Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos. Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae. Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoíris. Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte”. […] Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto. […]
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro. Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte. Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice: […] Digo siempre adiós, y me quedo. Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente. […] Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos. [Vicente Huidobro. Altazor]
Pues así me siento yo hoy, como una pequeña huérfana de naufragios anónimos, rodando entre los sueños y los recuerdos, cayendo desde lo alto de la vida con un paracaídas cada vez más maltrecho, atraída por la fuerza de la melancolía y el silencio de la pérdida.
Quería yo escribirle un poema a mi madre, que hoy hace diez años que murió.
Me gusta decirlo así, claramente, sin eufemismos como “nos dejó”, “se fue”, “ya no está entre nosotros”… me irritan esos modos de hablar de la muerte, como si fuera un traslado laboral o un viaje de placer al más allá. La muerte de los seres queridos es una pérdida total, no un cambio de ciudad de residencia. Si uno no se enfrenta a la muerte como lo que es, sin paños calientes, sospecho que tampoco podrá afrontar la vida.
Pues eso, yo quería escribir un poema a mi madre, recordando sus mejillas tan dulces y suaves como melocotones maduros, como almohadas de besos donde posar mis labios. Quería yo invocar su sonrisa tímida y sus manos hábiles, su regazo cálido y su voz templada.
Quería yo cantar todas esas cosas en un poema breve y brillante, pero no he podido, así que he vuelto a “Altazor”. Si todo está ya dicho, y tan bien dicho, a mí solo me ha quedado leerlo y releerlo como un rezo íntimo, como una plegaria de amor y de recuerdo.
Mi madre me enseñó a rezar a la Virgen y yo muy pronto dejé de creer en los poderes mágicos de aquella señora de escayola que estaba en el cabecero de su cama. Sin embargo, para mí el “Dios te salve, María” siempre será la oración mágica que me devuelve su voz, porque realmente mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer, y sus ojos estaban llenos de navíos lejanos, de sueños no cumplidos que a veces se atrevía a susurrar.
Y yo vuelvo a decir adiós y vuelvo a quedarme. Vuelvo a intentar alejarme como las olas que se recogen tras tocar la arena de la playa y, casi sin darme cuenta, estoy otra vez en la orilla. En esta orilla de los sueños y del anhelo de la ternura perfecta de mi madre, de la que un día me solté para tomar mi paracaídas e ir rodando de estrella en estrella, creyendo que me alejaba y, sin embargo, acercándome en cada vuelo más a ella.
Volver al pasado o viajar al futuro es Un asunto más que corriente en la ciencia ficción o en el realismo mágico. Pero en “Antes de que se enfríe el café” de Toshikazu Kawaguchi los viajes en el tiempo no son lo verdaderamente importante, sino un medio para mostrar algo más trascendente de la realidad.
Esta novela casi podría ser una obra de teatro en cuatro actos. La escena no se mueve de una pequeña cafetería, “Funikuri funikura”, situada en un sótano de Tokio, donde nunca llega la luz del día y donde es difícil saber en qué momento se está porque hay tres relojes, cada uno marcando una hora diferente. Pasadas algunas páginas descubrimos que solo el del centro da la hora real. Aunque… ¿cuál será esa hora?
Funikurí Funikura se fundó al principio de la era Meiji, así que lleva funcionando desde la segunda mitad del siglo XIX, y parece que en ella han cambiado muy pocas cosas. Su nombre se lo debe a la alegre canción napolitana “Funculí funiculá”, compuesta en 1880 para celebrar el primer funicular que subió al Vesubio.
A pesar del nombre, Funikuri Funikura no parece un lugar ni alegre ni luminoso. Se trata de un espacio que se dibuja como un lugar casi fuera del tiempo, hasta del atmosférico, porque se hace hincapié en que, a pesar del calor sofocante del verano tokiota, sin más que un ventilador de techo, en la pequeña cafetería se está bien.
El espacio se describe con todo detalle, como decía, parece la indicación de una puesta en escena: una pequeña barra con solo tres taburetes y otras tres mesas con dos sillas cada una. A la puerta de entrada se accede tras bajar unos escalones y hay una campana que avisa de la llegada de cualquiera que pretenda entrar.
El escenario a mí me recuerda a “A Puerta cerrada” de Sartre. Los relojes marcando horas extrañas y la luz siempre artificial y mortecina, que da a todo un tono sepia, como de foto antigua, me lleva a aquel espacio cerrado donde tres personajes se las tienen que ver con sus pasadas vidas y con su presente muerte.
Sin embargo en “Antes de que se enfrié el café”, aunque también hay normas fijas como en “A puerta cerrada”, los personajes no están condenados, sino todo lo contrario. El ambiente atemporal y mágico les permite volver al pasado o viajar al futuro para tener un presente abierto.
Hace un momento hacía referencia a las normas. Pues bien, para viajar en el tiempo en Funikuri Funikura solo hay una silla en la que la mayor parte del tiempo hay sentada una mujer vestida de blanco leyendo una novela. La cosa es que la lectora es un fantasma que, por no respetar las normás del viaje en el tiempo, se quedó ahí atrapada. Solo una vez al día se levanta para ir al baño y, entonces, es cuando otra persona puede sentarse en la silla mágica.
¿Y cuáles son las normas?
La primera es que solo puedes encontrate con alguien que haya estado o vaya a estar en Funikuri Funikura.
La segunda es que no puedes moverte de la silla.
La tercera es que podrás estar allí mientras el café esté caliente y debes beberlo antes de que se enfríe porque, si no, te conviertes en fantasma y quedas atrapado.
La cuarta es que nada del presente va a cambiar con esa visita.
Y la quinta es que cada persona solo puede viajar una vez.
En fin, con tantas reglas y sin poder cambiar nada…. ¿para qué correr riesgos?
Bueno, en primer lugar solo por como se describe a la barista Kazu sirviendo el café de marras, dan ganas de intentarlo. La delicadeza del contraste de colores entre la plata de la jarrita y la bandeja con la fina taza blanca llenándose de humeante y aromático café de Etiopía la transportan a una a esa silla y a pensar qué mal podría pasar.
Y lo cierto es que en la novela no pasa nada realmente malo, sino lo normal de la vida: la enfermedad, la pérdida, el amor, la muerte, los anhelos…
Como decía, “Antes de que se enfríe el café” parece una obra de teatro, concretamente en cuatro actos. Hay cuatro historias que se reviven y se “resuelven” con tres viajes al pasado y uno al futuro.
Como sabemos, el presente de ninguna de estas cuatro historias va a cambiar a causa del viaje, pero sí la percepción de cómo podrían haber sido las cosas y de cómo poder afrontarlas.
Tal y como decía al principio, la aventura no es el pequeño viaje en el tiempo, sino la vida misma, el propio futuro que se ve de otro modo después de sentir el pasado en esos minutos preciosos, antes de que se enfríe el café.
Por momentos esta novela está cargada de emoción contenida, de tristeza y de confusión, pero sobre todo esto prevalece un sentimiento de posibilidad, de apertura.
“Antes de que se enfríe el café” es una invitación a vivir y a aprovechar el amor de quienes tenemos cerca, porque todo, absolutamente todo, es efímero, como el aromático humo de una taza de café caliente.
Ahora que ya va entrando el otoño, siempre echo de menos tener algo que mantenga caliente mi taza de té o de café. ¡Se enfría tan deprisa! Pero… En fin…. Tendrá que ser así. No obstante, como yo siempre tomo café de Etiopía, voy a ver si logro en la cocina de casa arreglar un rinconcito por donde escapar hacia algún momento secreto. No sé… Eso sí, con mucho cuidadito de volver antes de que se enfríe el café.
«Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. «Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella». Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte, en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí”.
Esta es una de las reflexiones de Toru Watanabe, protagonista de “Tokio blues” de Haruki Murakami.
Creo que esta es una novela de tránsito. Hasta el apellido del joven protagonista, “Watanabe”, evoca la imagen de atravesar un río. Como esas dos orillas de las que habla en el párrafo anterior, pero que luego se funden y se confunden a lo largo de la obra.
El descubrimiento del sexo, de la soledad, de la muerte y la pérdida y el propio extrañamiento de la vida llevan a Watanabe poco a poco lejos de su adolescencia. El viaje es doloroso y casi le conducirá a perderse entre el mundo de los vivos y de los muertos, de la locura y de la cordura; como si fuera un héroe de tragedia griega (precisamente es una de las materias que él estudia en la universidad).
“Tokio Blues”, como todas las obras de Murakami, está llena de referencias literarias y musicales, como su subtítulo, “norwegian Wood”, la famosa canción de The Beatles, que es la favorita de Naoko y que también hace la función de “magdalena de Prouts” al inicio de la novela.
Naoko es la eterna novia de Kizuki y ambos son inseparables de Watanabe. Una vez más creo que los nombres son aquí muy importantes y no están elegidos al azar. Naoko puede hacer referencia a un cordón de unión y también a la sinceridad. Kizuki es un apellido que evoca la imagen de la luna. Esto es, Naoko es el hilo que une a los dos amigos y, cuando Kizuki se suicida a los 17 años, la joven sigue cerca de Watanabe, hasta llegar a nacer incluso un profundo amor entre ellos. Pero la ausencia de Kizuki es insalvable para los dos. Tanto que Naoko también terminará por suicidarse.
Precisamente el tema del suicidio es omnipresente en la novela. Sin embargo, no se trata con dramatismo trágico, sino con contención y serenidad.
He dicho que el suicidio es un tema omnipresente, pero más bien sería la muerte y su relación con la vida, tal y como se ve en los siguientes párrafos, también en boca de Watanabe:
“A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí.
Viví la primavera de mis dieciocho años sintiendo esta masa de aire en mi interior. Al mismo tiempo, intentaba no mostrarme serio, pues intuía que la seriedad no me acercaba a la verdad. Pero la muerte es un asunto grave. Quedé atrapado en este círculo vicioso, en esta asfixiante contradicción. Cuando miro hacia atrás, hoy pienso que fueron unos días extraños. Estaba en la plenitud de la vida y todo giraba en torno a la muerte».
Ciertamente, en “Tokio blues” casi todo gira entorno a la muerte, pero esta se mezcla tanto con la vida que la irrupción del sexo se convierte en el contrapeso vital para Watanabe en su doloroso paso de la adolescencia a la juventud.
Otro asunto muy importante en esta novela es la enfermedad mental. De nuevo Watanabe es el vértice de otro triángulo, en el que Naoko hace de hilo conductor. Esta vez lo forman el protagonista, Naoko y Reiko. Ambas se conocen porque están ingresadas en una especie de institución de recuperación para enfermos mentales, pero que viven un tanto al margen del mundo, mezclados los “pacientes” con los “terapeutas”.
¿Y a qué nos recuerda esto? Pues precisamente a la novela que está leyendo nuestro protagonista cuando va a ver a Naoko allí por primera vez: “La montaña mágica”. Y desde luego que hay en el ambiente y en lo que evoca la lectura de estas páginas mucho de lo que una siente cuando lee la obra de Thomas Mann. Esa sensación de lo bien que se debe de estar siendo un enfermo en un lugar donde uno vive serena y ordenadamente sin preocupaciones, lejos del mundo y del ruido.
Pero, como no, también hay vida, mucha vida en “Tokio Blues”. Esta la personifica Midori Kobayahsi. “Midori” quiere decir “Hierba” o “color verde” y “Kobayahsi” es “pequeño bosque”. Midori es toda vitalidad y frescura y será quien pueda sacar a Watanabe de la noche oscura que le absorbe cuando Naoko se suicida.
Además de nuevo estamos ante otro triángulo: Midori, su novio y Watanabe. Parece que todos los personajes forman una red o una tela de araña donde Watanabe es el centro, y va recorriendo hilos que le unen y le separan de los otros.
Es el caso también de la relación del protagonista con su compañero de estudios , Nagasawa. Este muchacho cínico y escurridizo, como su apellido, evoca un terreno pantanoso y peligroso en el que su novia, Hatsumi, buena y abnegada acaba por ahogarse. En fin, otro triángulo de amor y amistad donde Watanabe tiene que mantener el equilibrio acercándose o alejándose del resto.
Antes de terminar, quisiera dedicarle unas palabras a Reiko Ishida. Su nombre significa “Piedra preciosa” y su apellido “Campo pedregoso”. Es curioso porque esta mujer, a pesar de su desequilibrio mental y de su inseguridad se convierte en la roca y el apoyo tanto para Naoko como para el propio Watanabe. He dicho antes que Midori es quien puede devolverle a la vida, pero sin el paso por el soporte pétreo que le da Reiko, esto no sería posible. Ella es casi lo que en el budismo se llamaría “la piedra que concede todos los deseos”.
En estos días tórridos en los que he releído “Tokio blues” me he reencontrado no solo con una novela magnífica, que daría para muchísimo más de lo que yo estoy escribiendo aquí, sino con la niña que escuchaba embobada “Here comes the sun”, con la joven de dieciocho años, atormentada y estudiosa, con la mujer melancólica y con otras muchas cosas y emociones que me llenan el espíritu de luz de otoño.
Vale la pena leer y releer “Tokio Blues”. Yo he vuelto a ella porque aún sentía el aroma que me dejó impregnado en la piel, aunque casi no recordaba la trama. No obstante, nunca nos bañaremos en el mismo río ni leeremos la misma novela porque ni siquiera seremos los mismos. ¿No?
Las noches se turban
con suspiros metálicos
y alientos fríos.
No hay subterfugios que valgan para escapar airosa de estas noches tórridas chamberileras.
Antes yo era de aquellos que decían que no podían dormir en verano con el aire acondicionado puesto. Pues ahora soy de las que no podrían dormir sin él. Aunque, mejor dicho, soy del grupo “ni contigo ni sin ti”.
Tengo una relación turbulenta con el aparato de aire acondicionado del dormitorio: a ratos le quiero, a ratos le odio, pero desde luego le necesito.
Esta gente que dice que el cambio climático no existe deben de vivir en un mundo aparte que ya me gustaría a mí saber dónde esta.
No hace muchos años yo podía salirme a mi diminuto balcón casi todas las noches del verano a disfrutar de esa pequeña tregua que daba la puesta del sol en esta calurosa ciudad. Pero, en fin, últimamente esto ya no es posible porque el calor permanece de noche casi tanto como de día.
Y esto no es solo en este secarral de Chamberí, sino también en lugares como Asturias, donde no hace tanto se podía salir de caminata incluso en agosto bajo los árboles y no morir de un golpe de calor. Ahora, entre los incendios provocados y las talas de los montes, hacer una excursión larga en un día soleado (que en Asturias son muchos, digan lo que digan) se convierte en casi un deporte de riesgo y una especie de travesía del desierto.
¡Con lo que me gustaba a mí el verano! ¡Qué larguísimo se me hace ahora!
Se me pasan las noches vigilando el zumbido del aire acondicionado y del humidificador. Formamos un trío tan imperfecto como mal avenido, uno en contra de otro, contrarrestando en efecto de nuestra mutua presencia: el frío mi calor, el vapor de agua la sequedad del aire artificial… En fin, un trajín nocturno que alimenta al monstruo del insomnio, que se aprovecha de tanta discordia y debilidad mental (esa solo mía, claro).
Luego, durante el día, la languidez de la falta de energía. Estar como en una convalecencia sin causa, una vaguería culpable porque hay tiempo para hacer esto y aquello y, al final, como mucho hay una sesión de “yoga restaurativo”; esto es, “tumbalabartolásana” en distintas versiones.
Pues eso, que el verano es para mí internamente irritante y externamente agotador. Y, por muchas postraciones que le hago al aire acondicionado como imagen alegórica del frescor otoñal, el espíritu de octubre se mantiene lejano. Lo que sí está siempre cerca es el insomnio, que se me ha instalado a los pies de la cama como el cancerbero de la vigilia.
¿Encontraré el modo de despistarlo esta noche?

***
¿Y este aire dulce?…
¡Cuántos lirios abiertos
desde el espejo!
***
***
Durante casi toda mi vida las rosas, especialmente las rojas, habían sido mis flores favoritas. Sin embargo, desde hace poco, algo más de un año, me he enamorado de los lirios y es raro que no tenga una vara de estos floreciendo en el salón, colocada en un precioso jarrón que me regalaron mis compañeros de trabajo hace ya siglos.
Me gusta tener flores en casa. De hecho hasta en el baño las tengo. Allí ha vuelto a florecer una imponente orquídea blanca que se ha hecho la dueña del espacio y de la luz. Me la regaló por mi santo un amigo, hace ya casi dos años y, con algo de cuidado y mimos ahora ha vuelto a mostrarse en todo su esplendor.

Los aromas y las plantas me dan vida a mí y a mi casa. Tal vez por eso me he quedado prendada de los lirios. ¡Es que lo tienen todo! En cada rincón del salón se percibe la presencia de estas flores altas. Como un espíritu dulce y acariciante se difunden en un olor amoroso y tierno que parece que te abraza y te protege.
Es cierto que las rosas son espectaculares. Un ramo de rosas rojas invade el espacio donde se coloca y desvía todas las miradas. Es como un arrebato de pasión o como un estallido de fuegos artificiales. Sin duda es magnífico, pero yo hoy me quedo con los lirios.
Desde muy joven he tenido la suerte de recibir rosas muchas veces, de una en una o en grandes ramos. Ha sido emocionante y en ocasiones sorpresivo. Fueron momentos hermosos por los que me siento agradecida, porque soy consciente de que no todo el mundo los ha vivido alguna vez.
Ahora, casi cada semana, recibo una vara de lirios de las manos de el hombre que más me ha querido y me quiere en el mundo, de manera incondicional, a pesar de mis regañinas, mis salidas de tono y la multitud de quebraderos de cabeza que le he dado durante estos cincuentainueve años que llevo en el mundo, precisamente a causa de su intervención imprescindible en este hecho.
En fin, desde hace meses es mi padre quien me regala los lirios que siempre tengo en el salón. Es emocionante verle llegar de mañana con ellos en la mano, rebosante de alegría y de ilusión. Y, aunque yo no lo demuestro demasiado bien, me conmueve su amor de padre, tan sencillo, tan claro y tan directo.
Cada día de mi padre es un regalo que comparte conmigo. A sus noventaicuatro años sigue siendo un hombre independiente, vital y alegre. Hace deporte, viaja por su cuenta y se ilusiona con su nuevo iPhone, como un adolescente.
Antonio, mi padre, sabe ser feliz. Sin cursos de auto ayuda, sin terapias sofisticadas, sin alaracas de ningún tipo. Se ha enfrentado a una vida dura y a su vejez con una sabiduría sencilla e innata.
Él ni se lo imagina, pero es un maestro de vida para mi y para muchos otros. Antonio es como los lirios que trae en la mano cuando viene a verme, impregna todo con su presencia, llena el aire de cariño y dulzura porque es un hombre bueno y tierno que se abre cada día a la vida con unas ganas enormes de respirarla y aprovecharla. En el budismo se hace mucho hincapié en la importancia de valorar la oportunidad de tener una vida humana con unas condiciones favorables. Antonio no es budista ni sabe qué cosa sea eso, pero aprecia cada segundo e irradia por todas partes esa luz que da la alegría de vivir.
Pues eso, que me he pasado a los lirios, porque son preciosos y porque quien me los regala lo es mucho más.
Con todo mi amor: ¡Gracias, padre!
Lluvia serena
que aquieta la tarde
como hace tanto…
los rumores del patio
son recuerdos en sepia.
“… y cómo pasa el tiempo, que de pronto son años, sin pasar tú por mí, detenida…”
Esto dice una canción de Silvio rodríguez, que durante mucho tiempo fue una de las que más me gustaban. Ahora ya no la escucho nunca. Ya se sabe: “todo pasa y todo queda…”.
Pues algo parecido podría decir este blog de mí: cómo pasa el tiempo, que de pronto son meses, sin pasar Marymer por aquí para nada de nada.
Ya sé que lo que voy a decir es un tópico, pero los lugares comunes llegan a ser eso porque nos tocan a todos o, al menos, a la mayoría. En fin, lo que vengo a decir es que el tiempo se pasa muy, muy deprisa y, cuantos más años tienes, más rápido se desliza. Al menos eso es lo que yo siento.
Acabo de mirar la última entrada que publiqué y es de finales de enero. ¡No me lo puedo creer! ¡¿Qué hago con mis días?! No me lo explico….
Es cierto que últimamente le dedico mucho tiempo de teclado a mis estudios de inglés y de japonés, pero esta no es la verdadera razón por la que no escribo apenas y no publico aquí nada de lo que escribo. Creo que el motivo sincero es que la Marymer que escribía antes ya no me sale. No sé cómo decirlo, pero es cómo si ahora ya no me identificase con ese personaje. Por ejemplo, se me ha agotado la fuente de los haiku y tanka. Cada vez que pienso en alguno se me hace simplón, repetitivo y, lo que es peor, falto de sinceridad. Por supuesto, me refiero a los que pienso últimamente, no a los ya publicados.
Hoy me estoy dando cuenta de que estos meses de silencio seguramente son un proceso necesario para adaptar mi voz a quién soy ahora. Aunque realmente no sepa muy bien qué cosa es esto, sí que experimento un cambio interior que sospecho que requerirá de otra expresión, tal vez más directa y menos poética, aún no lo sé, pero llegaré a saberlo.
Y para finalizar por hoy, vuelvo al poema de antonio Machado, “Cantares”, al que me referí antes con “todo pasa y todo queda”, cuando dice: “Nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción”. Pues yo tampoco, y menos mal porque no lo hubiera logrado, así que una frustración menos. Hoy solo pretendo ser sincera y no esconderme detrás de las palabras, sino tener la valentía para expresarme con ellas.
Ya había leído otras novelas de Aki Shimazaki. “El quinteto de Nagasaki” y “Azami” también me gustaron mucho y las aconsejo vivamente, pero “Luna llena” ha llegado justo en su momento. Mi madre decía que más vale llegar a tiempo que rondar cien años y esto es lo que le ha pasado a esta novela conmigo, que me ha conquistado.
Estos días andaba yo pensando en que los sentimientos y las emociones son como las semillas, por mucho que las entierres (y precisamente por hacerlo) se transforman y vuelven a la luz convertidas en otra cosa, pero que uno la mayoría de las veces sabe muy bien de donde surgen. No son nada nuevo.
Los artistas, los verdaderos artistas, de semillas tóxicas y dañadas hacen surgir especímenes hermosos y extraños, evocadores de un origen oscuro que arranca de la profundidad de los secretos de la mente.
Me parece que por mucho que enterremos bajo un apretado manto de vergüenza y control nuestras emociones y nuestros sentimientos, por capas y capas que les pongamos encima de disimulo y silencio, se abren paso regadas por las corrientes profundas de lágrimas no vertidas y algunas gotas de aquellas que caen a solas.
Estas cosas pensaba yo estos días, cuando comencé a leer “Luna llena”. En esta novela breve los recuerdos enterrados se abren paso en el presente a través de la mente de una anciana con Alzhéimer. Así escrito y dicho suena como algo dramático y triste, pero lo cierto es que no es así en absoluto. Entre otras cosas, en esta novela la vejez, la enfermedad y la discapacidad se tratan con dignidad y sin papanatismo ni ñoñería.
Pero, a lo que iba, en “Luna llena” los recuerdos vergonzosos y culpables enterrados en la mente de Fujiko, que es la señora con Alzhéimer, surgen precisamente cuando esa mente deja de estar ocupada en mantener la pantomima de una vida apacible y convencional.
Fujiko había mantenido a raya sus emociones y sus secretos del pasado, pero ahora estos cobran fuerza y salen vivamente a la superficie. Para mostrarlo Aki Shimazaki recurre a la metáfora de las cigarras. Por lo que se ve, las larvas de estos insectos pueden llegar a vivir hasta diecisiete años bajo la tierra, hasta que maduran, salen a la superficie y viven unas pocas semanas para ligar, lanzar otras larvitas a la tierra y empezar de nuevo. Es decir, los mecanismos de represión y control de Fujiko se rompen con el Alzhéimer y otra verdad que estaba oculta se abre paso a la luz del día.
¿Pero quién es Fujiko? Pues es la señora Niré, esposa de Tetsuo. Los señores Niré son una pareja de ancianos que viven en una acogedora residencia en una pequeña ciudad desde hace siete años porque a Fujiko se le declara esta enfermedad. Su hijo menor, Nobuki les busca este lugar para que puedan estar atendidos en un ambiente de respeto y seguridad.
Pero la vida no se para y no se vuelve apacible solo por estar en un entorno que sí lo es, así que un encuentro casual con el nocturno número 20 de Chopin en una actividad cultural de la residencia y un programa de televisión de difusión de la música clásica sacan a la superficie de la mente de Fujiko los recuerdos de un encuentro de pasión que cambiará por completo la idea que Tetsuo ha tenido de lo que fue su matrimonio y su familia.
En “Luna llena” la supuesta mente enferma de Fujiko es la que sana el presente. Tetsuo tiene que enfrentarse a que tal vez su querido hijo Nobuki es fruto del encuentro de su mujer con un famoso director de orquesta y que ella ha vivido triste y desencantada porque sabía que él tenía una amante desde antes de su matrimonio.
Leyendo esto cualquiera podría pensar (yo misma lo haría) que se trata casi de un folletín sin más. Pero no es así en absoluto. Creo que en la literatura está ya todo contado y lo importante es cómo se hace y la trascendencia que se le da. Aki Shimazaki construye un mundo sencillo y real, donde es posible romper el silencio estridulando insistentemente como lo hacen las cigarras cuando llega su momento.
La música de Chopin y las canciones tradicionales japonesas son la banda sonora que ambienta toda la novela. En concreto hay una pieza dedicada a las cigarras que es el auténtico leitmotiv de la historia y que Fujiko canturrea muchas veces:
“semi, semi, semi, ?dónde te ocultas?
Después de tantos años bajo tierra,
sólo te quedan unas semanas al aire libre…”
Tetsuo, como “semi” (“cigarra” en japonés), tiene que cambiar de piel y extender sus alas ante una situación nueva. Fujiko cree que él es su novio, al que ha conocido en un “miai” tradicional.
Al señor Niré solo le queda la opción de aceptar la nueva situación, la distancia que está poniendo ahora entre ellos su “prometida” Fujiko. Detrás de todo esto lo que se vislumbra es la importancia de un amor verdadero que tiene que sobreponerse a la vergüenza, las mentiras y la decadencia vital.
La trama es sencilla pero de ninguna manera aburrida. Los personajes están muy bien trazados y ocupan su papel sin estridencias. “Luna llena” es una novela corta que da para pensar largo rato acerca de nuestro miedo a la verdad.
En fin, en forma de larvas de “semi” o de semillas dañadas las emociones y los recuerdos acaban por madurar y salir volando o brotando. Aki Shimazaki los ha convertido en cigarras estridulantes para que no tengamos más remedio que escucharlos.
Transitar por los sueños, de mundo en mundo, viviendo otras vidas más grandes y más pequeñas, pero nunca iguales.
Despertar cada día, desayunar, oír las noticias, enviar mensajes, habitar esta vida pequeña esperando un sueño, buscando un sentido que es un perfecto maestro del escapismo.
Pasa el tiempo. Los segundos y los años se deslizan unos junto a otros. Se parecen tanto…
Llegará un momento en el que la vigilia ya no será nada, en el que los mundos fragmentarios de los sueños tomarán forma. ¿Cómo será?
Estarán esperando los grandes árboles de hoja perenne y un sendero limpio que conduce a una fuente.
También habrá gritos y risas y besos y golpes
libros, gatos y cuchillos
sangre y miedo
amor.
Pero hoy aún todo aquello está revuelto y no se puede entender bien.
Desde aquí casi todo es difícil de entender, incluso esta vigilia ordenada y familiar, con sus armarios y sus cajones colocados y limpios.
Han sido necesarios tantos años para aprender a interpretar este papel en este escenario, que da pereza solo el pensar que haya que volver a empezar otra vez, solo con la pobre guía de las piezas sueltas de los sueños, sin libreto ni guión, sin dirección ni escuela.
Fue buena idea aquello de contar el tiempo: un minuto, un día, un lustro. Viene bien para distraerse y pensar que todo está en orden, que hay señales para no perderse.
Se termina el año. ¿Qué cosa será esta?
Se acaba como una bolsa de patatas fritas o como un dolor de tripa.
Finaliza el año y pareciera que estrenando calendario se estrena la vida.
Lo mismo es cierto…
Entretanto, mientras zigzagueo entre la vigilia y los sueños, con suavidad rozo un día una esquina de la felicidad y otro tropiezo brutalmente contra el dolor, como todos los seres que zumbamos en este enjambre ruidoso y alocado.
Hoy, en estos últimos días del año, recuerdo a quienes he amado y a quienes amo, espero a los que amaré y intento limpiar las rémoras de la aversión para que no ensucien la nieve de las cumbres más altas.
Me valgo del calendario para decir “adiós” y quedarme, para decir “hola” sabiendo que algún día me marcharé.
Hojas que crujen
pisadas bajo el sol.
¿Dónde está octubre?
Moverse sin ritmo, sin normas. Moverse de dentro hacia fuera. Moverse como una butoka inspirada, transida por el espíritu de la Verdad. Moverse sin limitaciones, rompiendo las hilas largas y pegajosas de las arañas gigantes que moran sin cuerpo el la comisura de los ojos.
Comprimirse hasta ser la Joya que concede todos los deseos, con sus destellos azules en las ocho facetas.
Iluminar el norte más que el sur, coronar el este con el sol poniente. Olvidarse de la verdad, de la serenidad, traspasar la mirada con un rayo cegador. Que los oídos rompan como flores carnívoras devorando las Enseñanzas de Amor.
Pero no hago nada.
No danzo.
No rompo.
No grito.
Me mantengo agazapada dentro de mi pecho esperando un milagro o un rescate estelar.
Esperando un sueño revelador y una plegaria mágica.
¿Cuándo naceré?
Llevo más de medio siglo en este mundo y no me he dado a luz.
Temo salir de mi propio vientre, aunque ya se me ha quedado pequeño.
¿Estoy a tiempo?…
Tendría que haber gritado de dolor y de rabia.
¿Estaré a tiempo?
Si no hago una locura en la vida me quedaré cuerda, pero como una cuerda floja, desafinada y baja, peligrosa solo para los oídos sensibles.
Ser una butoka ciega e invisible, girando ebria en la soledad del espacio sin límite y gritarme que me amo y que soy hermosa con mi cuerpo azul y mi cabeza de león, eso quiero. Ni entender importa, ni la inteligencia importa, ni la belleza, solo un remolino de azules como un ciclón que arrase con la prudencia y el sosiego derrotados bajo mis pies.