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«Mi madre hablaba como la aurora…»

30 30Europe/Madrid septiembre 30Europe/Madrid 2024

 

  Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos. Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae. Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoíris. Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte”. […] Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente.  Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto. […]

   Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro. Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte. Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice: […]  Digo siempre adiós, y me quedo. Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente. […] Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos. [Vicente Huidobro. Altazor]

   Pues así me siento yo hoy, como una pequeña huérfana de naufragios anónimos, rodando entre los sueños y los recuerdos, cayendo desde lo alto de la vida con un paracaídas cada vez más maltrecho, atraída por la fuerza de la melancolía y el silencio de la pérdida.
Quería yo escribirle un poema a mi madre, que hoy hace diez años que murió.
Me gusta decirlo así, claramente, sin eufemismos como “nos dejó”, “se fue”, “ya no está entre nosotros”… me irritan esos modos de hablar de la muerte, como si fuera un traslado laboral o un viaje de placer al más allá. La muerte de los seres queridos es una pérdida total, no un cambio de ciudad de residencia. Si uno no se enfrenta a la muerte como lo que es, sin paños calientes, sospecho que tampoco podrá afrontar la vida.
Pues eso, yo quería escribir un poema a mi madre, recordando sus mejillas tan dulces y suaves como melocotones maduros, como almohadas de besos donde posar mis labios. Quería yo invocar su sonrisa tímida y sus manos hábiles, su regazo cálido y su voz templada.
Quería yo cantar todas esas cosas en un poema breve y brillante, pero no he podido, así que he vuelto a “Altazor”. Si todo está ya dicho, y tan bien dicho, a mí solo me ha quedado leerlo y releerlo como un rezo íntimo, como una plegaria de amor y de recuerdo.
Mi madre me enseñó a rezar a la Virgen y yo muy pronto dejé de creer en los poderes mágicos de aquella señora de escayola que estaba en el cabecero de su cama. Sin embargo, para mí el “Dios te salve, María” siempre será la oración mágica que me devuelve su voz, porque realmente mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer, y sus ojos estaban llenos de navíos lejanos, de sueños no cumplidos que a veces se atrevía a susurrar.
Y yo vuelvo a decir adiós y vuelvo a quedarme. Vuelvo a intentar alejarme como las olas que se recogen tras tocar la arena de la playa y, casi sin darme cuenta, estoy otra vez en la orilla. En esta orilla de los sueños y del anhelo de la ternura perfecta de mi madre, de la que un día me solté para tomar mi paracaídas e ir rodando de estrella en estrella, creyendo que me alejaba y, sin embargo, acercándome en cada vuelo más a ella.

4 comentarios
  1. Avatar de orededrum
  2. Avatar de Víctor Fernández-Chinchilla
    Víctor Fernández-Chinchilla permalink

    No es ninguna deshonra recurrir a los grandes para buscar en ellos inspiración para expresar nuestras emociones. Para eso están. Además tú también lo haces muy bien. Huidobro te da un paño estupendo y tú lo bordas.

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