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De trapos y de letras (5)

4 04Europe/Madrid mayo 04Europe/Madrid 2015

img_0319“De trapos y de letras” no pretendía ser la historia de las mujeres de mi familia, pero lo que está resultando es eso. Y no es que se trate de una selección hecha por mí, sino que los recuerdos que me han sido trasmitidos, tanto por mi padre como por mi madre, siempre se referían a ellas, como si las vidas o las personalidades de los hombres de la familia fueran en función de sus madres, sus mujeres o sus hijas o hermanas.

No me gustan los relatos de mujeres, escritos para mujeres y por mujeres, se me hacen pobres y parciales en exceso, pero no sé cómo darle a esta historia más polifonía. Yo no soy un hombre y poco sé de los hombres de mi familia, salvo de los que están en mi presente –especialmente mi padre, tan guapo y tan delgado en esta foto-, conque me resignaré a ser lo que soy y contar lo que recuerdo, procurando no caer en la miopía de los corporativismos femeninos.

Vuelvo a Pepa, la nuera de María y mujer de Paco, de la que tengo un ramillete de anécdotas, a cuál más excesiva. Como dije, tenía unos penetrantes ojos grises y, aunque no era especialmente guapa, resultaba atractiva por su energía y resolución. Era físicamente fuerte, más bien corpulenta. Sus rasgos no eran muy delicados. Se movía con rapidez y contundencia, con mucha agilidad, como un felino de músculos potentes. Era gata por los cuatro costados: por sus ojos felinos, su carácter impredecible, su rapidez de agresión y, claro, por auténtica madrileña.

En una foto en la que tendría ella unos veinte años, luce un estilo muy moderno, muy “belle èpoque”, con una chaquetilla abierta sin solapas, un corte de pelo a lo “garçone” y una expresión seria y decidida. Es curioso pero, en mi juventud, antes de conocer ese retrato, me fui un día a la peluquería y volví exactamente con el mismo corte de pelo que tenía mi abuela en aquella. Cuando mi madre me vio se quedó petrificada y me mostró la fotografía. Nuestras facciones no se parecían, pero sí la fisonomía y, sobre todo, nuestra expresión desafiante. Por distintas razones Pepa y yo íbamos plantando cara al mundo, y se nos notaba mucho. Vaya que sí.

Ella fue siempre así, y murió así, desbordada por el mundo que le tocó vivir y por sí misma. Lo primero, su infancia, en una casita baja de Tetuán de las Victorias, teniendo que trabajar de trapera desde niña, como por otra parte era lo normal en ese barrio y en esa época. Un padre borracho y violento y una madre, Luisa, de la que no sé casi nada y de la que por poco no llevo yo el nombre, eran un espejo poco edificante para Pepa y sus hermanos. Bueno, tal vez debiera haber dicho hermanas, porque solo sé de mis tías abuelas Lola e Inés (y seguimos con la historia de mujeres).

Aunque iba a hablar de Pepa, tengo que dedicarles algunas líneas a sus hermanas, particularmente a Lola, por quien yo siento un especial cariño y admiración. Bueno, por ella y por su marido, el tío Dimas. No obstante, empezaré por Inés, ya que no me llevará mucho espacio contar lo que de ella he llegado a saber.

Inés era la más pequeña de las hermanas, y esa sí que era muy guapa. Hace años vi una foto de ella de juventud, y parecía una actriz de cine a lo Greta Garbo, con una preciosa sonrisa, una mirada limpia y penetrante y un casquete con borlitas elegantísimo. Siempre me llama la atención ver a estas mujeres tan bien arregladas en las fotos antiguas, maquilladas y sonrientes, como si estuvieran rodeadas de todo tipo de lujos y comodidades. No sé si en todas las familias pasa lo mismo, pero las mujeres de la mía son muy coquetas y, con muy poco, siempre han procurado sacarse mucho partido.

Inés, desde luego, era más que resultona, así que se casó bien; es decir, con el tío Pepe, que era un empleado de banca, muy salao y muy risueño, siempre de buen humor y con ganas de chunga, hasta en las épocas difíciles. Era Pepe de esos padres que les compran a sus hijos una bicicleta cuando tienen que pedir fiado para comer, pero todos dicen que los niños eran felices con él y estoy segura de ello, porque yo aún le recuerdo, ya mayor en la casa que tenían por la Ermita del Santo, que era casa y no piso y que, aunque pequeña, tenía su jardín y todo. A mí me parecía un sitio encantador y un lugar donde se respiraba alegría. Con los años Inés se había convertido en una auténtica matrona, y la muchacha de esa fotografía había desaparecido en su forma, aunque en su fondo seguía ahí, con el amor de su Pepe.

La tía Lola era otra cosa muy distinta. La mayor de las tres hermanas, empezó a servir desde muy jovencita y a enfrentarse al mundo sin pelos en la lengua. Ella y Pepa eran mujeres duras y fuertes, que no bajaban la cabeza delante de nadie y que, por menos de nada, acababan a mamporros con quien fuera: hombre, mujer o alienígena.

Lola era la más grandona de las tres y además elegía para vestirse colores y adornos chirriantes y llamativos, con lo que, sumado a su carácter impetuoso, era imposible que pasase desapercibida. Por el contrario, mi tío Dimas, su marido, era un señor menudito y callado. Hacían una pareja de esas de viñeta humorística: ella grandona y descarada y el delgadito y prudente; aunque valientes ambos y batalladores. Valga como ejemplo una anécdota muy contada en la familia:

Parece ser que en la posguerra española se “estilaba” cantar el “cara al sol” a la primera de cambio. Una de las ocasiones favoritas era cuando la gente iba al cine, al final de la película, si a algún fervoroso seguidor del sacrosanto Movimiento le daba por hacer un ídem y levantarse a cantar brazo en alto, el resto del público se veía en la obligación de seguir la exaltación patriótica, a riesgo de pasarlo bastante mal si no secundaban el alzamiento espontáneo.

Pues bien, en una de esas, Dimas y Lola se quedaron sentaditos y sin seguir la inspiradora arenga musical. No sabemos de quién sería la idea de quedarse en la resistencia. En todo caso, lo que sí tengo claro es que, si fue cosa de Lola, Dimas no se hubiera atrevido a levantarse porque mi tía abuela daba más miedo que una legión de falangistas.

No obstante, siendo justa, creo que este hombre, mecánico de profesión, era de esos tipos callados y prudentes, pero fuerte y decidido. Falleció con más de noventa años y, desde la muerte de su Lola, vivió solo en la casa que siempre habían compartido con sus tres hijos, en Tetuán de las Victorias.

Recuerdo ese piso minúsculo, al que fui de niña muchas veces, como si lo estuviera viendo ahora mismo. Era un primero oscuro  porque daba a un pequeño patio interior. El portal era estrecho y también la escalera, que tenía una barandilla de hierro forjado, sencilla pero bonita. Para llegar al piso de los tíos había que atravesar una pequeña galería llena de macetas, puestas por mi tía, que trasmitían la fuerza y la energía de su personalidad. Nada más entrar había un cuartito, presuntamente el salón, al que daban dos micro habitaciones. Tan tan “micro” que en la grande no cabía más que la cama de matrimonio (de 1,5 m.) y las mesillas. Del salón-recibidor-comedor se pasaba a la cocina de Pim y Pom, y de esta a un baño acorde con todo lo demás. En fin, un piso muy, muy  humilde, pero lleno de vida y de cariño. Porque Lola era una mujer cariñosa a más no poder. Era de esas mujeres que no muestran su afecto y su amor con dulzura sino como una fuerza de la naturaleza. Yo no conocí a su hermana, a mi abuela Pepa, pero con sus nietos, mis hermanos, debía de ser así.

Cuando estaba con la tía Lola me sentía segura y querida. Sentía que nada podía pasarme con ella delante porque pararía un tanque si este fuese a hacerme daño. Aún recuerdo su voz en mi mente y su alegría cada vez que me veía. Y digo “ver”, porque no sólo se ve con los ojos. La tía Lola –como yo misma-, de mayor, estaba prácticamente ciega, pero jamás le vi ni un asomo de queja ni de lástima de si misma.

Otra cosa que nunca podré olvidar de ella, como filóloga que soy, es su manera de hablar. Siempre recordaré su imagen pegándose abanicazos en el pecho y diciendo indignada del tío Dimas:

–Este lo que es es un soca.

A mí entonces aquello me parecía muy duro: “¿Qué sería eso de “soca”?”… “So cabr…”. Con el tiempo he ido investigando y he visto que no es ni más ni menos que tonto, aunque ella lo utilizaba como “Calzonazos” o algo así. Lo cierto es que yo creo que, con todo y eso se querían muchísimo, llevaban juntos desde los 15 años y, sin alardear de ello, eran una pareja armoniosa y feliz.

Nota: Como era el favorito de lola: Miguel de Molina.

http://www.youtube.com/watch?v=pikr6fQKiK8

One Comment
  1. M. E. permalink

    Tienes que seguir, me ha sabido a poco.
    Quedan muchas cosas por contar, por decir, por explicar.
    Gracias por tratar de recopilar retazos de la historia de nuestra familia, aunque yo sólo pertenezca a una de las partes como es lógico.

    Por cierto recordarás que la abuela Concha fue quien me hizo el traje de novia y causó admiracion en muchos; en algunas, envidia y en otros (mi padre) escandalo, según él era muy “atrevido”.
    Ella le contestó: “Lo que se han de comer los gusanos que lo vean los cristianos”

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