Aire acondicionado
Las noches se turban
con suspiros metálicos
y alientos fríos.
No hay subterfugios que valgan para escapar airosa de estas noches tórridas chamberileras.
Antes yo era de aquellos que decían que no podían dormir en verano con el aire acondicionado puesto. Pues ahora soy de las que no podrían dormir sin él. Aunque, mejor dicho, soy del grupo “ni contigo ni sin ti”.
Tengo una relación turbulenta con el aparato de aire acondicionado del dormitorio: a ratos le quiero, a ratos le odio, pero desde luego le necesito.
Esta gente que dice que el cambio climático no existe deben de vivir en un mundo aparte que ya me gustaría a mí saber dónde esta.
No hace muchos años yo podía salirme a mi diminuto balcón casi todas las noches del verano a disfrutar de esa pequeña tregua que daba la puesta del sol en esta calurosa ciudad. Pero, en fin, últimamente esto ya no es posible porque el calor permanece de noche casi tanto como de día.
Y esto no es solo en este secarral de Chamberí, sino también en lugares como Asturias, donde no hace tanto se podía salir de caminata incluso en agosto bajo los árboles y no morir de un golpe de calor. Ahora, entre los incendios provocados y las talas de los montes, hacer una excursión larga en un día soleado (que en Asturias son muchos, digan lo que digan) se convierte en casi un deporte de riesgo y una especie de travesía del desierto.
¡Con lo que me gustaba a mí el verano! ¡Qué larguísimo se me hace ahora!
Se me pasan las noches vigilando el zumbido del aire acondicionado y del humidificador. Formamos un trío tan imperfecto como mal avenido, uno en contra de otro, contrarrestando en efecto de nuestra mutua presencia: el frío mi calor, el vapor de agua la sequedad del aire artificial… En fin, un trajín nocturno que alimenta al monstruo del insomnio, que se aprovecha de tanta discordia y debilidad mental (esa solo mía, claro).
Luego, durante el día, la languidez de la falta de energía. Estar como en una convalecencia sin causa, una vaguería culpable porque hay tiempo para hacer esto y aquello y, al final, como mucho hay una sesión de “yoga restaurativo”; esto es, “tumbalabartolásana” en distintas versiones.
Pues eso, que el verano es para mí internamente irritante y externamente agotador. Y, por muchas postraciones que le hago al aire acondicionado como imagen alegórica del frescor otoñal, el espíritu de octubre se mantiene lejano. Lo que sí está siempre cerca es el insomnio, que se me ha instalado a los pies de la cama como el cancerbero de la vigilia.
¿Encontraré el modo de despistarlo esta noche?
¡Estos vientos saharianos que vienen sin papeles!
Solo te falta un gato para que las noches sean una película de aventuras a cuatro bandas.
Ya falta menos para el otoño, noviembre llega en un suspiro. Don Hilarión decía que el que suda vence toda enfermedad. Así que en verano vida sana.
En Asturias se pasará algo de calor al sol del medio día pero ni saben ni les importa qué cosa sea el aire acondicionado (por ahora)
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