Para todos aquellos que lean esto, y para quienes no puedan leerlo, dejo aquí la siguiente adaptación personal de la oración budista de «los cuatro pensamientos inconmensurables», con cuya recitación termino siempre las sesiones de meditación, con la aspiración de compartir todos los beneficios que haya podido alcanzar en ellas.
Hoy quiero convertirla en felicitación y aspiración para el año nuevo que comenzará esta noche, extendiéndola en el tiempo y el espacio a todos los seres sintientes y compartiendo con ellos todos los logros y toda la felicidad que haya podido alcanzar durante este año que termina.
Que alcancemos la felicidad y sus causas. Y siempre seamos causa de felicidad.
Que nos liberemos del sufrimiento y de sus causas. Y nunca seamos causa de sufrimiento.
Que permanezcamos en ese estado de plenitud y bienestar.
Que vivamos en armonía y en paz, sin apego ni aversión.
¡Gracias, gracias, gracias!
Cuán dulcemente
los hierros del balcón
van goteando…
Burlete viejo
que tiembla en las rendijas,
si no hay abrazos.
Las hojas secas
ya han caído, sin peso,
sobre la hierba.
Tal vez esto que voy a contar sea cosa de gente atragantada de literatura, de personas que andamos flotando y observando todo como desde las páginas de un libro o, si acaso, desde los fotogramas de una película antigua.
Muchas veces (las más de las veces) tengo la vívida sensación de no pertenecer a este mundo. O, tal vez, que este mundo no existe de verdad. Pero no quiero ser grandilocuente, así que no diré nada del mundo, sino solo de mí. Es una sensación intensa, que me nace de lo más hondo. Es la certeza de no ser un ser real y concreto, sino un personaje de una trama que se está desarrollando en paralelo a otra o a otras tramas.
Como digo, tal vez esto sea un empacho de literatura, aderezado con buenas dosis de filosofía budista, pero desde que recuerdo, lo he sentido así.
La mujer que está escribiendo esto, con su DNI, sus medidas y su grupo sanguíneo es real, claro está, pero lo que hace y lo que piensa vive animado por una mente mucho más versátil y compleja, que no quiere, ni puede, ni debe ceñirse un corsé tan rígido y apretado.
A lo largo de la vida me he ido dando cuenta de que las casualidades no existen y que las serendipias y el azar no son lo que parecen. Hay momentos de lucidez en los que se comprende todo, como si una luz iluminara de pronto y por un instante un espacio cerrado en tinieblas. Se alcanza a ver algo, pero no da tiempo de comprender lo que se ve en una fracción de segundo. Y ahí estamos. Esto que parece poco explicable y casi mágico, realmente lo explicaría todo. Todo lo que, si no, carece por completo de sentido. Sé que este personaje tiene muchas facetas, algunas de ellas muy poco conocidas, incluso para mí. Y esa es la clave y lo fascinante: saberse una ficción.
Hace un par de días terminé de leer “Scaramouche” de Rafael Sabatini. Yo lamentablemente no nací con el don de la risa, como su protagonista. Es más, cuando releo este blog, me doy cuenta del aroma melancólico que flota como una bruma a su alrededor. Pero, claro, eso es un rasgo del carácter de la Marymer que escribe.
Volviendo a “Scaramouche”, se trata de una novela de capa y espada. Considerada literatura juvenil, de acción y aventuras. No diré yo que esto no sea así. Es verdad. Pero hay algo más en “Scaramouche”. Como su protagonista, André-Louis, la novela es de acción, aunque tal vez un tanto «malgré tout». Comienza con planteamientos sociales y filosóficos, pero los acontecimientos necesariamente precipitan el ritmo argumental.
André-Louis es un joven abogado que vive en una aldeíta de la Francia Pre revolucionaria del siglo XVIII. Su origen es incierto y lo apadrina un noble campechano y de buen corazón. André-Louis Moreau es escéptico y no cree en los cambios sociales ni en las ideas revolucionarias, y lo explica muy bien al comienzo de la novela a su querido amigo Philippe de Vilmorin, quien defiende con pasión y elocuencia todo lo contrario. Y precisamente A Philippe ese don de elocuencia y pasión le cuestan la vida porque se enfrenta a un noble, el señor de La Tour d’Azyr, que lo mata en un duelo desigual y trapacero, ante la mirada impotente de nuestro futuro héroe. A partir de entonces, el hombre de letras que es Moreau, el teórico escéptico se lanza al mundo de la acción y de la revolución para ser la voz de su amigo, que ha sido vilmente acallada.
André-Louis se convierte así en un fugitivo. Se refugia y esconde en una compañía de teatro ambulante y llega a ser allí Scaramouche. Tras ese personaje, dentro de ese personaje, puede llegar a desarrollarse como él mismo, como esa parte de él que, de otro modo, nunca podría haber salido a la luz. Su personalidad puede manifestarse libremente, gracias a la máscara que le oculta y le protege frente al mundo.
Pero una y otra vez todo se complica. La trama personal y social se enredan, y André-Louis viene a convertirse en el asistente de un maestro de esgrima en París. La historia de la Revolución Francesa, a partir de este momento, condiciona más aún la vida de los personajes, y hasta la muerte de alguno de ellos. En medio de la agitación, aunque Moreau sigue sabiéndose un hombre de letras abocado a la acción, en poco tiempo alcanza la maestría en el arte de la esgrima. ¿A fuerza de práctica y ejercicio únicamente? Pues no. Su rápido entendimiento se empapa de las obras de grandes maestros de esgrima, que permanecían olvidadas, de adorno, en la exigua biblioteca de la academia. Nuestro Scaramouche es un estudioso, un teórico arrastrado a la acción, que trabaja con tenacidad cada personaje que le toca representar en la vida.
Al principio de la lectura André-Luis era un personaje más en una novela de entretenimiento, encontrada sin ser buscada. Pero, página a página, una se va enamorando, se va encandilando con él, aunque él no parece hacer nada para ello, aunque a él no parezca importarle. Solo al final tenemos la certeza de que nuestro admirado y querido Scaramouche tiene un romántico y tierno corazón.
Confieso que jamás había leído una novela de capa y espada, aunque siempre me han gustado las películas de este género, como “El capitán Blood”, basada en otra novela de Rafael Sabatini. Los piratas corteses y los espadachines me encantan. No así las damas que aparecen en su órbita, personajes un tanto anodinos, demasiado pasivas y melindrosas para mi gusto. En estas obras a mí me gustaría ser el espadachín, lanzando estocadas desde una lámpara de araña al vuelo. ¡Qué emocionante! Hay por ahí una película antigua, que apenas recuerdo, de una mujer pirata, que cautivó mis sueños de niña (tengo que buscarla).
En «Scaramouche», como no podía ser de otro modo, hay sus historias de amor y hasta su anagnórisis final, para que nuestro protagonista sea un noble de pura raza. Pero estos detalles los dejo para quienes quieran leer la novela o ver alguna de las películas que se han hecho basadas en ella. Que yo sepa hay dos versiones cinematográficas, una de los años veinte y otra de 1952, de la que solo conozco la música de Victor Young.
Habría mucho más que decir acerca del personaje de scaramouche, que tiene mucho que ver con ese tema de las máscaras y las personalidades, que tanto me atrae, pero, por hoy y por esta vez, voy a dejarlo aquí, aunque amenazo con seguir…
¡Gracias, Scaramouche, por tu don de la risa y tu elocuencia! El mundo no está tan loco como para no reconocértelo.
Los nubarrones,
con un beso en la frente,
salen volando.
No es virtud de los labios,
es la luz de la frente.
No recuerdo cuándo fue la última vez que le di a mi querida amiga Carmen un beso en la frente. Ella decía que le hacían mucho bien esos besos, y siempre nos despedíamos así.
Hoy hace un año que Carmen dejó esta vida. Fue muy lejos de este Chamberí, en Montevideo, así que no pude darle mi beso de despedida. No pude dárselo, pero sí se lo envié y, ahora, con este tanka lo dejo grabado, para que le llegue allá donde esté y lo tenga siempre.
Carmen Roig fue una mujer llena de energía, buena, valiente y decidida, que me ayudó mucho a creer en mí misma. Y no fui yo sola la que se benefició de su dedicación y su apoyo. Carmen siempre estaba para quien pudiera necesitarla, dispuesta a dar lo más importante que se puede entregar, su tiempo y su amor.
Para recordarla aquí he querido poner esta canción de Mercedes Sosa, otra mujer llena de fuerza que cantó con energía a aquellas que brillan como el sol, como ellas mismas siguen brillando.
Tampoco podía faltar la música de Felisberto Hernández, paisano de Carmen y cuentista como ella. Porque otra de sus facetas era esa precisamente, la literatura. Y, como Felisberto, escribió cuentos llenos de imaginación e ironía, hermosos y alegres, entre otras muchas cosas.
Esta tarde de otoño madrileño, templado y seco (demasiado templado y demasiado seco), el recuerdo de Carmen sigue aquí, en su Madrid que ella tanto quería, a pesar de los pesares. A pesar de que no llueva…
Mi beso en la frente, Carmen.
Y, hablando de la obra de Carmen…
Luis Braille: la historia de un genio de singular “relieve” – CARMEN ROIG
El significado original de la palabra persona tiene poco que ver con lo que entendemos ahora por tal cosa (si es que entendemos algo al respecto, que no sé…). Se trata de una voz del latín antiguo y de origen etrusco, que hace referencia a la máscara de teatro, al personaje, en absoluto a un «yo real».
Hace varias semanas, realizando una práctica de meditación en movimiento, me surgió colocarme las manos delante del rostro. Inmediatamente sentí una gran liberación. Surgió en mi mente la imagen de una máscara de protección que, paradójicamente, me permitiría ser la «yo misma» que quisiera en cada momento.
Esta Marymer (o estas marymeres) conocida, construida día a día, hora a hora, tan falsa y tan real, exige un comportamiento, una actuación como «persona», que a veces cansa, aburre o, lo que es aún peor, limita, coarta la libertad de otras marymeres que pugnan por aparecerse, por abrirse paso en la escena, como esas actrices secundarias que esperan ansiosas a que le dé un «ay» a la actriz principal para salir en su lugar… O no esperan, como en la estupenda película de 1950 «All about Eve». Tal vez por eso, antes de que unas máscaras aniquilen a las otras para abrirse paso y confundirse de nuevo con un «yo real» sería interesante poder verlas y sentirlas a todas como tales, dejarlas que se manifiesten, que jueguen su papel.
Puede ser que eso fuese lo que hacía Fernando Pessoa con sus heterónimos: ponerse máscaras e interpretar los papeles correspondientes. Y, qué curioso, además llamándose precisamente «pessoa». Da qué pensar o, mejor dicho, a mí estos días también me ha dado qué pensar. Siempre me ha gustado jugar a ponerme nombres distintos, a escribir como «otra yo». Ojalá tuviese también el talento de Pessoa. ¡Qué le vamos a hacer!
En fin, el «yo», la «persona», no es más que un compendio de ideas y actitudes con las que nos identificamos. Nos apegamos a nuestras opiniones y a nuestra manera de actuar. seguimos nuestro guion de vida, el que tácitamente nos hemos trazado y el que los demás esperan que interpretemos. ¿Pero qué pasaría si pudiéramos ponernos una máscara y liberarnos de esa otra que ya se nos ha quedado pegada? Quién sabe… Los carnavales son un ejemplo claro de ello, de liberación. Y los pseudónimos literarios también pueden serlo, si uno se deja llevar y si realmente nadie sabe quién eres.
He titulado esta entrada «Persona, vida y máscara» como homenaje a una obra de Matías Montes-Huidobro, que yo consulté y estudié hace más de veinte años. Confieso que no recuerdo apenas nada de su contenido. No obstante, este título, su título, se me quedó grabado. Ya entonces me dio qué pensar y ha resurgido de nuevo estos días, seguramente porque sintetiza muy bien lo que he estado pensando y lo que quiero decir hoy: persona, vida y máscara son una misma cosa, porque son los hilos que, entrecruzados tejen la existencia.
Tengo que seguir reflexionando acerca de todo esto pero, sobre todo, quisiera liberarme de viejas «personas» o «máscaras», sin dañarlas ni romperlas, ya que me temo que eso me obligaría a adoptar otras que acabarían por ser igual de pesadas y estrechas.
No sé… Pero sigo en ello.
Cubre su audacia
con un manto de nubes
el sol de otoño.
Ya estamos en el deseado otoño, pero el sol sigue audaz, dando largas al verano para que no acabe de irse.
Sí, sigue audaz, pero un poco más tímido, escondiéndose a veces tras unas leves nubes que poco ocultan sus verdaderas intenciones, las propias de su naturaleza ardiente.
Habrá que esperar aún para que los días breves y las nubes ya más densas lo templen un poco, al menos por unos meses.
¿Será posible?
Las flores secas,
presas entre páginas,
renacen frescas,
con olor a gardenias
y tintes de violeta.
L es solo un perfume con notas de gardenia. Para mí, tiene tintes de violeta, porque no puedo separar los aromas de los colores.
L es solo un perfume. Pero para mí los perfumes son la esencia de la vida, un placer exquisito y una necesidad. Ojalá pudiera olvidarme del engorro de la comida, eso que para muchos es un placer y para mí una esclavitud primaria. si pudiera nutrirme solo de aromas…
L no es solo un perfume, para mí es la llave de la gaveta donde guardo preciosos recuerdos. No queda mucho en el elegante frasco, así que selecciono bien los momentos en los que me envuelvo en su mágica bruma violeta, que al instante me transporta misteriosamente más lejos aún de donde yo me atrevería a imaginar.

Alguien con muy malas intenciones intenta abrir la puerta. me apoyo desesperada en ella para evitarlo, pero sé que no tengo suficientes fuerzas. La hoja se comba, como si fuera de goma, y yo sigo resistiendo…
*****
Esta pesadilla, que con variantes y finales diferentes se me ha ido repitiendo a lo largo de la vida, me recuerda la metáfora del individuo como una casa con distintas estancias, unas preciosas y coloridas, limpias y perfumadas, otras destartaladas y sucias, algunas oscuras y siniestras, y otras, sencillamente, cerradas a cal y canto.
También he soñado mucho con casas y esos sueños siempre han sido muy significativos para mí. Estoy segura de que la mayoría de ellas eran una visión de la Marymer de ese momento o de la que quería o no quería llegar a ser. Hoy, sobrevolando el entramado que forman los artículos de este blog, después de más de cinco años escribiendo y reescribiendo, lo veo como el plano o el mapa de una ciudad, cuyos edificios y casas somos quienes estamos componiendo esta vida.
Es una ciudad llena de vericuetos, de rincones equívocos y callejones sin salida, semiocultos. También hay avenidas organizadas y bien numeradas, que hasta parecerían un diario, pero ya adelanto que es mentira. He jugado y juego con las fechas, las evocaciones y la literalidad. No me interesan los relatos lineales y no me gustan los diarios. Mi intención estaba y está muy lejos de convertirme en una cronista fiel. Me da igual la historia, mi historia especialmente, me importa la expresión y la impresión de lo sentido y de lo pensado.
Así que este mapa no sirve para hacer un recorrido intelectual. Mejor dicho, no me sirve a mí, porque realmente no creo que pueda interesarle a nadie más siquiera intentarlo. Pero sí para dar vueltas, para jugar con mis propias máscaras, y hasta burlarme de ellas.
Tengo ahora en la memoria el relato de Borges, «el inmortal», con esa ciudad delirante e imposible que se dibuja en sus páginas. Tengo también a «El cartógrafo», que vi hace unos meses en el teatro, y que ya me llevó a pensar en este blog como en un mapa. Y tengo además, desde ni se sabe, una frase de la dulce muchachita de «la tentación vive arriba»: «¡Qué elegante, una escalera que no va a ninguna parte!» (cito de memoria). Siempre que voy a Luarca visito un callejón que acaba precisamente así, con una escalera que no va a ninguna parte, para acordarme de esa escena y compartir ese gusto tan estético de lo completamente inútil.
Este blog es eso: una madeja de artículos donde se pretende que prevalezca de algún modo la belleza y, si se me permite, la elegancia sin ninguna pretensión de utilidad. El mundo y la vida están llenos de cosas útiles y prácticas, así que tal vez solo se pueda aportar algo inútil, bonito y, a ser posible, intrascendente.
Este mapa, dibujado aquí durante los últimos cinco años, abarca en realidad mucho más tiempo, tal vez todos los años que he vivido y aún más allá, enlazando con otros mapas de los que solo alcanzo a ver los bordes más cercanos. Los edificios y las casas, que se alinean y descolocan formando sus calles, nos parecemos a quienes estamos en este samsara común. Pero solo nos parecemos, porque un mapa no es la ciudad, ni siquiera cuando se respetan las escalas y los tiempos; así que, cuando voluntariamente se rompe el orden y la proporcionalidad, queda solo el mapa de un sueño.
https://marymer.wordpress.com/2016/04/25/las-calles-de-la-alfama/
Hoy hace tres años que murió mi madre. La tengo presente siempre y siempre la echo de menos.
Cada vez soy más consciente de lo mucho que vive de ella en mí. El amor por la literatura, el gusto por el cine clásico, el sonido del piano, la debilidad ante un ramo de rosas o la alegría al apreciar un perfume exquisito son algunas de las cosas que aprendí a disfrutar gracias a ella, más por ver su propio deleite, que porque ella pretendiese inculcarme nada.
Su sensibilidad ante los animales, cuando, por ejemplo, intentaba convencer a alguna mosca despistada de que saliera de la cocina, y sus manos… esas manos que hoy tanto se parecen a las mías. Llevo con amor su alianza de casada, que me recuerda (aunque no lo olvido) mi compromiso como hija.
Mi madre siempre valoró la independencia y me transmitió la importancia de ese valor. Sé hoy que esto es relativo para todos, pero esto no contraviene en absoluto el camino de la liberación. En eso aún me queda mucho por recorrer.
Mi madre era dulce y firme, muy dulce y muy, muy firme. Yo no tengo ni esa dulzura ni de lejos su firmeza, pero cada vez admiro más esa mezcla que tanta autoridad confería a sus palabras y a sus acciones, siempre educadas y siempre medidas. Mercedes era una reina y como tal se comportaba.
Si tuviera que quedarme con una sola entrada de este blog, sería con «El sueño de Mucalinda». Ahí está todo. Por eso hago «trampa» y la voy arrastrando, cambiándola de fecha para que siempre esté vigente. Hoy he vuelto a traerla al presente para regalársela de nuevo a ella, que tanto quiso que yo escribiera, que tanto intentó comprenderme y que tan poco le dejé saber de mí.
En «El sueño de Mucalinda», en esta entrada, está todo y ella ya lo sabe.
Como dice William Wordsworkth en su «Oda a la inmortalidad»:
«Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la yerba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste
siempre en el recuerdo».
Y añado que tal vez no solo en el recuerdo, porque el presente y el futuro no carece ni carecerá de tal belleza. Lo sé y, ante todo, lo siento.
Estos versos, para mí famosos por la película «Esplendor en la hierba», también me recuerdan a mi madre. A ella le encantaba Natalie Wood y a mí el desenlace final de esa película, que me dejó una impresión profunda que ha ido adquiriendo sentido con el tiempo y con la vida. Como tantas veces, la emoción precedió a la razón y el afecto a las explicaciones.
Quería hablar de Mercedes Madre y, al final, inevitablemente aquí estamos las dos. Seguimos y seguiremos juntas, y lo digo con alegría y, sobre todo, con convicción, como se lo dije a ella.
¡Gracias. Gracias. Gracias!
La alegría y la ilusión están también en esta canción que a ella tanto le gustaba.
Y también aquí está el enlace a «El sueño de Mucalinda»:
https://marymer.wordpress.com/2017/09/30/el-sueno-de-mucalinda/
https://marymer.wordpress.com/2012/08/24/de-trapos-y-de-letras-presentacion/
Desde el espacio,
modulando las sombras,
ríe traviesa.
En la cosmología shinto el Sol es una diosa, amaterasu.
Me parece un acierto pleno: nada de lunas luneras cascabeleras, traicioneras y liantas. La luz, tanto en sentido físico como metafórico, la Sabiduría, la bondad, el bien, son los atributos de una diosa hermosa, alegre y juguetona, que, cuando se esconde, deja a todos a oscuras -ni siquiera a dos velas-, tanto a dioses como a hombres. Aunque, si bien es cierto, no por mucho tiempo, porque el aislamiento no es lo suyo y, en cuanto escucha el jolgorio fuera de la cueva donde se ha ocultado, no puede evitar asomarse.
Hoy, escuchando esta preciosa aria de “Der Hölle Rache kocht in meinem Herze”, pensaba que más me suena a sombras, maldad e ignorancia la voz de bajo de sarastro que la elevada y luminosa de la Reina de la Noche. ¡Qué poco atinada distribución de voces y de papeles! Siempre he pensado esto al escuchar “La flauta mágica”. Sin duda, la “buena” tendría que ser ella y no él, como pasa en la cosmología japonesa: amaterasu es la luz, generosa, inteligente y bondadosa, mientras que sus dos hermanos, Tsukiyomi (dios de la luna) y Susanoo, tiran más bien a brutos, agresivos y no muy espabilados.
Si una servidora tuviera conocimientos y capacidades musicales suficientes (¡Ahí es na!) compondría una versión de “La flauta mágica” a la japonesa, dándole la vuelta a todo, ¡y que se chinche la misógina masonería! Aunque, bien es cierto que, al menos en esta reencarnación y por mi causa, me parece que no se va a chinchar nadie…
¿La estela lunar
ha cambiado su rumbo?
En el balcón,
Los ruidos son silencio
Sin el canto del grillo.
Cada noche le he estado esperando. Sentada en el balcón, acurrucada encima del aparato del aire acondicionado, en silencio y atenta, con las orejas de punta, he buscado y rebuscado a través de los sonidos de la ciudad, pero ni una sola vez he escuchado su rítmica llamada.
Y es que desde hace algunos veranos un grillo chulapón y descarado ha estado desafiando bajo mi balcón a los rugidos de los motores, a los altavoces pachangueros de los coches, a los ladridos de los perros, a los berridos de los “viandantes contentos” y a todo el enjambre de ruidos urbanos que laten en este Chamberí a cualquier hora del día y de la noche. Con una energía sorprendente se hacía valer y proyectaba su reclamo de amor por encima y entre el barullo. Se estaba varios días y, sobre todo, varias noches dedicado a ello, esperando la llegada de la grillita que le escuchase y le respondiese con su visita. ¿Con tanto esfuerzo, cómo no atenderle?
Pues este tórrido y largo verano mi audaz grillo no ha venido por aquí. ¿Será que le dieron calabazas el año pasado y se ha buscado un sitio mejor? Supongo que será así, que habrá seguido la estela de la luz de la luna, y esta le habrá conducido a un hermoso jardín donde, sin tanto esfuerzo, habrá podido encontrarse con una grillita dulce y amorosa.
Me alegro por él, mejor dicho, por ellos, pero sin su presencia este verano para mí no ha sido igual. Le he echado mucho de menos. Así son de desiguales las relaciones… Seguro que él ni ha notado mi ausencia.
Hoy está siendo un día fresco y tormentoso. Aunque estemos en agosto, el otoño ya ha enviado su tarjeta de visita. Sé que este verano ya no le escucharé. Es tarde. Pero, aún así, seguiré soñando y seguiré saliendo al balcón mientras haga calor, por si, al final, decidiera sorprenderme con una serenata antes de que se instale el otoño.