Esta historia que estoy comenzando a escribir está dedicada a una mujer que nunca pudo hacer algo ni parecido, porque no llegó a prender a leer y a escribir. Sin embargo, su afición a los libros y a sus historias influyó en su hija, y en la hija de su hija, que soy yo.
Escribo esto como un tributo a mis padres, especialmente a mi madre, que siempre me ha pedido que escriba. A pesar de que me he negado a ello una y otra vez, tanto porque pienso que no tengo nada importante que decir, como porque tampoco tengo un especial talento, ahora me he decidido a empezar a contar la historia de mi familia, que está llena de auténticos personajes literarios. Tal vez por eso siempre pensé que no valía la pena escribir esa historia, que ya de por sí había sido mucho más que eso: Una realidad. Sin embargo, quiero hacerles ese regalo a mis padres, que muy mucho se lo merecen.
Los recuerdos y los sueños se mezclan y se confunden. El paso del tiempo todo lo aúna en una nebulosa de suaves imprecisiones: Borges puede conversar con Lugones; Así que yo puedo aventurar encuentros y miradas, sensaciones y explicaciones nunca dadas, porque fueron siempre de todos sobrentendidas. Y puedo aventurarlas a partir de los recuerdos ajenos y de los sueños propios.
(Y, además, una de las canciones que más se le oía cantar a la Pepa por el patio de la ca L’Amparo)
Si hubiera que describir un andén del metro de Madrid a una persona que no lo conociera en absoluto, que jamás hubiera bajado allí, supongo que sería necesario explicar su estructura básica, sus accesos, los materiales de los que está hecho, sus carteles publicitarios, su mobiliario, etc. Habría que contar todo eso, y añadir referencias a los sonidos, los olores, la temperatura, los colores, el ambiente en general…
Todo eso sería imprescindible para una descripción objetiva. Sin embargo, sólo con eso no podría hacerse una idea completa y cabal de lo que realmente es, de cómo se vive y se siente ese lugar.
Por ejemplo, sean cuales sean los grados centígrados que pueda marcar un termómetro de ambiente dentro de un andén cualquiera, la temperatura subjetiva que se siente allí es baja. El metro es un lugar frío. No importa que haya una madre con su niño, una pareja besándose, o dos dulces ancianitas esperando la llegada del tren. Da lo mismo, es un lugar inhóspito, que no se presta a evocaciones líricas o románticas.
Un Andén puede estar pintado del color que esté, tener azulejos de colores y estar lleno de llamativos carteles publicitarios y pantallas donde se proyectan estridentes vídeos. Es indiferente: un andén del metro es un lugar que inequívocamente se puede calificar de “gris”.
Cuando hay que pasar bastante tiempo de la vida en estos sitios, uno aprende a estar en ellos sin estar. La escena del interior de la tierra, del subterráneo de la ciudad está también llena de otras escenas que casi nunca se comparten, que son completamente individuales, porque se viven en el interior de cada uno, mientras se espera la llegada del tren.
Esas escenas íntimas a veces no tienen ni la más mínima conexión con el entorno frío y gris. Es como si esa presunta realidad no fuese más que eso “presunta”, una alucinación colectiva, una convención sensorial que nada tiene que ver con la realidad más vívida.
Creo que nadie cuenta esas sensaciones, pero estoy completamente segura de que todo el mundo las tiene de un modo más o menos consciente.
Yo, a veces, cuando estoy esperando en el andén, el metro es mentira: la gente, las luces, los ruidos… Nada de eso tiene existencia real. La verdad, la única verdad es casi del todo inefable. Me siento envuelta en una calidez suave, que me traspasa y me trasciende. Quedo diluida en la sensación de sentirme querida y abrazada, incluso más allá de los límites del espacio.