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Haiku del pavo real

24 24Europe/Madrid septiembre 24Europe/Madrid 2026

¿Por qué el pavo real
arrastra por el suelo
tantos colores?

Kujaku naze
Hikizutte iru
Iroiro iro

La vistosidad de los machos de estas aves Siempre nos ha fascinado a los seres humanos y, más aún, a las pavas reales, pero a estas por motivos diferentes, que creo que no hará falta explicar aquí. Los humanos nos sentimos y nos vemos como el ombligo del universo entero, pero también nos maravillamos con la presencia de otros seres o con fenómenos de la naturaleza.
Hace muy poco se produjo un eclipse solar en estas latitudes y fue toda una revolución popular. Por mucho que se conozca su prosaica y científica explicación, mucha gente no se resiste a dejar de teñir con magia y energías cósmicas todo lo que rodea a este hecho tan natural y tan raro a la vez.
No seré yo quien intente despojar de poesía y esoterismo ni a los eclipses, ni a los arco iris, ni a los cometas, ni a nada de nada, porque a mí me gustaría creerlo también. ¡Mira tú si fuera cierto! Pero reconozco que a mí me falta fe, y lo mismo me sobra análisis crítico. No lo sé.
Tal vez por eso del análisis, por mi necesidad de comprender y verificar, me acerqué al budismo. Sentía y siento una necesidad de trascendencia y de espiritualidad, pero soy incapaz de creer devocionalmente en nada, mucho menos en un dios personal, como ese que nos pintan las religiones teístas. Pero me temo que estoy haciendo una ruta demasiado larga por los cerros de Úbeda, porque de lo que hoy quería hablar tiene que ver con el haiku del principio, que he reencontrado hace poquitos días. La versión en japonés también es muy reciente y se la debo en gran medida a mi profesora, Sachi, que me ha ayudado a dar con el juego silábico de 5/7/5, que a mí en japonés me habría sido imposible. Sachi sensei, kokoro kara arigatou!
Y ahora, volviendo al primer párrafo, es curioso como en lugares y momentos diferentes las personas nos hemos fijado con fascinación en las mismas cosas. En este caso me refiero al pavo real, que tiene una simbología muy especial para el budismo mahayana, vajrayana e incluso es posible que proceda de la antiguo bon tibetano.
En estas tradiciones se considera al pavo real como un símbolo de trasmutación. La tradición dice que esta ave se alimenta de hierbas venenosas, que son las que le proporcionan sus bellos colores. Es decir, Lo que para el resto de los seres es dañino, para el pavo real es alimento y belleza. En el budismo se habla de que existen cinco venenos o kleshas, que son aflicciones mentales que distorsionan la percepción y generan sufrimiento. Concretamente se trata de la ignorancia, el apego, la aversión, el orgullo y los celos; que tienen como antídotos respectivos: la sabiduría, la generosidad, el amor benevolente, la ecuanimidad y la alegría empática.
En algunas enseñanzas también se dice que el pavo real no puede volar alto por su larguísima cola. Sin embargo, lejos de presentar esta limitación como un problema, la convierte en su mayor atractivo. Es decir, de nuevo la imagen simbólica de un ser capaz de trasmutar lo aparentemente negativo en positivo, las limitaciones en fortalezas.
En realidad el pavo real no se alimenta de venenos y su capacidad de volar más o menos no depende del tamaño de su preciosa cola. Pero esto da lo mismo. Lo importante es que sepamos y sintamos que podemos cambiar lo que sentimos y lo que vivimos, aunque muchas veces sea muy duro. Como dijo el Buda: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.
Pero hay algo más que no deberíamos olvidar para no quedarnos estancados en este proceso de liberación. Se trata de reconocer nuestro propio valor y nuestros logros. Sin autoestima, sin creer en nosotros mismos no podríamos afrontar el esfuerzo que supone deshacernos de tantas telas de araña que se nos han ido pegando y que no nos dejan movernos libremente. Tener un orgullo sano y reconocer nuestro valor nos da fuerza y alegría para desplegar tantos colores e iluminar con ellos a quienes puedan apreciarlos.

2 comentarios
  1. Avatar de Miguel Peyró
    Miguel Peyró permalink

    ¡Qué bonito, cuánta sabiduría!

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