Aunque Sei Shonagon es de sobra conocida por su “Libro de la almohada” (“Makura no Soshi”), me interesa mucho hablar de ella. Esta mujer, objetivamente lejana para mí tanto en el tiempo como en el espacio, ha sido –y aún es- una de mis fuentes de inspiración. Me identifico mucho con su sensibilidad estética al observar las cosas, tanto las cotidianas como las extraordinarias; pero especialmente las primeras. Sus listas de cosas feas, bonitas, alegres, deprimentes, muestran a una mujer que observa el mundo con expectación, con curiosidad, como si cada día y en cada detalle se pudiera encerrar un mensaje conmovedor.
Como ejemplo coloco el comienzo del libro:
“En primavera, el amanecer. Cuando al insinuarse la luz sobre las colinas, los contornos se tiñen de un pálido rojo y purpúreos jirones de nubes flotan sobre las cimas.
En verano, las noches. No sólo las de luna brillante sino también las oscuras, cuando las luciérnagas revolotean, y aun las de lluvia, tan bellas.
En otoño, el atardecer. Cuando el sol resplandeciente se hunde cerca de la ladera de las colinas y los cuervos cruzan el cielo en grupos de tres o cuatro o de a dos, de vuelta a sus nidos; o las garzas en bandada se dispersan en el cielo distante. Cuando se oculta el sol, el corazón se conmueve con el sonido del viento y el zumbido de los insectos.
En invierno, las mañanas. Por cierto bellas cuando ha caído nieve durante la noche, pero espléndidas también cuando el suelo está blanco por la escarcha; y, cuando no hay nieve ni escarcha y sólo hace mucho frío y las criadas corren de una habitación a otra atizando el fuego y cargando carbón, ¡qué bien se corresponde la escena con la índole de la estación! Pero al mediodía nadie se molesta por mantener los braseros encendidos y pronto sólo hay pilas de ceniza blanca”.
“El libro de la almohada” es una colección de notas personales de Sei Shonagon. Su título procede de lo que literalmente era: un conjunto de textos que ella guardaba en el cajón de su almohada. ¿Una almohada con un cajón? Pues sí. Las almohadas japonesas eran como pequeños cofrecillos acolchados (según he visto alguna vez), donde se reposaba la nuca. Estos pequeños muebles podían tener una gavetita donde el propietario guardaba sus objetos más íntimos. Así que nuestra dama guardaba allí sus anotaciones, que comenzó a redactar porque la emperatriz a la que servía, Fujiwara Sadako, le regaló una buena cantidad de papel de escritura.
Sin embargo, a pesar del celo de su propietaria, alguien sustrajo sus secretos del cajón y los publicó: el cotilleo es un mal que no tiene fronteras espaciotemporales. Como era de esperar, parece que el airear las opiniones que ella había escrito para sí misma, a veces con un tono irónico y no demasiado cortés, le trajo algunos problemas. No obstante, de cierto se sabe poco, porque la vida de esta dama está sumida en la nebulosa. Seguramente nació entorno al 965 (justamente mil años antes que una servidora), en la época Heian, y murió alrededor de 1025 (espero yo durar un poco más). Su verdadero nombre fue Kiyohara Akiko (“aki”, si no me equivoco, es otoño), y su apodo procede de la suma de la pronunciación china del carácter inicial de su apellido (Kiyohara), Sei, y el nombre de uno de los rangos de la corte, Shonagon.
Sei Shonagon fue una mujer culta. Instruida por su padre, poeta famoso y hombre influyente en la corte, pudo gracias a él entrar al servicio de la emperatriz. Y era esto lo que ella pensaba de su forma de vivir como dama de la corte:
“Cuando me imagino como una de esas mujeres que viven en su hogar, sirviendo fielmente a sus maridos -mujeres que no tienen la menor perspectiva interesante en la vida pero que creen ser perfectamente felices- siento un poco de desprecio. A veces son de buena cuna, pero no han tenido oportunidad de saber cómo es el mundo. Creo que podrían vivir por un tiempo en nuestro ámbito, y hasta asumiendo el papel de asistentes, de modo que pudieran conocer las delicias que nuestro mundo tiene para ofrecer.
No tolero a los hombres que califican a las mujeres que sirven en Palacio como frívolas y desagradables. Aunque supongo que su prejuicio es comprensible. Después de todo, las mujeres en la Corte no pierden su tiempo escondiéndose modestamente detrás de abanicos o biombos. En cambio, miran a todos a los ojos, y no sólo a otras damas como ellas sino incluso a Sus Majestades Imperiales (cuyos augustos nombres apenas me atrevo a mencionar), a renombrados nobles de la Corte, a cortesanos de edad y a otros caballeros de alto rango. En presencia de estas eminentes figuras las mujeres de Palacio actúan con soltura, ya sean criadas o damas de compañía, o conocidas de las damas que han venido de visita, o mujeres encargadas del orden doméstico, o limpiadoras de letrinas, o mujeres sin más valor que una teja o un guijarro. ¡Cómo sorprendernos de que los hombres las consideren poco humildes! Pero ¿acaso los caballeros lo son más? Ellos no son precisamente tímidos cuando deben alternar con personas importantes en el Palacio. Pues cada uno en la Corte actúa de un modo similar llegado el caso.
Las mujeres que han servido en Palacio y que después contraen matrimonio y viven en su casa son llamadas señoras y reciben el más respetuoso de los tratamientos. Por cierto que muchos creen que estas mujeres, que se han mostrado ante tantos durante años en la Corte, han perdido su gracia femenina. Lo orgullosas que se han de sentir, sin embargo, cuando son nombradas supervisoras de asistentes, o convocadas a Palacio por ocasionales compromisos, o cuando se les ordena servir como enviadas imperiales en el Festival de Kamo. Incluso las que permanecen en sus casas no pierden nada por haber servido en la Corte. De hecho son muy buenas esposas.”
Nuestra Sei Shonagon no está claro que se casase, aunque parece que se unió de manera más estable a dos hombres, y tuvo un hijo con el primero y una hija con el segundo, lo que tampoco impidió que gozara de la compañía de numerosos amantes, según se refleja elegantemente en su diario:
“Cuando visité el templo Bodai para escuchar las Ocho Lecciones para la confirmación, recibí este mensaje de un amigo:
”Por favor, ven pronto. Las cosas son muy monótonas sin ti”.
Yo escribí mi respuesta en un pétalo de loto:
Aunque me ordenes ir
¿cómo podré abandonar estas hojas de loto húmedas de rocío
y regresar a un mundo tan lleno de pena?
Yo me había conmovido profundamente con la ceremonia y sentí que podría permanecer para siempre en el templo. Así debió de sentirse Hsiang Chung cuando se olvidó de las personas que estaban esperándolo ansiosamente en su casa”.
El siguiente episodio, aunque contado en tercera persona, deja adivinar la delicadeza de la narración de la experiencia propia transformada en prosa poética.
“Es de noche y una mujer yace en la cama luego de que su amante se retira. Está cubierta hasta la cabeza con una ligera prenda de color malva forrada de violeta oscuro; las tonalidades del exterior y del interior de su ropa son frescas y brillan. La mujer, que parece despierta, viste un ropaje sin forro de color naranja y un pantalón carmesí de una seda pesada, cuyos cordones desatados cuelgan a un costado. Su cabello en pesadas trenzas se organiza en cascadas, y se puede imaginar lo largo que ha de ser cuando cae libremente sobre su espalda.
Cerca de allí, el amante de otra mujer emprende su regreso en medio de la brumosa noche. Viste amplios pantalones violeta, un traje de caza naranja, de un color tan brillante que no se podría afirmar si ha sido teñido, una prenda de seda cruda blanca y otra de sedoso escarlata. Sus ropas, mojadas con la humedad de la noche, caen sueltas. Por el desaliño de los mechones de sus sienes se puede deducir cuán negligentemente ha acomodado al levantarse su cabello en el tocado negro como laca. Desea regresar y escribir la carta de la mañana antes de que el rocío se desvanezca en las enredaderas de campanillas, pero el sendero se le hace eterno y, para distraerse, tararea ”Los retoños en los campos de lino”.
Al avanzar pasa por una casa con la celosía abierta y no puede evitar detenerse y levantar la cortina para espiar en su interior. Le divierte pensar que otro hombre pasó probablemente la noche allí y que hace poco se levantó para retirarse, tal como le sucedió a él. Quizás también ese hombre sintió el placer del rocío.
Atisbando la habitación, descubre cerca de la almohada de la mujer un abanico abierto de papel púrpura con forma de magnolia, y al pie de la cortina protectora ve unas angostas tiras de papel Michinoku y otras de un color desvaído, como el naranja de los arces.
La mujer se da cuenta de que alguien la observa y, mirando por encima de sus ropas de cama, ve a un caballero que se apoya en la pared y sonríe desde el umbral. Adivina de inmediato que es el tipo de hombre con quien no necesitaría guardar ninguna reserva. Pero ella no desea entablar relación alguna con él, y le molesta que la haya visto dormida.
”Bueno, señora -dice el hombre, avanzando hasta que la parte superior de su cuerpo traspasa las cortinas-, ¡qué largo sueño has disfrutado luego de su despedida matinal! Finges estar acostada”.
”Me dice eso, señor -le contesta ella-, sólo porque está molesto por haber tenido que levantarse antes de que el rocío tuviera tiempo de formarse”.
Su conversación es trivial tal vez, pero encuentro algo encantador en la escena.
Ahora el caballero se inclina todavía más hacia adelante y, por medio de su propio abanico, intenta apropiarse del abanico de la dama de la almohada. Temerosa de su proximidad, ella se retrae aún más en su encierro tras la cortina, mientras su corazón se agita. El caballero toma el abanico con forma de magnolia y, al examinarlo, dice en un tono levemente frío: ”¡Qué poco amistosa que es usted!”
Pero ahora la claridad va aumentando; se oyen voces y ya pronto saldrá el sol. Hasta hace unos instantes este mismo hombre se apresuraba para escribir su carta de la mañana antes de que las brumas se disiparan. ¡Ay, qué rápido ha olvidado sus propósitos!
Mientras todo esto ocurre, el amante original de la mujer ha estado dedicado a su propia carta matinal y ahora, inesperadamente, el mensajero llega a la casa. La carta está prendida a una ramita de trébol, todavía húmeda de rocío, y el papel despide un delicioso perfume a incienso. Pero, a causa del nuevo visitante, los criados no pueden entregársela.
Finalmente resulta insostenible para el caballero permanecer por más tiempo. Al irse, le divierte pensar que una escena similar tal vez esté teniendo lugar en la casa que él ha dejado antes del amanecer”.
(…)
“Para encontrarse con el amante el verano es la estación apropiada. En verdad, las noches son muy cortas y la claridad avanza antes de que una haya pegado un ojo. Como todas las celosías quedan abiertas, permaneciendo acostados se puede ver el jardín en el frío aire matinal.
Quedan aún algunas caricias que intercambiar antes de que el caballero se retire, y mientras se murmuran cosas, de repente se escucha un ruido sordo. Por un instante están seguros de que han sido descubiertos, pero es sólo el graznido de un cuervo que pasa volando por el jardín.
En invierno, cuando hace mucho frío y una está sepultada bajo la ropa de cama escuchando las amorosas palabras de su amante, es una delicia oír el sonoro gong del templo, que parece salir del fondo de un pozo. Los primeros cantos de las aves, que todavía ocultan sus cabezas bajo las alas, suenan extraños y en sordina. Luego los pájaros, uno tras otro, cantan respondiéndose. Placentero es yacer oyendo el sonido que se vuelve cada vez más nítido”.
Estos juegos florales amorosos, tan bien contados, tan delicados, se detallan en todos sus aspectos por alguien que los vive y los goza con delectación. ¡Qué elegante costumbre esa de la carta matinal! El amante, tras pasar la noche con la dama, al volver a su casa, inmediatamente la escribía incluyendo un poema, y enviándolo todo con una ramita florecida, apropiada. Y, por supuesto, la dama también debía responder enseguida. ¡Qué cortesía y qué delicadeza!
Pero la vida de Sei Shonagon no fue sólo lujo y amantes. Cuando la emperatriz murió, tomó los votos de monja (budista, claro) y pasó sus últimos años errante y manteniéndose de limosnas, como correspondía a esta última condición que ella misma eligió. ¡Qué extraño parece que una mujer acostumbrada a los mayores lujos y refinamientos lo dejase todo, absolutamente todo! No obstante, si se leen bien sus notas, se aprecia que estamos ante una persona con una vida interior muy rica y profunda, conviviendo con una frivolidad irónica y desenfadada. A continuación transcribo algunos ejemplos, el primero especialmente divertido (¡qué lista en su elección de predicadores!):
“Un predicador debe ser apuesto ya que, si hemos de comprender sus respetables sentimientos, debemos mantener nuestros ojos sobre él mientras habla, pues si miramos hacia otro lado, olvidaremos lo que escuchamos. Por consiguiente, un predicador feo podría ser fuente de pecado.
Pero la verdad es que debería dejar de escribir este tipo de cosas. Si todavía fuera joven, podría arriesgarme a sufrir las consecuencias por escribir estas impiedades, pero en mi actual estado de vida debo ser menos petulante”.
(…)
“Después de que el monje ha pasado un tiempo en el estrado, un carruaje se detiene frente al templo. Los escoltas limpian el camino de un modo un tanto mecánico y los pasajeros descienden. Son esbeltos caballeros que se ven tan ligeros como las alas de una cigarra con trajes de caza o capas de Corte, con pantalones sueltos y vestidos de seda cruda sin arrugas. Cuando entran al templo, acompañados por un número igual de sirvientes, los devotos, incluidos aquellos que han estado desde el comienzo del servicio, retroceden para hacerles lugar y los jóvenes se ubican al pie de una columna, cerca del estrado. Como cabría esperar de personas así, ahora hacen gala de sus gestos al restregar sus rosarios o al postrarse para orar. El monje, convencido por el aspecto de los recién llegados de que ésta es una gran ocasión, se despacha con un impresionante sermón que cree le dará renombre en la sociedad. Pero tan pronto los jóvenes se han ubicado y han tocado con sus frentes el suelo, muestran deseos de marcharse ante la primera oportunidad. Dos de ellos lanzan miradas a los carruajes de las damas que están afuera, y es fácil imaginar lo que se están diciendo. Reconocen a una de las mujeres y admiran su elegancia; luego, fijando la vista en una extraña, se preguntan quién podrá ser. Me fascina observar este tipo de comportamientos en un templo.
A menudo se escuchan conversaciones como ésta: ”Hubo un servicio en tal templo donde se dijeron las Ocho Lecciones”. ”¿Estaba la dama tal presente?”. ”Claro. ¿Cómo se habría perdido algo así?” Es realmente nefasto que puedan escucharse respuestas como ésta.
Una podría imaginar que no es incorrecto que damas de alto rango visiten templos y echen una discreta mirada al estrado del predicador. Después de todo, incluso mujeres de humilde condición pueden escuchar con devoción sermones religiosos. Sin embargo, en otros tiempos las damas casi nunca iban a los templos a escuchar sermones, y en las pocas visitas que hacían tenían que vestir elegantes ropas de viaje, como las que se usan en los peregrinajes a templos o santuarios. Si la gente de esos tiempos hubiera vivido lo suficiente para ver la conducta de estos días en los templos, ¡cómo habría criticado a las mujeres actuales!”
(…)
“Después de todo, las mujeres llevan la peor parte. Hay, es verdad, casos en que la nodriza de un Emperador es nombrada Asistente o se le concede el Tercer Rango y adquiere así gran dignidad. Pero poco la beneficia pues ya es una mujer vieja. Por otra parte, ¿cuántas mujeres obtienen tales honores? Aquéllas medianamente bien nacidas se consideran felices si logran casarse con un gobernador e ir a las provincias. Por supuesto, a veces sucede que la hija de un plebeyo llega a ser la consorte de un Noble de la Alta Corte y que la hija de un Noble de la Alta Corte se convierte en Emperatriz. Y sin embargo, ni siquiera esto es tan espléndido como cuando un hombre asciende por medio de los nombramientos. ¡Qué complacido se ve este hombre consigo mismo!
¿Quién le presta atención a un capellán que camina por ahí? Aunque recite las Escrituras del modo más impresionante, e incluso sea bastante guapo, las mujeres desprecian a un monje de rango bajo, lo cual es algo muy triste para él. Pero, cuando este mismo hombre se convierte en Obispo o Arzobispo, la gente siente un temor reverente y lo respeta, y todos se convencen de que es el propio Buda el que ha aparecido ante ellos”.
No me canso de leer estas notas, me sirven como fuente de inspiración, me abren la mente a otro modo de percepción. El texto está lleno de sensualidad: el gusto por los colores, los olores, los sonidos de la naturaleza, las formas delicadas y toscas; todo, absolutamente todo es poético dibujado con el pincel de mi admirada e inspiradora Akiko.
Para acabar, pondré otra breve selección de textos, que, por cierto, no quiero olvidar citar como extraídos de la traducción de Amalia Sato. Esta, para mí, es sin duda la mejor edición en español de las que yo conozco (incluyendo la de María Kodama), tanto por lo completo del texto como por sus notas y aclaraciones. Últimamente me he hecho también con la excelente edición de la Pontificia Universidad Católica DEL Perú, traducida igualmente del japonés, anotada y comentada por Iván A. Pinto Román y Oswaldo Gavidia Cannon, con la especial colaboración de Hiroko Izumi Shimono. Esta versión es de 2002 y está incluida en la Colección Orientalia. No resulta fácil de obtener (tampoco la de Amalia Sato), pero vale la pena intentar tener alguna de estas dos ediciones completas y prescindir de la de Borges y Kodama. Y no digo más, mejor escuchar la voz de Sei…
“Tan sofocante era el calor en el Séptimo Mes que hasta de noche se mantenían las puertas y celosías abiertas. En este tiempo es delicioso levantarse cuando la luna brilla y observarla. Disfruto incluso cuando no hay luna. Pero levantarme en medio de la oscuridad y ver la pálida astilla de la luna en el cielo… bueno, no es necesario que diga cuan perfecto es esto.
Me encanta ver una flamante estera de paja que acaba de ser extendida sobre un piso bien pulido. El mejor lugar para nuestra cortina de tres hojas es en el frente de la habitación, cerca del balcón. No tiene sentido colocarla en el fondo, pues es improbable que alguien pueda espiar en esa dirección”.
(…)
“Capullos de ciruelo, más claros o más oscuros, y sobre todo los bien rojos, me llenan de felicidad. También me gustan las delgadas ramas de los cerezos, con sus pétalos y las hojas de un tinte rojo. Graciosa es la glicina con sus ramas inclinadas por sus racimos de pétalos de color delicado.
Una planta más modesta es u no hana, la cual no merece ningún elogio especial; sin embargo, florece en un momento agradable del año y me divierte creer que un hototogisu puede estar escondido entre sus sombras. Al pasar por la planicie de Murasaki, retornando del Festival, es hermoso ver los capullos blancos de u no hana en los rústicos setos de las casas de campo. Se ven como delgadas túnicas blancas vestidas sobre una prenda verde amarillenta.
Hacia el final del Cuarto Mes y comienzos del Quinto, los naranjos tienen hojas verde oscuro y se cubren con flores de blanco reluciente. Al amanecer, cuando están salpicados con lluvia, se siente que nada en el mundo puede competir con su encanto y, si se tiene la fortuna de ver los frutos, como doradas esferas entre las flores, su vista puede compararse con la más magnífica de todas, que es la de flores de cerezo mojadas con el rocío matinal. Pero no necesito decir más: tanto se ha escrito sobre la belleza de los naranjos en los poemas, que se los relaciona con el hototogisu.
Los capullos del peral son más prosaicos, son algo vulgar en este mundo. Cuanto menos los miremos mejor, y ni pensar en asociarlos ni al más trivial de los mensajes. La flor del peral puede compararse con el rostro de una mujer simple, pues su colorido carece de todo encanto. O, por lo menos, eso es lo que yo creía. Como sabía que los chinos admiran los perales y los elogian en sus poemas, me preguntaba qué ven en ellos que los lleva a contemplar sus flores. Me sorprendí al observar que sus pétalos están bellamente delineados, con un tinte rosa tan tenue que no podría asegurar si existe o no. Es con las flores del peral, recordé, con lo que el poeta relacionó el rostro de Yan Kuei-fei cuando ella apareció bañada en lágrimas para encontrarse con el mensajero del Emperador -”como capullos de peral esparcidos en primavera, cubiertos con gotas de lluvia”-, y reconocí que no era ésta una vana figura retórica y que se trataba realmente de una flor magnífica.
(Yan Kuei-fei es la heroína de ”La canción de la pena eterna” del poeta chino de la dinastía Tang, Po Chü-i. La historia cuenta el trágico amor entre el Emperador y su concubina favorita, la bella Yan Kuei-fei, que murió ahorcada en un peral por las tropas en 756, culpada por distraer al Emperador de los asuntos de Estado. ¿No tendría él nada de culpa de “distraerse”?)
Los pimpollos púrpura de la paulonia son una delicia. Debo confesar que no me agrada el aspecto de sus hojas tan anchas cuando se abren… Pero no puedo referirme a la paulonia del mismo modo que lo hago con los otros árboles, pues es en ella donde el grandioso y famoso pájaro de China anida, y esta idea me colma de admiración. Por otra parte, es el árbol que proporciona la madera para los laúdes de los que salen sonidos tan bellos. ¿Cómo pude emplear un término tan común como ”delicia”? La paulonia no es una delicia, es magnífica.
(no me resisto a pensar, tras esta frase, lo caro que debía resultar el papel y la imposibilidad de borrar. Si uno se arrepiente de escribir “delicia”, ya no hay vuelta atrás, salvo enmendarse a posteriori y que todo quede registrado.)
El árbol del paraíso es feo, pero sus flores me parecen muy bonitas. Siempre se las ve el quinto día del Quinto Mes, y hay algo encantador en estas pequeñas flores secas, de forma estrambótica”.
(…)
“El Séptimo Mes, de fieros vientos y chaparrones fuertes, hace casi frío y no me molesto en cargar un abanico. Entonces, me gusta dormir una siesta cubriéndome con ropas que tengan un tenue olor a transpiración”.
(…)
“Un viento de tormenta. Al amanecer, estoy acostada con las celosías y las puertas completamente abiertas y de pronto el viento entra en la habitación y golpea mi cara -delicia extrema”.
(…)
“Hacia el final del Noveno Mes y comienzos del Décimo, el cielo se nubla, soplan fuertes vientos y las hojas amarillas caen suavemente al suelo, sobre todo de los cerezos y los olmos. Todo esto produce una placentera sensación de melancolía. Durante el Décimo Mes, me encantan los jardines que están llenos de árboles”.
(…)
“El día siguiente a un feroz viento de otoño todo me conmueve profundamente. El jardín se ve en un estado lamentable con los bambúes y la cerca golpeados y casi caídos. Ya es terrible que las ramas de uno de los grandes árboles se hayan quebrado con el viento, pero es una sorpresa realmente dolorosa ver que el propio árbol se ha caído y yace sobre los tréboles y las valerianas. Cuando una se sienta en la habitación mirando hacia afuera, el viento, como si lo hiciera adrede, sopla gentilmente las hojas, una por una, a través de las hendiduras de la celosía, y nos resulta difícil creer que es éste el mismo viento que ayer rugía tan violentamente.
Una mañana así, vi a una mujer que se escabullía del vestíbulo central y caminaba unos pocos pasos por la galería. Pude ver que era una belleza natural. Sobre un vestido púrpura oscuro vestía otro sin forro, de color tostado, y uno formal de tela ligera. El ruido del viento debió de haberla tenido despierta toda la noche y se habría levantado después de conciliar muy tarde el sueño. Ahora se arrodillaba en la galería y se miraba en el espejo. Con su largo cabello que se inflaba y se mecía al viento, su visión era realmente espléndida. Mientras ella observaba la escena de desolación del jardín, una niña de unos diecisiete años -no una niñita, pero tampoco se veía como una adulta- se le unió en la galería. Llevaba un vestido para dormir de color violeta oscuro y sobre él una prenda desteñida de gruesa seda, que estaba descosida y húmeda por la lluvia. Su cabello, que había sido cortado en las puntas como los miscanthus del campo, llegaba hasta el suelo, cayendo sobre la galería hasta más allá del borde de su vestido. Viéndola desde un costado, podía adivinar el escarlata de su falda pantalón, el único toque luminoso en su vestimenta”.
Y en el siguiente enlace un estupendo artículo sobre esta obra en «El aposento de los libros»: https://elaposentodeloslibros.wordpress.com/2017/05/30/el-libro-de-la-almohada-makura-no-soshi-sei-shonagon/
Durante demasiados años me he dejado llevar por los prejuicios, con lo que me había privado de lecturas que ahora he descubierto como encantadoras, estimulantes, adictivas y, sobre todo, excelentes. Me estoy ahora refiriendo a las novelas de las grandes escritoras románticas inglesas. Por el momento he descubierto a Ann Radcliffe, Jane Austen, Charlotte y Emily Brontë.
Cualquiera que se encuentre con estas líneas podrá pensar -y con toda razón- que de qué platillo volante me he caído si, con casi medio siglo de vida como lectora, vengo ahora a descubrir la obra de tales autoras. Lo único que puedo decir ante esto es que, por no sé qué, he vivido de espaldas al romanticismo literario, pero con solo un par de toquecitos en el hombro me he dado la vuelta y me he encontrado con un panorama magnífico.
Empecé con Ann Radcliffe y «Los misterios de Udolfo». Un amigo, fascinado por la literatura gótica, fue quien me habló de esta novela. La empecé con poco interés y cierta curiosidad, y me cautivó inmediatamente. «Los misterios de udolfo» me enamoró desde el primer momento porque conjuga una inocencia y una ingenuidad dulces y delicadas, con una profundidad de pensamiento en el razonar de sus personajes y una visión purísima del amor y del bien, que se corresponden punto por punto con la figura, Las acciones, los sentimientos y pensamientos de la heroína, Emily St. Aubert. Emily es dulce y delicada, bella y bondadosa, pero en absoluto ñoña, tonta o débil. Valerosa y firme cuando hace falta, tiene que recurrir a esa gran energía interna porque se ve sometida a múltiples calamidades y pruebas a lo largo de toda la obra. Los enredos y las malas artes no vencen ni doblegan su valor, su amor y su rectitud. Los misterios al final se deshacen como la sal en el agua y triunfa el amor, la razón y el bien: ¡Qué más se puede pedir! Y en esta mezcla de agua y sal, el resultado no puede ser ni melifluo ni soso, sino que queda en su punto de sazón.
«Los misterios de Udolfo» se publicó en 1794 y, pocos años después, Jane Austen estaba escribiendo ya «La abadía de Northanger», inspirada de algún modo en aquella, como una contestación amable y divertida a la historia de las calamidades de Emily. Yo no había leído nada de Jane Austen: con títulos como «sentido y sensibilidad» o «Orgullo y prejuicio», haciendo gala de una buena dosis de este último, me había imaginado que estaba ante una ensartadora de ñoñerías… Y me llevé una agradabilísima sorpresa y una colleja en mi presuntuoso ego.
«La abadía de northanger» se escribió entre 1798 y 1799, lo que da idea del exitazo que tuvo que ser «los misterios de Udolfo». Sin embargo, no fue publicada hasta 1817. En esta novela la protagonista, Catherine Morton, es una chica normalita, que se va de vacaciones a Bath, donde descubre que no es tan fea ni tan poca cosa como ella cree, al despertar el interés de algunos jóvenes.
Catherine está leyendo «Los misterios de Udolfo» y, bajo su influencia, se ve como una heroína romántica. Busca misterios donde no los hay y malvados villanos, como el conde Montoni de Los Misterios, donde realmente solo hay «thorpes», pronunciado a la española. Y digo esto porque el principal pretendiente de Catherine, John Thorpe, se podría haber llamado aquí con todo acierto «Juanito el torpe o», casi mejor «el fantasmón bocazas».
Pero uno de los líos más embarazosos surge porque Nuestra Catherine Morton, recién salida del cascarón, con su Udolfo entre las manos y enamoradísima de Henry Tilney, es invitada por la familia de este joven a pasar una temporada en su abadía de Northanger. A pesar de este nombre, el lugar no tiene nada de sombrío ni de misterioso, para asombro y decepción de Catherine, aunque ella se las arregla para suplirlo todo con su imaginación.
¿El resultado de todo esto?: ¡Estupendo! No tanto por el esperado final feliz de la pareja, después de varios malos entendidos, sino porque la novela es divertida, inteligente y chispeante. Por momentos la pintura de los personajes y de la sociedad me recuerda muchísimo en su estilo a la que hace Oscar Wilde en sus obras, con esa misma ironía y ese mismo humor tan «british».
Tengo que confesar además que a mí me pasa también un poco lo que a Catherine Morton
me contagio de los gustos, las costumbres y los pensamientos de los personajes de los libros que leo, y, tal vez por eso, no me gustan los que tratan o reflejan temas de actualidad. Para presente, ya tengo con el propio. Y, también como ella, hablo con entusiasmo de mis lecturas, gracias a lo cual, al expresar el que me despertó el hallazgo de «Los misterios de Udolfo», un amigo me descubrió la existencia de «la abadía de northanger, y así fue sencillo seguir el hilo.
Los pasos siguientes los di tras la referencia de los recuerdos de la infancia. Había que leer a las hermanas Brontë. Comencé por «Jane Eyre», que tan conocida nos resulta a todos, al menos a las personas de mi generación. ¿Cuántas veces habremos visto alguna de las versiones cinematográficas en la tele? yo creo que es una de esas películas que ponían cada año y que todos tenemos grabada en la memoria. Es más, desde que recuerdo, siempre que me he visto con el pelo alborotado me ha salido eso de: “¡parezco la loca de «Jane Eyre»!”.
Con todo y eso, sabiéndome la historia de cabo a rabo, la novela me atrapó desde el primer momento. La heroína ya no es bella ni perfectamente capaz de mantener a raya sus pasiones y emociones. Es una muchacha luchadora, inteligente e independiente, que no busca el amor romántico e ideal, sino forjarse un futuro con su trabajo y su esfuerzo. No obstante, sí encuentra el amor y lo vive con intensa sinceridad y total entrega.
Los paralelismos entre la vida de Charlotte Brontë y Jane Eyre son más que evidentes y se ha hablado mucho de ellos: el terrible internado donde pasa gran parte de su infancia, la muerte de sus seres queridos, su amor por un hombre casado… En fin, Charlotte se retrata en esta novela con pasión y adornando su historia con un final feliz que, lamentablemente, no se correspondió mucho con su realidad personal.
Pero el caso de su hermana Emily me ha dejado totalmente impactada. «Jane Eyre» y «Cumbres Borrascosas», publicadas ambas en 1847, son dos grandísimas novelas. La primera parece que tuvo desde el primer momento una buena acogida, pero no así «Cumbres Borrascosas», que dejó a los críticos tan patidifusos que tardaron en reaccionar.
Por supuesto, yo conocía la trama de esta novela, porque también ha tenido una larga lista de adaptaciones. Creo recordar una radionovela en la que trabajaba Juana Ginzo. Lamentablemente no he podido comprobarlo, porque la he buscado y requetebuscado sin ningún éxito, pero me resuena en la memoria la presentación de cada capítulo como si lo estuviera oyendo ahora mismo: “Cuuumbres Borrascoooosas” Con Juana Ginzo como…”.
En cuanto a las versiones cinematográficas, la que más me gustó fue la de Buñuel, «Abismos de pasión», con la música de «Tristán e Isolda» de Wagner. Ahora, habiendo leído la novela, me parece que capta por completo y trasmite el espíritu fatal y opresivo que se respira en toda ella, y el inevitable triunfo de lo sobrenatural.
«Cumbres Borrascosas» es la que más me ha sorprendido e impresionado de estas cuatro novelas. Es sobrecogedora y profunda. En ella los personajes están vivos, no son ni perfectamente buenos ni perfectamente malos. El amor y el odio se entrecruzan y hasta se confunden. La naturaleza no tiene piedad, ni los amantes tampoco. Hay un fatum, un veneno enloquecedor que trastorna y arrastra a la perdición. En «Tristán e Isolda», bebido el filtro de amor, se nubla la razón de los amantes; en «Cumbres Borrascosas» no se sabe cuál es el filtro ni de dónde sale, si del aire o si de la propia sangre, pero sus efectos son igual de insoslayables.
La belleza y el bien ahora ya no van juntos en perfecto paralelismo, ni en las personas ni en la naturaleza. En ocasiones graves, los rasgos hermosos acaban por deformarse, la fealdad se trasciende y la naturaleza plena de energía es un peligro atractivo y traicionero.
Parece que el equilibrio solo puede darse en los personajes que observan los hechos desde cierta distancia, porque no están impregnados del veneno de las pasiones que sacuden la trama. Este es el caso de la principal narradora, Nelly Dean, ama de llaves, que a mí tanto me recuerda al señor Betteredge de “La piedra lunar” de Wilkie Collins. Ambos son excelentes narradores, que saben contar la historia sin perderse en las emociones, aunque no dejen de estar implicados en ellas.
«Cumbres Borrascosas» está escrito por una muchacha que murió a los treinta años, sin experiencia del mundo. Emily Brontë, que se sepa, no tuvo amores, no conoció a muchas personas y no viajó como su hermana Charlotte. ¿De dónde sacó entonces todo lo que volcó en esta novela? Pues supongo que de un infinito universo interior, de una gran capacidad de penetración y de una extremada sensibilidad, que tal vez traía ya en su mente desde mucho antes. ¡Quién sabe!
De Emily St. Aubert a Catherine Morton o a Jane Eyre hay una gran distancia cualitativa y cuantitativa; pero, si la comparamos con Catherine Earnshaw, la distancia es astronómica. La ideal Emily, dulce, buena y bella siempre, contrasta con la carnal y tangible Catherine, hermosa, excesiva, caprichosa, pasional, cruel, egoísta, etc.; en todo caso, viva aún después de muerta.
Lo mismo sucede con los personajes masculinos. Del pánfilo de Valancourt al ingenioso y despierto Henry Tilney o al atormentado y gruñón Rochester media una gran distancia, pero los personajes masculinos de “Cumbres Borrascosas” están aún más lejos, son otra cosa. El previsible malvado conde Montoni cumple bien su papel de malo malísimo, sin fisuras, en el castillo de Udolfo; pero la vivacidad del misterioso, salvaje e imprevisible heathcliff, torturador y torturado a la vez, devorado por pasiones de amor y odio, se escapa de cualquier intento de análisis comparativo con los anteriores personajes.
A pesar del necesario final feliz de “cumbres Borrascosas”, al leer las últimas líneas no quedamos en paz, igual que tampoco quedan en ella los amantes que siguen juntos, en aquellos parajes de Yorkshire, en su casa de Cumbres Borrascosas, más allá de la muerte. En Las novelas anteriores los finales son felices y tranquilizadores, las leyes conocidas y naturales se mantienen, las normas sociales se respetan, y todo queda como tiene que ser. Sin embargo, en la novela de Emily Brontë las pasiones profundas triunfan sobre la razón y sobre las normas morales, sociales y, más aún, sobre las propias leyes naturales de la vida y la muerte.
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Hace más de veinte años, una joven, vestida con un traje largo de color salmón pálido y negro, esperaba al atardecer, apoyada lánguidamente en el alféizar de una ventana, la llegada de un caballero. Cuando él llegó, al verla, le dijo que parecía una heroína romántica. Aquello tan aparentemente trivial, la marcó profundamente. Ninguno de los dos existen ya, por razones diferentes, pero hoy comprendo bien qué es lo que quiso decir aquel, y cuán acertado estaba.
¡Oh, qué lejano!
El aroma a membrillos,
en el sexto mes,
se disfrazó de bruma
tras la luna desierta.
Este tanka, compuesto hace menos de dos días, parece haber surtido un efecto mágico, como una invocación ancestral a los elementos, a las fuerzas de la naturaleza. Tan levísima alusión al otoño, lluvioso y melancólico, con su delicado aroma a membrillos, tal vez me ha regalado, tras una noche sin sueño, una hermosa mañana de tormenta, de chaparrones, de duchas frescas que limpian el aire de polvo y aflicciones.
¡Qué belleza cuando el verano deja al otoño asomarse unas horas y, con un guiño, recordarnos que está esperando su momento para acudir a envolvernos en un abrazo de dulcísima melancolía!
al pie del roble
los limoneros niños
juegan al corro.
¡Conuco prodigioso
surgido en el alféizar!
“Causas y condiciones”, siempre es así. Una se da cuenta de lo absurdo que es pretender influir decisivamente en el resultado de las acciones. Una se da cuenta, pero sigue insistiendo, hasta que cuatro semillitas de limón le dan una lección de humildad.
En el alféizar de la ventana de la cocina vive en su maceta el joven roble. vive o malvive, porque el pobre anda no muy fresco, y me tiene preocupada. Tiene un aire adusto, como de “roble mayor”, que no consigo quitarle, ni a fuerza de mimos y de caricias, tal vez porque él es así. Me empeño y me empeño en refrescarle, en enternecerle, pero sin resultado.
Sin embargo, con mis mimos, le he regado algún día con el agua de enjuagar el exprimidor. Y, mira por dónde, en ella había semillitas…
Y, sin intervención, sin mimos, sin cuidados, sin intención, las benditas causas y condiciones han dado lugar a cuatro tiernos brotes de limonero, verdes y flexibles, olorosos y juguetones, como cuatro cachorros retozones. Ellos han convertido una maceta en un conuco urbano, fértil y floreciente, y no yo.
Los “limoneros niños” crecen y juegan vigilados por el roble, que no se sabe si los cuida o los mira con sospecha, o ambas cosas a la vez. Y, claro está, todo eso sin la voluntad de nadie, sin mi voluntad.
Las causas y las condiciones germinan dónde y cuándo corresponde. Una puede regar, puede mimar, puede actuar, pero con tan poco margen de influencia que la humildad se impone y la vida gana.
y penetran el aire.
Alas sin vuelo
que trinarán con flores.
¿Gladiolos o pájaros?
“Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra”, decía Vicente Huidobro en su “arte poética”. A veces creo que su espíritu se apodera de mi percepción, de mi interpretación del mundo, y empiezo a tener la certeza de que lo que está naciendo de la maceta, las puntas verdes y estriadas que asoman de la tierra -día a día más altas y erguidas- son los extremos de las alas de pájaros, nutridas de savia palpitante. Gladiolos voladores que surcarán el cielo en cuanto sus flores se abran por encima del asfalto. Naves de pétalos rosados que terminarán por alunizar en un cráter solitario, a la sombra de un planeta ya gris, diminuto y mortecino.
Aves mudas que cantan con color, flores que alzan el vuelo libres de la tierra… Naturaleza y vida más allá de la naturaleza y de la vida previsibles. En cada línea y en cada pensamiento la realidad puede recrearse, porque la mente solo tiene los límites en los que cree.
¿Involuntarias?
Alas de mariposa,
rozando apenas,
levantan torres de agua,
que rompen contra el fuego.
Otra de las múltiples cosas de las que no sé nada es de Meteorología, pero, como todo el mundo, he oído hablar del “efecto mariposa”. En mi imaginación, poco científica y nada documentada, se me aparece un coleóptero, del tipo “mosquita muerta”, que parece no hacer nada, no ser consciente de nada, pero que sabe de su poder. La tierna mariposilla tiene en la punta de sus alas el detonante de un tsunami, con solo hacerlas vibrar levemente.
Así me figuro yo “el efecto mariposa”, más allá de lo meteorológico: un leve roce, un toque “involuntario” desencadena un torrente de causas y efectos imparables y, a veces, desproporcionados e imprevisibles. Y, mientras, la “delicada mariposilla”, con aire de mosquita muerta, sigue en su flor, haciendo que no se entera: “pío, pío, que yo no he sido…”.
«¿Cómo se siente el beso
si ya no hay labios?»…
Los ecos de canciones
repiten la respuesta.
Aquel famoso y verdadero koan, “¿Cómo suena el aplauso de una sola mano?”, Propone uno de esos acertijos que los maestros zen endosaban a sus discípulos para ayudarles a alcanzar el Despertar.
A la hora de la siesta, un domingo por la tarde, precisamente no es la hora del despertar, así que este falso koan solo pretende hacer un guiño, ser un homenaje a todas esas canciones que son la banda sonora de la vida y nos devuelven sentimientos y sensaciones, a veces queriendo, a veces sin querer.
las canciones son como olas, que arrastran hasta la playa los pequeños indicios de aquellos tesoros que hemos querido guardar en el fondo del océano de la mente, y que las mareas profundas nunca permiten que se oculten del todo. Dejan en la arena, bien una concha suave y tornasolada, bien un trozo de cuarzo blanco, brillante y luminoso, pero lleno de aristas.
En realidad no hay sorpresas. Solo pueden traer lo que hemos guardado y, muchas más veces, lo que hemos querido esconder…
Las canciones de la vida son un código privado e íntimo, tan misterioso como un verdadero koan.
toda su primavera
a una sola flor.
En una esquina del balcón hay una macetita donde vive un cactus pequeño. No es especialmente hermoso. No llama la atención por nada. Casi se diría que está siempre igual, tanto ante los fríos del invierno como bajo los soles del verano, que, en Madrid, en una fachada orientada al sur no son poca cosa.
Este humilde cactus, de aspecto anodino, encierra en su verde corazón una flor singular, estilizada y hermosa, que cada primavera se convierte en el estandarte de su oculta grandeza.
«¡A la voluntá
hay romero y olivo!»
Ramitas rotas.
Hoy es Domingo de Ramos. Mañana soleada y desbordante de primavera. Pagan el pato el romero y el olivo, que descoyuntan las gitanas en ramas torturadas y rotas, condenadas a la muerte como el Mesías al que supuestamente saludan.
Aquí, cerca de la iglesia que da nombre a la estación de metro, a pocos pasos de la entrada y a unos cuantos metros sobre sus cabezas, escucho a esas gitanas gritar su mercancía de hoy.
Me dan pena las ramitas rotas y me da alegría oírlas vocear a ellas. Confieso que es una alegría envidiosa, porque pueden hacerlo. Ellas pueden gritar en mitad de la calle, a pleno pulmón, sin vergüenza ni discreción. Como les da la santa gana, dicho sea hoy de manera más apropiada que nunca. Parece casi una sesión de terapia de grupo con la voz. Mujeres y niños gritando a cuál más y con más fuerza. Da la impresión de que sueltan nudos y se limpian ahogos.
Aquí arriba, asomada al balcón pienso que no podría… Sé que yo no podría de ningún modo hacerlo, pero qué bien me sentaría…
Espadas y rosas
flotan superficiales
en el espejo.
Fantasmas sobre el vidrio
Resaltan su pureza.
muy dulcemente,
en lágrimas de hielo
el triste Invierno
derrite su nostalgia…
Nieve de Primavera.
Con su gabán oscuro,
soplando vientos,
resiste a las sonrisas
y a los vuelos de flores.
Adusto Invierno,
cada marzo rendido,
al primer beso
y a la promesa incierta
de una tal Primavera.
Se ponga como se ponga, el invierno está ya vencido. No le valdrá ponerse serio ni mirar hacia otra parte, la Primavera, sonriente y coqueta, se le impondrá y le derretirá el corazón como lo hace cada año, sin esfuerzo ni violencia. Ya le lanzó un leve beso hace pocos días y ya agitó ante él su dorada cabellera teñida de soles.
¡Ay, pobre Invierno! Se resiste y refunfuña en vano, y lo sabe.
Hoy está resoplando. Resoplando tanto que se nota que se sabe ya perdido, enamorado de la joven Primavera. Esa que le ha fundido y le fundirá una y mil veces el corazón de hielo, una y mil veces derramado en lluvias y torrentes sobre la tierra, en otra primavera.



