La Sombra Roja (Leyenda de La Puerta del Sol)
Desde hace muchos años, la gente de Madrid cuenta que, en ciertos mediodías de verano, cuando el calor aprieta y la ciudad entra en combustión, aparece una mujer vestida de rojo en la Puerta del Sol. Nadie sabe de dónde viene, ni tampoco desde cuándo, pero dese el principio empezaron a llamarla «la Sombra Roja».
Los que han osado fijarse, dicen que la palidez de su rostro contrasta con el rojo profundo de su atuendo y de su parasol, que no oculta la luz, más bien la devora. Además, los más impresionables juran y perjuran que el aire a su alrededor se enfría, como si arrastrara consigo un trozo de invierno. Tal vez es que la gente, siempre tan pusilánime, tiembla ante la más mínima cosa que les saque de su mediocre percepción.
Últimamente la Sombra Roja suele detenerse junto a alguna de esas esferas que parecen de bronce, colocadas en las entradas de la plaza para evitar que algún monstruo corpóreo se abalance sobre los transeúntes en uno de esos vehículos horrorosos que transitan por todas partes ahora. Pero, en fin, la verdad es que esas moles son muy suaves y, además, transmiten con fuerza el latido que llega desde el centro de la tierra. Son como corazones ardientes donde ella apoya su mano gélida para absorber ávidamente toda la vida que palpita en Sol y que tanta falta le hace.
Los más temerarios, quienes la han mirado de cerca, cuentan que no habla, pero se la ve mover los labios pálidos murmurando palabras incomprensibles para sus pobres mentes. Cuando el reloj de la torre marca las doce, alza el parasol, lo hace girar una sola vez… y desaparece de aquel pequeño mundo de los turistas y las loteras. Entonces nada queda allí de su presencia, salvo una sombra roja y efímera, como una llama sin aire o una mancha de sangre licuada.
Pero lo que más inquieta a esta pobre gente es lo que les ocurre después de haberse encontrado con esta Sombra Roja”. Cuando llegan a sus casas o a sus hoteles pensando que todo ha sido una alucinación, que lo que pasa es que han estado cerca de sucumbir a un golpe de calor al cruzar la plaza infernal, se encuentran con que esa misma noche, en sus adorados teléfonos móviles, aparece una fotografía que ninguno recuerda haber tomado: la Sombra Roja, mirándoles fijamente… desde dentro de la imagen. Y, además, resulta que no hay manera de borrarla, ni reenviarla, ni subirla a las redes sociales esas. Aunque, eso sí, al día siguiente ha desaparecido, dejándoles el mal cuerpo de una pesadilla real y absurda.
Al principio, cuando no existían las pantallas ruidosas y brillantes que ahora llevan todos en sus manos o en sus bolsillos, la Sombra Roja se aparecía en los espejos o en el vidrio oscuro de una ventana a media noche. Sin duda era más romántico y más estético, pero requería de mucho más esfuerzo. Ha sido necesario adaptarse a los tiempos para sobrevivir, aunque sea en esta rara existencia mía.
Así que, si te encuentras con la Sombra Roja, te aconsejo que no te acerques, ni la mires siquiera. Algunos, como aquel pobre juntaletras, Pedro Antonio de Alarcón, lo hicieron y ya quedaron atrapados para siempre por los fantasmas que todavía habitamos en la Puerta del Sol.

Si da fresquito ese personaje siniestro habrá que hacer de tripas corazón y acercarse un poco. Si te lleva después a los infiernos calcinados, que es de donde parece haber salido, ya poco importa.
Se me ha quedado ese ser fijo en el teléfono, ¿cómo se quita?
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🤭
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Acabaremos ccambiándole el nombre a la IA Roja… Qué tiempos, y qué leyenda más maja y fresquita. Gracias!
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¡Y que lo digas! La IA es como los fantasmas: da miedo, pero es fascinante. ¡Gracias por leerla y por tu comentario!
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Acabaremos ccambiándole el nombre a la IA Roja… Qué tiempos, y qué leyenda más maja y fresquita. Gracias!
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