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Espiritualidad, humor y miedo

30 30Europe/Madrid noviembre 30Europe/Madrid 2015

En noviembre de 2009 Laura Arrache me invitó a dar una charla-taller en AESE (Asociación Española de Sanadores Espirituales) que trataba sobre el asunto de la relación entre el humor, el miedo y la espiritualidad.
A continuación incluyo aquí el texto en el que me basé para mi exposición, que tuvo una muy buena acogida por parte del auditorio; no porque me dieran la razón en todo, que no era en absoluto mi intención; sino porque entraron al trapo con preguntas, observaciones, debates, hasta el punto de que nos tuvieron que pedir que nos fuésemos porque había otra actividad después en la sala.
He hablado otras muchas veces en público, pero esta es en la que me sentí mejor, más en comunicación con quienes tenía delante, tal vez porque estaba hablando de mis ideas y no sobre temas impuestos, como casi siempre que me he visto en esas, especialmente por motivos de trabajo.

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En primer lugar quisiera hacer una breve presentación, porque el planteamiento de este espacio, más que de charla, quisiera que fuese de diálogo, y para ello precisamos saber al menos nuestros nombres para dirigirnos unos a otros.
Más que conferenciante, quisiera tener aquí la función de coordinadora de este diálogo, del que espero aprender para seguir profundizando en estos aspectos del conocimiento humano y, por supuesto, también me gustaría que, cuando salgamos de aquí, lo que hayamos hablado sirva para que nos hagamos preguntas y realicemos reflexiones útiles para nuestra vida.
Por tanto, como coordinadora de este diálogo, antes de nada, creo que es imprescindible saber de qué queremos hablar y delimitar el alcance de la terminología básica a la que nos referiremos.
Considero que las palabras son muy importantes. Es fundamental, no sólo el establecer a qué nos referimos cuando hablamos de algo, sino tener también en cuenta cuál es la carga subjetiva de esa palabra, porque eso está actuando sobre nosotros, sobre nuestro modo de pensar, sin que reparemos en ello claramente.
Cuando nos referimos a términos poco corrientes, es evidente la necesidad de definirlos, para que todos podamos hablar sobre ellos. Pero, sin embargo, cuando utilizamos palabras usuales, términos que todos pensamos que conocemos, muchas veces no lo hacemos, y eso crea malos entendidos, discusiones bizantinas y, en fin, incomprensión.
Porque, aunque todos tengamos una idea de lo que es la espiritualidad, el humor o el miedo, seguramente, si hiciéramos ahora una puesta en común, habría importantes diferencias de matiz entre lo que unos y otros entendemos por estas cosas.
En sí esa puesta en común ya sería un ejercicio más que interesante y que nos conduciría a darnos cuenta de bastantes cosas que se nos pasan desapercibidas, pero esto nos llevaría un tiempo del que no disponemos, por eso voy a intentar acotar de un modo claro qué entiendo yo por los términos que voy a usar, para que todos discutamos sobre lo mismo, al menos como punto de partida.
Aunque no sólo hablaré de “espiritualidad”, ”humor” y “miedo”, creo que sobre estos tres ejes puede girar la base del planteamiento que os expondré y sobre el que quisiera que dialogásemos.
En primer lugar, cuando uno se pone a leer y a pensar acerca de la espiritualidad se da cuenta de que es un concepto tan escurridizo y “gaseoso” como alguno de sus significados.
No hay tiempo (ni en éste ni en el resto de los casos) de citar todas las referencias exactas, pero si queréis comprobar lo que os digo, no tenéis más que echar un vistazo al DRAE o al Espasa Calpe, o daros una vuelta por internet. La espiritualidad parece significar tantas cosas y tan “inefables”, que, al final, puede ser cualquier cosa y, lamentablemente, eso es también como no ser nada.
En fin, yo quisiera desvincular, aunque sea metodológicamente, la espiritualidad de la religión. Primero porque personalmente dudo seriamente de la existencia de seres superiores que estén “arriba”, dirigiendo con mejor o peor fortuna e intenciones nuestros destinos; y, segundo, porque, si adoptáramos alguna de esas versiones de la “espiritualidad”, tendríamos que prescindir de las demás y, por tanto, dejar fuera a quienes no tengan las mismas creencias.
Así pues, voy a referirme a la espiritualidad como un conjunto de habilidades y de capacidades mentales, que pueden desarrollarse en el ser humano (que sepamos, de momento) y que son trascendentes en la medida en que van más allá de la visión más cotidiana e inmediata de la realidad. En distintas tradiciones y escuelas se han impartido enseñanzas acerca de cómo descubrir y potenciar esos recursos que posemos, y creo que todos los que estamos aquí tenemos alguna experiencia al respecto, por lo que no creo que sea necesario profundizar en ello. No obstante, lo que sí pienso que es interesante es indicar que, según este concepto de “espiritualidad”, ésta no se opone a lo material, como frecuentemente reflejan las definiciones del término, sino que lo incluye de manera inequívoca.
Lo espiritual no es lo opuesto a lo material, sino un modo más amplio de percibirlo. La realidad no es sólo tal cual se percibe en principio, es más, es algo a veces completamente distinto. Por ejemplo, nosotros percibimos la materia como algo sólido y estable. Sin embargo, esa “solidez”, analizando cada molécula, cada átomo, resulta más que discutible; y la “estabilidad” es una auténtica ilusión de seres que nos aferramos a una permanencia de las cosas totalmente falsa, tanto en los aspectos físicos como en los psicológicos: la mesa de hoy, no es la misma mesa de ayer y, desde luego, la Mercedes de hace dos días no es la misma que la de hoy. Nuestras células nacen y mueren, los componentes de los objetos se oxidan al contacto con el aire. Todo está cambiando constantemente y el desarrrollo de algunas de las facetas de la espiritualidad nos pone ante esa realidad, nos ayuda a experimentarla y, lo que es más importante, a asumirla.
Así que, ante esto, la persona espiritual no puede ser alguien que “se vuela”, que se evade de la realidad y de lo cotidiano, sino alguien que lo ve, lo comprende y le da la dimensión que realmente tiene. A través de esa comprensión es como se pueden entender y asumir los avatares de la vida, sin que el apego hacia lo bueno nos arrastre y el rechazo hacia lo malo nos hunda. De ahí la serenidad que se espera de las personas espirituales, serenidad que no se correspondería entonces con la resignación o la espera de una recompensa en el más allá, sino con el desarrollo de una sabiduría que, a medida que se practica, se integra cada vez más en lo cotidiano.
Sin embargo, una vez más, la impermanencia se impone y personas con una serenidad y espiritualidad más o menos reconocida, se hartan, se cabrean, se disgustan, etc. Y, según entiendo yo, eso no es un fracaso, sino la manifestación real del movimiento de la corriente de conciencia y del fluir vital. Una vez más: no somos el mismo un día y otro. Tal vez podamos decir que “estamos espirituales”. Tal vez sería esto lo verdaderamente adecuado y más fiel a la realidad. Lo importante sería que, cada vez más y por nuestro propio bien y el de quien está a nuestro alrededor, pudiéramos “estar espirituales”, en el sentido de estar atentos a la naturaleza real de las cosas y en armonía con ella.
Esto, por supuesto, no supone no luchar, quedarse cruzado de brazos ante lo que acontece, ni mucho menos. El equilibrio que proporciona el desarrollo espiritual permite actuar sin reaccionar desmesuradamente. Hay muchos ejemplos que todos tenemos en mente, seguramente de personas conocidas y de otras no tanto, que han puesto en marcha, desde su espiritualidad, muchas acciones, algunas de ellas arriesgando su seguridad y su propia vida.
En fin, que la Espiritualidad” no sería así un desentendimiento de las circunstancias, una manera de “evadirse del mundo”, sino un recurso para implicarse en él con conocimiento y eficacia.

Y, en medio de todo esto, ¿qué pinta el humor?

Una vez más estamos ante un término muy conocido, lleno de connotaciones desde su origen, que daría para tanto que yo misma llegué a plantearlo como una tesis en la universidad. Precisamente por esto, es preciso que digamos a qué vamos a referirnos cuando hablemos de “humor”.
En este caso “humor” sería un estado de ánimo positivo, inclinado a contemplar las cosas con desenfado, pudiendo reírse libremente de ellas, pero sin ánimo de ofender, sino más bien de desdramatizar. De ahí lo importante de reírse principalmente de uno mismo. Ser capaces de no “tomarnos completamente” en serio nuestras cosas (tan importantes ellas siempre) es muy relajado.
En esta perspectiva, el humor supone un punto de distanciamiento de la realidad. Es el modo en el que muchas personas pueden soportar a veces pesos que, de otro modo, les resultarían mucho más gravosos. El sentido del humor es pues, sin duda, algo saludable, algo que facilita la vida de las personas que lo tienen y de quienes conviven con ellos.
Sin embargo, el humor también tiene su lado oscuro. El más evidente es el del humor hiriente, ese sarcasmo que puede llegar a ser más doloroso que una bofetada y más efectivo que ésta para poner a alguien en su sitio. Es decir, hay un humor agresivo y violento, un humor que muchos dirían que no debe utilizarse nunca, pero que yo pienso que, como cualquier otro arma, siempre puede utilizarse como “legítima defensa”. Eso sí, como todas las armas, hay que pensar muy mucho cuándo y cómo se usan, porque -ya se sabe- “las carga el diablo”.
Además de esto, también hay que tener en cuenta que el humor supone siempre cierto grado de “distanciamiento”. Ante un problema, la respuesta de las lágrimas y la tristeza suponen una identificación que se implica y se sumerge en el hecho doloroso o conflictivo, mientras que el humor supone dar un paso atrás para poder observar la situación desde otro ángulo.
En principio esto puede estar muy bien, pero también puede convertirse (como pasa con algunas versiones del desarrollo espiritual) en una manera de escapismo vital. Vamos, dicho claramente, en una mala costumbre útil para no implicarse nunca con nada.
Ahora podemos ver qué hay en común entre la espiritualidad de la que estamos hablando y el humor. En ambos casos pueden ser formas de huir de la vida, de no implicarse en la realidad, pero también ambas cosas pueden ser un medio para enfrentar y comprender más claramente lo que está sucediendo, desdramatizándolo, quitándole carga, pero sin eludirlo. Así, el humor contribuye a no tomarnos tan en serio lo que consideramos permanente e inmutable, y facilita que podamos aceptar que realmente no es así.
Es más, el humor puede servir para que la espiritualidad no se desbordde hacia esa trascendencia escapista. Debemos ser capaces de poner en tela de juicio nuestras creencias y hasta reírnos de ellas. Eso supone, ni más ni menos, que no somos sus prisioneros, que creemos lo que experimentamos y que somos capaces de entender que hasta nuestras “verdades” son cuestionables. Por supuesto, esto es posible desde una visión laica (por decirlo de algún modo) de la espiritualidad, ya que, desde el dogmatismo o la fe en seres superiores, parece más difícil aceptar el “guasearse” un poco de sus planteamientos y de nuestra unión con ellos. Aunque realmente este último punto no puedo más que intuirlo porque, como he dicho, yo no albergo esas creencias, no obstante sí que he constatado que quienes sí las tienen son poco proclives a mirarlas de vez en cuando de modo juguetón y desenfadado. Y, si observásemos, por ejemplo, como juegan los niños, nos daríamos cuenta que se lo toman muy en serio. Es decir, no es del todo incompatible el humor y el tomarse las cosas en serio. De nuevo el humor, como la espiritualidad (como casi todo) son más estados que naturalezas estables. Hasta la persona con mejor sentido del humor puede (e incluso debe) no “estar de humor” (el habla cotidiana lo refleja muy bien) en determinados momentos. Uno no puede ir a dar el pésame a una madre y esperar decir algo que la ponga automáticamente de buen humor. A veces, sencillamente uno debe acompañar o vivir los hechos en la medida de su carga, pero, eso sí, saber no quedarse enganchados más de la cuenta en ello.
Por otra parte, la espiritualidad también puede tener la misma función de contención con respecto al humor. Como decíamos, el humor sarcástico es un arma, y tal vez sea a través por ejemplo de la espiritualidad y de la serenidad que proporciona ésta, como podamos distinguir cuándo es imprescindible utilizarlo, cuándo no nos queda más remedio. Además, la amplitud de miras que debería proporcionar el desarrollo espiritual también sería un dique de contención para que el humor no se convierta en un modo de escapismo. Esto es, el autoconocimiento y la atención despierta, que se ejercitan con la potenciación de las habilidades espirituales, impedirían que se llegue a la irresponsabilidad vital a través del humor.

Una vez llegados hasta aquí hay que fijarse en el tercer término de este planteamiento: el miedo.

Como en el caso del humor, del miedo se ha hablado mucho y hay multitud de definiciones y trabajos en relación tanto a sus aspectos físicos como psicológicos.
El miedo, como reacción ante un peligro real e inminente es mucho más que deseable. Es decir, parece que hay que deshacerse siempre de los miedos, ser siempre valientes, como ser siempre optimistas (entendiendo esto como quien ve siempre el lado positivo de las cosas), pero esto ni puede ni debe ser siempre así. El miedo es un mecanismo de defensa sanísimo, que sirve para que todos los seres vivos se defiendan de lo que consideran agresiones. Si uno siempre ve el lado positivo, tal vez se encuentre con más de un problema por no “haber mirado” bien en un momento dado.
Pero la clave del asunto está en lo que “consideramos” peligroso. Nuestra endoculturación, nuestra socialización, en alguna medida, se basa en el miedo. Y aquí entenderemos miedo, no sólo como las reacciones y los sentimientos provocados por la sobrevenida de un daño, sino también como la reacción ante la posibilidad de que suceda algo que no queremos que pase. Es decir tememos las consecuencias de nuestros actos y, por tanto, por ejemplo, no delinquimos. Estamos educados desde niños en el miedo al castigo y, si hablamos de religión, el miedo es ya una constante para limitar nuestros actos, nuestras decisiones y hasta nuestros pensamientos.
Ante esto, no es en absoluto sorprendente que, si uno está educado en el miedo, uno acabe desarrollándolo cuando hace falta y cuando no. Es ahí donde cobra importancia el desarrollo espiritual y es ahí donde cobra importancia el humor. Poder estar atentos a la verdadera dimensión de las cosas, así como poder desdramatizarlas, nos libera de una enorme carga a la hora de valorar nuestras ideas y, por supuesto, en el momento de actuar con respecto a ellas.
Por ejemplo, uno de los principales miedos es a perder lo que tenemos, sin darnos cuenta de que eso, “lo que tenemos”, como tal cosa es algo impermanente, algo cuya durabilidad, en último extremo, no depende sólo de nosotros. Y todos tenemos ejemplos en nuestras vidas que lo prueban.
Por supuesto, esto no debe llevar a un estado inane, a dejarnos llevar como un tronco por la corriente, sino más bien a comprender cómo es la realidad y aprovechar en todo lo posible esa corriente y combinarla con nuestras capacidades de “flotación” y “dirección”, sin obcecarnos en darle la vuelta a la corriente, ni sumirnos en el auto abandono.

Y ahora quisiera introducir un término nuevo que considero muy importante a partir de mis últimas reflexiones: la valentía.

Estudiando los principios del Shiatsu y Movimiento de Bill Palmer y la Psicología Positiva de Martin Seligman he reparado en que volcamos demasiado interés en las emociones negativas o, mejor dicho, en lo que tienen de negativo y patológico las emociones.
Por ejemplo, en el caso del miedo, os invito a que hagáis una búsqueda bibliográfica o en Internet, para que veáis las enormes cantidades de textos y referencias que se pueden encontrar al respecto. Sin embargo, si uno se centra en buscar algo sobre la “valentía”, la cosa cambia notablemente.
Es decir, nuestra sociedad y los terapeutas nos hemos centrado en observar e intentar “curar” lo patológico, dejando a un lado “lo que está bien”, puesto que así es como debe ser. Sin embargo, si uno extrae cuales son los ingredientes que hacen que “estemos bien”, seguramente podremos incluirlos en otras de nuestras mezclas vitales.
Esto es, desde nuestra impermanencia, desde nuestro “estar”, tal vez la clave sea observar qué se mueve, qué funciona, qué “utilizamos” cuando estamos realmente bien y no centrar el análisis siempre en nuestros estados negativos. Es más, parece que se llega a un punto en que cada día algunas personas se ponen un “termómetro” psicológico para ver hasta qué punto están mal o cómo se sienten. Por ejemplo, creo que la depresión de muchas personas se alimenta de las propias terapias que supuestamente deberían servirles para salir de sí mismos, porque suelen basarse en una introspección sobre otra y dejan poco paso a observar el mundo, a fijarse en cómo están los demás, cómo se sienten y ocuparse de ellos.
Finalmente, como una cuestión práctica con respecto a la oposición miedo/valentía, me gustaría plantear una meditación en la que nos visualicemos en una situación en la que hayamos sentido que hemos sido capaces de vencer el miedo y que hemos salido airosos y, posteriormente, visualizar una situación que no seamos capaces de enfrentar, pero que quisiéramos hacerlo, y que apliquemos qué hicimos en la primera para lograrlo y nos visualicemos haciéndolo.
A partir de esto, la intención sería observar cómo sentimos el cuerpo en ambas situaciones, donde nos liberamos o donde nos bloqueamos, qué mecanismos mentales se desencadenan, y hacernos conscientes de ello.
No hay recetas, porque cada persona en cada momento se encontrará en un estado diferente. Como ya he dicho, creo que nadie “es nada” al cien por ciento. Todos “estamos” valientes, temerosos, optimistas, sombríos, ect. Todos somos todos esos, todos tenemos en mayor o menor medida esas facetas y se trata de sacarles partido, de hacerlas presentes cuando pensemos que corresponda y aceptarlas.
Espero que esto sirva para abrir el diálogo y que quien lo desée plantée sus propias experiencias y reflexiones.
Muchas gracias.

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