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Mermelada de mandarina y membrillo (sin azúcar)

Sigo endulzando estos días de otoño, tan hermosos y tan fríos. Esta vez he probado a hacer una mermelada sin azúcar, a ver qué tal, y el resultado ha gustado mucho.
Empiezo con los ingredientes:

10 mandarinas
1 lima
1 membrillo mediano
4 cucharadas soperas de stevia
1 tacita de agua
5 gr. de agar agar en polvo
y un poco de esencia de vainilla.

La elaboración es sencilla:

Primero se pelan las mandarinas y la lima y se extrae el zumo, filtrando las fibras más toscas, pero dejando en lo posible la pulpa suave, que dará más consistencia a la mermelada y, además, proporcionará un aporte de fibra, que nunca viene mal.
Luego pelamos y descorazonamos el membrillo (así, sin compasión, ¡qué pena!). Lo cortamos en trocitos pequeñitos y lo echamos junto con el zumo a una cazuela grande, donde ponemos también el agua, el agar agar, la stevia y la vainilla.
¡Y, hala, a cocer y a remover!
Para que el agar agar gelifique suficientemente es preciso que la mezcla cueza al menos tres minutos. yo lo tuve cociendo y sin dejar de remover al menos diez minutos, hasta que el membrillo estuvo tierno, pero consistente, diríamos que «al dente».
La mermelada, aún en caliente, se distribuye en los recipientes donde vayamos a guardarla y se deja reposar hasta que enfríe. Es muy, muy importante no moverlos hasta que no haya gelificado. El agar agar en caliente no espesa la mezcla, así que hay que esperar para saber si hemos atinado.
Esta mermelada resulta muy rica y muy fresca, pero hay que tener en cuenta que no tiene ningún conservante, así que hay que consumirla pronto.
Como aún no controlo bien las propiedades del agar agar, no me he atrevido a poner los recipientes al baño maría, pero este será mi próximo experimento.
Esta mermelada dulce y fresca, no resulta nada empalagosa. Me recuerda a una de mis óperas favoritas, «La boheme». Escucharla forma parte de mi programa de diciembre. La asocio con el frío del ambiente y el calor del amor. Pues eso, fresca y dulce, con su final un poco amargo, como esta mermelada de mandarina y membrillo.

… ¡Quién se encontrase con un poeta dispuesto a calentarnos la mano con tanta dulzura!

El otoño en confitura de membrillo

Las tardes grises y las mañanas frías me devuelven las ganas de entrar en la cocina y dedicarle tiempo a hacer un bizcocho o, como hoy, a preparar una confitura que acompañe los yogures o endulce las meriendas.
No sé… tengo algo con los membrillos. Me gusta su sabor, su firmeza aterciopelada y su aroma tan evocador. Tenía en casa tres y ayer me regalaron otro, así que ya ha sido el momento de hacer algo con ellos.
Como eran muy grandes, he tomado dos (el de ayer no, porque es tan bonito, que da pena utilizarlo, al menos de momento). He añadido una manzana fuji y un buen trozo de jengibre fresco. En total había 1 kilo de fruta, la mayoría membrillo.
Combinando varias recetas que me habían dado, he hecho una confitura según describo a continuación:

INGREDIENTES

2 membrillos (700 gr.)
1 manzana fuji (200 gr.)
100 gr. de jengibre fresco
y 500 gr. de azúcar blanco

PREPARACIÓN

He partido la fruta en trozos pequeños, dejando la piel y retirando solo los centros y las semillas. En el caso del jengibre, sí que lo he pelado y lo he cortado muy fino.
He colocado la fruta troceada en una olla grande y le he puesto el zumo de un limón. Después he añadido el azúcar y… ¡A cocer!
Al principio he puesto el calor de la vitro al máximo, pero, cuando ha empezado a cocer, lo he bajado a un nivel medio.
Durante la preparación he estado revolviendo la fruta con un cucharón de madera. Confieso que no he mirado cuánto tiempo he estado en esta fase, pero es fácil darse cuenta de cuándo la fruta está hecha. No obstante, calculo que habrá sido un cuarto de hora, a lo sumo.
Cuando la mezcla ha dejado de hervir, para que el resultado fuese más fino y homogéneo, lo he triturado con la batidora.
Luego he distribuido la confitura en cuatro tarros de cristal, que he puesto al baño maría, para que se conserve bien, aunque sospecho que no va a durar demasiado… ¡Hay quien ya se ha pedido un tarrito antes de probarla!
A mí me parece que ha quedado muy rica, con una textura muy consistente y bastante dulce, pero no empalagosa. Creo que la próxima vez incluso pondré menos azúcar. Ya veremos… ¡Todavía me quedan dos membrillos!

Le temps perdu?…

En las aceras,
la hojarasca pisada…
Las horas muertas…

 

 

El otoño es hermoso, con su halo de melancolía. Predispone el espíritu a la reflexión serena. Es como si, tras el atolondrado verano, una pudiera darse cuenta de todo lo que se le ha pasado por alto sin darse cuenta, en un tiempo impreciso: un puñado de arena finísima deslizándose entre los dedos.
Las hojas secas y las horas muertas están perdidas para siempre; aunque se empapen de lluvia o de recuerdos, las pisoteemos o hagamos un haiku con ellas, no reviven jamás.

«Et le temps perdu à savoir comment» es aún más doloroso que «Ne me quites pas», por desesperado que sea y por mucho que se repita. Y es así porque, realmente, sí se sabe cómo se ha perdido el tiempo, cómo se ha malbaratado tristemente tanta vida.
Una se propone no volver a hacerlo: no volver a malgastar las horas y los días que cada vez se sienten más preciosos. Sin embargo, no es fácil. Parece que la que se lo propone es otra muy distinta de la que se deja arrastrar por la pereza o la inercia.

«Y cómo pasa el tiempo. / Que de pronto son años» canta Silvio Rodríguez. Y cuántas veces yo misma también lo he cantado, desde muy joven, cuando aún no sabía lo que significaba realmente eso: que los momentos pasan y, de pronto, son años, décadas; hojas secas por dentro, empapadas de lluvia por fuera, imposibles de vivificar a pesar del agua, porque ya se han perdido, desconectadas de la tierra.

Pero no todo va a ser melancolía, el otoño también trae castañas y boniatos, frutos dulces y templados, que calientan las manos y perfuman las calles por encima del humo de los tubos de escape.
¡Qué milagro el de los aromas!
Con un puñado de castañas asadas en el bolsillo, calentándome las manos, me convierto en una chulapa de mantón, marcando la acera con el paso firme y la cabeza alta. Soy Fortunata atravesando Santa Engracia en busca de un destino negro y ardiente, dispuesta a jugármelo todo por un amor que no vale nada.
¿Quién dijo que el tiempo pasa y las horas se pierden? ¿Fui yo?
No. El tiempo vuelve y vuelve. Se repite en notas musicales, en aromas, en palabras, en miradas, en… Y en sentimientos, ante todo en sentimientos.

escena de interior

Si hubiera que describir un andén del metro de Madrid a una persona que no lo conociera en absoluto, que jamás hubiera bajado allí, supongo que sería necesario explicar su estructura básica, sus accesos, los materiales de los que está hecho, sus carteles publicitarios, su mobiliario, etc. Habría que contar todo eso, y añadir referencias a los sonidos, los olores, la temperatura, los colores, el ambiente en general…

Todo eso sería imprescindible para una descripción objetiva. Sin embargo, sólo con eso no podría hacerse una idea completa y cabal de lo que realmente es, de cómo se vive y se siente ese lugar.

Por ejemplo, sean cuales sean los grados centígrados que pueda marcar un termómetro de ambiente dentro de un andén cualquiera, la temperatura subjetiva que se siente allí es baja. El metro es un lugar frío. No importa que haya una madre con su niño, una pareja besándose, o dos dulces ancianitas esperando la llegada del tren. Da lo mismo, es un lugar inhóspito, que no se presta a evocaciones líricas o románticas.

Un Andén puede estar pintado del color que esté, tener azulejos de colores y estar lleno de llamativos carteles publicitarios y pantallas donde se proyectan estridentes vídeos. Es indiferente: un andén del metro es un lugar que inequívocamente se puede calificar de “gris”.

Cuando hay que pasar bastante tiempo de la vida en estos sitios, uno aprende a estar en ellos sin estar. La escena del interior de la tierra, del subterráneo de la ciudad está también llena de otras escenas que casi nunca se comparten, que son completamente individuales, porque se viven en el interior de cada uno, mientras se espera la llegada del tren.

Esas escenas íntimas a veces no tienen ni la más mínima conexión con el entorno frío y gris. Es como si esa presunta realidad no fuese más que eso “presunta”, una alucinación colectiva, una convención sensorial que nada tiene que ver con la realidad más vívida.

Creo que nadie cuenta esas sensaciones, pero estoy completamente segura de que todo el mundo las tiene de un modo más o menos consciente.

Yo, a veces, cuando estoy esperando en el andén, el metro es mentira: la gente, las luces, los ruidos… Nada de eso tiene existencia real. La verdad, la única verdad es casi del todo inefable. Me siento envuelta en una calidez suave, que me traspasa y me trasciende. Quedo diluida en la sensación de sentirme querida y abrazada, incluso más allá de los límites del espacio.

Buscando en «El Libro de los Espejismos»

En primer lugar quiero pedir disculpas a los seguidores más antiguos, porque voy a abrir una nueva categoría, «Ecos», en la que volveré a publicar algunas entradas que, si no fuese así, se perderían por los vericuetos de los días y los meses pasados.
Lo hago a petición de algunos de mis nuevos seguidores. Comprendo que es laborioso ponerse a bucear entre las entradas antiguas, así que voy a sacar a flote alguna de ellas, de vez en cuando, volviéndolas a publicar, pero sin eliminarlas de su lugar inicial.
Mi intención, por supuesto, no es repetirme y repetirme, pero sí descubrir a los nuevos seguidores algunas que considero más «atemporales», sin abusar de este recurso, por supuesto.
¡Gracias a todos por seguir leyendo «El Libro de los espejismos»!

Empapados de otoño 🍃🍂

Hoja a hoja,

el alma del otoño

nos ha empapado.

Otoño clandestino

Vuelve el otoño,
amante clandestino,
noche tras noche.

«… Begin tonight».
Sí. Primero esta noche, pero también la noche de mañana y de pasado mañana.
Ven cada vez más temprano y retírate cada vez más tarde. O, mejor, ya no te retires.
Rescátame del tedio y la somnolencia de las tardes sofocantes, del ardor irritante del sol del mediodía. DE las noches asfixiantes entre ruidos urbanos.
Regálame por fin tu frescura y tu luz serena. Porque, tras el paso por el fuego, eres el renacer, la vuelta a la vida.
Pero hoy, aún sigues así, como un amante clandestino, que solo te presentas al caer la tarde. Sin embargo, sé que terminarás por ceder y quedarte a mí lado, al menos unos meses… Unos dulces meses en los que volveré a ilusionarme, a soñar y a empezar.
Aroma a membrillo y gusto a té con bergamota, así son mis horas contigo, que llenas de serenidad, energía y ánimo para seguir adelante, mi querido y deseado Otoño.

Rosa Blanca

rosa blanca

Un plenilunio

de pétalos de rosa.

Estela de luz.

https://marymer.wordpress.com/2017/12/24/el-sueno-de-mucalinda/

https://marymer.wordpress.com/2017/09/30/para-mercedes/

Altazor como transgresión

«Una bella locura en la vida de la palabra»

Este es uno de los versos del Canto III de «Altazor o el viaje en paracaídas» de Vicente Huidobro. Define muy bien este largo y extraño poema en siete cantos. Hermético y evocador, mágico e iniciático, «Altazor» es uno de los libros que más me han influido, e incluso marcado, desde que lo leí y releí hace ya treinta años.
En el lema de este blog menciono a Sei Shonagon y su «libro de la almohada», y es cierto que me ha servido y me sirve de inspiración, pero no menos que «Altazor». Me he hecho especialmente consciente de ello estos últimos días, en los que he estado revisando algunas entradas al tiempo que he releído «Altazor» y la ponencia que adjunto aquí.
En 1992, del 15 al 19 de junio, en la Universidad Autónoma de Barcelona tuvo lugar el XXIX congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. En él presenté la ponencia: «Altazor como transgresión. Una lectura basada en claves astrológicas». Esta versión escaneada de su publicación en las actas, a pesar de haber sido revisada, me temo que puede tener alguna errata, así que pido disculpas de antemano. Realmente me hacía ilusión que formase parte de este blog, porque sin duda Todo lo que la rodea tiene un papel muy importante en mi vida.
Como decía antes, La sensibilidad del Japón Heian, representado en la obra de Sei Shonagon, me ha influido y me influye, pero no menos que la obra de Huidobro, concretamente esta, «Altazor».
El peso de la soledad, la muerte, la inevitabilidad de la caída, la lucha, la vida de las palabras, la pasión, las imágenes audaces y vibrantes, esta mezcla entre fatalismo y lucha por enfrentarlo con belleza y valentía me calaron tan hondamente que solo me nace repetir estos versos:

«Y puesto que debemos vivir y no nos suicidamos
Mientras vivamos juguemos
El simple sport de los vocablos»

Eso es lo que nos queda, lo que me queda (y no es poco), jugar el «simple sport» de los vocablos. Ahora que tanto se les pierde el respeto con absurdos retorcimientos politiqueros. Ahora que parece que la libertad y el feminismo dependen de las oes y las aes y de confundir el género gramatical con el sexo. Ahora que parece que escribir de cualquier manera es síntoma de libertad, cuando en la mayor parte de los casos es sencillamente vaguería y negligencia, en absoluto juego o experimentación. Ahora, en medio de todo ese manoseo ordinario que tanto me disgusta, reivindico este «sport de los vocablos» que jugaba Huidobro como pocos lo han jugado y lo juegan. Estoy harta de ver cómo en aras de la vulgaridad se maltrata el lenguaje, que no es otra cosa sino nuestro pensamiento y en la poesía la preciosa materia de la creación poética.
¡Así que disfrutemos con amor del lenguaje y de la poesía!

Y, para ambientar el silencio del más allá del «último horizonte» de un imaginario Canto VIII, qué mejor que 4,33 de John Cage.

ALTAZOR COMO TRANSGRESIÓN

 

 

Fe

Abandonar, renunciar a la lucha, sin victoria ni fracaso. Sencillamente descansar.
Tendría que ser posible. Uno tendría que poder pararse a mirar, a escuchar, a oler, a sentir, liberarse del miedo a perder el rumbo, a perder el tiempo. Ese rumbo y ese tiempo que ni siquiera existen.
Abandonar la lucha es la lucha. Descansar es el trabajo. Dejarse arrastrar como una rama en la corriente del río.
¡Qué maldición la de la acción! ¡Qué agotadora batalla!
Tal vez la única solución es la fe: en un dios, en el universo, en la tierra, en el amor, en las cosas, en las personas…
Seguramente es eso: falta fe. Falta confianza en lo que se hace, en lo que se sabe, en lo que se siente y en lo que se piensa. Todo es tan impermanente, tan efímero, que da miedo apoyar la cabeza para dormir sin cuidado alguno. Falta fe en los ángeles que se aparecen en los sueños y en la poesía, aunque casi se les pueda tocar en su brillante existir.
¡Qué milagro el de la fe! ¡Qué fortuna la de quienes la poseen!
Surge así la paradoja de la pereza y la acción: hacer, hacer, hacer, porque da pereza cambiar y estar, solamente estar. Por esta razón cuesta tanto mantener día a día la meditación y la quietud. Es más fácil seguir en la inercia de elaborar y producir: palabras, tejidos, conocimientos, discursos, chismorreos… Eso es hacer, eso produce un resultado y no necesita fe alguna. Sin embargo, contemplar, permanecer y soltar dan mucha pereza porque «¿para qué?».
Falta tanta confianza en la propia sabiduría y en nuestro corazón, que todo hay que aprenderlo en cursos, talleres y libros, con técnicas, cuanto más complejas, mejor: así podemos hacer hasta cuando se trata de no hacer.
¿La confianza, la fe, crecen si se las cultiva?
Sinceramente no lo sé. Quiero pensar que sí, pero hoy, al menos hoy, no tengo la respuesta.
En todo caso, si no hay fe, habrá que apoyarse en otra cosa, tal vez en una sana disciplina. Porque, ante todo, no se puede renunciar a la liberación y la paz internas, a la posibilidad de un día, un instante, dejar de luchar y abandonarse al poder de existir.

Estrella de agosto

Llega hasta el cielo

el fuego de las calles.

Noche de agosto:

se funde una estrella,

fugaz como el deseo.

¡Qué cruel y qué intenso es el fuego que se levanta desde las calles hasta los cielos! Parece que vivimos en un mar sólido e incandescente, al que echamos paladas y paladas de combustible. Arden el suelo, las paredes, los semáforos… Los pájaros nadan ahogándose en un océano asfixiante y las plantas se doblegan bajo el peso de los grados.

Lo sabemos: no somos inocentes de estas llamas lentas y constantes que nos van envolviendo a todos y a todo. El cielo parece lejano, pero el calor avanza sin freno, y ya hace mucho que le ha alcanzado. La fiebre de la Tierra es alta y no hay paños fríos para una frente tan larga como el horizonte.

¿Qué vamos a hacer cuando todas las estrellas estén fundidas y ya no haya a quién pedirle los deseos? ¿Quién va a guiar el rumbo de tanto destino errante? ¿Qué harán las flores sin abejas y los labios sin miel?

¡Estrella efímera, antes de fundirte, concédeme un deseo grande como un planeta y difícil como el amor! ¡Concédeme tu vida y la de las abejas! Ojalá que, algún día, cuando yo ya no esté, solo te pidan sueños de amor y de aventura.

¡Ha vuelto!

Parece que el anuncio del cambio de rumbo le ha hecho volver.
El año pasado le esperé día tras día, noche tras noche, y no llegó. En verano, Chamberí sin él no es lo mismo. pero este año… ¡Ha vuelto!
Precisamente ayer, después de publicar «Primera página» comencé a escucharle. No me lo podía creer: ¡otra vez su serenata a pie de balcón! ¡Y con qué bríos!
Ahora mismo, incluso desde dentro de casa, mientras escribo, estoy oyéndole. Me hace tanta ilusión, que no quiero esperar a componerle un haiku para publicar esta entrada. Al revés que en otras ocasiones, la glosa lo precede.
Y es que, la verdad, no creo en las casualidades. Precisamente ayer, cuando estaba dudando entre cerrar o no este blog, y opté por cambiarle el nombre, modificar un tanto el rumbo  y seguir adelante, resulta que mi querido grillo vuelve a ofrecerme su serenata. ¿Sería que también estaba harto del «Cajondesastre»? ¿Será que no le gustan mis haiku?…
En fin, siento una profunda gratitud hacia todas las personas que me habéis animado a que siga con este blog, compartiendo y comunicándome con vosotros. Os lo agradezco de todo corazón, a los que conozco y a los que no, porque es un placer y un honor saber que estáis ahí.
Y, además, resulta que él también ha vuelto. Como si mi tuno solitario estuviese esperando una señal, un pequeño cambio para presentarse bajo mi balcón, con más energía y audacia que nunca.
kokoro kara arigatoo!!!!! ¡Gracias de todo corazón!