bajo la lluvia torrencial, durante mucho tiempo. Luego se incorporó y reanudó la marcha».
Sí. reanudó la marcha de la vida, pero sin olvidar nunca la Flor escarlata que lucía Amy el día en que se conocieron.