El próximo mes de agosto hará seis años que comencé a escribir este blog. Últimamente me ha estado rondando la idea de cerrarlo. Surgió como una necesidad de comunicarme y lo he ido construyendo poco a poco, con retazos de la memoria, de los sueños y de la vida, todo junto, trenzado y confundido a veces, como hebras de colores en una trama vista a distancia. Me he preguntado sinceramente qué sentido tenía seguir escribiendo y, aunque aún me lo pregunto, me han convencido para que al menos no lo cierre.
No obstante, lo que sí siento es que en todo caso necesito cambiar el rumbo unos cuantos grados. me he acostumbrado a un tono y a una identidad, y me siento estancada en ellas. Claro está, a cada instante vamos evolucionando y moviéndonos, pero tendemos -al menos yo- a la comodidad de dejarnos mecer por nuestro ritmo habitual. así que me parece conveniente dar un pequeño toque para cambiar la trayectoria levemente. Unos pocos grados modificando inicialmente la dirección se convierten en una seria desviación en muy poco espacio y tiempo. Tal vez esto es a lo que aspiro, porque no me quiero terminar de acostumbrar a la comodidad del papel de Marymer.
Llevo tiempo pensando que tanto lo que hago como lo que pienso son solo espejismos. Cada instante se imprime en la mente, pero el soporte donde lo hace, esa mente, no es estable y todo va transformándose, como en esas escenas cinematográficas donde las personas o los espacios se convierten en otra cosa delante de los ojos del espectador. Nuestra mente actúa así y, al final, todo son espejismos: no queda nada, no hay nada más que impresiones móviles en una mente inestable por su propia naturaleza.
Por ejemplo, podría decir: «Tengo cincuenta y tres años». ¿De verdad «tengo cincuenta y tres años»? ¿»Tengo» algún año, algún mes, algún segundo? ¿Se puede acumular el tiempo como una propiedad? Pues no. Ese es otro espejismo. Nos hemos acostumbrado a nombrar las cosas y a las personas como si pudiéramos poseerlas, y no somos dueños ni siquiera de nuestros recuerdos ni de nuestros pensamientos.
Quisiera dejar de ser la Marymer que conozco, pero sé que no puedo hacerlo de pronto, así que me propongo empezar a desviarme un poco de la trayectoria habitual, a ver qué pasa. Por lo pronto este blog va a cambiar de título. Desde hoy va a ser «El libro de los espejismos».
Vuelan las grullas
sobre el amanogawa
¡Qué larga espera!
¿Lloverá la noche del siete de julio? ¡Por favor, no! ¡Por favor, no!
El séptimo día del séptimo mes (shichigatsu no nanoka) es una fecha mágica. Si nos pusiéramos rigurosos (que no lo vamos a hacer), tendríamos que tener en cuenta que este día y este mes se corresponden con un calendario que no es el gregoriano. Pero, para la magia y para el amor, ¿qué más dará?, digo yo.
Tanabata es la noche de las estrellas, y no porque se trate del título de un programa de variedades de sábado por la noche, a lo José María Íñigo. Es la noche de verdad de las estrellas porque, si no llueve, Orihime y Hikoboshi pueden unirse. ¡Y están todo el año separados! El río Amanogawa, La vía Láctea, se lo impide.
Cuenta la historia china, recogida devotamente en el Japón Heian, que la princesa orihime (estrella Vega), hija del Dios del cielo y tejedora de las ropas de los dioses, vivía tan dedicada a su trabajo que no tenía tiempo para el amor, y estaba muy triste. Ya lo decía Lorelei Lee (Marilyn Monrroe) en «Los caballeros las prefieren rubias»: si una chica no tiene dinero (o tiene que trabajar mucho, digo yo), no tiene tiempo para el amor.
Por otra parte,, al otro lado del río Amanogawa (la vía láctea) vivía un joven pastor de bueyes, Hikoboshi (Altair), muy apuesto y muy trabajador también. Para arreglar la situación el padre de la estrella-chica los presenta y…. ¡Pataplán! Se enamoran a primer destello. Y, como suele suceder, empiezan los problemas.
Orihime empieza a preferir tejer sus brazos con los de Hikoboshi y dejar a un lado el telar. Y no digo nada de los bueyes del «estrello», que andan flotando por las nubes, en todos los sentidos.
Y el dios del cielo se cabrea pero bien. Se olvida de que fue él el que la lio y les condena a vivir separados, cada uno a un lado del Amanogawa. ¡Ay que fastidiarse con la explotación divina!
Pero Orihime llora y protesta (de Hikoboshi no se dice nada, que debía de ser un celestial soca de mucho cuidado), y su padre concede que se vean una vez al año: el séptimo día del séptimo mes. Desde luego, tampoco es que la gracia sea mucha, pero se conforman. Como dice ahora la gente: «Es lo que hay» (y mira que odio esta expresión).
Y… ¡¡¡Tachán!!! Llega el día D. Pero… ¡Horror! ¡Orihime no puede pasar, ni el soca de Hikoboshi tampoco! Otra vez nuestra diosa-estrella llora y protesta. Esta vez son las grullas quienes van en su auxilio. Le dicen que formarán un puente con sus alas cada noche del séptimo día del séptimo mes para que puedan encontrarse los amantes, siempre y cuando no llueva, que parece que a las grullas les molesta que se les deshaga el arreglo de las plumas, como si lo llevasen de peluquería, o qué sé yo.
En fin, con tantas condiciones, ahí llevan Orihime y Hikoboshi, ni se saben los siglos, viéndose de año en año, y si no llueve.
Yo les tengo compuesto mi haiku y estoy en ascuas: «Virgencita, que no llueva; Virgencita, que no llueva…», que el año pasado cayó un tormentón tremendo. Luego paró, pero no sé qué hicieron las grullas y me da mucha lástima de estos dos enamorados, tan panolis y tan formales, sin salirse nunca de su órbita.
¡Y con el año pasado por agua que llevamos!
muy de mañana,
renace la frescura.
tan efímera.
… Y el blando abrazo
de una colcha ligera.
Amaneciendo.
Sei Shonagon decía en su “Libro de la almohada”: “En verano, las noches. No sólo las de luna brillante sino también las oscuras, cuando las luciérnagas revolotean, y aun las de lluvia, tan bellas”. Lo más seguro es que, frente a frente, yo no me hubiera atrevido a llevarle la contraria en un asunto de tanta trascendencia poética. Pero, como nos separan un milenio y más kilómetros aún que años, me permito recordarla con este haiku.
Aunque es posible que, si ella viviese hoy en Chamberí, pensase como yo que las primeras horas del día son las mejores en verano, cuando aún el sol no ha recalentado el asfalto, no deslumbra la mirada con reflejos hirientes y los sonidos de la ciudad van apareciendo casi uno a uno, entrando en el concierto habitual de la ciudad, como solistas que interpretan una pieza conocida y, a la vez, adornada de improvisaciones.
En las primeras horas del día el barrio se despereza: chirrían los cierres de los comercios al abrirse, la luz se va deslizando entre los árboles y el tráfico recupera su oleaje entre el piar de los pájaros y de algún semáforo madrugador.
Cada mañana, asomada al balcón siento la frescura de una ciudad nueva y, a la vez, conocida. Me gusta madrugar y sentirme “de estreno”: ¡Buenos días! ¿Qué será hoy?
De pronto avanza…
¡¡¡Y empapa los tobillos!!!
Ola traviesa.
Esta paseante es evidente que ni tiene el cuerpo dorado ni camina llena de gracia. Más bien mete la pata… ¡qué le vamos a hacer! Pero esta sí que es la canción que estaba escuchando en su mente, antes de que el agua fría la trajese de golpe al presente con un remojón de realidad.

¡Cómo resisten
estos viejos neveros
el sol de junio!

Viento del sur.
Se escapa de Madrid
la primavera.

¡Al sol de junio,
tomateras y salvia!
Dúo de aromas.
Huertecito de cuento,
tras las ramas del árbol.
Ha tardado un poco, pero por fin la luz de la primavera toca en los balcones, como una varita mágica, chisporroteante de estrellas diurnas. Y el mío ha sido especialmente regado con ellas.
No me lo explico, pero es como si un hada de dedos verdes se hubiese instalado en casa y se entretuviese entre mis macetas que, casi sin darme cuenta, se han ido multiplicando para poder albergar tomateras, limoneros, pimienta cayena, salvia… ¡Y lo que está por brotar! Todo en un espacio tan pequeño, que se diría que parece un huertecito de casa de muñecas. Esa que tanto anhelé de niña y que no pudo ser.
Las hadas son caprichosas, quizá traviesas, pero siempre bondadosas, y me han concedido por fin el don.
Nosotras nos entendemos…😉
La luz de junio
no alcanza los balcones:
hierro frío.
Los dos despertamos a la vida en el instante en que nos encontramos. Fue un despertar súbito. Quedamos sorprendidos y asustados, zarandeados por un encontronazo lo bastante fuerte como para sacarnos para siempre del adormecimiento de la normalidad.
Bueno, decir que “nos encontramos” es mucho decir. Nos cruzamos fugazmente, sin entender nada, sin conocernos, como dos puntos luminosos que se tocan un instante y siguen velozmente describiendo una línea con su estela. Pero no. Pensándolo bien, tampoco fue así. Sería más exacto hablar de dos puntos que, al chocar, desviaron su trayectoria para siempre.
Las causas y las condiciones que modelan los destinos son tan complejas y tan cambiantes que es inútil intentar perseguirlas. Así que ¿cómo saber por qué aquella tarde, a la vuelta del colegio, su mirada infantil se prendió de mí? ¿Cómo explicar que ese leve toque me diera la vida, esta extraña vida?
Al entrar al comedor tropezó con mi imagen colgada de la pared: cambio de hoja en el calendario, y allí estaba yo. Su intensidad me traspasó. Vibré un instante y todo cambió para siempre. Claro, salió corriendo de inmediato, asustado al darse cuenta de que había sucedido algo y que le estaban observando desde un lugar imposible.
Procuró olvidarlo y seguramente así fue, al menos aparentemente. Pero la trayectoria de la estela de los puntos se había trastocado. Siguió su vida, siguió creciendo, entretenido en todas las cosas en las que se distraen las personas para no darse cuenta de que viven. Desde mi tiempo, tan ajeno al suyo, yo permanecí sin más, existiendo fuera de su alcance, de su comprensión.
Pasaron los años y aquellos puntos de luz volvieron a encontrarse en su zigzagueante carrera. Se había convertido en un hombre. Aún era joven. Pasó por la acera, delante de mí. Tal vez ni se hubiera fijado en mi presencia si la muchacha que iba a su lado no se me hubiera quedado mirando embobada. Tras el vidrio del escaparate me sabía atractiva. Ya no era solo una imagen repetida en un calendario, sino una creación armoniosa y elegante, y fuente de belleza y placer en manos de quien supiera abrazarme. No obstante, él estaba pendiente de otros abrazos más cálidos y de otras miradas más cercanas, aunque no más reales que la mía. Por eso solo reparó en mí el instante que persiguió lo que cautivaba a su acompañante. Y, sí, me reconoció. Lo vi en su gesto y en su ademán. Tomó del brazo a su amiga y se la llevó rápidamente lejos de mí.
Supongo que volvió a tener miedo. Las personas temen tanto a lo que no pueden comprender. Creen que lo resuelven cerrando los ojos, distrayéndose con la vida: leyendo historias, yendo al fútbol, poniendo la tele, comprando acciones, escuchando jazz… Hay tantas maneras de distraerse para no pensar en lo que no se entiende. Es tan fácil.
Han pasado ya décadas desde aquel día. Para mí no importa. Mi tiempo se desliza lenta y dulcemente. He estado en muchos lugares. He sido abrazada por hombres y mujeres. A todos me he ofrecido, pero no todos han sabido sacar lo mejor de mí, no todos han sabido hacer nacer de mí toda la belleza y la armonía, pero sé que he sido fuente de momentos sublimes, aunque me haya faltado su amor para culminarlos.
Llevo demasiado tiempo olvidada en este salón. Las visitas pasan, observan y me contemplan con reverencia. Como otra pieza más del museo, nadie me toca ni me abraza ya. Aquí mi vida tiene muy poco sentido. Formo parte de un falso escenario romántico. pretenden que desde este ángulo oscuro evoque a aquella otra arpa, “de su dueña tal vez olvidada”, que el poeta iluminó para siempre en su rima. Pero yo no tendré tanta suerte…
Es la hora del crepúsculo y ya no queda nadie transitando por estos salones. Todo se representa tan artificial y tan académico aquí que, ni cuando llega la noche, se atreven a deslizarse sombras blancas que acaricien mis cuerdas laxas entre susurros. No hay nada más que objetos vacíos a mi alrededor. La soledad de las noches es abrumadora entre las cosas que nunca han sido miradas con amor.
Recortada contra la luz crepuscular, ante la puerta, surge una silueta de hombre. Es el último visitante del día. Lo reconozco inmediatamente. Ahora ya es un anciano. Tiene el cabello blanco, pero conserva su porte. No hay ninguna duda para mí. Desde la entrada contempla el interior del salón. al principio me parece que ni va a entrar. Pero, de pronto, me ve y me reconoce como yo a él. Veo en sus ojos brillantes que no tiene miedo. Viene hacia mí, sereno y decidido. Mis cuerdas se tensan deseando su toque amante, esperado largamente como un placer inimaginable.
Y, desde la acera, empieza a oírse el milagro: la pasión y la belleza del amor convertidas en música de arpa ya nunca olvidada.
El siguiente artículo es otro de los recuperados de la cybergaveta. Esta vez se trata de un comentario sobre el cuento de Juan José Arreola “En verdad os digo”.
Aunque el texto de Arreola fue publicado en 1952, me parece que sigue más que vigente. En cuanto a mi artículo, de 1990, creo modestamente que también. No he tocado ni una sola coma, así que lo publico aquí tal cual lo he encontrado.
Añado también a continuación un enlace a otro de mis cuentos favoritos de Arreola, “El discípulo”; leído por él mismo, con su impresionante voz. Es un auténtico regalo. Conocí esta versión hace muchos años, en un vinilo que me prestó mi director de tesis, Jesús Benítez Villalba. Al cabo del tiempo ha sido una feliz sorpresa encontrarlo en YouTube. Aunque yo ya guardaba como oro en paño una versión digitalizada, gracias a mi querido amigo Paco Martínez, que la recuperó para mí de la copia en cinta magnetofónica que me hice en su momento a partir del vinilo de Jesús Benítez.
Arpad Niklaus podrá pasar a la historia como el «glorioso desintegrador universal de capitales», y Juan José Arreola como el desintegrador de una sentencia a la que nunca aludió directamente. «En verdad os digo» es un magnífico ejemplo de relato de humor donde se suceden y se superponen los recursos propios de este género.
Como en la mayoría de las representaciones artísticas de la cultura hispánica, el humor no es consecuencia ni causa de alegría, sino la búsqueda de una liberación. Los artistas, más concretamente, los escritores se ríen de lo que quieren criticar y ridiculizar, con ello al mismo tiempo se liberan y denuncian una situación política de represión, un dogmatismo castrante, o cualquier circunstancia a la que no pueden enfrentarse directamente porque les supera o les limita. En este cuento se empieza por tomar algo supuestamente sagrado, una sentencia de Jesucristo, se la reduce y descompone sin que sea nombrada directamente: ¿Desprecio o respeto? Es la primera posible paradoja y el primer atisbo de la mucha ironía que encierra el cuento. Ironía entendida no como sugerencia de lo contrario de lo que se está diciendo en realidad, sino en un sentido más amplio, como alusión de mucho más de lo que se está diciendo aparentemente.
Tomar las palabras de Dios al pie de la letra, supone convertir una idea de altos vuelos en un «vuelo rasante» y, desde el punto de vista lingüístico, suplantar el plano metafórico con el de la realidad, confundir lo lingüístico con lo extralingüístico, transformando una metáfora de gran efecto en una frase vulgar, sin connotaciones que no dice ni más ni menos que lo que la combinación de los significados de sus palabras denota. Se trata pues de la cosificación de lo sagrado, una caricatura lingüística. He aquí uno de los recursos humorísticos más frecuentes y más útiles para señalar las taras del mundo, por ocultas que puedan estar. La caricatura es una forma despiadada de conocimiento. Pero aquí la superposición de lo caricaturesco no conduce únicamente a un tipo de humor grotesco, de «deformación» de la realidad, sino que se roza casi el absurdo. Esto que en la literatura se ve casi como natural, y de lo que «en verdad os digo» es un magnífico exponente, en otras artes como la pintura o la escultura resultaría mucho más difícil de lograr.
Arreola se confiesa «irracionalista», y se ríe del cientificismo racional. Piensa que la irracionalidad y la intuición son formas superiores de la razón y sólo desde ellas se puede llegar al verdadero conocimiento. Tras el «asesinato» de la espiritualidad, el cientificismo y el progreso a ultranza le repugnan y le resultan insuficientes. La obra de Arreola se ha encuadrado dentro de lo que se dio en llamar el «antropocentrismo fantástico» inaugurado por Kafka, de ahí que en todos sus textos se desprenda de forma más o menos explícita que el mayor progreso es el desarrollo del hombre como tal. En este cuento ridiculiza al hombre que se enriquece a costa de su pobreza de espíritu. Un científico casi altruista que se entretiene en desintegrar camellos para salvar a los ricos del mundo, es una particular manera de mostrar la estupidez humana elevada a la enésima potencia. Un supuesto fin altruista que sirve para beneficiar a los más favorecidos y para crear a la larga una gran empresa de transportes, no deja de ser una mueca ante la «pureza de intenciones» de los magnates inversores que lavan su conciencia con mucha facilidad. Es ese «comité de» hombres ricos y esos «hombres de ciencia» los que realmente cosifican la espiritualidad y caricaturizan la sentencia divina y no el autor, y lo hacen por su falta de imaginación y su estupidez. Creen en algo que ni sienten ni comprenden y pretenden reducir todo a los valores materiales que son los únicos que ellos pueden manejar.
Volvemos pues a la idea inicial, la superposición de los recursos humorísticos, la caricatura dentro de la caricatura, la cosificación de lo espiritual y la «sacralización de lo material», es decir, la «ciencia» convertida en la nueva religión en la que hay que creer con más fe si cabe, tanto es así que los «ricos», implicados en el experimento, han de invertir todo su capital para una investigación sin ninguna garantía, salvo la que señala la ridícula paradoja final que resuelve una situación absurda desde su planteamiento inicial. El final del cuento es pues de una aguda ironía que, no obstante, ha estado presente a lo largo de todo el texto. El cuento está lleno de «guiños» al lector, de sobreentendidos. Se burla de las fórmulas politiqueras y publicitarias «…deben patrocinar la desintegración del camello, que es científica, vistosa y en último término lucrativa.»), del cripticismo científico («osmio sintético», «molibdeno aberrante») o de las macroestructuras organizativas cuya complicación resulta las más de las veces desproporcionada con respecto a sus objetivos.
Con ser lo más llamativo y recurrente, los aspectos humorísticos no son lo único que da genialidad a este relato. Arreola sabe «hacer creíble» una situación totalmente absurda. Es capaz de crear un universo en el que tanto despropósito resulta aceptable y, al tiempo, evocador del nuestro, a pesar de que los personajes individuales y colectivos son sólo esbozos y arquetipos sin vida ni entidad propia: los «ricos» son una «masa» estúpida, el científico un arquetipo y sólo un personaje secundario, casi sin participación, la esposa de Niklaus «dando muestra de fino humor», es la única que tiene un rasgo distintivo de inteligencia personal, aspecto que, por otra parte, rara vez Arreola reserva a un personaje femenino.
Quedan aún muchas cosas por decir acerca de este cuento, de su estructura, del punto de vista del narrador y, por supuesto, de los mecanismos humorísticos, sólo apuntados brevemente. A mi modo de ver, «en verdad os digo», es un cuento genial, representativo de la obra de Juan José Arreola, que, como éste es breve en extensión por la continua autoselección a la que el autor la somete. Según ha dicho, Arreola prefiere el «germen» a los «desarrollos», y para ello requiere de un «lector cómplice» dispuesto a «confabularse» con él.
Hacía tiempo que no me daba por revolver la «cybergaveta» donde guardo algunas de las cosas que escribí hace lustros. No es que haya mucho que releer, porque, como ahora, la mayoría terminaban en la papelera (no en la virtual, que entonces no tenía ordenador).
No tengo mucha idea de por qué unos textos se han salvado año tras año y otros no. Pero, entre los que han resistido a mi caprichosa censura está el que transcribo a continuación.
Está fechado el 2 de febrero de 1989. Por más que lo intento, no logro recordar qué le podría estar pasando a aquella Marymer veinteañera para escribir esto. Desde luego me reconozco en el tono y en los sentimientos. Todavía nos parecemos, aunque ya no nos gusten exactamente las mismas cosas… O tal vez sí…
Morirás de miedo antes de despeñarte. No te puedes sujetar ahí ni un minuto más. ¡Afronta tu destino con valentía y atrévete a mirar al vacío que te espera!
Pero no eres capaz de hacerlo. Apuras los segundos agarrotando los dedos entre las grietas escurridizas de las rocas… Da igual. Tus esfuerzos son inútiles, porque de todos modos vas a despeñarte. Los picos de las rocas te destrozarán. ¡Serás el festín especial de las aves rapaces y de las alimañas!
?Por qué no miras un segundo a tus pies y luego te dejas arrastrar por la fuerza de la Madre Tierra, que te llama para acogerte otra vez entre sus brazos cálidos?
Te has quedado de rodillas en el suelo, ridículo, pidiendo perdón a un dios secreto que te ha permitido seguir entero hoy a pesar de tu estupidez. Sí. Sigues viviendo, pero, a partir de ahora, sabes que eres un cobarde, que no fue capaz de afrontar su destino, de mirar bajo sus pies y ver que solo le separaban unos centímetros de la hierba de un repecho de la montaña.
A partir de ahora, sí, vivirás, pero de rodillas.
El título no es un insulto hacia quienes opten por probar a hacer esta Pseudorreceta o, al menos, no lo es en la medida en que yo tengo bastante inclinación a la vagancia-aunque soy una «vaga contrariada», como dice de sí mismo un buen amigo mío- y, por supuesto, como ya he confesado en otras entradas, la paciencia es otra de las virtudes que no me adorna ni de lejos.
Por esto y porque me gustan los cruasanes, y es casi una utopía encontrarlos verdaderamente ricos a la vuelta de la esquina, me embarqué en la tarea de hacerlos yo, pero sin mucho lío.
Lo primero que hay que tener es una de esas bases estupendas de hojaldre preparado, que se venden por todas partes y que son una bendición, porque -al menos por ahora- servidora no se atreve con hacer esta masa. Ya veremos más adelante…
Teniendo esto, el asunto es coser y cantar: lo primero es cortar la masa en triángulos, si la base es redonda, saldrán cuatro, con uno de los lados curvos, pero esto da igual.
Pues bien una vez que tenemos la masa cortada en triángulos lo que hay que hacer es enrollarlos a partir de la base y, una vez hecho el rollito, juntar las puntas para obtener la forma de luna en creciente.
Antes de enrollarlos, se les puede poner un relleno. Yo metí en uno de ellos una onza de chocolate del de hacer a la taza, en otro unos arándanos con perlitas de chocolate de fundir, en otro un poco de mantequilla… en fin, que cabe casi cualquier cosa que a uno se le ocurra.
Una vez preparados, se ponen, bien en la bandeja del horno sobre un papel de hornear (que suele venir con la base de hojaldre), bien sobre una bandeja de silicona para horno, y se pintan por encima con un almíbar.
Y… ¿cómo hacemos el almíbar? Pues, haciendo gala de mi gusto por lo rápido y cómodo, tomé una cucharada de miel, le añadí un poquitín de agua caliente y lo mezclé bien. Esto hizo perfectamente el papel de almíbar porque el resultado fue estupendo.
Antes de meter los cruasanes en el horno, este ha de estar precalentado a 180 grados. Luego, con tenerlos ahí unos 15 minutos… ¡ya te los puedes zampar!… Bueno, hay que esperar un pelín para no quemarse, pero poco más.
Los hice por primera vez, hace ya tiempo, para merendar con unos amigos y desaparecieron -los cruasanes, se entiende- en un visto y no visto. ¡Lo que es la impermanencia de los fenómenos de la realidad!