
Me llamo Mucalinda. Soy muy vieja. Muy, muy vieja y estoy muy cansada. No sé cuánto hace que estoy aquí. Perdí la noción del tiempo cuando dejé de ver. Mis ojos nunca me sirvieron de mucho para distinguir formas precisas, pero sí para no confundir el día con la noche. Nosotros somos de hábitos diurnos y, cuando yo cazaba, en los tiempos en que aún era joven y vivía como todos, cuando me dejaba llevar por mi instinto, cuando aún no había atisbado mi naturaleza profunda, las imágenes difusas y los olores intensos regían el mundo. Mi mundo.
Después, tras aquel momento que los hombres recuerdan y han recreado tantas veces, mezclando en él sus sueños y sus deseos, nunca pude ser la misma. Ellos me han dibujado, me han modelado, me han esculpido y, ante todo, me han idealizado junto con Él, en aquel momento que aún hoy no puedo entender, ni con mi mente más clara, aquella que aún solo presiento; tal y como me sucedía cuando olía una presa lejana y recibía la vibración en mi vientre de sus movimientos sigilosos. Yo sabía que estaba ahí, que pronto sería para mí, siempre y cuando siguiera atenta y no me anticipara.
Ahora estoy así, atenta y paciente desde hace mucho tiempo, pero cansada y también confundida, añorando de cuando en cuando mi naturaleza primaria y vital, aquella más sencilla, aquella llena de instinto, aquella que a veces sigue aflorando pero cada vez con menos fuerza, porque ya no puedo ser la misma Mucalinda que devoraba a sus presas y se enfrentaba a muerte con sus atacantes. Aunque tal vez sería más cierto decir que, desde aquellos días, me convertí en Mucalinda, en un individuo real e imaginario, pero individuo con nombre y con conciencia de sí mismo.
Soy ya muy vieja y sé que el conocimiento último me dará la paz y la felicidad pero, ¿cuándo lo lograré?, ¿cuándo llegará tal realización?… Entretanto estoy cansada. Llevo mucho tiempo meditando y esperando. He renunciado a la tensión de cazar y no ser cazada, al miedo y la rabia, al deseo y la aversión, pero sigo siendo una cobra, una verdadera cobra, extraordinariamente grande, aunque con pocas fuerzas ya, que fue un hermoso ejemplar de lo que los hombres han dado en llamar “cobra real”. Yo fui más que digna de ese apelativo, majestuosa y flexible, temeraria y mortífera. Sin embargo, lo que no soy y nunca fui, a pesar de los sueños de los humanos, es un naga. Los nagas no existen, se los han inventado los hombres como tantas y tantas cosas. Los seres humanos -que tan inteligentes se suponen- viven tan sometidos como nosotros a los vendavales de la ansiedad y el deseo. Viven sin mirar a pesar de que ellos ven más. No saben apreciar la belleza de la realidad, su magia cotidiana y, por eso, necesitan inventarse mundos paralelos con nagas, elfos, dioses y demonios. Este es el motivo de que yo quiera contar mi verdadera historia a quien quiera escucharla, ya que la que ellos han transmitido y reinventado es la suya y no la mía. Ellos la han soñado, tal y como pensaban que sería. Han contado y escrito la historia, han creado la leyenda y luego se han olvidado de Mucalinda. Conque ahora soy una vieja olvidada. Nada más que eso: una vieja olvidada que no puede ser lo que fue y que no ha llegado a ser lo que aspira a ser.
Mi nombre, Mucalinda, a muchos les llenará de inspiración y reverencia, mientras que para otros no será más que una palabra extraña. Pero, salvo él y yo, nadie más sabe qué pasó realmente en Bodhgaya. Por aquel entonces yo llevaba días arrastrando ramas y hojas para preparar el nido donde nacerían mis crías. Cuando ya estuvo listo, me enrollé encima agotada. Arrastrarse de un lado a otro enganchando ramaje con la cola y llena de nuevas vidas creciendo dentro, no es nada fácil. Nada. Además, necesitaba un gran nido donde albergarme con mis huevos, hasta que tuviera que abandonarlos. No me juzguen. No soy una mala madre. Precisamente por eso debía dejar el nido a tiempo. Mi instinto depredador terminaría con ellos como con cualquier presa fácil. Así que, ante el hambre y el cansancio tras preparar el nido y desovar, tenía que buscar comida fuera de la familia. Tanto trabajo para las crías, para darle vida a la vida, se quedaría en nada. Por fin era el momento de irme y dejar que aquellas surgieran solas al mundo sin la amenaza inmediata de su propia madre.
Entonces fue cuando percibí un olor inquietante. Me olía a humano y eso no me gustaba.
Como alimento los hombres no eran nada bueno y siempre se corría peligro a su lado. Era mejor enfrentarse a una pitón o a una víbora cornuda, antes que a un hombre. Eran -y siguen siendo- unos rivales traicioneros y taimados. Permanecí alerta, inmóvil. Intenté fijar mi mirada en aquella dirección, pero -como ya dije- mi vista nunca fue buena, ni siquiera entonces que aún era joven. Sentí la sutil vibración del suelo cuando se acercaba con pasos serenos y seguros. Seguí ahí, alerta, enroscada sobre los huevos vibrantes de vida y temí que no iba a poder marcharme a tiempo de dejarles existir. Sin embargo, a medida que aquel ser se acercaba, empecé a sentir un extraño abandono y una imperiosa necesidad de quedarme ahí, esperándolo, como si supiera de antemano que mi presencia tendría un sentido especial en un momento inmenso. Fue así como sucedió. Aquel hombre extraño se sentó tras de mí, al otro lado del árbol donde yo había preparado el nido. Supe, no sé cómo, que él sabía que yo estaba allí y no experimentó ningún temor, ninguna aversión. Misteriosamente yo participé de esa corriente de confianza.
Y, de pronto, una idea se impuso en mi mente: “no me moveré hasta que no encuentre la clave para erradicar el Sufrimiento”. ¿Qué era eso? ¿Esa idea era mía? No. Seguro que no. De algún modo aquel ser estaba compartiendo conmigo sus emociones y sus pensamientos, casi inaccesibles para mí entonces, pero con los que comencé a intuir la identidad de nuestra naturaleza última. Conque, si él encontraba aquello que buscaba, las cosas no serían igual no sólo para él, sino también para mí. Comprendí que tenía que protegerlo, con mi vida si hiciera falta. Él, en apariencia, era mucho más vulnerable que yo.
Pasó un día con su noche y otro y otro y… ¡Horror! Nacieron mis pequeñas crías. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía hambre. Mucha, mucha hambre y era tan fácil tragarse cualquiera de esos pequeños cuerpecitos recién salidos a la vida. Era tan fácil, pero no podía. ¿Tenía sentido pasar hambre enroscada encima de montones de comida?… Pero ahora esas crías, sin saber cómo, habían dejado de ser comestibles para mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que contravenía de ese modo mi instinto vital?
No lo sé. No sé cómo, yo había empezado también a despertar a algo que no sabía lo que era y que aún no sé en realidad. Experimenté claramente que las vidas que se agitaban debajo de mí también participaban de una naturaleza tan radiante como la de aquel ser que se sentaba tras de mí, y eso ya no podía obviarse de ninguna manera.
Siguieron pasando días y noches y aquel ser, aparentemente débil y vulnerable, se enfrentaba sin miedo ni violencia a obstáculos y peligros inimaginables, más allá de la muerte y el dolor que pudieran infligirle las fieras y los otros hombres, más allá de la mordedura de los tigres y la punta de las flechas envenenadas. Eran amenazas terribles que hubieran hecho temblar el cuerpo de un dragón de cien cabezas, porque anidaban en sus hombros y querían enraizar en su mente como malas hierbas, destructoras de toda razón y de todo amor. Se presentaban con mil formas aterradoras, que yo podía percibir a través de su mente, pero de las que no podía defenderle.
Me sentía absurdamente inútil. ¿Iba yo a defenderle? ¿Cómo? Él era mucho más fuerte que yo, invulnerable, porque no tenía miedo. Nada podía hacerle daño porque no sentía ni apego a su propio cuerpo ni a su propia vida. Sólo las distracciones de su mente, las imágenes fantasmales y las dudas podían arrancarle de su propósito. Esos eran sus verdaderos enemigos. Y yo presencié cómo los ignoraba uno a uno. Aparecieron hermosas jóvenes, cargadas de guirnaldas de flores y de bandejas llenas de suculentos manjares cuyas danzas no hacían vibrar el suelo. Ni aquellas flores ni aquellas pieles tersas y doradas transmitían ningún aroma real. Sus figuras se confundían con las sombras de los árboles. Yo sólo podía percibirlas a partir de las imágenes de la mente del hombre. Eran espectros seductores, perceptibles sólo para él y sólo contra su propósito.
Pero aquello fue poco, comparado con las legiones de monstruos pestilentes, bandidos armados de enormes puñales y fieras voladoras de aceradas garras que se abalanzaban sobre él y desaparecían justamente cuando iban a desgarrar su piel con los dientes, a clavarle las afiladas armas o las infectas garras. Todos aquellos espectros desaparecían ante la ecuanimidad del hombre. Los fantasmas que emanaban de su mente burda, que aún pugnaba por adueñarse de su voluntad, se disolvían en la compasión y la sabiduría de la mente clara, como miel en agua hirviente. Inmunes al aferramiento y la aversión.
Sin embargo, yo continuaba sin creer realmente en sus fuerzas. Le sentía tan vulnerable físicamente y comprendía tan poco de la fuerza de la mente, que no confiaba en sus posibilidades de protegerse de los “verdaderos” peligros, los del mundo físico. Seguí alerta, cada hora, cada instante. Y, en una mañana de calor sofocante y pegajoso, me llegó inconfundiblemente el olor acre e intenso de un gran felino que buscaba alimento. Seguí con atención, bajo mis anillos, los sigilosos pasos que se acercaban. Era un enorme tigre.
¡Por fin un desafío para mis habilidades y mi fuerza! Deseaba serle útil, quería hacerme valer ante él, darme a conocer en toda mi plenitud para que me valorase y me reconociese como su guardiana y su seguidora. Quería convertirme ante él en un ser especial. Según la fiera se nos aproximaba, me iba preparando, ansiosa por entrar en acción, con los sentidos alerta y los músculos dispuestos. ¡Iba a ser una lucha a muerte! tenía que salir victoriosa más por él que por mí: su objetivo nos trascendía.
Cuando el tigre ya estuvo tan próximo como para que los ojos del hombre y los del felino se hubieran encontrado frente a frente -si aquel se hubiera dignado a abrirlos- dejó de olerme a hambre y muerte. ¿Qué estaba pasando?
Sorprendentemente el gran tigre se había tendido a sus pies, con la misma docilidad que el gato de un príncipe de Persia. Como yo misma, el felino había sido subyugado por la fuerza de la mente de aquel extraño ser. Comprendí que se quedaría también para velar su meditación. Me invadió entonces un sentimiento de ira y de rabia: había perdido una ocasión magnífica de presentarme como un ser especial, llena de fuerza y valor. Tuve esa terrible emoción que contamina y destruye la paz de los hombres: la envidia y los celos. No iba a ser yo pues la elegida, el único ser unido al hombre, su búsqueda y su hallazgo. No sé lo mucho o poco que duraría en el tiempo aquella mala semilla que intentaba enraizar en mi mente, pero sí sé que no lo logró. Estoy cierta en que fue una vez más él quien me compadeció y nos salvó a los dos de un enfrentamiento fatal, porque con un resplandor indescriptible mi mente y la de la fiera se unieron en un abrazo de identificación total, nos fundimos y nos mezclamos, con un objetivo desconocido y claro a la vez. Ambos velaríamos por él, participaríamos de su descubrimiento y protegeríamos a aquel que, sin duda, no necesitaba de nuestra protección.
Otro hecho extraño es que, iban pasando los días con sus noches y ninguno comíamos ni bebíamos. Al principio tuve hambre y volví a temer por mis crías, pero, si el hombre podía mantenerse así sin más, yo también. El día que la fiera se nos unió mi zozobra por las pequeñas cobras ya había pasado. Mi ansiedad por el hambre había desaparecido y, además, poco a poco, ellas se habían ido deslizando fuera del nido, buscando por instinto su propio sustento. En cuanto a la fiera, supongo que pasaría por lo mismo que yo, pero nada hizo. Formábamos un raro grupo irracional y armonioso, más allá de la comprensión mundana.
¿Cómo nos mantuvimos tantos días? Aún no lo sé, porque, pasado aquel momento, al menos yo, tuve que volver a sustentar mi cuerpo con el alimento diario, aunque este ya no volvió a ser ni tanto ni el mismo. Pasado aquel tiempo, nunca más cacé para comer. Cuando no había otra cosa, me mantenía de raíces, hojas, frutos, troncos y, en ocasiones, con los restos de algún otro ser que hubiera desechado cualquier depredador. Tengo que reconocer que aquella dieta, aunque era la que mi mente quería, al principio debilitó mi cuerpo. En todo caso, mi instinto cazador se había apagado por completo, pero no importó porque algunos hombres, los seguidores de aquel al que yo sigo, empezaron a venerarme y a hacerme ofrecimientos, especialmente de comida, cada vez más sustanciosa. Supongo que se fueron dando cuenta de que, aún para ser una cobra, estaba demasiado delgada. Entre las ofrendas a veces había restos de otros seres, que comía, y como, aunque este alimento necesario, me repugna. También he de confesar que, desde que los humanos empezaron a procurarme sustento, probé manjares exóticos y complejos, que me llenan de placer. Los pasteles de miel y anacardos, los arroces hervidos con mantequilla y cardamomo, la leche de vaca cuajada con canela, tantas y tantas cosas que compensan con mucho la energía vital de la sangre y las vísceras de la víctima recién cazada.
Solo soy una vieja. Qué fácilmente me enredo en detalles nimios que asaltan la memoria. No quiero seguir por ese camino y desviarme de la historia de aquel gran momento. Como saben los que me recuerdan falta el episodio que hizo patente mi presencia. Cuando yo había perdido ya todo interés personal, cuando no sentía apego por mi propia imagen y no precisaba sentirme especial y valorada, surgieron las causas y las condiciones para que hoy sea Mucalinda. Hasta ahora, en mi relato no hay más que un hombre que busca tenazmente cómo destruir las cadenas que le atan al sufrimiento, un tigre que le guarda a sus pies y una cobra real que le vigila a sus espaldas. Pero, que tal cobra sea Mucalinda se debe a que, la tarde de un día de terrible calor el cielo se derramó en una tormenta como un torrente. Empezó a llover e instantáneamente me invadió una profunda compasión hacia el hombre. Me deslicé rápida, por primera vez no para atacar o para defenderme, sino para envolver con mi cuerpo el del hombre y extendí el cuello para cubrir su cabeza. Mis vértebras curvadas y planas, tantas veces desplegadas en ataque mortal, se convirtieron en un capuchón elástico, en una protección en vez de en una amenaza. Permanecimos ahí mucho tiempo, formando una hermosa y rara estampa: el hombre, el tigre y yo. Esto y sólo esto ha sido lo que más ha llamado la atención de los hombres, pero no es lo más importante. Fue un momento indefinido que podría haberse quedado en nada más, si nadie más lo hubiese presenciado. Tal vez eso hubiera sido lo mejor, que nadie nos hubiera visto entonces y seguir con mi existencia trasmutada y anónima, pero no fue posible.
Pensándolo bien, no estábamos tan lejos de los campos de cultivo. Yo procuraba siempre mantenerme a buena distancia de las zonas habitadas por los seres humanos, pero la tentación de poder atrapar fácilmente las serpientes ratoneras casi a la vez que a sus víctimas, era demasiado fuerte para mi instinto. Conque, cuando ya la lluvia fue más débil, mezclado al olor de la tierra mojada, me llegó el aroma dulce y fresco de un tierno humano. Cuando estuvo más cerca, pude darme cuenta de que se trataba de una joven, envuelta en telas de vivos colores amarillos y dorados, aún húmedas, que cubrían su figura pequeña y delicada. Nos miraba con curiosidad, pero sin miedo alguno. Eso me extrañó, porque ni los tigres ni las cobras suelen dejar impasibles a los humanos. Sus ojos eran extraños, refulgían con rayos verdes como los de un felino alerta, lo que me hizo recordar que el tigre también estaba allí y, en cualquier momento, podría recuperar su naturaleza de depredador y asaltar a la muchacha. ¿No podría suceder que yo también lo hiciera? No. no. Yo no era una cazadora de humanos, solo les atacaría si me viera obligada y, ahora, tal vez ni eso…
… ¿Pero dónde estaba el tigre? En aquel momento de confusión había desaparecido. ¿Se habría apartado de su presa para no devorarla? No he sabido de cierto lo que sucedió, y quizá no deba yo verter aquí mis suposiciones, como una vieja chismosa. Guardaré silencio, pues no es mi historia, sino la de aquel misterioso compañero. Sólo diré que la muchacha de raros ojos de felino y cuerpo de gacela seguro que no hubiera corrido ningún riesgo a su lado… Creo que compartían muchos rasgos la una con el otro. En todo caso, son cosas que la mente de una vieja cobra no se puede explicar.
Siento un profundo apremio. Tengo que terminar mi testimonio enseguida. Me voy dando cuenta de que me queda poco tiempo aquí, con esta mente y con esta forma, ya tan gastada. Pero no, el final no puede ser aún. El Despierto confiaba en mi plena iluminación, en que, como él, lo lograría. ¿Será antes de dejar esta piel para siempre? Si él estuviera aquí… Si pudiera guiarme en este momento final… Pero debo confiar en que no hay separación posible: aquel lejano día de la tormenta, ambos nos fundimos en un solo ser…
¡No, no, vieja tonta! No te enredes en tu propia cola. No vuelvas a atraparte en tu propio ego. ¿Es que no aprenderé nunca?
La experiencia inefable que nos traspasó a todos los que permanecimos allí desbordando infinitud, era mucho más que una “fusión” de individualidades, fue la comprensión perfecta de la no existencia de separación alguna. Y, para esta pobre mente, supuso un relámpago de sabiduría suprema. Lo triste es que no pude mantenerlo y mucho menos reproducirlo. No obstante, con la esperanza de lograrlo, desde ese día no me separé nunca más de él. Me deslizaba siempre en su entorno, escuchándole y deleitándome con su presencia, aspirando a impregnarme cada instante de Sabiduría y Compasión.
No sé por qué, pero me asaltan ahora los destellos verdes de los ojos de la muchacha. Vuelven ahora a mi memoria como si fuese hoy, relampagueando en su rostro, mientras permanece sentada elegantemente frente a nosotros, esperando. Y, cesada la lluvia, cuando los colores y los aromas del aire se vivifican, suavemente empiezo a recogerme, a dejarle cuidadosamente libre de mi abrazo protector. Él abre infinitamente los ojos, como nadie los ha abierto nunca antes y ya es para siempre el Despierto. No me hizo falta entonces ver su rostro para saberlo: sus ojos se habían convertido en el faro de su mente y ella iluminaba a todos los que estábamos cerca, inevitablemente, marcando el camino para la cesación completa y última del sufrimiento.
Yo estaba traspasada, aturdida, pero la muchacha dorada, de ojos de tigre y cuerpo de gacela parecía saber muy bien qué había que hacer. Sacó de una cesta un cuenco de leche y se lo colocó a él respetuosamente en las manos, con una sonrisa amplia, pura, endulzando el momento con una ternura infinita.
Y, enseguida, ante mi sorpresa, sin miedo ni reserva alguna, sacó otro cuenco de leche y me lo puso delante a mí también con la misma sonrisa compasiva y amable. Esa fue la primera vez que un humano me alimentó y, tras esa, vinieron muchas más, pero creo que nunca sentí tanta calidez y tanta dulzura en un ofrecimiento como frente aquel cuenco de leche y miel.
Y ahora muchos al leer esto dirán que no fue así, que en tal o cual sitio, en tales o cuales escrituras, tal o cual maestro dijo esto o aquello, pero no me importa. Yo estuve allí, viví lo que pasó y lo sentí en el cuerpo y en la mente, y sembró en mí la semilla del despertar.
Cuando ya hubimos nutrido nuestros cuerpos, la sigilosa muchacha recogió los cuencos, los guardó en la cesta, se levantó y se alejó sin hacer ruido, después de haber inclinado la cabeza en señal de respeto ante él y, lo que fue más sorprendente, ante mí. Han pasado muchos años, he recorrido tras el Despierto muchos caminos; he permanecido con él en retiros silenciosos, en ruidosas concentraciones de seguidores y curiosos; bien oculta, bien a la vista de todos, y jamás me han dejado, ni velando, ni soñando, los ojos verdes de la muchacha tigre.
Me vence el cansancio, por hoy me vence. Es extraño, siento una presencia conocida…
¿Tigre, estás ahí? ¿Has venido?…
Cómo me engañan los sentidos. Soy una vieja cobra perdida entre sus recuerdos. Si mañana sigo siendo la vieja Mucalinda seguiré soñando esta existencia, meditando…
Acaba de amanecer y ya comienzan las obligaciones. La muchacha se despereza, estira sus piernas flexibles, se envuelve en el chal amarillo dorado y sale a contemplar la aurora. Las tareas están establecidas desde hace años. Su abuela le había enseñado bien todo lo que había que hacer. No era mucho, pero era inexcusable seguir las instrucciones todos los días paso a paso.
A pesar de lo extraña que había sido la noche, se sentía descansada. Había soñado con el naga que estaba a su cuidado. No recordaba bien, pero en el sueño no era un macho de cobra real, sino una hembra. ¿Cosas de los sueños? Mucalinda era nombre de varón, y ella sabía que el naga era eso, un naga, no “una naga”. ¡Qué cosas tan extrañas se le estaban ocurriendo!…
La abuela insistía tanto en que había que cuidar bien a la vieja cobra, tan dulce e inofensiva, que la muchacha, antes que el peso de la responsabilidad, sentía un cariño profundo, una genuina compasión, hacia aquel ser ya tan viejo, que apenas mantenía un hilo de vida. Mucalinda se estaba apagando poco a poco y la muchacha se daba cuenta. La cuidaba con mimo y observaba cualquier pequeño cambio en su aspecto que pudiera significar un paso más en su camino hacia otra encarnación.
Con la abuela fue diferente. Habían estado siempre juntas y siempre la había visto igual: pequeña, enérgica y bondadosa. Ambas se reconocían en sus miradas verdes y felinas, raras para todo el mundo y para ellas mismas. Nadie más compartía ese rasgo. La abuela le contó que su madre no era igual que ellas. Pertenecía a la vida mundana y por eso se fue tan pronto. Sus ojos eran negros y profundos, como los del abuelo, que también la había dejado, antes aún de que naciera la hija que esperaba. Eso la abuela lo contaba con una amplia sonrisa, porque desde que conoció al Despierto se había liberado del aferramiento y la aversión, y nunca sintió como “suyo” al padre de la hija que nació de su vientre.
Ellas dos se sabían diferentes, mujeres tigre que vigilaban los preciados tesoros de sabiduría que les fueran encomendados y custodiaban y mimaban a Mucalinda. Esa era su función externa. La interna era otra cuestión, sus prácticas y meditaciones eran secretas y profundas, transmitidas en susurros y realizadas en soledad.
La abuela murió de pronto, pero no tanto como para que no le diera tiempo a prepararse. Un atardecer llamó a su nieta y le explicó que se quedaría sola, a cargo de todo. Ya podía y sabía hacerlo y su tiempo en esa forma humana se estaba terminando. La abrazó, le sonrió y se sentó en meditación a esperar…
De eso hacía ya más de dos otoños, y aún la echaba mucho de menos. No había perfeccionado tanto como quisiera el desapego y buscaba a cada paso algo que le mostrase una chispa del fluir de conciencia de la abuela en otra nueva vida.
Tomó el cuenco de la ofrenda diaria, lo llenó de leche, la espolvoreó con canela y la endulzó con miel. Se sentía extraña. Había algo diferente en el mundo que la rodeaba y en su interior. Tantos años de meditación y de retiro habían agudizado sus percepciones y ya notaba que ese estado mental no eran las secuelas de un sueño.
Se acercó a la estancia donde reposaba Mucalinda. Era un lugar fresco y perfumado de incienso. La luz era tenue, pero, aún así, se dio cuenta de que el cuerpo de Mucalinda estaba más desmadejado todavía que el pasado atardecer. Se acercó muy despacio, sin ganas de ver lo que le esperaba, y comprobó que la cobra yacía sin vida. Se sintió de pronto tan sola, tan abatida. Parecía que todas las enseñanzas recibidas no habían servido para nada. Resonó en su mente lo que la abuela le repetía:
–El Despierto nos decía: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento no lo es. Es opcional. Podemos liberarnos del sufrimiento y liberar a los otros seres también”.
Sería cierto, pero ella ahora sentía una pena tan profunda…
Mientras tocaba suavemente la coronilla de Mucalinda comenzó a recitar entre lágrimas: “tayata om bekandse bekandse maha bekandse randsa samud gate soha. Tayata om bekandse…”.
Permaneció repitiendo el mantra y llorando en silencio casi todo el día. Al atardecer, transida de pena, se levantó y se dispuso a salir. Al darse la vuelta, de repente, se encontró con unos ojos pequeños y verdes que la observaban desde un rincón. Surgió un relámpago refulgente que invadió su conciencia. Con un destello reconoció a la abuela, al tigre, a Mucalinda, a… a ella misma. La Sabiduría y la Compasión la habían alcanzado. Sus ojos se abrieron a lo infinito, a lo inefable. Todo era igual, y todo había cambiado para siempre.
Se acercó unos pasos, se agachó y tomó al gatito dorado entre sus brazos.
Para Prema, que se empeña en buscarle la magia a todo, mientras yo juego a escondérsela.
Para mi madre, que siempre quiso que escribiese y a la que estoy segura de que este cuento le hubiese encantado.
Con una costumbre nada sana y nada original, me quejo cada vez más de las miserias de oficina, que, por mediocres y tristes que sean, consiguen en muchos casos socavar la alegría y hasta la paz de uno con cosas que, fuera de contexto, darían -y dan- entre risa y pena.
Sin embargo, hoy no quiero hablar de eso, porque ni merece el breve párrafo de más arriba. Hoy quiero hablar de todo lo contrario. En los trabajos, en las oficinas, a veces se dan unas confluencias personales, casi mágicas, que son una enorme fortuna para quienes las viven, sin darse casi cuenta del gran valor de lo que tienen hasta que no lo pierden -y esto lo digo por mí.
No me estoy refiriendo a los muy frecuentes asuntos que derivan en pareja -oficial o clandestina-, sino de pura amistad, complicidad, cariño y respeto, más allá de diferencias de personalidad, convicciones, creencias, etc.
Como nos identificamos tanto con nuestras opiniones y nuestras creencias, a veces -tantas y tantas veces- no somos capaces de desapegarnos de ellas y querernos y respetarnos mutuamente sin más, apreciando a los seres que tenemos cerca, con su luz y su sombra, que como nosotros también sienten y desean ser felices, apreciados y valorados.
Pues bien, como decía, a veces esto sí pasa. Sucede que dentro de un grupo de personas, que circunstancialmente y sin buscarlo, por cuestiones laborales, se han visto obligadas a compartir espacio y tiempo durante muchas horas al día, han optado por respetarse y quererse. Siendo esto lo mejor y lo más inteligente y sano, resulta que -como lamentablemente experimentamos tantas veces- es muy, pero que muy difícil y extraordinario.
Yo tengo la inmensa fortuna de haber formado parte durante años de una de esas islas en medio del océano tempestuoso y rugiente de una organización, la ONCE, donde el mar de fondo y las corrientes traicioneras arrastran y se llevan por delante en la inmensa mayoría de los casos lo mejor de quienes se acercan. Pero, como decía antes, hoy no quiero seguir por ahí, hoy corresponde dedicarle tiempo a la isla que logramos mantener juntos unas pocas personas durante años y que, aún hoy, ya separados físicamente, mantenemos todo lo que podemos, con cuidado y cariño.
Todo el tiempo, mientras escribo esto, me está viniendo a la mente la novela de Huxley, «La isla». Digamos que nosotros no podíamos llegar a tanto como los habitantes de aquella recreación utópica, pero éramos conscientes de la excepcionalidad y la delicadeza de nuestro núcleo, porque conocíamos bien donde estábamos inmersos, lo que había y hay alrededor. Yo era consciente cada día de que, como todo, aquello era impermanente y que, tarde o temprano, nos invadirían y nos dispersarían. No obstante, aunque suene cursi, pueden invadirte y dispersarte de los demás, siempre hasta cierto punto, y nosotros, partiendo de una verdadera amistad, de un verdadero cariño, hemos sido capaces de mantener ese núcleo.
Por otra parte, se habla también mucho y muy mal de los móviles, de las redes sociales, de los grupos que se forman para intercambiar mensajes, pero, como todo, las cosas tienen el valor que uno les dé en virtud de su uso. Nosotros, gracias a todo eso, de un modo u otro seguimos dándonos la señal de que «estamos ahí», sin que ello sustituya, por supuesto, el quedar y darnos un abrazo y reír juntos hasta no poder más, apreciando lo valiosa que es la vida y la amistad, que también hemos pasado momentos más que difíciles, algunos casi definitivos.
Hoy me he puesto a escribir esta entrada porque ayer precisamente fue uno de esos días de encuentro. Buena parte de los que constituíamos esa Isla nos reunimos para compartir unas horas. Comimos juntos, hicimos una larga sobremesa, y sentí, como otras veces, un profundo cariño y agradecimiento por estar ahí, por disfrutar del amor y el respeto de esos hombretones maravillosos. Digo esto porque tengo que señalar que, aunque en esa isla la única mujer que había no era yo, sí que el «núcleo duro» hoy lo constituyen ellos. Son los que tienen el mérito y la sensibilidad de conservarlo, cuidarlo y mantenerlo. Para que luego digan de los hombres…
Por eso mismo, tras la reunión de ayer, he sentido que necesitaba mostrarles mi cariño y mi gratitud al «Grupo Salvaje», convertido en «Grupo casi Salvaje», tras admitirme a mí. Aclaro que esto de «Grupo casi Salvaje» se refiere a la denominación en WhatsApp que tiene el ídem que constituimos los cinco comensales de ayer. La ocurrencia del nombre procede de que un día, caminando por la calle los cuatro hombretones juntos, otro compañero, peliculero él, les dijo que parecían el cinematográfico «Grupo Salvaje». Así que, con salero y buen humor, le dieron ese nombre a su grupo de WhatsApp. Pero, mira tú por dónde, después solicito yo humildemente mi inclusión en la congregación y… deciden que el grupo, con mi frágil presencia, ya resultaba menos «asalvajao», y le cambiaron el nombre.
Denominaciones aparte, lo maravilloso, lo excepcional de todo esto es lo que apuntaba antes: la capacidad de estos hombres de desapegarse de sus opiniones y convicciones anteponiendo la amistad y el valor humano que desbordan. Porque, sin pizca de exageración, cada uno de ellos tiene unos valores y un brillo particular que merece destacarse.
Por ejemplo, Higi es un hombre con tanta habilidad en sus grandes y prácticas manos, como en su gran corazón y su brillante ingenio. Sin miedo al ridículo y con desenvoltura, a cada paso se ríe de sí mismo y se pone en el punto de mira haciéndose el sencillote y encandilándonos con sus dobles sentidos presuntamente «involuntarios», pero llenos de inteligencia, de calidez y de bondad.
Y, puestos a hablar de sensibilidad, Paco es noble y leal sin alardes. De entrada tal vez distante, precisamente una descubre pronto que esa distancia es un límite necesario para su sensibilidad. Es tan entregado de corazón, que sabe lo vulnerable que eso resulta y, sin cáscara de protección, marca en su entorno una distancia de seguridad, que no es difícil de recorrer, porque su generosidad no pone pruebas infranqueables y su sensibilidad reconoce y valora la sinceridad y ternura con las que tanto se identifica.
Y luego está Pedro que nos dio un verdadero susto. Estuvimos a punto de perderle del todo y revivió y resurgió con fuerza y renovación mostrando que, a pesar de que para algunos poco observadores podrían haber pasado desapercibidas su firmeza y determinación, tiene de las dos a raudales. Es un hombre capaz de resurgir como un ave fénix e incorporarse a todo y arrastrar a todos con fuerza, con inteligencia y con amor a la vida. Como el resto, ingenioso y con sentido del humor, está alerta de cada detalle y lo incorpora a ágilmente al conjunto, como el solista que se arranca en mitad de la jam sesion.
Y Fernando, que acaba de darnos una alegría «entrañable»… ¡Es el que más riñones tiene de todos nosotros! Es un hombre bueno, noble y con una calidez humana que reconforta siempre. Tiene la facultad de limar las discordias y perdonar con amor. Es un ejemplo de paciencia y de cuidado hacia los demás. Una persona que, a pesar de tener todas las bazas para jugar a víctima, ni se ha acercado a ese papel. como dice un amigo mío, «cada uno da lo que tiene». Es decir, quien da miedo es porque lo tiene; quien da pena, lo mismo, y quien da alegría y amor como Fernando, es porque lo tiene y porque sabe que esas cosas, cuanto más se regalan, más se multiplican. Fernando es sabiduría y compasión -como se dice en el budismo de los bodhisatvas- cultivadas cada día con la determinación de compartirlas.
Así que… ¡muchas gracias, amigos!
Os quiero.
No es por dármelas, pero llevo cientos de horas de Enseñanzas budistas escuchadas, a lamas, a laicos, a monjes; y ni sé las páginas sobre este asunto que he leído en libros, revistas, apuntes de cursos, sitios web… Pues, con todo y eso, y sin falsa modestia –esta es otra más de las virtudes que no me adornan-, puedo decir tranquilamente que no soy una experta, pero que me he ido enterando de aspectos básicos de la filosofía, la fenomenología y la psicología budistas, a veces “a pesar de” quien impartía estas Enseñanzas y las más de las veces gracias a ellos, porque los conceptos que se manejan en ellas son casi siempre muy, pero que muy escurridizos, cuando no directamente inalcanzables sin un gran esfuerzo. En resumen: un lío.
Pero, como servidora es muy lanzada, hoy le voy a dedicar un ratito al Karma, que está en boca y en texto de mucha gente y muy poca sabe realmente de qué va. A la pobre palabra “karma”, le pasa como a “estrés”, “fluir”, “depresión”, “patético”, que se ponen de moda, se usan y se manosean, y acaban por convertirse en un trapito multiusos de color ”panzaburro” , que podría ser cualquier cosa, desde un trozo de camiseta vieja hasta una pernera de pantalón de pijama desechado.
Amo las palabras y me gusta cuidar de ellas porque no sólo son un medio de comunicación básico, sino que además son un bien cultural que nos pertenece, sean del idioma que sean. Los seres humanos somos tales por las palabras, pensadas o dichas, escritas en papel, brillando en la pantalla del ordenador, rozando los dedos en forma de puntos o dibujadas en silencio en el aire. Los humanos somos palabras, “non solum, sed etiam”, pero, sin ellas, seríamos otra cosa; no sé si mejor o peor, pero, sin duda, seres distintos de lo que ahora somos. Precisamente por esto que acabo de explicar, me sienta como un tiro el mal uso de las palabras, su manoseo indecente, su vulgarización impúdica sin respeto por su forma y su contenido. Reconozco que son algo vivo, algo en uso y, por tanto, algo en perpetua evolución y transformación, pero de eso a desvirtuarlas sin más hay un buen trecho. Si cuidamos las palabras, a la vez, cuidamos el pensamiento que soportan y que trasmiten, y es importante saber cómo y qué nos decimos a nosotros mismos y qué decimos a los demás y de qué manera lo hacemos; qué denotan los términos que usamos y, especialmente, que connotan, porque eso es lo que se queda clavado bajo la piel y se mete en lo más profundo de nuestra mente, en muchos casos jugándonos malas pasadas. Las palabras pueden ser como las armas: “las carga el diablo” y hay que manejarlas con sumo cuidado.
Pero no quiero hoy enrollarme hablando de las palabras en general, sino en concreto de la palabra “Karma” y su significado dentro de la filosofía budista.
“Karma” es una palabra sánscrita que significa “acción”, procede de la raíz “kri”, que es “hacer”. Conque la primera cosa que tenemos que saber es que “karma” no significa ni destino, ni predestinación, ni pecado ni zarandajas varias. Eso tan en uso de “es tu karma”, como “es tu sino” o “tu destino fatal”, no tiene nada de budista y, si me apuran, tampoco de hinduista, aunque esté más cerca. Es una mandanga bastante simplista, que sospecho que procede de las mezcolanzas de los movimientos “New Age”, que son un bodrio en el sentido más estricto de la palabra (y remito al DRAE, que lo explica muy requetebién).
Pero, bueno, antes de entrar en la versión budista del karma, así por encima, repasamos la hinduista, ya que al fin y al cabo el concepto surge ahí. Para el hinduismo el karma es el conjunto de acciones que realiza un ser a lo largo de su vida. Estas acciones quedan grabadas en el “libro de la vida” y, a la muerte del sujeto, hay un dios que juzga severamente todo lo que figura en este libro de registro, y ahí no falta ni la más mínima acción realizada (¡Menudo curre para los que tengan que llevar al día las entradas!). Obsérbese que estamos ante una creencia que incluye una inteligencia sobrenatural que juzga estos hechos y que es susceptible de ser influida en su decreto final, por tanto, podría ser útil interceder ante ella. Téngase también en cuenta que, una vez juzgado el sujeto, se le adjudica un renacimiento de acuerdo con lo sentenciado, y eso se convierte en destino escrito y merecido. Es importante fijarse en esto porque socialmente tiene gran repercusión. Es decir, a partir de esta premisa el sistema de castas no es que sea justo, es que es el no va más de la justicia: te toca paria, pues algo habrás hecho y te fastidias. No hay lugar para la reivindicación ni para la rebeldía. ¡Haber sido buenos en otra vida, ahora a apechugar!
Pero llega nuestro Buddha Sakyamuni y “manda parar” (en sentido figurado, se entiende), y dice que no, que ni hablar de la historia esa. “Buddha”, que significa “el despierto”, no es un dios sino un hombre realizado que, tras mucha búsqueda y mucha meditación ha encontrado la solución a los problemas primordiales de la humanidad y decide compartirla. Surgen así sus Enseñanzas a partir de “Las Cuatro Nobles Verdades”. No puedo detenerme mucho en ellas sin enrollarme demasiado y, además, creo que no hace falta, porque son de muy fácil consulta, sólo destaco que son de carácter universal, es decir, afectan a todos los seres sintientes: todos sufrimos, todos deseamos no sufrir, todos los sufrimientos tienen una causa y, por tanto, pueden cesar, y -¡la buena noticia!- hay un modo de conseguirlo.
Volviendo a nuestro asunto, Buddha descubre que esta ley del karma, esta ley de la acción, es también una ley de causa y efecto, ya que todas las acciones implican ambas cosas. Desde un punto de vista natural, cualquier fenómeno cumple estos requisitos. Por ejemplo, una semilla es el efecto de un fruto y la causa de una planta. Entonces, ¿una semilla tiene karma? Pues no, para que haya karma tiene que haber intención y, cuanta más de esta intención tenga un acto, más karma acumula. Por ejemplo, si a uno se le cae una semilla de tomate y surge una tomatera, la carga kármica de esa acción no es la misma que si uno siembra conscientemente sus tomates, los riega y los cuida. Igual que es distinto el valor del karma que uno acumula si mata a un gato sin querer, atropellándolo en una carretera oscura, que si se dedica a divertirse ahorcando galgos y haciéndose fotos inmortalizando la “heroicidad”. En resumen: lo que diferencia al karma de la ley natural es el factor de la intencionalidad.
Sin embargo, a diferencia del karma hinduista, aquí no hay ningún ser supremo, ninguna inteligencia superior rigiendo todo esto. El budismo no es teísta. No hay nada que no tenga una causa, por tanto tampoco hay un dios creador e increado, así que no hay nadie ante el que se pueda interceder para el perdón de las meteduras de pata existenciales. En el budismo, la ley de causa y efecto sumada a la intencionalidad, esto es, la ley del karma, se cumple como tal por si misma y no precisa de ningún tipo de dirección. Por otra parte, las causas maduran en efectos según las circunstancias, o lo que más propiamente se denominan en la fenomenología budista “causas y condiciones».
Digamos entonces que todos los actos intencionados generan un karma que entiendo como la fuerza magnética que atrae el siguiente acto. Por tanto, el individuo sí participa e interviene en su futuro, no es un mero objeto pasivo del “karma que le ha tocado”, sino que puede y debe intervenir activa y conscientemente para influir en la maduración de las semillas kármicas que ha ido generando. Así pues, no hay un ser permanente, un alma que salta de cuerpo en cuerpo y de vida en vida según se haya uno portado y según dicte un dios, sino que nuestro continuo mental va evolucionando, creándose en su presente y su futuro de acuerdo con todas las causas y condiciones que discurren en el universo.
Por esta razón, en cuanto al futuro, la astrología y los oráculos de la tradición budista observan tendencias, pero nunca predicciones exactas. El universo está en un fluir constante e impermanente. Además, nadie tiene derecho a juzgar a nadie en el sentido en que lo hace el hinduismo. De ahí que el Buddha aceptara a gente de cualquier casta como discípulos, incluso a las personas más perseguidas y desprestigiadas, porque todos los seres son susceptibles de despertar, de convertirse en buddhas. Si esto no fuera posible por la propia voluntad, si uno no pudiera “gestionar” sus actos, no tendría sentido observarlos, cuidarlos, sino sólo el dejarse llevar.
Y, para finalizar, con respecto a este asunto, voy a contar una historia de las muchas que se atribuyen a Buddha Sakyamuni, que ilustra muy bien todo lo que he intentado explicar brevemente.
En una ocasión un hombre joven andaba buscando la ayuda de un gran maestro porque, tras la muerte de su padre, estaba preocupado por la reencarnación que le correspondería a este. El hijo era consciente de que su padre no había sido nada bueno y que tenía todas las papeletas para que le tocase oxiuro, como mucho, y quería ver cómo podía remediarlo. Algunas personas le aconsejaron que fuese a ver a Buddha Sakyamuni, que era muy “apañao” y daba muy buenas soluciones.
El hombre se encaminó en su búsqueda, lo encontró y le contó el problema. Nuestro Buddha se ofreció a ayudarle, pero tal vez no como el demandante esperaba.
El maestro le pidió que fuese con él al río al día siguiente y que llevase consigo una tinaja de barro llena de piedras y otra llena de aceite. El muchacho se puso muy contento y pensó que el asunto tenía buena pinta. Así que al día siguiente se presentó en el lugar acordado trayendo el encargo. Buddha le esperaba allí. Y le pidió que rompiese la tinaja de las piedras y las tirase al río. A continuación le dijo que hiciese lo mismo con la del aceite y, cuando las piedras estaban en el fondo y el aceite flotando, Buddha dijo al joven:
–Ahora ve a buscar a los brahmanes y diles que recen para que el aceite se hunda y las piedras floten.
El muchacho se quedó desconcertado –“¿Lo quéee?”- y le dijo que eso era imposible.
–Pues bien –dijo Buddha-, lo mismo sucede con tu padre. La naturaleza de sus acciones madurará de acuerdo a la ley del karma y eso nadie puede transformarlo –vamos, que no lo cambia ni dios, nunca mejor dicho.
Bueno, espero que estas palabras puedan servir para dar luz a la mente de quien las lea y a la mía propia al escribirlas, para beneficio de todos los seres (hasta de los que no me gustan ni un pelo).
Esto no llega ni a la categoría de receta, de puro sencillo de hacer, pero lo pongo porque, la verdad, sale muy rico y se puede quedar bien con poco esfuerzo, presentando una bandeja de hojaldritos crujientes.
Los ingredientes son:
1 base de hojaldre (del que venden refrigerado en cualquier supermercado).
2 cucharadas de miel bien llenas.
1 cucharada colmada de chocolate en polvo para hacer a la taza.
1 chupito de licor de café.
1 buen montón de semillas de sésamo crudo.
1 montoncito de arándanos.
… Y ¡A ello!:
En un plato hondo se mete el licor de café en el microhondas a toda potencia unos 30 segundos.
Al licor caliente se le añade la miel y el chocolate y se remueve bien para que quede una salsa uniforme.
En otro plato hondo se colocan las semillas de sésamo, y ambos se dejan cerca el uno del otro y, a su vez cerca de la bandeja del horno.
Extendemos la masa de hojaldre y, con un vaso de agua, vamos cortando discos, que rebozamos por ambos lados en la salsa y por uno solo en el sésamo.
A medida que se van rebozando los círculos, se colocan con las semillas hacia arriba en la bandeja del horno,, bien engrasada, bien cubierta con el papel de hornear que trae la propia masa, bien sobre una bandeja de silicona.
Una vez cortados todos los discos posibles, con los restos de masa podemos formar pequeñas cañitas que rellenaremos con arándanos y rebozaremos también con la salsa y las semillas.
Metemos la bandeja al horno precalentado a 180 grados durante 15 minutos. Pasado este tiempo, con el horno ya apagado, los dejamos tres minutos más y ¡ya tenemos hojaldritos crujientes para merendar!
Hay cosas que no se las dice uno ni a sí mismo, porque creemos que es mejor así, que si cerramos los ojos y nos tapamos los oídos dejarán de existir. Eso es lo que le pasa de entrada a Kino, el personaje protagonista del cuento del mismo nombre, incluido en «Hombres sin mujeres» de Haruki Murakami.
Kino se queda helado cuando un día llega antes de tiempo de un viaje de trabajo y descubre, al abrir la puerta de su habitación, a su mujer y su amigo allí juntos. Digo que se queda helado porque realmente parece ser así. El espacio cálido y acogedor donde guardaba su corazón, su kokoro, dicho en términos japoneses, queda desierto cuando ese kokoro se le hiela, o se le seca, casi sin que él se dé cuenta, anestesiando así el dolor, creyendo dar esquinazo al sufrimiento. Kino reacciona como si nada, casi como si aquello ni fuese del todo con él. Como única iniciativa da la espalda a su vida anterior: deja su casa y el trabajo con el que se sentía a gusto y acepta la propuesta de su tía de hacerse cargo de la cafetería que ella llevaba hasta que los achaques se lo impidieron.
En un tranquilo rincón del bullicioso Tokio, junto a un sauce centenario, la tía de Kino tenía una casita cuya primera planta había convertido en cafetería y la segunda en vivienda. Kino transformó el negocio y lo puso a su gusto, de acuerdo con el espacio cálido y acogedor donde albergaba antes su corazón. Luces suaves, comida ligera, jazz elegante reproducido en decadentes vinilos… Kino reproducía allí su espacio ideal para estar bien, sin importarle demasiado si alguien se acercaba a compartirlo. En todo caso era un lugar especial y acogedor, así que alguien llegaría tarde o temprano.
Y así fue. Y eso es lo que da a «Kino» un aire de realismo mágico impregnado de shinto.
Primero se ovilla en una balda combada la gata gris que le abre la puerta al mundo de afuera y que él siente como protectora. A partir de ahí, los personajes que llegan al garito de Kino vienen atraídos por ese espacio donde esconder sus corazones. son seres ambivalentes que guardan sus Kokoro en lugares especiales como aquel, que él a construido como una cálida y protegida madriguera, donde falta un corazón: el suyo.
Pero, para mí, hay un personaje todavía más importante, el que marca el eje de la trama, el que da la clave de lo que está sucediendo por debajo de la realidad más evidente,: Kamita. «Kami-Ta», De «Dios» y «arrozal», tal y como insiste él mismo al nombrarse, se comporta como un kami protector, con las limitaciones propias de los kami, porque estos, por mucho que traduzcamos la palabra como «dios», no equivalen a ese concepto nuestro tan grandilocuente de «ser todo poderoso». Kamita no es así. No puede ser así. Aparenta ser un hombre joven, pero tiene la templanza y la serenidad de un centenario… ¿Tal vez como el sauce del jardín que vigila la casa? ¿Tal vez por eso lleva mucho tiempo viviendo en ese barrio? Puede ser que la sabia tía de Kino pidiera al kami protector de la casa que vigilara a su desvalido y triste sobrino. es posible también que este protector se viera obligado a convertir en serpientes a esos seres, ambivalentes como ellas, que querían ocupar y esconder sus corazones en la acogedora y recoleta madriguera de Kino, como peligrosos parásitos emocionales.
No pretendo desbaratar el extrañamiento shinto que impregna estas páginas con una interpretación crítica, sino aportar una lectura que dé quizá una dimensión al cuento más allá de la trama tan prototípicamente Murakami que en principio tiene. Aunque, bien pensado, ¿se puede encontrar algún relato, alguna novela de Murakami donde no exista este extrañamiento?
Tengo que confesar que me gusta abrazar y sentir los árboles. Creo que tienen emociones, memoria e inteligencia, y yo así lo siento. Tal vez por eso me he enamorado de Kamita, de su presencia vigilante y silenciosa, protectora y mágica, que invita a recogerse entre sus ramas, esconderse y dejarse acariciar delicadamente por sus hojas mecidas por la brisa. Siempre me han gustado los sauces, precisamente por ese aire un poco melancólico de sus ramas, que se inclinan hasta el suelo con delicadeza y languidez. Ese mismo aire que tiene Kamita, con su larga gabardina, su whisky y su grueso libro, sentado en el último rincón de la barra, bajo el tiro de la escalera, recogido en sí mismo, como las ramas del propio sauce.
Sin embargo, nada puede evitar que Kino tenga que enfrentarse a su vacío. Kamita solo puede avisarle de que se vaya, de que huya antes del próximo aguacero, porque él ya no podrá evitar… ¿qué? ¿Que un corazón de un ser ambivalente como la joven masoquista anide en su pecho vacío?…
No se sabe, pero se presiente, y Kino comprende que Kamita tiene razón y sí huye, aunque eso no evite que tenga que enfrentarse al desafío de llenar de nuevo su pecho con su propio corazón, palpitante de dolor, enfrentándose al sufrimiento.
Por eso, al final, no vale la pena engañarse: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, sobre todo si un Kamita nos vigila, nos protege y podemos sumergirnos en la calmante y misteriosa penumbra de sus verdes ramas lánguidamente acariciadoras.
Las calles de la alfama son un sueño, un sueño apacible de tarde de octubre. Tienen una luz espectral, como si se estuvieran apareciendo a medida que se penetra en ellas. ¿descienden? ¿Ascienden? Morería, el Castillo, el tranvía… peldaños grises y fachadas desgastadas y oscuras, ventanas sin alféizar, esquinas sombrías, todo es un sueño melancólico. Se flota entre la humedad y los espectros, y parece que no puede haber otra vida que no sea esa: la de ser una sombra paseando por la Alfama, sin pasiones, sin recuerdos, sin deseos… sólo una sombra en un laberinto de luz acuosa.
Aunque parezca que estoy aquí, sentada en un rincón de la realidad, ante una mesa de trabajo, en una oficina, no es verdad. Esta mañana no es por la mañana, es la caída de la tarde, y estoy caminando por la Alfama, subiendo hacia Rua do Limoeiro, camino de A Cabasinha. Ahora sí, sentada, pero en una mesa muy vieja, sintiendo el olor a bodega y a años de fados; y escucho a Julia lanzarlos al aire arrancándolos desde la tierra o desde las nubes; y alguno me cae de lleno a mí, en el centro del pecho; y mi sombra es entonces un reflejo incandescente de algún luminoso recuerdo.
https://www.youtube.com/watch?v=-CkVSz2uFVI
Rama escondida:
¿Son cómplices las hojas?
Ardilla quieta.
¿Cómo contarlo sin que suene tópico o sensiblero? No lo sé.
Esta mañana al entrar en el vagón del metro había un tufo terrible. Esa mezcla entre sudor, otros flujos corporales, cóctel de desechos y auténtica mugre de ropa que no ha visto el agua desde el diluvio universal. Soy muy sensible a los olores y bastante sibarita en lo que se refiere a los aromas personales y del ambiente, así que por un instante pensé en apartarme lo más lejos posible. Pero fue solo un microinstante.
Entretanto, en esos segundos, la persona que emitía esas señales tan inequívocas se ha levantado para cederme el asiento. Era un hombre con acento de más allá del estrecho de Gibraltar. Yo he declinado su ofrecimiento con una sonrisa y he permanecido en pie al lado de la puerta y al suyo.
¿Por qué no me he retirado ni siquiera al otro lado de la puerta? Pues, la verdad, porque me ha invadido un sentimiento -o un pensamiento- de compasión. No de pena ni de conmiseración, sino de compasión, de empatía. he sentido que ese era el olor de la pobreza, de la marginación, del sufrimiento y de la exclusión, de todas esas cosas que muchos decimos que hay que combatir, porque realmente creemos que es así: “pero, por favor, no a mi lado”.
Tal vez hace unos meses -o semanas, u horas, o días- yo hubiese huido de ese olor ácido y penetrante, que hasta me estaba revolviendo un poco las tripas. Pero hoy no. Hoy he sentido que lo primero que tenía que hacer, que lo menos que debía hacer era permanecer allí, compartiendo esa realidad. Una realidad que, solo de pensarla, sí que debería revolvernos a todos las tripas.
Me ha venido a la cabeza enseguida el padre Ángel y su iglesia en la calle Hortaleza, abierta día y noche para la gente que no tiene dónde ir. Cuando me enteré hace unos meses de su existencia, pensé que estaría bien apoyarles, incluso trabajar con ellos en la medida de mis posibilidades. Y esta mañana, percibiendo ese tufo, que clamaba como un grito de auxilio, me di cuenta de que hace falta mucho valor y fuerza para compartir el sufrimiento y el penetrante olor de la pobreza y la exclusión. Se puede colaborar con quienes trabajan directamente para cambiar esta realidad, pero tal vez también habría que sentirla y abrazarla con respeto y amor.
Todo esto quizá suene sensiblero, pero no sé explicarlo mejor. No me he sentido ni mejor ni más buena por quedarme ahí de pie, sería una estupidez, pero sí que, gracias a ese hombre que estaba a mi lado, esta mañana también he comprendido o, mejor dicho, he asimilado de corazón qué es la compasión. He experimentado que, si realmente quiero estar en el camino del Bodhisatva, si quiero implicarme de verdad en la tarea de librar del sufrimiento a todos los seres, tengo que ser capaz de impregnarme de él, de su penetrante olor, sin miedo ni aversión.
Hoy tengo que dar las gracias a ese hombre porque me ha hecho sentir y comprender Enseñanzas leídas y recibidas durante años. El olor del sufrimiento esta mañana ha sido para mí más precioso que un Lorenzo Villoresi o que una varita de delicado sakura.
Una vez más he comprobado que el Buddha y todos los grandes maestros llevan razón: el despertar a la realidad última, a la comprensión, surge de manera inesperada y espontánea cuando nuestra mente está dispuesta a experimentarlo. ¿Quién iba a decirme que una de las cosas que más me repelen iba a ser hoy para mí un atisbo de claridad, una revelación?
Gracias a quién quiera que seas y ojalá te libres del sufrimiento y de sus causas, que alcances la felicidad y sus causas y que permanezcas en ella libre de apegos y aversión.
El viento os llama
Grises nubes viajeras.
Brilla el asfalto.
Ahí queda este haiku, que compuse en la «noche de los tiempos» y que parece que viene hoy al pelo, en este día lluvioso de invierno, más propio de otoño.
A veces los labios y las lenguas dicen mucho más sin pronunciar una sola palabra que en horas de discurso.
A veces las manos leen poemas en la piel de otra persona, sin sujetarse a medidas ni a ritmos rigurosos, solo con la cadencia de una larga caricia que los va componiendo en una danza tan bella como estremecedora.
A veces la prosa de la vida suena con una métrica armoniosa, y no se sabe de dónde nace ni quién la compone. El misterio, tan vertiginoso como atrayente, ilumina los rincones olvidados, donde parecía que ya no había nada, que ya no podía haber nada…
*****
Es una triste gracia, pero así es. Resulta que, cuando una está bien, la creatividad se viene abajo.
Bueno, tal vez digo mal lo que digo, no es que la creatividad se venga abajo, es que no necesito desahogarme o perderme escribiendo, porque estoy bien donde estoy. Como mucho compongo algún haiku y, cuando me da el remordimiento, repaso lo escrito, de ahí estas líneas que acabo de publicar, que dios sabrá cuándo las escribí, seguramente que en un momento de mi vida de cuyo año no quiero acordarme.
En todo caso, por enésima vez, voy a ver si vuelvo a ponerme a escribir periódicamente, que me sienta bien y no hago daño a nadie, porque, publicado o no, estas líneas apenas nadie las lee (y no me parece mal). Aún así, me tomo tan en serio lo de escribir y publicarlo aquí, que, por quererlo hacer muy bien, a veces ni lo hago.
La perfección es algo que puede convertirse en un auténtico obstáculo si, en vez de considerarse una aspiración o una tendencia, se convierte en un objetivo, de todo punto imposible.
No sé dónde leí que Antonio Machado decía algo parecido a esto: hay una tercera opción entre hacer las cosas bien o hacerlas mal: no hacerlas. Si realmente dijo esto, me parece una memez, dicho sea con el debido respeto hacia el poeta, porque hasta hacer algo bien hay que hacerlo mal unas cuantas veces. Y, además, ¿Cuándo algo está completa e indiscutiblemente bien?
No voy a comprobar la cita, porque no me apetece. Es una de esas cosas que se me hacen muy pesadas cada vez que me pongo a escribir y menciono algo. Este afán mío por la concreción y la veracidad. Son cosas que realmente están muy bien, pero más de una vez me han hecho perder el hilo y el fuelle de lo que estaba escribiendo. Así que esta vez, si resulta que Antonio Machado no dijo eso, pues para quien lo haya dicho o pensado, para ese va mi observación.
Llamas domadas
vibran dentro del hogar.
Fuera la noche.
Este haiku está dedicado a aquellos que pueden disfrutar de ese enorme placer de tener una chimenea en casa, leer frente a ella, meditar junto al fuego…
El fuego que es metáfora de tantas cosas: las llamas que, contenidas, dan luz calor y bienestar, pero que, desatadas, son destructivas, devastadoras. Así que es preciso contenerlas y, al mismo tiempo, dejarles espacio para ser, alimentarlas y darles oxígeno, pero no tanto como para que nos roben el nuestro.
El fuego vital también es así, magnífico y deslumbrante, fuente de alegría y entusiasmo. Pero, si se desmanda, si se sale del hogar que hemos preparado para él, puede consumirnos a nosotros y a lo que más queremos.
Hay pues que cuidar de que el fuego no se apague y de que se mantenga en sus límites, en nuestros límites.
… y “fuera la noche”. Fuera el frío, lo desconocido, el misterio… ¿Fuera quién sabe qué puede haber?… Seguramente otros hogares, otros fuegos, que no son más que manifestaciones de un solo fuego que nunca es el mismo, que se crea y se consume a cada segundo.
Siempre el contraste, la luz y la sombra, el calor y el frío es lo que hace que una chimenea encendida en un atardecer de invierno pueda ser mucho más que eso, siendo nada más que eso.
charla AESE (espiritualidad, humor y miedo)
En noviembre de 2009 Laura Arrache me invitó a dar una charla-taller en AESE (Asociación Española de Sanadores Espirituales) que trataba sobre el asunto de la relación entre el humor, el miedo y la espiritualidad.
Adjunto aquí el texto en el que me basé para mi exposición, que tuvo una muy buena acogida por parte del público asistente, que entró al trapo con preguntas, observaciones, debates, hasta el punto de que nos tuvieron que pedir que nos fuésemos porque había otra actividad después en esa misma sala.
He hablado otras muchas veces en público, pero esta es en la que me sentí mejor, más en comunicación con quienes tenía delante, tal vez porque estaba hablando de mis ideas y no sobre temas impuestos, como casi siempre que me he visto en esas, especialmente por motivos de trabajo.