Tímida drusa
guarda un tesoro puro.
Corazón de luz
se muestra, e ilumina.
¡Deslumbrante grandeza!
En un revoltijo como el que hay en el cajón de mi almohada no podían faltar los «pinitos poéticos», la mayoría de ellos en forma de haiku o tanka.
De momento hoy va el de la drusa con su color y sus luces violeta, porque, precisamente cuando estaba yo en estas revisiones «arqueológicas» y de limpieza doméstica, me encontré por la casa mi drusa de amatista, bastante sucia, por cierto. Tras darle un buen fregado y ponerla a cargarse de fotones al sol del balcón, ha pasado a tener un lugar de poderío en el salón.
Hace una barbaridad de tiempo que no dedico ni un minuto a escribir.
Podríamos decir que he estado en «hibernación» -y no estoy muy segura de haber salido del todo de ella, por cierto-. En todo caso, como de todos los procesos, se sale con ciertas modificaciones más o menos notables. En este caso el asunto es que me ha dado por la repostería.
Siempre había yo renegado de la cocina y del horno en particular, pero, de unas semanas acá, lo he encendido más veces de las que lo había hecho en los casi seis años que llevo viviendo en esta casa.
Hasta el momento he hecho bizcochos de un montón de variedades: chocolate, licor de café, absenta, azahar, queso camembert y mantequilla salada… También he horneado cruasanes rellenos de chocolate y arándanos y magdalenas de vainilla. Me resulta increíble, pero todo me ha salido muy rico desde el primer momento, a pesar de mi inexperiencia.
Creo que la última vez que hice un bizcocho tendría yo unos 18 años. Se trataba de una especie de tarta-bizcocho de chocolate que hacía siempre para los cumpleaños de mis amigos y los míos propios. De pinta aquellas tartas resultaban impresentables, pero los hechos eran de chuparse los dedos.
Ahora, por alguna razón alojada más allá de mi comprensión consciente, me ha vuelto a dar por la repostería, pero con más dedicación y mejores resultados, hasta el punto de que la batidora ha cascado del sobreuso y he tenido que hacerme con una amasadora.
En siguientes entregas iré explicando mis recetas, para que no se me olviden.
Pues sigamos con la tercera entrega de la saga familiar: Concha era muy guapa y muy lista. Demasiado guapa y demasiado lista para enamorarse de un obrerete y casarse con él. Concha aspiraba a más, porque sabía que podía. Y pudo (en esta foto sus rasgos no dejan lugar a duda acerca de su carácter).
De letras
¿Quién sabe cómo conoció a Zacarías, el secretario del ayuntamiento de Fuenlabrada? Por cierto, también letrado como el bisabuelo catalán, que debe de ser que había tantos como ahora o más.
De Zacarías sé más bien poco, y lo que sé, la verdad, no le deja en muy buen lugar. Yo no lo conocí porque lo fusilaron al estallar la Guerra Civil, en Paracuellos del Jarama. Ahí murieron muchos falangistas (y otros muchos más que no lo eran, y esto, a día de hoy, es un asunto pendiente), entre ellos él. Al parecer era un señalado activista de ese partido, posiblemente amigo personal de José Antonio Primo de ribera.
De su talante personal, como decía, sé poco, pero hay alguna anécdota que resulta significativa. Por ejemplo, el día de su boda con Concha, pasada la ceremonia, cuentan que apartó a un lado a sus invitados y a otro a los de su recién casada, y se llevó al combite solo a los suyos. ¿Por qué? Ahora ya nadie puede saberlo.
Además Zacarías era propietario de gran parte de las tierras de Fuenlabrada y eso difícilmente genera simpatías. Tal vez eso fue una de las cosas que le pasaron factura. El odio y el resentimiento de quienes alguna vez se vieron o creyeron verse humillados por él.
Mi ideología siempre me hizo sentirme muy lejos de ese hombre. Además, la expresión de su rostro en la fotografía ovalada que mi abuela tenía colgada en la pared de una tétrica habitación interior, no contribuía mucho a despertar simpatías en la niña que era yo cuando la observaba. Aunque su fisonomía era –y aún es- muy parecida a la de mi padre y, por tanto, tal vez a la mía; su mirada y sus ojos no tenían la simpatía y la nobleza de los de mi padre. Sin duda alguna, por doloroso que haya sido para éste criarse sin su padre -lo fusilaron cuando él sólo tenía seis años-, ese dolor no lo convirtió en una persona resentida y violenta, sino en un hombre solidario, generoso y compasivo ante el sufrimiento ajeno, dispuesto siempre a ponerse en funcionamiento para ayudar a cualquiera que lo precise.
Seguramente porque el abuelo Zacarías es de quien menos sé y siempre he tenido afanes investigadores, desde hace tiempo intento buscar cosas sobre él. Aunque de momento es poco lo que he hayado, sí que he visto que más de una vez dio la cara para defender sus principios, aun a costa de ser multado y suspendido en sus funciones de secretario del ayuntamiento.
Todo esto me ha llevado a pensar en lo terrible que tiene que ser verse ante un pelotón de fusilamiento o, peor aún, arrastrado a empellones hasta caer fulminado a tiros. Muchas veces he intentado imaginarlo, y realmente he sentido horror y compasión por ese hombre, por mi abuelo, que se vio -como tantos otros- en un trance final tan terrible. La ley del Karma es ineludible: a cada causa, tarde o temprano, le sigue un efecto; y quién sabe ahora donde andarán los eslabones de esa cadena de sufrimiento y humillación. Lo que sí es cierto es que aún sigue vivo uno de sus responsables principales, Santiago Carrillo, y creo que va a morir sin sentarse ante el banquillo de los acusados. No son tiempos de recordar los desmanes de algunos. La memoria histórica de este país siempre ha tenido tendencia a la amnesia parcial e interesada, antes por unas cosas y ahora por otras.
Volviendo al pasado, de sus padres, es decir, mis bisabuelos Por la rama paterna apenas sé nada. Solo tengo nebulosas noticias de la madre de Zacarías, que, según dicen, era enjuta y fea, además de bastante «bicho». Mi tía Loli –la pobre- tuvo la mala fortuna de salir a ella en algunas cosillas. Es de imaginar que a su madre no le gustaba nada ver a la réplica de su “adorada” suegra cada vez que la miraba, pero esto no justifica el dominio tiránico al que la sometió durante toda su vida, e incluso más allá de la muerte. Porque mi tía, a día de hoy, y casi treinta años después de la muerte de su madre, no se ha atrevido a mover nada de lo que aquella tenía y utilizaba. Incluso la máquina de coser, que mi tía no sabe usar, sigue en su casa y abierta, esperando no sé qué, que da escalofríos sólo de pensarlo.
Volviendo al abuelo Zacarías y dejando en paz a la pobre tía Loli, aparte de las ideologías y de los cuartos, Zacarías tenía bastante buena planta. En un retrato de juventud se le ve muy apuesto, con aire de dandy: pelo claro, pecoso, bigotón al uso y corbata de lazo con el cuello duro. Un auténtico señorito y, como tal, ejercía de tarambana. Desaparecía durante días con los compañeros de francachela, se largaban en coche a no se sabe dónde y, en fin, no hace falta ser muy imaginativo para sospecharlo… Como otros muchos jóvenes de la época, la mayoría universitarios y de familias acomodadas, se vio seducido por la magnética personalidad de José Antonio Primo de Rivera, personaje que no dejaba indiferente a nadie.
Sea como sea, hay pocas imágenes guardadas del abuelo Zacarías, pero una de las últimas lo muestra en una mesa de restaurante, ya mayor, ya engordado, menos glamuroso y rodeado de otra serie de señores, que ninguna pinta tenían de jóvenes alegres y despreocupados. Poco más puedo contar de él, aunque me gustaría, y tal vez en algún momento lo logre.
De trapos
Vuelvo con Concha, cuya vida parece el guion de una serie televisiva ambientada en la posguerra. Nos quedamos en que se casa con Zacarías, se van a vivir a Fuenlabrada y, ni son felices, ni comen perdices (o, a lo mejor, lo de las perdices sí que fue cierto e incluso también lo de la felicidad… vaya usted a saber). La cosa es que Concha se queda viuda con treinta y seis años y con cuatro hijos, que le quedaron vivos tras perder otros ocho. Es cierto que vivían muy bien, que también tenían casa en Madrid, en la calle de Canarias, que a cada crío se le ponía un ama del pueblo y todo lo que se quiera; pero, aún así, la mortalidad infantil evidentemente era elevada. Y, con lo que pasó después, ¡menos mal que concha no tenía doce hijos que sacar adelante ella sola!
Estigmatizada por ser viuda de falangista, viviendo la guerra en Lavapiés, en Madrid, que era el eje de la resistencia republicana, habiendo tenido que salir huyendo de un pueblo donde nunca se sintió acogida y que la rechazó abiertamente esa vez y otras muchas más a lo largo de los años siguientes, tuvo que buscarse la vida y buscársela a sus hijos, que, para el caso, era lo mismo.
Concha cosía bien, había trabajado como modista antes de casarse. Y en el pueblo, para no aburrirse, había montado un taller de costura en el que se atendía a las fuenlabreñas con pretensiones de elegancia y “glamour”, con diseños y tejidos traídos desde la city por la esposa del señor secretario, tan guapa, tan elegante ella. Mi abuela -estoy segura de que en su fuero interno las despreciaba- pensaba que eran ordinarias y paletas. Aunque hoy Fuenlabrada casi sea un barrio de Madrid (y que me perdonen los fuenlabreños independentistas), entonces parecía más bien un pueblucho manchego, feo, con gente tacaña y bruta, a los que los vecinos de otros llamaban “los de la viga atravesá”. Y ellos mismos se decían:
“la gente de Fuenlabrá
de raro no tiene na
salvo lo burros que son”.
… De lo más seductor. Concretamente a la familia de mi abuelo les llamaban los “bodegones”, porque comían como bestias (yo no he salido a esa rama). Un pariente de mi padre, el tío Juanito (del que siempre se habla muy bien, del que se dice que era “tan bruto como buena persona”) se comió no sé cuántas docenas de huevos fritos. Según su señora iba friendo, él iba zampando. Y ella no debía de ser una geisha precisamente, porque en otra ocasión, probando un jamón para ver si estaba salado, entre que-sí-que y que-no-que, se lo calzaron de un tirón.
Bueno, pero me estoy yendo del asunto Concha. Como decía, allí puso el taller, allí cosía ella y quien ella quería para “modernizar” y “pulir” un poco a las lugareñas, que le pedían que las cosas que les hacía “fueran al consonante”: “¡Ay, doña Concha, hágame usted una falda al consonante con la blusa, que van a ser las fiestas!” Muchos años después mi abuela seguía la guasa de aquella expresión, que ha pasado al código restringido que comparto con mi madre, en este caso siempre en tono de chunga.
Y, por alusiones a las fiestas de ese sofisticado pueblo que era entonces Fuenlabrada, hago una pequeña digresión, para ilustrar más aún el carácter imperante en aquel sitio, del que mi abuela huyó más de una vez, al que volvió más de una vez, que la rechazó más de una vez y que ella siempre, siempre despreció por feo, brutal y ordinario. Como en muchos de los pueblos de la geografía española, los toros eran el centro del fiestorro. Ya de suyo, la llamada fiesta nacional, tal y como es, sin más, sin ponerle ni quitarle, es una brutal y cruenta sangría. Pero, en Fuenlabrada, como en otros sitios, había que añadirle brutalidad a la brutalidad, así que se soltaban los toros por las calles, se los metía en las casas, se les ponían cacharros por los cuernos, se les azuzaba y, como fin de fiesta, para el pueblo las tales no habían sido buenas si la sangre sólo había sido de toro; esto es, si no había ningún muerto a causa de la barbarie (se entiende “humano” o algo parecido), la cosa había sido tibia y las fiestas deslucidas. Gente refinada, sin duda.
Cuando aún yo era una niña de menos de seis años, recuerdo ir de la mano de una prima mía por el pueblo -una mocetona, prima lejana, que ahora no tengo ni idea de quién era-, precisamente el día en que soltaban los toros. Supongo que para entonces –ya a finales de los sesenta o poco más-, el asunto del “sacrificio humano” estaría superado. Aún así, pasé un miedo terrible. Sabía que habían soltado los toros y las mujeres los llamaban chillando desde las azoteas. Yo quería esconderme, ponerme a salvo, porque pensar en los toros me daba miedo, pero los gritos de aquellas brujas me aterraban todavía más. Mucho más tarde, cuando escuché por primera vez las albórbolas de las mujeres bereberes, me quedé atónita y pensé estúpidamente: ¿qué hacen estas chillando como las fuenlabreñas el día de los toros?
(La ambientación musical empieza con una Raquel Meller, precursora de una alegre primavera, que finalmente tardaría décadas en llegar, y termina con una Celia Gámez que se jacta de haber «llegao».
http://www.youtube.com/watch?v=q71Q5EMyQzkhttp://www.youtube.com/watch?v=Q193sJ-SzYE
Allá por la década de los ochenta, yo pululaba por la facultad de Filología de la Complutense. Era para mí una época de actividad incesante: estudiar, trabajar, salir de copas, diseñarme ropa, preparar oposiciones… Todo a la vez y todo con gran intensidad. Hoy, sólo de pensarlo, me agoto, me parece una proeza ahora lo que entonces me resultaba normal.
Estudiaba y leía con auténtico fervor. No perdía un minuto: estudiaba mientras comía, mientras me daba un baño, mientras me vestía y me maquillaba para salir a la calle (jamás salía sin pintarme), mientras tejía… Cualquier instante se aprovechaba. Me gustaba mi carrera y, sobre todo, me gustaba –y aún me gusta- aprender. Es cierto que ahora no dispongo de tanta energía como tuve, pero mi avidez por aprender sigue siendo la misma. Casi diría que atesoro mis aprendizajes y las enseñanzas que recibo como un capital preciosísimo que nunca me resulta suficiente. No soy ambiciosa en general y doy poca importancia al dinero, es más, este es uno de esos asuntos de los que me gustaría no tener que ocuparme; pero, en lo tocante al conocimiento, creo que tengo algo de esos espíritus ávidos, los pretas, de los que se habla en el budismo mahayana. Estoy tan hambrienta de saber y comprender que, a veces, cuando estoy leyendo una obra, me siento ansiosa por terminarla para poder empezar la siguiente… En fin, un indicativo más de lo difícil que me resulta disfrutar del presente, pero ese no es el asunto de hoy.
Todo este preámbulo viene al caso porque hace poco se me volvió a intensificar el recuerdo de “Los heraldos negros” de César Vallejo, y también cómo llegué a apreciarlo tanto.
En muchísimas ocasiones las asociaciones que realiza la mente discursiva son muy difíciles de desentrañar. Ya querría ver yo al mismísimo Holmes buscando por dónde se cruzan y se enganchan los hilos de la trama de las asociaciones y las evocaciones. En todo caso, lo cierto es que da igual, no hay por qué mirar siempre el dorso del tapiz para ver cuál es el entramado aparentemente caótico que da lugar al dibujo ordenado. No hay por qué y, además, muchas veces no se puede. En la espiritualidad shinto, por ejemplo, se hace mucho hincapié en la importancia de dejarse impregnar por el extrañamiento sin pretender abrirle la tapa para ver el mecanismo.
En fin, centrémonos, que me he vuelto a ir por la tangente. Lo que quiero contar es que hace unos días un amigo me envió un enlace de YouTube a una película que había hecho hace poco. En ella él lee un poema en inglés –ahora no recuerdo de quién- y, al escucharle, me vino nítida la memoria de mi encuentro con “Los heraldos negros”.
Sería ya por el 1988 u 89, porque en lingüística Hispánica se estudiaba Literatura Hispanoamericana al final de la carrera. Es más, si no recuerdo mal, se trataba de una opcional. Tal y como decía antes, por entonces yo estaba en “modo acción”. Esto no significa que no tuviese tormentas existenciales internas ni choques de placas tectónicas con sus correspondientes terremotos emocionales, sino que no se las hacía caso, no se las analizaba ni se las prestaba atención, había que dejarlas pasar y olvidarlas lo antes posible: lo primero era la acción, la búsqueda del objetivo, como un explorador que se va abriendo camino sin reparar en si se llena de barro, se siente cansado o se le desgarra la ropa. Mi consigna era avanzar y nada más.
En esa actitud mental la introspección era un gasto de energía totalmente superfluo, y el pensar en el posible sufrimiento propio, mucho más. Así que la poesía de César Vallejo me resultaba «como de demasiado sufrimiento”. Me parecía que se regodeaba por demás en esa emoción, de manera morbosa e inútil. Yo sufría y mucho, es cierto, pero creía firmemente que era mejor dar la espalda a esa emoción y a sus causas, porque nada ganaba con ello y sí perdía tiempo y energías.
Sufrir y regodearse en el sufrimiento para sacar en claro buena poesía, me parecía mal negocio y una actitud vital errónea. Por eso, en resumen, la obra de César Vallejo me caía gorda, gordísima. Conque el día que Jesús Benítez, el profesor de Hispanoamericana, se plantó en clase y dijo, “Hoy voy a hablar de César Vallejo”, servidora retorció el morro y resopló discretamente. Pero, por lo visto, la discreción no fue suficiente o el profesor Benítez estaba al loro, porque saltó inmediatamente, “¿Por qué pufff?”. Ya no me quedó otra que responder, “… Es que sufre demasiado”. Jesús no dijo nada más, abrió el libro y leyó con firmeza y sin afectación “Los heraldos negros”.
Después dio una clase magnífica, creo que una de las mejores que yo haya disfrutado y, además, supe que era para mí, para que pudiera romper el dique que me separaba de la obra de Vallejo y todo lo que ella entraña. Fue más que una clase porque se produjo ese algo misterioso e inefable de la inmersión en el arte, eso que no se puede explicar muy bien, pero que todo el mundo ha sentido alguna vez ante un cuadro, una música o cualquier otra expresión que te lleva más allá de una comprensión racional.
“Los heraldos negros” me reconcilió con mi propio sufrimiento, ahora lo sé, y, además, me mostró la belleza de saberlo sentir y poderlo sentir, porque es estar vivo. Y todo esto, como otras muchas cosas, se lo debo a aquel querido Jesús Benítez Villalba, cuya memoria no dejo de honrar con respeto, agradecimiento y, sobre todo, enorme cariño.
Pero esto ¿qué tiene que ver con la lectura del poema de la película de mi amigo?… Pues objetivamente me parece que poco. Michi, que así se llama él, es de origen austriaco, lee el poema en inglés, y el texto no tiene nada del tono atormentado de “Los heraldos negros”. Sin embargo, algo encerrado en la voz de Michi –que no se parece en absoluto a la de Jesús-, algo en su inflexión seria y profunda, contenidamente dramática, me trajo, como el sabor de la rechupeteada magdalena mojada en té, la evocación de aquella tarde de hace más de dos décadas.
Gracias, Michi. Esta vez me has hecho de heraldo blanco de la más querida memoria.
Y, ahora, por alusiones, «Los heraldos negros» de César Vallejo:
Hay golpes en la vida, tan fuertes…
!Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…
!Yo no sé!
Son pocos; pero son.
Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre…
!Pobre… pobre!
Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes…
!Yo no sé!
http://www.youtube.com/watch?v=iPkLWL-DY_o
Como no, también por alusiones el poema de Ezra Pound, que lee Michi, y el enlace a su película en YouTube:
i have tried to write paradise
do not move
let the wind speak
that is paradise.
http://www.dailymotion.com/video/xws5e7_spaziergang-in-wels_creation
https://marymer.wordpress.com/2015/10/18/las-dakinis-del-siglo-xx-2/
Hay que ampliar el horizonte, cambiar de vida, creer en uno mismo, dejar de malcomer, estudiar japonés, engordar cinco kilos, hay que hacer un montón de cosas, la primera dejarse en paz; y esto, claro, excluye todo lo anterior, todos los “hay que”.
Claudia no se llama realmente así, se cambió de nombre hace años, pensando que así dejaría de ser quien era, como cuando te tiñes el pelo para exorcizar tu realidad presente y expulsar a los demonios que te atascan el paso. Claudia eligió ese nombre porque se identificó con el personaje homónimo de “La montaña mágica”. No es que tuviera mucho en común con aquella, lo único que les unía es que ambas se mordían las uñas. Parece un detalle demasiado nimio, pero para pre claudia no lo era en absoluto: que la heroína romántica pudiera serlo, sin ser perfecta, con sus uñas remordidas la reconciliaba con sus propias manos y su propio ser. Para Thomas Mann se podía ser una mujer elegante y magnética con unas manos de adolescente atormentada, y eso le venía bien a pre Claudia.
Sin embargo, pasado el tiempo, Claudia ya no se muerde las uñas. Hace años que dejó de hacerlo sin más, sin proponérselo siquiera. Aún así sigue siendo fiel a su Clawdia Chauchat y no tiene ninguna intención de cambiarse de nombre, aunque piensa que tal vez lo necesitaría de nuevo. Incluso tal vez volver a su propio nombre, el que figura en sus documentos y que, después de tantos años, muchos ni siquiera conocen.
Definitivamente está demasiado delgada. Ya no es que se lo digan directamente, es que ella lo ve. No es sólo que esté escurrida y con las piernas como dos palillitos, sino que las mejillas se le están empezando a hundir y tiene una pinta tremenda de escapada de un campo de concentración, con esos pelos tan cortos y esa mirada apagada.
Sí o sí va a cambiar su vida, así que lo mismo podría proponerse engordar un poco. Ahora que no tendrá que madrugar todos los días y salir pitando, tal vez entre un poquito en carnes. El problema es que a Claudia no le gusta comer ni nada de lo que tiene que ver con el proceso de la comida. Por ejemplo, odia desde ir a la compra, hasta fregar los cacharros, y ya no hablemos de la digestión y sus procesos finales.
¡Tanto avance científico, y no se ha logrado evitar el engorro de comer y “descomer”! Para Claudia esto es un lío, un gasto y una pérdida de tiempo. Es verdad que algunas cosas están muy buenas, pero no compensa en absoluto el pequeño y efímero placer que proporcionan con todos los inconvenientes que acarrean. Comer es definitivamente un atraso.
Pero, ahora que ya no tiene que volver a plantearse el ir a trabajar, va a tener tiempo de sobra hasta para cocinar. Podría también contratar a alguien que lo hiciese para ella, que se ocupase de todo eso y tal vez así se vería obligada a comerse lo que le preparasen y engordaría un poco. Ahora le sobraba el dinero para eso y para más.
Efectivamente el cambio de vida estaba en marcha sin que ella hubiera puesto a funcionar ningún motor. Era sólo cosa de dejarse llevar por las circunstancias. Lo primero, si eres rica, es absurdo que te levantes todas las mañanas a las seis para irte a pasar frío o calor a una oficina. Por eso estaba allí, en su casa a las nueve y cuarto: se había despedido de la compañía donde había estado trabajando desde hacía más de quince años.
Se dio el gusto de irse sin más, sin despedirse de los compañeros y sin dar explicaciones a los jefes. Privilegios de la riqueza. Una mañana había desaparecido de su mesa y seguramente esa fue la primera vez que alguno cayó en la cuenta de que ella antes iba por allí. A Claudia no le gustaba relacionarse con sus compañeros y, por suerte, para sus tareas no le hacía ninguna falta. Había estado encargada de las publicaciones de su compañía. Como esa era una cuestión marginal para la empresa, sólo ella se ocupaba de tales asuntos y cubría todo el proceso: revisión de las traducciones, selección de la imprenta, maquetación, corrección de pruebas, distribución y seguimiento.
Zen om Life es una importante empresa dedicada a la elaboración de complementos dietéticos y cosmética naturales. Hoy en día Zen Om Life es una de las marcas más prestigiosas en ese sector. La empresa es alemana -con su sede central en Wistburg-, y allí estas cosas se las toman en serio. Precisamente por esto publican estudios acerca de sus productos, promueven algunas investigaciones, realizan cursos de terapias alternativas, etc. La publicación de las traducciones de todo esto es lo que hasta hace menos de un mes quedaba en manos de Claudia.
***
Zen Om Life empezó siendo una pequeña empresa propidad de la familia Weiman. Nació con la voluntad de hacer buenos y sanos productos que contribuyeran a la salud y el bienestar, sin necesidad de grandes desembolsos. Los productos ZOL empezaron siendo buenos y baratos porque el abuelo Karl no buscó nunca el enriquecimiento sino el buen hacer. En el presente ZOL ya no es una marca ni tan barata ni tan buena, aunque sigue viviendo en gran medida de su prestigioso pasado. Su actual directora, la sofisticada Karola, sobrina nieta del bueno de Karl, tiene una visión menos “humanista” de su empresa, que, eso sí, se ha convertido gracias a su gestión en una gran, gran compañía. No hay más que ver el logotipo de Zen Om Life, una zeta azul, junto a un “om” rojo, acunados en una “L” amarilla que evoca una media luna, es la imagen del pretencioso objetivo de unificar energías Solares y lunares, yin y yang, oriente y occidente, y todo lo que se le pueda a uno ocurrir con tal de vender un tarro de crema por el módico precio de 300 o 400 euritos.
Por otra parte, la sede central de Wistburg es un lugar idílico, un escenario perfecto para “mostrar” a inversores y clientes. Se trata de un complejo de tres preciosos edificios con grandes ventanales, dispuestos en forma de “U”, en medio de un inmenso prado de tréboles. En estas instalaciones no están sólo las oficinas y los laboratorios, también hay salas para cursos y conferencias, piscina cubierta, spa donde pueden recibirse tratamientos especiales a base de productos vegetales y minerales –por supuesto ZOL- y una minifábrica donde, presuntamente, cualquiera puede ver como se elaboran las estrellas de la marca. Obviamente, la desbordante demanda impide que toda la producción se realice allí, así que hay otras fábricas dentro y fuera de Alemania –más fuera que dentro-, donde se elaboran estas “delicadas joyas” de la salud.
La primera vez que Claudia puso los pies en la sede de Wistburg se quedó de piedra. Acababa de entrar a trabajar en Zen Om Life y ni siquiera había visto fotos de la meca de ese imperio. Era todo tan perfecto y tan armonioso, que resultaba increíble. Claudia esperaba que en cualquier momento se vieran las grúas de las cámaras del rodaje de la película. Desde luego, si esto era un lugar de verdad, nadie podía ser allí infeliz y nadie que consumiese o utilizase los productos allí fabricados podía ser desgraciado.
La visita de Claudia a la sede central nada más empezar a trabajar en Zen Om Life fue motivo de envidias y recelos por parte de los compañeros. Ninguno había ido allí jamás y los jefes se hacían lenguas del paraíso bávaro. Y esa “china canija”, nada más llegar, se iba a pasar una semana allí, en contacto directo con la gran jefa y su corte celestial. Sin embargo, para Claudia, en aquel momento ese viaje no suponía en principio más que una contrariedad. Por fin se había decidido a estudiar japonés, a buscar sus raíces y, precisamente esa semana, llegaban a Madrid unas amigas de su profesora y podría aprovechar a intentar practicar un poco con ellas: las verdaderas japonesas son muy escurridizas y no se fían demasiado de las nuevas amistades sin referencias. Pero, en fin, no hubo más remedio que aguantarse. En la oficina Claudia era la única que hablaba correctamente inglés y alemán y le tocaba ir de traductora con su nuevo jefe, un tío que tenía pinta de director de agencia de La Caixa, disfrazado de naturista vegano, a fin de vender salud con un interés bajísimo y con una vajilla de 12 servicios de regalo.
Claudia no tenía ningunas ganas de ir de viaje con ese tipo rechoncho, con morrillo en el cuello y calva incipiente, así que no comprendía en absoluto que la mirasen de reojo, como si le hubiera tocado una lotería inmerecida, sin siquiera haber comprado el décimo. Sea como fuere, su primer viaje a Wistburg le reveló la tremenda estafa moral que suponía la imagen de ZOL. Si uno comparaba aquellas instalaciones con el bajo y el semisótano de la sede de Madrid, uno se daba perfecta cuenta de que los folletos de “Salud, Luz y vida” eran una mandanga. ¿Luz? ¿Dónde estaba eso en esa ratonera siniestra y húmeda? ¿Cómo se atrevían a evangelizar a los clientes cuando tenían a sus empleados en unas condiciones de salubridad lamentables? Estas cosas pensaba Claudia, que entonces era demasiado tierna para no sorprenderse ante la “miopía” y la mezquindad de sus compañeros que parecían sombras parduzcas y sin vida, incapaces de darse cuenta de que estaban en un agujero absurdo, compitiendo y poniéndose la zancadilla sin ninguna posibilidad de salir adelante, solo dispuestos a aplastarse unos a otros. Desde el primer momento Claudia comprendió que para esa gente no tenía sentido ser, a ninguno de ellos le presentaría su verdadera identidad: para ella Claudia era la auténtica y no la de los papeles y los registros, Mónica Sato, la desconocida.
Este anuncio llega un poco tarde. Lo normal hubiera sido colocarlo aal cerrar y antes de volver a abrir, pero es que mi “cierre temporal” no ha sido premeditado.
Podría aventurar y detallar algunos porqués, pero no lo considero importante. Todo podría resumirse en que en esta última temporada me he sentido cansada y desbordada, no por ninguna causa objetiva o material, sino por los ires y venires de las mareas internas, que a veces son un auténtico mareo.
Sin embargo, tengo que reconocer que la Navidad es un factor externo que no me ayuda nada y el invierno es mi época de mayor inacción. Tengo biorritmos estacionales –como otros muchos bichos, creo que la mayoría-, y la mente y el cuerpo me piden hibernar; lo que pasa es que, claro, el reloj de fichar no hiberna, aunque hay que reconocer que con el frío funciona peor.
Ahora que lo pienso, lo mismo el sistema de control de asistencia implantado en nuestro centro de trabajo es un coadyuvante clandestino a la hibernación de los trabajadores. Me explico: hace unos años instalaron un reloj de fichar que nos identifica cuando colocamos la yema del dedo encima de una lente. En principio esto tuvo sus más y sus menos, porque se decía que la empresa no tenía derecho a tomarnos las huellas dactilares para fichar. Sin embargo, se nos explicó muy amablemente mediante una nota que este no era el caso. Parece que el tal equipo detecta la temperatura del dedo, la forma, etc. Esto, obviamente, no se lo creyó nadie, pero lo mismo hasta es verdad, dado que, en invierno, cuando llegas de la calle con los deditos congelados, el reloj “ni cruje ni muge” cuando apoyas la yema.
Tal vez esto, lejos de considerarse una adversidad, debería verse como uno de los recursos que el Universo pone en marcha para que se cumpla un sofisticado plan cósmico destinado a la hibernación de los seres condenados a no hacerlo.
A veces las cosas más sencillas son elementos claves para el desarrollo del plan trazado para nosotros. O al menos esto es lo que algunas personas creen. Por ejemplo, si en casa tienes una de esas rachas de las que te recuerdan “La rebelión de los electrodomésticos” de Alaska y los Pegamoides, alguien te puede salir con que esa situación surge para que tú aprendas algo.
Esta teoría de la causalidad dirigida tiene mucha aceptación entre algún sector de la población con tendencias “alternativas”, que parece calmarse con ella ante el caos y la mala uva de otros. Tengo que reconocer que a mí no me funciona o, mejor dicho, no me funcionaba, pero ahora mi reflexión sobre nuestro sistema laboral de control de asistencia y su relación con mis biorritmos estacionales me está haciendo plantearme un nuevo modo de contemplar la causalidad dirigida, a pesar de lo mucho que esta me inquiete. Porque… ¿Quién la dirige?… ¿Por qué?… ¿Para qué?… ¿Qué es lo que hay que aprender en cada caso y quién hace el examen para ver si ya te lo sabes?… ¿Otra vez un dios?… ¿Y para esto me he metido yo a buscar otras filosofías de vida, para acabar llegando a la de la iglesia de la esquina?
En fin, dejémoslo estar. En resumidas cuentas, la cuestión de hoy es que el cierre temporal ha dado a su fin, a pesar del invierno, de los biorritmos y del reloj de fichar.
http://www.youtube.com/watch?v=zDwr-8JqW64
DE TRAPOS
Mi abuela Pepa nació a principios del siglo XX. Yo no llegué a conocerla porque murió bastante joven, a los cuarentainueve años, derrumbada por el alcoholismo. Todas las referencias y recuerdos que me han llegado acerca de su persona, la convierten cabalmente en un personaje de esos que transitan por las novelas y las películas de posguerra.
Se trataba de una mujer desmedida en todo, abrumada por el sufrimiento de una vida áspera y dura. Era una mujer vehemente, que llevaba sus ideas a emociones y sus emociones a pasiones arrebatadas. Amaba con una intensidad asfixiante y odiaba con la furia de una walkiria. Seguramente sus felinos ojos grises lanzaban fuego blanco a cada paso, a cada ataque de celos, de ira o de pasión. Porque Pepa era excesiva e irracional. Obedecía a su instinto y a sus impulsos, y a nada más que a eso.
Se crio en uno de los suburbios de Madrid, en Tetuán de las Victorias. Aquella era una zona de traperos, y a eso era a lo que ella se dedicaba de joven: a seleccionar y colocar trapos (¡quién lo diría viéndola en estas fotos, tan mona y tan moderna!). Eran muchos hermanos, había poco dinero -o casi nada- y había que salir adelante. Vivían en una casucha baja, a la que el padre llegaba borracho una noche con otra. Cuando esto pasaba, echaba a todos a la calle, incluida a su mujer, Luisa. bueno, a todos no, a Pepita la dejaba dormir en casa, porque era a la que más quería o, tal vez, a la que más respetaba, seguramente porque también ella nació haciéndose respetar a zarpazos, como un felino salvaje.
Lo más seguro es que conociese a paco, el que fue mi abuelo, en algún bailongo. Ambos ganaron más de un concurso de chotis, así que tenían en común eso, por el lado bueno; Porque, por el malo, tenían las tremendas palizas que se daban mutuamente, casi siempre a causa de los arrebatos de celos de Pepita, que parece que era la primera en sacar la mano a paseo, aunque luego resultase la peor parada.
De letras
Mis abuelos empezaron muy jóvenes su relación, como era normal por entonces. A mi abuelo Paco sí que lo conocí. Murió cuando yo tenía nueve años, y él sólo sesentaicinco. Era un hombre muy bien plantado, de maneras elegantes, cariñoso y tranquilo. Cuidaba mucho su aspecto, y jamás lo vi desaliñado ni le oí decir ni una sola palabra fuera de tono. Su porte y su modo de hablar eran los de un auténtico chulapo. Podría haber sido perfectamente el galán maduro de una zarzuela.
Aún hoy puedo evocar su imagen con toda claridad: su buen porte, siempre bien rasurado, con el pelo cortado a cepillo y unas entradas canosas estratégicamente situadas en un rostro apacible y sonriente. Recuerdo que en casa casi siempre estaba leyendo sus novelas del oeste o lo que cayese en sus manos. Abrigado con su batín de cuadros verdes (que yo aún conservo) y sus gafas caladas, parecía más un señor profesor en su día de descanso que un obrero de platería.
Por eso me chocó tanto cuando de mayor supe de las terribles peleas que tenía con mi abuela. ¡No me lo podía creer! La cronista de estos dolorosos hechos fue mi madre. Ella ha sostenido que la verdadera naturaleza de su padre era esa: la elegancia, el cariño y la paciencia, pero que, sin embargo, su madre era una auténtica fiera, capaz de sacar de quicio al más santo. Y, por las anécdotas que se cuentan, algo de esto habría. Aunque sospecho que en esta crónica nadie es imparcial y creo que mi madre apoya un pelín el dedo en uno de los platillos de esta balanza…
Desde luego que yo también adoraba a mi abuelo. Jugaba con él a todo, le acompañaba a comprar el vino a la bodega, iba con él a ver a su tío Mauricio… (del que ya hablaré luego), a veces volvía con él del colegio y todas esas cosas que hacen los abuelos y los nietos juntos. Este hombre apacible y cariñoso, chulapo por los cuatro costados influyó mucho en mi vida por muchas razones más o menos trascendentes. Especialmente su muerte, desencadenó en mí más que una pena, sembró en mí la semilla del agnosticismo. “rézale a la Virgen para que cure al abuelo”. Decía mi madre. Yo recé llorando, pensando lo mucho que debía doler aquello de la sonda. Lloré en la habitación de mis padres, frente a una imagen en relieve, horterísima y chillona, de la Virgen con el Niño, que estaba colgada sobre el cabecero. Mi abuelo murió de una trombosis, y la señora sonriente del manto azul no movió un dedo, seguramente porque era de escayola y nada más.
Pero esta no es mi historia -al menos no directamente- y no quiero apropiarme de ella –sobre todo tan pronto-, así que volvamos a los “felices años veinte”, para quien lo fueren, claro.
Tanto baile, tanto baile… Pepita se quedó embarazada de Paco a los diecinueve años. Paco se tenía que ir a hacer el servicio militar a áfrica, de lo que le quedó el saber saludar y contar «como los moros». Ah, y también una especie de casquete de grueso fieltro rojo, que anduvo mucho tiempo por casa. En fin, “un cuadro encantador” para cualquier chica de cualquier época, pero, si nos ponemos hace casi cien años y sin una perra gorda, pues mejor aún.
Cuando Paco volvió del servicio Militar se fue a vivir con Pepita. Más bien se fueron ambos a vivir con la madre de Paco, que trabajaba y cuidaba un consultorio médico en la Avenida de la Albufera. Allí vivieron, y allí nació mi madre, la primogénita.
Las cosas empezaron a irles un poco mejor. Mi abuelo hacía jornadas de catorce horas en un taller de platería, y pudieron comprar un minúsculo piso interior en Lavapiés. Era un segundo, oscuro y melancólico, pero era ya su casa.
El trabajo en el taller debía de gustarle, por todas las cosas que han quedado de las que él hacía: un semanario de plata labrada -hecho para mi abuela y que ahora utilizo yo-, otro semanario pequeño de alpaca -hecho para mí-, dos gallos de pelea y un faisán, según puedo recordar ahora mismo. todos sus trabajos reflejan una personalidad paciente y meticulosa, que cincelaba con cuidado hasta la última pluma del gallo, hasta la más minúscula guirnalda.
Paco y Pepa, cada uno a su manera y como podían, compartían también el interés por la lectura. Pepa, analfabeta como era, jamás menospreció el valor de los libros. Muy al contrario, cada domingo, cuando se iba a dar un garbeo por el Rastro -afición que he heredado yo-, compraba libros al peso para sus hijas. Así, a mi madre le llegó “La Odisea”, “Antoñita la fantástica” y un montón de obras más, que su madre traía sin saber qué eran.
Pero me estoy adelantando, porque esto ya pasó en nuestra manoseada posguerra, y aún ni siquiera ha estallado la emblemática Guerra Civil.
Estalla el trueno:
¡Grises nubes viajeras,
el cielo os llama!
¡Con la voz del amante
se vuelan las tristezas!
https://www.dropbox.com/s/isqqpxrh2g3n5lz/10%20Kanashimi%20Ni%20Sayonara.m4a?dl=0
Soy una de esas personas que no tienen tele. No lo digo como si estuviera enseñando la vitrina de las condecoraciones, pero es así. Viene al caso decirlo porque mis «ciclos cinematográficos» domésticos dependen únicamente de lo que yo programo.
La última película que he disfrutado o, mejor dicho, que he vuelto a disfrutar es «Desayuno con diamantes». Prescindo de ficha técnica, porque el señor del Google tiene varias a mano y me aburre andar de corta y pega para quedar bien. Lo que a mí me gustaría contar es lo que me emociona de esa película.
«Desayuno con diamantes» me parece una película otoñal, con una melancolía tierna y sensible como su protagonista, que se empeña en ser alegre, en ser otra, pero sigue siendo Lula Mae. Creo que esto es lo que me cautiva de la historia y del personaje de Holly. Esa huida de sí misma para acabar volviendo a sí misma. ¿Quién no ha querido ser otro?
Me parece que mi pasión por las historias -cuanto más lejanas en el tiempo y en el espacio, mejor- proceden de esa ensoñación: poder borrar el pasado, el personaje ya construido, la imagen que se espera de uno y volar a otra vida. Lula Mae abandona a su familia, se marcha a una gran ciudad como nueva York y se convierte en una sofisticada joven que vive de lo que le dan los caballeros para «ir al tocador». Lula Mae se convierte en Holly, o eso es lo que ella cree. Quiere ser libre destruyendo una personalidad que no le gusta, arrinconándola en un pasado secreto, pero, al final, está atrapada por su nueva identidad: esaHolly que ella ha construido.
Como en tantas obras literarias, la protagonista intenta transformar la realidad renombrándola. Cuando conoce a su vecino Paul, un joven estancado en una relación de “mantenido de señora bien”, también lo renombra, lo convierte en Fred, que es como se llama su hermano. Ella quiere que Paul sea Fred, que sea un amigo-hermano, pero él se enamora de ella, porque no es suficiente renombrar la vida para transformarla.
El intento de hechizar la realidad sólo cambiando las palabras que la designan no funciona. Holly no puede dejar de ser Lula Mae, Paul siente como tal y no como Fred, y los cincuenta dólares que recibe aquella de los caballeros para “ir al tocador” no dejan de ser el pago de un servicio, por mucho que esto no se formule así de crudamente en ningún momento.
Solo cuando la realidad se impone bruscamente la protagonista puede liberarse de su propio encantamiento. Y, aunque al final no se vea, uno espera que hasta el gato sin nombre llegue a ser también parte de esa realidad y reciba por fin un nombre propio que le identifique y le una a ella.
Por último, la escena final bajo la lluvia es tan dulce y melancólica como el tema musical de la película, «moon River» de Herny Mancini, que desde hace semanas, no sé muy bien por qué, me resuena en la mente casi todo el tiempo y me llena de una suave calma otoñal. Creo que por eso mismo he vuelto a ver «Desayuno con diamantes», para revivir esta sensación intensamente y durante más tiempo.
http://www.youtube.com/watch?v=eBzW2wdJndE
https://marymer.wordpress.com/2015/09/23/amada-palabra/
Bueno, ya he contado en alguna otra ocasión que mi trabajo son los libros. Mejor dicho, mi trabajo es leer y corregir cualquier tipo de obras. ¿Es una suerte? Pues, en general, desde luego que sí, porque, al igual que Borges, yo me imaginaba el paraíso como una enorme biblioteca. Y, aunque no creo ni en eso ni en dios, si existiera tal cosa, tendría que ser con libros o, si no, me pido cualquier otro estado post mortem.
Los libros con los que tengo que trabajar surgen de modo aleatorio. Hay temporadas terribles, en las que uno piensa: ¡cómo es posible que la gente escriba y lea semejantes bodrios!; y otras en que se disfruta casi indecentemente, teniendo en cuenta lo que las personas pasan y se quejan en sus trabajos. Yo esto no lo digo mucho, claro está, que luego las envidias y las energías nefandas la acechan a una.
Últimamente disfruto de una racha de las “güenas, güenas”. He encadenado algunas novelas de las que me gustaría hablar. No voy a hacer fichas técnicas ni a dar muchos datos, porque eso no es lo que pretendo transmitir en este blog, sino más bien la impresión recibida y lo que he aprendido.
La primera de ellas fue “Claraboya” de José Saramago. No hay duda de que ante este autor hay garantías de profundidad de pensamiento y altura literaria, pero también tengo que reconocer que muchas veces me ha resultado su lectura demasiado “gris”, demasiado “triste” y, dependiendo del estado de ánimo de una, el permitirme estas “saudades” puede ser peligroso “en sobrepasando las dosis homeopáticas”. Sin embargo, en el caso de “Claraboya”, o bien a mí me pilló con la semana fotónica, o bien esta novela –sin ser una juerga, que está escrita por un portugués y hay que ser fieles a los tópicos- no transmite esa sensación de pesimismo opresivo que yo he sentido con otras lecturas suyas.
José Saramago escribió “Claraboya” cuando tenía treintaiún años. Para quien no lo sepa –Yo hasta que no leí el prólogo no lo sabía-, la escribió por las noches, en sus ratos libres, quitándole horas al sueño. En esa época trabajaba como oficinista, aunque su profesión era la de mecánico. En su familia no había ninguna tradición universitaria ni intelectual, así que él se salía de la norma y buscaba su medio de expresión.
El joven Saramago entregó el original a una editorial que no se tomó la molestia ni de responderle, aunque fuera un “no cortés». Esto fue para él una grave desilusión, una espina clavada y una herida muy mal curada. Solo casi veinte años después vieron la luz pública otras obras suyas, pero no esta. Sin embargo, por arte de birlibirloque –o más bien por la inexorable ley del karma, a la que pienso dedicar una entrada más pronto que tarde-, cuando nuestro autor ya pasaba de los setenta y tenía el premio Nobel en su casa, esta editorial, alegremente, se pone en contacto con él para decirle que tienen allí su original de “Claraboya” y que estarían encantados de publicarlo… Ahora… Claro… no me extraña… ¡Qué listos y qué audaces! Pero don José recuperó su texto y les vino a decir que ya quedaban otro eón con más tiempo, que este estaba muy “liao”. A decir verdad, eso es lo que les hubiera dicho yo, o tal vez algo peor. Yo no sé que dijo, pero sí sé que se negó a publicar la obra, con esa o con otra editorial. Incluso su mujer se llevó el montón de hojas y lo hizo encuadernar en piel, sin que él se enterase, en un esfuerzo por que aceptara aquello, pero no sirvió de nada. La desilusión no se le fue nunca, a juzgar por estos hechos.
Tras su muerte, con buen criterio, Pilar del Río da a la imprenta “Claraboya” y ¡bendita sea por ello! Es una novela magnífica. A mí es la que más me ha gustado de todas las que he leído de él. Es cierto que no es alegre, ni podría serlo, pero está llena de vida y de crítica social y de pensamiento, de profundo y sabio pensamiento. Ese joven Saramago ya tenía en germen ahí escrito todo su universo, sin pelos en la lengua y sin descaro a la vez. Trata la homosexualidad, el incesto, el desaliento, la soledad, el nihilismo, la pobreza, la prostitución, la explotación, el maltrato, el amor, la amistad, la mentira… Todo sin regodeos, sin exageraciones melodramáticas, con unos personajes redondos que están vivos desde la primera línea en que aparecen en medio de un escenario donde, sin hablar de la dictadura, se siente a cada página el peso de su presencia.
Todos conocemos el recurso de meternos en el universo de una comunidad de vecinos para mostrar un universo mayor. Desde las viñetas de “La rue del Percebe” –que mira que me gustaban-, hasta “Historia de una escalera”, pasando por películas y series de TV –actualmente insoportables en su mayoría-, las comunidades de vecinos son un asunto recurrente, así que hay que tener mucha maestría y mucho talento para sacarles partido y que no resulten un elemento “rechupeteao” y hasta vulgar.
Cuando lees “Claraboya” ves a los vecinos, sus caras, sus ojos, sus ropas; ves sus pisos pobres o con pretensiones; ves una Lisboa triste y desilusionada bajo el miedo y la depresión de la dictadura; y digo que lo “ves”, porque Saramago hace que “Claraboya” sea para el lector como esas películas españolas de los años cincuenta –me viene a la cabeza “la pareja feliz”-, donde todo se ve en tonos grises, pero algunos personajes se defienden del desaliento que lo invade todo. Si yo fuera productora o directora de cine, no lo dudaría, llevaría a este medio la adaptación de la novela, porque la película está hecha. Claro, el riesgo sería que, cada lector de “Claraboya” ya habría “visto” su propia película y todos sabemos lo que esto significa…
“Claraboya” es cabalmente eso: una claraboya desde la que vemos las vidas, los sentimientos y los pensamientos de otras personas, tan reales y tan vivas como nosotros, tan “nosotros” que podríamos ser tú o yo. Y ¡vete a saber!, hasta lo mismo lo somos, si alguien ha sido capaz de encontrar la claraboya desde donde mirarnos.
http://www.youtube.com/watch?v=Ka44wBAypuA
De momento voy a dejar de revolver el cajón de mi almohada: una cosa es reconciliarse con el pasado y otra muy distinta regodearse en él o vivir de las rentas.
No se puede vivir de espaldas a lo que uno ha sido o, mejor aún, a lo que uno no ha sido y lamenta no poder ser. Supongo que hay que hacer el duelo correspondiente por la Marymer que pudo haber sido y no fue, pero ya está hecho.
No prometo que no vaya a sacar ningún otro hatillo de papeles del fondo de la gaveta, pero si viene muy al caso.
En la montaña rusa -imagen bien manida, por cierto- o en el mar de fondo que me azota, hoy estamos de calma, incluso de bienestar. Miedo da decirlo, porque como dice la canción: «tristeza nao tem fim, felicidade sim». Los estados mentales -al menos los míos- son un claro ejemplo del concepto de impermanencia: una puede sentirse tan en armonía con el mundo tan contenta y tan plena, pero, con un leve toque, con un soplidín de viento, el equilibrio se rompe, el eje se desplaza y vuelta a empezar, a poner la antena para sintonizarse de nuevo con la armonía, que no siempre está en el mismo número del dial; Como cuando uno va en coche escuchando una emisora que le gusta y, date, en el mejor momento, empiezan las interferencias, y a darle al mando.
Hoy, de camino al trabajo, pensaba que me pagan por hacer algo que me gusta y mucho. Mi trabajo consiste en leer, básicamente en eso: leer y leer y corregir los errores de texto o maquetación que encuentro en lo que leo. Cierto es que no elijo yo las obras -claro está-, como mucho, entre el trabajo pendiente, si quien lo distribuye quiere, me puede dar la opción de descartar lo que no me interese. Pero he descubierto que muchas veces he apartado textos que luego he tenido que leer y que me han interesado e, incluso, que me han gustado mucho y me han enriquecido.
Este es el caso de una de las últimas obras que he leído: «Por ti lo haría mil veces» de Isabel Sartorius. la primera vez que me iba a «caer» este libro, escurrí el bulto. En principio, dado mi desinterés por los asuntos de la prensa rosa y de nuestra monarquía, ni sabía quién era esta mujer. Cuando lo supe, descarté el libro y me puse con no sé qué, que ni recuerdo.
Volví de vacaciones y, como el karma es el karma, aquí estaba esperándome Isabel Sartorius con su historia y su experiencia vital. Ya no hubo manera de eludirla, así que me puse a ello con toda mi profesionalidad y sin ningunas ganas. Casi desde el primer momento me sorprendió gratamente comprobar que el libro no era una versión aumentada d¡Hola!» o asimilados, sino que más bien se trataba de un testimonio personal, bien trazado, aparentemente sincero, respetuoso, discreto y lejos de cotilleos sensacionalistas. Cuanto más avanzaba en la lectura, más respeto me iba mereciendo la valentía del testimonio de la autora.
Tengo que reconocer que su ejemplo, su lucha interna para hacerse «visible» tal y como es, me han animado a proseguir con mi propio camino, con este «cajondesastre» sin cerradura, abierto a quien lo encuentre y lo quiera abrir, a pesar de la vergüenza que me da, pero estos son ahora mis «deberes» vitales.

