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Mirlos amordazados (Tanka)

¡El viento ardiente
amordaza a los mirlos!
Horas baldías
de quietud irritante
y de espera sin rumbo.

 

¡“Porfito”, que no llueva en Tanabata! 🙏🏻 😉n

Vuelan las grullas
sobre el amanogawa
¡Qué larga espera!


¿Lloverá la noche del siete de julio? ¡Por favor, no! ¡Por favor, no!
El séptimo día del séptimo mes (shichigatsu no nanoka) es una fecha mágica. Si nos pusiéramos rigurosos (que no lo vamos a hacer), tendríamos que tener en cuenta que este día y este mes se corresponden con un calendario que no es el gregoriano. Pero, para la magia y para el amor, ¿qué más dará?, digo yo.
Tanabata es la noche de las estrellas, y no porque se trate del título de un programa de variedades de sábado por la noche, a lo José María Íñigo. Es la noche de verdad de las estrellas porque, si no llueve, Orihime y Hikoboshi pueden unirse. ¡Y están todo el año separados! El río Amanogawa, La vía Láctea, se lo impide.
Cuenta la historia china, recogida devotamente en el Japón Heian, que la princesa Orihime (estrella Vega), hija del Dios del cielo y tejedora de las ropas de los dioses, vivía tan dedicada a su trabajo que no tenía tiempo para el amor, y estaba muy triste. Ya lo decía Lorelei Lee (Marilyn Monroe) en “Los caballeros las prefieren rubias”: si una chica no tiene dinero (o tiene que trabajar mucho, digo yo), no tiene tiempo para el amor.
Por otra parte, al otro lado del río Amanogawa (la Vía Láctea) vivía un joven pastor de bueyes, Hikoboshi (Altair), muy apuesto y muy trabajador también. Para arreglar la situación el padre de la estrella-chica los presenta y…. ¡Pataplán! Se enamoran a primer destello. Y, como suele suceder, empiezan los problemas.
Orihime empieza a preferir tejer sus brazos con los de Hikoboshi y dejar a un lado el telar. Y no digo nada de los bueyes del “estrello”, que andan flotando por las nubes, en todos los sentidos.
Y el dios del cielo se cabrea pero bien. Se olvida de que fue él el que la lio y les condena a vivir separados, cada uno a un lado del Amanogawa. ¡Ay que fastidiarse con la explotación divina!
Pero Orihime llora y protesta (de Hikoboshi no se dice nada, que debía de ser un celestial soca de mucho cuidado), y su padre concede que se vean una vez al año: el séptimo día del séptimo mes. Desde luego, tampoco es que la gracia sea mucha, pero se conforman. Como dice ahora la gente: “Es lo que hay” (y mira que odio esta expresión).
Y… ¡¡¡Tachán!!! Llega el día D. Pero… ¡Horror! ¡Orihime no puede pasar, ni el soca de Hikoboshi tampoco! Otra vez nuestra diosa-estrella llora y protesta. Esta vez son las grullas quienes van en su auxilio. Le dicen que formarán un puente con sus alas cada noche del séptimo día del séptimo mes para que puedan encontrarse los amantes, siempre y cuando no llueva, que parece que a las grullas les molesta que se les deshaga el arreglo de las plumas, como si lo llevasen de peluquería, o qué sé yo.
En fin, con tantas condiciones, ahí llevan Orihime y Hikoboshi, ni se saben los siglos, viéndose de año en año, y si no llueve.
Yo les tengo compuesto mi haiku y estoy en ascuas: “Virgencita, que no llueva; Virgencita, que no llueva…”, que el año pasado cayó un tormentón tremendo. Luego paró, pero no sé qué hicieron las grullas y me da mucha lástima de estos dos enamorados, tan panolis y tan formales, sin salirse nunca de su órbita.
¡Y con el año pasado por agua que llevamos!

Bajo los laureles

Apolo y Dafne Bernini

Ahora que duermes, escucha, muchacho.
Entre los susurros del viento y el rumor de las aguas, escucha mis palabras que solo pueden pronunciarse en la lengua de los sueños.
¡Hermoso muchacho, te pareces tanto a aquel que me hizo como soy, que mereces conocer su pena y la mía!
Hace cientos de años, yo era la hermosa Dafne, la esbelta hija del regio río Peneo. Siepre quise ser libre, correr por los valles profundos, internarme en los montes sombríos, trepar a las ásperas rocas templadas por el sol. Mi adorno era mi juventud. Solo ceñía mi pelo castaño con una sencilla cinta blanca y cubría apenas mi cuerpo con la corta túnica verde de las ninfas, ligera como mis piernas.
Sí, muchacho soñador, yo solo anhelaba la misma libertad que disfrutaban las diosas vírgenes, sin imeneo ni en brazos de hombre ni de dios alguno. Tanto se lo pedí a mi padre, el buen Peneo, que por su amor hacia mí me lo concedió, renunciando a su propio anhelo de verme esposa y madre.
¡Mas, ay, los dioses pueden más que la voluntad paterna, y sus pugnas a todos nos alcanzan, aunque seamos inocentes!
No muy lejos de aquí, donde sigue fluyendo tranquilo mi viejo padre, Peneo, Apolo se burlaba de Eros. No le era bastante ser el luminoso hijo de Zeus, el dueño de la salud, la armonía y el arte. No era suficiente que las Musas le sirvieran sumisas. Tuvo que hacer sentir su arrogancia a Eros, y lo pagamos los dos.
Tú, tierno muchacho de cabellos rubios de sol, te pareces tanto a él… ¡pareces un dios! Dormido aquí, en mi regazo… ¡Si pudiera envolverte con aquellos brazos de nieve y acariciarte con aquellos labios! Pero ya no puede ser. No hay vuelta atrás.
Ningún dios soporta las afrentas. Eros se vengó de las burlas de Apolo. Mas, desgraciada de mí, lo hizo en mi pecho. Lanzó con tino su flecha de oro contra Apolo y otra de plomo contra mi corazón.
Fue inevitable. Los dos estábamos cerca. Una limpia mañana de primavera, Apolo paseaba con su lira por estos montes, buscando motivos y armonías nuevas para sus cantos. Me vio, desde lejos, solo un momento y, al instante, quedó prendado, enajenado de amor y de deseo. Corrió hacia mí, llamándome con tiernas palabras, dulces como uvas maduras.
Mas, al darme yo cuenta de su presencia, sin saber cómo ni por qué, surgieron en mí una aversión tan profunda y un pánico tan atroz, que corrí locamente para que no me atrapase. Salté raíces, me desgarré la piel entre las negras zarzas y me desollé las manos trepando por las rocas. Pero él era un dios, mucho más veloz que yo.
Con el corazón latiéndome en las sienes llegué hasta aquí mismo, al lado de mi padre, Peneo, cuyas aguas acompañan aún hoy mi quietud perenne. Le grité desesperada que me ayudara, que me liberase de aquel dios enloquecido que me perseguía. Atento, el buen Peneo escuchó mi súplica y cedió a ella, renunciando al honor de desposar a su hija amada con el gran Apolo.
Un segundo antes de que las divinas manos tocasen mi cabello revuelto, comencé a sentir la pesadez de mis brazos. Las piernas se me enraizaron al suelo y mis rizos castaños se tornaron brillantes hojas verdes.
Apolo enamorado me abrazó con desesperación: “Ya que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol. Tus hojas perennes adornarán en adelante mi frente y la de los más grandes”.
Muchacho hermoso, esta historia, aunque tú aún no la conozcas, ha sido contada mil veces por los hombres, esculpiéndola en mármol, pintándola en lienzos y versificándola con palabras hermosas en muchas lenguas distintas. Mas hay algo que ellos no saben, que solo a ti voy a confiarte:
Hubo un detalle inadvertido que para mí lo cambió todo. Al transformarse la suave piel blanca de mi pecho en áspera corteza gris, la maldita flecha de plomo cayó al suelo. Quise entonces gritarle a mi padre que no, que me devolviera a mi figura de ninfa corredora. Pero ya era demasiado tarde. Mis labios se habían abierto en dos pequeñas flores amarillas que no podían pronunciar nada. Mi voz ya no sería nunca audible, salvo, como hoy, en el rumor de los sueños.
Siendo un árbol ya, me estremecí como mujer al sentir su abrazo y su luminosa frente apoyada sobre las hojas que antes fueron mis cabellos. Hubiera dado cualquier cosa por volverme y abrazarle, por devolver sus besos con más besos.
¡Tierno muchacho, cuánto te pareces a él! ¡Cuántos siglos han pasado sin que a nadie haya podido contar el verdadero final de mi historia!
Y ahora, cuando despiertes sobre mi regazo, pensarás que todo esto no ha sido más que el sueño de una siesta bajo los laureles.

Cacerolas Huecas (Tanka y más)

 

Mentes pequeñas,
ahítas de miedo,
doblan a odio.

Son cacerolas huecas,
rabiosas y tristes.

***

¡Qué pena me da este barrio tan bonito, que a las nueve se llena de cacerolas ruidosas y huecas!

Cacerolas convertidas en cencerros llamando al odio, la rabia, la insolidaridad; clamando porque venga algún pastor con “mano dura” que ponga orden y traiga la salvación por la fuerza de la autoridad “de toda la vida”.

¡Qué indigno que clamen libertad aquellos que desprecian todo lo que consideran que no se les parece! ¿Libertad de qué? ¿Libertad de no perder sus privilegios y su estrechez de miras?

¿Dónde está la libertad de las cuarenta mil personas que se mueren de hambre en el mundo todos los días? ¿Se acuerda alguno de estos de ellos cuando aporrean sus ollas vacías? ¿Se acuerdan de los que hoy querrían que sus cacerolas nunca sonasen a hueco?
No. Yo creo que no se acuerdan. Esas cacerolas huecas que están sobre sus hombros redoblan al unísono de las que tienen en sus manos, ambas repletas de rabia, odio, miedo e ignorancia. Todas ellas cosas dolorosas y embrutecedoras que solo sirven para hacer daño y ruido.

¡Como Gabriel Celaya, hoy “maldigo la poesía concebida como un lujo“!

Ojalá la Poesía siga siendo un arma de futuro.

Ojalá la palabra no deje nunca de serlo.

Los seres humanos pueden pensar, pueden hablar, pueden comunicarse cuando no renuncian a la racionalidad para convertirse en borregos con cencerro o en mastines al servicio de algún pastor que, mientras tanto, está tan tranquilo en su casa con sus dineros en un dorado paraíso fiscal, a muy buen recaudo.

Repito hoy: ¡Maldigo la poesía concebida como un lujo!

Esta mañana yo no puedo callarme más. Pido a los dioses, a los budas, a los bodisatvas, a lo que sea, que todos los seres abandonen la ignorancia, la estrechez de mente y la indiferencia ante el sufrimiento de los otros. La verdadera felicidad solo es posible con el bien de todos porque, aunque no nos demos cuenta, nada, absolutamente nada nos es ajeno.

***

No es bueno que el roble esté solo

Además de los recuerdos, de mi madre me quedan muchas cosas tangibles e intangibles: sus pendientes favoritos (regalo de mi padre), su muñeca bruja de trapo (regalo mío), su alianza de casada (que no me quito jamás, ropa que ella me confeccionó (era una auténtica maestra) y otros muchos objetos preciosos. Pero, ante todo esto, permanece muy viva su presencia en mi corazón.
Y, dentro de las cosas intangibles que me ha legado, está el don de cuidar de las plantas. Sé que es difícil de creer, pero hasta la muerte de mi madre, a mí se me amustiaban casi hasta los cactus.
En el tanatorio donde la velamos nos entregaron cuatro o cinco robles recién nacidos, como criaturitas vegetales entre mantillas de cartón y plástico. Yo me quedé con dos de ellos, con muy poca fe en mis posibilidades de sacarlos adelante. Pero me equivoqué.
Los dos roblecitos cayeron en mis manos el 1 de octubre del 15. A las pocas semanas se convirtieron en dos pequeños palitroques plantados en sendas macetas: una pena.
Sin confianza en mí como niñera ni en el reino vegetal ni en el animal (ya no digamos en lo que se refiere a este género nuestro… el humano), observaba los palitos aparentemente sin vida. Sin embargo, en febrero comenzaron a salirles unas diminutas yemitas aterciopeladas… ¡Milagro! ¡estaban vivos!
Con sus más y sus menos, con ataques de hongos oportunistas, con cuidados y mimos, los dos salieron adelante.
Hace dos años uno de ellos fue trasladado a vivir y crecer en Asturias en un hermoso prado propiedad del padre de un querido amigo. Allí sigue, muy cerca de una bonita cabaña de madera, donde se reúne la familia en cuanto templa el aire y el sol hace brillar el verdor de ese rincón, verdadero “locus amoenus” en medio de Valdés. ¡Ojalá siga bien y pronto pueda yo comprobarlo!
El otro roblecito sigue aquí conmigo, en una maceta situada en el alféizar de la ventana de la cocina. Este pobre ha pasado mucho y siempre temo que no soporte un invierno más. Pero, como mi madre, es más fuerte de lo que parece: tiene una mala salud de hierro. Además, como ella, se mantiene erguido y muy digno en su pequeñez. Se le podría decir “alto”, sin pensar ni en proporciones ni en medidas, como decía en su poema pablo Salinas.
Otra cosa que le pasa a este roble es que tampoco le gusta estar solo. Primero fueron unas semillas de limón, que dieron lugar a tres limoneritos que hubo que trasplantar, claro está). Después fue una tomatera que amenazaba con meterse en la cocina, al igual que un par de plantas de melones que llegaron a colonizar el alféizar casi por completo. Con o sin intención, todo lo que cae en esa maceta germina con fuerza.
Ahora mismo tiene a su lado otra planta también alta, más flexible y frágil, que no tengo ni idea de lo que es. La otra mañana, al regarlas pensé: “debe de ser que no es bueno que el roble esté solo… Y más aún: tal vez no sea bueno que nadie esté solo, completamente solo”. Yo no me había dado cuenta hasta ahora. Por fin lo he comprendido. Soy dura de mollera. Él ha tenido la paciencia de repetírmelo a su manera, machaconamente, a fuerza de albergar en su “maceta de acogida” a cualquier semilla de paso que quisiera un poco de tierra donde brotar.
También me lo decía mi madre…: “vaaaale… Entendido… Ya os he oído a los dos”.

***

Otros momentos del roble:

Conuco urbano (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2017/05/29/conuco-urbano-tanka/

Hojas de roble (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2016/10/31/hojas-de-roble-tanka/

Ternura (Tanka): https://marymer.wordpress.com/2017/03/05/ternura-tanka/

Nigatsu ni (en el segundo mes): https://marymer.wordpress.com/2018/02/05/nigatsu-febrero/

Aware (Tanka)

 

Cada latido
es un dolor agudo.
Pesa la nada
más que cien cordilleras
aplastando un gorrión.

Sin calcetines

Sin calcetines,
sumergidos en brisa,
mis pies desnudos.

fuyu no haiku

ciudad de invierno

***

1. Chimenea

Llamas domadas
vibran dentro del hogar.
Fuera, la noche.

***

2. De qué callada manera

Aún no se ha ido.
Con su gabán oscuro,
soplando vientos,
resiste a las sonrisas
y a los vuelos de flores.

Adusto Invierno,
cada marzo rendido,
al primer beso
y a la promesa incierta
de una tal Primavera.

***

3. Ojos verdes

Con ojos verdes,
la primavera aguarda.
Sigue lloviendo

***

4. Momo no sekku

De su belleza,
cuantas ramas floridas
mueren sin fruto.
Melocotones rojos,
sin planetas ni soles.

***

5. Invierno adormecido

Nacen gorriones
en los almeces grises.
El invierno duerme.

***

6. Ternura

¡Oh, joven roble!
Con qué ternura brota
el terciopelo
de un corazón tan vivo
que adelanta al invierno.

***

7. Nigatsu ni

Sin ser otoño,
la primera hoja vuela
del calendario.

***

8. Aguanieve

Esta aguanieve
despierta las raíces
del roble seco.

***

9. Pétalos de hielo

Flores de nieve
acarician el suelo
y se deshacen,
salpicando el asfalto
de pétalos de hielo.

***

10. Albórbolas de invierno

Tras la nevada:
¡Albórbolas de invierno
entre las ramas!

***

11. Primavera en enero

Al calendario
hoy le han salido hojas…
¿Es primavera?

***

12. Mañana de reyes

En el recuerdo,
espera deslumbrante,
hoy, mi muñeca.

***

13. Cristal de hielo

¡Oh, noche fría!
Brotando de la frente
cristal de hielo.

***

14. Fuyu no ume

Hay corazones
como ciruelas secas,
de tanto llanto.

***

15. Manos frías

En el invierno,
se me enfrían las manos,
no el corazón.

***

16. El frío de hoy

El frío de hoy
conservará con vida
la primavera.

***

17. Sol frío

El vidrio helado
y las palmas vacías…
¡Qué sol tan frío!

***

18. Tierra helada

Con el deshielo
me arrastrarán las aguas…
Soy tierra helada.

***

19. Despertar de invierno

Al despertar,
el frío de las calles
parece sueño.

***

20. Luz de febrero

Luz cantarina:
¡se anuncia en los cristales
la primavera!

***

21. Fin del invierno

Abrí el balcón
y se escapó el invierno
antes de tiempo.

***

22. Diamante

Radiante y frío,
un diamante en el cielo
con luz de nieve.
¡Hay que abrigarse el pecho
Con las manos desnudas!

***

23. Aguas de enero

Aguas de enero:
El tiempo se derrama
y va calando…

***

 

Dos asientos vacíos

metro

Pasadas tres horas ya nadie quedaba en el andén.

Dos horas antes había perdido la esperanza por completo, pero no el miedo a desesperar.

Hacía dos horas creía que se había equivocado de estación. Miraba y remiraba los mensajes del teléfono, intentando convencerse de que todo estaba bien, de que no había ningún error.

Cuando llegó al andén, media hora antes de la cita, vio los dos asientos vacíos y su corazón le gritó que continuarían  así siempre.

Ahora sí. Ahora ya tenía la certeza de que el corazón siempre dice la verdad, cuando la verdad duele.

Antes de dar media vuelta para marcharse, miró de reojo: la soledad había ocupado aquellos asientos que no debieron ser nunca suyos.

 

 

Espaciosidad del silencio

La espaciosidad del silencio es algo muy difícil de explicar. Se trata de una experiencia que se toca algunas veces con la punta de los dedos en un momento de claridad.
Sentada en el cojín de meditación, observando la respiración, procurando no salir volando detrás de cada pensamiento, de cada emoción y de cada sensación; en un momento precioso, me doy cuenta de la vastedad del silencio desde donde surgen y se desarrollan todos los sonidos.
Pero, realmente este silencio apenas existe. Es la posibilidad del sonido, de los rumores, de los ruidos intensos y fugaces y de los zumbidos constantes y casi imperceptibles.
La vasta espaciosidad del silencio es como la propia mente. en ella se manifiestan las imágenes, las sensaciones, los pensamientos… En fin, todos los objetos mentales que se reflejan en ese espejo desde el que percibimos la realidad, que tal vez nunca alcanzaremos a conocer.
En ese silencio poblado de sonidos, por un instante puedo asomarme al fondo de un abismo desconocido e incomprensible, pero en absoluto inquietante. Me asomo a un espacio tan amplio como el propio universo, y puedo hasta identificarme con él. es muy poco el tiempo que dura la experiencia, pero ya es una muestra de que es posible, de que es el camino por el que debo seguir avanzando.
Y vuelvo a la respiración, a observar cómo entra el aire por las fosas nasales, cómo sale lentamente, una y otra vez.
¡Qué iguales son todas las respiraciones y qué diferentes también!
Solo respirar. Respirar y observar.
Solo escuchar. Escuchar y observar.
El movimiento de la vida y de la mente se hacen patentes. Todo es irrepetible y transitorio. Yo también lo soy y no puedo sustraerme a ese flujo constante. Si lo hiciera, siquiera si lo intentase, la realidad me pondría en mi sitio, como hace con todos y con todo lo que se le resiste.
Meditar para estar en paz. No por no pensar en nada, no por dejar la mente en blanco, no por permanecer inane, sino por aprender a mecerse en el flujo de la marea de la vida sin ahogarse entre las olas.

Aguas de enero

Aguas de enero:

El tiempo se derrama

y va calando…

 

“Somos lo que hablamos” (y lo que leemos)

“Somos lo que hablamos: El poder terapéutico de hablar y hablarnos” de Luis Rojas Marcos ha sido una de mis últimas lecturas. Hace poco le escuché en una entrevista radiofónica, y me quedé con las ganas de conocer alguna de sus obras. Después de leer esta, puedo asegurar que mi intención es que no sea la única.
En primer lugar tengo que decir que me parece que el libro está muy bien escrito, muy bien estructurado y proporciona mucha información sin prolijidad ni pedantería. Desde la primera línea una se da cuenta de que quien habla sabe de qué lo hace y cómo hacerlo sin necesidad de alardear de ello. El dr. Rojas Marcos es un comunicador eficaz y amable. estoy segura de que ha sido y es uno de esos profesores que te hacen amar la materia que te enseñan. esto se nota sin saber nada de su biografía, que así lo corrobora y que puede consultarse fácilmente en Internet.
“Somos lo que hablamos” hace mucho hincapié en la importancia del discurso interno, de cómo nos hablamos a nosotros mismos y qué nos decimos.
Empieza por romper prejuicios acerca de hablarse uno en voz alta a sí mismo. Tanto hacernos creer que eso era de chalados… Pues no. Resulta que no, que es todo lo contrario. En cuanto lo leí y vi su explicación, se lo conté a mi padre, que es el auténtico paradigma de no callar ni a solas. Él ahora está cerca de los noventa años y se encuentra estupendamente tanto física como mentalmente. Es un hombre excepcional en todos los sentidos. Según el dr. Rojas Marcos, mucho de eso se lo debe a su inclinación por hablar y hablarse. El autor insiste en lo importante que es esto para que nuestro envejecer no se convierta en un precipitarse en el abismo de la decrepitud mental y física.
Rojas Marcos habla también de la importancia de los cinco primeros años de la vida en el desarrollo del lenguaje, y del peso que tiene una familia que habla frente a una familia taciturna para conformar los recursos lingüísticos y mentales de los niños. Por ejemplo, explica que es muy bueno leer a los pequeños para que aprendan palabras nuevas y crezca su competencia verbal. Pensamos con palabras, nos expresamos con palabras, las palabras son un tesoro irremplazable, un legado que nos llega al principio sin darnos cuenta.
Hoy recuerdo a mi madre, leyéndome los cuentos de Tagore cuando estaba un poco pachucha y me quedaba en casa sin ir al cole. ¡Cuánto habrá influído aquello en mis tendencias orientalistas! ¡Vaya una a saber!
“Somos lo que hablamos”, desde luego que sí. También lo que nos callamos prente a los demás y ante nosotros mismos también, por eso es importante no engañarse. Hay que hablarse con valentía, hay que comunicarse con claridad, pero también con cuidado. El dr. Rojas Marcos no lo dice, pero yo sí, y creo que él estaría de acuerdo si leyese esto: las palabras las carga el diablo y, aveces, hay que manejarlas como si fueran nitroglicerina pura.
A esto se refiere el autor en la última parte, cuando explica cómo enfrentarse a las comunicaciones conflictivas, más sugiriendo qué no hay que hacer, que dando recetas magistrales. Un buen amigo mío me dijo una vez, que “no hay buenos momentos para dar una mala noticia”. Estoy de acuerdo casi del todo, pero es verdad que hay pésimos momentos y fatales modos de hacerlo, y esta es una de las ideas que plantea el dr. Rojas Marcos. En sí, puede parecer una perogrullada, pero, si lo fuera, no habría tanto encuentro radioactivo ni tanto duelo sangriento de lenguas hirientes. Cuando hay que enfrentar un conflicto y afrontar lo desagradable hay que procurar haberse preparado antes y buscar un momento en el que uno se sienta claro y dispuesto a comunicarse de verdad.
También en el libro se repasan los trastornos del habla y cómo repercuten en la salud mental.
Me ha gustado especialmente el apartado en el que nos recomienda comunicar nuestros sentimientos a las personas que amamos y apreciamos. Esto hace más fácil la inevitable e imprevisible despedida. El dr. Rojas Marcos insiste, como los maestros budistas, en nuestro espejismo de que una relación puede ser “para siempre”. Como se decía en el cuento de Jorge Luis Borges, “Ulrrike”: “Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres” (ni a nada, diría yo). Padres, hijos, amantes, amigos, todos todos se van y nos vamos e iremos, voluntaria o involuntariamente. Entonces estará bien, será sanador y calmante saber que hemos dicho “te quiero” o lo que fuere necesario.
El autor cuenta su experiencia al respecto, como uno de los médicos que apoyaron a las víctimas del atentado del 11 de septiembre en nueva York. También refiere varios testimonios de aquella catástrofe, en los que muchas personas, sabiendo que iban a morir, procuraron despedirse de sus seres queridos. Yo no puedo olvidar ahora aquí tantas guerras presentes y pasadas, tantos náufragos sepultados en el mar, tantos desaparecidos por las represiones de las tiranías, tanta gente cosificada con el tráfico de personas, en fin, tantos testimonios que no leeremos y que no oiremos de personas que se han ido y se irán sin despedirse, y de quienes se quedarán sin escuchar su adiós y su “te quiero”.
Como siempre, soy lo que leo. No logro hacer una verdadera reseña, sino contar lo que siento con los libros que realmente me emocionan. ¿Por qué lo hago? Pues no lo sé. seguramente para desahogar mis emociones. No para transmitirlas, porque me temo que eso es imposible, pero al menos las reflejo. La verdad de los sentimientos, las emociones y las palabras propias e íntimas se perderán como lágrimas en la lluvia… Y esto me recuerda que tengo pendiente hablar de Bruna Husky. Pero eso queda para otro rato.
¡Continuará!

 

(Hoy la banda sonora con un “toquecito de blandenguería”)