Aguas de enero:
El tiempo se derrama
y va calando…
«Somos lo que hablamos: El poder terapéutico de hablar y hablarnos» de Luis Rojas Marcos ha sido una de mis últimas lecturas. Hace poco le escuché en una
entrevista radiofónica, y me quedé con las ganas de conocer alguna de sus obras. Después de leer esta, puedo asegurar que mi intención es que no sea la
única.
En primer lugar tengo que decir que me parece que el libro está muy bien escrito, muy bien estructurado y proporciona mucha información sin prolijidad
ni pedantería. Desde la primera línea una se da cuenta de que quien habla sabe de qué lo hace y cómo hacerlo sin necesidad de alardear de ello. El dr.
Rojas Marcos es un comunicador eficaz y amable. estoy segura de que ha sido y es uno de esos profesores que te hacen amar la materia que te enseñan. esto
se nota sin saber nada de su biografía, que así lo corrobora y que puede consultarse fácilmente en Internet.
«Somos lo que hablamos» hace mucho hincapié en la importancia del discurso interno, de cómo nos hablamos a nosotros mismos y qué nos decimos.
Empieza por romper prejuicios acerca de hablarse uno en voz alta a sí mismo. Tanto hacernos creer que eso era de chalados… Pues no. Resulta que no, que
es todo lo contrario. En cuanto lo leí y vi su explicación, se lo conté a mi padre, que es el auténtico paradigma de no callar ni a solas. Él ahora está
cerca de los noventa años y se encuentra estupendamente tanto física como mentalmente. Es un hombre excepcional en todos los sentidos. Según el dr. Rojas
Marcos, mucho de eso se lo debe a su inclinación por hablar y hablarse. El autor insiste en lo importante que es esto para que nuestro envejecer no se
convierta en un precipitarse en el abismo de la decrepitud mental y física.
Rojas Marcos habla también de la importancia de los cinco primeros años de la vida en el desarrollo del lenguaje, y del peso que tiene una familia que
habla frente a una familia taciturna para conformar los recursos lingüísticos y mentales de los niños. Por ejemplo, explica que es muy bueno leer a los
pequeños para que aprendan palabras nuevas y crezca su competencia verbal. Pensamos con palabras, nos expresamos con palabras, las palabras son un tesoro
irremplazable, un legado que nos llega al principio sin darnos cuenta.
Hoy recuerdo a mi madre, leyéndome los cuentos de Tagore cuando estaba un poco pachucha y me quedaba en casa sin ir al cole. ¡Cuánto habrá influido aquello
en mis tendencias orientalistas! ¡Vaya una a saber!
«Somos lo que hablamos», desde luego que sí. También lo que nos callamos frente a los demás y ante nosotros mismos también, por eso es importante no engañarse.
Hay que hablarse con valentía, hay que comunicarse con claridad, pero también con cuidado. El dr. Rojas Marcos no lo dice, pero yo sí, y creo que él estaría
de acuerdo si leyese esto: las palabras las carga el diablo y, a veces, hay que manejarlas como si fueran nitroglicerina pura.
A esto se refiere el autor en la última parte, cuando explica cómo enfrentarse a las comunicaciones conflictivas, más sugiriendo qué no hay que hacer,
que dando recetas magistrales. Un buen amigo mío me dijo una vez, que «no hay buenos momentos para dar una mala noticia». Estoy de acuerdo casi del todo,
pero es verdad que hay pésimos momentos y fatales modos de hacerlo, y esta es una de las ideas que plantea el dr. Rojas Marcos. En sí, puede parecer una
perogrullada, pero, si lo fuera, no habría tanto encuentro radioactivo ni tanto duelo sangriento de lenguas hirientes. Cuando hay que enfrentar un conflicto
y afrontar lo desagradable hay que procurar haberse preparado antes y buscar un momento en el que uno se sienta claro y dispuesto a comunicarse de verdad.
También en el libro se repasan los trastornos del habla y cómo repercuten en la salud mental.
Me ha gustado especialmente el apartado en el que nos recomienda comunicar nuestros sentimientos a las personas que amamos y apreciamos. Esto hace más
fácil la inevitable e imprevisible despedida. El dr. Rojas Marcos insiste, como los maestros budistas, en nuestro espejismo de que una relación puede ser
«para siempre». Como se decía en el cuento de Jorge Luis Borges, «Ulrrike»: «Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres» (ni a nada, diría
yo). Padres, hijos, amantes, amigos, todos, todos se van y nos vamos e iremos, voluntaria o involuntariamente. Entonces estará bien, será sanador y calmante
saber que hemos dicho «te quiero» o lo que fuere necesario.
El autor cuenta su experiencia al respecto, como uno de los médicos que apoyaron a las víctimas del atentado del 11 de septiembre en nueva York. También
refiere varios testimonios de aquella catástrofe, en los que muchas personas, sabiendo que iban a morir, procuraron despedirse de sus seres queridos. Yo
no puedo olvidar ahora aquí tantas guerras presentes y pasadas, tantos náufragos sepultados en el mar, tantos desaparecidos por las represiones de las
tiranías, tanta gente cosificada con el tráfico de personas, en fin, tantos testimonios que no leeremos y que no oiremos de personas que se han ido y se
irán sin despedirse, y de quienes se quedarán sin escuchar su adiós y su «te quiero».
Como siempre, soy lo que leo. No logro hacer una verdadera reseña, sino contar lo que siento con los libros que realmente me emocionan. ¿Por qué lo hago?
Pues no lo sé. seguramente para desahogar mis emociones. No para transmitirlas, porque me temo que eso es imposible, pero al menos las reflejo. La verdad
de los sentimientos, las emociones y las palabras propias e íntimas se perderán como lágrimas en la lluvia…
Un portazo da fin a una vida de purpurina y cartón piedra, y comienzo a otra inquietante, seguramente difícil, pero verdadera.
Como es de rigor, también con un portazo terminó la función de “casa de muñecas” a la que acudí hace pocos días, en el teatro Karpas de Madrid. Después, comprobando la fecha de su estreno, el 21 de diciembre de 1879, me di cuenta de que hace ya más de 140 años de aquello y, sin embargo, esta obra parece no haber envejecido.
Este texto de Henrik Ibsen es de sobra conocido, no obstante, las excelentes interpretaciones de todos los actores me envolvieron en la trama y la viví intensamente. La pequeña sala del teatro Karpas se convirtió en el salón de la casa de los Helmer.
Este portazo del siglo XXI dio fin a la representación, pero yo he seguido pensando en ella. Pensando en algunas de las palabras de Nora en la escena final, que me iluminaron como un fogonazo:
Torvald: ¡Qué injusta y desagradecida eres, Nora! ¿No has sido feliz aquí?
Nora: No, nunca. Creí serlo; pero no lo he sido jamás.
Torval: ¿No… que no has sido feliz?…
Nora: No; sólo estaba alegre, y eso es todo…
¿Se puede estar alegre sin ser feliz? Sí. En ese momento, escuchando a Nora me di cuenta de que sí, de que tal vez más de una vez una alegría instantánea hace olvidar la insatisfacción profunda, como lo harían unas gotas de anestésico contra el dolor existencial. Y esto puede ser bueno cuando la herida está muy abierta, no digo que no, pero se corre el riesgo de olvidarse de la enfermedad aliviando los síntomas, que así no van a desaparecer nunca y que requerirán de «drogas» cada vez más fuertes, de estímulos brillantes y efímeros y de distracciones constantes.
Nora da un portazo para salir de la alegría y buscar la verdadera felicidad, empezando por encontrarse con ella misma, con ese territorio tan desconocido y tan misterioso que es la propia mente y el propio corazón.
Hoy, pensando en todo esto, me preguntaba cuántas veces habré dado un portazo para salir de una «casa de muñecas», construida sobre todo por mí, y cuántas veces me he vuelto ha meter en otra sin darme cuenta, también levantada a mi alrededor por otros.
La tentación de refugiarse de la insatisfacción es tan grande… Pero, si te fijas bien, las paredes son tan de atrezo en las casas de muñecas que, a poco que sople el viento de la conciencia, se derrumban, te caen encima y es peor el remedio que la enfermedad: la verdad se abre paso y te ves en medio de un escenario roto y mediocre.
En fin, pensándolo bien, antes de encontrarse en una situación tan lamentable, casi va a ser mejor volver a dar un portazo todas las veces que sea necesario, salir de nuevo a la intemperie para sentir el vivificante frío de enero. Además, aquí en Madrid, en el siglo XXI y con el cambio climático, por muy invierno que sea, no se puede ni comparar con la hazaña de Nora: ¡Con lo que tendría que ser el invierno de Noruega en el siglo XIX! Y todavía más para una mujer que deja su casa, a su marido y a sus niños para ir en busca de su libertad y su verdad. Eso sí es echarle valor.
A veces tengo la impresión de no haber cambiado demasiado. Mejor dicho, de seguir un hilo argumental muy previsible dentro de mi evolución. Lo digo porque hay «lugares» a los que recurro y vuelvo a recurrir, como los peces en el río, que beben y vuelven a beber. Esto me debe de haber salido con resonancias de villancico por la cercanía de la Navidad, pero desde luego no por lo que tengo en mente. En concreto ahora me estaba acordando de «Los heraldos negros» de César Vallejo, que es de lo menos campanillero y burbujeante que se me ocurre. Este hermosísimo y profundo poema me ha acompañado y me acompaña desde hace ya muchos años. De hecho ya he hablado de él en este blog en «Los heraldos de la memoria».
A finales de septiembre, me dio por grabarme recitándolo. Mostré el resultado a alguno de mis amigos. Me quedó tan dramático, que alguno de ellos llegó a pensar que me había sucedido algo terrible. Y suceder, lo que se dice suceder, no había sucedido nada nuevo, pero sí es cierto que los finales de septiembre siempre me traen aún más vívida la imagen de mi madre. Tal vez por esta razón, poemas como «Los heraldos negros» me envuelven cálidos y reconfortantes, porque en ellos siento la complicidad de la comprensión del sufrimiento profundo y sincero.
Comentando la grabación, mi querido amigo José Antonio me dijo que él conservaba un poema mío, escrito hace muchos años e inspirado en «Los heraldos negros». Yo no lo recordaba en absoluto y, hace unas semanas, compartiendo un chianti, me emocionó leyéndomelo. Ahí lo recordé.
Aunque creía no conservarlo, resulta que sí, que tenía una versión llena de borrones, que he terminado de transcribir hace un rato. No puedo datarla exactamente, pero, por la fecha de otros escritos cercanos, debe de ser de finales del 90 o principios del 91. Es pues un poema de juventud, seguramente lleno de errores, pero impregnado también de sinceridad, de la expresión de un sufrimiento profundo, de los que arraigan con fuerza en el corazón y en la mente.
A continuación el poema. Se titula «Sangre».
¡Gracias, José Antonio!
La sangre a veces se come con pan y cebolla.
La sangre a veces se convierte en vino y se bebe.
La sangre adentro es vida. La sangre afuera es muerte.
Sale y entra. entra y sale.
Trae y lleva. Lleva y trae.
semovíarápida
a ho ra len ta
Se parará
se secará y será negra y dura como el alma atormentada y vieja que se come las costras prematuras
que anuncian el final ineludible y plástico
del rojo
que aún crepita en cada «Pequeña Muerte»,
en cada emoción azul,
en cada latigazo de fuego en las entrañas,
en cada recuerdo ineludible y en cada deseo eludido.
Lejos……Lejos………Lejos…………
Trae y lleva. Lleva y trae.
Y se para lejos, demasiado lejos…
No se puede esperar tanto.
¡Hay que hacer una estación porque el túnel definitivo aún no se ve!
… Y no sé por qué seguía esperando.
No entiendo cómo puedo seguir esperando.
No sabré siempre por qué tendré esperanza hasta nunca.
Y, sin embargo, continuaré expectante
mirando de frente
de cerca
de pie
EL SOL DEL MEDIODÍA
Y no sé por qué ni cómo me crecerán las alas ignífugas
que me llevarán hasta el mismo centro de la muerte abrasadora.
Y seré feliz porque arderán mi pelo y mis manos
mi boca y mi pubis
mis piernas y mi vientre
mi pecho y mis ojos.
Bajo las alas
quedarán mis huesos alcalinos brillando
in-ter-mi-ten-tes
deteniendo el tiempo y la luz
porque sí
Por ti.
Cosas de otoño:
Revolver los armarios,
soltar mis hojas.
Vestirse de otoño es desvestirse de muchas cosas. Por eso cada octubre me hace tanta falta enfrentarme a lo que he ido arrastrando durante meses y años «por si acaso» o por no deshacerme de bellos objetos cargados de recuerdos.
Sin embargo, sé que habría que dejar partir todo, dejar que cayesen todas las hojas y quedarse con el tronco desnudo y limpio, como en cueros.
Aun así, cuando meto en bolsas tantas prendas que me han acompañado, abrazado y acariciado, me queda una sensación extraña. Es una mezcla de liberación y culpa. Algo se me revuelve. Hay un miedo a dejar ir lo que tal vez necesite un día que no llegará, a perder aquellas prendas que mi madre cosió para mí, puntada a puntada, que ya no me valen, que ya no son para este cuerpo, que ha cambiado lenta pero decididamente, porque está envejeciendo.
soltar esas prendas, meterlas en bolsas y dejarlas en manos de personas desconocidas, que nada saben de lo mucho que significan, me da vértigo y, al mismo tiempo, me libera.
De una vez por todas, quiero gritarme que no tengo que luchar por ser aquella joven. No volveré a serlo, ni con su ropa ni sin ella. Mi madre no volverá a coserme mis diseños y no volveremos a discutir por un centímetro de más o de menos.
Es octubre y se me van cayendo las Hojas de las manos, de los brazos, de todo el cuerpo y así, solo así, es como debo vivir mi otoño. Aunque tenga mucho miedo a quedarme tan desnuda y a la intemperie, he comprendido por fin que es el único modo sincero de seguir el ciclo de esta vida.
Hoy hace cinco años que murió mi madre. La tengo presente siempre y siempre la echo de menos.
Cada vez soy más consciente de lo mucho que vive de ella en mí. El amor por la literatura, el gusto por el cine clásico, el sonido del piano, la debilidad ante un ramo de rosas o la alegría al apreciar un perfume exquisito son algunas de las cosas que aprendí a disfrutar gracias a ella, más por ver su propio deleite, que porque ella pretendiese inculcarme nada.
Su sensibilidad ante los animales, cuando, por ejemplo, intentaba convencer a alguna mosca despistada de que saliera de la cocina, y sus manos… esas manos que hoy tanto se parecen a las mías. Llevo con amor su alianza de casada, que me recuerda (aunque no lo olvido) mi compromiso como hija.
Mi madre siempre valoró la independencia y me transmitió la importancia de ese valor. Sé hoy que esto es relativo para todos, pero esto no contraviene en absoluto el camino de la liberación. En eso aún me queda mucho por recorrer.
Mi madre era dulce y firme, muy dulce y muy, muy firme. Yo no tengo ni esa dulzura ni de lejos su firmeza, pero cada vez admiro más esa mezcla que tanta autoridad confería a sus palabras y a sus acciones, siempre educadas y siempre medidas. Mercedes era una reina y como tal se comportaba.
Si tuviera que quedarme con una sola entrada de este blog, sería con «El sueño de Mucalinda». Ahí está todo. Por eso hago «trampa» y la voy arrastrando, cambiándola de fecha para que siempre esté vigente. Hoy he vuelto a traerla al presente para regalársela de nuevo a ella, que tanto quiso que yo escribiera, que tanto intentó comprenderme y que tan poco le dejé saber de mí.
En «El sueño de Mucalinda», en esta entrada, está todo y ella ya lo sabe.
Como dice William Wordsworkth en su «Oda a la inmortalidad»:
«Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la yerba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste
siempre en el recuerdo».
Y añado que tal vez no solo en el recuerdo, porque el presente y el futuro no carece ni carecerá de tal belleza. Lo sé y, ante todo, lo siento.
Estos versos, para mí famosos por la película «Esplendor en la hierba», también me recuerdan a mi madre. A ella le encantaba Natalie Wood y a mí el desenlace final de esa película, que me dejó una impresión profunda que ha ido adquiriendo sentido con el tiempo y con la vida. Como tantas veces, la emoción precedió a la razón y el afecto a las explicaciones.
Quería hablar de Mercedes Madre y, al final, inevitablemente aquí estamos las dos. Seguimos y seguiremos juntas, y lo digo con alegría y, sobre todo, con convicción, como se lo dije a ella.
¡Gracias. Gracias. Gracias!
La alegría y la ilusión están también en esta canción que a ella tanto le gustaba.
Y también aquí está el enlace a «El sueño de Mucalinda»:
https://marymer.wordpress.com/2017/09/30/el-sueno-de-mucalinda/
https://marymer.wordpress.com/2012/08/24/de-trapos-y-de-letras-presentacion/


¿Con tantas flores,
septiembre habrá creído
que es primavera?
Aguas de agosto:
Toca un solo de gotas
contra la chapa.
Tardes tormentosas de agosto.
Dan ganas de abrir todas las ventanas, de empapar la casa y empaparse del agua tibia y del sonido de la tormenta.
Es una auténtica jam session con un increíble encadenamiento de improvisaciones magistrales.
Sobre la base suave del roce de los neumáticos sobre la calzada y el rugido de los motores que van y vienen, súbitamente golpea el aire el gran trueno que rompe la inercia y rompe el dique de la tensión: ¡Comienza!
Los gruesos goterones caen primero distanciados, con una cadencia lenta, ligera. Pero en unos pocos minutos el solo de gotas crepitando arranca con fuerza sobre las hojas, las persianas, las chapas de los aires acondicionados. ¡Es un solo vibrante, eléctrico, que despierta los nervios embotados por el calor de tantos días!
El asfalto mojado intensifica el rumor de las rodadas en un oleaje de escobillas rozando la calzada. Ese rumor calmante, hipnótico, poco a poco, se va intensificando; se une armoniosamente al sonido de los motores vibrantes… ¡Es su momento! Comienza un solo intenso. Ya no son las olas suaves de una playa tranquila, sino el clamor del acantilado.
Y no dejan de intervenir las gotas, que siguen golpeando, manteniendo y cambiando el ritmo a cada instante, dibujando la melodía de la lluvia.
De nuevo, otro trueno poderoso, rotundo, cambia los tiempos. Y así se va desarrollando esta jam session única, irrepetible, sin que nadie la grave y la enlate jamás.
Con su acompañamiento de voces, risas, pisadas rápidas, golpes de claxon el encuentro fortuito se llena de vida. Y todo, absolutamente todo es perfecto. ¡Magistral!
Antes de ponerme a escribir suelo darle vueltas a la cuestión de si tiene sentido hacerlo o no. Es una pesadez: llevo décadas planteándome lo mismo. Ya en un cuento que escribí con poco más de veinte años, “Amada palabra”, las primeras frases giraban entorno al mismo asunto.
Aún así, a trancas y barrancas, he seguido escribiendo. Por algo será…
Agradezco de todo corazón que otras muchas personas, algunas de ellas tan inseguras o más que yo (y con menos razones para serlo), hayan tenido la voluntad y la valentía de escribir y publicar lo escrito. Porque sin libros, la verdad, no sé que habría sido de mí. Vivir, claro está, habría vivido, pero no sé cómo y no me puedo ni imaginar qué sería de este yo, tan construido (y a veces tal vez casi destruido) por la Literatura.
Hace poco he leído «de qué hablo cuando hablo de escribir» de Haruki Murakami. Me ha resultado, además de inspirador, verdaderamente simpático. Esa manera de contar sus impresiones y sus experiencias, sin afectación, la reconcilian a una con la cotidianeidad o la sencillez. Pero, no confundamos, no con la «normalidad», por supuesto, que esa me da
Escalofríos (será por el temor a lo desconocido…).
Por otra parte, también me identifico con esa visión suya tan alejada de los ideales neoliberales de éxito, eficacia y triunfo, que tan de moda están y que, hasta la izquierda más izquierdosa, parece haber asumido como buenos y deseables. En este libro Murakami aprovecha para tirar unas cuantas pullitas contra los nacionalismos, la obediencia reverente a la jerarquía y la completa disolución del individuo en la comunidad.
En “De qué hablo cuando hablo de escribir” no solo se cuenta una experiencia de escritor, sino una manera de ver la vida con la que coincido en gran medida. Haruki Murakami se declara como persona individualista y, de algún modo, reivindica el derecho a esa manera de ser en una sociedad tan rigurosa como la japonesa. En ella el valor de la comunidad está muy por encima del individuo, hasta casi anularlo y asfixiarlo. Esto, según el autor, se puede justificar y entender en un momento de grave crisis, como sucedió en Japón tras la Segunda Guerra Mundial; pero él expone que, superado ese duro periodo, una sociedad sana y evolucionada tiene que poder dar espacio para desarrollarse de manera equilibrada tanto a lo que se refiere al bien común como a lo tocante al individuo.
La lectura de este libro me ha dado impulso para seguir escribiendo. No sé por qué, pero sí para qué: para comunicarme. Como en estos momentos, a veces necesito el silencio de los labios, pero se me desbordan las palabras desde la punta de los dedos. Y no me sirve con anotar y guardar, necesito publicar, por eso mantengo ya durante siete años este blog. Me siento muy agradecida a todos los que lo leen porque, sin lectores, aunque sean potenciales, creo que no me animaría a escribir.
Como decía en «Amada palabra», para mí la escritura es un acto de amor, porque supone confianza, entrega y, por supuesto, comunicación. Si hablo de escribir, hablo de expresar, de enviar un mensaje. Muchas veces he pensado en este blog como una de esas botellas que se lanzaban al mar con una carta dentro. Hasta dónde llegue o quienes puedan terminar por leerla es un misterio y una sorpresa, como lo es la propia vida.
Hay momentos de tristeza serena y fructífera, momentos llenos de «aware», en los que no apetece despegar los labios, pero sí despegarse del suelo y trasladarse a otra realidad más allá de la encerrada en los límites cotidianos y asumidos. Para esto me han servido y me sirven los libros que leo y, a veces, cuando venzo el pudor, también las palabras que lanzo al océano de Internet metidas en esta botella.
Murakami siempre habla de música en sus libros, así que aquí dejo un enlace a uno de sus referentes, Thelonious Monk, que también me gusta mucho. Se ve que tenemos debilidades parecidas… Coincidimos hasta en lo de no poder resistirnos a una cervecita que tal vez sería mejor evitar.
Tal vez me equivoque, pero supongo que ya quedan pocas personas que mantengan una agenda con números de teléfono y direcciones además de la que incluyen los teléfonos móviles. Aunque no con regularidad ni de manera rigurosa, yo sí la he ido manteniendo, y me he dado cuenta de que en ella las anotaciones permanecen más tiempo, como si no estuvieran sujetas a los vaivenes de la vida.
Anoche borré el contacto de mi Vecino Pere. Pongo Vecino con mayúscula porque no creo que nadie pueda llegar a ser más vecino mío de lo que lo fue él. Hace ya casi veinticinco años que vivió durante tres o cuatro meses en el apartamento que estaba justo al lado del mío y, desde entonces, siempre me siguió saludando con su «¡Hola, vecina!».
Pere, tras esos meses en Madrid, volvió a su Barcelona y más tarde marchó a vivir a Mallorca, donde falleció la semana pasada. Durante todos estos años no nos hemos encontrado muchas veces, pero sí algunas, tanto aquí como en Mallorca. No obstante, hemos hablado mucho por teléfono. Siempre mantuvimos el contacto, y debo decir que me he visto especialmente distinguida por su amistad y su confianza durante todos estos años.
Pere tuvo una vida difícil y un carácter complicado. Era un hombre en conflicto que sufrió mucho por ello. A veces me resultaba muy difícil seguir su discurso y escucharle verdaderamente. Ahora pienso que tal vez podría haberlo hecho más y mejor. Siempre parece que se podría haber dado más cuando ya no hay nada que hacer.
El martes de la semana pasada hablé con él por última vez. Me dijo que estaba ingresado para que le realizasen unas pruebas, pero que estaba bien. Su voz me sonó especialmente dulce y tierna. Reconozco que eso me inquietó. No sé cómo explicarlo, pero, siempre que he escuchado a una persona enferma hablar con esa «musicalidad», ha sido indicio del final. Es como si toda la ternura y todo el amor se concentrasen en la entonación de las frases más sencillas y triviales, como si adquiriesen una dimensión especial porque algo sabe que quedan pocas cosas que decir y poco tiempo para decirlas.
Intenté volver a llamarle, pero los días siguientes saltaba siempre el contestador. Miraba la hora y el día en que se había conectado por última vez al WhatsApp, y el resultado siempre era el mismo: el martes a las 20:33. Ayer ya no pude más y me puse a llamar a todos los hospitales de Mallorca en busca de noticias suyas, pero no tuve éxito alguno. Al fin, me rendí a lo que suponía. Pasadas las once de la noche, llamé a la funeraria municipal. Tuve la inmensa suerte de encontrarme con un empleado sensible y considerado, que me dio la noticia con delicadeza, a pesar de las normas. Nunca se podrá imaginar lo que se lo agradeceré siempre, porque no tenía ningún otro modo de saber de mi siempre Vecino Pere.
Después de un rato de dar vueltas por la casa, necesitaba hacer algo. Consulté otra vez el teléfono. Me pesaba el chat abierto inútilmente y, aunque dudando, me decidí a borrar el contacto de Pere de la lista.
En estos últimos años me he visto otras veces en la penosa situación de hacer esto mismo y por las mismas razones. Siempre me cuesta. No sé cómo explicarlo, pero casi lo siento como un desaire o una desconsideración.
Pero en la otra agenda, la que crece libre del teléfono móvil, que permanece ajena a los ajetreos de la vida, los nombres y los teléfonos perduran porque no son enlaces a ninguna red telefónica, sino a la luz de la memoria y del corazón.
De vez en cuando, pero mucho más de vez en cuando, reviso también esa otra agenda. Tarde o temprano el nombre de Pere y su número de teléfono desaparecerán de ella, pero aquí y ahora queda grabado mi recuerdo, mi cariño y mi amistad de Vecina hasta en la distancia más grande que nos marca la vida cuando abandona el cuerpo.
Así que, Pere, ni siquiera por estas dejaremos de ser siempre Vecinos.
la verdadera protagonista de esta novela es Maria Mitchell. En «Las calculadoras de estrellas» de Miguel Ángel Delgado, a pesar de su título, de lo que menos se habla es de aquellas mujeres que catalogaron miles de estrellas, contratadas en pleno siglo XIX por la universidad de Harvard, a petición y bajo las órdenes del profesor Pickering.
A estas mujeres, a las que dejaron entrar a regañadientes en ese mundo de hombres, se les pagaba mucho menos que a ellos y en muchos casos, además, les birlaban sus trabajos de investigación (que salían rubricados con nombre masculino). Y, para acabarlo de arreglar, las ridiculizaban llamándolas «el harén de Pickering”, menospreciando sus descubrimientos, como sucedió con el de Cecile Payne, que llegó a la conclusión de que las estrellas estaban formadas de hidrógeno. Cosa que se tomaron a guasa los listillos de entonces, pero, mira por dónde, al final resultó ser verdad.
Después de leer esta novela, que en realidad es una deliciosa biografía de Maria Mitchell, muy bien novelada, desde mi punto de vista, una se queda con las ganas de saber más, mucho más acerca de aquellas mujeres a las que se contrató para catalogar las estrellas, porque sus antecesores masculinos en esa tarea habían fracasado estrepitosamente. Parece que el director del proyecto, el mencionado profesor Pickering, al comprobar los malos resultados de su equipo de varones, dijo que eso era capaz de hacerlo su criada.
La tal criada era Williamina Fleming, que lideró el grupo de calculadoras, que realizaron con éxito su cometido y más. Porque, en principio, la idea era la de contratar mujeres que trabajarían de manera más minuciosa y no se pararían tanto a pensar como los hombres. Vamos, que Pickering no es que fuera un feminista, es que pensaba que el trabajo era fácil: medir, apuntar y no pensar, “cosa de mujeres”.
Pero, sorprendentemente a ellas les dio por pensar e investigar, pero no pudieron destacar con sus magníficos hallazgos como lo hubieran hecho de ser hombres. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
En fin, solo hacia el final de esta novela de Miguel Ángel Delgado es cuando se nos presenta el surgimiento de este grupo de mujeres, pero antes de eso hemos disfrutado de ver como aquella niña, Maria mitchell, nacida en una familia cuáquera, en Nantucket, el 1 de agosto de 1818, crece, estudia y se convierte en la primera profesora universitaria de astronomía de Estados Unidos.
Aunque en este blog he publicado más de una receta de cocina, lo cierto es que cocinar no me gusta demasiado ni tampoco comer.
Todos los asuntos relacionados con la alimentación me parecen un engorro. Mi madre decía que, con lo que ha avanzado el mundo, cómo no hay ya un «algo» que sustituya a la comida para no tener que andar con estos trajines.
En fin, hoy voy a volver a poner una receta, pero esta vez el resultado no es ninguna cosita rica para comer, sino una mascarilla de belleza. Originalmente la pensé para el pelo, pero la he probado también en manos y pies y ha dado un resultado magnífico.
La Idea surgió porque, al abrir un cartón de huevos, me encontré con que había dos rotos. Para no tirarlos se me ocurrió preparar un tipo de mascarilla nutritiva para el cabello que yo me aplicaba hace más de veinte años. La versión que hice anteayer es más completa y ha quedado mucho mejor. Paso ahora a contar los ingredientes:
–2 huevos
–media tacita de manteca de carité
–una tacita de aceite de sésamo.
–una cucharadita de bicarbonato
–media cucharadita de cremor tártaro
Como si fuese a hacer una mahonesa he puesto en el vaso de la batidora los dos huevos, la manteca de carité derretida, el bicarbonato y el cremor tártaro. He comenzado a batir con movimientos suaves de arriba a abajo y la velocidad del motor al máximo. Poco a poco he ido añadiendo aceite de sésamo hasta comprobar que la mezcla tomaba la consistencia de una mahonesa bien cremosa. Finalmente he puesto el resultado en un tarro de cristal y lo he dejado en el frigorífico. Al enfriarse del todo, la mezcla queda mucho más consistente que la de una mahonesa normal. Diríamos que se parece más a cualquier crema consistente de cosmética.
Como decía al principio, la primera prueba ha sido con mi pelo, que es muy liso y fino (para mi gusto demasiado), y el resultado me ha sorprendido muy gratamente. Me he aplicado la mascarilla y la he dejado actuar media hora. Después me he lavado bien el pelo, que ha quedado con más volumen, brillante y suelto.
En cuanto a manos y pies, he hecho lo mismo. como mi piel es más bien seca, he dejado la mascarilla actuar durante quince minutos. Después la he retirado con agua fresca, y la piel me ha quedado suave y «jugosa».
Seguiré haciendo pruebas, por si encuentro otras aplicaciones. En todo caso tengo que avisar, para quien no lo sepa, que la manteca de carité no es de lo que mejor huele… pero una vez retirada de la piel no deja ningún tipo de olor.
La idea de incluir bicarbonato viene de intentar estabilizar y conservar la mezcla. El cremor tártaro lo puse por sus propiedades como impulsor, y desde luego no me arrepiento en absoluto a la vista del resultado.
Y, para ambientar, la música de hoy ha tenido que ser de «Hair», con el guapísimo y rompedor George Berger (Treat Williams) bailando sobre la mesa con su melenaza de hippie. ¡Ay!…