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“La piedra lunar” y “Casa desolada”: ¿Compatibles con los calorazos veraniegos?…

13 13Europe/Madrid julio 13Europe/Madrid 2015

img_0275… ¡Síiii! Más que compatibles, tanto la una como la otra. He decidido unir ambas en una misma entrada por afinidad entre los autores, Wilkie Collins y Charles Dickens, que eran coleguitas y hasta llegaron a escribir algunas obras “al alimón” (no sé de dónde me ha salido este ramalazo taurino, con lo poco que me gustan esas cosas…). Pero aquí no se trata de ninguna de aquellas (entre otras cosas porque no las he leído y está feo reseñar lo que no se conoce) sino de dos novelas divertidas y muy bien escritas, con unos personajes y unas tramas que te envuelven y transportan a una Inglaterra victoriana mucho más entretenida y chispeante de lo que yo me esperaba.
Empiezo por “La piedra lunar”. Borges, que para sus cosas literarias tenía mucho tino, era un admirador de Collins y de esta novela en concreto, a la que dedicó un estudio introductorio. Desde luego “La piedra lunar” merece esa admiración y dedicarle una lectura relajada y atenta. Da gusto sumergirse en esa narración caleidoscópica y llena de matices.
No sé dónde he leído que se trata, al parecer, de la primera novela policial inglesa. Bueno, será así y quien lo diga sabrá por qué, pero a mí me parece que más bien es una novela de intriga, intriga bien traída y extraordinariamente mantenida.
Digamos que se trata de que en una casa de la campiña inglesa desaparece un valiosísimo diamante de origen indio -con su maldición y todo- y surge entorno a esto una serie de acontecimientos que mantienen una tensión moderada y permanente, que no cede hasta la última página.
Frente a este modo de desarrollar la historia, me parece que actualmente estamos más acostumbrados a tramas policiacas o de misterio, en las que la tensión tiene momentos casi exasperantes, combinados con ratos de pasividad e, incluso, “calma chicha”.
Sin embargo, en “La piedra lunar” se nota que Collins trabajaba como escritor por entregas. Es decir, la novela se escribió en 1868, y fue publicándose durante un año en la revista “All the Year round” -“casualmente” dirigida por Charles Dickens, que se ve que daba trabajo a los amigos, y no se puede decir que no lo merecieran…-. Esto significa, ni más ni menos, que cada entrega de la historia tenía que atrapar al lector y dejarlo pendiente de la siguiente, vaya a ser que lo que dejaran fuera el asunto de comprar la revista y los amiguetes se quedaran a verlas venir…
Pero “La piedra lunar” no solo te envuelve por la historia que, contada de otro modo, resultaría casi un poco anodina, sino por el juego de la narración. Se trata de una novela polifónica, donde a través de diarios y cartas cada personaje va contando la historia tal y como la vivió y la imaginó. Los personajes adquieren así una profundidad de matices y una corporeidad extraordinarias. Se cruzan el peculiar mayordomo, señor Beteredge -fiel devoto del “Robinson Crusoe”, su particular oráculo- con la solterona chiflada, Drusilla Klark, beata y fanática distribuidora de panfletos religiosos a diestro y siniestro, y Mr. Bruff, riguroso abogado de la familia, además de la pareja de jóvenes enamorados -Rachel Verinder y Frankling Blake-, el filántropo pretendiente de la chica -Godfrey Ablewhite -, la sospechosa criada ex ladrona -Rosanna Spearman-, el médico bocazas, los tres misteriosos hindúes, el poli listo y muchos más, todos ellos con su personalidad y su espacio vital indispensable en la historia.
Por otra parte, también contrasta con las novelas actuales de ese género en que apenas si hay violencia ni situaciones truculentas, y es que, realmente, no hacen ninguna falta. Es curioso que hasta los hindúes, presuntamente los malos, no son maltratados en absoluto por el autor. También es interesante ver cómo Collins se explaya hablando de los efectos de la adicción al opio. Y es que, al parecer, sabía por sí mismo bastante de aquello…
Bueno, en fin, quien quiera pasar unas cuantas horas de estupenda lectura, sin aburrirse ni un ratito y sonriéndose con ganas más de una vez, que no lo dude y se haga con un ejemplar de “La piedra lunar” ya mismo.

Y, si esta novela me gustó y me sorprendió, ya no te digo nada de “Casa desolada”. Esta es de las que he leído por trabajo (¡qué suerte!). Las semanas que le he dedicado han sido un placer. Han sido semanas porque la edición sobre la que trabajé tenía más de setecientas cincuenta páginas de nada. Como tantas veces tengo que reconocer, mis prejuicios me jugaron una mala pasada cuando me asignaron esa obra. Ya me veía yo día tras día inmersa en un mundo de niños hambrientos y luz grisácea, pero ni hablar del peluquín. Resulta que “Casa desolada” produce al lector cualquier cosa menos desolación, tristeza o aburrimiento.
De todas sus páginas no me ha sobrado ni un párrafo. En el batallón de personajes que transitan por las historias entrecruzadas, no hay ni uno mal trazado o con precipitación, ni que no tenga su espacio en la acción y el ambiente. Nada es de relleno en “Casa desolada”, especialmente los personajes, a cuya presentación el autor dedica más de un tercio de la novela, y es que lo merecen. Son unos tipos tan delirantes, tiernos, extremos y vibrantes, que solo conocerlos ya es divertidísimo y una delicia. Cómo me gustaría saber muy bien inglés para poder descifrar sus nombres, porque sospecho que tampoco están puestos porque sí y que son evocadores de un carácter o un rasgo distintivo; empezando por la dulce y cálida protagonista y narradora, Esther Summerson, “hijo del verano” (en Londres será algo bueno, pero en Madrid…), que parece iluminar a todos con su bondad y su delicadeza, pero sin ñoñería. Es que no hay nada de artificiosidad ni gazmoñería victoriana en los personajes de “Casa desolada”, por tiernos y bondadosos que puedan ser.
Dickens, además, hace en esta obra un derroche de imaginación para denunciar aspectos muy graves de su mundo, pero con un inteligente y fino sentido del humor. Y, cuando uno se recupera algún momento de la sorpresa que le produce la irrupción y la manera de desenvolverse de los personajes, se pregunta divertido a santo de qué tanta gente estrambótica y aparentemente inconexa; pero, eso sí, con satisfacción y sin prisa por que pase nada decisivo. No obstante, llega el momento de desencadenarse la acción, de trama policial, con asesinato y todo, que encima no sienta mal porque al que se cargan da grima “a primera línea”.
Esta novela, como “La piedra lunar”, también fue publicada por entregas, de 1852 a 1853, lo que supone de nuevo que el autor esté pendiente de subyugar a sus lectores, ¡y vaya si lo logra! Pero, al parecer, no fue solo eso lo que consiguió Charles Dickens, ya que esta novela era una denuncia del tremendo rodillo plomizo del sistema judicial inglés, que posteriormente fue modificado, y algunos dicen que algo tuvieron que ver estas páginas. El autor conocía bien el mundo de la Cancillería y a los personajes que transitaban por allí. El marco de la acción es un pleito interminable, Jarndyce y Jarndyce, que fagocita a quienes se le acercan. Charles Dickens trabajó en ese ambiente judicial y quiso señalar su injusticia, inmoralidad e inutilidad. De paso también retrata personajes estrambóticos y caricaturescos como Mrs. Jellyby, que se ocupa de los pobres de África pero no de sus hijos, o Mr. Boythorn, que es un tipo enorme, con una risa atronadora y que va siempre con un pajarito delicadísimo y chiquitín; Eso sin olvidar a Mr. Skimpole (el que más gordo me cae), que es un vividor que se presenta a sí mismo como un ser lleno de inocencia: “como un niño”. Es de lo más entrañable el personaje de Jonh Jarndyce, tan generoso y bondadoso, pero que se trastoca cuando sopla el viento del este. Resulta muy interesante el inspector Bucket, claro antecedente de tantos detectives y policías de las novelas posteriores, sagaz y persistente, como tiene que ser un tipo que se precie dentro de ese gremio.
En fin, son tantos personajes y todos tan dignos de ser mencionados, los simpáticos y los antipáticos, los principales y los secundarios, que, si me lío con eso, me sale un estudio de los que hacía yo en mi época universitaria, y no es el caso. Mejor lo dejo aquí, con una encarecida recomendación de volver a los clásicos. Desde mi punto de vista cualquiera de estas dos novelas es mucho mejor que las últimas policiacas actuales que yo haya leído. Y, además, mucho más divertidas.
¡A ver si os gustan!

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