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Qué puñetas es el karma

6 06Europe/Madrid julio 06Europe/Madrid 2016

No es por dármelas, pero llevo cientos de horas de Enseñanzas budistas escuchadas, a lamas, a laicos, a monjes; y ni sé las páginas sobre este asunto que he leído en libros, revistas, apuntes de cursos, sitios web; pues, con todo y eso, y sin falsa modestia –esta es otra más de las virtudes que no me adornan-, puedo decir tranquilamente que no soy una experta, pero que me he ido enterando de aspectos básicos de la filosofía, la fenomenología y la psicología budistas, a veces “a pesar de” quien impartía estas Enseñanzas y las más de las veces gracias a ellos, porque los conceptos que se manejan en ellas son casi siempre muy, pero que muy escurridizos, cuando no directamente inalcanzables sin un gran esfuerzo. En resumen: un lío.

Pero, como servidora es muy lanzada, hoy le voy a dedicar un ratito al Karma, que está en boca y en texto de mucha gente y muy poca sabe realmente de qué va. A la pobre palabra “karma”, le pasa como a “estrés”, “fluir”, “depresión”, “patético”, que se ponen de moda, se usan y se manosean, y acaban por convertirse en un trapito multiusos de color ”panzaburro” , que podría ser cualquier cosa, desde un trozo de camiseta vieja hasta una pernera de pantalón de pijama desechado.

Amo las palabras y me gusta cuidar de ellas porque no sólo son un medio de comunicación básico, sino que además son un bien cultural que nos pertenece, sean del idioma que sean. Los seres humanos somos tales por las palabras, pensadas o dichas, escritas en papel, brillando en la pantalla del ordenador, rozando los dedos en forma de puntos o dibujadas en silencio en el aire. Los humanos somos palabras, “non solum, sed etiam”, pero, sin ellas, seríamos otra cosa; no sé si mejor o peor, pero, sin duda, seres distintos de lo que ahora somos. Precisamente por esto que acabo de explicar, me sienta como un tiro el mal uso de las palabras, su manoseo indecente, su vulgarización impúdica sin respeto por su forma y su contenido. Reconozco que son algo vivo, algo en uso y, por tanto, algo en perpetua evolución y transformación, pero de eso a desvirtuarlas sin más hay un buen trecho. Si cuidamos las palabras, a la vez, cuidamos el pensamiento que soportan y que trasmiten, y es importante saber cómo y qué nos decimos a nosotros mismos y qué decimos a los demás y de qué manera lo hacemos; qué denotan los términos que usamos y, especialmente, que connotan, porque eso es lo que se queda clavado bajo la piel y se mete en lo más profundo de nuestra mente, en muchos casos jugándonos malas pasadas. Las palabras pueden ser como las armas: “las carga el diablo” y hay que manejarlas con sumo cuidado.

Pero no quiero hoy enrollarme hablando de las palabras en general, sino en concreto de la palabra “Karma” y su significado dentro de la filosofía budista.

“Karma” es una palabra sánscrita que significa “acción”, procede de la raíz “kri”, que es “hacer”. Conque la primera cosa que tenemos que saber es que “karma” no significa ni destino, ni predestinación, ni pecado ni zarandajas varias. Eso tan en uso de “es tu karma”, como “es tu sino” o “tu destino fatal”, no tiene nada de budista y, si me apuran, tampoco de hinduísta, aunque esté más cerca. Es una mandanga bastante simplista, que sospecho que procede de las mezcolanzas de los movimientos “New Age”, que son un bodrio en el sentido más estricto de la palabra (y remito al DRAE, que lo explica muy requetebién).

Pero, bueno, antes de entrar en la versión budista del karma, así por encima, repasamos la hinduísta, ya que al fin y al cabo el concepto surge ahí. Para el hinduísmo el karma es el conjunto de acciones que realiza un ser a lo largo de su vida. Estas acciones quedan grabadas en el “libro de la vida” y, a la muerte del sujeto, hay un dios que juzga severamente todo lo que figura en este libro de registro, y ahí no falta ni la más mínima acción realizada  (¡Menudo curre para los que tengan que llevar al día las entradas!). Obsérbese que estamos ante una creencia que incluye una inteligencia sobrenatural que juzga estos hechos y que es suceptible de ser influída en su decreto final, por tanto, podría ser útil interceder ante ella. Téngase también en cuenta que, una vez juzgado el sujeto, se le adjudica un renacimiento de acuerdo con lo sentenciado, y eso se convierte en destino escrito y merecido. Es importante fijarse en esto porque socialmente tiene gran repercusión. Es decir, a partir de esta premisa el sistema de castas no es que sea justo, es que es el novamás de la justicia: te toca paria, pues algo habrás hecho y te jo… No hay lugar para la reivindicación ni para la rebeldía. ¡Haber sido buenos en otra vida, ahora a apechugar!

Pero llega nuestro Buddha Sakyamuni y “manda parar” (en sentido figurado, se entiende), y dice que no, que ni hablar de la historia esa. “Buddha”, que significa “el despierto”, no es un dios sino un hombre realizado que, tras mucha búsqueda y mucha meditación ha encontrado la solución a los problemas primordiales de la humanidad y decide compartirla. Surgen así sus Enseñanzas a partir de “Las Cuatro Nobles Verdades”. No puedo detenerme mucho en ellas sin enrollarme demasiado y, además, creo que no hace falta, porque son de muy fácil consulta, sólo destaco que son de carácter universal, es decir, afectan a todos los seres sintientes: todos sufrimos, todos deseamos no sufrir, todos los sufrimientos tienen una causa y, por tanto, pueden cesar, y -¡la buena noticia!- hay un modo de conseguirlo.

Volviendo a nuestro asunto, Buddha descubre que esta ley del karma, esta ley de la acción, es también una ley de causa y efecto, ya que todas las acciones implican ambas cosas. Desde un punto de vista natural, cualquier fenómeno cumple estos requisitos. Por ejemplo, una semilla es el efecto de un fruto y la causa de una planta. Entonces, ¿una semilla tiene karma? Pues no, para que haya karma tiene que haber intención y, cuanta más de esta intención tenga un acto, más karma acumula. Por ejemplo, si a uno se le cae una semilla de tomate y surge una tomatera, la carga kármica de esa acción no es la misma que si uno siembra conscientemente sus tomates, los riega y los cuida. Igual que es distinto el valor del karma que uno acumula si mata a un gato sin querer, atropellándolo en una carretera oscura, que si se dedica a divertirse ahorcando galgos y haciéndose fotos inmortalizando la “heroicidad”. En resumen: lo que diferencia al karma de la ley natural es el factor de la intencionalidad.

Sin embargo, a diferencia del karma hinduísta, aquí no hay ningún ser supremo, ninguna inteligencia superior rigiendo todo esto. El budismo no es teista. No hay nada que no tenga una causa, por tanto tampoco hay un dios creador e increado, así que no hay nadie ante el que se pueda interceder para el perdón de las meteduras de pata existenciales. En el budismo, la ley de causa y efecto sumada a la intencionalidad, esto es, la ley del karma, se cumple como tal por si misma y no precisa de ningún tipo de dirección. Por otra parte, las causas maduran en efectos según las circunstancias, o lo que más propiamente se denominan en la fenomenología budista “causas y condiciones”.

Digamos entonces que todos los actos intencionados generan un karma que entiendo como la fuerza magnética que atrae el siguiente acto. Por tanto, el individuo sí participa e interviene en su futuro, no es un mero objeto pasivo del “karma que le ha tocado”, sino que puede y debe intervenir activa y conscientemente para influir en la maduración de las semillas kármicas que ha ido generando. Así pues, no hay un ser permanente, un alma que salta de cuerpo en cuerpo y de vida en vida según se haya uno portado y según dicte un dios, sino que nuestro continuo mental va evolucionando, creándose en  su presente y su futuro de acuerdo con todas las causas y condiciones que discurren en el universo.

Por esta razón, en cuanto al futuro, la astrología y los oráculos de la tradición budista observan tendencias, pero nunca predicciones exactas. El universo está en un fluir constante e impermanente. Además, nadie tiene derecho a juzgar a nadie en el sentido en que lo hace el hinduísmo. De ahí que el Buddha aceptara a gente de cualquier casta como discípulos, incluso a las personas más perseguidas y desprestigiadas, porque todos los seres son suceptibles de despertar, de convertirse en buddhas. Si esto no fuera posible por la propia voluntad, si uno no pudiera “gestionar” sus actos, no tendría sentido observarlos, cuidarlos, sino sólo el dejarse llevar.

Y, para finalizar, con respecto a este asunto, voy a contar una historia de las muchas que se atribuyen a Buddha Sakyamuni, que ilustra muy bien todo lo que he intentado explicar brevemente.

En una ocasión un hombre joven andaba buscando la ayuda de un gran maestro porque, tras la muerte de su padre, estaba preocupado por la reencarnación que le correspondería a este. El hijo era consciente de que su padre había sido un ca… (píiii) y que tenía todas las papeletas para que le tocase oxiuro, como mucho, y quería ver cómo podía remediarlo. Algunas personas le aconsejaron que fuese a ver a Buddha Sakyamuni, que era muy “apañao” y daba muy buenas soluciones.

El hombre se encaminó en su búsqueda, lo encontró y le contó el problema. Nuestro Buddha se ofreció a ayudarle, pero tal vez no como el demandante esperaba.

El maestro le pidió que fuese con él al río al día siguiente y que llevase consigo una tinaja de barro llena de piedras y otra llena de aceite. El muchacho se puso muy contento y pensó que el asunto tenía buena pinta. Así que al día siguiente se presentó en el lugar acordado trayendo el encargo. Buddha le esperaba allí. Y le pidió que rompiese la tinaja de las piedras y las tirase al río. A continuación le dijo que hiciese lo mismo con la del aceite y, cuando las piedras estaban en el fondo y el aceite flotando, Buddha dijo al joven:

–Ahora ve a buscar a los brahmanes y diles que recen para que el aceite se hunda y las piedras floten.

El muchacho se quedó desconcertado –“¿Lo quéee?”- y le dijo que eso era imposible.

–Pues bien –dijo Buddha-, lo mismo sucede con tu padre. La naturaleza de sus acciones madurará de acuerdo a la ley del karma y eso nadie puede transformarlo –vamos, que no lo cambia ni dios, nunca mejor dicho.

Bueno, espero que estas palabras puedan servir para dar luz a la mente de quien las lea y a la mía propia al escribirlas, para beneficio de todos los seres (aunque algunos bien que me repatean, tengo que reconocerlo…).

http://www.youtube.com/watch?v=g0xzCBKSVEU

From → Budismo

3 comentarios
  1. Fernando permalink

    La entrada del blog de Víctor sobreLejos del Tibet me trajo hasta aquí. Muy ilustrativo todo lo que cuentas sobre el karma. Más nos vale ser buenos sino queremos renacer como caracoles en próximas vidas. Por mi parte, no me puedo quejar de lo que me tocó en esta, debí ser un santurrón anteriormente. Ya veremos para la próxima, mi mamá siempre dice que soy un demonio. Ayayay. Para relajar el ambiente y pasar la cuarentena sugiero la serie de TV “Me llamo Earl”, comedia americana sobre el tema que a mí particularmente me hace mucha gracia.

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    • ¡Muchas gracias por pasarte por aquí y por leerlo! Me alegro mucho de que te haya gustado. Estoy segura de que tu madre no piensa eso de ti. ¡Si te dijera yo lo que decía de mí la mía!… En fin… Tengo en cuenta tu recomendación, aunque reconozco que no soy muy de series. Pero, viniendo de ti, es una garantía. ¡Un abrazo!

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  1. Lejos del Tíbet — THUBTEN WANGCHEN – El aposento de los libros

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