Mentes pequeñas,
ahítas de miedo,
doblan a odio.
Son cacerolas huecas,
rabiosas y tristes.
***
¡Qué pena me da este barrio tan bonito, que a las nueve se llena de cacerolas ruidosas y huecas!
Cacerolas convertidas en cencerros llamando al odio, la rabia, la insolidaridad; clamando porque venga algún pastor con «mano dura» que ponga orden y traiga la salvación por la fuerza de la autoridad «de toda la vida».
¡Qué indigno que clamen libertad aquellos que desprecian todo lo que consideran que no se les parece! ¿Libertad de qué? ¿Libertad de no perder sus privilegios y su estrechez de miras?
¿Dónde está la libertad de las cuarenta mil personas que se mueren de hambre en el mundo todos los días? ¿Se acuerda alguno de estos de ellos cuando aporrean sus ollas vacías? ¿Se acuerdan de los que hoy querrían que sus cacerolas nunca sonasen a hueco?
No. Yo creo que no se acuerdan. Esas cacerolas huecas que están sobre sus hombros redoblan al unísono de las que tienen en sus manos, ambas repletas de rabia, odio, miedo e ignorancia. Todas ellas cosas dolorosas y embrutecedoras que solo sirven para hacer daño y ruido.
¡Como Gabriel Celaya, hoy «maldigo la poesía concebida como un lujo«!
¡Ojalá la Poesía siga siendo un arma de futuro!
¡Ojalá la palabra no deje nunca de serlo!
Los seres humanos pueden pensar, pueden hablar, pueden comunicarse cuando no renuncian a la racionalidad para convertirse en borregos con cencerro o en mastines al servicio de algún pastor que, mientras tanto, está tan tranquilo en su casa con sus dineros en un dorado paraíso fiscal, a muy buen recaudo.
Repito hoy: ¡Maldigo la poesía concebida como un lujo!
Esta mañana yo no puedo callarme más. Pido a los dioses, a los budas, a los bodisatvas, a lo que sea, que todos los seres abandonen la ignorancia, la estrechez de mente y la indiferencia ante el sufrimiento de los otros. La verdadera felicidad solo es posible con el bien de todos porque, aunque no nos demos cuenta, nada, absolutamente nada nos es ajeno.
***

Además de los recuerdos, de mi madre me quedan muchas cosas tangibles e intangibles: sus pendientes favoritos (regalo de mi padre), su muñeca bruja de trapo (regalo mío), su alianza de casada (que no me quito jamás, ropa que ella me confeccionó (era una auténtica maestra) y otros muchos objetos preciosos. Pero, ante todo esto, permanece muy viva su presencia en mi corazón.
Y, dentro de las cosas intangibles que me ha legado, está el don de cuidar de las plantas. Sé que es difícil de creer, pero hasta la muerte de mi madre, a mí se me amustiaban casi hasta los cactus.
En el tanatorio donde la velamos nos entregaron cuatro o cinco robles recién nacidos, como criaturitas vegetales entre mantillas de cartón y plástico. Yo me quedé con dos de ellos, con muy poca fe en mis posibilidades de sacarlos adelante. Pero me equivoqué.
Los dos roblecitos cayeron en mis manos el 1 de octubre del 14. A las pocas semanas se convirtieron en dos pequeños palitroques plantados en sendas macetas: una pena.
Sin confianza en mí como niñera ni en el reino vegetal ni en el animal (ya no digamos en lo que se refiere a este género nuestro… el humano), observaba los palitos aparentemente sin vida. Sin embargo, en febrero comenzaron a salirles unas diminutas yemitas aterciopeladas… ¡Milagro! ¡estaban vivos!
Con sus más y sus menos, con ataques de hongos oportunistas, con cuidados y mimos, los dos salieron adelante.
Hace dos años uno de ellos fue trasladado a vivir y crecer en Asturias en un hermoso prado propiedad del padre de un querido amigo. Allí sigue, muy cerca de una bonita cabaña de madera, donde se reúne la familia en cuanto templa el aire y el sol hace brillar el verdor de ese rincón, verdadero «locus amoenus» en medio de Valdés. ¡Ojalá siga bien y pronto pueda yo comprobarlo!
El otro roblecito sigue aquí conmigo, en una maceta situada en el alféizar de la ventana de la cocina. Este pobre ha pasado mucho y siempre temo que no soporte un invierno más. Pero, como mi madre, es más fuerte de lo que parece: tiene una mala salud de hierro. Además, como ella, se mantiene erguido y muy digno en su pequeñez. Se le podría decir «alto», sin pensar ni en proporciones ni en medidas, como decía en su poema pedro Salinas.
Otra cosa que le pasa a este roble es que tampoco le gusta estar solo. Primero fueron unas semillas de limón, que dieron lugar a tres limoneritos que hubo que trasplantar, claro está). Después fue una tomatera que amenazaba con meterse en la cocina, al igual que un par de plantas de melones que llegaron a colonizar el alféizar casi por completo. Con o sin intención, todo lo que cae en esa maceta germina con fuerza.
Ahora mismo tiene a su lado otra planta también alta, más flexible y frágil, que no tengo ni idea de lo que es. La otra mañana, al regarlas pensé: «debe de ser que no es bueno que el roble esté solo… Y más aún: tal vez no sea bueno que nadie esté solo, completamente solo». Yo no me había dado cuenta hasta ahora. Por fin lo he comprendido. Soy dura de mollera. Él ha tenido la paciencia de repetírmelo a su manera, machaconamente, a fuerza de albergar en su «maceta de acogida» a cualquier semilla de paso que quisiera un poco de tierra donde brotar.
También me lo decía mi madre…: «vaaaale… Entendido… ¡Ya os he oído a los dos»!
***
Cada latido
es un dolor agudo.
Pesa la nada
más que cien cordilleras
aplastando un gorrión.
Sin calcetines,
sumergidos en brisa,
mis pies desnudos.

Pasadas tres horas ya nadie quedaba en el andén.
Dos horas antes había perdido la esperanza por completo, pero no el miedo a desesperar.
Hacía dos horas creía que se había equivocado de estación. Miraba y remiraba los mensajes del teléfono, intentando convencerse de que todo estaba bien, de que no había ningún error.
Cuando llegó al andén, media hora antes de la cita, vio los dos asientos vacíos y su corazón le gritó que continuarían así siempre.
Ahora sí. Ahora ya tenía la certeza de que el corazón siempre dice la verdad, cuando la verdad duele.
Antes de dar media vuelta para marcharse, miró de reojo: la soledad había ocupado aquellos asientos que no debieron ser nunca suyos.
La espaciosidad del silencio es algo muy difícil de explicar. Se trata de una experiencia que se toca algunas veces con la punta de los dedos en un momento de claridad.
Sentada en el cojín de meditación, observando la respiración, procurando no salir volando detrás de cada pensamiento, de cada emoción y de cada sensación; en un momento precioso, me doy cuenta de la vastedad del silencio desde donde surgen y se desarrollan todos los sonidos.
Pero, realmente este silencio apenas existe. Es la posibilidad del sonido, de los rumores, de los ruidos intensos y fugaces y de los zumbidos constantes y casi imperceptibles.
La vasta espaciosidad del silencio es como la propia mente. en ella se manifiestan las imágenes, las sensaciones, los pensamientos… En fin, todos los objetos mentales que se reflejan en ese espejo desde el que percibimos la realidad, que tal vez nunca alcanzaremos a conocer.
En ese silencio poblado de sonidos, por un instante puedo asomarme al fondo de un abismo desconocido e incomprensible, pero en absoluto inquietante. Me asomo a un espacio tan amplio como el propio universo, y puedo hasta identificarme con él. es muy poco el tiempo que dura la experiencia, pero ya es una muestra de que es posible, de que es el camino por el que debo seguir avanzando.
Y vuelvo a la respiración, a observar cómo entra el aire por las fosas nasales, cómo sale lentamente, una y otra vez.
¡Qué iguales son todas las respiraciones y qué diferentes también!
Solo respirar. Respirar y observar.
Solo escuchar. Escuchar y observar.
El movimiento de la vida y de la mente se hacen patentes. Todo es irrepetible y transitorio. Yo también lo soy y no puedo sustraerme a ese flujo constante. Si lo hiciera, siquiera si lo intentase, la realidad me pondría en mi sitio, como hace con todos y con todo lo que se le resiste.
Meditar para estar en paz. No por no pensar en nada, no por dejar la mente en blanco, no por permanecer inane, sino por aprender a mecerse en el flujo de la marea de la vida sin ahogarse entre las olas.
Aguas de enero:
El tiempo se derrama
y va calando…
«Somos lo que hablamos: El poder terapéutico de hablar y hablarnos» de Luis Rojas Marcos ha sido una de mis últimas lecturas. Hace poco le escuché en una
entrevista radiofónica, y me quedé con las ganas de conocer alguna de sus obras. Después de leer esta, puedo asegurar que mi intención es que no sea la
única.
En primer lugar tengo que decir que me parece que el libro está muy bien escrito, muy bien estructurado y proporciona mucha información sin prolijidad
ni pedantería. Desde la primera línea una se da cuenta de que quien habla sabe de qué lo hace y cómo hacerlo sin necesidad de alardear de ello. El dr.
Rojas Marcos es un comunicador eficaz y amable. estoy segura de que ha sido y es uno de esos profesores que te hacen amar la materia que te enseñan. esto
se nota sin saber nada de su biografía, que así lo corrobora y que puede consultarse fácilmente en Internet.
«Somos lo que hablamos» hace mucho hincapié en la importancia del discurso interno, de cómo nos hablamos a nosotros mismos y qué nos decimos.
Empieza por romper prejuicios acerca de hablarse uno en voz alta a sí mismo. Tanto hacernos creer que eso era de chalados… Pues no. Resulta que no, que
es todo lo contrario. En cuanto lo leí y vi su explicación, se lo conté a mi padre, que es el auténtico paradigma de no callar ni a solas. Él ahora está
cerca de los noventa años y se encuentra estupendamente tanto física como mentalmente. Es un hombre excepcional en todos los sentidos. Según el dr. Rojas
Marcos, mucho de eso se lo debe a su inclinación por hablar y hablarse. El autor insiste en lo importante que es esto para que nuestro envejecer no se
convierta en un precipitarse en el abismo de la decrepitud mental y física.
Rojas Marcos habla también de la importancia de los cinco primeros años de la vida en el desarrollo del lenguaje, y del peso que tiene una familia que
habla frente a una familia taciturna para conformar los recursos lingüísticos y mentales de los niños. Por ejemplo, explica que es muy bueno leer a los
pequeños para que aprendan palabras nuevas y crezca su competencia verbal. Pensamos con palabras, nos expresamos con palabras, las palabras son un tesoro
irremplazable, un legado que nos llega al principio sin darnos cuenta.
Hoy recuerdo a mi madre, leyéndome los cuentos de Tagore cuando estaba un poco pachucha y me quedaba en casa sin ir al cole. ¡Cuánto habrá influido aquello
en mis tendencias orientalistas! ¡Vaya una a saber!
«Somos lo que hablamos», desde luego que sí. También lo que nos callamos frente a los demás y ante nosotros mismos también, por eso es importante no engañarse.
Hay que hablarse con valentía, hay que comunicarse con claridad, pero también con cuidado. El dr. Rojas Marcos no lo dice, pero yo sí, y creo que él estaría
de acuerdo si leyese esto: las palabras las carga el diablo y, a veces, hay que manejarlas como si fueran nitroglicerina pura.
A esto se refiere el autor en la última parte, cuando explica cómo enfrentarse a las comunicaciones conflictivas, más sugiriendo qué no hay que hacer,
que dando recetas magistrales. Un buen amigo mío me dijo una vez, que «no hay buenos momentos para dar una mala noticia». Estoy de acuerdo casi del todo,
pero es verdad que hay pésimos momentos y fatales modos de hacerlo, y esta es una de las ideas que plantea el dr. Rojas Marcos. En sí, puede parecer una
perogrullada, pero, si lo fuera, no habría tanto encuentro radioactivo ni tanto duelo sangriento de lenguas hirientes. Cuando hay que enfrentar un conflicto
y afrontar lo desagradable hay que procurar haberse preparado antes y buscar un momento en el que uno se sienta claro y dispuesto a comunicarse de verdad.
También en el libro se repasan los trastornos del habla y cómo repercuten en la salud mental.
Me ha gustado especialmente el apartado en el que nos recomienda comunicar nuestros sentimientos a las personas que amamos y apreciamos. Esto hace más
fácil la inevitable e imprevisible despedida. El dr. Rojas Marcos insiste, como los maestros budistas, en nuestro espejismo de que una relación puede ser
«para siempre». Como se decía en el cuento de Jorge Luis Borges, «Ulrrike»: «Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres» (ni a nada, diría
yo). Padres, hijos, amantes, amigos, todos, todos se van y nos vamos e iremos, voluntaria o involuntariamente. Entonces estará bien, será sanador y calmante
saber que hemos dicho «te quiero» o lo que fuere necesario.
El autor cuenta su experiencia al respecto, como uno de los médicos que apoyaron a las víctimas del atentado del 11 de septiembre en nueva York. También
refiere varios testimonios de aquella catástrofe, en los que muchas personas, sabiendo que iban a morir, procuraron despedirse de sus seres queridos. Yo
no puedo olvidar ahora aquí tantas guerras presentes y pasadas, tantos náufragos sepultados en el mar, tantos desaparecidos por las represiones de las
tiranías, tanta gente cosificada con el tráfico de personas, en fin, tantos testimonios que no leeremos y que no oiremos de personas que se han ido y se
irán sin despedirse, y de quienes se quedarán sin escuchar su adiós y su «te quiero».
Como siempre, soy lo que leo. No logro hacer una verdadera reseña, sino contar lo que siento con los libros que realmente me emocionan. ¿Por qué lo hago?
Pues no lo sé. seguramente para desahogar mis emociones. No para transmitirlas, porque me temo que eso es imposible, pero al menos las reflejo. La verdad
de los sentimientos, las emociones y las palabras propias e íntimas se perderán como lágrimas en la lluvia…
Un portazo da fin a una vida de purpurina y cartón piedra, y comienzo a otra inquietante, seguramente difícil, pero verdadera.
Como es de rigor, también con un portazo terminó la función de “casa de muñecas” a la que acudí hace pocos días, en el teatro Karpas de Madrid. Después, comprobando la fecha de su estreno, el 21 de diciembre de 1879, me di cuenta de que hace ya más de 140 años de aquello y, sin embargo, esta obra parece no haber envejecido.
Este texto de Henrik Ibsen es de sobra conocido, no obstante, las excelentes interpretaciones de todos los actores me envolvieron en la trama y la viví intensamente. La pequeña sala del teatro Karpas se convirtió en el salón de la casa de los Helmer.
Este portazo del siglo XXI dio fin a la representación, pero yo he seguido pensando en ella. Pensando en algunas de las palabras de Nora en la escena final, que me iluminaron como un fogonazo:
Torvald: ¡Qué injusta y desagradecida eres, Nora! ¿No has sido feliz aquí?
Nora: No, nunca. Creí serlo; pero no lo he sido jamás.
Torval: ¿No… que no has sido feliz?…
Nora: No; sólo estaba alegre, y eso es todo…
¿Se puede estar alegre sin ser feliz? Sí. En ese momento, escuchando a Nora me di cuenta de que sí, de que tal vez más de una vez una alegría instantánea hace olvidar la insatisfacción profunda, como lo harían unas gotas de anestésico contra el dolor existencial. Y esto puede ser bueno cuando la herida está muy abierta, no digo que no, pero se corre el riesgo de olvidarse de la enfermedad aliviando los síntomas, que así no van a desaparecer nunca y que requerirán de «drogas» cada vez más fuertes, de estímulos brillantes y efímeros y de distracciones constantes.
Nora da un portazo para salir de la alegría y buscar la verdadera felicidad, empezando por encontrarse con ella misma, con ese territorio tan desconocido y tan misterioso que es la propia mente y el propio corazón.
Hoy, pensando en todo esto, me preguntaba cuántas veces habré dado un portazo para salir de una «casa de muñecas», construida sobre todo por mí, y cuántas veces me he vuelto ha meter en otra sin darme cuenta, también levantada a mi alrededor por otros.
La tentación de refugiarse de la insatisfacción es tan grande… Pero, si te fijas bien, las paredes son tan de atrezo en las casas de muñecas que, a poco que sople el viento de la conciencia, se derrumban, te caen encima y es peor el remedio que la enfermedad: la verdad se abre paso y te ves en medio de un escenario roto y mediocre.
En fin, pensándolo bien, antes de encontrarse en una situación tan lamentable, casi va a ser mejor volver a dar un portazo todas las veces que sea necesario, salir de nuevo a la intemperie para sentir el vivificante frío de enero. Además, aquí en Madrid, en el siglo XXI y con el cambio climático, por muy invierno que sea, no se puede ni comparar con la hazaña de Nora: ¡Con lo que tendría que ser el invierno de Noruega en el siglo XIX! Y todavía más para una mujer que deja su casa, a su marido y a sus niños para ir en busca de su libertad y su verdad. Eso sí es echarle valor.
A veces tengo la impresión de no haber cambiado demasiado. Mejor dicho, de seguir un hilo argumental muy previsible dentro de mi evolución. Lo digo porque hay «lugares» a los que recurro y vuelvo a recurrir, como los peces en el río, que beben y vuelven a beber. Esto me debe de haber salido con resonancias de villancico por la cercanía de la Navidad, pero desde luego no por lo que tengo en mente. En concreto ahora me estaba acordando de «Los heraldos negros» de César Vallejo, que es de lo menos campanillero y burbujeante que se me ocurre. Este hermosísimo y profundo poema me ha acompañado y me acompaña desde hace ya muchos años. De hecho ya he hablado de él en este blog en «Los heraldos de la memoria».
A finales de septiembre, me dio por grabarme recitándolo. Mostré el resultado a alguno de mis amigos. Me quedó tan dramático, que alguno de ellos llegó a pensar que me había sucedido algo terrible. Y suceder, lo que se dice suceder, no había sucedido nada nuevo, pero sí es cierto que los finales de septiembre siempre me traen aún más vívida la imagen de mi madre. Tal vez por esta razón, poemas como «Los heraldos negros» me envuelven cálidos y reconfortantes, porque en ellos siento la complicidad de la comprensión del sufrimiento profundo y sincero.
Comentando la grabación, mi querido amigo José Antonio me dijo que él conservaba un poema mío, escrito hace muchos años e inspirado en «Los heraldos negros». Yo no lo recordaba en absoluto y, hace unas semanas, compartiendo un chianti, me emocionó leyéndomelo. Ahí lo recordé.
Aunque creía no conservarlo, resulta que sí, que tenía una versión llena de borrones, que he terminado de transcribir hace un rato. No puedo datarla exactamente, pero, por la fecha de otros escritos cercanos, debe de ser de finales del 90 o principios del 91. Es pues un poema de juventud, seguramente lleno de errores, pero impregnado también de sinceridad, de la expresión de un sufrimiento profundo, de los que arraigan con fuerza en el corazón y en la mente.
A continuación el poema. Se titula «Sangre».
¡Gracias, José Antonio!
La sangre a veces se come con pan y cebolla.
La sangre a veces se convierte en vino y se bebe.
La sangre adentro es vida. La sangre afuera es muerte.
Sale y entra. entra y sale.
Trae y lleva. Lleva y trae.
semovíarápida
a ho ra len ta
Se parará
se secará y será negra y dura como el alma atormentada y vieja que se come las costras prematuras
que anuncian el final ineludible y plástico
del rojo
que aún crepita en cada «Pequeña Muerte»,
en cada emoción azul,
en cada latigazo de fuego en las entrañas,
en cada recuerdo ineludible y en cada deseo eludido.
Lejos……Lejos………Lejos…………
Trae y lleva. Lleva y trae.
Y se para lejos, demasiado lejos…
No se puede esperar tanto.
¡Hay que hacer una estación porque el túnel definitivo aún no se ve!
… Y no sé por qué seguía esperando.
No entiendo cómo puedo seguir esperando.
No sabré siempre por qué tendré esperanza hasta nunca.
Y, sin embargo, continuaré expectante
mirando de frente
de cerca
de pie
EL SOL DEL MEDIODÍA
Y no sé por qué ni cómo me crecerán las alas ignífugas
que me llevarán hasta el mismo centro de la muerte abrasadora.
Y seré feliz porque arderán mi pelo y mis manos
mi boca y mi pubis
mis piernas y mi vientre
mi pecho y mis ojos.
Bajo las alas
quedarán mis huesos alcalinos brillando
in-ter-mi-ten-tes
deteniendo el tiempo y la luz
porque sí
Por ti.
Cosas de otoño:
Revolver los armarios,
soltar mis hojas.
Vestirse de otoño es desvestirse de muchas cosas. Por eso cada octubre me hace tanta falta enfrentarme a lo que he ido arrastrando durante meses y años «por si acaso» o por no deshacerme de bellos objetos cargados de recuerdos.
Sin embargo, sé que habría que dejar partir todo, dejar que cayesen todas las hojas y quedarse con el tronco desnudo y limpio, como en cueros.
Aun así, cuando meto en bolsas tantas prendas que me han acompañado, abrazado y acariciado, me queda una sensación extraña. Es una mezcla de liberación y culpa. Algo se me revuelve. Hay un miedo a dejar ir lo que tal vez necesite un día que no llegará, a perder aquellas prendas que mi madre cosió para mí, puntada a puntada, que ya no me valen, que ya no son para este cuerpo, que ha cambiado lenta pero decididamente, porque está envejeciendo.
soltar esas prendas, meterlas en bolsas y dejarlas en manos de personas desconocidas, que nada saben de lo mucho que significan, me da vértigo y, al mismo tiempo, me libera.
De una vez por todas, quiero gritarme que no tengo que luchar por ser aquella joven. No volveré a serlo, ni con su ropa ni sin ella. Mi madre no volverá a coserme mis diseños y no volveremos a discutir por un centímetro de más o de menos.
Es octubre y se me van cayendo las Hojas de las manos, de los brazos, de todo el cuerpo y así, solo así, es como debo vivir mi otoño. Aunque tenga mucho miedo a quedarme tan desnuda y a la intemperie, he comprendido por fin que es el único modo sincero de seguir el ciclo de esta vida.
Hoy hace cinco años que murió mi madre. La tengo presente siempre y siempre la echo de menos.
Cada vez soy más consciente de lo mucho que vive de ella en mí. El amor por la literatura, el gusto por el cine clásico, el sonido del piano, la debilidad ante un ramo de rosas o la alegría al apreciar un perfume exquisito son algunas de las cosas que aprendí a disfrutar gracias a ella, más por ver su propio deleite, que porque ella pretendiese inculcarme nada.
Su sensibilidad ante los animales, cuando, por ejemplo, intentaba convencer a alguna mosca despistada de que saliera de la cocina, y sus manos… esas manos que hoy tanto se parecen a las mías. Llevo con amor su alianza de casada, que me recuerda (aunque no lo olvido) mi compromiso como hija.
Mi madre siempre valoró la independencia y me transmitió la importancia de ese valor. Sé hoy que esto es relativo para todos, pero esto no contraviene en absoluto el camino de la liberación. En eso aún me queda mucho por recorrer.
Mi madre era dulce y firme, muy dulce y muy, muy firme. Yo no tengo ni esa dulzura ni de lejos su firmeza, pero cada vez admiro más esa mezcla que tanta autoridad confería a sus palabras y a sus acciones, siempre educadas y siempre medidas. Mercedes era una reina y como tal se comportaba.
Si tuviera que quedarme con una sola entrada de este blog, sería con «El sueño de Mucalinda». Ahí está todo. Por eso hago «trampa» y la voy arrastrando, cambiándola de fecha para que siempre esté vigente. Hoy he vuelto a traerla al presente para regalársela de nuevo a ella, que tanto quiso que yo escribiera, que tanto intentó comprenderme y que tan poco le dejé saber de mí.
En «El sueño de Mucalinda», en esta entrada, está todo y ella ya lo sabe.
Como dice William Wordsworkth en su «Oda a la inmortalidad»:
«Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la yerba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste
siempre en el recuerdo».
Y añado que tal vez no solo en el recuerdo, porque el presente y el futuro no carece ni carecerá de tal belleza. Lo sé y, ante todo, lo siento.
Estos versos, para mí famosos por la película «Esplendor en la hierba», también me recuerdan a mi madre. A ella le encantaba Natalie Wood y a mí el desenlace final de esa película, que me dejó una impresión profunda que ha ido adquiriendo sentido con el tiempo y con la vida. Como tantas veces, la emoción precedió a la razón y el afecto a las explicaciones.
Quería hablar de Mercedes Madre y, al final, inevitablemente aquí estamos las dos. Seguimos y seguiremos juntas, y lo digo con alegría y, sobre todo, con convicción, como se lo dije a ella.
¡Gracias. Gracias. Gracias!
La alegría y la ilusión están también en esta canción que a ella tanto le gustaba.
Y también aquí está el enlace a «El sueño de Mucalinda»:
https://marymer.wordpress.com/2017/09/30/el-sueno-de-mucalinda/
https://marymer.wordpress.com/2012/08/24/de-trapos-y-de-letras-presentacion/