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“La policía de la memoria” de Yoko Ogawa

26 26Europe/Madrid abril 26Europe/Madrid 2021

portada la policía de la memoria

Hace ya meses que apenas puedo escribir. Me he quedado sin voz, no porque no pueda hablar físicamente, sino porque no sé qué decir ni cómo decirlo. Tengo atascadas las palabras en algún rincón de mi pecho y no me llegan hasta la punta de los dedos, así que me resulta imposible teclearlas. Al menos hasta hoy, pero ayer terminé de leer “La policía de la memoria” de Yoko Ogawa. Sentí que durante todo el libro estaba contando mejor que yo misma cómo me siento por dentro y quiero agradecerlo con estas líneas.
La protagonista es una joven novelista que está escribiendo una historia inquietante y especial donde afloran sus sentimientos y emociones más profundos. En ella una muchacha que estudia mecanografía se hace novia de su profesor. Ella pierde la voz y se comunica con él mediante la máquina de escribir, pero llega un momento en que la máquina no funciona. Su novio-profesor la lleva engañada a lo alto de la torre de la iglesia, donde dice que reparará la máquina. Sin embargo, lo que hace es dejarla allí secuestrada. Entonces descubrimos que él atrapa las voces de sus víctimas en las máquinas de escribir, de las que hay toda una montaña detrás del reloj de la torre.
Al tiempo que se nos cuenta esta historia se desarrolla la trama principal. Todo acontece en una isla donde las cosas van desapareciendo y, al mismo tiempo, los habitantes olvidan todo lo que tiene que ver con ellas. Además, existe una policía de la memoria que se asegura de que los pocos individuos que pueden recordar desaparezcan.
Todo esto al que más y al que menos le sonará a Bradbury u Orwell -no digo yo que no-, pero Yoko Ogawa lo ha pintado con una sensibilidad poética, con una delicadeza tan impregnada de aware, que el desasosiego queda amortiguado con una sordina que libra al lector de las estridencias de los retratos realistas y descarnados, pero sin por ello descafeinar el rigor del sufrimiento y de la crítica.
En la novela se tratan con profunda sencillez, el amor, la pérdida, la muerte, la opresión, el miedo, la resignación, la indiferencia… Hay tanto que decir de este libro o, mejor dicho, siento que tengo tanto que decir de este libro, que por fin me ha vuelto la voz. Y esta, la voz, es un elemento clave en la obra. Mientras que el personaje de la mecanógrafa la pierde (o se la arrebatan) y con ello poco a poco va diluyéndose su identidad, la protagonista de la novela es lo último que pierde, y quizá no del todo porque esa voz queda encerrada en el corazón de su casa entre una colección de objetos maravillosos librados de la destrucción y el olvido.
Y precisamente la casa también es un elemento fundamental en “La policía de la memoria”. Nuestra novelista vive sola porque sus padres han fallecido. Su padre era ornitólogo y su madre escultora. El primero tuvo la suerte de fallecer antes de que desaparecieran los pájaros de la isla. Peor fue el caso de su madre, que fue descubierta como una de esas personas que podía recordar los objetos y sus sensaciones asociadas, lo que le costó la vida.
Esa casa donde habían vivido los tres era muy grande y contaba con una especie de trastero suspendido entre el primer piso y la planta baja. A él se accedía desde el despacho de su padre a través de una trampilla. Este será el lugar donde nuestra protagonista esconderá a su editor, el señor R, que está a punto de ser detenido por la policía de la memoria, porque también es uno de los pocos que atesoran los recuerdos en su corazón.
En el kokoro de la casa, en el corazón de la memoria, es donde se guarda lo más precioso, lo más delicado: el Amor y la Verdad. Pero es frágil y tierno y hay que protegerlo de la brutalidad de la policía de la memoria y de los “buenos ciudadanos”, policías de visillo. Para eso la joven escritora cuenta con la ayuda incondicional de un anciano, viejo amigo de la familia, que es capaz de convertir un trastero en un lugar habitable, con circulación de agua y de aire: un corazón para sostener la vida de la memoria que habita en el editor, el señor R.
No voy a contarlo todo, pero sí diré que en un momento dado desaparecen las novelas. La norma es que, cuando algo deja de existir, la gente se desprende de ese objeto quemándolo o de cualquier otro modo. Conservarlo no les sirve de nada, porque en un día dejan de saber lo que es y su presencia únicamente les inquieta. Pues en el momento en que desaparecen las novelas se produce un aquelarre de llamas en toda la isla, que sin duda es un homenaje a “fahrenheit 451”. Ahí sentimos claramente la amenaza social y la opresión de la masa idiotizada e insensibilizada a fuerza de arrancarle pedazos de la memoria de su corazón. La protagonista está tan desconcertada con sus sentimientos y sus emociones que llega a hacer referencia a aquella frase de Heinrich Heine que decía que allí donde se queman libros, se termina quemando personas.
Adelanto que en esta novela no sucede así, el fuego no termina por aniquilar a los habitantes de la isla, pero el frío del invierno se apodera de todo porque antes de la primavera desaparecen todos los calendarios, lo que para mí es una metáfora. El frío hiela el kokoro de esta isla sin memoria y sin futuro, porque un vacío helado lo va engullendo todo poco a poco pero inexorablemente.
Creo sinceramente que “La policía de la memoria” es una novela maravillosa, donde no hay apenas nombres propios, ni de personas ni de lugares. Estos no hacen falta, porque precisamente ese anonimato es lo que nos involucra tan directamente, al menos así lo he sentido yo. Solo los personajes que conservan su kokoro tienen nombre, y no creo que sea casualidad. Ellos son los únicos que mantienen su identidad, frente a una sociedad dócil y resignada, que mira mal o con fría indiferencia a los que no se adaptan a las continuas mutilaciones de sus vidas. Quedan, eso sí, personajes intermedios que, aunque no puedan recordar, no olvidan su naturaleza humana, no renuncian a su corazón y se la juegan para ayudar a aquellos que tienen que huir y esconderse. Entre ellos están la protagonista y el anciano, que es un personaje magnífico, todo desapego y lealtad.
En fin, en el fondo estamos ante la historia de siempre, que tanto nos suena y que sigue tan vigente.
Lo dejo aquí porque, después de tanto tiempo sin escribir, ahora ya estoy un poco cansada. No obstante agradezco sinceramente que “La policía de la memoria” de Yoko Ogawa haya caído en mis manos. Tal vez así recupere la voz, aunque no la confianza en que desaparezcan ni las policías de la memoria ni las “gentes de bien” que les ayudan.

7 comentarios
  1. Víctor Fernández-Chinchilla permalink

    Tiene una pinta extraordinaria. Y eso de que has perdido la voz no es cierto, lo que pasa es que llevas tanto entre manos que no das abasto

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  2. marymerfan permalink

    Me encantan las distopías y me encanta tu texto. La desaparición de los libros y de las voces no es más, para mí, que una metáfora de la desaparición del lenguaje, que tantos ataques sufre actualmente. “El lenguaje es machista” , “La ortografía es una cosa de blancos supremacistas” , “niños, niñas y niñes” … En cuanto acabemos de cargarnos la lengua, nos habremos cargado la buena literatura y el hablar correctamente, que nada tiene que ver con ser políticamente correctos, y sí con transmitir nuestros pensamientos con claridad, sean los que sean. Estoy deseando leer el libro. Gracias.

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    • Muchas gracias por haberlo leído y por tu comentario. Si lees el libro, espero que te guste y que me cuentes tu opinión. En cuanto a lo que dices, qué te voy a decir aquí que no hayamos hablado ya otras veces. A algunas personas les debe parecer el colmo de la audacia saltarse las normas gramaticales y retorcer las palabras convirtiendo la comunicación en algo tan farragoso como absurdo. En fin… Ya me dirás tú cuando lo leas, pero yo creo que en este libro la voz tiene que ver con la identidad y con la energía vital. Este último es un concepto muy presente en el budismo, y me parece que es un asunto que, por cultura, no le debe de ser nada ajeno a una autora japonesa. pero lo mismo es una película que yo me hago…

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  3. Lupe permalink

    Maravillosa reseña, Marimer. ¡Qué bien escribes y qué gusto da leer textos bien escritos! Además, tras su lectura, uno quiere ir a la librería para comprarlo y empezarlo. El título no es atractivo para mí, pero eso pasa a veces, y no tiene mayor importancia.

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    • Muchas gracias. Me anima mucho. Es cierto también lo que dices de los títulos. Hay veces que es casi unánime la opinión. En este caso, además, no tiene nada que ver con el título original. Espero que uno de estos días mi amiga Sumire nos lo aclare en un comentario aquí mismo.

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  4. Me ha encantado, totemo suteki desu! Ogawa Yoko san no hon, omoshirosou desu ne. Anata no kotoba totemo suki desu. Lo de “tener buena pinta” me voy a ahorrar intentar traducirlo al japonés que entramos en un vórtex de risa del japañol seguro jejeje. De los creadores de The Sound of Music: Sonrisas y Lágrimas, llega la Policía de la Memoria, The Memory Police: Hisoyaka na kessō 密やかな結晶. Aunque en este caso al revés.

    Como comentamos, Mercedes-san, el título original quiere decir “Cristal secreto”, con sus matices muy niponianos…

    “Hisoyaka na” lo traduciría como “de manera secreta, discreta y silenciosa” evocando algo diferente a, por ejemplo, “himitsu no” que también sería secreto pero el sustantivo/adjetivo denotando aquello a esconder. Hisoyaka se puede usar como adverbio, llover o llorar “hisoyaka ni”…

    “Kessō” es cristal, a mí me evoca los minerales, transparentes y semi opacos, sus formas geométricas…Copo de nieve es “yuki no kessō”. También se puede usar como la forma que toma algo como resultado del cúmulo de otras cosas. Quizás sea más ilustrativo el ejemplo “fruto del amor” que sería “ai no kessō”.

    Menos mal que soy traductora y se me da genial dar una traducción precisa y no enrollarme con tantos matices y connotaciones!

    Tienes una voz (física y literal también) muy bonita, arigatou por tus palabras.

    Sumire すみれ

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    • Kokoro kara arigatou onegai shimasu! ¡Muchísimas gracias! Es un auténtico lujo contar aquí con tu explicación y tus cariñosas palabras. El título original, además de ser mucho más bonito, se ajusta más al texto de la novela. ¡Qué manía de poner títulos feos y desajustados!

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