¡Oh, qué lejano!
El aroma a membrillos,
en el sexto mes,
se disfrazó de bruma
tras la luna desierta.
Este tanka, compuesto hace menos de dos días, parece haber surtido un efecto mágico, como una invocación ancestral a los elementos, a las fuerzas de la naturaleza. Tan levísima alusión al otoño, lluvioso y melancólico, con su delicado aroma a membrillos, tal vez me ha regalado, tras una noche sin sueño, una hermosa mañana de tormenta, de chaparrones, de duchas frescas que limpian el aire de polvo y aflicciones.
¡Qué belleza cuando el verano deja al otoño asomarse unas horas y, con un guiño, recordarnos que está esperando su momento para acudir a envolvernos en un abrazo de dulcísima melancolía!
al pie del roble
los limoneros niños
juegan al corro.
¡Conuco prodigioso
surgido en el alféizar!
“Causas y condiciones”, siempre es así. Una se da cuenta de lo absurdo que es pretender influir decisivamente en el resultado de las acciones. Una se da cuenta, pero sigue insistiendo, hasta que cuatro semillitas de limón le dan una lección de humildad.
En el alféizar de la ventana de la cocina vive en su maceta el joven roble. vive o malvive, porque el pobre anda no muy fresco, y me tiene preocupada. Tiene un aire adusto, como de “roble mayor”, que no consigo quitarle, ni a fuerza de mimos y de caricias, tal vez porque él es así. Me empeño y me empeño en refrescarle, en enternecerle, pero sin resultado.
Sin embargo, con mis mimos, le he regado algún día con el agua de enjuagar el exprimidor. Y, mira por dónde, en ella había semillitas…
Y, sin intervención, sin mimos, sin cuidados, sin intención, las benditas causas y condiciones han dado lugar a cuatro tiernos brotes de limonero, verdes y flexibles, olorosos y juguetones, como cuatro cachorros retozones. Ellos han convertido una maceta en un conuco urbano, fértil y floreciente, y no yo.
Los “limoneros niños” crecen y juegan vigilados por el roble, que no se sabe si los cuida o los mira con sospecha, o ambas cosas a la vez. Y, claro está, todo eso sin la voluntad de nadie, sin mi voluntad.
Las causas y las condiciones germinan dónde y cuándo corresponde. Una puede regar, puede mimar, puede actuar, pero con tan poco margen de influencia que la humildad se impone y la vida gana.
y penetran el aire.
Alas sin vuelo
que trinarán con flores.
¿Gladiolos o pájaros?
“Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra”, decía Vicente Huidobro en su “arte poética”. A veces creo que su espíritu se apodera de mi percepción, de mi interpretación del mundo, y empiezo a tener la certeza de que lo que está naciendo de la maceta, las puntas verdes y estriadas que asoman de la tierra -día a día más altas y erguidas- son los extremos de las alas de pájaros, nutridas de savia palpitante. Gladiolos voladores que surcarán el cielo en cuanto sus flores se abran por encima del asfalto. Naves de pétalos rosados que terminarán por alunizar en un cráter solitario, a la sombra de un planeta ya gris, diminuto y mortecino.
Aves mudas que cantan con color, flores que alzan el vuelo libres de la tierra… Naturaleza y vida más allá de la naturaleza y de la vida previsibles. En cada línea y en cada pensamiento la realidad puede recrearse, porque la mente solo tiene los límites en los que cree.
¿Involuntarias?
Alas de mariposa,
rozando apenas,
levantan torres de agua,
que rompen contra el fuego.
Otra de las múltiples cosas de las que no sé nada es de Meteorología, pero, como todo el mundo, he oído hablar del “efecto mariposa”. En mi imaginación, poco científica y nada documentada, se me aparece un coleóptero, del tipo “mosquita muerta”, que parece no hacer nada, no ser consciente de nada, pero que sabe de su poder. La tierna mariposilla tiene en la punta de sus alas el detonante de un tsunami, con solo hacerlas vibrar levemente.
Así me figuro yo “el efecto mariposa”, más allá de lo meteorológico: un leve roce, un toque “involuntario” desencadena un torrente de causas y efectos imparables y, a veces, desproporcionados e imprevisibles. Y, mientras, la “delicada mariposilla”, con aire de mosquita muerta, sigue en su flor, haciendo que no se entera: “pío, pío, que yo no he sido…”.
«¿Cómo se siente el beso
si ya no hay labios?»…
Los ecos de canciones
repiten la respuesta.
Aquel famoso y verdadero koan, “¿Cómo suena el aplauso de una sola mano?”, Propone uno de esos acertijos que los maestros zen endosaban a sus discípulos para ayudarles a alcanzar el Despertar.
A la hora de la siesta, un domingo por la tarde, precisamente no es la hora del despertar, así que este falso koan solo pretende hacer un guiño, ser un homenaje a todas esas canciones que son la banda sonora de la vida y nos devuelven sentimientos y sensaciones, a veces queriendo, a veces sin querer.
las canciones son como olas, que arrastran hasta la playa los pequeños indicios de aquellos tesoros que hemos querido guardar en el fondo del océano de la mente, y que las mareas profundas nunca permiten que se oculten del todo. Dejan en la arena, bien una concha suave y tornasolada, bien un trozo de cuarzo blanco, brillante y luminoso, pero lleno de aristas.
En realidad no hay sorpresas. Solo pueden traer lo que hemos guardado y, muchas más veces, lo que hemos querido esconder…
Las canciones de la vida son un código privado e íntimo, tan misterioso como un verdadero koan.
toda su primavera
a una sola flor.
En una esquina del balcón hay una macetita donde vive un cactus pequeño. No es especialmente hermoso. No llama la atención por nada. Casi se diría que está siempre igual, tanto ante los fríos del invierno como bajo los soles del verano, que, en Madrid, en una fachada orientada al sur no son poca cosa.
Este humilde cactus, de aspecto anodino, encierra en su verde corazón una flor singular, estilizada y hermosa, que cada primavera se convierte en el estandarte de su oculta grandeza.
«¡A la voluntá
hay romero y olivo!»
Ramitas rotas.
Hoy es Domingo de Ramos. Mañana soleada y desbordante de primavera. Pagan el pato el romero y el olivo, que descoyuntan las gitanas en ramas torturadas y rotas, condenadas a la muerte como el Mesías al que supuestamente saludan.
Aquí, cerca de la iglesia que da nombre a la estación de metro, a pocos pasos de la entrada y a unos cuantos metros sobre sus cabezas, escucho a esas gitanas gritar su mercancía de hoy.
Me dan pena las ramitas rotas y me da alegría oírlas vocear a ellas. Confieso que es una alegría envidiosa, porque pueden hacerlo. Ellas pueden gritar en mitad de la calle, a pleno pulmón, sin vergüenza ni discreción. Como les da la santa gana, dicho sea hoy de manera más apropiada que nunca. Parece casi una sesión de terapia de grupo con la voz. Mujeres y niños gritando a cuál más y con más fuerza. Da la impresión de que sueltan nudos y se limpian ahogos.
Aquí arriba, asomada al balcón pienso que no podría… Sé que yo no podría de ningún modo hacerlo, pero qué bien me sentaría…
Espadas y rosas
flotan superficiales
en el espejo.
Fantasmas sobre el vidrio
Resaltan su pureza.
muy dulcemente,
en lágrimas de hielo
el triste Invierno
derrite su nostalgia…
Nieve de Primavera.
Con su gabán oscuro,
soplando vientos,
resiste a las sonrisas
y a los vuelos de flores.
Adusto Invierno,
cada marzo rendido,
al primer beso
y a la promesa incierta
de una tal Primavera.
Se ponga como se ponga, el invierno está ya vencido. No le valdrá ponerse serio ni mirar hacia otra parte, la Primavera, sonriente y coqueta, se le impondrá y le derretirá el corazón como lo hace cada año, sin esfuerzo ni violencia. Ya le lanzó un leve beso hace pocos días y ya agitó ante él su dorada cabellera teñida de soles.
¡Ay, pobre Invierno! Se resiste y refunfuña en vano, y lo sabe.
Hoy está resoplando. Resoplando tanto que se nota que se sabe ya perdido, enamorado de la joven Primavera. Esa que le ha fundido y le fundirá una y mil veces el corazón de hielo, una y mil veces derramado en lluvias y torrentes sobre la tierra, en otra primavera.
¡Oh, joven roble!
Con qué ternura brota
el terciopelo
de un corazón tan vivo
que adelanta al invierno.
En la ventana de la cocina, orientada al norte, desde hace ya dos años y medio, vive conmigo un joven roble que me recuerda la firmeza y la fuerza del Amor. Me lo entregaron el día 1 de octubre de 2014, al día siguiente de que mi madre dejase este mundo. Cada primavera, cuando le he visto rebrotar, he sentido una emoción serena y la certeza palpable de la fuerza de su amor, del amor a la vida, del Amor con mayúsculas.
La primera primavera que me encontré sus pequeños brotes de terciopelo verde lo viví como un auténtico milagro. El roble había pasado todo el invierno como un palitroque, aparentemente inerte, pero era solo apariencia.
Ayer, aun estando como estamos en invierno, encontré que ya tenía Un montón de incipientes hojitas en sus dos delgados troncos, y una ternura enorme me invadió con una gratitud profunda hacia la vida, que me devolvía la certeza de su compañía un año más.
Todo está ahí, a veces aunque no lo parezca. Solo hay que aceptar y amar.
¡Gracias, gracias, gracias!
Esta vez la música, aunque no parezca muy apropiada sí que lo es. Se trata de una canción que a mi madre siempre le recordaba a mí. Ahora, a mí, me recuerda a ella.
¿Qué ocultará
esa niebla?… Más niebla.
Un yo ilusorio,
con un cuerpo embriagado
de mente enloquecida.
¿por qué «N»?: «Niebla», «Nada», «Nadie», «nanimo»,…




