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Presentación de «El Libro de los Espejismos» en podcast

¡Noticia! ¡He abierto otro «Libro de los Espejismos»! Por fin me he decidido a hacer su «versión podcastera».
El enlace del primer episodio es el siguiente:

https://www.ivoox.com/primer-espejismo-escritoras-japonesas-era-heian-audios-mp3_rf_83125803_1.html

El tema tratado en este «Primer Espejismo» es la literatura japonesa de la era Heian, que en su inmensa mayoría está escrita por mujeres, damas de la corte que tenían tiempo, medios, formación y sensibilidad para crear gran variedad de textos de manera original y brillante.
Hablamos de Sei Shonagon y su «Libro de la almohada», Murasaki shikibu Y su «Genji Monogatari», El diario de la dama Izumi, etc.
Además esto nos da pie a comentar no solo los aspectos literarios, sino también los usos sociales y la situación de la mujer en el Japón de esa época.
¡Ah! Y en la portada del libro encontraréis la vibrante improvisación musical de Manuel Cepero y durante la charla la colaboración de Lupe Rodríguez Santizo, leyendo los textos seleccionados como ejemplo. Doy desde aquí las gracias a ambos y a Fernando garcía Soria, que fue el impulsor de esta actividad en la asociación La Flor.
¡Espero que os guste!

Hinamatsuri 🎎. momo no sekku

Hoy es Hinamatsuri, el Festival de las Muñecas.
El tercer día del tercer mes se celebra en Japón el día de las niñas. Se colocan cuidadosamente muñecas, a veces muy antiguas, heredadas generación tras generación, que reproducen personajes de la corte imperial.

Esta es una tradición muy antigua que procede de la era Heian. Por entonces las muñecas eran de factura efímera, hechas de papel. Se colocaban en barquitas iluminadas que se dejaban flotando en el río. Ellas se llevaban consigo todo lo malo, alejando su triste carga siguiendo la corriente.

En Hinamatsuri exponer las muñecas primorosamente da suerte a las niñas de la casa. Pero, eso sí, no hay que dilatar el tiempo de presentación de las muñecas porque, en ese caso, las pobres niñas no se casarán…
Claro, con la diferencia horaria, algunas en Madrid nos hemos enterado demasiado tarde y nos hemos quedado para vestir muñecas en Hinamatsuri. ¡Qué le vamos a hacer!

A esta fiesta también se la conoce como la de los melocotones, porque los altares donde se colocan las muñecas se decoran con flores de melocotonero, que se identifican con lo femenino.

De su belleza,
cuantas ramas floridas
mueren sin fruto.

Melocotones rojos,
sin planetas ni soles.

Mejillas de terciopelo y estallidos de líquida dulzura, que tantas veces se pierden antes siquiera de ser encontrados ni saboreados; porque la belleza es tan efímera y, tal vez, tan estéril.

En un solo segundo en el altar de la belleza se sacrifica la vida, se derrocha la energía. Y, cuidado, no se debe ni pensar si vale la pena hacerlo.

Fotones

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En Madrid, el sol invernal despliega una luz brillante y melancólica, que tiñe de notas decimonónicas todo lo que toca.

Tras los vídrios del balcón de madera de cuarterones, la luz de la mañana de enero transfigura la materia. Aquello que parece tener existencia, todos los objetos, quedamos descompuestos en una nube de fotones danzantes, que se extiende inmediatamente y en un instante ha transfigurado el universo.

En ese brevísimo momento de lucidez, de verdadera iluminación fotónica, el sol frío de enero es una estela de brillo, un enlace entre mundos y entre épocas.

El flexible tronco de una pequeña palmera, acariciado descuidadamente por unos dedos firmes de hombre, es el talle de una heroína romántica, que se pliega en si misma para apoyar la frente en el ventanal, soñando con un abrazo que sólo será posible dentro de más de cien años, en otro talle que, sin serlo, seguirá siendo el suyo.

Es un instante de claridad fotónica, de lucidez irracional, donde se comprende la verdadera esencia: la no dualidad. Las mujeres, las manos, la planta…somos remolinos de ideas, esperando a que algo o a que alguien nos dé vida. Esa vida tan aparente y tan efímera a la que nos aferramos con tanta fuerza todos los seres, los que nos movemos y los que nos arraigamos a la tierra: todos aquéllos que confiamos en nuestra existencia.

Sube de pronto el volumen de la música, y un hada anhelante da una nota de bellísima tristeza, para terminar de implorarle a la Luna una breve existencia de mujer, sólo para poder amar como tal. Una existencia que sería un inmenso don para esa apasionada Rusalka o para la pequeña palmera, que no puede besar las manos que la acarician.

Nubes de cientos de millones de soles se agitan vertiginosamente y componen un juego infinito de imágenes, de mundos que se superponen en un ilimitado juego de cajas chinas, de tiempos que se cruzan en puntos insospechados.

Tal vez hoy, en Madrid, en una luminosa mañana de enero, la atmósfera dorada del sol de invierno, como un relámpago, haya iluminado en la mente uno de esos puntos fugaces e irrepetibles.

(Enero 2008)

Mañana de Reyes

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En el recuerdo,
espera deslumbrante,
hoy, mi muñeca.

El 20 de marzo de 1965 la francesa France Gall, representando a Luxemburgo, ganó el Festival de Eurovisión con esta canción, «Poupee de Cire, poupee de son». Cinco días antes, aquí en Madrid, en el sanatorio del Valle, en la Ciudad Universitaria, nacía esta Marymer que está escribiendo hoy.

Mi padre cuenta que, para que mis hermanos estuviesen entretenidos y no se sintieran desplazados por la nueva hermanita, compró una tele. no sé si llegaría a tiempo de que viesen en ella como la muñequita de 17 años, France Gall, pasaba por delante de nuestra Conchita Bautista con su «Qué bueno, qué bueno», que no lo fue tanto como para ganar. Aunque ya sabíamos todos que eso de la Eurovisión no era más que política, que España no ganaba porque no nos querían en el extranjero: envidia y solo envidia, que como aquí no se vivía -ni se vive- en ninguna parte, con este sol, esta alegría ¡y lo bien que se come! ¡Viva Conchita y abajo la gabachita!

En todo caso, la evocación ha surgido a partir de los recuerdos de las mañanas de Reyes de mi infancia, que eran un destello de ilusión. Mis padres desarrollaban un despliegue de «efectos especiales» para dar vistosidad a los regalos que, sin ser muchos, relucían como estrellas, rodeados de globos, caramelos, serpentinas y envoltorios de colores.

Esta niña de las coletas se quedaba tan impactada ante la magia que había hecho aparecer en el sofá de escay una muñeca enorme (al parecer, fruto, en parte, de los puntos de los envoltorios de las gaseosas: los Reyes Magos eran muy apañaditos), que no se acercaba a cogerla, ni pestañeaba siquiera. Tardaba un rato en hacerse a la idea de que aquello era de verdad, era para ella. Y aquella niña tuvo que hacerse mayor para sacudirse esa perplejidad ante los regalos de la vida.

Hoy, aun sin «efectos especiales», reconozco como el mejor regalo el Amor, que jamás me ha faltado ni antes ni ahora. A la Marymer niña se le aparecía entonces en forma de muñeca la mañana de Reyes, a la de hoy y la de mañana todavía no se sabe en qué formas se le aparecerá. Eso está por ver. y eso es lo divertido de la vida: la sorpresa… cualquier mañana puede una encontrarse una muñeca en el sofá… ¿Por qué no?

Primavera en enero

Al calendario
hoy le han salido hojas…
¿Es primavera?

Esto de que el año comience en invierno se me hace raro. Tendría ya que estar acostumbrada después de más de medio siglo en este planeta y en este hemisferio, pero no me hago a ello.
Por pusilánimes que se estén volviendo los inviernos madrileños, no dejan de serlo. Es preciosa la luz del sol invernal, pero no es la primavera.
Incluso en la ciudad, se nota cuando vuelve a brotar la vida, por constreñida que esté la pobre en las jardineras y los alcorques, o por atufados de humo y bocinas que estén los trinos.
Ahhora, en enero, lo únnico que aquí renace es el calendario. No será una planta viva y sus hojas cuadradas y pálidas, impresas con letras y números, no tendrán ningún aroma propio ni un verdor lleno de matices, pero son en verdad lo más importante: una sugerente promesa de tiempo y de vida. Ojalá seamos capaces de aprovechar la intangible y delicada savia de estas hojas y, a medida que pasen, sentir que no hemos desperdiciado ni una gota de ella.

Poema de despedida ¡Sin prisas! (Jisei)

Ya sin mi sombra,
sigue brillando el sol.
Ha sido un rato…

En otoño… ¡Todo!

«En otoño, el atardecer. Cuando el sol resplandeciente se hunde cerca de la ladera de las colinas y los cuervos cruzan el cielo en grupos de tres o cuatro o de a dos, de vuelta a sus nidos; o las garzas en bandada se dispersan en el cielo distante. Cuando se oculta el sol, el corazón se conmueve con el sonido del viento y el zumbido de los insectos». (de «El libro de la almohada», Sei Shonagon)

En otoño, todo.
¿Quién soy yo para replicarte? Nadie.
Desde luego que nadie. No pretendo replicarte. No me atrevería ni con la protección de esta extraña distancia de más de mil años que tanto nos une. Pero tengo que contarte cómo son estos otoños, porque vivo como tú, atenta al cambio de las estaciones en mi pequeño mundo donde la naturaleza escasa y valiente se sobrepone a las grisuras del cemento muerto.
Mis sentidos en otoño se desbordan más allá de mi cuerpo. Puedo tocar entonces el azul metálico del cielo, extendido sobre las calles y los grupos de edificios apoyados unos contra otros, apiñados para abrigarse ante los primeros fríos de la noche. Así es este atardecer, con los ecos de los motores que rompen a oleadas cada vez más discontinuas y con los ladridos de algún perro mimado.
También la noche: cuando en el patio de vecinos se oye batir huevos y el olor a tortilla, regresa mágicamente una niña con gafas y coletas que mira trajinar a su madre en la pequeña cocina con su falda recta y su delantal de cuadros.
¡¿Y cuando llueve?!: la noche de otoño es un solo de percusión. La calle entera se transforma en una jam session: los toques retumbantes contra el terrazo brillante del balcón, cientos de ritmos suaves repetidos en las hojas endurecidas antes de caer, unos choques sordos sobre la negra baranda de hierro y los lejanos pases de escobilla trazados por neumáticos mojados de agua sucia merecen ser escuchados con total reverencia y una copa de vino.
Además, la belleza de la lluvia otoñal se sobrepone a los olores plomizos de los tubos de escape y hace crecer de pronto el aroma a tierra mojada.
El agua oscura bendice el suelo de asfalto. Entonces este comienza a brillar misteriosamente, como un remoto universo oscuro e insondable donde podrías sumergirte buscando el tesoro del tiempo que nos une y nos separa a la vez.
¡Pero también qué hermosas las mañanas de sol!: la luz dorada y líquida se vierte entre las hojas y traspasa los cristales. Esta luz es brillante y tímida a la vez, toca con delicadeza el sofá, la lámpara, la alfombra… y les devuelve la vida y el color de la juventud.
Por todo esto, admirada dama Seisho, quería contarte hoy que en esta ciudad y en este tiempo, tan lejanos a tu elegante mundo, el otoño es un instante especial donde todo se embellece.

Para recordar a mi admirada Sei Shonagon y su «Libro de la almohada»…

Mi inspiración: Sei Shonagon

… y las jam session de las refrescantes tormentas de verano

“Storm” (Jam session)

Lluvia nocturna

Hora tras hora,
la lluvia de esta noche,
sin descansar,
ha empapado mi sueño
perdido entre las hojas.

Un sueño con serpiente

Sueño con serpientes. Y realmente sueño con serpientes. Mejor dicho: esta noche he soñado con una serpiente.
En mi sueño, yo la llevaba metida en una funda de plástico translúcido y un poco rígido, como esos de los sobres portafolios. Esto le impedía crecer. Sin embargo, no recuerdo por qué, la saqué de la funda para enseñársela a alguien, sin preocuparme de cuánto podría desarrollarse, sin considerar siquiera que tal cosa pudiese llegar a ser un problema.
Así que, en principio, el crecimiento de la serpiente fuera del plástico donde yo la guardaba no era en el sueño ni bueno ni malo. Sin embargo, una vez fuera, la serpiente creció demasiado. Se alargó y engordó tanto que era casi tan ancha como yo misma (aunque tampoco es que una dé para mucho, la verdad).
A pesar de su tamaño, mi serpiente no atacaba a nadie. Era tranquila y pacífica. Yo me la ponía por encima de los hombros como si fuese una estola y ella se dejaba hacer blanda y dócilmente.
Pero, de todos modos, había quienes temían ser mordidos y envenenados mortalmente por ella. Sin embargo, en ese sentido, yo estaba muy tranquila. Sabía que eso era imposible, ya que se trataba de algún tipo de boa constrictor. Para mí el único peligro -más bien remoto- es que le entrara hambre y se nos tragase a alguno.
Poco a poco la gente se fue acostumbrando a verme con la serpiente encima y dejaron de tenerle miedo. Lo siguiente fue que, en cierto momento, alguien osó morderla suavemente para ver qué hacía.
En principio mi compañera permaneció indiferente, pero la persona insistió hasta que ella no pudo más y le dijo seriamente y en un tono cortante: “No me muerdas”. Y, como la insensatez humana es infinita, volvió a morder y la serpiente a repetir: “No me muerdas”.
Yo estaba impresionada y sorprendidísima porque no tenía ni idea de que la serpiente hablase.
La persona mordedora también se sorprendió y parece que le hizo gracia la cosa. Divertida y relajada ante una serpiente parlante pensó que no había peligro y estaba a punto de seguir con el jueguecito, cuando yo lo impedí. Me di cuenta de que, si había mordisco humano, habría otro inmenso y definitivo que se tragaría tanta osadía.
Me alejé tranquila con mi boa parlante, pensando que era una pena haberla tenido tanto tiempo en esa funda tan fea, sin saber que podía hablar con ella, preguntarle cosas y aprender de su sabiduría.
Y, cuando iba a intentar comunicarme mejor con mi lacónica acompañante, me desperté.
Pues, casi lo que decía al principio: un sueño con serpiente. La de esta noche ha sido una enorme boa paciente, sabia y peligrosa, de la que estoy segura que podría aprender muchísimo. ¿Volverá?…

Kushi y yo

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Nos conocimos hace catorce años. En este tiempo nos hemos visto crecer mutuamente y hemos llegado a ser mucho más que buenos vecinos.
Desde el primer momento nos caímos bien y yo busqué su compañía sobre todo en las noches de verano. Sentada a su lado he llorado, he soñado y he buceado por los abismos de mi mente. Su presencia firme y cálida, tan vibrante de vida, me reconfortaba siempre y aún lo hace.
Con todo, hasta este año ni nos habíamos tocado. La distancia física entre nosotros no era grande, pero sí suficiente para no alcanzarnos. Además, como nos comunicamos mediante un lenguaje más viejo que las palabras, ajeno a la voz y a la escritura, hasta el año pasado no supe de su lejano origen. Tuve que enterarme porque enfermó gravemente. Fue invadido por unos parásitos que se alimentaban de su savia y que, además, pretendían meterse en mi casa, y algunos lo lograron, pero no por mucho tiempo.

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Investigué para saber qué le estaba pasando a mi querido compañero y poder dar con alguna solución. Entonces fue cuando descubrí que mi vecino era un olmo siberiano y que estaba siendo atacado por la plaga de la galeruca. Puse aviso al ayuntamiento y conseguí que algunos de mis vecinos también lo hicieran.
Este año parece que ya está sano y fuerte. Supongo que algo hicieron los jardineros del ayuntamiento y también la tremenda tormenta Filomena que llenó de nieve y hielo las rendijas donde se agazapan esos bichitos hasta la primavera. Mi amigo ha crecido mucho, tanto que este verano desde mi balcón puedo acariciar sus hojas y bailar con sus ramas. Sé que él está contento también por tenerme más cerca. Estoy segura de ello porque me lo susurra cuando sus lengüecillas verdes se entrechocan juguetonas al ritmo de la brisa de la tarde.
Además, hace unas semanas también he sabido cuál es su nombre. En Mongolia mi querido árbol se llama Kushi. Esto me lo chivó Miguel Peyró, que sabe mucho de estas cosas. Fue él quien me sugirió que le llamase así, Kushi, porque es una forma mucho más familiar y cercana de nombrar a un ser tan querido. Por supuesto, enseguida acepté la sugerencia, lo que creo que ha servido para unirnos todavía más.

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Solo hay un problema: es que me parece que la difenbaquia, los limoneros, los cactus, el roble, el aguacate y todos los demás, desde sus macetitas, se sienten un poco celosos y no deberían, porque no les quiero menos ni les desatiendo nunca. Es verdad que en estas semanas presto a Kushi mucha atención, pero no es menos cierto que luego llega el otoño, las puertas del balcón se cierran, él pierde sus hojas y se adormece hasta la primavera. Eso sí, el muy bandido se despierta tras el invierno con ganas de jarana. Lo comprobé la primavera del año pasado, cuando, enfermo y todo, dejó caer su semilla en la maceta del albaricoque. Desde entonces ahí están los dos compartiendo espacio y esperemos que se lleven bien, porque no tienen mucho sitio para disputar.
En fin, que Kushi y yo estamos viviendo una relación que crece y evoluciona, más allá de géneros y especies. Para que luego digan: si quieres entenderte de verdad, te entiendes. La comunicación es posible entre todos los seres. ¡Bien que lo sabemos mi Kushi y yo!

Un grillo en Chamberí

¡Ah! Y que conste que estas tres preciosas fotos de Kushi son de mi amigo Javier Marín, que es un artista. ¡Gracias!

Mi soledad de arcilla

La soledad es infinita, enorme. Es tan extensa que hay para todos nosotros durante todas nuestras vidas.
Además tiene la facultad de aparecerse en distintas modalidades, desde las más amables de los retiros anhelados, hasta las terribles y dolorosas de las duras pérdidas que nos perforan las alas de la alegría.
La soledad es sólida, cuando se convierte en un ancla que nos sujeta a nuestro propio ser, cuando nos permite encontrarnos y reencontrarnos con ese yo fuerte e incondicional que está siempre disponible, sobre todo cuando ni lo sospechamos. Y sigue siendo aún más sólida y pesada cuando cae sobre la cabeza y los hombros, como un telón mojado y viscoso, que no nos deja movernos ni apenas respirar.
Hay también una soledad líquida, amable y plateada como la lluvia de otoño que impregna el alma de serenidad. Pero, al mismo tiempo, puede presentarse en el llanto desbordante de un océano de dolor con sabor a lágrimas.
Cuando uno experimenta la ligereza de su verdadera naturaleza, carente de lastres y rémoras, la soledad es etérea y ligera, igual que un delicado aroma de incienso. Sin embargo, otras veces, se manifiesta en un olor intenso a pobreza y carencia que apenas permite respirar y que se pega a la piel sofocantemente.
En fin, la soledad es así, ni buena ni mala. Es, sencillamente, es. Huir de ella es como huir de la propia sombra. Ante la inmensidad no hay otra solución que sumergirse y bucear con los ojos abiertos por las simas de la mente, aprovechando las corrientes y contemplando el espectáculo de la profundidad de la vida de todos, tan igual y tan distinta.
En esta tarde de verano, encerrada en este «barco quieto» que es mi casa, toco mi soledad y la moldeo con los dedos. Como si fuera una arcilla húmeda y aromática, aunque al principio me da miedo de que se me pegue entre las uñas o me manche el parqué, sigo adelante y voy formando con ella, suavemente, una vasija tierna y fresca donde depositar mis sueños.

«19 de noviembre» («Nadie nunca»)

***

Este cuento lo escribí en noviembre de 1989. Trata de la muerte de una joven misteriosa, que no se sabe muy bien quién es y que no parece saber que está muerta.
Es un escrito de juventud, con muchas carencias y errores, pero he querido recuperarlo porque incluso tantos años después me sigo identificando con su tono y con la manera de ver el mundo que está detrás de sus palabras.
En aquel momento lo titulé “Nadie nunca”, pero hoy lo llamaría “19 de noviembre”. Esta fecha para mí tiene algo fatídico. La elegí entonces para el cuento porque una mañana, tras una pesadilla que no recuerdo, me desperté escribiéndola en la sábana con el dedo y con la sensación de que cada año ese día debía de andar con más precaución.
Aquello me impresionó hasta el punto de dar pie a este cuento que comparto hoy.

***

19 de noviembre

Cuando salió de casa, todo quedó en perfecto orden. Justo antes de cerrar la puerta, se miró en el espejo de la entrada, para asegurarse del buen efecto que le causaría su imagen.
Acababa de decidir cuál iba a ser en adelante su actitud. Después de darle vueltas durante días, llegó a la conclusión de que era inútil esperar más.
Dio un portazo y bajó la escalera taconeando. Al salir a la calle, encaró el frío seco de noviembre y la luz gris de la tarde. Entonces se sintió aún más fuerte.
Subió al coche segura de que le daría tiempo de encontrarle todavía en el despacho. Sin embargo, no fue así. Cuando llegó, él ya se había marchado.
Se quedó sin saber qué hacer. Estaba extenuada por la tensión y el esfuerzo inútiles.
Se apoyó con el codo en el pomo de la puerta y esta se abrió. Asomó la cabeza, vio el teléfono y no lo dudó un instante…

***

19 de Noviembre

En cuanto llegué a casa, viendo la puerta entreabierta y aquel desorden, comprendí que había vuelto a suceder. Pero esta vez ni se me ocurrió dónde podría haber ido. Busqué entre sus cosas y lo único que eché de menos fueron las zapatillas de deporte. Porque, la verdad, yo de aquellos vaqueros viejos con que la encontraron, ni me acordaba y, menos aún, de la camiseta aquella que me ponía yo para hacer chapuzas…
Tuve la certeza de que había recaído. Me quedé como un tonto, sin saber qué hacer.
Dudé en llamar a tu casa, por si le habría dado por irse allí. Pero luego pensé que, si ella llegaba en el estado en que yo suponía que estaba, tus padres me avisarían enseguida y, si no se había marchado con vosotros, lo mejor era no preocupar a nadie…
Aunque eso tus padres no lo entenderán nunca y no me lo van a perdonar…
No. Espera. Déjame seguirte contando porque quiero que, por lo menos tú, me creas.
Cuando me acordé del coche, el presentimiento de lo que podría haber sucedido me heló la sangre. Bajé corriendo a la calle y vi que el sitio donde yo había aparcado estaba vacío…
¡Dios mío! ¿Cómo se le ocurrió? Te juro que jamás le dejé tocar el volante. ¿Cómo iba a hacerlo, si sabía que ella no podía ni debía conducir?…
Hoy hace un año que murió y aún me da la impresión de que va a ir a buscarme. Porque estoy seguro de que cogió el coche para eso. Quería llegar antes de que me fuera y encontrarme todavía en el despacho. Seguro que se sintió mal y me necesitaba.
(…)
Por favor, coge tú el teléfono y di que no estoy. No tengo ganas de hablar con nadie.

***

22 de Diciembre

Hoy, antes de ponerme a escribir, he estado ojeando todo lo anterior y me he dado cuenta de que, precisamente tal día como hoy, hace un año que comencé este diario, al que cada vez acudo con menos frecuencia, seguramente porque poco a poco voy superando la pena y la decepción del 22 de diciembre del año pasado.
Entonces hacía poco más de un año que la niña tuvo el accidente y que Javier se recluyó en su cómodo mundo, dejándome definitivamente sola.
Porque con el chico nunca pude contar para nada. Hasta tal punto que, el día del aniversario de la muerte de su hermana, estando su padre de viaje y yo enferma, se marchó desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche.
Para colmo, después me enteré de que estuvo todo el tiempo con el canalla ese que vivía con mi Inés, que tuvo la culpa de todo.
Ella ya se había recuperado, pero tuvo que marcharse con él. Con ese sinvergüenza que acabó por desequilibrarla definitivamente. Siempre hablándole de tonterías y metiéndole pájaros en la cabeza, complicándole la vida.
El médico me lo dijo bien claro: «Señora, su hija está recuperada, dentro de lo posible. Pero usted ya sabe… Tiene que llevar una vida lo más tranquila posible. Puede seguir estudiando, pero, poco a poco, sin excederse. ¡Con lo bien que estaba ella aquí con nosotros! No le faltaba de nada y nadie le impedía que hiciese lo que quisiera.
La niña ya estaba bien, pero se tenía que cuidar. No debía ponerse nerviosa ni cometer excesos. Yo la tenía aquí tan tranquila, hasta que a su hermano le dio por decir que se estaba entonteciendo, que ya llevaba aquí dos años metida y que ya era hora de que hiciese “algo”.
Un día, sin decirme media palabra, se fue con ella al psicólogo y volvieron diciendo que les había dicho que lo mejor que podía hacer era empezar a «moverse por su cuenta».
A partir de ahí fue el desastre completo. Se empeñó en matricularse para terminar la carrera y ¡venga de visitas al psicólogo!
Yo me lo empecé a imaginar. Se lo dije a Javier: «mira, esta chica ya está bien. No sé a qué viene tanto interés de psicólogo».
Pero este hombre nunca me hace caso. Nunca se entera de nada. Ni me contestaba. No despegaba la nariz del televisor.
Así que el día que vino diciendo que se iba a vivir con él yo, aunque ya me esperaba algo, me quedé helada porque no creía que la cosa fuese para tanto. Encima, a Javier no se le ocurre otra cosa mejor que soltar que: «un hombre a punto de jubilarse es demasiado mayor para ella, ¿pero qué vamos a hacer? Si ella lo quiere…»
Le hubiese matado cuando lo dijo, pero ni le contesté.
Javi no podía hablar de la risa que le entró, mientras Inés explicaba que no era con el psiquiatra con quien se iba, sino con el psicólogo, con Ramón.
Claro, Javier lo había estado confundiendo todo el tiempo. ¡Es que nunca escucha cuando le hablo!
Y ahora todavía menos. Desde que murió la niña tampoco yo le hablo. ¿Para qué? ¿Para que me dé la razón como a los locos cuando le digo que la culpa de todo la tiene el tipo ese?
Prefiero no acordarme porque me desespero y me entran ganas de ponerme a gritar.
De todos modos no puedo evitar preguntarme mil veces por qué lo hizo. Él tuvo la culpa seguro, aunque además hubiera alguna razón concreta que empujase a mi Inés ese día a hacer lo que hizo. Ese secreto mi niña se lo ha llevado a la tumba.

***

Ha pasado demasiado tiempo para poder reconstruir aquel 19 de noviembre, que marcó la vida de todos nosotros. Sin embargo, es necesario intentarlo, la duda nos está minando a todos, uno por uno. Mis padres, Ramón y yo intentamos sentirnos inocentes, pero sabemos que no lo somos.
Por eso me dediqué a escribir, para poner en claro las ideas y ordenar los recuerdos antes de que acaben de deformarse por completo.
Inés era cinco años mayor que yo. Desde siempre la admiré porque era eso que llaman «un mirlo blanco»: guapa, inteligente, desenvuelta, agradable… Lo tenía todo para resultar encantadora y, por supuesto, lo era.
Recuerdo cuando íbamos juntos al colegio lo mal que yo lo pasaba. Ella siempre era el centro de atención y Javi el renacuajo que la seguía a todas partes
como un perrito faldero.
En casa para mi madre Inés era el ejemplo de la perfecta niña buena, educada y estudiosa. Mientras que de mí no es que pudieran decir que fuera malo ni vago, pero a su lado cualquiera de mis méritos resultaban ridículos.
Sin embargo, contra lo que podría esperarse, nunca la odié, ni tampoco la envidié porque, a medida que me iba haciendo mayor, me daba cuenta de que Inés no era feliz y, de alguna manera, intuía que no lo iba a ser nunca.
Luego, cuando yo me sentí ya un hombrecito, la vi más pálida, más rubia y más delgada. Sentí que tenía la obligación de protegerla. Aunque luego me di cuenta de que era inútil. Ella no necesitaba mi protección, porque no podía pasarle nada que ella no quisiera que le sucediese.

***

Cuanto más la miro, más me doy cuenta de que esta cría no es normal.
Pero ¿a mí que me importa? Sí, muy lista, muy guapita, muy rubita, pero tiene algo raro…
Ahora que a mí me da lo mismo. ¿No comes? Pues no comas. ¿No te ríes? Pues no te rías. ¿No hablas? Pues no hables…
Estoy harto de monsergas de esta mujer. Un día me va a inflar las pelotas y le voy a decir que le vaya con el cuento al chulo que se la hizo. Porque está claro que esta «medio tísica» no es mía.
El chico sí. Ese se nota que es mío. Es mi vivo retrato, quizá más moreno todavía que yo, pero algo tenía que haber sacado de su madre que, la verdad sea dicha, parece la mujer del moro Muza.
¿Por qué me casaría yo con esta puta histérica? ¿Cómo no me daría cuenta?
Cada vez que me acuerdo…
Parece de chiste. Me voy a trabajar a Alemania como un gilipollas y, cuando vuelvo, me encuentro en casa con una cría de meses, y la Isabel que no me había dicho ni media, y además que quiere que me crea que se la encontró una noche en el zaguán cuando salió a tirar la basura.
¡Es que eso no se lo cree nadie! Ni el más idiota se lo traga.
¡Después de dos años trabajando como un burro!
Y encima todavía se queja de que me volviese a marchar. Lo que no entiendo es cómo volví con ella y con la mocosa.
Bueno…, ella fue la que me sacó del lío del bar. Y es que sin mano de obra de confianza no se puede hacer nada y menos en un pueblo de ladrones como era aquél.
Por eso me tuve que venir para acá con ella. Tenía aquí su plaza de maestra ¡Que vaya usted a saber cómo la consiguió! Yo no tenía otro árbol donde ahorcarme.
Además a la Isa le vino bien, porque si no, a ver qué habría sido de dos mujeres solas.
De todas formas tengo que tener cuidado porque parece que al chico, como me descuide, me lo amariconan entre las dos. ¡Y por ahí no paso!

***

29 de Diciembre

Otro día más contando en este cuaderno todo lo que siento. Ya no puedo resistir más tiempo la angustia del recuerdo y la soledad en que vivo.
Desde que murió Inés mi vida se ha quedado vacía. Solo me queda un hijo que hace en casa vida de huésped realquilado y un marido que es un extraño, cada día más bruto, al que no sé si quiero, y casi es mejor no saberlo…
He reflexionado mucho sobre si lo mejor para mí sería marcharme y dejar a estos dos que se las arreglen como puedan. El padre y el hijo en el fondo son iguales. A ninguno de los dos les importo lo más mínimo. Los dos viven a mi costa y se aprovechan de mí cuanto pueden.
¡Maldito día en que volviste, Javier! Vino derrotado. Yo, como una estúpida, le acogí de nuevo, después de que me había dejado sola con la niña, me humilló y me trató como a una cualquiera.
Nunca creyó la historia de que la encontré. Nunca confió en mí. Prefería dar crédito a la gentuza que le hablaba mal de mí, diciendo que yo sólo iba al pueblo en verano y que en los inviernos «¡Vaya usted a saber, en la ciudad, con el marido en el extranjero…!»
Antes de irse Javier no era tan así, Alemania le embruteció. Pero fue todavía peor cuando volvió después de haber tenido el bar, porque además de bruto se había vuelto mentiroso, vago y sinvergüenza.
Me engañó. ¡Vaya que si me engañó! Me dijo que me creía, que me quería y que me necesitaba, que había cambiado. Y, desde luego, las dos últimas cosas eran verdad.
Después ya se puso enfermo, aunque creo más bien que era cuento para no trabajar. Pero, con tanto fingir, Dios le castigó con una verdadera enfermedad.
Así que ahí está, convertido en un inválido, en un tirano que ni siquiera me escucha cuando le hablo.
Menos mal que Javi se paga sus estudios y sus cosas. Aunque no sé de dónde lo saca y la verdad es que ni me importa. Sé que robar, no roba -no llegaría a tanto- y, si le pregunto, no me va a contestar, solo por el placer de dejarme con la duda, como me hacía al principio, cuando todavía intentaba que viese que me interesaba por sus estudios, por sus problemas… No era por controlarle, como él pensaba. ¡Bien sabe Dios que no era por eso!
Pero da lo mismo, lo de Javi tampoco tiene solución.
Me quedé sin lo único que quería de verdad, aunque no fuera realmente mío, y no tengo fuerzas ni para irme, ni para quedarme… La verdad es que no las tengo ni para vivir.
Ella era tan débil y tan fuerte, tan mía y tan de nadie, que a veces me parecía que no necesitaba ni nada ni a nadie. Otras veces la veía tan ajena a todo, incluso a los peligros, que parecía que necesitaría siempre a alguien velando a su lado.
Recuerdo el día en que se levantó hablando a una velocidad increíble. Ninguno entendíamos nada de lo que decía, hasta que se quedó dormida y se despertó sin acordarse de nada.
Pero fue aún peor la mañana que me levanté y me la encontré sentada en el suelo, desnuda y con la mirada perdida. Ninguno pudimos levantarla, ni siquiera moverla. Era como si se hubiera quedado pegada al suelo y pesase toneladas. Hasta que, después de estar así tres horas, se levantó, se vistió y me dijo, en un tono en que nunca me había hablado, que se iba lejos porque no nos aguantaba más y tenía muchas cosas urgentes que hacer. Pero entonces yo supe que esa no era ella de verdad, que tenía un desequilibrio transitorio y todo volvería a ser como siempre. Mi niña sería otra vez mi niña…
Pero nada sucede exactamente como uno quiere.
Ella se curó y se volvió a marchar, aunque no del todo, porque yo seguía sintiendo su compañía y aún la siento.

***

19 de noviembre

Cuando Ramón colgó el auricular, estaba lívido y tembloroso. Esperó un momento antes de volver al cuarto.
Javi, que estaba esperando, no se dio cuenta de nada. Estaba demasiado pendiente de sí mismo y de su propia pena para poder ver lo que sucedía a su alrededor. Se marchó pronto. No se encontraba bien.
Entonces Ramón se fue a andar por la ciudad, a perderse solo.
Se sentó en un banco de la calle y estuvo allí tanto tiempo, sin sentir el frío, sin moverse, que la imposible voz que había salido del auricular se le heló en el cerebro.

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