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Romper el silencio

10 10Europe/Madrid mayo 10Europe/Madrid 2026

Hoy quiero hablar del silencio, el interno y externo, el forzoso y el elegido, el sano y el venenoso. Quiero hablar de mi propio silencio.

Frente a la mala prensa que tiene el miedo y, sin embargo, cuántas veces es fundamental para prevenirnos de algún peligro, el silencio tiene muy buenas críticas, aunque tal vez no sea siempre tan, tan deseable.

Todos los que practicamos algún tipo de meditación sabemos que el perseguido silencio interior es un unicornio plateado que se aparece pocas veces y permanece solo un instante. Perseguirlo es completamente inútil. La única opción es frecuentar esos espacios mentales donde presumimos que vive.

Pero hoy no pretendo hablar de ese supuesto silencio interior ni tampoco del silencio exterior más evidente, ese tan deseable de la falta de ruidos inhóspitos. Últimamente me estoy fijando en otro silencio, el de los bloqueos comunicativos, el del miedo a herir y ser herido, el que juega a crear y mantener malentendidos.

Es cierto que, dependiendo de las culturas, el silencio, la ausencia de palabras es más o menos tolerado y tiene significados diferentes. Yo no voy a entrar en eso porque me falta mucha información y conozco poco al respecto. Lo que sí sé es que aquí, en nuestra cultura los silencios comunicativos suelen encerrar misterios y dolores que se considera que es mejor ni nombrar. El silencio es entonces una protección social, un escudo para proteger nuestras partes más vulnerables.

Hace pocos días estuve haciendo un retiro de enseñanzas budistas y meditación. Allí estuvimos hablando de los ocho dharmas mundanos. Son cuatro pares de opuestos: placer y dolor, ganancia y pérdida, fama e insignificancia y alabanza y crítica.

Así dicho, parece que es lógico buscar placer y huir del dolor y todo lo demás, pero la cuestión no es estos dharmas en sí, sino la relación de dependencia con ellos. Si uno depende de la alabanza constante para sentirse bien y no puede encajar las críticas, es posible que, o no haga nada, o viva frustrado.

El ejercicio que nos propusieron fue que pensásemos cuál de esos dharmas positivos era el que más nos afectaba y también cuál de los cuatro negativos. Es curioso porque, de entrada, yo pensé en dos negativos y ninguno de los positivos. Pero, a medida que avanzaba la jornada, ya fuera del ejercicio me di cuenta de que realmente la crítica, especialmente la autocrítica, me habían marcado y me marcan hasta llegar a bloquearme, a silenciarme.

En mi caso el mecanismo de la autocrítica es un filtro severo que han de pasar mis acciones antes de ser conocidas. Esa juez, que valora lo que escribo, cómo me visto, como hablo, cómo actúo, es implacable y no me permite ni una triste veleidad. Ella, desde su estrado, es la que me hace guardar silencio, la que me sujeta las manos para que no escriba y la que me cierra la boca para que no hable de más. Y, seguramente, en más de un caso tiene razón y ha salvado con ello situaciones complicadas, pero también es verdad que muchas veces es demasiado severa y me condena a un silencio que no deseo.

Supongo que todos tenemos por ahí algún juez en su estrado condenándonos a la inmovilidad en aras de la concordia y las buenas formas, pero también es posible que, al menos para mí, haya llegado el momento de dejar de hacer caso a sus sentencias sin rechistar.

Por lo pronto, hoy con esto rompo el silencio de tantos días sin escribir ni publicar. No será esta mi entrada más bonita, pero sí una de las más sinceras.

From → Budismo, Espejismos

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