horas de arena, lánguidas y suaves, desgranándose silenciosamente al ritmo constante del peso de una lágrima sin causa ni propósito.
Como un río de lava espesa y ardiente, el tiempo de la tarde de verano avanza sin rápidos ni torrenteras, pero inexorablemente se lleva cada valioso segundo mucho más deprisa de lo que parece. Disuelve sin estrépito los diques frágiles de vagos proyectos y buenos propósitos.
Pero no tiene importancia alguna. Los brumosos pensamientos se mecen con el balanceo cadencioso de un dulce aburrimiento sin culpa, porque todo está ya hecho.
Ya los pomelos y las rosas se han fundido en un solo fruto dulce y amargo. El astro rosado y amarillo ilumina el planeta del paraíso. llueve néctar sobre los labios. Bajan goteando estrellas doradas por la garganta, por el pecho y tintinean en el vientre.
Horas de arena finísima, instantes ingrávidos que se cuelan y se pierden entre todas las rendijas. Así, el tiempo vuelve al tiempo. será que no es de nadie. Ni se pierde ni se tiene, si acaso se habita fugazmente, aunque en alguna tarde de verano, ardiente y engañosa, pueda parecer lo contrario.
El primero se lo regalaron a los siete años, y todavía lo conserva. Se trata de un bolsito de paja, que entonces no parecía tan pequeño como ahora. Forrado por dentro con un plástico estampado con florecitas, con un botón alargado de madera como cierre, guarda desde hace más de cuatro décadas una colección de muñecos recortables. Cada uno está en su sobre de plástico, con su nombre en un cartoncito (Sonia, Nacho…) y sus vestidos. Los sobres los hizo también ella misma, uno por uno, recortando y cosiendo bolsas de Simago.
Mirando ese bolso y su contenido, se podría pensar que la niña era cuidadosa en extremo con sus cosas y mañosa con las labores, pero no era para tanto. La verdad es que no tenía ni paciencia ni habilidad para los “trapitos” de muestra de costura que las niñas tenían que hacer en el cole. Era una tortura, puntada a puntada, la fila de vainica doble, el punto de cruz y todo lo demás. Aquellos trapitos le quedaban a ella como verdaderos trapajos, manoseados y apretujados de puntadas nerviosas y agarrotadas.

Cosa distinta a aquel rollo de las labores era dibujar y pintar. Ahí su imaginación podía volar más allá de esta estrecha galaxia y del corto tiempo vivido. Así que su madre, que lo sabía, le hacía los deberes de las labores (y no solo esos…), para que ella pudiera dedicarse a dibujar sus mundos y sus personajes.
Y, volviendo al bolso, ¿qué llevaría en él? Pues un estuche de plástico con un peine y un espejo a juego, de esos que se estilaban en los años setenta, de color rosa caramelo. ¿Quién no tuvo uno de aquellos peines y espejos cuadrados, con las puntas redondeadas y mango ancho. Esos peines de púas largas y frágiles enseguida estaban mellados. Daba tristeza verlos así, tan radiantes de color y siempre rotos. Los desperfectos son más ofensivos en las cosas alegres y llamativas, como un rostro hermoso y dulce desencajado por la pena.
También llevaría en él pulseritas de colores, rotuladores Carioca, pasadores y diademas para el pelo y, por supuesto, algún cuento troquelado como la joya más brillante del tesoro.
¿Con qué ocasión y quién le regaló el bolsito? Da lo mismo. Quién sabe. Lo importante es que aquello significó un cambio importante: a partir de ese momento la niña era responsable de llevar y cuidar “sus cosas”. Tener un bolso la elevó al rango de “persona independiente” y claro que ella le otorgó un gran valor a aquel objeto.
A cualquier sitio la niña iba con su bolso. Se acostumbró a no descuidarlo. Casi lo transformó en una parte de su anatomía para el resto de su vida. Con el tiempo, el bolso fue tomando otras formas, colores, tamaños, de acuerdo con las circunstancias.
Desde luego la cartera del cole también era importante para ella. Cada septiembre estrenaba una, y esa era la verdadera campanada del inicio del año. ¡Qué sensación tan intensa y maravillosa la del aroma de los libros nuevos, desencadenado por un torrente de Hojas entre los dedos!
Pero, aunque la cartera pudiera parecer una especie de bolso, no llegaría nunca a su categoría, porque (¡Ay, la vanidad!) todos los niños y niñas llevaban sus carteras; sin embargo, no todos tenían bolso… Eso era solo para chicas y, además, para “chicas mayores”, lo que elevaba infinitamente el rango social de la propietaria. No obstante, es cierto que tuvo alguna cartera especialmente preciosa. Aquella roja con el broche plateado era digna de la protagonista de una aventura literaria.
Y la infancia se la pasó así: de curso en curso y de cartera en cartera; y también guardando a veces sus tesoros en algún cabás, con forma de cofre mágico con su llave y todo.
En el presente no queda ni una sola célula de aquella niña en la mujer que escribe, pero tiene una vaga conciencia de ser la misma persona. Aquellas manos que dibujaban con destreza y cosían con desgana no son estas que ahora teclean y, al mismo tiempo, misteriosamente parece que sí que lo son. Unas manos niñas madres de unas manos adultas. ¡Qué paradoja!
Con los bolsos pasa lo mismo, aquel pequeño bolso, ahora guardado en una maleta en el altillo, es el antecedente, el precursor de todos los demás.
Al contar la historia propia hay tentaciones de maquillarla, hay necesidad de olvidar y de omitir. Sin embargo, si se cuenta cómo fueron los bolsos, lo que contuvieron y lo que, con el tiempo, se dejó fuera de ellos, el ejercicio de sinceridad es inquietante. Es fácil hablar del bolso de la infancia, de la cartera o del cabás, ¿pero qué pasará más adelante?
La luz del atardecer es la luz perfecta. Los colores no brillan estridentes ni se confunden con las sombras. Siempre debería estar atardeciendo.
Los sonidos del día se van amortiguando. Se siente cómo se aproxima el final de la jornada, el descanso, la calma de la soledad.
Al atardecer se suavizan las aristas del mundo y el alma se predispone a reconocerse. Haría falta prolongar los atardeceres y reducir las horas de claridad inequívoca, de sombra inequívoca.
Los tiempos intermedios son los que permiten conocerse, encontrarse. Esos momentos son en los que el corazón y los razonamientos se superponen; y hasta llegan a confundirse los miedos con las esperanzas.
Sin esos tiempos intermedios no habría dudas ni sueños que removieran las raíces de las plantas artificiales que crecen en el pecho y se extienden hasta el rostro, ocultando la ternura del miedo y la tristeza de la soledad.
Además, al atardecer ya no hay tiempo para perder el tiempo. Eso se sabe con certeza al inicio de cada día, pero absurdamente se ignora, hasta que se siente la premura inevitable del ocaso.
Entonces, justo entonces, la luz es perfecta, las formas son nítidas y los colores puros. Todo despierta para volver a dormir… a despertar y a dormir… a despertar y a dormir…
Cruzan los coches
por la calle mojada.
¿Oyes las olas?
«¡A la voluntá
hay romero y olivo!»
Ramitas rotas.
Hoy es Domingo de Ramos. Mañana soleada y desbordante de primavera. Pagan el pato el romero y el olivo, que descoyuntan las gitanas en ramas torturadas y rotas, condenadas a la muerte como el Mesías al que supuestamente saludan.
Aquí, cerca de la iglesia que da nombre a la estación de metro, a pocos pasos de la entrada y a unos cuantos metros sobre sus cabezas, escucho a esas gitanas gritar su mercancía de hoy.
Me dan pena las ramitas rotas y me da alegría oírlas vocear a ellas. Confieso que es una alegría envidiosa, porque pueden hacerlo. Ellas pueden gritar en mitad de la calle, a pleno pulmón, sin vergüenza ni discreción. Como les da la santa gana, dicho sea hoy de manera más apropiada que nunca. Parece casi una sesión de terapia de grupo con la voz. Mujeres y niños gritando a cuál más y con más fuerza. Da la impresión de que sueltan nudos y se limpian ahogos.
Aquí arriba, asomada al balcón pienso que no podría… Sé que yo no podría de ningún modo hacerlo, pero qué bien me sentaría…

A continuación incluyo el enlace de la charla que di el pasado jueves 28 de marzo, en el Centro Autogestionado Guatemala de Madrid.
Bajo el título «escritoras brillantes del Japón antiguo», hablé de la literatura, la estética, los usos sociales y la situación de la mujer en la era Heian (794-1185), teniendo como fuente las obras literarias de las damas de la corte de aquella época, que también fueron escritoras.
Espero que lo disfrutéis. Más adelante, cuando esté listo, publicaré un artículo con este mismo tema y ampliando lo expuesto en esta charla.
La presentación estuvo a cargo de Fernando García Soria y la lectura de los textos seleccionados la realizó Lupe Rodríguez Santizo. Agradezco al primero su invitación y a la segunda su colaboración. Gracias de todo corazón a ambos y a todos los que acudieron ese día al centro para colaborar, escuchar y compartir.
Puente flotante,
emerge de la niebla
hasta este sueño.
Hace unos días escuché un audio del cuento de Hanns Heinz Ewers, «La araña». Al principio no me pareció que tuviera nada de particular. Pensé que no era ni mejor ni peor que otros muchos que he escuchado. Pero han pasado los días, y sigue machaconamente en mi mente, como si sus palabras intentaran susurrarme algo más que lo que la historia cuenta.
Esto me ha llevado a buscar referencias de Hanns Heinz Ewers, al que -como a otros muchos autores- yo no conocía. Debió de ser un personaje controvertido e interesante, que simpatizaba con los nazis y no era antisemita, que fue espía y que estuvo metido en organizaciones ocultistas. Esto último es tal vez lo que palpita bajo este cuento y, por lo que dicen, en el resto de su obra, que aún no he leído.
«La araña» me ha fascinado. Y, pensándolo bien, ni siquiera sé por qué… O tal vez sí. Quizá la pérfida araña del cuento también me ha magnetizado y ha atrapado mi voluntad, como les sucede a los personajes de este relato. ¡Espero que no! ¡Qué miedo!
Para empezar voy a resumir un poco la trama: comienza con el relato en primera persona de Richard Bracquemont, un estudiante de medicina, pobre y curioso, que se mete a investigar las circunstancias de unos extraños suicidios por ahorcamiento en la habitación número 7 del hotel Stevens, en la rue Alfred Stevens, siempre en viernes, cerca de las seis de la tarde.
Los suicidas fueron, por orden: un viajante de comercio suizo, padre de familia; un joven artista de circo y, finalmente, el policía que estaba encargado de investigar los dos casos anteriores, un viejo lobo de mar, que se ofreció voluntario para la tarea. Todos ellos se ahorcaron con el cordón rojo de la cortina, en un gancho del marco de la ventana, situada tan baja que las piernas les arrastraban por el suelo. Con ello todos demostraban una férrea decisión. Tuvieron que hacer un terrible esfuerzo para suicidarse, sin motivo aparente y sin dejar ninguna nota ni ninguna pista de qué les había llevado hasta ese terrible desenlace.
La mayor parte del cuento está escrito en primera persona, a través del diario que lleva Richard Bracquemont desde que se instala en la habitación. Día a día nos vamos colando en su mundo interior y exterior, durante esas pocas semanas en las que se aloja en el hotel Stevens. Mejor dicho, más que alojarse, la verdad es que se recluye entre esas cuatro paredes, de las que apenas sale en todo el tiempo.
Si se hiciera una película con este cuento (que creo que da para ello) sería un poco como la versión perversa y siniestra de «La ventana indiscreta» de Alfred Hischcock. Bracquemont se pasa, primero las horas y luego los días, pegado a esa ventana mirando a Clarimonde en la ventana del piso de enfrente. Pero… ¿Quién es Clarimonde?
Tanto el nombre como la figura de la misteriosa joven son más una «adivinación» de Richard que un hecho constatable, sobre todo porque él ni siquiera intenta constatarlo. Clarimonde se dedica a tejer en un pequeño telar. Todos los días, vestida de negro hasta la punta de los dedos, teje con rapidez unos hilos finísimos en su antiguo telar de marfil. Poco a poco comienza a comunicarse por gestos primero y luego mentalmente con el joven estudiante que, sin saber cómo, se ve «hipnotizado» por ella.
No es mi intención hacer un resumen del relato, así que hasta aquí lo que diré del argumento. Intentaré explicar y explicarme qué es lo que me ha impresionado de él. Creo que no ha sido ni la trama que, aunque bien tejida, resulta un tanto previsible, sin que por eso deje de atrapar al lector entre sus hilos; ni tampoco el dibujo de los personajes, preciso y con muy pocos trazos. Es también un acierto la simplicidad del escenario, casi claustrofóbico, y la precisión del tiempo, fijado mediante el diario. Todos estos elementos proporcionan a «La araña» la fisonomía y el cuerpo de un buen relato fantástico, en el que contrasta una realidad sencilla y perfectamente medible con un trasfondo incomprensible y desasosegante.
Sin embargo, lo que a mí me atrae de este cuento es su «espíritu». A mí me parece que esta historia es para el autor casi una excusa, un medio para transmitir sus ideas y creencias. Estoy segura (porque así lo «presiento») de que hay claves esotéricas en el texto que, por desconocimiento, yo no termino de encajar. Los números, por ejemplo: la habitación número 7; el día del desenlace final de Bracquemont, 25 de marzo, que también suma 7; la hora sexta de los suicidios en el sexto día de la semana judía; la edad de 25 años del joven artista de circo que se suicida; el número 6 de la rue Alfred Steven, donde está el hotel… Mi conocimiento de la numerología, o más bien mi desconocimiento, me impide saber qué pistas está dando Ewers con estas cifras, pero estoy segura de que no están elegidas al azar. Y, aventurando una interpretación, precisamente la suma de 6 y 7 resulta 13, que es el número de «La Muerte» en el Tarot. ¿Casualidad?
Tampoco creo que sea casual la escasa descripción del entorno físico y de los personajes. Es curioso que apenas se mencionen colores en las descripciones, salvo el negro de la araña, el rojo del cordel de la cortina y en Clarimonde el negro de su atuendo, con toques lila en el cuello, y la blancura de su piel. Parece un relato en blanco y negro, con solo dos toques de color, estratégicamente colocados.
En fin, insisto en que no hay nada aleatorio en este cuento, como si se tratara de uno de esos dibujos que, de cerca, parecen una cosa y, de lejos, otra; seguramente no completamente distinta, pero sí reveladora de misterios. Al releer “La araña” me quedo con la sensación de que estoy a punto de tocar algo, que casi lo tengo entre los dedos, pero se me acaba escapando.
Además de esos indicios esotéricos que se deslizan entre los hilos de la trama, «La araña» es una alegoría del amor obsesivo y destructivo y de la anulación de la voluntad hasta sus últimas consecuencias.
El amor como obsesión, como adicción destructiva, es el tema principal del cuento. Con independencia de la existencia del objeto amoroso, de su respuesta o de su consistencia, la mente a veces se empeña en seguir obsesivamente con lo que sabe que supondrá la aniquilación.
En este caso yo hablaría más de adicción que de amor. Los sujetos que se encuentran atrapados en ella saben que les destruirá, pero insisten en seguir con sus hábitos o sus tendencias malsanas. En “La araña” se muestra como esto le puede pasar a cualquiera: un padre de familia, un joven artista, un tipo valiente y de mundo y, por supuesto, un metódico estudiante de medicina. Sin embargo, este último es el que más se resiste, el que hasta el último momento se debate entre la razón y la sinrazón aniquiladora. ¿Por qué? Pues precisamente porque su actitud deductiva, su intento de comprender la realidad está a punto de salvarle.
En el diario de Richard Bracquemont se ve el inquietante avance de la pérdida de la voluntad que se deja en manos de un “objeto amado”, intangible y apenas visible. Da igual cuál sea la obsesión malsana y destructiva, lo que cuenta es el efecto que produce en la mente de quienes se ven atrapados por ella. Así sucede con las drogas, el alcohol o las relaciones destructivas. Parece que la voluntad se quiebra bajo una atracción irracional, que se sabe dañina, pero que no se abandona.
Para mí este es el trasfondo terrible de “La araña”. Lo temible no es que existan los vampiros que nos reduzcan y lleven a la aniquilación, sino que nuestra propia mente, enajenada y desordenada, puede enredarse en los hilos de una tela de araña inexistente en la realidad, pero no por ello menos peligrosa.
https://www.ivoox.com/la-arana-hanns-heinz-ewers-audios-mp3_rf_31489460_1.html
(En los enlaces anteriores puede descargarse el texto y el audio de «La araña»)
Radiante y frío,
un diamante en el cielo
con Luz de nieve.
¡Hay que abrigarse el pecho
con las manos desnudas!
Dentro de casa,
al amor de los sueños.
Ruido de lluvia.
El año viejo
subió al cielo del tiempo.
Se fue diciembre.
Uno de enero:
¡Hasta un jersey usado
parece nuevo!

Aunque me guste mucho el otoño, habrá que dejarlo marchar y darle la bienvenida al invierno. Recibirlo con una mermelada dulce y dorada, como una lluvia de sol en medio del frío, es como abrirle la puerta del corazón con una cálida sonrisa. Así, por serio que se ponga, por gélido que quiera mantenerse, este invierno no podrá resistir mucho tiempo tanta dulzura sin derretirse un poco… y hasta lo mismo termina por ponerse mimoso.
Bueno, pues ahora voy a dar la fórmula mágica para lograrlo, que me ha sido revelada esta misma mañana por el hada que, de vez en cuando, revolotea a mi alrededor por la cocina.
Empecemos con los ingredientes…
1 membrillo (el que yo he usado es madrileño castizo, de huerto urbano, gentileza de mi querida amiga Lupe)
1 naranja (un poco aburrida de estar en la nevera sin que nadie se percatase de su presencia)
2 mandarinas (tan aburridas como la naranja, pero, además, más blanduchitas)
1 tacita de agua
250 gr. de azúcar
2 gr. de agar agar
1 chupito de bourbon
Como decía, hay un hada que visita mi cocina. Ella es la que me sopla qué es lo que tengo que hacer, porque yo soy una nulidad en estas cosas. Pero, claro, con un «hada de la guarda» todo resulta mucho más fácil. ¡Dónde va a parar! ¡Menudo chollo!
Bueno, hala, sin enrollarme, vamos con la elaboración:
He pelado bien la naranja, asegurándome de que solo le quedase la pulpa limpia, y la he troceado en pedacitos pequeños.
Luego he hecho lo mismo con las dos mandarinas. He cortado cada gajo en dos o tres trozos, para que soltasen bien su zumo.
El membrillo lo he cortado en trocitos muy pequeños, pero dejando la piel, aunque bien limpia y lavada, quitándole toda la pelusilla.
En total toda esta fruta pesaba unos 700 gr., que he puesto junto con la tacita de agua , el azúcar y el agar agar en una olla grande.
Y… ¡A cocer!
Durante diez o doce minutos lo he tenido cociendo y revolviendo con un cucharón de madera. Pasado este tiempo, con el fuego ya apagado, pero aún caliente, he añadido el bourbon.
Finalmente he triturado todo con la batidora y lo he guardado en un par de tarros de cristal.
Como no ha salido mucha cantidad, no los he puesto al baño maría. Mi hada de la guarda me ha avisado de que no va a dar tiempo a que se ponga mala… ¡Es que ha salido riquísima!
Bueno, querido invierno, aquí te esperamos con esta dulce bienvenida, y alguna otra que se le pueda ocurrir a mi hada cocinera.
Versos en sepia.
Recuperar el tacto
de aquellos labios…
Echo de menos un invento que permita guardar, aunque sea solo como un reflejo, lo sentido con el tacto, lo olido o lo saboreado.
Hay fotografías, vídeos y audios con los que se puede uno reencontrar con momentos especiales y disfrutar con más vivacidad de los recuerdos. Pero hay tantas sensaciones que se quedan tan solo a merced de la imaginación…
¿Qué pasaría si pudiéramos volver a sentir un beso que recordamos como maravilloso? Lo mismo nos decepcionaríamos. Tal vez hoy, tras haber vivido otras emociones, otros encuentros, aquella impresión de magia se nos quedase en nada.
¿Y si fuese al revés? Sería terrible revivir una caricia que nos hiciese comprender que todo lo que hemos hecho después de sentirla ha sido un tremendo error.
Muchas veces, con los haiku, lo que intento es grabar y reproducir las sensaciones que ningún aparato ha logrado retener. Hacer una fotografía de un aroma o de una emoción y dejarlo aquí para compartirlo, porque estoy segura de que no soy yo sola quien ha sentido esta carencia, este anhelo.
Quién pudiera escribir Poemas verdaderos, porque son estos los que se convierten en «palabras en sepia», en fotografías que se revelan en la imaginación, con los perfiles y las identidades de la vida de cada uno. Por eso la Poesía es tan mágica: se desliza en un vuelo de siglo en siglo y se desplaza en un paso miles de kilómetros. No hay nada que pueda superar su capacidad para guardar y recuperar imágenes únicas e irrepetibles.
Por eso lo intento y lo seguiré intentando. Por eso busco las palabras mágicas que fotografíen y graben lo imposible de retener. Sé que aún no lo logro, pero hasta ensayarlo es hermoso.