Ir directamente al contenido

Entre mis recuerdos

Sin cruzar la puerta,
buscar por las aceras.
Volver a casa, volver a casa, volver a casa…

Tan lejos de casa,
desorientada,
buscando una referencia o un ancla gigante,
para luego seguir navegando.

Qué triste estar tan lejos de casa,
Qué nostalgia del Amor verdadero,
Qué frío de estación abierta…

En zapatillas,
seguir escribiendo, descalza,
sin salir de casa.
Sin haber salido de casa.
Y tan lejos de casa.

Hoy leyendo un poema de James Whitcomb Riley en el que se habla de esto, de volver a casa, como el reencuentro con todo lo bello, lo genuino y lo puro de la niñez y la juventud, me han venido a mí estas frases. Tal vez nos pasemos la vida perdiendo el tiempo en búsquedas inútiles hacia adelante y hacia atrás.
El poema es precioso, dulce y melancólico, pero esas dulzuras y esas melancolías son embriagadoras como el riquísimo vino de Oporto. Son una anestesia muy efectiva, pero, al final, dan dolor de cabeza cuando se pasa el efecto.
¿Volver a casa?… ¿Tan lejos de casa?… No lo sé. tal vez no esté una tan lejos. Lo mismo es que solo se ha estado un poco desorientada. Nada está tan dentro de uno mismo como la paz y la felicidad. Reencontrarlo es volver a casa. y a eso también creo que se refiere el poema de Whitcomb Riley.

Por la Revolución de los Claveles

¡Se fundió el hierro

al fuego de claveles!

Lisboa en abril.

La Revolución de los Claveles me emociona. Aunque no sé mucho de Historia Universal (ni mucho de nada), me parece que no abundan las revoluciones así en ninguna parte y en ninguna época.
Hace tiempo me pasaron una película basada en aquellos hechos. Creo que se titulaba “Capitanes de abril”. La verdad, no me pareció especialmente buena, pero me conmovió. Tuve que retener las lágrimas más de una vez mientras la seguía. Lágrimas de emoción por la valentía y la generosidad de aquellos que se la jugaron por los demás, con un cuidado exquisito por no hacer daño, por no sumar violencia al horror y a la oscuridad, saliendo de la sombra con luz clara y no con fuego de metralla.
Casi treinta años atrás oí por primera vez la expresión: “… me reconcilia con la vida”. Pues eso me pasa a mí con la Revolución de los Claveles y, como no, con la gente que hoy se la juega para salvar a los que se ahogan en el mar huyendo de la guerra y de la esclavitud. En esos casos siento un profundo agradecimiento por compartir este mundo con personas tan valiosas, con verdaderos Bodhisatvas.
Creo firmemente que la bondad llama a la bondad y la integridad a la integridad, pero hay tantas causas y condiciones adversas, tantas interferencias, que se pierde a veces la onda y uno se “desintoniza” y parece que confunde el rumbo. Pero, con un poco de atención y verdadero interés, siempre se vuelve a esa guía interna, a esa naturaleza clara; bien con el recuerdo de una revolución con nombre de flores, bien siendo testigo de cómo hoy mismo hay quienes se arriesgan a ir a la cárcel por salvar la vida de quienes buscan refugiarse en esta Europa que les está dando la espalda.

¡Ojalá pueda yo misma también sumarme a esta corriente de bondad y sabiduría y no apartarme de ella!

¡OM MANI PADME HUM!

… Y, aunque esto vaya de claveles, no puedo dejar de recordar la frase de Macedonio Fernández: «Hay que regocijarse de que las espinas estén recubiertas de rosas».

Meditación. «La luna es lo que importa» (Presentación)

Tengo el propósito de comenzar una serie de entradas tratando el tema de la Meditación. Mi aproximación tiene que ser desde el punto de vista de las dificultades que tenemos los que buscamos experimentarla.
Pueden conocerse distintas prácticas, varios métodos que se dirijan a este fin, pueden haberse ejercitado durante años, pero esto no proporciona la experiencia en sí. Las técnicas y las prácticas no son la meditación. El dedo que señala la luna no es el objetivo, queremos ver la luna. Hay personas que se la encuentran casi sin que se la señalen, y hay otras que corremos el riesgo de quedarnos fascinadas con la forma del dedo. Esto último es bastante normal porque nuestra mente para «experimentar» algo quiere «hacer» algo, y se fascina con la acción. De ahí el título que le he dado a esta serie de artículos que empiezo hoy.
Nuestra mente más superficial y «saltarina», ante todo, parece que no quiere aburrirse. La actividad y el movimiento la fascinan, y no se resigna a permanecer sin más.
Hablando de «dedos» o técnicas, las prácticas dirigidas al desarrollo de la «conciencia plena» actualmente me parece que son las más populares. Considero que se trata de un recurso magnífico y, en verdad, como objetivo, nada fácil de alcanzar. Pero, eso sí, creo que se trata de un recurso, un medio, no un fin en sí mismo, si estamos hablando de Meditación con mayúsculas.
Como decía, yo no puedo dar claves importantes, porque no las tengo, pero sí, desde mi experiencia, desde la búsqueda y la reflexión, quiero exponer con qué dificultades me he encontrado y me encuentro, y la manera en que intento resolverlas.
Espero que esto pueda ser de utilidad a quienes lo lean y, por qué no, a mí misma también, porque el escribir y desarrollar estas reflexiones me puede dar luz en algunos de los laberintos en los que me pierdo. Por otro lado, también espero que, si alguien lo considera oportuno, pueda contribuir con sus propias reflexiones. Ni que decir tiene que, no siendo una maestra en absoluto, mis explicaciones pueden tener carencias o errores, que estoy abierta a subsanar, si fuera necesario.
Deseo de todo corazón que estas palabras puedan contribuir a motivarnos para buscar un despertar auténtico, donde podamos permanecer libres y felices, experimentando nuestra verdadera naturaleza, nuestra Mente Clara.
¡Gracias!

Folía

Cumpliendo abriles,
Soplas sobre las flores,
y aún más se encienden.

Primavera dichosa,
fiesta de la locura.

Bizcocho de granada (con un haiku como guinda)

Hace mucho tiempo que no alimento este «cajondesastre» con alguna receta. No es que no me haya puesto «con las manos en la masa», sino que como esto mío realmente son «variaciones sobre el mismo tema», se me hacía demasiado repetitivo escribir cada una de ellas. Marymer repostera sigue activa, aunque habitualmente no deje testimonio escrito de sus andanzas. Sin embargo, en este caso, como me han pedido que anote la receta, aprovecho para incluirla hoy aquí.

INGREDIENTES

3 huevos.
1 yogurt natural (mucho mejor si es casero).
120 gr. de mantequilla.
200 gr. de azúcar moreno.
20 gr. de azúcar vainillado.
240 gramos de harina (integral y blanca a partes iguales).
10 gr. de polvo de hornear (tipo Royal).
2 cucharadas soperas y colmadas de granada en polvo.
2 cucharadas soperas de semillas de sésamo.
2 cucharadas de pomelo deshidratado en daditos.
6 fresones deshidratados.

ELABORACIÓN

En la cubeta de la batidora o mezcladora pongo los huevos, el yogurt, el azúcar y la mantequilla, esta última tiene que estar blanda y cremosa, para que mezcle bien con el resto de los ingredientes.
En una tacita se mezcla y se diluye la granada en polvo en un poco de agua tibia, aproximadamente la cantidad de un vaso de chupito. Esto se añade también al contenido de la cubeta, que se va batiendo a velocidad lenta y constante.
Previamente hemos mezclado bien la harina con el polvo de hornear y lo vamos añadiendo a la masa, sin dejar de batir.
Por otro lado tenemos preparados los daditos de pomelo y los fresones deshidratados, cortados en trocitos, así como las semillas de sésamo. Y entretanto no olvidamos ir precalentando el horno a 190 grados.
Cuando la mezcla está bien batida, la volcamos en un molde adecuado. Yo utilizo uno de silicona, así que no preciso engrasarlo.
Finalmente, antes de introducirlo en el horno, le añado los trocitos de pomelo y fresa de manera aleatoria y, por último, también dejo caer por la superficie las semillas de sésamo.
Con una espatulita introduzco ligeramente la fruta y las semillas en la mezcla, para que se integren bien en la cocción.
Y… ¡Al horno tres cuartitos de hora!
El resultado es tan rico como saludable.

¡A ver si os gusta!

Este bizcocho de granada, tan frutal y colorido, armoniza con la primavera que debería haber llegado ya. A ver si con él la invocamos para que se aparezca de una vez por todas, que este año el invierno está remoloneando por aquí más de la cuenta.

Con ojos verdes,

la primavera aguarda.

Sigue lloviendo…

Invierno adormecido

Nacen gorriones

en los almeces grises.

El invierno duerme.

nigatsu ni (En el segundo mes…) 🗓

Sin ser otoño,

la primera hoja vuela

del calendario.

Esta aguanieve

despierta las raíces

del roble seco.

Flores de nieve
acarician el suelo
y se deshacen,
salpicando el asfalto
de pétalos de hielo.

Tras la nevada:
¡Albórbolas de invierno
entre las ramas!

estanque nocturno

Lotos pintados
en el estanque negro.
¿De dónde vuelven?

Cuando era niña para mí las flores de loto no existían. Entonces solo había nenúfares (una palabra preciosa). No sé si la correspondencia es exacta entre loto y nenúfar, pero sí que en todas sus variedades estas son flores de plantas acuáticas, que emergen flotantes en aguas tranquilas.
Tranquilísimas y pétreas eran las aguas brillantes y negras del gran adorno que ocupaba la mesa baja, en la sala de espera de la consulta del médico que tanto visité en mi infancia y adolescencia; hasta que pude decidir por mí misma no volver nunca más.
No recuerdo dónde estaba ubicada la consulta, pero desde luego que en un barrio y en un edificio que no tenían nada que ver con los lugares en los que transcurría mi infancia. Sobrecogía atravesar aquel portal, pisar aquellos suelos de madera oscura y brillante y sentarse en los enormes sofás. Todo era solemne y ajeno.
La sala de espera, oscura y silenciosa, decorada con cortinones, cuadros sombríos y muebles pesados, exigía silencio sin carteles ni reconvenciones. Yo permanecía casi inmóvil todo el tiempo que duraba la espera, con la mirada fija en el centro de mesa, que nunca me atreví a tocar. Tenía aspecto de ser muy pesado. Era grande, parecía una pétrea ensaladera, redonda y maciza, con otra superpuesta en el centro, más pequeña, pero igual de maciza y de negra.
No era bonito aquel engendro. Al menos a mí entonces no me lo parecía; y ahora, en el recuerdo, tampoco. Tal vez pretendía cierta reminiscencia a laca nanban, pero haría falta mucha generosidad para pensar que siquiera se acercase a tal cosa. Se trataba de un adorno pretencioso y soberbio, más parecido a un monumento imponente a la ostentación venida a menos. Solo lo salvaban aquellas pequeñas flores de loto, los nenúfares pintados que lo bordeaban y salpicaban; estrellitas delicadas sobre una mole de brillante negrura.
La imagen de aquel centro de mesa ha emergido de las aguas tranquilas de la memoria. Me ha devuelto aquella extrañeza que me embargaba al contemplarlo. Esa sensación de ser una criatura aislada en un mundo ajeno y pétreo, como ese estanque nocturno y misterioso donde es imposible sumergirse, ni siquiera rozarlo, como los nenúfares pintados que supe prohibidos y nunca me atreví a tocar.

Mañana de Reyes

img_0311

En el recuerdo,
espera deslumbrante,
hoy, mi muñeca.

El 20 de marzo de 1965 la francesa France Gall, representando a Luxemburgo, ganó el Festival de Eurovisión con esta canción, “Poupee de Cire, poupee de son”. Cinco días antes, aquí en Madrid, en el sanatorio del Valle, en la Ciudad Universitaria, nacía esta Marymer que está escribiendo hoy.
Mi padre cuenta que, para que mis hermanos estuviesen entretenidos y no se sintieran desplazados por la nueva hermanita, compró una tele. no sé si llegaría a tiempo de que viesen en ella como la muñequita de 17 años, France Gall, pasaba por delante de nuestra Conchita Bautista con su “Qué bueno, qué bueno”, que no lo fue tanto como para ganar. Aunque ya sabíamos todos que eso de la Eurovisión no era más que política, que España no ganaba porque no nos querían en el extranjero: envidia y solo envidia, que como aquí no se vivía -ni se vive- en ninguna parte, con este sol, esta alegría ¡y lo bien que se come! ¡Viva Conchita y abajo la gabachita!
En todo caso, la evocación ha surgido a partir de los recuerdos de las mañanas de Reyes de mi infancia, que eran un destello de ilusión. Mis padres desarrollaban un despliegue de “efectos especiales” para dar vistosidad a los regalos que, sin ser muchos, relucían como estrellas, rodeados de globos, caramelos, serpentinas y envoltorios de colores.
Aquella niña de las coletas se quedaba tan impactada ante la magia que había hecho aparecer en el sofá de escay una muñeca enorme (al parecer, fruto, en parte, de los puntos de los envoltorios de las gaseosas: los Reyes Magos eran muy apañaditos), que no se acercaba a cogerla, ni pestañeaba siquiera. Tardaba un rato en hacerse a la idea de que aquello era de verdad, era para ella. Y aquella niña tuvo que hacerse mayor para sacudirse esa perplejidad ante los regalos de la vida.
Hoy, aun sin “efectos especiales”, reconozco como el mejor regalo el Amor, que jamás me ha faltado ni antes ni ahora. A la Marymer niña se le aparecía entonces en forma de muñeca la mañana de Reyes, a la de hoy y la de mañana todavía no se sabe en qué formas se le aparecerá. Eso está por ver. y eso es lo divertido de la vida: la sorpresa… cualquier mañana puede una encontrarse una muñeca en el sofá… ¿Por qué no?

Primavera en enero

Al calendario
hoy le han salido hojas…
¿Es primavera?

https://www.youtube.com/watch?v=BjkxGW9maUEhttps://www.youtube.com/watch?v=BjkxGW9maUE

Esto de que el año comience en invierno se me hace raro. Tendría ya que estar acostumbrada después de más de medio siglo en este planeta y en este hemisferio, pero no me hago a ello.
Por pusilánimes que se estén volviendo los inviernos madrileños, no dejan de serlo. Es preciosa la luz del sol invernal, pero no es la primavera. Incluso en la ciudad, se nota cuando vuelve a brotar la vida, por constreñida que esté la pobre en las jardineras y los alcorques, o por atufados de humo y bocinas que estén los trinos.
Ahora, en enero, lo único que aquí renace es el calendario. No será una planta viva y sus hojas cuadradas y pálidas, impresas con letras y números, no tendrán ningún aroma propio ni un verdor lleno de matices, pero son en verdad lo más importante: una sugerente promesa de tiempo y de vida. Ojalá seamos capaces de aprovechar la intangible y delicada savia de estas hojas y, a medida que pasen, sentir que no hemos desperdiciado ni una gota de ella.

«Los cuatro pensamientos inconmensurables» para el nuevo año

Para todos aquellos que lean esto, y para quienes no puedan leerlo, dejo aquí la siguiente adaptación personal de la oración budista de «los cuatro pensamientos inconmensurables», con cuya recitación termino siempre las sesiones de meditación, con la aspiración de compartir todos los beneficios que haya podido alcanzar en ellas.
Hoy quiero convertirla en felicitación y aspiración para el año nuevo que comenzará esta noche, extendiéndola en el tiempo y el espacio a todos los seres sintientes y compartiendo con ellos todos los logros y toda la felicidad que haya podido alcanzar durante este año que termina.

Que alcancemos la felicidad y sus causas. Y siempre seamos causa de felicidad.
Que nos liberemos del sufrimiento y de sus causas. Y nunca seamos causa de sufrimiento.
Que permanezcamos en ese estado de plenitud y bienestar.
Que vivamos en armonía y en paz, sin apego ni aversión.

¡Gracias, gracias, gracias!

Tarde de lluvia

Cuán dulcemente
los hierros del balcón
van goteando…