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De marabuntas y espirales: cosas de hormigas
Hace muy poco he vuelto a disfrutar de una de esas películas que no dejan indiferente a nadie. Se trata de “Cuando Ruge la marabunta”.
Esta película de 1954 es de aquellas que nos ponían frecuentemente en la TV de antes, aquella en la que solo había una primera cadena y el UHF, que ya creo que no le sonará a casi nadie. En fin…. Lo que quiero decir con esto es que la gente de mi generación veíamos todos las mismas películas y más de una vez porque no había mucho dónde elegir .
En “Cuando ruge la marabunta” hay un par de escenas que son de las que no se me olvidan. La más famosa es la del piano, en la que Christopher Leininger (Charlton Heston) y su esposa, Joanna (Eleanor Parker) recién llegada a la selva y que se ha casado con él por poderes, mantienen el siguiente diálogo cargado de doble sentido y de tensión:
–Christopher: El piano ante el que se sienta no había sido tocado por nadie antes de su maldita llegada.
–Joanna: Si supiera algo de música, sabría que un piano suena mejor cuando se ha tocado. Éste no es un buen piano.
Esto viene a santo de que el rudo propietario de la plantación, que se ha encargado una esposa por poderes lo quiere “todo a estrenar” y acaba de descubrir que su inteligente y bella esposa es viuda.
Sin duda se trata de una metáfora elegante y digna que deja mucho más alta a Joanna y como un patán a Christopher.
La otra escena que tengo pegada en mi memoria es la traumática de ataque mortal de las hormigas guerreras sobre uno de los trabajadores de la plantación al inicio del avance de la marabunta. Aquello me impresionó tanto que durante años, si se me subía una hormiguita encima, me ponía histérica. Bueno… Tengo que reconocer que, en general, los bichos me ponen de los nervios.
Como soy curiosa y ahora es fácil investigar en Internet, después de ver la película me puse a buscar qué hay de cierto en eso de la marabunta. Me enteré entonces de que, efectivamente, hay un tipo de hormigas guerreras, que no se asientan en hormigueros, sino que se desplazan constantemente buscando comida. Son millones de legionarias que avanzan juntas en columnas de un ancho de hasta veinte metros y una longitud de doscientos. ¡Qué impresión!
Estas hormigas de fuertes mandíbulas van arramplando con todo lo que pillan: plantas, insectos animalillos pequeños, etc.. Lo de que puedan comerse a la gente es una exageración hollywoodiense. Aun así no debe de hacer ni pizca de gracia verlas venir de frente.
Parece que estas hormigas legionarias son ciegas y se siguen unas a otras por el olfato. Instintivamente van en formación como un solo individuo buscando alimento incesantemente. Pero, a veces, el instinto falla y se produce un fenómeno que llaman “la espiral de la muerte”. En este caso lo que sucede es que alguna se despista y empieza a caminar en círculo, mientras las otras la siguen disciplinadamente hasta caer muertas de cansancio. Solo logran salir de esa espiral si algo externo actúa rompiendo la inercia o si alguna guerrera se vuelve exploradora y se sale con audacia, no se sabe muy bien por qué.
Volviendo a las metáforas, cuando leí esto de la espiral de la muerte de las hormigas legionarias, pensé que también a veces algunos hacemos lo mismo que ellas. Nos enfrascamos en pensamientos recurrentes y circulares que se suceden unos a otros sin llevarnos a ninguna parte más que al agotamiento y la autodestrucción.
El razonamiento lógico y constructivo sería como esa columna de hormigas eficaces, que avanzan paso a paso, idea a idea, nutriéndose de lo que encuentran frente a sí y dejando atrás lo que ya no les sirve.
Las rumiaciones y los pensamientos obsesivos serían esas hormigas obnubiladas e incapaces de romper su rito de autodestrucción. En esos casos solo puede salvarnos un zarandeo externo o una señal de alarma interna, lo suficientemente vibrante como para sacarnos del ensimismamiento, o incluso las dos cosas a la vez.
Y siguiendo con la metáfora, tal vez esa hormiga, que se mete a exploradora y sale de la ruta y salva a todas las demás, lo hace porque sabe que puede hacerlo, que tiene valor en sí misma y puede romper el círculo mortal. Aunque, seamos sinceros, el riesgo no desaparece con escapar una vez de la espiral. Morirán esa intrépida hormiga y nacerán otras que volverán a despistarse. La mente es así, ofuscada y lúcida, vamos avanzando de espiral en espiral, procurando no ensimismarnos demasiado con nuestros propios miedos y esperanzas.
Macedonio Fernández decía que “hay que regocijarse de que las espinas estén recubiertas de rosas”. Estoy de acuerdo: hay que regocijarse de tener personas cerca que nos dan un toque para sacarnos del ensimismamiento y mostrarnos nuestra propia valía, más allá de lo que hagamos y de cómo lo hagamos, y también hay que regocijarse de nuestros “pensamientos exploradores” que nos enderezan el rumbo cuando nos perdemos.
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Hace poco, la volvieron a poner en la televisión (en la 2) y como hacía muchos años que no la veía, volví a verla.
Es curioso que lo cuentes aquí, porque precisamente, a mí también me llamó mucho la atención el diálogo de la escena del piano.
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¡Muchas gracias, Carlos! Pues yo creo que es por eso de que es una de esas películas que no dejan a nadie indiferente. La elegancia con la que el personaje de Joanna responde a Chrirstopher es para dejar sin respiración. está claro que compartimos esa sensibilidad,. Muchas gracias por tu comentario
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«Cuando ruge la marabunta…», qué bueno haberla visto de nuevo, Marimer. A mí también me impresionó esta película.
Me gustó mucho tu artículo.
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¡Mil gracias, amiga! Me alegro de que te haya gustado. Me salió casi como un suspiro. un besazo
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Simplemente genial. La película, también.
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¡Muchas gracias! Pronto vamos a poder hablar de esa peli y de otras muchas cosas tomando un vinito.
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