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De nuevo «Tokio blues»

31 31Europe/Madrid agosto 31Europe/Madrid 2024

«Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. «Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella». Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte, en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí”.
Esta es una de las reflexiones de Toru Watanabe, protagonista de “Tokio blues” de Haruki Murakami.
Creo que esta es una novela de tránsito. Hasta el apellido del joven protagonista, “Watanabe”, evoca la imagen de atravesar un río. Como esas dos orillas de las que habla en el párrafo anterior, pero que luego se funden y se confunden a lo largo de la obra.
El descubrimiento del sexo, de la soledad, de la muerte y la pérdida y el propio extrañamiento de la vida llevan a Watanabe poco a poco lejos de su adolescencia. El viaje es doloroso y casi le conducirá a perderse entre el mundo de los vivos y de los muertos, de la locura y de la cordura; como si fuera un héroe de tragedia griega (precisamente es una de las materias que él estudia en la universidad).
“Tokio Blues”, como todas las obras de Murakami, está llena de referencias literarias y musicales, como su subtítulo, “norwegian Wood”, la famosa canción de The Beatles, que es la favorita de Naoko y que también hace la función de “magdalena de Prouts” al inicio de la novela.
Naoko es la eterna novia de Kizuki y ambos son inseparables de Watanabe. Una vez más creo que los nombres son aquí muy importantes y no están elegidos al azar. Naoko puede hacer referencia a un cordón de unión y también a la sinceridad. Kizuki es un apellido que evoca la imagen de la luna. Esto es, Naoko es el hilo que une a los dos amigos y, cuando Kizuki se suicida a los 17 años, la joven sigue cerca de Watanabe, hasta llegar a nacer incluso un profundo amor entre ellos. Pero la ausencia de Kizuki es insalvable para los dos. Tanto que Naoko también terminará por suicidarse.
Precisamente el tema del suicidio es omnipresente en la novela. Sin embargo, no se trata con dramatismo trágico, sino con contención y serenidad.
He dicho que el suicidio es un tema omnipresente, pero más bien sería la muerte y su relación con la vida, tal y como se ve en los siguientes párrafos, también en boca de Watanabe:

“A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí.
Viví la primavera de mis dieciocho años sintiendo esta masa de aire en mi interior. Al mismo tiempo, intentaba no mostrarme serio, pues intuía que la seriedad no me acercaba a la verdad. Pero la muerte es un asunto grave. Quedé atrapado en este círculo vicioso, en esta asfixiante contradicción. Cuando miro hacia atrás, hoy pienso que fueron unos días extraños. Estaba en la plenitud de la vida y todo giraba en torno a la muerte».
Ciertamente, en “Tokio blues” casi todo gira entorno a la muerte, pero esta se mezcla tanto con la vida que la irrupción del sexo se convierte en el contrapeso vital para Watanabe en su doloroso paso de la adolescencia a la juventud.
Otro asunto muy importante en esta novela es la enfermedad mental. De nuevo Watanabe es el vértice de otro triángulo, en el que Naoko hace de hilo conductor. Esta vez lo forman el protagonista, Naoko y Reiko. Ambas se conocen porque están ingresadas en una especie de institución de recuperación para enfermos mentales, pero que viven un tanto al margen del mundo, mezclados los “pacientes” con los “terapeutas”.
¿Y a qué nos recuerda esto? Pues precisamente a la novela que está leyendo nuestro protagonista cuando va a ver a Naoko allí por primera vez: “La montaña mágica”. Y desde luego que hay en el ambiente y en lo que evoca la lectura de estas páginas mucho de lo que una siente cuando lee la obra de Thomas Mann. Esa sensación de lo bien que se debe de estar siendo un enfermo en un lugar donde uno vive serena y ordenadamente sin preocupaciones, lejos del mundo y del ruido.
Pero, como no, también hay vida, mucha vida en “Tokio Blues”. Esta la personifica Midori Kobayahsi. “Midori” quiere decir “Hierba” o “color verde” y “Kobayahsi” es “pequeño bosque”. Midori es toda vitalidad y frescura y será quien pueda sacar a Watanabe de la noche oscura que le absorbe cuando Naoko se suicida.
Además de nuevo estamos ante otro triángulo: Midori, su novio y Watanabe. Parece que todos los personajes forman una red o una tela de araña donde Watanabe es el centro, y va recorriendo hilos que le unen y le separan de los otros.
Es el caso también de la relación del protagonista con su compañero de estudios , Nagasawa. Este muchacho cínico y escurridizo, como su apellido, evoca un terreno pantanoso y peligroso en el que su novia, Hatsumi, buena y abnegada acaba por ahogarse. En fin, otro triángulo de amor y amistad donde Watanabe tiene que mantener el equilibrio acercándose o alejándose del resto.
Antes de terminar, quisiera dedicarle unas palabras a Reiko Ishida. Su nombre significa “Piedra preciosa” y su apellido “Campo pedregoso”. Es curioso porque esta mujer, a pesar de su desequilibrio mental y de su inseguridad se convierte en la roca y el apoyo tanto para Naoko como para el propio Watanabe. He dicho antes que Midori es quien puede devolverle a la vida, pero sin el paso por el soporte pétreo que le da Reiko, esto no sería posible. Ella es casi lo que en el budismo se llamaría “la piedra que concede todos los deseos”.
En estos días tórridos en los que he releído “Tokio blues” me he reencontrado no solo con una novela magnífica, que daría para muchísimo más de lo que yo estoy escribiendo aquí, sino con la niña que escuchaba embobada “Here comes the sun”, con la joven de dieciocho años, atormentada y estudiosa, con la mujer melancólica y con otras muchas cosas y emociones que me llenan el espíritu de luz de otoño.
Vale la pena leer y releer “Tokio Blues”. Yo he vuelto a ella porque aún sentía el aroma que me dejó impregnado en la piel, aunque casi no recordaba la trama. No obstante, nunca nos bañaremos en el mismo río ni leeremos la misma novela porque ni siquiera seremos los mismos. ¿No?

3 comentarios
  1. Avatar de marymerfan
    marymerfan permalink

    Tienes razón, un libro redondo aunque mi ejemplar parezca cuadrado. Volveré a él también algún día, a pesar del temor a que el libro haya cambiado. O yo. Gracias por un análisis tan minucioso del que yo sería incapaz.

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    • Avatar de marymer de Chamberí

      ¡Gracias a ti por leerlo y por tu comentario! No tienes que tener miedo a cambiar, porque, desde que te conozco, siempre vas a mejor. Y, por supuesto, sé que tú podrías hacer un análisis estupendo de cualquier texto. pero esto ya lo discutiremos con un cafelito delante más pronto que tarde.

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  2. Avatar de Víctor Fernández-Chinchilla
    Víctor Fernández-Chinchilla permalink

    En Japón son muy de pensar en la muerte desde jovencitos. Aquí preferimos no pensarlo.
    Te ha salido una reseña preciosa. Y dan ganas de ponerse con el libro

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