Tarde de Navidad
Hace tiempo hablé de las tardes de domingo. Mejor dicho, de cómo me parece a mí que eran antes las tardes de domingo, que para mí tenían un tono desvaído y melancólico. Ahora los días son bastante iguales, al menos en Madrid, que es donde yo vivo.
El ajetreo de la gente y el trajín constante dan una sensación de una ciudad en ebullición, lo mismo un jueves que un domingo. Las palabras salen a borbotones, como en una torre de Babel semoviente, desde una masa de gente que avanza igual que zombies atolondrados, pendiente de las pantallas de sus móviles, infectada de esa información tamizada que la aleja de esa cosa extraña y peligrosa, la realidad circundante que se empeña en ser por sí misma.
Cuántas veces le he preguntado yo a mi oráculo de Apple: “¿Oye, Siri, lloverá hoy?” Y me ha contestado eficientemente: “No parece que vaya a llover hoy”. Todo esto mientras me cae agua desde el cielo. Es decir, la realidad al final se encabezona en no hacer caso de los “algoritísimos”, por muy zombies que nos volvamos, las cosas son como son.
Pero, en fin…. Lo que quería decir hoy no es nada de lo que he escrito hasta ahora. De lo que quería hablar es de cómo me siento hoy, de la impresión que tengo ahora mismo de domingo por la tarde de los de antes, y en grado superlativo. Porque esta tarde de Navidad, para mí tan tranquila e íntima, me sabe intensamente a dulce melancolía.
Parece que desde hace unas horas el mundo se hubiera parado. No se oyen ni coches ni gente. Después del histérico ritmo de las compras y los preparativos festivaleros , después de haberme visto rodeada de zumbidos y carreras de hormigas enloquecidas llevando víveres innecesarios a sus agujeros,
tras todo ese lío, queda hoy la serena resaca del domingo por la tarde, que en verdad es miércoles y que ya es por la noche, pero no importa, porque hoy es más tarde de domingo que muchas otras, porque es la tarde del día de Navidad y la serenidad y la melancolía han ido cubriendo e impregnando cada molécula de la atmósfera cansada de tensión.
Ya en la noche, en este rincón cálido y acogedor, no hace falta sentarse a meditar para tocar con la punta de los dedos el samadi de la paz, del encuentro con uno mismo y con todo. Tan cerca del mundo y tan lejos. Vivir en medio del contraste y no morir en el intento.
Es que los días, todos los días, ya no son lo que eran. Desde que desapareció la diferencia entre «la ropa de diario» y la «de los domingos» o, mejor dicho, desde que cambiamos el ir «arreglado» (adoro este sentido que tiene esa expresión) por el chándal, los domingos y festivos casi perdieron su razón de ser, o quizá lo cambiaron por otro menos trascendente.
Pero no dejaban de ser un epílogo.
Ahora, con el follón que tú describes en esta entrada y en aquella a la que te refieres, han pasado a ser un apéndice.
Yo también he podido comprobar que el día de Navidad es, ahora, un domingo de los de antes. ¿Cómo? Desayunando chocolate con churros en un bar del barrio de La Latina. Antes, en festivos como Navidad, Año Nuevo o Viernes Santo no encontrabas absolutamente nada abierto. Esto también ha cambiado…
¿Decadencia o vértigo?
En fin, entrañable entrada, preciosa música. Gracias por compartirlas.
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Es cierto lo que dices. Sin duda todo cambia, y siempre ha sido así. Por una parte, creo que es sano e imprescindible procurar adaptarse al medio, pero unas gotitas de nostalgia activan la sensibilidad.
¡Muchas gracias a ti por leer y comentar aquí! ¡Hasta pronto!
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