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Casi invierno

Burlete viejo
que tiembla en las rendijas,
si no hay abrazos.

Las hojas secas
ya han caído, sin peso,
sobre la hierba.

Scaramouche 🎭

Tal vez esto que voy a contar sea cosa de gente atragantada de literatura, de personas que andamos flotando y observando todo como desde las páginas de un libro o, si acaso, desde los fotogramas de una película antigua.
Muchas veces (las más de las veces) tengo la vívida sensación de no pertenecer a este mundo. O, tal vez, que este mundo no existe de verdad. Pero no quiero ser grandilocuente, así que no diré nada del mundo, sino solo de mí. Es una sensación intensa, que me nace de lo más hondo. Es la certeza de no ser un ser real y concreto, sino un personaje de una trama que se está desarrollando en paralelo a otra o a otras tramas.
Como digo, tal vez esto sea un empacho de literatura, aderezado con buenas dosis de filosofía budista, pero desde que recuerdo, lo he sentido así.
La mujer que está escribiendo esto, con su DNI, sus medidas y su grupo sanguíneo es real, claro está, pero lo que hace y lo que piensa vive animado por una mente mucho más versátil y compleja, que no quiere, ni puede, ni debe ceñirse un corsé tan rígido y apretado.
A lo largo de la vida me he ido dando cuenta de que las casualidades no existen y que las serendipias y el azar no son lo que parecen. Hay momentos de lucidez en los que se comprende todo, como si una luz iluminara de pronto y por un instante un espacio cerrado en tinieblas. Se alcanza a ver algo, pero no da tiempo de comprender lo que se ve en una fracción de segundo. Y ahí estamos. Esto que parece poco explicable y casi mágico, realmente lo explicaría todo. Todo lo que, si no, carece por completo de sentido. Sé que este personaje tiene muchas facetas, algunas de ellas muy poco conocidas, incluso para mí. Y esa es la clave y lo fascinante: saberse una ficción.
Hace un par de días terminé de leer “Scaramouche” de Rafael Sabatini. Yo lamentablemente no nací con el don de la risa, como su protagonista. Es más, cuando releo este blog, me doy cuenta del aroma melancólico que flota como una bruma a su alrededor. Pero, claro, eso es un rasgo del carácter de la Marymer que escribe.
Volviendo a “Scaramouche”, se trata de una novela de capa y espada. Considerada literatura juvenil, de acción y aventuras. No diré yo que esto no sea así. Es verdad. Pero hay algo más en “Scaramouche”. Como su protagonista, André-Louis, la novela es de acción, aunque tal vez un tanto «malgré tout». Comienza con planteamientos sociales y filosóficos, pero los acontecimientos necesariamente precipitan el ritmo argumental.
André-Louis es un joven abogado que vive en una aldeíta de la Francia Pre revolucionaria del siglo XVIII. Su origen es incierto y lo apadrina un noble campechano y de buen corazón. André-Louis Moreau es escéptico y no cree en los cambios sociales ni en las ideas revolucionarias, y lo explica muy bien al comienzo de la novela a su querido amigo Philippe de Vilmorin, quien defiende con pasión y elocuencia todo lo contrario. Y precisamente A Philippe ese don de elocuencia y pasión le cuestan la vida porque se enfrenta a un noble, el señor de La Tour d’Azyr, que lo mata en un duelo desigual y trapacero, ante la mirada impotente de nuestro futuro héroe. A partir de entonces, el hombre de letras que es Moreau, el teórico escéptico se lanza al mundo de la acción y de la revolución para ser la voz de su amigo, que ha sido vilmente acallada.
André-Louis se convierte así en un fugitivo. Se refugia y esconde en una compañía de teatro ambulante y llega a ser allí Scaramouche. Tras ese personaje, dentro de ese personaje, puede llegar a desarrollarse como él mismo, como esa parte de él que, de otro modo, nunca podría haber salido a la luz. Su personalidad puede manifestarse libremente, gracias a la máscara que le oculta y le protege frente al mundo.
Pero una y otra vez todo se complica. La trama personal y social se enredan, y André-Louis viene a convertirse en el asistente de un maestro de esgrima en París. La historia de la Revolución Francesa, a partir de este momento, condiciona más aún la vida de los personajes, y hasta la muerte de alguno de ellos. En medio de la agitación, aunque Moreau sigue sabiéndose un hombre de letras abocado a la acción, en poco tiempo alcanza la maestría en el arte de la esgrima. ¿A fuerza de práctica y ejercicio únicamente? Pues no. Su rápido entendimiento se empapa de las obras de grandes maestros de esgrima, que permanecían olvidadas, de adorno, en la exigua biblioteca de la academia. Nuestro Scaramouche es un estudioso, un teórico arrastrado a la acción, que trabaja con tenacidad cada personaje que le toca representar en la vida.
Al principio de la lectura André-Luis era un personaje más en una novela de entretenimiento, encontrada sin ser buscada. Pero, página a página, una se va enamorando, se va encandilando con él, aunque él no parece hacer nada para ello, aunque a él no parezca importarle. Solo al final tenemos la certeza de que nuestro admirado y querido Scaramouche tiene un romántico y tierno corazón.
Confieso que jamás había leído una novela de capa y espada, aunque siempre me han gustado las películas de este género, como “El capitán Blood”, basada en otra novela de Rafael Sabatini. Los piratas corteses y los espadachines me encantan. No así las damas que aparecen en su órbita, personajes un tanto anodinos, demasiado pasivas y melindrosas para mi gusto. En estas obras a mí me gustaría ser el espadachín, lanzando estocadas desde una lámpara de araña al vuelo. ¡Qué emocionante! Hay por ahí una película antigua, que apenas recuerdo, de una mujer pirata, que cautivó mis sueños de niña (tengo que buscarla).
En «Scaramouche», como no podía ser de otro modo, hay sus historias de amor y hasta su anagnórisis final, para que nuestro protagonista sea un noble de pura raza. Pero estos detalles los dejo para quienes quieran leer la novela o ver alguna de las películas que se han hecho basadas en ella. Que yo sepa hay dos versiones cinematográficas, una de los años veinte y otra de 1952, de la que solo conozco la música de Victor Young.
Habría mucho más que decir acerca del personaje de scaramouche, que tiene mucho que ver con ese tema de las máscaras y las personalidades, que tanto me atrae, pero, por hoy y por esta vez, voy a dejarlo aquí, aunque amenazo con seguir…
¡Gracias, Scaramouche, por tu don de la risa y tu elocuencia! El mundo no está tan loco como para no reconocértelo.

Un beso en la frente

Los nubarrones,
con un beso en la frente,
salen volando.
No es virtud de los labios,
es la luz de la frente.

No recuerdo cuándo fue la última vez que le di a mi querida amiga Carmen un beso en la frente. Ella decía que le hacían mucho bien esos besos, y siempre nos despedíamos así.
Hoy hace un año que Carmen dejó esta vida. Fue muy lejos de este Chamberí, en Montevideo, así que no pude darle mi beso de despedida. No pude dárselo, pero sí se lo envié y, ahora, con este tanka lo dejo grabado, para que le llegue allá donde esté y lo tenga siempre.
Carmen Roig fue una mujer llena de energía, buena, valiente y decidida, que me ayudó mucho a creer en mí misma. Y no fui yo sola la que se benefició de su dedicación y su apoyo. Carmen siempre estaba para quien pudiera necesitarla, dispuesta a dar lo más importante que se puede entregar, su tiempo y su amor.
Para recordarla aquí he querido poner esta canción de Mercedes Sosa, otra mujer llena de fuerza que cantó con energía a aquellas que brillan como el sol, como ellas mismas siguen brillando.
Tampoco podía faltar la música de Felisberto Hernández, paisano de Carmen y cuentista como ella. Porque otra de sus facetas era esa precisamente, la literatura. Y, como Felisberto, escribió cuentos llenos de imaginación e ironía, hermosos y alegres, entre otras muchas cosas.
Esta tarde de otoño madrileño, templado y seco (demasiado templado y demasiado seco), el recuerdo de Carmen sigue aquí, en su Madrid que ella tanto quería, a pesar de los pesares. A pesar de que no llueva…
Mi beso en la frente, Carmen.

Y, hablando de la obra de Carmen…

Luis Braille: la historia de un genio de singular “relieve” – CARMEN ROIG

Persona, vida y máscara

El significado original de la palabra persona tiene poco que ver con lo que entendemos ahora por tal cosa (si es que entendemos algo al respecto, que no sé…). Se trata de una voz del latín antiguo y de origen etrusco, que hace referencia a la máscara de teatro, al personaje, en absoluto a un «yo real».
Hace varias semanas, realizando una práctica de meditación en movimiento, me surgió colocarme las manos delante del rostro. Inmediatamente sentí una gran liberación. Surgió en mi mente la imagen de una máscara de protección que, paradójicamente, me permitiría ser la «yo misma» que quisiera en cada momento.
Esta Marymer (o estas marymeres) conocida, construida día a día, hora a hora, tan falsa y tan real, exige un comportamiento, una actuación como «persona», que a veces cansa, aburre o, lo que es aún peor, limita, coarta la libertad de otras marymeres que pugnan por aparecerse, por abrirse paso en la escena, como esas actrices secundarias que esperan ansiosas a que le dé un «ay» a la actriz principal para salir en su lugar… O no esperan, como en la estupenda película de 1950 «All about Eve». Tal vez por eso, antes de que unas máscaras aniquilen a las otras para abrirse paso y confundirse de nuevo con un «yo real» sería interesante poder verlas y sentirlas a todas como tales, dejarlas que se manifiesten, que jueguen su papel.
Puede ser que eso fuese lo que hacía Fernando Pessoa con sus heterónimos: ponerse máscaras e interpretar los papeles correspondientes. Y, qué curioso, además llamándose precisamente «pessoa». Da qué pensar o, mejor dicho, a mí estos días también me ha dado qué pensar. Siempre me ha gustado jugar a ponerme nombres distintos, a escribir como «otra yo». Ojalá tuviese también el talento de Pessoa. ¡Qué le vamos a hacer!
En fin, el «yo», la «persona», no es más que un compendio de ideas y actitudes con las que nos identificamos. Nos apegamos a nuestras opiniones y a nuestra manera de actuar. seguimos nuestro guion de vida, el que tácitamente nos hemos trazado y el que los demás esperan que interpretemos. ¿Pero qué pasaría si pudiéramos ponernos una máscara y liberarnos de esa otra que ya se nos ha quedado pegada? Quién sabe… Los carnavales son un ejemplo claro de ello, de liberación. Y los pseudónimos literarios también pueden serlo, si uno se deja llevar y si realmente nadie sabe quién eres.
He titulado esta entrada «Persona, vida y máscara» como homenaje a una obra de Matías Montes-Huidobro, que yo consulté y estudié hace más de veinte años. Confieso que no recuerdo apenas nada de su contenido. No obstante, este título, su título, se me quedó grabado. Ya entonces me dio qué pensar y ha resurgido de nuevo estos días, seguramente porque sintetiza muy bien lo que he estado pensando y lo que quiero decir hoy: persona, vida y máscara son una misma cosa, porque son los hilos que, entrecruzados tejen la existencia.
Tengo que seguir reflexionando acerca de todo esto pero, sobre todo, quisiera liberarme de viejas «personas» o «máscaras», sin dañarlas ni romperlas, ya que me temo que eso me obligaría a adoptar otras que acabarían por ser igual de pesadas y estrechas.
No sé… Pero sigo en ello.

Sol de otoño

Cubre su audacia
con un manto de nubes
el sol de otoño.

Ya estamos en el deseado otoño, pero el sol sigue audaz, dando largas al verano para que no acabe de irse.
Sí, sigue audaz, pero un poco más tímido, escondiéndose a veces tras unas leves nubes que poco ocultan sus verdaderas intenciones, las propias de su naturaleza ardiente.
Habrá que esperar aún para que los días breves y las nubes ya más densas lo templen un poco, al menos por unos meses.
¿Será posible?

Con «L» de gardenia

Las flores secas,
presas entre páginas,
renacen frescas,
con olor a gardenias
y tintes de violeta.

L es solo un perfume con notas de gardenia. Para mí, tiene tintes de violeta, porque no puedo separar los aromas de los colores.
L es solo un perfume. Pero para mí los perfumes son la esencia de la vida, un placer exquisito y una necesidad. Ojalá pudiera olvidarme del engorro de la comida, eso que para muchos es un placer y para mí una esclavitud primaria. si pudiera nutrirme solo de aromas…
L no es solo un perfume, para mí es la llave de la gaveta donde guardo preciosos recuerdos. No queda mucho en el elegante frasco, así que selecciono bien los momentos en los que me envuelvo en su mágica bruma violeta, que al instante me transporta misteriosamente más lejos aún de donde yo me atrevería a imaginar.

El mapa de un sueño: Así que han pasado cinco años…

Alguien con muy malas intenciones intenta abrir la puerta. me apoyo desesperada en ella para evitarlo, pero sé que no tengo suficientes fuerzas. La hoja se comba, como si fuera de goma, y yo sigo resistiendo…

*****

Esta pesadilla, que con variantes y finales diferentes se me ha ido repitiendo a lo largo de la vida, me recuerda la metáfora del individuo como una casa con distintas estancias, unas preciosas y coloridas, limpias y perfumadas, otras destartaladas y sucias, algunas oscuras y siniestras, y otras, sencillamente, cerradas a cal y canto.
También he soñado mucho con casas y esos sueños siempre han sido muy significativos para mí. Estoy segura de que la mayoría de ellas eran una visión de la Marymer de ese momento o de la que quería o no quería llegar a ser. Hoy, sobrevolando el entramado que forman los artículos de este blog, después de más de cinco años escribiendo y reescribiendo, lo veo como el plano o el mapa de una ciudad, cuyos edificios y casas somos quienes estamos componiendo esta vida.
Es una ciudad llena de vericuetos, de rincones equívocos y callejones sin salida, semiocultos. También hay avenidas organizadas y bien numeradas, que hasta parecerían un diario, pero ya adelanto que es mentira. He jugado y juego con las fechas, las evocaciones y la literalidad. No me interesan los relatos lineales y no me gustan los diarios. Mi intención estaba y está muy lejos de convertirme en una cronista fiel. Me da igual la historia, mi historia especialmente, me importa la expresión y la impresión de lo sentido y de lo pensado.
Así que este mapa no sirve para hacer un recorrido intelectual. Mejor dicho, no me sirve a mí, porque realmente no creo que pueda interesarle a nadie más siquiera intentarlo. Pero sí para dar vueltas, para jugar con mis propias máscaras, y hasta burlarme de ellas.
Tengo ahora en la memoria el relato de Borges, «el inmortal», con esa ciudad delirante e imposible que se dibuja en sus páginas. Tengo también a «El cartógrafo», que vi hace unos meses en el teatro, y que ya me llevó a pensar en este blog como en un mapa. Y tengo además, desde ni se sabe, una frase de la dulce muchachita de «la tentación vive arriba»: «¡Qué elegante, una escalera que no va a ninguna parte!» (cito de memoria). Siempre que voy a Luarca visito un callejón que acaba precisamente así, con una escalera que no va a ninguna parte, para acordarme de esa escena y compartir ese gusto tan estético de lo completamente inútil.
Este blog es eso: una madeja de artículos donde se pretende que prevalezca de algún modo la belleza y, si se me permite, la elegancia sin ninguna pretensión de utilidad. El mundo y la vida están llenos de cosas útiles y prácticas, así que tal vez solo se pueda aportar algo inútil, bonito y, a ser posible, intrascendente.
Este mapa, dibujado aquí durante los últimos cinco años, abarca en realidad mucho más tiempo, tal vez todos los años que he vivido y aún más allá, enlazando con otros mapas de los que solo alcanzo a ver los bordes más cercanos. Los edificios y las casas, que se alinean y descolocan formando sus calles, nos parecemos a quienes estamos en este samsara común. Pero solo nos parecemos, porque un mapa no es la ciudad, ni siquiera cuando se respetan las escalas y los tiempos; así que, cuando voluntariamente se rompe el orden y la proporcionalidad, queda solo el mapa de un sueño.

https://marymer.wordpress.com/2016/04/25/las-calles-de-la-alfama/

Para Mercedes

Hoy hace tres años que murió mi madre. La tengo presente siempre y siempre la echo de menos.
Cada vez soy más consciente de lo mucho que vive de ella en mí. El amor por la literatura, el gusto por el cine clásico, el sonido del piano, la debilidad ante un ramo de rosas o la alegría al apreciar un perfume exquisito son algunas de las cosas que aprendí a disfrutar gracias a ella, más por ver su propio deleite, que porque ella pretendiese inculcarme nada.
Su sensibilidad ante los animales, cuando, por ejemplo, intentaba convencer a alguna mosca despistada de que saliera de la cocina, y sus manos… esas manos que hoy tanto se parecen a las mías. Llevo con amor su alianza de casada, que me recuerda (aunque no lo olvido) mi compromiso como hija.
Mi madre siempre valoró la independencia y me transmitió la importancia de ese valor. Sé hoy que esto es relativo para todos, pero esto no contraviene en absoluto el camino de la liberación. En eso aún me queda mucho por recorrer.
Mi madre era dulce y firme, muy dulce y muy, muy firme. Yo no tengo ni esa dulzura ni de lejos su firmeza, pero cada vez admiro más esa mezcla que tanta autoridad confería a sus palabras y a sus acciones, siempre educadas y siempre medidas. Mercedes era una reina y como tal se comportaba.
Si tuviera que quedarme con una sola entrada de este blog, sería con «El sueño de Mucalinda». Ahí está todo. Por eso hago «trampa» y la voy arrastrando, cambiándola de fecha para que siempre esté vigente. Hoy he vuelto a traerla al presente para regalársela de nuevo a ella, que tanto quiso que yo escribiera, que tanto intentó comprenderme y que tan poco le dejé saber de mí.
En «El sueño de Mucalinda», en esta entrada, está todo y ella ya lo sabe.
Como dice William Wordsworkth en su «Oda a la inmortalidad»:
«Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la yerba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste
siempre en el recuerdo».
Y añado que tal vez no solo en el recuerdo, porque el presente y el futuro no carece ni carecerá de tal belleza. Lo sé y, ante todo, lo siento.
Estos versos, para mí famosos por la película «Esplendor en la hierba», también me recuerdan a mi madre. A ella le encantaba Natalie Wood y a mí el desenlace final de esa película, que me dejó una impresión profunda que ha ido adquiriendo sentido con el tiempo y con la vida. Como tantas veces, la emoción precedió a la razón y el afecto a las explicaciones.
Quería hablar de Mercedes Madre y, al final, inevitablemente aquí estamos las dos. Seguimos y seguiremos juntas, y lo digo con alegría y, sobre todo, con convicción, como se lo dije a ella.
¡Gracias. Gracias. Gracias!

 

La alegría y la ilusión están también en esta canción que a ella tanto le gustaba.
Y también aquí está el enlace a «El sueño de Mucalinda»:
https://marymer.wordpress.com/2017/09/30/el-sueno-de-mucalinda/
https://marymer.wordpress.com/2012/08/24/de-trapos-y-de-letras-presentacion/

Amaterasu y la Reina de la Noche

Desde el espacio,
modulando las sombras,
ríe traviesa.

En la cosmología shinto el Sol es una diosa, amaterasu.
Me parece un acierto pleno: nada de lunas luneras cascabeleras, traicioneras y liantas. La luz, tanto en sentido físico como metafórico, la Sabiduría, la bondad, el bien, son los atributos de una diosa hermosa, alegre y juguetona, que, cuando se esconde, deja a todos a oscuras -ni siquiera a dos velas-, tanto a dioses como a hombres. Aunque, si bien es cierto, no por mucho tiempo, porque el aislamiento no es lo suyo y, en cuanto escucha el jolgorio fuera de la cueva donde se ha ocultado, no puede evitar asomarse.
Hoy, escuchando esta preciosa aria de “Der Hölle Rache kocht in meinem Herze”, pensaba que más me suena a sombras, maldad e ignorancia la voz de bajo de sarastro que la elevada y luminosa de la Reina de la Noche. ¡Qué poco atinada distribución de voces y de papeles! Siempre he pensado esto al escuchar “La flauta mágica”. Sin duda, la “buena” tendría que ser ella y no él, como pasa en la cosmología japonesa: amaterasu es la luz, generosa, inteligente y bondadosa, mientras que sus dos hermanos, Tsukiyomi (dios de la luna) y Susanoo, tiran más bien a brutos, agresivos y no muy espabilados.
Si una servidora tuviera conocimientos y capacidades musicales suficientes (¡Ahí es na!) compondría una versión de “La flauta mágica” a la japonesa, dándole la vuelta a todo, ¡y que se chinche la misógina masonería! Aunque, bien es cierto que, al menos en esta reencarnación y por mi causa, me parece que no se va a chinchar nadie…

Chamberí sin ti

 

¿La estela lunar

ha cambiado su rumbo?

En el balcón,

Los ruidos son silencio

Sin el canto del grillo.

Cada noche le he estado esperando. Sentada en el balcón, acurrucada encima del aparato del aire acondicionado, en silencio y atenta, con las orejas de punta, he buscado y rebuscado a través de los sonidos de la ciudad, pero ni una sola vez he escuchado su rítmica llamada.
Y es que desde hace algunos veranos un grillo chulapón y descarado ha estado desafiando bajo mi balcón a los rugidos de los motores, a los altavoces pachangueros de los coches, a los ladridos de los perros, a los berridos de los “viandantes contentos” y a todo el enjambre de ruidos urbanos que laten en este Chamberí a cualquier hora del día y de la noche. Con una energía sorprendente se hacía valer y proyectaba su reclamo de amor por encima y entre el barullo. Se estaba varios días y, sobre todo, varias noches dedicado a ello, esperando la llegada de la grillita que le escuchase y le respondiese con su visita. ¿Con tanto esfuerzo, cómo no atenderle?
Pues este tórrido y largo verano mi audaz grillo no ha venido por aquí. ¿Será que le dieron calabazas el año pasado y se ha buscado un sitio mejor? Supongo que será así, que habrá seguido la estela de la luz de la luna, y esta le habrá conducido a un hermoso jardín donde, sin tanto esfuerzo, habrá podido encontrarse con una grillita dulce y amorosa.
Me alegro por él, mejor dicho, por ellos, pero sin su presencia este verano para mí no ha sido igual. Le he echado mucho de menos. Así son de desiguales las relaciones… Seguro que él ni ha notado mi ausencia.
Hoy está siendo un día fresco y tormentoso. Aunque estemos en agosto, el otoño ya ha enviado su tarjeta de visita. Sé que este verano ya no le escucharé. Es tarde. Pero, aún así, seguiré soñando y seguiré saliendo al balcón mientras haga calor, por si, al final, decidiera sorprenderme con una serenata antes de que se instale el otoño.

Mi inspiración: Sei Shonagon

Aunque Sei Shonagon es de sobra conocida por su “Libro de la almohada” (“Makura no Soshi”), me interesa mucho hablar de ella. Esta mujer, objetivamente lejana para mí tanto en el tiempo como en el espacio, ha sido –y aún es- una de mis fuentes de inspiración. Me identifico mucho con su sensibilidad estética al observar las cosas, tanto las cotidianas como las extraordinarias; pero especialmente las primeras. Sus listas de cosas feas, bonitas, alegres, deprimentes, muestran a una mujer que observa el mundo con expectación, con curiosidad, como si cada día y en cada detalle se pudiera encerrar un mensaje conmovedor.

Como ejemplo coloco el comienzo del libro:

“En primavera, el amanecer. Cuando al insinuarse la luz sobre las colinas, los contornos se tiñen de un pálido rojo y purpúreos jirones de nubes flotan sobre las cimas.

En verano, las noches. No sólo las de luna brillante sino también las oscuras, cuando las luciérnagas revolotean, y aun las de lluvia, tan bellas.

En otoño, el atardecer. Cuando el sol resplandeciente se hunde cerca de la ladera de las colinas y los cuervos cruzan el cielo en grupos de tres o cuatro o de a dos, de vuelta a sus nidos; o las garzas en bandada se dispersan en el cielo distante. Cuando se oculta el sol, el corazón se conmueve con el sonido del viento y el zumbido de los insectos.

En invierno, las mañanas. Por cierto bellas cuando ha caído nieve durante la noche, pero espléndidas también cuando el suelo está blanco por la escarcha; y, cuando no hay nieve ni escarcha y sólo hace mucho frío y las criadas corren de una habitación a otra atizando el fuego y cargando carbón, ¡qué bien se corresponde la escena con la índole de la estación! Pero al mediodía nadie se molesta por mantener los braseros encendidos y pronto sólo hay pilas de ceniza blanca”.

“El libro de la almohada” es una colección de notas personales de Sei Shonagon. Su título procede de lo que literalmente era: un conjunto de textos que ella guardaba en el cajón de su almohada. ¿Una almohada con un cajón? Pues sí. Las almohadas japonesas eran como pequeños cofrecillos acolchados (según he visto alguna vez), donde se reposaba la nuca. Estos pequeños muebles podían tener una gavetita donde el propietario guardaba sus objetos más íntimos. Así que nuestra dama guardaba allí sus anotaciones, que comenzó a redactar porque la emperatriz a la que servía, Fujiwara Sadako, le regaló una buena cantidad de papel de escritura.

Sin embargo, a pesar del celo de su propietaria, alguien sustrajo sus secretos del cajón y los publicó: el cotilleo es un mal que no tiene fronteras espaciotemporales. Como era de esperar, parece que el airear las opiniones que ella había escrito para sí misma, a veces con un tono irónico y no demasiado cortés, le trajo algunos problemas. No obstante, de cierto se sabe poco, porque la vida de esta dama está sumida en la nebulosa. Seguramente nació entorno al 965 (justamente mil años antes que una servidora), en la época Heian, y murió alrededor de 1025 (espero yo durar un poco más). Su verdadero nombre fue Kiyohara Akiko (“aki”, si no me equivoco, es otoño), y su apodo procede de la suma de la pronunciación china del carácter inicial de su apellido (Kiyohara), Sei, y el nombre de uno de los rangos de la corte, Shonagon.

Sei Shonagon fue una mujer culta. Instruida por su padre, poeta famoso y hombre influyente en la corte, pudo gracias a él entrar al servicio de la emperatriz. Y era esto lo que ella pensaba de su forma de vivir como dama de la corte:

“Cuando me imagino como una de esas mujeres que viven en su hogar, sirviendo fielmente a sus maridos -mujeres que no tienen la menor perspectiva interesante en la vida pero que creen ser perfectamente felices- siento un poco de desprecio. A veces son de buena cuna, pero no han tenido oportunidad de saber cómo es el mundo. Creo que podrían vivir por un tiempo en nuestro ámbito, y hasta asumiendo el papel de asistentes, de modo que pudieran conocer las delicias que nuestro mundo tiene para ofrecer.

No tolero a los hombres que califican a las mujeres que sirven en Palacio como frívolas y desagradables. Aunque supongo que su prejuicio es comprensible. Después de todo, las mujeres en la Corte no pierden su tiempo escondiéndose modestamente detrás de abanicos o biombos. En cambio, miran a todos a los ojos, y no sólo a otras damas como ellas sino incluso a Sus Majestades Imperiales (cuyos augustos nombres apenas me atrevo a mencionar), a renombrados nobles de la Corte, a cortesanos de edad y a otros caballeros de alto rango. En presencia de estas eminentes figuras las mujeres de Palacio actúan con soltura, ya sean criadas o damas de compañía, o conocidas de las damas que han venido de visita, o mujeres encargadas del orden doméstico, o limpiadoras de letrinas, o mujeres sin más valor que una teja o un guijarro. ¡Cómo sorprendernos de que los hombres las consideren poco humildes! Pero ¿acaso los caballeros lo son más? Ellos no son precisamente tímidos cuando deben alternar con personas importantes en el Palacio. Pues cada uno en la Corte actúa de un modo similar llegado el caso.

Las mujeres que han servido en Palacio y que después contraen matrimonio y viven en su casa son llamadas señoras y reciben el más respetuoso de los tratamientos. Por cierto que muchos creen que estas mujeres, que se han mostrado ante tantos durante años en la Corte, han perdido su gracia femenina. Lo orgullosas que se han de sentir, sin embargo, cuando son nombradas supervisoras de asistentes, o convocadas a Palacio por ocasionales compromisos, o cuando se les ordena servir como enviadas imperiales en el Festival de Kamo. Incluso las que permanecen en sus casas no pierden nada por haber servido en la Corte. De hecho son muy buenas esposas.”

Nuestra Sei Shonagon no está claro que se casase, aunque parece que se unió de manera más estable a dos hombres, y tuvo un hijo con el primero y una hija con el segundo, lo que tampoco impidió que gozara de la compañía de numerosos amantes, según se refleja elegantemente en su diario:

“Cuando visité el templo Bodai para escuchar las Ocho Lecciones para la confirmación, recibí este mensaje de un amigo:

”Por favor, ven pronto. Las cosas son muy monótonas sin ti”.

Yo escribí mi respuesta en un pétalo de loto:

Aunque me ordenes ir

¿cómo podré abandonar estas hojas de loto húmedas de rocío

y regresar a un mundo tan lleno de pena?

Yo me había conmovido profundamente con la ceremonia y sentí que podría permanecer para siempre en el templo. Así debió de sentirse Hsiang Chung cuando se olvidó de las personas que estaban esperándolo ansiosamente en su casa”.

El siguiente episodio, aunque contado en tercera persona, deja adivinar la delicadeza de la narración de la experiencia propia transformada en prosa poética.

“Es de noche y una mujer yace en la cama luego de que su amante se retira. Está cubierta hasta la cabeza con una ligera prenda de color malva forrada de violeta oscuro; las tonalidades del exterior y del interior de su ropa son frescas y brillan. La mujer, que parece despierta, viste un ropaje sin forro de color naranja y un pantalón carmesí de una seda pesada, cuyos cordones desatados cuelgan a un costado. Su cabello en pesadas trenzas se organiza en cascadas, y se puede imaginar lo largo que ha de ser cuando cae libremente sobre su espalda.

Cerca de allí, el amante de otra mujer emprende su regreso en medio de la brumosa noche. Viste amplios pantalones violeta, un traje de caza naranja, de un color tan brillante que no se podría afirmar si ha sido teñido, una prenda de seda cruda blanca y otra de sedoso escarlata. Sus ropas, mojadas con la humedad de la noche, caen sueltas. Por el desaliño de los mechones de sus sienes se puede deducir cuán negligentemente ha acomodado al levantarse su cabello en el tocado negro como laca. Desea regresar y escribir la carta de la mañana antes de que el rocío se desvanezca en las enredaderas de campanillas, pero el sendero se le hace eterno y, para distraerse, tararea ”Los retoños en los campos de lino”.

Al avanzar pasa por una casa con la celosía abierta y no puede evitar detenerse y levantar la cortina para espiar en su interior. Le divierte pensar que otro hombre pasó probablemente la noche allí y que hace poco se levantó para retirarse, tal como le sucedió a él. Quizás también ese hombre sintió el placer del rocío.

Atisbando la habitación, descubre cerca de la almohada de la mujer un abanico abierto de papel púrpura con forma de magnolia, y al pie de la cortina protectora ve unas angostas tiras de papel Michinoku y otras de un color desvaído, como el naranja de los arces.

La mujer se da cuenta de que alguien la observa y, mirando por encima de sus ropas de cama, ve a un caballero que se apoya en la pared y sonríe desde el umbral. Adivina de inmediato que es el tipo de hombre con quien no necesitaría guardar ninguna reserva. Pero ella no desea entablar relación alguna con él, y le molesta que la haya visto dormida.

”Bueno, señora -dice el hombre, avanzando hasta que la parte superior de su cuerpo traspasa las cortinas-, ¡qué largo sueño has disfrutado luego de su despedida matinal! Finges estar acostada”.

”Me dice eso, señor -le contesta ella-, sólo porque está molesto por haber tenido que levantarse antes de que el rocío tuviera tiempo de formarse”.

Su conversación es trivial tal vez, pero encuentro algo encantador en la escena.

Ahora el caballero se inclina todavía más hacia adelante y, por medio de su propio abanico, intenta apropiarse del abanico de la dama de la almohada. Temerosa de su proximidad, ella se retrae aún más en su encierro tras la cortina, mientras su corazón se agita. El caballero toma el abanico con forma de magnolia y, al examinarlo, dice en un tono levemente frío: ”¡Qué poco amistosa que es usted!”

Pero ahora la claridad va aumentando; se oyen voces y ya pronto saldrá el sol. Hasta hace unos instantes este mismo hombre se apresuraba para escribir su carta de la mañana antes de que las brumas se disiparan. ¡Ay, qué rápido ha olvidado sus propósitos!

Mientras todo esto ocurre, el amante original de la mujer ha estado dedicado a su propia carta matinal y ahora, inesperadamente, el mensajero llega a la casa. La carta está prendida a una ramita de trébol, todavía húmeda de rocío, y el papel despide un delicioso perfume a incienso. Pero, a causa del nuevo visitante, los criados no pueden entregársela.

Finalmente resulta insostenible para el caballero permanecer por más tiempo. Al irse, le divierte pensar que una escena similar tal vez esté teniendo lugar en la casa que él ha dejado antes del amanecer”.

(…)

“Para encontrarse con el amante el verano es la estación apropiada. En verdad, las noches son muy cortas y la claridad avanza antes de que una haya pegado un ojo. Como todas las celosías quedan abiertas, permaneciendo acostados se puede ver el jardín en el frío aire matinal.

Quedan aún algunas caricias que intercambiar antes de que el caballero se retire, y mientras se murmuran cosas, de repente se escucha un ruido sordo. Por un instante están seguros de que han sido descubiertos, pero es sólo el graznido de un cuervo que pasa volando por el jardín.

En invierno, cuando hace mucho frío y una está sepultada bajo la ropa de cama escuchando las amorosas palabras de su amante, es una delicia oír el sonoro gong del templo, que parece salir del fondo de un pozo. Los primeros cantos de las aves, que todavía ocultan sus cabezas bajo las alas, suenan extraños y en sordina. Luego los pájaros, uno tras otro, cantan respondiéndose. Placentero es yacer oyendo el sonido que se vuelve cada vez más nítido”.

Estos juegos florales amorosos, tan bien contados, tan delicados, se detallan en todos sus aspectos por alguien que los vive y los goza con delectación. ¡Qué elegante costumbre esa de la carta matinal! El amante, tras pasar la noche con la dama, al volver a su casa, inmediatamente la escribía incluyendo un poema, y enviándolo todo con una ramita florecida, apropiada. Y, por supuesto, la dama también debía responder enseguida. ¡Qué cortesía y qué delicadeza!

Pero la vida de Sei Shonagon no fue sólo lujo y amantes. Cuando la emperatriz murió, tomó los votos de monja (budista, claro) y pasó sus últimos años errante y manteniéndose de limosnas, como correspondía a esta última condición que ella misma eligió. ¡Qué extraño parece que una mujer acostumbrada a los mayores lujos y refinamientos lo dejase todo, absolutamente todo! No obstante, si se leen bien sus notas, se aprecia que estamos ante una persona con una vida interior muy rica y profunda, conviviendo con una frivolidad irónica y desenfadada. A continuación transcribo algunos ejemplos, el primero especialmente divertido (¡qué lista en su elección de predicadores!):

“Un predicador debe ser apuesto ya que, si hemos de comprender sus respetables sentimientos, debemos mantener nuestros ojos sobre él mientras habla, pues si miramos hacia otro lado, olvidaremos lo que escuchamos. Por consiguiente, un predicador feo podría ser fuente de pecado.

Pero la verdad es que debería dejar de escribir este tipo de cosas. Si todavía fuera joven, podría arriesgarme a sufrir las consecuencias por escribir estas impiedades, pero en mi actual estado de vida debo ser menos petulante”.

(…)

“Después de que el monje ha pasado un tiempo en el estrado, un carruaje se detiene frente al templo. Los escoltas limpian el camino de un modo un tanto mecánico y los pasajeros descienden. Son esbeltos caballeros que se ven tan ligeros como las alas de una cigarra con trajes de caza o capas de Corte, con pantalones sueltos y vestidos de seda cruda sin arrugas. Cuando entran al templo, acompañados por un número igual de sirvientes, los devotos, incluidos aquellos que han estado desde el comienzo del servicio, retroceden para hacerles lugar y los jóvenes se ubican al pie de una columna, cerca del estrado. Como cabría esperar de personas así, ahora hacen gala de sus gestos al restregar sus rosarios o al postrarse para orar. El monje, convencido por el aspecto de los recién llegados de que ésta es una gran ocasión, se despacha con un impresionante sermón que cree le dará renombre en la sociedad. Pero tan pronto los jóvenes se han ubicado y han tocado con sus frentes el suelo, muestran deseos de marcharse ante la primera oportunidad. Dos de ellos lanzan miradas a los carruajes de las damas que están afuera, y es fácil imaginar lo que se están diciendo. Reconocen a una de las mujeres y admiran su elegancia; luego, fijando la vista en una extraña, se preguntan quién podrá ser. Me fascina observar este tipo de comportamientos en un templo.

A menudo se escuchan conversaciones como ésta: ”Hubo un servicio en tal templo donde se dijeron las Ocho Lecciones”. ”¿Estaba la dama tal presente?”. ”Claro. ¿Cómo se habría perdido algo así?” Es realmente nefasto que puedan escucharse respuestas como ésta.

Una podría imaginar que no es incorrecto que damas de alto rango visiten templos y echen una discreta mirada al estrado del predicador. Después de todo, incluso mujeres de humilde condición pueden escuchar con devoción sermones religiosos. Sin embargo, en otros tiempos las damas casi nunca iban a los templos a escuchar sermones, y en las pocas visitas que hacían tenían que vestir elegantes ropas de viaje, como las que se usan en los peregrinajes a templos o santuarios. Si la gente de esos tiempos hubiera vivido lo suficiente para ver la conducta de estos días en los templos, ¡cómo habría criticado a las mujeres actuales!”

(…)

“Después de todo, las mujeres llevan la peor parte. Hay, es verdad, casos en que la nodriza de un Emperador es nombrada Asistente o se le concede el Tercer Rango y adquiere así gran dignidad. Pero poco la beneficia pues ya es una mujer vieja. Por otra parte, ¿cuántas mujeres obtienen tales honores? Aquéllas medianamente bien nacidas se consideran felices si logran casarse con un gobernador e ir a las provincias. Por supuesto, a veces sucede que la hija de un plebeyo llega a ser la consorte de un Noble de la Alta Corte y que la hija de un Noble de la Alta Corte se convierte en Emperatriz. Y sin embargo, ni siquiera esto es tan espléndido como cuando un hombre asciende por medio de los nombramientos. ¡Qué complacido se ve este hombre consigo mismo!

¿Quién le presta atención a un capellán que camina por ahí? Aunque recite las Escrituras del modo más impresionante, e incluso sea bastante guapo, las mujeres desprecian a un monje de rango bajo, lo cual es algo muy triste para él. Pero, cuando este mismo hombre se convierte en Obispo o Arzobispo, la gente siente un temor reverente y lo respeta, y todos se convencen de que es el propio Buda el que ha aparecido ante ellos”.

 

 

No me canso de leer estas notas, me sirven como fuente de inspiración, me abren la mente a otro modo de percepción. El texto está lleno de sensualidad: el gusto por los colores, los olores, los sonidos de la naturaleza, las formas delicadas y toscas; todo, absolutamente todo es poético dibujado con el pincel de mi admirada e inspiradora Akiko.

Para acabar, pondré otra breve selección de textos, que, por cierto, no quiero olvidar citar como extraídos de la traducción de Amalia Sato. Esta, para mí, es sin duda la mejor edición en español de las que yo conozco (incluyendo la de María Kodama), tanto por lo completo del texto como por sus notas y aclaraciones. Últimamente me he hecho también con la excelente edición de la Pontificia Universidad Católica DEL Perú, traducida igualmente del japonés, anotada y comentada por Iván A. Pinto Román y Oswaldo Gavidia Cannon, con la especial colaboración de Hiroko Izumi Shimono. Esta versión es de 2002 y está incluida en la Colección Orientalia. No resulta fácil de obtener (tampoco la de Amalia Sato), pero vale la pena intentar tener alguna de estas dos ediciones completas y prescindir de la de Borges y Kodama. Y no digo más, mejor escuchar la voz de Sei…

“Tan sofocante era el calor en el Séptimo Mes que hasta de noche se mantenían las puertas y celosías abiertas. En este tiempo es delicioso levantarse cuando la luna brilla y observarla. Disfruto incluso cuando no hay luna. Pero levantarme en medio de la oscuridad y ver la pálida astilla de la luna en el cielo… bueno, no es necesario que diga cuan perfecto es esto.

Me encanta ver una flamante estera de paja que acaba de ser extendida sobre un piso bien pulido. El mejor lugar para nuestra cortina de tres hojas es en el frente de la habitación, cerca del balcón. No tiene sentido colocarla en el fondo, pues es improbable que alguien pueda espiar en esa dirección”.

(…)

“Capullos de ciruelo, más claros o más oscuros, y sobre todo los bien rojos, me llenan de felicidad. También me gustan las delgadas ramas de los cerezos, con sus pétalos y las hojas de un tinte rojo. Graciosa es la glicina con sus ramas inclinadas por sus racimos de pétalos de color delicado.

Una planta más modesta es u no hana, la cual no merece ningún elogio especial; sin embargo, florece en un momento agradable del año y me divierte creer que un hototogisu puede estar escondido entre sus sombras. Al pasar por la planicie de Murasaki, retornando del Festival, es hermoso ver los capullos blancos de u no hana en los rústicos setos de las casas de campo. Se ven como delgadas túnicas blancas vestidas sobre una prenda verde amarillenta.

Hacia el final del Cuarto Mes y comienzos del Quinto, los naranjos tienen hojas verde oscuro y se cubren con flores de blanco reluciente. Al amanecer, cuando están salpicados con lluvia, se siente que nada en el mundo puede competir con su encanto y, si se tiene la fortuna de ver los frutos, como doradas esferas entre las flores, su vista puede compararse con la más magnífica de todas, que es la de flores de cerezo mojadas con el rocío matinal. Pero no necesito decir más: tanto se ha escrito sobre la belleza de los naranjos en los poemas, que se los relaciona con el hototogisu.

 

Los capullos del peral son más prosaicos, son algo vulgar en este mundo. Cuanto menos los miremos mejor, y ni pensar en asociarlos ni al más trivial de los mensajes. La flor del peral puede compararse con el rostro de una mujer simple, pues su colorido carece de todo encanto. O, por lo menos, eso es lo que yo creía. Como sabía que los chinos admiran los perales y los elogian en sus poemas, me preguntaba qué ven en ellos que los lleva a contemplar sus flores. Me sorprendí al observar que sus pétalos están bellamente delineados, con un tinte rosa tan tenue que no podría asegurar si existe o no. Es con las flores del peral, recordé, con lo que el poeta relacionó el rostro de Yan Kuei-fei cuando ella apareció bañada en lágrimas para encontrarse con el mensajero del Emperador -”como capullos de peral esparcidos en primavera, cubiertos con gotas de lluvia”-, y reconocí que no era ésta una vana figura retórica y que se trataba realmente de una flor magnífica.

(Yan Kuei-fei es la heroína de ”La canción de la pena eterna” del poeta chino de la dinastía Tang, Po Chü-i. La historia cuenta el trágico amor entre el Emperador y su concubina favorita, la bella Yan Kuei-fei, que murió ahorcada en un peral por las tropas en 756, culpada por distraer al Emperador de los asuntos de Estado. ¿No tendría él nada de culpa de “distraerse”?)

Los pimpollos púrpura de la paulonia son una delicia. Debo confesar que no me agrada el aspecto de sus hojas tan anchas cuando se abren… Pero no puedo referirme a la paulonia del mismo modo que lo hago con los otros árboles, pues es en ella donde el grandioso y famoso pájaro de China anida, y esta idea me colma de admiración. Por otra parte, es el árbol que proporciona la madera para los laúdes de los que salen sonidos tan bellos. ¿Cómo pude emplear un término tan común como ”delicia”? La paulonia no es una delicia, es magnífica.

(no me resisto a pensar, tras esta frase, lo caro que debía resultar el papel y la imposibilidad de borrar. Si uno se arrepiente de escribir “delicia”, ya no hay vuelta atrás, salvo enmendarse a posteriori y que todo quede registrado.)

El árbol del paraíso es feo, pero sus flores me parecen muy bonitas. Siempre se las ve el quinto día del Quinto Mes, y hay algo encantador en estas pequeñas flores secas, de forma estrambótica”.

(…)

“El Séptimo Mes, de fieros vientos y chaparrones fuertes, hace casi frío y no me molesto en cargar un abanico. Entonces, me gusta dormir una siesta cubriéndome con ropas que tengan un tenue olor a transpiración”.

(…)

“Un viento de tormenta. Al amanecer, estoy acostada con las celosías y las puertas completamente abiertas y de pronto el viento entra en la habitación y golpea mi cara -delicia extrema”.

(…)

“Hacia el final del Noveno Mes y comienzos del Décimo, el cielo se nubla, soplan fuertes vientos y las hojas amarillas caen suavemente al suelo, sobre todo de los cerezos y los olmos. Todo esto produce una placentera sensación de melancolía. Durante el Décimo Mes, me encantan los jardines que están llenos de árboles”.

(…)

“El día siguiente a un feroz viento de otoño todo me conmueve profundamente. El jardín se ve en un estado lamentable con los bambúes y la cerca golpeados y casi caídos. Ya es terrible que las ramas de uno de los grandes árboles se hayan quebrado con el viento, pero es una sorpresa realmente dolorosa ver que el propio árbol se ha caído y yace sobre los tréboles y las valerianas. Cuando una se sienta en la habitación mirando hacia afuera, el viento, como si lo hiciera adrede, sopla gentilmente las hojas, una por una, a través de las hendiduras de la celosía, y nos resulta difícil creer que es éste el mismo viento que ayer rugía tan violentamente.
Una mañana así, vi a una mujer que se escabullía del vestíbulo central y caminaba unos pocos pasos por la galería. Pude ver que era una belleza natural. Sobre un vestido púrpura oscuro vestía otro sin forro, de color tostado, y uno formal de tela ligera. El ruido del viento debió de haberla tenido despierta toda la noche y se habría levantado después de conciliar muy tarde el sueño. Ahora se arrodillaba en la galería y se miraba en el espejo. Con su largo cabello que se inflaba y se mecía al viento, su visión era realmente espléndida. Mientras ella observaba la escena de desolación del jardín, una niña de unos diecisiete años -no una niñita, pero tampoco se veía como una adulta- se le unió en la galería. Llevaba un vestido para dormir de color violeta oscuro y sobre él una prenda desteñida de gruesa seda, que estaba descosida y húmeda por la lluvia. Su cabello, que había sido cortado en las puntas como los miscanthus del campo, llegaba hasta el suelo, cayendo sobre la galería hasta más allá del borde de su vestido. Viéndola desde un costado, podía adivinar el escarlata de su falda pantalón, el único toque luminoso en su vestimenta”.

Y en el siguiente enlace un estupendo artículo sobre esta obra en «El aposento de los libros»: https://elaposentodeloslibros.wordpress.com/2017/05/30/el-libro-de-la-almohada-makura-no-soshi-sei-shonagon/

Heroínas románticas

Durante demasiados años me he dejado llevar por los prejuicios, con lo que me había privado de lecturas que ahora he descubierto como encantadoras, estimulantes, adictivas y, sobre todo, excelentes. Me estoy ahora refiriendo a las novelas de las grandes escritoras románticas inglesas. Por el momento he descubierto a Ann Radcliffe, Jane Austen, Charlotte y Emily Brontë.
Cualquiera que se encuentre con estas líneas podrá pensar -y con toda razón- que de qué platillo volante me he caído si, con casi medio siglo de vida como lectora, vengo ahora a descubrir la obra de tales autoras. Lo único que puedo decir ante esto es que, por no sé qué, he vivido de espaldas al romanticismo literario, pero con solo un par de toquecitos en el hombro me he dado la vuelta y me he encontrado con un panorama magnífico.
Empecé con Ann Radcliffe y «Los misterios de Udolfo». Un amigo, fascinado por la literatura gótica, fue quien me habló de esta novela. La empecé con poco interés y cierta curiosidad, y me cautivó inmediatamente. «Los misterios de udolfo» me enamoró desde el primer momento porque conjuga una inocencia y una ingenuidad dulces y delicadas, con una profundidad de pensamiento en el razonar de sus personajes y una visión purísima del amor y del bien, que se corresponden punto por punto con la figura, Las acciones, los sentimientos y pensamientos de la heroína, Emily St. Aubert. Emily es dulce y delicada, bella y bondadosa, pero en absoluto ñoña, tonta o débil. Valerosa y firme cuando hace falta, tiene que recurrir a esa gran energía interna porque se ve sometida a múltiples calamidades y pruebas a lo largo de toda la obra. Los enredos y las malas artes no vencen ni doblegan su valor, su amor y su rectitud. Los misterios al final se deshacen como la sal en el agua y triunfa el amor, la razón y el bien: ¡Qué más se puede pedir! Y en esta mezcla de agua y sal, el resultado no puede ser ni melifluo ni soso, sino que queda en su punto de sazón.
«Los misterios de Udolfo» se publicó en 1794 y, pocos años después, Jane Austen estaba escribiendo ya «La abadía de Northanger», inspirada de algún modo en aquella, como una contestación amable y divertida a la historia de las calamidades de Emily. Yo no había leído nada de Jane Austen: con títulos como «sentido y sensibilidad» o «Orgullo y prejuicio», haciendo gala de una buena dosis de este último, me había imaginado que estaba ante una ensartadora de ñoñerías… Y me llevé una agradabilísima sorpresa y una colleja en mi presuntuoso ego.
«La abadía de northanger» se escribió entre 1798 y 1799, lo que da idea del exitazo que tuvo que ser «los misterios de Udolfo». Sin embargo, no fue publicada hasta 1817. En esta novela la protagonista, Catherine Morton, es una chica normalita, que se va de vacaciones a Bath, donde descubre que no es tan fea ni tan poca cosa como ella cree, al despertar el interés de algunos jóvenes.
Catherine está leyendo «Los misterios de Udolfo» y, bajo su influencia, se ve como una heroína romántica. Busca misterios donde no los hay y malvados villanos, como el conde Montoni de Los Misterios, donde realmente solo hay «thorpes», pronunciado a la española. Y digo esto porque el principal pretendiente de Catherine, John Thorpe, se podría haber llamado aquí con todo acierto «Juanito el torpe o», casi mejor «el fantasmón bocazas».
Pero uno de los líos más embarazosos surge porque Nuestra Catherine Morton, recién salida del cascarón, con su Udolfo entre las manos y enamoradísima de Henry Tilney, es invitada por la familia de este joven a pasar una temporada en su abadía de Northanger. A pesar de este nombre, el lugar no tiene nada de sombrío ni de misterioso, para asombro y decepción de Catherine, aunque ella se las arregla para suplirlo todo con su imaginación.
¿El resultado de todo esto?: ¡Estupendo! No tanto por el esperado final feliz de la pareja, después de varios malos entendidos, sino porque la novela es divertida, inteligente y chispeante. Por momentos la pintura de los personajes y de la sociedad me recuerda muchísimo en su estilo a la que hace Oscar Wilde en sus obras, con esa misma ironía y ese mismo humor tan «british».
Tengo que confesar además que a mí me pasa también un poco lo que a Catherine Morton
me contagio de los gustos, las costumbres y los pensamientos de los personajes de los libros que leo, y, tal vez por eso, no me gustan los que tratan o reflejan temas de actualidad. Para presente, ya tengo con el propio. Y, también como ella, hablo con entusiasmo de mis lecturas, gracias a lo cual, al expresar el que me despertó el hallazgo de «Los misterios de Udolfo», un amigo me descubrió la existencia de «la abadía de northanger, y así fue sencillo seguir el hilo.
Los pasos siguientes los di tras la referencia de los recuerdos de la infancia. Había que leer a las hermanas Brontë. Comencé por «Jane Eyre», que tan conocida nos resulta a todos, al menos a las personas de mi generación. ¿Cuántas veces habremos visto alguna de las versiones cinematográficas en la tele? yo creo que es una de esas películas que ponían cada año y que todos tenemos grabada en la memoria. Es más, desde que recuerdo, siempre que me he visto con el pelo alborotado me ha salido eso de: “¡parezco la loca de «Jane Eyre»!”.
Con todo y eso, sabiéndome la historia de cabo a rabo, la novela me atrapó desde el primer momento. La heroína ya no es bella ni perfectamente capaz de mantener a raya sus pasiones y emociones. Es una muchacha luchadora, inteligente e independiente, que no busca el amor romántico e ideal, sino forjarse un futuro con su trabajo y su esfuerzo. No obstante, sí encuentra el amor y lo vive con intensa sinceridad y total entrega.
Los paralelismos entre la vida de Charlotte Brontë y Jane Eyre son más que evidentes y se ha hablado mucho de ellos: el terrible internado donde pasa gran parte de su infancia, la muerte de sus seres queridos, su amor por un hombre casado… En fin, Charlotte se retrata en esta novela con pasión y adornando su historia con un final feliz que, lamentablemente, no se correspondió mucho con su realidad personal.
Pero el caso de su hermana Emily me ha dejado totalmente impactada. «Jane Eyre» y «Cumbres Borrascosas», publicadas ambas en 1847, son dos grandísimas novelas. La primera parece que tuvo desde el primer momento una buena acogida, pero no así «Cumbres Borrascosas», que dejó a los críticos tan patidifusos que tardaron en reaccionar.
Por supuesto, yo conocía la trama de esta novela, porque también ha tenido una larga lista de adaptaciones. Creo recordar una radionovela en la que trabajaba Juana Ginzo. Lamentablemente no he podido comprobarlo, porque la he buscado y requetebuscado sin ningún éxito, pero me resuena en la memoria la presentación de cada capítulo como si lo estuviera oyendo ahora mismo: “Cuuumbres Borrascoooosas” Con Juana Ginzo como…”.
En cuanto a las versiones cinematográficas, la que más me gustó fue la de Buñuel, «Abismos de pasión», con la música de «Tristán e Isolda» de Wagner. Ahora, habiendo leído la novela, me parece que capta por completo y trasmite el espíritu fatal y opresivo que se respira en toda ella, y el inevitable triunfo de lo sobrenatural.
«Cumbres Borrascosas» es la que más me ha sorprendido e impresionado de estas cuatro novelas. Es sobrecogedora y profunda. En ella los personajes están vivos, no son ni perfectamente buenos ni perfectamente malos. El amor y el odio se entrecruzan y hasta se confunden. La naturaleza no tiene piedad, ni los amantes tampoco. Hay un fatum, un veneno enloquecedor que trastorna y arrastra a la perdición. En «Tristán e Isolda», bebido el filtro de amor, se nubla la razón de los amantes; en «Cumbres Borrascosas» no se sabe cuál es el filtro ni de dónde sale, si del aire o si de la propia sangre, pero sus efectos son igual de insoslayables.
La belleza y el bien ahora ya no van juntos en perfecto paralelismo, ni en las personas ni en la naturaleza. En ocasiones graves, los rasgos hermosos acaban por deformarse, la fealdad se trasciende y la naturaleza plena de energía es un peligro atractivo y traicionero.
Parece que el equilibrio solo puede darse en los personajes que observan los hechos desde cierta distancia, porque no están impregnados del veneno de las pasiones que sacuden la trama. Este es el caso de la principal narradora, Nelly Dean, ama de llaves, que a mí tanto me recuerda al señor Betteredge de “La piedra lunar” de Wilkie Collins. Ambos son excelentes narradores, que saben contar la historia sin perderse en las emociones, aunque no dejen de estar implicados en ellas.
«Cumbres Borrascosas» está escrito por una muchacha que murió a los treinta años, sin experiencia del mundo. Emily Brontë, que se sepa, no tuvo amores, no conoció a muchas personas y no viajó como su hermana Charlotte. ¿De dónde sacó entonces todo lo que volcó en esta novela? Pues supongo que de un infinito universo interior, de una gran capacidad de penetración y de una extremada sensibilidad, que tal vez traía ya en su mente desde mucho antes. ¡Quién sabe!
De Emily St. Aubert a Catherine Morton o a Jane Eyre hay una gran distancia cualitativa y cuantitativa; pero, si la comparamos con Catherine Earnshaw, la distancia es astronómica. La ideal Emily, dulce, buena y bella siempre, contrasta con la carnal y tangible Catherine, hermosa, excesiva, caprichosa, pasional, cruel, egoísta, etc.; en todo caso, viva aún después de muerta.
Lo mismo sucede con los personajes masculinos. Del pánfilo de Valancourt al ingenioso y despierto Henry Tilney o al atormentado y gruñón Rochester media una gran distancia, pero los personajes masculinos de “Cumbres Borrascosas” están aún más lejos, son otra cosa. El previsible malvado conde Montoni cumple bien su papel de malo malísimo, sin fisuras, en el castillo de Udolfo; pero la vivacidad del misterioso, salvaje e imprevisible heathcliff, torturador y torturado a la vez, devorado por pasiones de amor y odio, se escapa de cualquier intento de análisis comparativo con los anteriores personajes.
A pesar del necesario final feliz de “cumbres Borrascosas”, al leer las últimas líneas no quedamos en paz, igual que tampoco quedan en ella los amantes que siguen juntos, en aquellos parajes de Yorkshire, en su casa de Cumbres Borrascosas, más allá de la muerte. En Las novelas anteriores los finales son felices y tranquilizadores, las leyes conocidas y naturales se mantienen, las normas sociales se respetan, y todo queda como tiene que ser. Sin embargo, en la novela de Emily Brontë las pasiones profundas triunfan sobre la razón y sobre las normas morales, sociales y, más aún, sobre las propias leyes naturales de la vida y la muerte.

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Hace más de veinte años, una joven, vestida con un traje largo de color salmón pálido y negro, esperaba al atardecer, apoyada lánguidamente en el alféizar de una ventana, la llegada de un caballero. Cuando él llegó, al verla, le dijo que parecía una heroína romántica. Aquello tan aparentemente trivial, la marcó profundamente. Ninguno de los dos existen ya, por razones diferentes, pero hoy comprendo bien qué es lo que quiso decir aquel, y cuán acertado estaba.