Con una costumbre nada sana y nada original, me quejo cada vez más de las miserias de oficina, que, por mediocres y tristes que sean, consiguen en muchos casos socavar la alegría y hasta la paz de uno con cosas que, fuera de contexto, darían -y dan- entre risa y pena.
Sin embargo, hoy no quiero hablar de eso, porque ni merece el breve párrafo de más arriba. Hoy quiero hablar de todo lo contrario. En los trabajos, en las oficinas, a veces se dan unas confluencias personales, casi mágicas, que son una enorme fortuna para quienes las viven, sin darse casi cuenta del gran valor de lo que tienen hasta que no lo pierden -y esto lo digo por mí.
No me estoy refiriendo a los muy frecuentes asuntos que derivan en pareja -oficial o clandestina-, sino de pura amistad, complicidad, cariño y respeto, más allá de diferencias de personalidad, convicciones, creencias, etc.
Como nos identificamos tanto con nuestras opiniones y nuestras creencias, a veces -tantas y tantas veces- no somos capaces de desapegarnos de ellas y querernos y respetarnos mutuamente sin más, apreciando a los seres que tenemos cerca, con su luz y su sombra, que como nosotros también sienten y desean ser felices, apreciados y valorados.
Pues bien, como decía, a veces esto sí pasa. Sucede que dentro de un grupo de personas, que circunstancialmente y sin buscarlo, por cuestiones laborales, se han visto obligadas a compartir espacio y tiempo durante muchas horas al día, han optado por respetarse y quererse. Siendo esto lo mejor y lo más inteligente y sano, resulta que -como lamentablemente experimentamos tantas veces- es muy, pero que muy difícil y extraordinario.
Yo tengo la inmensa fortuna de haber formado parte durante años de una de esas islas en medio del océano tempestuoso y rugiente de una organización, la ONCE, donde el mar de fondo y las corrientes traicioneras arrastran y se llevan por delante en la inmensa mayoría de los casos lo mejor de quienes se acercan. Pero, como decía antes, hoy no quiero seguir por ahí, hoy corresponde dedicarle tiempo a la isla que logramos mantener juntos unas pocas personas durante años y que, aún hoy, ya separados físicamente, mantenemos todo lo que podemos, con cuidado y cariño.
Todo el tiempo, mientras escribo esto, me está viniendo a la mente la novela de Huxley, «La isla». Digamos que nosotros no podíamos llegar a tanto como los habitantes de aquella recreación utópica, pero éramos conscientes de la excepcionalidad y la delicadeza de nuestro núcleo, porque conocíamos bien donde estábamos inmersos, lo que había y hay alrededor. Yo era consciente cada día de que, como todo, aquello era impermanente y que, tarde o temprano, nos invadirían y nos dispersarían. No obstante, aunque suene cursi, pueden invadirte y dispersarte de los demás, siempre hasta cierto punto, y nosotros, partiendo de una verdadera amistad, de un verdadero cariño, hemos sido capaces de mantener ese núcleo.
Por otra parte, se habla también mucho y muy mal de los móviles, de las redes sociales, de los grupos que se forman para intercambiar mensajes, pero, como todo, las cosas tienen el valor que uno les dé en virtud de su uso. Nosotros, gracias a todo eso, de un modo u otro seguimos dándonos la señal de que «estamos ahí», sin que ello sustituya, por supuesto, el quedar y darnos un abrazo y reír juntos hasta no poder más, apreciando lo valiosa que es la vida y la amistad, que también hemos pasado momentos más que difíciles, algunos casi definitivos.
Hoy me he puesto a escribir esta entrada porque ayer precisamente fue uno de esos días de encuentro. Buena parte de los que constituíamos esa Isla nos reunimos para compartir unas horas. Comimos juntos, hicimos una larga sobremesa, y sentí, como otras veces, un profundo cariño y agradecimiento por estar ahí, por disfrutar del amor y el respeto de esos hombretones maravillosos. Digo esto porque tengo que señalar que, aunque en esa isla la única mujer que había no era yo, sí que el «núcleo duro» hoy lo constituyen ellos. Son los que tienen el mérito y la sensibilidad de conservarlo, cuidarlo y mantenerlo. Para que luego digan de los hombres…
Por eso mismo, tras la reunión de ayer, he sentido que necesitaba mostrarles mi cariño y mi gratitud al «Grupo Salvaje», convertido en «Grupo casi Salvaje», tras admitirme a mí. Aclaro que esto de «Grupo casi Salvaje» se refiere a la denominación en WhatsApp que tiene el ídem que constituimos los cinco comensales de ayer. La ocurrencia del nombre procede de que un día, caminando por la calle los cuatro hombretones juntos, otro compañero, peliculero él, les dijo que parecían el cinematográfico «Grupo Salvaje». Así que, con salero y buen humor, le dieron ese nombre a su grupo de WhatsApp. Pero, mira tú por dónde, después solicito yo humildemente mi inclusión en la congregación y… deciden que el grupo, con mi frágil presencia, ya resultaba menos «asalvajao», y le cambiaron el nombre.
Denominaciones aparte, lo maravilloso, lo excepcional de todo esto es lo que apuntaba antes: la capacidad de estos hombres de desapegarse de sus opiniones y convicciones anteponiendo la amistad y el valor humano que desbordan. Porque, sin pizca de exageración, cada uno de ellos tiene unos valores y un brillo particular que merece destacarse.
Por ejemplo, Higi es un hombre con tanta habilidad en sus grandes y prácticas manos, como en su gran corazón y su brillante ingenio. Sin miedo al ridículo y con desenvoltura, a cada paso se ríe de sí mismo y se pone en el punto de mira haciéndose el sencillote y encandilándonos con sus dobles sentidos presuntamente «involuntarios», pero llenos de inteligencia, de calidez y de bondad.
Y, puestos a hablar de sensibilidad, Paco es noble y leal sin alardes. De entrada tal vez distante, precisamente una descubre pronto que esa distancia es un límite necesario para su sensibilidad. Es tan entregado de corazón, que sabe lo vulnerable que eso resulta y, sin cáscara de protección, marca en su entorno una distancia de seguridad, que no es difícil de recorrer, porque su generosidad no pone pruebas infranqueables y su sensibilidad reconoce y valora la sinceridad y ternura con las que tanto se identifica.
Y luego está Pedro que nos dio un verdadero susto. Estuvimos a punto de perderle del todo y revivió y resurgió con fuerza y renovación mostrando que, a pesar de que para algunos poco observadores podrían haber pasado desapercibidas su firmeza y determinación, tiene de las dos a raudales. Es un hombre capaz de resurgir como un ave fénix e incorporarse a todo y arrastrar a todos con fuerza, con inteligencia y con amor a la vida. Como el resto, ingenioso y con sentido del humor, está alerta de cada detalle y lo incorpora a ágilmente al conjunto, como el solista que se arranca en mitad de la jam sesion.
Y Fernando, que acaba de darnos una alegría «entrañable»… ¡Es el que más riñones tiene de todos nosotros! Es un hombre bueno, noble y con una calidez humana que reconforta siempre. Tiene la facultad de limar las discordias y perdonar con amor. Es un ejemplo de paciencia y de cuidado hacia los demás. Una persona que, a pesar de tener todas las bazas para jugar a víctima, ni se ha acercado a ese papel. como dice un amigo mío, «cada uno da lo que tiene». Es decir, quien da miedo es porque lo tiene; quien da pena, lo mismo, y quien da alegría y amor como Fernando, es porque lo tiene y porque sabe que esas cosas, cuanto más se regalan, más se multiplican. Fernando es sabiduría y compasión -como se dice en el budismo de los bodhisatvas- cultivadas cada día con la determinación de compartirlas.
Así que… ¡muchas gracias, amigos!
Os quiero.
No es por dármelas, pero llevo cientos de horas de Enseñanzas budistas escuchadas, a lamas, a laicos, a monjes; y ni sé las páginas sobre este asunto que he leído en libros, revistas, apuntes de cursos, sitios web… Pues, con todo y eso, y sin falsa modestia –esta es otra más de las virtudes que no me adornan-, puedo decir tranquilamente que no soy una experta, pero que me he ido enterando de aspectos básicos de la filosofía, la fenomenología y la psicología budistas, a veces “a pesar de” quien impartía estas Enseñanzas y las más de las veces gracias a ellos, porque los conceptos que se manejan en ellas son casi siempre muy, pero que muy escurridizos, cuando no directamente inalcanzables sin un gran esfuerzo. En resumen: un lío.
Pero, como servidora es muy lanzada, hoy le voy a dedicar un ratito al Karma, que está en boca y en texto de mucha gente y muy poca sabe realmente de qué va. A la pobre palabra “karma”, le pasa como a “estrés”, “fluir”, “depresión”, “patético”, que se ponen de moda, se usan y se manosean, y acaban por convertirse en un trapito multiusos de color ”panzaburro” , que podría ser cualquier cosa, desde un trozo de camiseta vieja hasta una pernera de pantalón de pijama desechado.
Amo las palabras y me gusta cuidar de ellas porque no sólo son un medio de comunicación básico, sino que además son un bien cultural que nos pertenece, sean del idioma que sean. Los seres humanos somos tales por las palabras, pensadas o dichas, escritas en papel, brillando en la pantalla del ordenador, rozando los dedos en forma de puntos o dibujadas en silencio en el aire. Los humanos somos palabras, “non solum, sed etiam”, pero, sin ellas, seríamos otra cosa; no sé si mejor o peor, pero, sin duda, seres distintos de lo que ahora somos. Precisamente por esto que acabo de explicar, me sienta como un tiro el mal uso de las palabras, su manoseo indecente, su vulgarización impúdica sin respeto por su forma y su contenido. Reconozco que son algo vivo, algo en uso y, por tanto, algo en perpetua evolución y transformación, pero de eso a desvirtuarlas sin más hay un buen trecho. Si cuidamos las palabras, a la vez, cuidamos el pensamiento que soportan y que trasmiten, y es importante saber cómo y qué nos decimos a nosotros mismos y qué decimos a los demás y de qué manera lo hacemos; qué denotan los términos que usamos y, especialmente, que connotan, porque eso es lo que se queda clavado bajo la piel y se mete en lo más profundo de nuestra mente, en muchos casos jugándonos malas pasadas. Las palabras pueden ser como las armas: “las carga el diablo” y hay que manejarlas con sumo cuidado.
Pero no quiero hoy enrollarme hablando de las palabras en general, sino en concreto de la palabra “Karma” y su significado dentro de la filosofía budista.
“Karma” es una palabra sánscrita que significa “acción”, procede de la raíz “kri”, que es “hacer”. Conque la primera cosa que tenemos que saber es que “karma” no significa ni destino, ni predestinación, ni pecado ni zarandajas varias. Eso tan en uso de “es tu karma”, como “es tu sino” o “tu destino fatal”, no tiene nada de budista y, si me apuran, tampoco de hinduista, aunque esté más cerca. Es una mandanga bastante simplista, que sospecho que procede de las mezcolanzas de los movimientos “New Age”, que son un bodrio en el sentido más estricto de la palabra (y remito al DRAE, que lo explica muy requetebién).
Pero, bueno, antes de entrar en la versión budista del karma, así por encima, repasamos la hinduista, ya que al fin y al cabo el concepto surge ahí. Para el hinduismo el karma es el conjunto de acciones que realiza un ser a lo largo de su vida. Estas acciones quedan grabadas en el “libro de la vida” y, a la muerte del sujeto, hay un dios que juzga severamente todo lo que figura en este libro de registro, y ahí no falta ni la más mínima acción realizada (¡Menudo curre para los que tengan que llevar al día las entradas!). Obsérbese que estamos ante una creencia que incluye una inteligencia sobrenatural que juzga estos hechos y que es susceptible de ser influida en su decreto final, por tanto, podría ser útil interceder ante ella. Téngase también en cuenta que, una vez juzgado el sujeto, se le adjudica un renacimiento de acuerdo con lo sentenciado, y eso se convierte en destino escrito y merecido. Es importante fijarse en esto porque socialmente tiene gran repercusión. Es decir, a partir de esta premisa el sistema de castas no es que sea justo, es que es el no va más de la justicia: te toca paria, pues algo habrás hecho y te fastidias. No hay lugar para la reivindicación ni para la rebeldía. ¡Haber sido buenos en otra vida, ahora a apechugar!
Pero llega nuestro Buddha Sakyamuni y “manda parar” (en sentido figurado, se entiende), y dice que no, que ni hablar de la historia esa. “Buddha”, que significa “el despierto”, no es un dios sino un hombre realizado que, tras mucha búsqueda y mucha meditación ha encontrado la solución a los problemas primordiales de la humanidad y decide compartirla. Surgen así sus Enseñanzas a partir de “Las Cuatro Nobles Verdades”. No puedo detenerme mucho en ellas sin enrollarme demasiado y, además, creo que no hace falta, porque son de muy fácil consulta, sólo destaco que son de carácter universal, es decir, afectan a todos los seres sintientes: todos sufrimos, todos deseamos no sufrir, todos los sufrimientos tienen una causa y, por tanto, pueden cesar, y -¡la buena noticia!- hay un modo de conseguirlo.
Volviendo a nuestro asunto, Buddha descubre que esta ley del karma, esta ley de la acción, es también una ley de causa y efecto, ya que todas las acciones implican ambas cosas. Desde un punto de vista natural, cualquier fenómeno cumple estos requisitos. Por ejemplo, una semilla es el efecto de un fruto y la causa de una planta. Entonces, ¿una semilla tiene karma? Pues no, para que haya karma tiene que haber intención y, cuanta más de esta intención tenga un acto, más karma acumula. Por ejemplo, si a uno se le cae una semilla de tomate y surge una tomatera, la carga kármica de esa acción no es la misma que si uno siembra conscientemente sus tomates, los riega y los cuida. Igual que es distinto el valor del karma que uno acumula si mata a un gato sin querer, atropellándolo en una carretera oscura, que si se dedica a divertirse ahorcando galgos y haciéndose fotos inmortalizando la “heroicidad”. En resumen: lo que diferencia al karma de la ley natural es el factor de la intencionalidad.
Sin embargo, a diferencia del karma hinduista, aquí no hay ningún ser supremo, ninguna inteligencia superior rigiendo todo esto. El budismo no es teísta. No hay nada que no tenga una causa, por tanto tampoco hay un dios creador e increado, así que no hay nadie ante el que se pueda interceder para el perdón de las meteduras de pata existenciales. En el budismo, la ley de causa y efecto sumada a la intencionalidad, esto es, la ley del karma, se cumple como tal por si misma y no precisa de ningún tipo de dirección. Por otra parte, las causas maduran en efectos según las circunstancias, o lo que más propiamente se denominan en la fenomenología budista “causas y condiciones».
Digamos entonces que todos los actos intencionados generan un karma que entiendo como la fuerza magnética que atrae el siguiente acto. Por tanto, el individuo sí participa e interviene en su futuro, no es un mero objeto pasivo del “karma que le ha tocado”, sino que puede y debe intervenir activa y conscientemente para influir en la maduración de las semillas kármicas que ha ido generando. Así pues, no hay un ser permanente, un alma que salta de cuerpo en cuerpo y de vida en vida según se haya uno portado y según dicte un dios, sino que nuestro continuo mental va evolucionando, creándose en su presente y su futuro de acuerdo con todas las causas y condiciones que discurren en el universo.
Por esta razón, en cuanto al futuro, la astrología y los oráculos de la tradición budista observan tendencias, pero nunca predicciones exactas. El universo está en un fluir constante e impermanente. Además, nadie tiene derecho a juzgar a nadie en el sentido en que lo hace el hinduismo. De ahí que el Buddha aceptara a gente de cualquier casta como discípulos, incluso a las personas más perseguidas y desprestigiadas, porque todos los seres son susceptibles de despertar, de convertirse en buddhas. Si esto no fuera posible por la propia voluntad, si uno no pudiera “gestionar” sus actos, no tendría sentido observarlos, cuidarlos, sino sólo el dejarse llevar.
Y, para finalizar, con respecto a este asunto, voy a contar una historia de las muchas que se atribuyen a Buddha Sakyamuni, que ilustra muy bien todo lo que he intentado explicar brevemente.
En una ocasión un hombre joven andaba buscando la ayuda de un gran maestro porque, tras la muerte de su padre, estaba preocupado por la reencarnación que le correspondería a este. El hijo era consciente de que su padre no había sido nada bueno y que tenía todas las papeletas para que le tocase oxiuro, como mucho, y quería ver cómo podía remediarlo. Algunas personas le aconsejaron que fuese a ver a Buddha Sakyamuni, que era muy “apañao” y daba muy buenas soluciones.
El hombre se encaminó en su búsqueda, lo encontró y le contó el problema. Nuestro Buddha se ofreció a ayudarle, pero tal vez no como el demandante esperaba.
El maestro le pidió que fuese con él al río al día siguiente y que llevase consigo una tinaja de barro llena de piedras y otra llena de aceite. El muchacho se puso muy contento y pensó que el asunto tenía buena pinta. Así que al día siguiente se presentó en el lugar acordado trayendo el encargo. Buddha le esperaba allí. Y le pidió que rompiese la tinaja de las piedras y las tirase al río. A continuación le dijo que hiciese lo mismo con la del aceite y, cuando las piedras estaban en el fondo y el aceite flotando, Buddha dijo al joven:
–Ahora ve a buscar a los brahmanes y diles que recen para que el aceite se hunda y las piedras floten.
El muchacho se quedó desconcertado –“¿Lo quéee?”- y le dijo que eso era imposible.
–Pues bien –dijo Buddha-, lo mismo sucede con tu padre. La naturaleza de sus acciones madurará de acuerdo a la ley del karma y eso nadie puede transformarlo –vamos, que no lo cambia ni dios, nunca mejor dicho.
Bueno, espero que estas palabras puedan servir para dar luz a la mente de quien las lea y a la mía propia al escribirlas, para beneficio de todos los seres (hasta de los que no me gustan ni un pelo).
Esto no llega ni a la categoría de receta, de puro sencillo de hacer, pero lo pongo porque, la verdad, sale muy rico y se puede quedar bien con poco esfuerzo, presentando una bandeja de hojaldritos crujientes.
Los ingredientes son:
1 base de hojaldre (del que venden refrigerado en cualquier supermercado).
2 cucharadas de miel bien llenas.
1 cucharada colmada de chocolate en polvo para hacer a la taza.
1 chupito de licor de café.
1 buen montón de semillas de sésamo crudo.
1 montoncito de arándanos.
… Y ¡A ello!:
En un plato hondo se mete el licor de café en el microhondas a toda potencia unos 30 segundos.
Al licor caliente se le añade la miel y el chocolate y se remueve bien para que quede una salsa uniforme.
En otro plato hondo se colocan las semillas de sésamo, y ambos se dejan cerca el uno del otro y, a su vez cerca de la bandeja del horno.
Extendemos la masa de hojaldre y, con un vaso de agua, vamos cortando discos, que rebozamos por ambos lados en la salsa y por uno solo en el sésamo.
A medida que se van rebozando los círculos, se colocan con las semillas hacia arriba en la bandeja del horno,, bien engrasada, bien cubierta con el papel de hornear que trae la propia masa, bien sobre una bandeja de silicona.
Una vez cortados todos los discos posibles, con los restos de masa podemos formar pequeñas cañitas que rellenaremos con arándanos y rebozaremos también con la salsa y las semillas.
Metemos la bandeja al horno precalentado a 180 grados durante 15 minutos. Pasado este tiempo, con el horno ya apagado, los dejamos tres minutos más y ¡ya tenemos hojaldritos crujientes para merendar!
Hay cosas que no se las dice uno ni a sí mismo, porque creemos que es mejor así, que si cerramos los ojos y nos tapamos los oídos dejarán de existir. Eso es lo que le pasa de entrada a Kino, el personaje protagonista del cuento del mismo nombre, incluido en «Hombres sin mujeres» de Haruki Murakami.
Kino se queda helado cuando un día llega antes de tiempo de un viaje de trabajo y descubre, al abrir la puerta de su habitación, a su mujer y su amigo allí juntos. Digo que se queda helado porque realmente parece ser así. El espacio cálido y acogedor donde guardaba su corazón, su kokoro, dicho en términos japoneses, queda desierto cuando ese kokoro se le hiela, o se le seca, casi sin que él se dé cuenta, anestesiando así el dolor, creyendo dar esquinazo al sufrimiento. Kino reacciona como si nada, casi como si aquello ni fuese del todo con él. Como única iniciativa da la espalda a su vida anterior: deja su casa y el trabajo con el que se sentía a gusto y acepta la propuesta de su tía de hacerse cargo de la cafetería que ella llevaba hasta que los achaques se lo impidieron.
En un tranquilo rincón del bullicioso Tokio, junto a un sauce centenario, la tía de Kino tenía una casita cuya primera planta había convertido en cafetería y la segunda en vivienda. Kino transformó el negocio y lo puso a su gusto, de acuerdo con el espacio cálido y acogedor donde albergaba antes su corazón. Luces suaves, comida ligera, jazz elegante reproducido en decadentes vinilos… Kino reproducía allí su espacio ideal para estar bien, sin importarle demasiado si alguien se acercaba a compartirlo. En todo caso era un lugar especial y acogedor, así que alguien llegaría tarde o temprano.
Y así fue. Y eso es lo que da a «Kino» un aire de realismo mágico impregnado de shinto.
Primero se ovilla en una balda combada la gata gris que le abre la puerta al mundo de afuera y que él siente como protectora. A partir de ahí, los personajes que llegan al garito de Kino vienen atraídos por ese espacio donde esconder sus corazones. son seres ambivalentes que guardan sus Kokoro en lugares especiales como aquel, que él a construido como una cálida y protegida madriguera, donde falta un corazón: el suyo.
Pero, para mí, hay un personaje todavía más importante, el que marca el eje de la trama, el que da la clave de lo que está sucediendo por debajo de la realidad más evidente,: Kamita. «Kami-Ta», De «Dios» y «arrozal», tal y como insiste él mismo al nombrarse, se comporta como un kami protector, con las limitaciones propias de los kami, porque estos, por mucho que traduzcamos la palabra como «dios», no equivalen a ese concepto nuestro tan grandilocuente de «ser todo poderoso». Kamita no es así. No puede ser así. Aparenta ser un hombre joven, pero tiene la templanza y la serenidad de un centenario… ¿Tal vez como el sauce del jardín que vigila la casa? ¿Tal vez por eso lleva mucho tiempo viviendo en ese barrio? Puede ser que la sabia tía de Kino pidiera al kami protector de la casa que vigilara a su desvalido y triste sobrino. es posible también que este protector se viera obligado a convertir en serpientes a esos seres, ambivalentes como ellas, que querían ocupar y esconder sus corazones en la acogedora y recoleta madriguera de Kino, como peligrosos parásitos emocionales.
No pretendo desbaratar el extrañamiento shinto que impregna estas páginas con una interpretación crítica, sino aportar una lectura que dé quizá una dimensión al cuento más allá de la trama tan prototípicamente Murakami que en principio tiene. Aunque, bien pensado, ¿se puede encontrar algún relato, alguna novela de Murakami donde no exista este extrañamiento?
Tengo que confesar que me gusta abrazar y sentir los árboles. Creo que tienen emociones, memoria e inteligencia, y yo así lo siento. Tal vez por eso me he enamorado de Kamita, de su presencia vigilante y silenciosa, protectora y mágica, que invita a recogerse entre sus ramas, esconderse y dejarse acariciar delicadamente por sus hojas mecidas por la brisa. Siempre me han gustado los sauces, precisamente por ese aire un poco melancólico de sus ramas, que se inclinan hasta el suelo con delicadeza y languidez. Ese mismo aire que tiene Kamita, con su larga gabardina, su whisky y su grueso libro, sentado en el último rincón de la barra, bajo el tiro de la escalera, recogido en sí mismo, como las ramas del propio sauce.
Sin embargo, nada puede evitar que Kino tenga que enfrentarse a su vacío. Kamita solo puede avisarle de que se vaya, de que huya antes del próximo aguacero, porque él ya no podrá evitar… ¿qué? ¿Que un corazón de un ser ambivalente como la joven masoquista anide en su pecho vacío?…
No se sabe, pero se presiente, y Kino comprende que Kamita tiene razón y sí huye, aunque eso no evite que tenga que enfrentarse al desafío de llenar de nuevo su pecho con su propio corazón, palpitante de dolor, enfrentándose al sufrimiento.
Por eso, al final, no vale la pena engañarse: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, sobre todo si un Kamita nos vigila, nos protege y podemos sumergirnos en la calmante y misteriosa penumbra de sus verdes ramas lánguidamente acariciadoras.
Las calles de la alfama son un sueño, un sueño apacible de tarde de octubre. Tienen una luz espectral, como si se estuvieran apareciendo a medida que se penetra en ellas. ¿descienden? ¿Ascienden? Morería, el Castillo, el tranvía… peldaños grises y fachadas desgastadas y oscuras, ventanas sin alféizar, esquinas sombrías, todo es un sueño melancólico. Se flota entre la humedad y los espectros, y parece que no puede haber otra vida que no sea esa: la de ser una sombra paseando por la Alfama, sin pasiones, sin recuerdos, sin deseos… sólo una sombra en un laberinto de luz acuosa.
Aunque parezca que estoy aquí, sentada en un rincón de la realidad, ante una mesa de trabajo, en una oficina, no es verdad. Esta mañana no es por la mañana, es la caída de la tarde, y estoy caminando por la Alfama, subiendo hacia Rua do Limoeiro, camino de A Cabasinha. Ahora sí, sentada, pero en una mesa muy vieja, sintiendo el olor a bodega y a años de fados; y escucho a Julia lanzarlos al aire arrancándolos desde la tierra o desde las nubes; y alguno me cae de lleno a mí, en el centro del pecho; y mi sombra es entonces un reflejo incandescente de algún luminoso recuerdo.
https://www.youtube.com/watch?v=-CkVSz2uFVI
Rama escondida:
¿Son cómplices las hojas?
Ardilla quieta.
¿Cómo contarlo sin que suene tópico o sensiblero? No lo sé.
Esta mañana al entrar en el vagón del metro había un tufo terrible. Esa mezcla entre sudor, otros flujos corporales, cóctel de desechos y auténtica mugre de ropa que no ha visto el agua desde el diluvio universal. Soy muy sensible a los olores y bastante sibarita en lo que se refiere a los aromas personales y del ambiente, así que por un instante pensé en apartarme lo más lejos posible. Pero fue solo un microinstante.
Entretanto, en esos segundos, la persona que emitía esas señales tan inequívocas se ha levantado para cederme el asiento. Era un hombre con acento de más allá del estrecho de Gibraltar. Yo he declinado su ofrecimiento con una sonrisa y he permanecido en pie al lado de la puerta y al suyo.
¿Por qué no me he retirado ni siquiera al otro lado de la puerta? Pues, la verdad, porque me ha invadido un sentimiento -o un pensamiento- de compasión. No de pena ni de conmiseración, sino de compasión, de empatía. he sentido que ese era el olor de la pobreza, de la marginación, del sufrimiento y de la exclusión, de todas esas cosas que muchos decimos que hay que combatir, porque realmente creemos que es así: “pero, por favor, no a mi lado”.
Tal vez hace unos meses -o semanas, u horas, o días- yo hubiese huido de ese olor ácido y penetrante, que hasta me estaba revolviendo un poco las tripas. Pero hoy no. Hoy he sentido que lo primero que tenía que hacer, que lo menos que debía hacer era permanecer allí, compartiendo esa realidad. Una realidad que, solo de pensarla, sí que debería revolvernos a todos las tripas.
Me ha venido a la cabeza enseguida el padre Ángel y su iglesia en la calle Hortaleza, abierta día y noche para la gente que no tiene dónde ir. Cuando me enteré hace unos meses de su existencia, pensé que estaría bien apoyarles, incluso trabajar con ellos en la medida de mis posibilidades. Y esta mañana, percibiendo ese tufo, que clamaba como un grito de auxilio, me di cuenta de que hace falta mucho valor y fuerza para compartir el sufrimiento y el penetrante olor de la pobreza y la exclusión. Se puede colaborar con quienes trabajan directamente para cambiar esta realidad, pero tal vez también habría que sentirla y abrazarla con respeto y amor.
Todo esto quizá suene sensiblero, pero no sé explicarlo mejor. No me he sentido ni mejor ni más buena por quedarme ahí de pie, sería una estupidez, pero sí que, gracias a ese hombre que estaba a mi lado, esta mañana también he comprendido o, mejor dicho, he asimilado de corazón qué es la compasión. He experimentado que, si realmente quiero estar en el camino del Bodhisatva, si quiero implicarme de verdad en la tarea de librar del sufrimiento a todos los seres, tengo que ser capaz de impregnarme de él, de su penetrante olor, sin miedo ni aversión.
Hoy tengo que dar las gracias a ese hombre porque me ha hecho sentir y comprender Enseñanzas leídas y recibidas durante años. El olor del sufrimiento esta mañana ha sido para mí más precioso que un Lorenzo Villoresi o que una varita de delicado sakura.
Una vez más he comprobado que el Buddha y todos los grandes maestros llevan razón: el despertar a la realidad última, a la comprensión, surge de manera inesperada y espontánea cuando nuestra mente está dispuesta a experimentarlo. ¿Quién iba a decirme que una de las cosas que más me repelen iba a ser hoy para mí un atisbo de claridad, una revelación?
Gracias a quién quiera que seas y ojalá te libres del sufrimiento y de sus causas, que alcances la felicidad y sus causas y que permanezcas en ella libre de apegos y aversión.
El viento os llama
Grises nubes viajeras.
Brilla el asfalto.
Ahí queda este haiku, que compuse en la «noche de los tiempos» y que parece que viene hoy al pelo, en este día lluvioso de invierno, más propio de otoño.
A veces los labios y las lenguas dicen mucho más sin pronunciar una sola palabra que en horas de discurso.
A veces las manos leen poemas en la piel de otra persona, sin sujetarse a medidas ni a ritmos rigurosos, solo con la cadencia de una larga caricia que los va componiendo en una danza tan bella como estremecedora.
A veces la prosa de la vida suena con una métrica armoniosa, y no se sabe de dónde nace ni quién la compone. El misterio, tan vertiginoso como atrayente, ilumina los rincones olvidados, donde parecía que ya no había nada, que ya no podía haber nada…
*****
Es una triste gracia, pero así es. Resulta que, cuando una está bien, la creatividad se viene abajo.
Bueno, tal vez digo mal lo que digo, no es que la creatividad se venga abajo, es que no necesito desahogarme o perderme escribiendo, porque estoy bien donde estoy. Como mucho compongo algún haiku y, cuando me da el remordimiento, repaso lo escrito, de ahí estas líneas que acabo de publicar, que dios sabrá cuándo las escribí, seguramente que en un momento de mi vida de cuyo año no quiero acordarme.
En todo caso, por enésima vez, voy a ver si vuelvo a ponerme a escribir periódicamente, que me sienta bien y no hago daño a nadie, porque, publicado o no, estas líneas apenas nadie las lee (y no me parece mal). Aún así, me tomo tan en serio lo de escribir y publicarlo aquí, que, por quererlo hacer muy bien, a veces ni lo hago.
La perfección es algo que puede convertirse en un auténtico obstáculo si, en vez de considerarse una aspiración o una tendencia, se convierte en un objetivo, de todo punto imposible.
No sé dónde leí que Antonio Machado decía algo parecido a esto: hay una tercera opción entre hacer las cosas bien o hacerlas mal: no hacerlas. Si realmente dijo esto, me parece una memez, dicho sea con el debido respeto hacia el poeta, porque hasta hacer algo bien hay que hacerlo mal unas cuantas veces. Y, además, ¿Cuándo algo está completa e indiscutiblemente bien?
No voy a comprobar la cita, porque no me apetece. Es una de esas cosas que se me hacen muy pesadas cada vez que me pongo a escribir y menciono algo. Este afán mío por la concreción y la veracidad. Son cosas que realmente están muy bien, pero más de una vez me han hecho perder el hilo y el fuelle de lo que estaba escribiendo. Así que esta vez, si resulta que Antonio Machado no dijo eso, pues para quien lo haya dicho o pensado, para ese va mi observación.
Llamas domadas
vibran dentro del hogar.
Fuera la noche.
Este haiku está dedicado a aquellos que pueden disfrutar de ese enorme placer de tener una chimenea en casa, leer frente a ella, meditar junto al fuego…
El fuego que es metáfora de tantas cosas: las llamas que, contenidas, dan luz calor y bienestar, pero que, desatadas, son destructivas, devastadoras. Así que es preciso contenerlas y, al mismo tiempo, dejarles espacio para ser, alimentarlas y darles oxígeno, pero no tanto como para que nos roben el nuestro.
El fuego vital también es así, magnífico y deslumbrante, fuente de alegría y entusiasmo. Pero, si se desmanda, si se sale del hogar que hemos preparado para él, puede consumirnos a nosotros y a lo que más queremos.
Hay pues que cuidar de que el fuego no se apague y de que se mantenga en sus límites, en nuestros límites.
… y “fuera la noche”. Fuera el frío, lo desconocido, el misterio… ¿Fuera quién sabe qué puede haber?… Seguramente otros hogares, otros fuegos, que no son más que manifestaciones de un solo fuego que nunca es el mismo, que se crea y se consume a cada segundo.
Siempre el contraste, la luz y la sombra, el calor y el frío es lo que hace que una chimenea encendida en un atardecer de invierno pueda ser mucho más que eso, siendo nada más que eso.
charla AESE (espiritualidad, humor y miedo)
En noviembre de 2009 Laura Arrache me invitó a dar una charla-taller en AESE (Asociación Española de Sanadores Espirituales) que trataba sobre el asunto de la relación entre el humor, el miedo y la espiritualidad.
Adjunto aquí el texto en el que me basé para mi exposición, que tuvo una muy buena acogida por parte del público asistente, que entró al trapo con preguntas, observaciones, debates, hasta el punto de que nos tuvieron que pedir que nos fuésemos porque había otra actividad después en esa misma sala.
He hablado otras muchas veces en público, pero esta es en la que me sentí mejor, más en comunicación con quienes tenía delante, tal vez porque estaba hablando de mis ideas y no sobre temas impuestos, como casi siempre que me he visto en esas, especialmente por motivos de trabajo.
Las mujeres como Janis Joplin y Amy Winehouse tienen algo que me atrae. Tal vez sea que en el fondo mi personalidad también es obsesiva, adictiva e incluso en ocasiones autodestructiva.
Estas mujeres fieras, como las manifestaciones airadas de las dakinis (en casa tengo un tangka de Dakini Shimamuka con su cuerpo azul desnudo y su cabeza de león, bailando sobre un cadáver), viven y mueren desafiando al mundo que primero las ha despreciado y luego las ensalza, aunque a distancia, claro.
Esas mujeres sabían y cantaban que no eran buenas, que no cumplían con los objetivos de cómo ha de ser una mujer aceptable e integrada en la sociedad de la «gente de bien». Amy esto lo expresa desgarradamente en su “you know i’m not good”, pero también se puede decir muy bien con la dulzura irónica de la cantante de Pizzicato Five en “Ii”.
Hay otra cosa que me gusta de ellas y es que, de alguna manera, me recuerdan a mi querida amiga Elena, que murió con tan sólo veintisiete años (como ellas dos) a consecuencia de un cáncer que fue minándola durante tres terribles años. Yo la quería mucho y fue una maestra de vida para mí. Era muy joven pero tenía ya una enorme sabiduría.
Gracias a ella aprendí a defenderme de las agresiones de los bienintencionados, a aceptarme y a afirmarme frente al mundo. Me devolvía una imagen de fuerza y desafío, que era exactamente lo que yo necesitaba. Una amiga no compasiva y exigente, que no estaba dispuesta a cuidarme ni a cargar conmigo porque consideraba que yo no lo necesitaba. Confió en mí y yo pude también así integrar esa confianza como algo propio y duradero.
Su aspecto físico era nada convencional, y eso reflejaba su interior. Ahora sería lo que llamamos una gótica o algo así, pero hay que pensar que de esto hace más de veinte años. Yo me subí a ese carro con ella y nuestras pintas llamaban mucho la atención por Madrid, hasta el punto de que llegaron a insultarnos por la calle gritándonos “bolleras guarras”. Y la verdad es que no éramos ni lo uno ni lo otro, pero esta ciudad ha sido y es un “poblachón manchego”, que decía Pío Baroja. Aunque no lo parezca, seguimos siendo muy, pero que muy paletos en este villorrio y corte.
Pues eso, Elena era especial, muy, muy especial y tenía mucho vivido ya sólo con diecinueve años, que fue cuando yo la conocí en la facultad, cuando estudiábamos Filología Hispánica. Todavía recuerdo (y en ocasiones repito) sus dichos, incluso me parece estar oyendo su voz, sus agudas observaciones y sus afilados y divertidos comentarios.
Hace ya más de veinte años que murió, pero sigo echándola de menos y no hay día que no la recuerde. Tanto a ella como a Jesús Benítez Villalba, ambos eran personas de trato nada fácil, selectivas y complejas, que me exigieron, me impulsaron y obligaron a no acomodarme, a no dejarme salvar, a tomar el espinoso camino de la independencia. Y, aunque ambos se fueron casi a la vez, yo sigo en esa ruta y sintiéndoles vivos conmigo.

