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Aquella hada atontada

7 07Europe/Madrid abril 07Europe/Madrid 2015

Hace semanas que no incluyo ninguna entrada. Como en otras ocasiones en las que me he sentido atascada, recurro a revolver el “cajondesastre” a ver qué se puede recuperar.

Esta vez le ha tocado el turno a la conferencia que di en Reinosa en septiembre de 1997, cuando tuve el honor de ser mantenedora de las justas literarias que se celebran allí cada año.

Fue una experiencia tremenda la de subirse a aquel escenario. El teatro de Reinosa me pareció enorme y enfrentarme a tanta gente que iba a escuchar lo que yo les contara, después de que, además, mi intervención y mi presencia estaba anunciada en carteles por toda la ciudad, era una responsabilidad vertiginosa. El teatro estaba lleno cuando salí al escenario y sentía la presencia de todas esas personas en la oscuridad, como un sólo ser aterrador y abismal: supongo que eso será lo que se denomina miedo escénico.

Pero, en fin, no había otra, salí al escenario con mi vestido chino de seda verde (de magnífica manofactura materna, y que aún conservo) y les conté lo que transcribo a continuación, que ahora, la verdad, me resulta pelín repipi, pero así era yo (¿Era?…):

En primer lugar quiero decirles que estoy encantada de que haya recaído en mí este honor y poder estar con ustedes esta tarde.

Cuando supe de mi participación en estas Justas, me asaltó la misma duda que a Jorge Luis Borges en una de sus conferencias que inició diciendo: “Tengo gran curiosidad por saber de qué voy a hablarles hoy”.

Humildemente, no puedo ni soñar con la soltura y la sabiduría suficientes como para improvisar con éxito una intervención que pudiese resultar interesante y a la altura de las circunstancias.

En un primer momento pensé en dedicar estos minutos a celebrar alguna de las muchas mercedes que esta ciudad ofrece, o tal vez rememorar acontecimientos históricos que sin duda la han señalado como un lugar clave para el desarrollo de nuestro país.

En cualquiera de los dos casos no me hubiese sido difícil encontrar aspectos que resaltar, más que de sobra, ya que, en una primera mirada me encontré, no sólo con la importancia del entorno natural, sino además con los numerosos vestigios arquitectónicos que dan testimonio del vigor histórico de Reinosa.

He sabido así de la historia de la “Casa de las princesas”, de “la casona” o “La casa de la niña de oro”, del antiguo “Cañón de la curva”, de las torres y, por supuesto, de las ruinas de Julióbriga. Esta enumeración no pretende más que cumplir la función de convertirse en una breve muestra sobre lo mucho que puede decirse sobre Reinosa.

Pues bien, esos testimonios históricos, la fuerza del entorno natural y la tradición mágica y legendaria de estas tierras, me decidieron a evocar hoy parte de esa tradición mágica que nos rodea.

No obstante, nuevamente me vi obligada a realizar una selección, ya que son muchas las leyendas, muchos los tipos de “seres elementales” o “espíritus de la naturaleza” que, aparentemente, se mueven por aquí.

El tiempo del que dispongo no me permite ofrecerles un estudio exhaustivo, pero pensé que, aunque hubiese sido posible, sería casi una blasfemia hacerlo, porque los que creemos en la existencia de los seres mágicos, sabemos que no es posible reducirles a datos sin mermar con ello su condición de tales.

Aunque pueda parecerles más que sorprendente, estoy segura de que, de algún modo, estos seres siguen estando presentes entre los humanos. Además, seguro que la irrupción de las hadas y los duendes en una vida monótona puede convertirla en una nueva y viva leyenda.

Esta fue la impresión que yo tuve cuando escuché hablar por primera vez de lugares como “La casa de la niña de oro” o del “cañón de la curva”. Pero no quiero olvidarme de lo que, para mí, es más importante, la riqueza natural, el magnetismo de las aguas que corren por las fuentes y los montes, que son sin duda el lugar  favorito de los espíritus mágicos, que por fuerza no pueden abandonar el nacimiento del Ebro.

Para entrar en materia, voy a referirme primero a la denominación de los “elementales”. Antes me he referido a ellos llamándoles “hadas” y “duendes”, pero, tratándose de Cantabria habría que hablar más bien de “anjanas” y “trasgos”. En este momento, apelo a mis propias inclinaciones y, puesto que “lo mágico no quita lo reivindicativo”, me siento más identificada con los “espíritus femeninos”, y prefiero llamar su atención sobre las anjanas. Aunque bien es cierto no son ellas las únicas elementales que se dice habitan aquí, porque también se habla de ijanas, hilanderas, hechiceras, mozucas de agua, de todas ellas habrá ocasión de contar alguna cosa hoy.

Para hablar de ellas he recurrido a la ayuda de Manuel Llano y Jesús Callejo, que han dedicado parte de su obra a contar el modo de presentarse, las costumbres y las historias de estas peculiares hadas.

Empezaré por hacerles una descripción del aspecto con el que habitualmente suelen presentarse las anjanas. Como el resto de los espíritus femeninos de la naturaleza, habitualmente toman forma de mujeres, muy hermosas y de pequeña estatura -por algo se incluyen dentro de lo que se ha dado en llamar “gente menuda”-. Aunque, si es su gusto pueden hacerse enormes o minúsculas, según lo requiera el prodigio.

A pesar de que las anjanas adquieren la forma de mujeres muy hermosas, pueden transformarse en viejecitas o en objetos como piedras o árboles. En relación a esto, una tradición habla de que las anjanas se transformaban en ancianas que recorrían estos pueblos con el fin de comprobar la caridad y los buenos sentimientos de los habitantes, a los que premiaban con dones o castigaban con terribles picores, según hubiese sido su comportamiento.

Su rostro, aunque muy hermoso, es muy pálido, y en él resaltan unos ojos de profunda mirada que, al contrario que en otras zonas de España, son de color oscuro, negros o castaños. En la frente tienen una marca que, o bien es una cruz o estrella roja, o bien son unas finas líneas amoratadas a modo de pequeñas arrugas. Su cabello es siempre largo, pero el color es variable, aunque con preferencia del rubio y el pelirrojo. No obstante, las ijanas y hechiceras suelen tenerlo castaño o negro, respectivamente.

Otro aspecto importante es su atuendo. Como todas las hadas, las anjanas son muy coquetas, al amanecer, cuando abandonan sus  moradas, salen acicaladas con lazos y cinturones dorados. Además ya se han peinado sus largos cabellos, lo que hacen con peines de coral. Su vestido suele ser blanco con pintas brillantes, usan sandalias de piel marrón con relucientes hebillas, salvo las llamadas hilanderas que llevan escarpines de lana que ellas     mismas confeccionan.

Lo que considero más importante y lo que las distingue de sus vecinas asturianas, son las alas, que rara vez usan, y que les sirven para perseguir a las brujas, la capa que les cubre y el cayado en el que se apoyan.

Pero la capa y el cayado no son sólo un adorno o un apoyo, estos objetos les sirven a las anjanas para realizar sus prodigios.

En primer lugar hay que fijarse en su color que, dada la coquetería de nuestras damas mágicas, armoniza con el del resto del atuendo, no obstante, en el caso del manto, también sirve para identificar la época del año: amarillo para el verano y negro o ceniciento para el invierno. Lo que sí es siempre igual es su material, que se dice que es de un suave terciopelo.

Más importante aún es la función del bastón. Teniendo en cuenta que las anjanas son seres de extremada bondad, que poseen todas las virtudes, los prodigios que realizan con sus bastones van siempre dirigidos a proteger la naturaleza o ayudar a las personas en dificultades.

En algunos casos, el color del cayado indica el tipo de prodigios que puede realizar. Así, por ejemplo, un bastón azul  puede ahuyentar a las alimañas que amenazan al caminante, o un  bastón verde con el que la anjana se toque la cabeza la convierte  inmediatamente en piedra o en árbol. ¿Quién sabe entonces si aquel  “olmo de las fuentes” o el “abeto azul de Cupido” fueron antaño una anjana que decidió quedarse en Reinosa?

La bondad de las anjanas es algo que nadie discute. Además, al contrario que sus colegas de otras tierras, las damas mágicas de Cantabria no sienten ninguna animadversión por los símbolos cristianos. Es más, una de las tradiciones habla de que todos los viernes santos se visten de negro y se cubren los cabellos con pañuelos cenicientos en señal de duelo.

Por otra parte, tanta es su voluntad de ayudar, que puede invocárselas en caso de necesidad mediante una sencilla oración. Por ejemplo en el caso de que se haya perdido algo habría que decir:

“Anjanuca, anjanuca, buena y floría,

lucero de alegría.

¿Onde está…

la oveja mía?

Y en caso de que el caminante se sienta perdido, debe pedirle auxilio diciendo:

“Anjana blanca ten piedad de mí,

guiáme por la oscuridad y por la niebla,

líbrame de los peligros y de los malos pensamientos

para que encuentre el camino de salida.”

Todo esto si no se da cuenta ella antes y sale con su bastón que tiene una estrella en la punta que en estos casos sirve de linterna.

Dentro de las obligaciones de las anjanas también está el cuidado de la naturaleza. Ellas conocen la “gaya ciencia” y pueden hablar con los animales y las plantas, a quienes cuidan y protegen en todo lo posible. Por esto, el avance destructor de los seres humanos ha hecho que algunos de estos seres nos detesten por estar destrozando su mundo, aunque, por su bondad, lejos de atacarnos, se recluyen en lugares cada vez más recónditos.

Eso es lo que les sucede a las llamadas hechiceras, que moran en grutas subterráneas tristes, y taciturnas, con su belleza y sus poderes atenuados por haberse visto obligadas a confinarse en espacios muy limitados. Sin embargo, en tiempos, gozaron de enormes poderes, en especial se habla de su prodigiosa fuerza. Estas damas mágicas, morenas y pálidas, se dice que fueron quienes en la antigüedad levantaron dólmenes como el del Abra y, posteriormente, redujeron el uso de su fuerza a la ayuda de los leñadores que pudieran verse atrapados por un tronco o a los campesinos agobiados por pesadas cargas.

Al contrario que las hechiceras, las hilanderas tienen el aspecto de mozas altas y robustas. Son las que más se parecen a las humanas y se mezclan fácilmente con los humanos.

Otra particularidad que distingue a las hilanderas de las hechiceras es su riqueza. Cuando premian a los humanos por sus acciones, lo hacen mediante regalos como madejas de oro, perlas o monedas; mientras que las hechiceras, no tienen ningún objeto de valor, y los dones que otorgan nunca son materiales.

Las hilanderas, en vez de un cayado como las anjanas, portan una rueca roja o, a veces, una campanilla, de las que hacen surgir madejas de oro o perlas respectivamente.

Otras damas mágicas, las “mozucas del agua”, viven en lagos, manantiales y, por supuesto, en las fuentes del río Ebro. Al contrario que sus compañeras, llevan una vida más despreocupada. Se dedican a tejer madejas de oro y plata, a jugar y a tender sus hilos a algún apuesto paseante que, si lo sigue con éxito hasta el final, podrá casarse con la hermosa mozuca; pero, eso sí, cada amanecer de la noche de San Juan saldrá con ella a recorrer los campos sembrando dones para que sean recogidos por las buenas gentes que los merezcan.

Al igual que estos espíritus acuáticos, las ijanas o, también llamadas, unjanas, no atienden a responsabilidades. Se parecen más a espíritus burlones que juegan con los humanos y les hacen travesuras. Además, su aspecto también es diferente. Dicen los que las han visto que corretean desnudas por el monte, son muy hermosas y tienen una larga cabellera de color castaño. Otra particularidad es que tienen un larguísimo pecho que echan hacia atrás, sobre su espalda. Estas ijanas viven en la peña de la Mena en el Valle de Aras, lugar mágico que, al parecer, constituye una puerta inducida al país de las hadas.

Los largos y robustos pechos también se atribuyen a algunas anjanas que amamantan así a sus hijos. Porque nuestras damas mágicas también se enamoran, lo que, por cierto, a veces llega a contrariarlas bastante, ya que no siempre se emparejan con otros elementales, sino también con humanos, lo que para una anjana puede suponer la pérdida de su condición de tal o, lo que es peor, verse convertida en una viejecita decrépita. Sin embargo, otras tradiciones las convierten en raptoras de sus amantes humanos a los que conducen a sus grutas o fuentes para llenarles de riquezas y felicidad, pero, eso sí, quedan encantados por ellas para siempre.

Esto nos lleva a hablar de las costumbres domésticas de las anjanas que dedican primorosos cuidados a sus hijos, a los que se las ha visto amamantando a la entrada de sus moradas que, según se dice, sólo pueden contemplarse al amanecer. Habitualmente se trata de grutas extraordinariamente luminosas en su interior, ya que el suelo es de oro y las paredes de plata.

Por último, al hablar de sus costumbres, no puede olvidarse su mayor entretenimiento: el canto y el baile. Como el resto de las hadas, las anjanas gustan de realizar sus danzas acompañadas con cánticos, siempre al amanecer o al anochecer, momento en el que, si se las logra ver y, más aún, si se recoge alguna de las flores que ellas lanzan al aire con su danza, la felicidad del que lo consiga es segura para toda la vida. El canto de las anjanas tiene un rasgo que lo distingue de lo que es tradición, sólo tienen dos tipos de melodías, o bien muy alegres, bailables como seguidillas, o bien muy tristes como lamentos.

A pesar de esto, las anjanas son alegres y hermosas y, como el resto de sus compañeras, más o menos afortunadas, son de una gran bondad. Es importante pues señalar que aquí, muy al contrario de lo que sucede en otras zonas, no sólo de España, sino de todo el mundo, los espíritus de la naturaleza son claros y benéficos, y sus maldades no pasan nunca de la travesura o el castigo suave o, a lo sumo, la indiferencia ante los problemas de los humanos.

Tomando este aspecto benéfico, finalmente, no querría dejarles sin hacerles notar que, si antes hubo damas mágicas que se unieron a los humanos, tal vez ahora también las haya, incluso con más motivo, porque, lamentablemente estamos enturbiando su entorno con nuestros desmanes.

Tal vez, discretamente, ahora se hayan tenido que deslizar en el mundo de los humanos para protegerles con su magia y contagiarles de su amor a la naturaleza.

Estoy segura de que, si eso es así, no podrán alejarse de una ciudad en cuyo escudo la flor del árnica montana simboliza la cultura.

E incluso ¿por qué no? quizás alguna esté aquí esta tarde.
https://marymer.wordpress.com/2013/08/30/tagaka-y-el-grillo-parlante/

http://www.youtube.com/watch?v=NvUZWt5PJeA

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