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De trapos y de letras (3)

7 07Europe/Madrid febrero 07Europe/Madrid 2013

img_0317Pues sigamos con la tercera entrega de la saga familiar: Concha era muy guapa y muy lista. Demasiado guapa y demasiado lista para enamorarse de un obrerete y casarse con él. Concha aspiraba a más, porque sabía que podía. Y pudo (en esta foto sus rasgos no dejan lugar a duda acerca de su carácter).

De letras

¿Quién sabe cómo conoció a Zacarías, el secretario del ayuntamiento de Fuenlabrada? Por cierto, también letrado como el bisabuelo catalán, que debe de ser que había tantos como ahora o más.
De Zacarías sé más bien poco, y lo que sé, la verdad, no le deja en muy buen lugar. Yo no lo conocí porque lo fusilaron al estallar la Guerra Civil, en Paracuellos del Jarama. Ahí murieron muchos falangistas (y otros muchos más que no lo eran, y esto, a día de hoy, es un asunto pendiente), entre ellos él. Al parecer era un señalado activista de ese partido, posiblemente amigo personal de José Antonio Primo de ribera.
De su talante personal, como decía, sé poco, pero hay alguna anécdota que resulta significativa. Por ejemplo, el día de su boda con Concha, pasada la ceremonia, cuentan que apartó a un lado a sus invitados y a otro a los de su recién casada, y se llevó al combite solo a los suyos. ¿Por qué? Ahora ya nadie puede saberlo.
Además Zacarías era propietario de gran parte de las tierras de Fuenlabrada y eso difícilmente genera simpatías. Tal vez eso fue una de las cosas que le pasaron factura. El odio y el resentimiento de quienes alguna vez se vieron o creyeron verse humillados por él.

Mi ideología siempre me hizo sentirme muy lejos de ese hombre. Además, la expresión de su rostro en la fotografía ovalada que mi abuela tenía colgada en la pared de una tétrica habitación interior, no contribuía mucho a despertar simpatías en la niña que era yo cuando la observaba. Aunque su fisonomía era –y aún es- muy parecida a la de mi padre y, por tanto, tal vez a la mía; su mirada y sus ojos no tenían la simpatía y la nobleza de los de mi padre. Sin duda alguna, por doloroso que haya sido para éste criarse sin su padre -lo fusilaron cuando él sólo tenía seis años-, ese dolor no lo convirtió en una persona resentida y violenta, sino en un hombre solidario, generoso y compasivo ante el sufrimiento ajeno, dispuesto siempre a ponerse en funcionamiento para ayudar a cualquiera que lo precise.

Seguramente porque el abuelo Zacarías es de quien menos sé y siempre he tenido afanes investigadores, desde hace tiempo intento buscar cosas sobre él. Aunque de momento es poco lo que he hayado, sí que he visto que más de una vez dio la cara para defender sus principios, aun a costa de ser multado y suspendido en sus funciones de secretario del ayuntamiento.
Todo esto me ha llevado a pensar en lo terrible que tiene que ser verse ante un pelotón de fusilamiento o, peor aún, arrastrado a empellones hasta caer fulminado a tiros. Muchas veces he intentado imaginarlo, y realmente he sentido horror y compasión por ese hombre, por mi abuelo, que se vio -como tantos otros- en un trance final tan terrible. La ley del Karma es ineludible: a cada causa, tarde o temprano, le sigue un efecto; y quién sabe ahora donde andarán los eslabones de esa cadena de sufrimiento y humillación. Lo que sí es cierto es que aún sigue vivo uno de sus responsables principales, Santiago Carrillo, y creo que va a morir sin sentarse ante el banquillo de los acusados. No son tiempos de recordar los desmanes de algunos. La memoria histórica de este país siempre ha tenido tendencia a la amnesia parcial e interesada, antes por unas cosas y ahora por otras.

Volviendo al pasado, de sus padres, es decir, mis bisabuelos Por la rama paterna apenas sé nada. Solo tengo nebulosas noticias de la madre de Zacarías, que, según dicen, era enjuta y fea, además de bastante «bicho». Mi tía Loli –la pobre- tuvo la mala fortuna de salir a ella en algunas cosillas. Es de imaginar que a su madre no le gustaba nada ver a la réplica de su “adorada” suegra cada vez que la miraba, pero esto no justifica el dominio tiránico al que la sometió durante toda su vida, e incluso más allá de la muerte. Porque mi tía, a día de hoy, y casi treinta años después de la muerte de su madre, no se ha atrevido a mover nada de lo que aquella tenía y utilizaba. Incluso la máquina de coser, que mi tía no sabe usar, sigue en su casa y abierta, esperando no sé qué, que da escalofríos sólo de pensarlo.

Volviendo al abuelo Zacarías y dejando en paz a la pobre tía Loli, aparte de las ideologías y de los cuartos, Zacarías tenía bastante buena planta. En un retrato de juventud se le ve muy apuesto, con aire de dandy: pelo claro, pecoso, bigotón al uso y corbata de lazo con el cuello duro.  Un auténtico señorito y, como tal, ejercía de tarambana. Desaparecía durante días con los compañeros de francachela, se largaban en coche a no se sabe dónde y, en fin, no hace falta ser muy imaginativo para sospecharlo… Como otros muchos jóvenes de la época, la mayoría universitarios y de familias acomodadas, se vio seducido por la magnética personalidad de José Antonio Primo de Rivera, personaje que no dejaba indiferente a nadie.

Sea como sea, hay pocas imágenes guardadas del abuelo Zacarías, pero una de las últimas lo muestra en una mesa de restaurante, ya mayor, ya engordado, menos glamuroso y rodeado de otra serie de señores, que ninguna pinta tenían de jóvenes alegres y despreocupados. Poco más puedo contar de él, aunque me gustaría, y tal vez en algún momento lo logre.

De trapos

Vuelvo con Concha, cuya vida parece el guion de una serie televisiva ambientada en la posguerra. Nos quedamos en que se casa con Zacarías, se van a vivir a Fuenlabrada y, ni son felices, ni comen perdices (o, a lo mejor, lo de las perdices sí que fue cierto e incluso también lo de la felicidad… vaya usted a saber). La cosa es que Concha se queda viuda con treinta y seis años y con cuatro hijos, que le quedaron vivos tras perder otros ocho. Es cierto que vivían muy bien, que también tenían casa en Madrid, en la calle de Canarias, que a cada crío se le ponía un ama del pueblo y todo lo que se quiera; pero, aún así, la mortalidad infantil evidentemente era elevada. Y, con lo que pasó después, ¡menos mal que concha no tenía doce hijos que sacar adelante ella sola!

Estigmatizada por ser viuda de falangista, viviendo la guerra en Lavapiés, en Madrid, que era el eje de la resistencia republicana, habiendo tenido que salir huyendo de un pueblo donde nunca se sintió acogida y que la rechazó abiertamente esa vez y otras muchas más a lo largo de los años siguientes, tuvo que buscarse la vida y buscársela a sus hijos, que, para el caso, era lo mismo.

Concha cosía bien, había trabajado como modista antes de casarse. Y en el pueblo, para no aburrirse, había montado un taller de costura en el que se atendía a las fuenlabreñas con pretensiones de elegancia y “glamour”, con diseños y tejidos traídos desde la city por la esposa del señor secretario, tan guapa, tan elegante ella. Mi abuela -estoy segura de que en su fuero interno las despreciaba- pensaba que eran ordinarias y  paletas. Aunque hoy Fuenlabrada casi sea un barrio de Madrid (y que me perdonen los fuenlabreños independentistas), entonces parecía más bien un pueblucho manchego, feo, con gente tacaña y bruta, a los que los vecinos de otros llamaban “los de la viga atravesá”. Y ellos mismos se decían:

“la gente de Fuenlabrá

de raro no tiene na

salvo lo burros que son”.

… De lo más seductor. Concretamente a la familia de mi abuelo les llamaban los “bodegones”, porque comían como bestias (yo no he salido a esa rama). Un pariente de mi padre, el tío Juanito (del que siempre se habla muy bien, del que se dice que era “tan bruto como buena persona”) se comió no sé cuántas docenas de huevos fritos. Según su señora iba friendo, él iba zampando. Y ella no debía de ser una geisha precisamente, porque en otra ocasión, probando un jamón para ver si estaba salado, entre que-sí-que y que-no-que, se lo calzaron de un tirón.

Bueno, pero me estoy yendo del asunto Concha. Como decía, allí puso el taller, allí cosía ella y quien ella quería para “modernizar”  y “pulir” un poco a las lugareñas, que le pedían que las cosas que les hacía “fueran al consonante”: “¡Ay, doña Concha, hágame usted una falda al consonante con la blusa, que van a ser las fiestas!” Muchos años después mi abuela seguía la guasa de aquella expresión, que ha pasado al código restringido que comparto con mi madre, en este caso siempre en tono de chunga.

Y, por alusiones a las fiestas de ese sofisticado pueblo que era entonces Fuenlabrada, hago una pequeña digresión, para ilustrar más aún el carácter imperante en aquel sitio, del que mi abuela huyó más de una vez, al que volvió más de una vez, que la rechazó más de una vez y que ella siempre, siempre despreció por feo, brutal y ordinario. Como en muchos de los pueblos de la geografía española, los toros eran el centro del fiestorro. Ya de suyo, la llamada fiesta nacional, tal y como es, sin más, sin ponerle ni quitarle, es una brutal y cruenta sangría. Pero, en Fuenlabrada, como en otros sitios, había que añadirle brutalidad a la brutalidad, así que se soltaban los toros por las calles, se los metía en las casas, se les ponían cacharros por los cuernos, se les azuzaba y, como fin de fiesta, para el pueblo las tales no habían sido buenas si la sangre sólo había sido de toro; esto es, si no había ningún muerto a causa de la barbarie (se entiende “humano” o algo parecido), la cosa había sido tibia y las fiestas deslucidas. Gente refinada, sin duda.

Cuando aún yo era una niña de menos de seis años, recuerdo ir de la mano de una prima mía por el pueblo -una mocetona, prima lejana, que ahora no tengo ni idea de quién era-, precisamente el día en que soltaban los toros. Supongo que para entonces –ya a finales de los sesenta o poco más-, el asunto del “sacrificio humano” estaría superado. Aún así, pasé un miedo terrible. Sabía que habían soltado los toros y las mujeres los llamaban chillando desde las azoteas. Yo quería esconderme, ponerme a salvo, porque pensar en los toros me daba miedo, pero los gritos de aquellas brujas me aterraban todavía más. Mucho más tarde, cuando escuché por primera vez las albórbolas de las mujeres bereberes, me quedé atónita y pensé estúpidamente: ¿qué hacen estas chillando como las fuenlabreñas el día de los toros?

(La ambientación musical empieza con una Raquel Meller, precursora de una alegre primavera, que finalmente tardaría décadas en llegar, y termina con una Celia Gámez que se jacta de haber «llegao».

http://www.youtube.com/watch?v=q71Q5EMyQzkhttp://www.youtube.com/watch?v=Q193sJ-SzYE

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