Con su gabán oscuro,
soplando vientos,
resiste a las sonrisas
y a los vuelos de flores.
Adusto Invierno,
cada marzo rendido,
al primer beso
y a la promesa incierta
de una tal Primavera.
Se ponga como se ponga, el invierno está ya vencido. No le valdrá ponerse serio ni mirar hacia otra parte, la Primavera, sonriente y coqueta, se le impondrá y le derretirá el corazón como lo hace cada año, sin esfuerzo ni violencia. Ya le lanzó un leve beso hace pocos días y ya agitó ante él su dorada cabellera teñida de soles.
¡Ay, pobre Invierno! Se resiste y refunfuña en vano, y lo sabe.
Hoy está resoplando. Resoplando tanto que se nota que se sabe ya perdido, enamorado de la joven Primavera. Esa que le ha fundido y le fundirá una y mil veces el corazón de hielo, una y mil veces derramado en lluvias y torrentes sobre la tierra, en otra primavera.
¡Oh, joven roble!
Con qué ternura brota
el terciopelo
de un corazón tan vivo
que adelanta al invierno.
En la ventana de la cocina, orientada al norte, desde hace ya dos años y medio, vive conmigo un joven roble que me recuerda la firmeza y la fuerza del Amor. Me lo entregaron el día 1 de octubre de 2014, al día siguiente de que mi madre dejase este mundo. Cada primavera, cuando le he visto rebrotar, he sentido una emoción serena y la certeza palpable de la fuerza de su amor, del amor a la vida, del Amor con mayúsculas.
La primera primavera que me encontré sus pequeños brotes de terciopelo verde lo viví como un auténtico milagro. El roble había pasado todo el invierno como un palitroque, aparentemente inerte, pero era solo apariencia.
Ayer, aun estando como estamos en invierno, encontré que ya tenía Un montón de incipientes hojitas en sus dos delgados troncos, y una ternura enorme me invadió con una gratitud profunda hacia la vida, que me devolvía la certeza de su compañía un año más.
Todo está ahí, a veces aunque no lo parezca. Solo hay que aceptar y amar.
¡Gracias, gracias, gracias!
Esta vez la música, aunque no parezca muy apropiada sí que lo es. Se trata de una canción que a mi madre siempre le recordaba a mí. Ahora, a mí, me recuerda a ella.
¿Qué ocultará
esa niebla?… Más niebla.
Un yo ilusorio,
con un cuerpo embriagado
de mente enloquecida.
¿por qué «N»?: «Niebla», «Nada», «Nadie», «nanimo»,…
Cómo la oruga…
deshaciendo la forma,
sale volando.
Seguramente es una simpleza volver a la metáfora de la crisálida para referirse a un periodo de cambio en la vida. Por muy en japonés que se ponga, sigue resultando demasiado recurrente, pero no me ha salido hoy nada mejor. Por otra parte, también es cierto que se ha dado demasiada importancia a la originalidad, creo yo.
En este lluvioso domingo de febrero, encerrada en el capullo formado por estas paredes, cálidas y acogedoras, imagino con admiración y respeto a esos pequeños animalitos, las orugas, que se enfrentan en soledad total a unos cambios tan radicales en sus frágiles cuerpecitos, que seguramente serán difíciles y dolorosos. ¿Qué sentirán dentro del capullo? ¿Qué sentirán cuando se enfrenten a su salida al mundo con un cuerpo nuevo y diferente?
Como a la protagonista de «La dama que amaba los insectos», no me gustan las mariposas ni mucho menos las polillas, ni bonitas ni feas, siempre me han dado mucha grima. sin embargo, sí que de niña tuve varias veces gusanos de seda. Mientras eran tales me parecían unos bichitos simpáticos; pero, cuando pasaban a la versión alada…
Por consideración mayoritaria de los humanos, parece que es mejor ser mariposa que oruga, volar a arrastrarse. No obstante, ¿quién dice que realmente es así? Habría que poder preguntar a los lepidópteros uno a uno, a ver qué opinan, ellos que pasan por los dos estados.
En todo caso, da lo mismo. Trayendo el agua a mi molino, solo queda enfrentar el proceso del cambio como una oruga más (aunque un poquito más grande), sin aspavientos ni lamentaciones. Y, si después toca volar, se vuela. Habrá que aprender también a agitar las alas cuando salgan. Lo mismo hasta es divertido. ¿No?
(Una vez hecha la metamorfosis, como se ve en el enlace siguiente, lo de volar tiene sus riesgos, sobre todo si resultas una «polilla tontorrona» en lugar de una «sagaz mariposa». No obstante, como todo es impermanente, seguro que se puede intentar de nuevo, a ver si la siguiente transformación sale mejor)
A veces hay libros que dan para tanto que cuesta escribir sobre ellos. Es el caso de «El camino estrecho al norte profundo» de Richard Flanagan. Tenía tres borradores de reseña para publicar, y ninguno ha terminado de gustarme (ni este tampoco, pero ya está bien).
«El camino estrecho al norte profundo», a su manera, podría considerarse una novela histórica, pero con un tratamiento y una profundidad que nada tienen que ver con las anteriores, ni con las más comerciales de ese género. Yo diría que en este libro Richard Flanagan utiliza el pretexto de la guerra para hablar de problemas humanos y para reflejar un sentimiento hondamente pesimista y triste ante la transitoriedad. La desesperanza traspasa cada párrafo, hasta los más felices, y acaba calando al lector, como una lluvia lenta y persistente para la que no hay modo de protegerse.
Muerte y Amor son sin duda los temas que marcan toda la trama. El protagonista, Dorrigo Evans, es un oficial médico que vive y sufre el horror de un campo de prisioneros australianos en la Segunda Guerra Mundial. En «El camino estrecho al norte profundo» no se ahorra al lector la descripción de ningún horror ni físico ni mental. No se ahorra la vivencia de ninguna muerte ni de ninguna tortura, ni siquiera la de los propios torturadores, la de los «malos». La descripción detallada de las humillaciones, la degradación, la enfermedad es tan exaustiva que convierte esos episodios en algo tan palpable que muchas veces se hace casi insoportable la lectura.
Desde luego esta sí que no es una obra de héroes y villanos. En sus páginas todos los personajes tienen vida propia, miserias y perplejidades, miedos y arranques de valentía. Viven la degradación y la humillación todos. Y todos sienten y viven su muerte, y Flanagan nos lo cuenta dándoles a cada uno voz propia e individualidad. Llama la atención con qué sensibilidad se mete en la piel, en la mente,de cada personaje justo antes de su muerte, cuando la ven y la sienten llegar, y con qué destreza es capaz de hacernos sentir todas esas vidas distintas e iguales en la soledad ante la inevitabilidad del final de la existencia.
Así que «El camino estrecho al norte profundo» es también una novela de soledad. Ni el amor, ni la amistad, ni el deber, nada impide que todos los personajes estén solos y se sepan solos. La vida se muestra como un camino estrecho, como los que llaman en Asturias «sendas de persona». Solo se puede avanzar de uno en uno, a trechos con compañía delante, abriendo camino, a veces por detrás, cubriendo la retirada; pero solos, siempre solos, muchas veces por tramos tan estrechos que el camino ni llega a «senda de persona» y se queda en «paso de jabalí». Y ahí es donde uno se araña más la piel, donde más se desgarra la ropa, donde más consciente se hace cada uno de su soledad. Esta novela se centra en esos momentos de la vida, que para todos los personajes son la mayoría.
Por otra parte es admirable como Richard Fflanagan se mueve con agilidad entre la mentalidad occidental -cosa bastante fácil para un australiano- y la oriental. Es de destacar con qué acierto muestra la perplejidad de coreanos y japoneses ante la actitud de los prisioneros australianos. Los oficiales y soldados del ejército japonés los tratan como a esclavos, peor que a bestias. Y lo que no pueden comprender es cómo ellos mismos no se sienten así, no aceptan ese «justo» destino, después de haberse rendido. Porque para un militar japonés un prisionero, si además se ha rendido y se ha dejado capturar, es menos que nada. Así lo explica Ivan Morris en las primeras páginas de «La nobleza del fracaso». Los héroes japoneses lo son no por triunfar, sino por afrontar la derrota con honor, con la muerte. Para ellos convertirse en un «toriko», un prisionero, es caer en la mayor degradación personal y, además, familiar. Con la rendición del guerrero su linaje queda humillado y manchado por generaciones, que tienen que arrastrar esa vergüenza.
Ivan Morris también habla en su libro de la espada y el pincel en la historia de los guerreros japoneses, que siempre han ido juntos. Desde el primer héroe mítico, Yamato Takeru, hasta los jóvenes kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, todos tenían a gala decir su poema final antes de morir. Muerte y poesía, amor y poesía, marcan también la trama de la novela, hasta el punto de que cada una de las cinco partes en que se divide están presididas por un haiku, e incluso el título lo recibe de una obra de Basho.
Oriente y occidente están presentes en «El camino estrecho al norte profundo», unidos por la tragedia de la vida, sobrepasados por el sufrimiento de la guerra, al mismo tiempo que comparten la sed de Amor. Al fin y al cabo, por encima de las razas y de las creencias, todos amamos y todos morimos.
Y, hablando de Amor (con mayúsculas), este empapa cada página del libro. El Amor en todas sus manifestaciones. Por ejemplo, fijándonos en Dorrigo, es casi doloroso ver cómo vive el amor, cómo lo manifiesta a su pesar, ya que el sufrimiento ha ido bloqueándole hasta dejarle incapaz de creer en sus propios sentimientos. El protagonista ama a sus compañeros, ama a su mujer, ama a sus hijos, ama a sus amantes y, sobre todo, ama a Amy. El amor de su vida, su motivo existencial, a la que él cree muerta porque su esposa le dio esa noticia falsa, en medio del infierno, cuando Dorrigo más necesitaba conocer la reconfortante verdad. Una única mentira marcó su vida y le sumió en la soledad más hermética.
En «El camino estrecho al norte profundo» no triunfa el Amor, no se impone a la transitoriedad y a los obstáculos. El Amor pierde la batalla ante el miedo y la inseguridad. La guerra mata a pesar del amor y la amistad, la enfermedad castiga a pesar del amor, el cansancio y el miedo bloquean las emociones y la gran historia de amor entre Dorrigo y Amy, al final, tampoco se realiza porque…
«… Él tenía su vida, y ella la suya; ni en sueños era posible una fusión de ambas. Y lo que no alcanzamos a soñar, nunca alcanzaremos a hacer».
Desde que leí hace unas semanas esta frase no he dejado de tenerla presente. En sentido contrario es lo mismo que decía mi madre: «Si quieres algo mucho, muchísimo, con todas tus fuerzas, lo consigues». Es decir, si eres capaz de soñarlo con intensidad, de creer en ello, el pensamiento se materializa.
Pero Dorrigo y Amy, a pesar de haber conservado su amor intacto en el corazón, no han podido creer en que se realizara. La vida, los años, la distancia y el sufrimiento no dejaron crecer su sueño, su historia. Tal y como sucede con la novela romántica que Dorrigo no puede terminar de leer en el campo de prisioneros, porque le faltan las últimas páginas…
«Pero no había nada más. Alguien había arrancado las últimas páginas y las había usado como papel higiénico o se las había fumado, así que no había esperanza, ni alegría, ni comprensión. No había última página. También el libro de su vida se había visto bruscamente truncado. No le quedaba más que el fango bajo los pies y el cielo inmundo sobre la cabeza. No habría paz ni esperanza. Y Dorrigo Evans comprendió que aquella historia de amor quedaría inacabada por toda la eternidad, como un mundo sin fin».
Pasada la guerra, pasados los años, Dorrigo y Amy se encuentran cruzando un puente, cada uno caminando en un sentido y ambos se reconocen y no se paran, ni se miran apenas. No han podido soñar con una vida juntos, con un reencuentro y se han perdido el uno al otro para siempre. En la estética japonesa lo verdaderamente bello no puede ser perfecto, acabado. Tal vez eso es entonces lo que hace más hermoso y excelso el Amor entre Amy y Dorrigo, su imperfección.
«Y entonces se volvió de nuevo y siguió caminando por caminar, sin rumbo ni propósito. La creía muerta, pero al fin lo entendía: era Amy la que había seguido viva y era él quien había muerto».
Amy llevaba, y seguirá llevando hasta el fin de sus días, el colgante de plata con una perla engastada que Dorrigo le regaló, sintiendo con ello en su piel casi la única prueba de que su amor fue real, que verdaderamente existió. Porque ella supo que él había sobrevivido y nunca pudo comprender por qué no vino a buscarla, tal y como había prometido. Insegura, desconcertada, siguió amándole a distancia, pensando que no debía interferir en la vida del hombre que amaba porque ya la habría olvidado.
Decía Zsa Zsa Gabor: «Nunca he odiado tanto a un hombre como para devolverle sus joyas». Amy amó tanto que nunca se separó de esa pequeña joya, como una gota luminosa de felicidad, que en un momento de entrega supuso a Dorrigo todo lo que tenía, antes de que la guerra y el peso de la vida aplastasen su sueño.
«… y al volver sobre sus pasos vio que, a un lado del sendero enfangado, en medio de la sobrecogedora oscuridad, había brotado una flor escarlata.
Se inclinó y alumbró con la lámpara aquel pequeño milagro. Allí se quedó, encorvado bajo la lluvia torrencial, durante mucho tiempo. Luego se incorporó y reanudó la marcha».
Sí. reanudó la marcha de la vida, pero sin olvidar nunca la Flor escarlata que lucía Amy el día en que se conocieron.
Esta tarde se me impone reproducir este precioso poema, tomado del «Shinkokinshu» («Nueva colección de poemas antiguos y modernos»), que data de 1206, en el Japón medieval.
Aunque para entonces la era Heian ya había pasado, la poesía japonesa, desde mi punto de vista, nunca dejó por completo la sensibilidad estética de aquellos siglos.
Ha llegado el invierno.
Ya ha descubierto su rostro en la montaña.
Han caído las hojas.
Hasta a los pinos impávidos de la cima
los ahoga la tristeza.
¿Qué más se puede decir, ni mejor, para reflejar la emoción que empapa el corazón en invierno?
Esta vez ni me he atrevido a poner un haiku propio. Con estos versos rondándome por la mente desde hace varios días, todo lo que se me ocurría a mí me resultaba escaso y tibio.
Así que aquí dejo este regalo de Nochebuena, tal vez un poco melancólico, pero así es el invierno y así me siento hoy, inclinada a soñar dulcemente con un salón con su chimenea encendida crepitando, una taza de té caliente y una compañía serena y cálida.
Como proa de luz,
al abrirse la puerta,
una sonrisa.
Compuse este haiku el año pasado por estas fechas para ofrecérselo como homenaje de amistad y cariño a mi buen amigo José María, compañero fiel de sesiones y sesiones de meditación, desde hace ya varios años.
Se me nota aquí la vena huidobriana, como en alguna otra ocasión, con los ecos de dos de los versos finales del Canto II de “Altazor”:
Y ese beso que hincha la proa de tus labios.
Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu vida.
Estas imágenes, grabadas en mi memoria desde hace ya tantos años, se me aparecen y se moldean a la situación que sea. El Canto II es un bellísimo poema de amor escrito por mi adorado Vicente Huidobro a su amada Ximena Amunátegui, convertida por él en la mujer por excelencia, la encarnación física y la manifestación más excelsa y espiritual de lo femenino. Creo que es de pura (e insana) envidia, por lo que tengo tan presente este poema siempre (¡ay…!).
Claro, en este haiku, a mí se me aparecen y recrean estas mismas imágenes, pero esta vez como un reflejo del entusiasmo y la nobleza de un gran amigo, cuya sonrisa franca y luminosa es su tarjeta de presentación en cada encuentro.
En cuanto a la música, «El oratorio de Navidad» de Bach, viene al caso, no solo por las «fechas extrañables» que se avecinan, sino porque es el compositor favorito del homenajeado.
¡Oh, noche fría!
Brotando de la frente
cristal de hielo.
En la noche los temores son certezas y las ilusiones quimeras.
En el silencio solo y frío de la noche la mente alocada se agita en olas que rompen en la frente, desbordándose en una lluvia salada que impregna la piel y que se enfría, se hiela en la oscuridad a falta de luz, de calor.
Llega la mañana y el hielo no se derrite ni se disuelve, sino que se rompe en cristales diminutos de escarcha, que ya no se notan a simple vista, pero se clavan traicioneros en cada poro, sustrayéndose a las miradas sin derretirse, sin cesar de hacerse notar bajo la piel, saeteando los pequeños e indefensos nervios.
Y hay que salir a la calle, poner la sonrisa como una proa de vida, avanzando con o sin fe, con o sin miedo, pero con la certeza de que en cualquier instante irrumpirá la primavera y las agujas de escarcha se derretirán en lágrimas sanadoras al calor de la vida, del Amor.
http://www.youtube.com/watch?v=lfyAz6Tmx30
No son dos lugares, ni dos tiempos, Nirvana y Samsara son dos estados distintos de la mente, el primero claro, sereno y despierto y el segundo ofuscado y dependiente, zarandeado por los vientos y encallado en los arrecifes.
La mente samsárica está zarandeada entre el dolor y el placer, aferrándose a lo inaferrable, intentando atrapar las olas y parar el tiempo cuando siente placer, y saltárselo como sea, cuando el dolor la atenaza. Lucha contra lo impermanente, acumulando derrota tras derrota, vida tras vida.
El Nirvana es un estado de comprensión total de todo. No hay nada que quede fuera, porque la dualidad desaparece. Ese estado de atención serena y tranquila, ese Despertar, es la Budeidad.
Sabiendo que esto existe, yo no aspiro a menos. Sabiendo que esto existe y que de alguna manera se puede alcanzar, es lógico que uno lo pretenda para sí y para el resto de los seres, porque uno no podría tener un verdadero estado de satisfacción completa rodeado de sufrimiento.
Según algunas vías del Budismo, ese Despertar se puede lograr en una sola vida y experimentarse en fracciones de segundo, en fugaces momentos de lucidez, que uno aprende a extender, entrenándose a través de la meditación para ser cada vez más consciente de ellos.
La claridad de la mente, su pureza, son su verdadera naturaleza. Sin embargo, son muchas las interferencias que dificultan el sintonizar con esa onda, y es preciso entrar en un proceso de descreencia, para no quedarse en todos esos ruidos que perturban la percepción de la realidad tal y como es.
El proceso de desaprendizaje y descreencia a veces es inquietante e incómodo, en un primer momento. Nos identificamos con nuestros ruidosos procesos mentales, para sentir que somos ese “algo”. ¿Qué sería de nosotros si descubriéramos que no somos eso? ¿Estaríamos a merced de todo y de todos? ¿Quedaríamos abocados a la indiferencia, la inacción y el nihilismo? Pues no. Confundimos muchas cosas: meditar con rumiar pensamientos, pensar con engancharse en discursos mentales, hablar con parlotear, parlotear con comunicarse, interactuar con reclamar atención, oír con escuchar, comprender con interpretar, no hacer nada con indiferencia, indiferencia con serenidad, compulsión con dinamismo… Confundimos tantas cosas y tantas palabras, que la acción se convierte en un vértigo o en una inercia y, en ambos casos, se pierde la conciencia de lo que se hace y, perdida la conciencia, la mente queda a merced de los vientos y los arrecifes.
Ayer cayeron.
Siempre acaban cayendo.
Hojas de roble,
el terciopelo firme
hoy tan frágil, se quiebra.
Siempre lo he dicho: prefiero el otoño a cualquier otra estación del año, a pesar de su melancolía, o tal vez por ella.
Ayer, regando el pequeño roble que cuido desde hace poco más de dos años, desde un primero de octubre sereno y triste, se me desprendieron leves, casi con timidez, tres hojitas secas. Hoy he visto que todavía quedan algunas firmes y aterciopeladas. La sombra del verano es larga y se empeña en proyectarse más allá de su tiempo, pero terminará por tener que irse. Así que las hojas de esta mañana se desprenderán y caerán también, discretas, sin ruido.
Luna de otoño,
reflejada en el sueño.
Y aún es verano.
El otoño es mi estación favorita y ya lo estoy anhelando. Creo que no soy la única, no solo por el calor, sino porque el verano a muchos se nos hace excesivo, casi enervante.
El otoño tiene otro halo de espiritualidad, de paz. Una energía más sutil, más serena.
¡Te espero, luna de otoño!
Por un encuentro,
El grillo solitario
bate las alas
perforando el silencio
de incansable deseo.
Para mi querido grillo que, noche tras noche, sin descanso ni desaliento, hace vibrar sus alas esperando atento a que alguna grillita le escuche entre el ruido de los motores y se aventure valerosa a saltar a su madriguera.



