Esto no llega ni a la categoría de receta, de puro sencillo de hacer, pero lo pongo porque, la verdad, sale muy rico y se puede quedar bien con poco esfuerzo, presentando una bandeja de hojaldritos crujientes.
Los ingredientes son:
1 base de hojaldre (del que venden refrigerado en cualquier supermercado).
2 cucharadas de miel bien llenas.
1 cucharada colmada de chocolate en polvo para hacer a la taza.
1 chupito de licor de café.
1 buen montón de semillas de sésamo crudo.
1 montoncito de arándanos.
… Y ¡A ello!:
En un plato hondo se mete el licor de café en el microhondas a toda potencia unos 30 segundos.
Al licor caliente se le añade la miel y el chocolate y se remueve bien para que quede una salsa uniforme.
En otro plato hondo se colocan las semillas de sésamo, y ambos se dejan cerca el uno del otro y, a su vez cerca de la bandeja del horno.
Extendemos la masa de hojaldre y, con un vaso de agua, vamos cortando discos, que rebozamos por ambos lados en la salsa y por uno solo en el sésamo.
A medida que se van rebozando los círculos, se colocan con las semillas hacia arriba en la bandeja del horno,, bien engrasada, bien cubierta con el papel de hornear que trae la propia masa, bien sobre una bandeja de silicona.
Una vez cortados todos los discos posibles, con los restos de masa podemos formar pequeñas cañitas que rellenaremos con arándanos y rebozaremos también con la salsa y las semillas.
Metemos la bandeja al horno precalentado a 180 grados durante 15 minutos. Pasado este tiempo, con el horno ya apagado, los dejamos tres minutos más y ¡ya tenemos hojaldritos crujientes para merendar!
Hay cosas que no se las dice uno ni a sí mismo, porque creemos que es mejor así, que si cerramos los ojos y nos tapamos los oídos dejarán de existir. Eso es lo que le pasa de entrada a Kino, el personaje protagonista del cuento del mismo nombre, incluido en «Hombres sin mujeres» de Haruki Murakami.
Kino se queda helado cuando un día llega antes de tiempo de un viaje de trabajo y descubre, al abrir la puerta de su habitación, a su mujer y su amigo allí juntos. Digo que se queda helado porque realmente parece ser así. El espacio cálido y acogedor donde guardaba su corazón, su kokoro, dicho en términos japoneses, queda desierto cuando ese kokoro se le hiela, o se le seca, casi sin que él se dé cuenta, anestesiando así el dolor, creyendo dar esquinazo al sufrimiento. Kino reacciona como si nada, casi como si aquello ni fuese del todo con él. Como única iniciativa da la espalda a su vida anterior: deja su casa y el trabajo con el que se sentía a gusto y acepta la propuesta de su tía de hacerse cargo de la cafetería que ella llevaba hasta que los achaques se lo impidieron.
En un tranquilo rincón del bullicioso Tokio, junto a un sauce centenario, la tía de Kino tenía una casita cuya primera planta había convertido en cafetería y la segunda en vivienda. Kino transformó el negocio y lo puso a su gusto, de acuerdo con el espacio cálido y acogedor donde albergaba antes su corazón. Luces suaves, comida ligera, jazz elegante reproducido en decadentes vinilos… Kino reproducía allí su espacio ideal para estar bien, sin importarle demasiado si alguien se acercaba a compartirlo. En todo caso era un lugar especial y acogedor, así que alguien llegaría tarde o temprano.
Y así fue. Y eso es lo que da a «Kino» un aire de realismo mágico impregnado de shinto.
Primero se ovilla en una balda combada la gata gris que le abre la puerta al mundo de afuera y que él siente como protectora. A partir de ahí, los personajes que llegan al garito de Kino vienen atraídos por ese espacio donde esconder sus corazones. son seres ambivalentes que guardan sus Kokoro en lugares especiales como aquel, que él a construido como una cálida y protegida madriguera, donde falta un corazón: el suyo.
Pero, para mí, hay un personaje todavía más importante, el que marca el eje de la trama, el que da la clave de lo que está sucediendo por debajo de la realidad más evidente,: Kamita. «Kami-Ta», De «Dios» y «arrozal», tal y como insiste él mismo al nombrarse, se comporta como un kami protector, con las limitaciones propias de los kami, porque estos, por mucho que traduzcamos la palabra como «dios», no equivalen a ese concepto nuestro tan grandilocuente de «ser todo poderoso». Kamita no es así. No puede ser así. Aparenta ser un hombre joven, pero tiene la templanza y la serenidad de un centenario… ¿Tal vez como el sauce del jardín que vigila la casa? ¿Tal vez por eso lleva mucho tiempo viviendo en ese barrio? Puede ser que la sabia tía de Kino pidiera al kami protector de la casa que vigilara a su desvalido y triste sobrino. es posible también que este protector se viera obligado a convertir en serpientes a esos seres, ambivalentes como ellas, que querían ocupar y esconder sus corazones en la acogedora y recoleta madriguera de Kino, como peligrosos parásitos emocionales.
No pretendo desbaratar el extrañamiento shinto que impregna estas páginas con una interpretación crítica, sino aportar una lectura que dé quizá una dimensión al cuento más allá de la trama tan prototípicamente Murakami que en principio tiene. Aunque, bien pensado, ¿se puede encontrar algún relato, alguna novela de Murakami donde no exista este extrañamiento?
Tengo que confesar que me gusta abrazar y sentir los árboles. Creo que tienen emociones, memoria e inteligencia, y yo así lo siento. Tal vez por eso me he enamorado de Kamita, de su presencia vigilante y silenciosa, protectora y mágica, que invita a recogerse entre sus ramas, esconderse y dejarse acariciar delicadamente por sus hojas mecidas por la brisa. Siempre me han gustado los sauces, precisamente por ese aire un poco melancólico de sus ramas, que se inclinan hasta el suelo con delicadeza y languidez. Ese mismo aire que tiene Kamita, con su larga gabardina, su whisky y su grueso libro, sentado en el último rincón de la barra, bajo el tiro de la escalera, recogido en sí mismo, como las ramas del propio sauce.
Sin embargo, nada puede evitar que Kino tenga que enfrentarse a su vacío. Kamita solo puede avisarle de que se vaya, de que huya antes del próximo aguacero, porque él ya no podrá evitar… ¿qué? ¿Que un corazón de un ser ambivalente como la joven masoquista anide en su pecho vacío?…
No se sabe, pero se presiente, y Kino comprende que Kamita tiene razón y sí huye, aunque eso no evite que tenga que enfrentarse al desafío de llenar de nuevo su pecho con su propio corazón, palpitante de dolor, enfrentándose al sufrimiento.
Por eso, al final, no vale la pena engañarse: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, sobre todo si un Kamita nos vigila, nos protege y podemos sumergirnos en la calmante y misteriosa penumbra de sus verdes ramas lánguidamente acariciadoras.
Las calles de la alfama son un sueño, un sueño apacible de tarde de octubre. Tienen una luz espectral, como si se estuvieran apareciendo a medida que se penetra en ellas. ¿descienden? ¿Ascienden? Morería, el Castillo, el tranvía… peldaños grises y fachadas desgastadas y oscuras, ventanas sin alféizar, esquinas sombrías, todo es un sueño melancólico. Se flota entre la humedad y los espectros, y parece que no puede haber otra vida que no sea esa: la de ser una sombra paseando por la Alfama, sin pasiones, sin recuerdos, sin deseos… sólo una sombra en un laberinto de luz acuosa.
Aunque parezca que estoy aquí, sentada en un rincón de la realidad, ante una mesa de trabajo, en una oficina, no es verdad. Esta mañana no es por la mañana, es la caída de la tarde, y estoy caminando por la Alfama, subiendo hacia Rua do Limoeiro, camino de A Cabasinha. Ahora sí, sentada, pero en una mesa muy vieja, sintiendo el olor a bodega y a años de fados; y escucho a Julia lanzarlos al aire arrancándolos desde la tierra o desde las nubes; y alguno me cae de lleno a mí, en el centro del pecho; y mi sombra es entonces un reflejo incandescente de algún luminoso recuerdo.
https://www.youtube.com/watch?v=-CkVSz2uFVI
Rama escondida:
¿Son cómplices las hojas?
Ardilla quieta.
¿Cómo contarlo sin que suene tópico o sensiblero? No lo sé.
Esta mañana al entrar en el vagón del metro había un tufo terrible. Esa mezcla entre sudor, otros flujos corporales, cóctel de desechos y auténtica mugre de ropa que no ha visto el agua desde el diluvio universal. Soy muy sensible a los olores y bastante sibarita en lo que se refiere a los aromas personales y del ambiente, así que por un instante pensé en apartarme lo más lejos posible. Pero fue solo un microinstante.
Entretanto, en esos segundos, la persona que emitía esas señales tan inequívocas se ha levantado para cederme el asiento. Era un hombre con acento de más allá del estrecho de Gibraltar. Yo he declinado su ofrecimiento con una sonrisa y he permanecido en pie al lado de la puerta y al suyo.
¿Por qué no me he retirado ni siquiera al otro lado de la puerta? Pues, la verdad, porque me ha invadido un sentimiento -o un pensamiento- de compasión. No de pena ni de conmiseración, sino de compasión, de empatía. he sentido que ese era el olor de la pobreza, de la marginación, del sufrimiento y de la exclusión, de todas esas cosas que muchos decimos que hay que combatir, porque realmente creemos que es así: “pero, por favor, no a mi lado”.
Tal vez hace unos meses -o semanas, u horas, o días- yo hubiese huido de ese olor ácido y penetrante, que hasta me estaba revolviendo un poco las tripas. Pero hoy no. Hoy he sentido que lo primero que tenía que hacer, que lo menos que debía hacer era permanecer allí, compartiendo esa realidad. Una realidad que, solo de pensarla, sí que debería revolvernos a todos las tripas.
Me ha venido a la cabeza enseguida el padre Ángel y su iglesia en la calle Hortaleza, abierta día y noche para la gente que no tiene dónde ir. Cuando me enteré hace unos meses de su existencia, pensé que estaría bien apoyarles, incluso trabajar con ellos en la medida de mis posibilidades. Y esta mañana, percibiendo ese tufo, que clamaba como un grito de auxilio, me di cuenta de que hace falta mucho valor y fuerza para compartir el sufrimiento y el penetrante olor de la pobreza y la exclusión. Se puede colaborar con quienes trabajan directamente para cambiar esta realidad, pero tal vez también habría que sentirla y abrazarla con respeto y amor.
Todo esto quizá suene sensiblero, pero no sé explicarlo mejor. No me he sentido ni mejor ni más buena por quedarme ahí de pie, sería una estupidez, pero sí que, gracias a ese hombre que estaba a mi lado, esta mañana también he comprendido o, mejor dicho, he asimilado de corazón qué es la compasión. He experimentado que, si realmente quiero estar en el camino del Bodhisatva, si quiero implicarme de verdad en la tarea de librar del sufrimiento a todos los seres, tengo que ser capaz de impregnarme de él, de su penetrante olor, sin miedo ni aversión.
Hoy tengo que dar las gracias a ese hombre porque me ha hecho sentir y comprender Enseñanzas leídas y recibidas durante años. El olor del sufrimiento esta mañana ha sido para mí más precioso que un Lorenzo Villoresi o que una varita de delicado sakura.
Una vez más he comprobado que el Buddha y todos los grandes maestros llevan razón: el despertar a la realidad última, a la comprensión, surge de manera inesperada y espontánea cuando nuestra mente está dispuesta a experimentarlo. ¿Quién iba a decirme que una de las cosas que más me repelen iba a ser hoy para mí un atisbo de claridad, una revelación?
Gracias a quién quiera que seas y ojalá te libres del sufrimiento y de sus causas, que alcances la felicidad y sus causas y que permanezcas en ella libre de apegos y aversión.
El viento os llama
Grises nubes viajeras.
Brilla el asfalto.
Ahí queda este haiku, que compuse en la «noche de los tiempos» y que parece que viene hoy al pelo, en este día lluvioso de invierno, más propio de otoño.
A veces los labios y las lenguas dicen mucho más sin pronunciar una sola palabra que en horas de discurso.
A veces las manos leen poemas en la piel de otra persona, sin sujetarse a medidas ni a ritmos rigurosos, solo con la cadencia de una larga caricia que los va componiendo en una danza tan bella como estremecedora.
A veces la prosa de la vida suena con una métrica armoniosa, y no se sabe de dónde nace ni quién la compone. El misterio, tan vertiginoso como atrayente, ilumina los rincones olvidados, donde parecía que ya no había nada, que ya no podía haber nada…
*****
Es una triste gracia, pero así es. Resulta que, cuando una está bien, la creatividad se viene abajo.
Bueno, tal vez digo mal lo que digo, no es que la creatividad se venga abajo, es que no necesito desahogarme o perderme escribiendo, porque estoy bien donde estoy. Como mucho compongo algún haiku y, cuando me da el remordimiento, repaso lo escrito, de ahí estas líneas que acabo de publicar, que dios sabrá cuándo las escribí, seguramente que en un momento de mi vida de cuyo año no quiero acordarme.
En todo caso, por enésima vez, voy a ver si vuelvo a ponerme a escribir periódicamente, que me sienta bien y no hago daño a nadie, porque, publicado o no, estas líneas apenas nadie las lee (y no me parece mal). Aún así, me tomo tan en serio lo de escribir y publicarlo aquí, que, por quererlo hacer muy bien, a veces ni lo hago.
La perfección es algo que puede convertirse en un auténtico obstáculo si, en vez de considerarse una aspiración o una tendencia, se convierte en un objetivo, de todo punto imposible.
No sé dónde leí que Antonio Machado decía algo parecido a esto: hay una tercera opción entre hacer las cosas bien o hacerlas mal: no hacerlas. Si realmente dijo esto, me parece una memez, dicho sea con el debido respeto hacia el poeta, porque hasta hacer algo bien hay que hacerlo mal unas cuantas veces. Y, además, ¿Cuándo algo está completa e indiscutiblemente bien?
No voy a comprobar la cita, porque no me apetece. Es una de esas cosas que se me hacen muy pesadas cada vez que me pongo a escribir y menciono algo. Este afán mío por la concreción y la veracidad. Son cosas que realmente están muy bien, pero más de una vez me han hecho perder el hilo y el fuelle de lo que estaba escribiendo. Así que esta vez, si resulta que Antonio Machado no dijo eso, pues para quien lo haya dicho o pensado, para ese va mi observación.
Llamas domadas
vibran dentro del hogar.
Fuera la noche.
Este haiku está dedicado a aquellos que pueden disfrutar de ese enorme placer de tener una chimenea en casa, leer frente a ella, meditar junto al fuego…
El fuego que es metáfora de tantas cosas: las llamas que, contenidas, dan luz calor y bienestar, pero que, desatadas, son destructivas, devastadoras. Así que es preciso contenerlas y, al mismo tiempo, dejarles espacio para ser, alimentarlas y darles oxígeno, pero no tanto como para que nos roben el nuestro.
El fuego vital también es así, magnífico y deslumbrante, fuente de alegría y entusiasmo. Pero, si se desmanda, si se sale del hogar que hemos preparado para él, puede consumirnos a nosotros y a lo que más queremos.
Hay pues que cuidar de que el fuego no se apague y de que se mantenga en sus límites, en nuestros límites.
… y “fuera la noche”. Fuera el frío, lo desconocido, el misterio… ¿Fuera quién sabe qué puede haber?… Seguramente otros hogares, otros fuegos, que no son más que manifestaciones de un solo fuego que nunca es el mismo, que se crea y se consume a cada segundo.
Siempre el contraste, la luz y la sombra, el calor y el frío es lo que hace que una chimenea encendida en un atardecer de invierno pueda ser mucho más que eso, siendo nada más que eso.
charla AESE (espiritualidad, humor y miedo)
En noviembre de 2009 Laura Arrache me invitó a dar una charla-taller en AESE (Asociación Española de Sanadores Espirituales) que trataba sobre el asunto de la relación entre el humor, el miedo y la espiritualidad.
Adjunto aquí el texto en el que me basé para mi exposición, que tuvo una muy buena acogida por parte del público asistente, que entró al trapo con preguntas, observaciones, debates, hasta el punto de que nos tuvieron que pedir que nos fuésemos porque había otra actividad después en esa misma sala.
He hablado otras muchas veces en público, pero esta es en la que me sentí mejor, más en comunicación con quienes tenía delante, tal vez porque estaba hablando de mis ideas y no sobre temas impuestos, como casi siempre que me he visto en esas, especialmente por motivos de trabajo.
Las mujeres como Janis Joplin y Amy Winehouse tienen algo que me atrae. Tal vez sea que en el fondo mi personalidad también es obsesiva, adictiva e incluso en ocasiones autodestructiva.
Estas mujeres fieras, como las manifestaciones airadas de las dakinis (en casa tengo un tangka de Dakini Shimamuka con su cuerpo azul desnudo y su cabeza de león, bailando sobre un cadáver), viven y mueren desafiando al mundo que primero las ha despreciado y luego las ensalza, aunque a distancia, claro.
Esas mujeres sabían y cantaban que no eran buenas, que no cumplían con los objetivos de cómo ha de ser una mujer aceptable e integrada en la sociedad de la «gente de bien». Amy esto lo expresa desgarradamente en su “you know i’m not good”, pero también se puede decir muy bien con la dulzura irónica de la cantante de Pizzicato Five en “Ii”.
Hay otra cosa que me gusta de ellas y es que, de alguna manera, me recuerdan a mi querida amiga Elena, que murió con tan sólo veintisiete años (como ellas dos) a consecuencia de un cáncer que fue minándola durante tres terribles años. Yo la quería mucho y fue una maestra de vida para mí. Era muy joven pero tenía ya una enorme sabiduría.
Gracias a ella aprendí a defenderme de las agresiones de los bienintencionados, a aceptarme y a afirmarme frente al mundo. Me devolvía una imagen de fuerza y desafío, que era exactamente lo que yo necesitaba. Una amiga no compasiva y exigente, que no estaba dispuesta a cuidarme ni a cargar conmigo porque consideraba que yo no lo necesitaba. Confió en mí y yo pude también así integrar esa confianza como algo propio y duradero.
Su aspecto físico era nada convencional, y eso reflejaba su interior. Ahora sería lo que llamamos una gótica o algo así, pero hay que pensar que de esto hace más de veinte años. Yo me subí a ese carro con ella y nuestras pintas llamaban mucho la atención por Madrid, hasta el punto de que llegaron a insultarnos por la calle gritándonos “bolleras guarras”. Y la verdad es que no éramos ni lo uno ni lo otro, pero esta ciudad ha sido y es un “poblachón manchego”, que decía Pío Baroja. Aunque no lo parezca, seguimos siendo muy, pero que muy paletos en este villorrio y corte.
Pues eso, Elena era especial, muy, muy especial y tenía mucho vivido ya sólo con diecinueve años, que fue cuando yo la conocí en la facultad, cuando estudiábamos Filología Hispánica. Todavía recuerdo (y en ocasiones repito) sus dichos, incluso me parece estar oyendo su voz, sus agudas observaciones y sus afilados y divertidos comentarios.
Hace ya más de veinte años que murió, pero sigo echándola de menos y no hay día que no la recuerde. Tanto a ella como a Jesús Benítez Villalba, ambos eran personas de trato nada fácil, selectivas y complejas, que me exigieron, me impulsaron y obligaron a no acomodarme, a no dejarme salvar, a tomar el espinoso camino de la independencia. Y, aunque ambos se fueron casi a la vez, yo sigo en esa ruta y sintiéndoles vivos conmigo.
No se necesita escribir porque todo está dicho y, en verdad, da igual quién haya sido el autor. Aún así se escribe, a pesar del esfuerzo que de antemano se sabe inútil. Esto es un verdadero acto de Amor, y en ese acto se basa este cuento.
****
Se levantó de la cama. Se sentó en la mesa de trabajo. Tomó la pluma pero, antes de empezar a rozar con voluptuosidad el papel, quiso repasar lo escrito el día anterior. Aunque su mente no necesitaba recordar lo transcrito, ansiaba disfrutar de la certeza empírica de la lectura, ver los rasgos desnudos y sinuosos del objeto de su amor.
Tocó las páginas blandas y suaves que se mezclaban promiscuas en el cajón. Las sacó lentamente, una por una, deleitándose en el momento como en un ceremonial iniciático, envuelto en el misterio de lo íntimo. Su amor estaba siempre allí, inarrebatable y cercano. No obstante, había que ser respetuoso. Había que provocar el deseo con la demora, el deleite con la promesa del placer”.
Era hermoso ese texto que le esperaba, casi tanto como el ya escrito. Cada vez sentía que se acercaba más a un nuevo objetivo involuntario. Se daba cuenta de que se convertía en un medium, un objeto de algo superior que le hacia escribir al dictado, sin necesidad de leer las palabras que salían de su mano. él sólo tenía que comprobar que esas palabras existían como objetos físicos, con un cuerpo hermoso formado por ángulos y curvas insinuantes, que delimitaban espacios, coronaban formas y se modificaban sucesivamente, como un cuadro de danza aleatoria y armoniosa, que debía su belleza a la improvisación del artificio.
Amaba cada una de las páginas en blanco que le esperaban, cada una de las páginas escritas que ya se le habían entregado. Adoraba apasionadamente cada palabra que le quedaba por escribir y cada una de las que ya había escrito. Amaba la sensualidad de las líneas de sus letras, que trazaba recreándose, como un amante que dibujara la desnudez de su amada. Amaba las palabras por encima de su valor utilitario. Su amor iba más allá. Adoraba las palabras por sí mismas, y el acto de escribir excitaba su alma y su cuerpo dolorosamente, porque la respuesta, por maravillosa que fuera, no podría satisfacerle nunca.
Sin embargo, a pesar del dolor, del esfuerzo, no podía dejar de escribir porque tener el objeto de su amor dependía únicamente de que él lo produjera, y su promiscuidad, la necesidad imperante de incrementar su placer, le obligaba a trabajar cada vez más, a reducir sus horas de sueño y los pocos minutos que dedicaba a comer o beber algo, cuando la fatiga, el hambre o la sed lo vencían y lo separaban de su mesa. El resto de lo que antes fueron sus necesidades ya habían sido excluidas de su vida hacía tiempo. No le importaba nadie, no oía, no hablaba, no veía salvo el papel que tenía delante. El mundo le traía sin cuidado.
Esa noche apenas había dormido dos horas, y no profundamente. Algo nuevo le inquietaba. Por primera vez se sorprendía dudando ante la necesidad de que sus palabras tuviesen un significado trascendente, como un alma fuerte y pura, dignificante, que les hiciese merecedoras del más sagrado amor. La espiritualidad pretendida, el deseo de vencer al tiempo y al espacio, le obligaban a creer en que el objeto de su Amor habría de ser mucho más que mera armonía física. Tenía que alcanzar la Divina Armonía, el cénit de la Belleza, de la Creación.
Se sentía un dios enamorado de su criatura. Por eso no podía dejar de pensar que, si él mismo, siendo un ser creado, había sido dotado de una elevada espiritualidad, ¿Como no iba a serlo su obra? ¿Acaso él era menos Dios¿…
Era angustioso. El sudor le recorría. Su estómago se contraía y se vaciaba, al tiempo que su mente se llenaba con un terror morboso a morir sin haber parido a su hija, su amante, su alimento.
Los dedos crispados apenas atinaban a sujetar la pluma. El rostro, y sobre todo los ojos, eran la superficie de un océano embravecido. Noches y noches, días y días de angustia le impedían mantener el mínimo de calma necesarios para permanecer sentado ante lo que más amaba, ante las palabras. No podía escribir, no podía producir nuevos objetos que acariciar, ni siquiera podía releer lo escrito en busca de la clave que le liberara. El aire apenas penetraba en sus pulmones y la vida se le escapaba entre las uñas.
Llevaba varias horas postrado, tirado como una piltrafa, abatido por la soledad y el fracaso. Sabía que, si dejaba de crear, no podría amar y, entonces, estaría irremediablemente solo. Pero lo más doloroso era renunciar a trascenderse, a ser divino. Se convertiría en un mortal más, y su vida perdería todo sentido.
Comprendió que, si no era un dios, nunca sería capaz de hacer nacer de sí un ser espiritual, no lograría reencarnar su esencia, moriría con él. Su amor había sido mentira, había quedado reducido a una vanidosa adoración estética.
Allí, entre el zumbido del silencio, oyó algo fuera de su mente adolorida y cansada. Fue un susurro lento, apenas perceptible para cualquiera. Se repitió de nuevo más claramente, con más nitidez. Estaba articulado por una voz ambigua y cálida.
Quiso levantarse e intentar transcribir aquello, pero no pudo. De pronto se le había despertado una lucidez mental que contrastaba fatalmente con un cuerpo inerte. La Amada Palabra resonó en sus oídos sin que pudiese reproducirla y convertirla en su amante incestuosa: definitivamente, ambos fueron devorados por el silencio.
http://www.youtube.com/watch?v=2VnG3oRPdlo
Esta vez la música no ha podido ser otra sino el tema principal de “deseando amar”.
Y sigo revolviendo el cajón de mi almohada. Revolviendo el pasado escrito, que a veces me sorprende, porque me devuelve una imagen reconocible y extraña a la vez.
Este cuento es de enero de 1994, cuando yo tenía casi 28 años. Un mes más tarde moría de cáncer mi gran amiga Elena, a quien recuerdo y recordaré siempre, cada día. Hay en el texto un ánimo sombrío que parece presagiar esa pérdida, y tal vez la de Jesús Benítez Villalba, mi maestro y director de tesis, que llegaría poco después.
Además están ya presentes mis obsesiones: la inutilidad de crear y la necesidad de hacerlo, junto con un fatalismo y un determinismo, que me sale sin querer en casi todos mis escritos, sobre todo en los de juventud.
***
Hoy es 15 de enero de 2023. Ha pasado mucho tiempo desde que escribí este cuento y desde que publiqué esta entrada.
Tengo el placer y la suerte de contar con lectores amigos que aprecian lo que escribo y me animan a seguir con ello.
José Antonio Astasio desde el primer momento ha sido una de las personas que más me ha animado a escribir y ahora ha realizado una versión en audio de este cuento para presentarla en el club de lectura al que pertenece y en el que participa activamente.
Muchas graciass, José antonio, por esta preciosa versión grabada con tu propia voz, que a continuación enlazo para quienes queráis disfrutarla.
Gracias también a los participantes en el club de lectura que mencionaba antes. Es un honor que dediquéis vuestro tiempo a leerme. Y, por supuesto, estaré encantada de recibir también vuestros comentarios.
Mercedes Abad, «Amigos y fantasmas». Ed. Tusquets, 2004
Elena Lappin, «Amores sin fronteras». Ed. Siglo XXI, 2000.
Sachiko Ishikawa, «Cuentos del Japón oculto». Ed. Taketombo Books, 2013.
Hoy toca hablar de tres de las obras sobre las que he trabajado estos últimos años, que procuro recordar en estas breves reseñas. Son tres colecciones de cuentos escritos por sendas autoras: «Amigos y fantasmas» de Mercedes Abad (Tusquets, 2004), «Amores sin fronteras» de Elena Lappin (2000) y «Cuentos del Japón oculto» de Sachico Ishikawa (Taketombo Books, 2013).
El primero de estos títulos, «Amigos y fantasmas» cayó en mis manos en 2011, así que hace ya mucho que lo leí para acordarme de gran cosa, a no ser que hubiera sido uno de esos libros que me marcan, pero no fue el caso. Para esta reseña he hecho trampa y lo he hojeado un poco, por si renacía en mí algún interés, pero lo cierto es que no. Creo, no obstante, que está bien escrito y puede ser agradable de leer, pero sin más. Lo que sí he recordado es que el primero de los relatos lo dedica Mercedes Abad a sus amigos Almudena y Luis, que supongo Almudena Grandes y Luis García Montero. Con mis siempre mencionados prejuicios, esto no me dio buena espina. Almudena Grandes es una de esas autoras que considero prescindibles y, aunque Mercedes Abad me gustó más, insisto en que este es uno de esos libros que yo ni aconsejaría ni regalaría. Creo que hay que rentabilizar el tiempo (¡Queda tanto por leer!). En fin, han caído en mis manos textos mucho más interesantes. También es verdad que a mí este estilo de escribir tan de colaborador de El País, tan de actualidad, no me dice nada.
Sigo ahora con «Amores sin fronteras», con el que trabajé en 2012. De esto también hace algunos añitos, pero me gustó y me interesó más que el anterior. Elena Lappin, nacida en Moscú y que actualmente vive en Londres, plantea varias Historias de amor y de relaciones en las que la distancia física -o no tan física- es un factor importante. Tal vez por tener un punto de vista menos próximo y un estilo menos «grupo PRISA», la lectura de estos cuentos me resultó más estimulante que la de los anteriores, pero tampoco compraría un ejemplar para regalarlo.
Termino la entrada con el más interesante y el último que he leído, este mismo año, «Cuentos del Japón oculto». Al contrario que los anteriores, este libro sí lo he comprado y sí lo regalaré, seguro. Sé que se me ve mucho el plumero de mis gustos personales, pero para eso escribe una un blog sin pretensiones de objetividad, que ni falta hace. Me gusta la literatura y la cultura orientales, especialmente la japonesa, y más si tiene solera. No obstante, en este caso, Sachiko Ishikawa es una joven escritora que creo vive en Barcelona, de padre japonés y madre alemana. Evidentemente es una autora actual y esto se ve en lo que cuenta y en cómo lo cuenta, pero, al mismo tiempo, lo hace con un tono propio y recreando mitos y leyendas del Japón tradicional. Así que leyendo «Cuentos del Japón oculto» se rejuvenecen demonios, zombis y fantasmas legendarios, renacidos en un mundo próximo y actual que no se resiste al extrañamiento.
Al final del libro Sachiko Ishikawa explica:
«Por primera vez supe lo que era el pavor, el miedo a lo desconocido que se escondía dentro de unas páginas, envuelto en palabras. Pronto me topé con libros sobre la muerte, los fantasmas y la maldad de las personas. Gracias a esas novelas comprendí que el miedo a lo desconocido puede ser menos impactante que la malicia innata de algunas personas. Ese contraste me abrió los ojos. El género de terror me fascinaba tanto que le pedí a mi padre que me contara las leyendas folclóricas de su país de origen, Japón, que mi madre siempre me había asegurado que eran aterradoras. Las novelas estadounidenses que había leído se entretejían con las leyendas niponas, y ese género evolucionó para mí».
Y sigue:
«Con el paso del tiempo comprendí que pese a que la emoción es la misma, la causa para los dos extremos (occidental y oriental) es distinta. En Occidente, las personas solemos tener miedo a las acciones malvadas de otras personas, a una muerte injusta y dolorosa; nos tapamos los ojos cuando vemos sangre y entrañas. En Oriente, tememos a lo que no somos capaces de ver, lo desconocido, el rencor que no termina de desaparecer aunque quien lo siente fallezca».
Ah, no quiero olvidarme de las ilustraciones porque son verdaderamente significativas. Se trata de una edición muy cuidada, con dibujos de Laura Garijo, que en alguno de los relatos forman parte inexcusable de la trama y que, en cualquier caso, aportan modernidad de estilo a al libro, con un guiño claro al manga y al anime.

