Se termina el mes de agosto. ¡por fin!
El verano me resulta cada vez más tedioso e irritante. Y este además ha sido especialmente terrible.
En estos meses parece que sobra tiempo para hacer y para pensar, pero lo que no hay es energía para aprovecharlo. Precisamente una de las cosas que más valoro es el tiempo y siento que cada verano lo malbarato. Se me escurre lentamente entre los dedos sin que sea capaz de darle forma a nada. Me siento culpable por no beberme los segundos que no volverán y, al mismo tiempo, estoy deseando que se vayan. Así que el verano me enloquece de inacción y rumiaciones.
Pero el verano ya se está pasando. Todo pasa muy deprisa desde hace unos años: lo bueno y lo malo. La dichosa impermanencia ha tomado velocidad y precipita cuesta abajo todo lo que impregna, que precisamente es eso: todo.
En medio de esa pasividad irritante y tórrida intento buscar un norte que siempre me ha sido esquivo. Tomo la madeja de mis pensamientos, de mis emociones, de mis anhelos, e intento hacer un ovillo con ella. Quienes tejemos sabemos que, antes de usar un hilo para crear algo con él, es necesario devanarlo cuidadosamente. La labor de devanar una madeja y convertirla en un ovillo práctico y manejable es muy delicada. Es bastante fácil que se enreden unas hebras con otras y que se organicen nudos monumentales, que a veces solo se resuelven cortando.
Por eso, para esa tarea de devanar siempre fue muy útil contar con la ayuda de otra persona que sujetase con las muñecas la madeja abierta, acompañando y a veces también guiando a quien está enrollando el ovillo.
Pues bien, me parece que esto mismo es práctico y necesario cuando estamos devanando la madeja de nuestra propia mente. Por bien que nos arreglemos, en ocasiones es muy importante contar con la ayuda de alguien que nos acompañe, nos guíe y, si es el caso, nos ayude a deshacer los nudos o cortarlos, si no hay más remedio.
Podría decir que este asfixiante verano me ha regalado algunas madejas para devanar y en ocasiones he tenido la suerte de encontrar con quien hacerlo. Sigo en ello porque he descubierto que las más antiguas tienen intrincados nudos que se han ido apelmazando por estar almacenadas en un rincón estrecho. No obstante, a pesar de todo, creo que se podrá hacer algo con ellas, algo se podrá tejer, pero primero tenemos que hacer el ovillo.
A veces hay libros que dan para tanto que cuesta escribir sobre ellos. Es el caso de «El camino estrecho al norte profundo» de Richard Flanagan. Tenía tres borradores de reseña para publicar, y ninguno ha terminado de gustarme (ni este tampoco, pero ya está bien).
«El camino estrecho al norte profundo», a su manera, podría considerarse una novela histórica, pero con un tratamiento y una profundidad que nada tienen que ver con las anteriores, ni con las más comerciales de ese género. Yo diría que en este libro Richard Flanagan utiliza el pretexto de la guerra para hablar de problemas humanos y para reflejar un sentimiento hondamente pesimista y triste ante la transitoriedad. La desesperanza traspasa cada párrafo, hasta los más felices, y acaba calando al lector, como una lluvia lenta y persistente para la que no hay modo de protegerse.
Muerte y Amor son sin duda los temas que marcan toda la trama. El protagonista, Dorrigo Evans, es un oficial médico que vive y sufre el horror de un campo de prisioneros australianos en la Segunda Guerra Mundial. En «El camino estrecho al norte profundo» no se ahorra al lector la descripción de ningún horror ni físico ni mental. No se ahorra la vivencia de ninguna muerte ni de ninguna tortura, ni siquiera la de los propios torturadores, la de los «malos». La descripción detallada de las humillaciones, la degradación, la enfermedad es tan exaustiva que convierte esos episodios en algo tan palpable que muchas veces se hace casi insoportable la lectura.
Desde luego esta sí que no es una obra de héroes y villanos. En sus páginas todos los personajes tienen vida propia, miserias y perplejidades, miedos y arranques de valentía. Viven la degradación y la humillación todos. Y todos sienten y viven su muerte, y Flanagan nos lo cuenta dándoles a cada uno voz propia e individualidad. Llama la atención con qué sensibilidad se mete en la piel, en la mente,de cada personaje justo antes de su muerte, cuando la ven y la sienten llegar, y con qué destreza es capaz de hacernos sentir todas esas vidas distintas e iguales en la soledad ante la inevitabilidad del final de la existencia.
Así que «El camino estrecho al norte profundo» es también una novela de soledad. Ni el amor, ni la amistad, ni el deber, nada impide que todos los personajes estén solos y se sepan solos. La vida se muestra como un camino estrecho, como los que llaman en Asturias «sendas de persona». Solo se puede avanzar de uno en uno, a trechos con compañía delante, abriendo camino, a veces por detrás, cubriendo la retirada; pero solos, siempre solos, muchas veces por tramos tan estrechos que el camino ni llega a «senda de persona» y se queda en «paso de jabalí». Y ahí es donde uno se araña más la piel, donde más se desgarra la ropa, donde más consciente se hace cada uno de su soledad. Esta novela se centra en esos momentos de la vida, que para todos los personajes son la mayoría.
Por otra parte es admirable como Richard Fflanagan se mueve con agilidad entre la mentalidad occidental -cosa bastante fácil para un australiano- y la oriental. Es de destacar con qué acierto muestra la perplejidad de coreanos y japoneses ante la actitud de los prisioneros australianos. Los oficiales y soldados del ejército japonés los tratan como a esclavos, peor que a bestias. Y lo que no pueden comprender es cómo ellos mismos no se sienten así, no aceptan ese «justo» destino, después de haberse rendido. Porque para un militar japonés un prisionero, si además se ha rendido y se ha dejado capturar, es menos que nada. Así lo explica Ivan Morris en las primeras páginas de «La nobleza del fracaso». Los héroes japoneses lo son no por triunfar, sino por afrontar la derrota con honor, con la muerte. Para ellos convertirse en un «toriko», un prisionero, es caer en la mayor degradación personal y, además, familiar. Con la rendición del guerrero su linaje queda humillado y manchado por generaciones, que tienen que arrastrar esa vergüenza.
Ivan Morris también habla en su libro de la espada y el pincel en la historia de los guerreros japoneses, que siempre han ido juntos. Desde el primer héroe mítico, Yamato Takeru, hasta los jóvenes kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, todos tenían a gala decir su poema final antes de morir. Muerte y poesía, amor y poesía, marcan también la trama de la novela, hasta el punto de que cada una de las cinco partes en que se divide están presididas por un haiku, e incluso el título lo recibe de una obra de Basho.
Oriente y occidente están presentes en «El camino estrecho al norte profundo», unidos por la tragedia de la vida, sobrepasados por el sufrimiento de la guerra, al mismo tiempo que comparten la sed de Amor. Al fin y al cabo, por encima de las razas y de las creencias, todos amamos y todos morimos.
Y, hablando de Amor (con mayúsculas), este empapa cada página del libro. El Amor en todas sus manifestaciones. Por ejemplo, fijándonos en Dorrigo, es casi doloroso ver cómo vive el amor, cómo lo manifiesta a su pesar, ya que el sufrimiento ha ido bloqueándole hasta dejarle incapaz de creer en sus propios sentimientos. El protagonista ama a sus compañeros, ama a su mujer, ama a sus hijos, ama a sus amantes y, sobre todo, ama a Amy. El amor de su vida, su motivo existencial, a la que él cree muerta porque su esposa le dio esa noticia falsa, en medio del infierno, cuando Dorrigo más necesitaba conocer la reconfortante verdad. Una única mentira marcó su vida y le sumió en la soledad más hermética.
En «El camino estrecho al norte profundo» no triunfa el Amor, no se impone a la transitoriedad y a los obstáculos. El Amor pierde la batalla ante el miedo y la inseguridad. La guerra mata a pesar del amor y la amistad, la enfermedad castiga a pesar del amor, el cansancio y el miedo bloquean las emociones y la gran historia de amor entre Dorrigo y Amy, al final, tampoco se realiza porque…
«… Él tenía su vida, y ella la suya; ni en sueños era posible una fusión de ambas. Y lo que no alcanzamos a soñar, nunca alcanzaremos a hacer».
Desde que leí hace unas semanas esta frase no he dejado de tenerla presente. En sentido contrario es lo mismo que decía mi madre: «Si quieres algo mucho, muchísimo, con todas tus fuerzas, lo consigues». Es decir, si eres capaz de soñarlo con intensidad, de creer en ello, el pensamiento se materializa.
Pero Dorrigo y Amy, a pesar de haber conservado su amor intacto en el corazón, no han podido creer en que se realizara. La vida, los años, la distancia y el sufrimiento no dejaron crecer su sueño, su historia. Tal y como sucede con la novela romántica que Dorrigo no puede terminar de leer en el campo de prisioneros, porque le faltan las últimas páginas…
«Pero no había nada más. Alguien había arrancado las últimas páginas y las había usado como papel higiénico o se las había fumado, así que no había esperanza, ni alegría, ni comprensión. No había última página. También el libro de su vida se había visto bruscamente truncado. No le quedaba más que el fango bajo los pies y el cielo inmundo sobre la cabeza. No habría paz ni esperanza. Y Dorrigo Evans comprendió que aquella historia de amor quedaría inacabada por toda la eternidad, como un mundo sin fin».
Pasada la guerra, pasados los años, Dorrigo y Amy se encuentran cruzando un puente, cada uno caminando en un sentido y ambos se reconocen y no se paran, ni se miran apenas. No han podido soñar con una vida juntos, con un reencuentro y se han perdido el uno al otro para siempre. En la estética japonesa lo verdaderamente bello no puede ser perfecto, acabado. Tal vez eso es entonces lo que hace más hermoso y excelso el Amor entre Amy y Dorrigo, su imperfección.
«Y entonces se volvió de nuevo y siguió caminando por caminar, sin rumbo ni propósito. La creía muerta, pero al fin lo entendía: era Amy la que había seguido viva y era él quien había muerto».
Amy llevaba, y seguirá llevando hasta el fin de sus días, el colgante de plata con una perla engastada que Dorrigo le regaló, sintiendo con ello en su piel casi la única prueba de que su amor fue real, que verdaderamente existió. Porque ella supo que él había sobrevivido y nunca pudo comprender por qué no vino a buscarla, tal y como había prometido. Insegura, desconcertada, siguió amándole a distancia, pensando que no debía interferir en la vida del hombre que amaba porque ya la habría olvidado.
Decía Zsa Zsa Gabor: «Nunca he odiado tanto a un hombre como para devolverle sus joyas». Amy amó tanto que nunca se separó de esa pequeña joya, como una gota luminosa de felicidad, que en un momento de entrega supuso a Dorrigo todo lo que tenía, antes de que la guerra y el peso de la vida aplastasen su sueño.
«… y al volver sobre sus pasos vio que, a un lado del sendero enfangado, en medio de la sobrecogedora oscuridad, había brotado una flor escarlata.
Se inclinó y alumbró con la lámpara aquel pequeño milagro. Allí se quedó, encorvado bajo la lluvia torrencial, durante mucho tiempo. Luego se incorporó y reanudó la marcha».
Sí. reanudó la marcha de la vida, pero sin olvidar nunca la Flor escarlata que lucía Amy el día en que se conocieron.
Hay tantas cuestiones que tratar cuando hablamos de meditación, que, la verdad, no sé por dónde empezar. Al fin y al cabo, familiarizarse con la naturaleza de la mente implica tomar conciencia clara de la Vida con mayúscula, que se compone principalmente de las cosas cotidianas, que son las que marcan la existencia. No hace falta, creo yo, andar buscando experiencias extraordinarias, porque la verdadera trascendencia se encuentra en lo más cercano.
Últimamente me estoy fijando en un aspecto que, al menos yo, dejo de lado sin darme cuenta, no solo en la meditación. Me refiero a la Amabilidad. Lo pongo con mayúscula, no porque me haya dado un ataque de «mayusculitis» (como decía mi querida amiga Carmen Roig), sino porque quiero distinguir este concepto de algún modo, separándolo de la idea de cortesía vacía.
«Amabilidad» tiene obviamente la misma raíz que amor. Este concepto creo que es importantísimo cuando nos referimos a nosotros mismos. En la meditación, tantas y tantas veces, nos ponemos metas, nos juzgamos, nos exigimos y, claro, dejamos de amarnos, dejamos de ser «amables» con nosotros. Llegamos a ponernos tan rígidos y solemnes que nos perdemos en lo que «deberíamos hacer», olvidando la experiencia en sí.
Me parece que la pereza para meditar muchas veces se alimenta de nuestra falta de Amabilidad con nosotros mismos. Y, como decía, la meditación no es una excepción, una actividad ajena a lo cotidiano, por eso esta misma carencia nos lleva a caer en hábitos que nos perjudican frente a los que nos benefician, aun siendo conscientes de ello.
Y, dicho esto, ¿qué hacemos? Pues ponernos manos a la obra con lo que tenemos más cerca, con lo que somos ahora: nuestro propio cuerpo y nuestras propias sensaciones. Propongo algo sencillo para cultivar esta Amabilidad desde la sensación, que es algo que cala con mucha profundidad en nuestra mente.
Sentémonos con la espalda recta, en una posición que nos resulte lo suficientemente cómoda para estar tranquilos, al tiempo que mantenemos la atención sin desmoronarnos. Ni tensos ni derrumbados, con una postura digna y elegante, abiertos a lo que pueda surgir.
Con una primera inspiración, giramos suavemente los hombros hacia abajo y hacia atrás, permitiendo que el pecho se abra, sin estridencias; no marcialmente, sino con la alegría y la curiosidad de abrirnos a la experiencia.
Con esta actitud, comencemos a observar las sensaciones del aire al entrar y al salir de las fosas nasales, sintiendo como cada una de nuestras inspiraciones es una caricia que entra en nuestro cuerpo, única e irrepetible, que nos da la vida. Igualmente al sentir cada espiración, dejamos salir el aire como otra caricia que enviamos conscientemente a nuestro entorno.
Con esta actitud cultivamos la Amabilidad sin diferenciarnos de lo demás. Cada respiración nos conecta y nos acaricia. Nos amamos y amamos lo que respiramos, sin separación, sin diferencias.
Esta propuesta no tiene por qué llevar demasiado tiempo, pero sí exige atención y cuidado. Todos los que nos hemos acercado a la meditación conocemos bien que la mente quiere siempre distraerse. No pasa nada porque surjan pensamientos, es lo normal, lo único que hay que hacer es, con una sonrisa interior, procurar no enredarse en ellos y devolver la atención a estas sensaciones.
También es importante mantener el tiempo de observación que nos hayamos fijado previamente, aunque sean cinco minutos, porque así cultivaremos una sana disciplina que nos será muy útil en otras muchas facetas de la vida.
Espero que estas palabras puedan ser beneficiosas, sin olvidar que «la luna es lo que importa».
Si por la pena
de este amor mi alma herida
huye y se esconde,
seré un cadáver, pero
de cuerpo enamorado.
Koishiki ni
wabite tamashii
madoinaba
munashiki kara no
na ni ya nokoramu
Tras leer este waka anónimo del «Kokinshuu», cómo evitar la asociación inmediata con…
AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Medulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
No creo que haya mucha duda acerca de que Francisco de Quevedo no pudo inspirarse en este poema del «Kokin Wakashuu», más conocido por «Kokinshuu» («Colección de poemas japoneses antiguos y modernos») compilación realizada principalmente por Ki no Tsurayuki, y prologada también por él. Es la primera de este tipo realizada a petición de un emperador, y se finalizó a principios del siglo X. Actualmente ha aparecido una estupenda edición en Hiperión, traducida, anotada y prologada por mi admirado y querido profesor Carlos Rubio, al que debo el haber aprendido muchísimo acerca de las claves que marcan el maravilloso recorrido por los textos de esta literatura. Gracias a él he descubierto obras nuevas para mí, matices diferentes en mis lecturas conocidas y muchos senderos nuevos que transitar.
Desde hace años he disfrutado de la literatura japonesa, más de la clásica que de la contemporánea, sintiéndome como un pez de colores en un arrecife de coral cuando me sumerjo en ella. mi identificación con esa sensibilidad, con esa visión estética va más allá de lo intelectual. No obstante, cuando se revive la emoción que traspasa estos dos poemas, tan distintos en la forma, tan iguales en el efecto, se comprende -o se siente- que la distancia no es nada en el fluir de la conciencia, en la manifestación profunda de las emociones.
Más allá de dualidades oriente/occidente, más allá de estilos y maneras, los hombres han sentido y sienten emociones puras que les trascienden «más allá de la muerte».
Y, siendo así, tal vez el fluir de conciencia de aquel poeta que vertió sus sentimientos en el molde del canon waka, siguió su curso y llegó al Siglo de Oro convertido en un caballero cristiano, tan kármicamente enamorado, tan arrastrado por sus sentimientos, que tal vez hoy esté expresando lo mismo en otro planeta, a años luz de esta galaxia, o en forma de pez de colores, de palmera o de tigre.
Damos vueltas y vueltas, así es la rueda del samsara. A veces con el viento de frente, a veces con un sol de justicia y, a veces, con una brisa tibia y calmante que le reconcilia a una con la vida.
Esa sensación de calma, de «regresar a casa» es lo que yo experimento con la lectura de la literatura japonesa en General. Tanizaki, Kawabata, Ichien Muju, Dama Sarashina… en todos encuentro paz. Incluso en los episodios más duros y sangrientos, en los jocosos y dramáticos, atisbo de fondo una serenidad que se me contagia, que me impregna por completo, que, además, me impulsa a escribir, a compartirlo de algún modo. Por eso creo que Sei Shonagon ha sido y es mi más profunda inspiración, hasta el punto de que me gusta pensar que tal vez su fluir de conciencia y el que ahora compone este yo se han entrelazado en el transcurso de las vidas… ¿por qué no?
Para acabar por hoy, copio el comienzo del prólogo de Ki no Tsurayuki, que expresa con una extraordinaria belleza y mucho mejor que yo lo que quiero decir:
«La poesía de Japón tiene su semilla en el corazón humano donde germina hasta crecer en las hojas de las innumerables palabras. Los que vivimos en el mundo nos hallamos afectados por muchas experiencias expresando con la exuberancia de la vegetación de las palabras lo que vemos y oímos. Por ejemplo, cuando oímos el trino del ruiseñor en la floresta o el croar de la rana en el agua, comprendemos que no hay ningún ser vivo sin canción».
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A continuación quiero añadir la estupenda explicación que me ha enviado Carlos Rubio, tras tener la gentileza de prestarle atención a esta entrada.
Empieza comentando que precisamente este es uno de sus poemas favoritos del Kokin, con cuya traducción quiso hacer un guiño al poema de Quevedo (también predilecto), ya que su versión en español tuvo que ser bastante libre, so riesgo de un resultado nada satisfactorio.
Y lo explica así de bien:
“Fíjate, si no, cómo quedaría el asunto en una traducción más o menos literal y bastante prosaica (aunque desnuda de dos o tres dobles sentidos de las palabras del original): “Si por mi pena de amor (esto es “koishiki ni”) mi alma sufriente escapara hasta ocultarse (implica morirse), lo que quedaría de un amor vacío sería la simple historia de un cadáver”.
La palabra “kara” del original quiere decir “cadáver», pero también puede significar “ a causa de”, por lo cual la frase de “munashiki kara”, también se podría interpretar como “a causa de un amor vacío”. Estos dobles sentidos eran posibles porque aquellos poetas del Kokin escribían no en sinogramas, sino en hiragana que es una escritura silábica perfecta para reproducir la homofonía de muchas palabras japonesas.
Este poema en concreto es anónimo, lo cual quiere decir una de estas dos cosas: o que eran tan viejo que no se conocía su autoría o, creo que más probable, que no era prudente revelarla (a su vez, o por ser un poema atrevidillo, es decir, muy pasional, o porque el autor era una persona de relieve y por discreción no quería que se supiera, o bien porque el autor era alguien mal visto en la corte por aquellos años y el compilador no juzgó prudente incluir su nombre”.
Agradezco a Carlos su generosidad al permitirme reproducir en esta entrada sus aclaraciones, enriqueciéndola enormemente. Es para mí un `privilegio y un placer contar con su atención y, además, poder compartirlo en el blog.
En febrero de 1990, bajo la innegable influencia de mi lectura de la obra de Rubén Darío, escribí el cuento breve que pongo a continuación.
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La sombra se agitaba rápida y silenciosa dentro del recipiente biselado. Los ojos permanecían clavados en la superficie rugosa, sin poder parpadear, sin poder desviarse, sin poder entender el milagro de la sombra violeta en el frasquito.
De pronto, un rayo de luz se reflejó en el tapón dorado y la devolvió a la realidad inmediata. Era imposible saber cuánto tiempo había estado inmóvil, sentada sobre una pierna, que ahora le hormigueaba.
No comprendía lo que había sucedido. Sabía que, por mucho tiempo que viviese, nunca podría comprenderlo. Nadie la había avisado de la fascinación del violeta, del halo de misterio melancólico que lo envuelve, de la suave y mortecina tristeza que irradia. Nadie la había avisado de su magnetismo. Se habían limitado a esconderlo, a apartarlo de sus ojos desde siempre.
Pero el final era irremediable, a pesar de los cuidados de todos para que no encontrase la esencia. El encantamiento tenía un plazo, y este se había cumplido ya.
Al levantarse del almohadón, su velo rozó levemente el pequeño tarro que había quedado al borde del escabel de plata. Ella ni siquiera se dio cuenta de que el frasquito se había roto. Ni siquiera se dio cuenta de que, poco a poco, todo se iba tiñendo del mágico color.
Su fascinación era tanta que, solo cuando ella misma estuvo disuelta en el violeta, comprendió que aquel era su destino fantástico y eterno, que le habían estado ocultando.
En la orilla el agua cubre pequeñas plantas que, sin ser acuáticas, están completamente sumergidas. Mirándolas con atención resultan ser geranios silvestres florecidos. Es curioso pero el agua no les afecta. Ni siquiera parece tocar los delicados pétalos rojos de las florecitas.
Me decido a levantar un poco la mirada. Veo en la lejanía un cielo gris plomizo fundido con el oscurísimo azul del agua. No hay horizonte, solo una masa confusa. Y ahora ya comprendo lo que ha sucedido y lo que sucederá.
*****
No sé cómo llegué hasta aquí. Me encontré empapada, descalza y sola en mitad de este paraje extraño. Todo a mi alrededor era hermoso y terrible. Me abrumaron los verdes intensos de la vegetación, que casi herían los ojos. Las piedras, llenas de aristas y puntas, se me clavaron en los pies. Los insectos zumbaban y chirriaban atronadores. Sin embargo, al mismo tiempo, todo era bellísimo, aterradoramente bello y peligroso. Creo que por eso, enseguida, dejé de ocuparme del dolor.
Empecé a explorar. Era todo nuevo y, a la vez, conocido. Cada árbol me recordaba a otro, los cantos de los pájaros me resultaban familiares, pero en verdad no conocía nada de lo que me rodeaba.
Por fin entré en una zona más despejada. Allí comenzaba una especie de pista pedregosa. A lo lejos un coche viejo y polvoriento estaba parado, como si lo hubieran abandonado hace mucho tiempo. Me acerqué y vi que dentro había un hombre dormido. No era ni guapo ni feo, ni joven ni viejo. Su ropa era tan anodina como él mismo. Parecía que le faltaba color y vida, aunque solo fuera por el contraste con la abrumadora naturaleza que nos rodeaba. Me parece que él debió de pensar lo mismo de mí cuando se despertó, porque me miró con cara de absoluta indiferencia, como si yo no fuese más que una mota de polvo en el parabrisas. No cruzamos una sola palabra. Éramos dos personas en un mundo extraño y extrañas entre sí. Como si compartiéramos el espacio en dimensiones diferentes e inaccesibles.
Sin más, me alejé unos pasos y él arrancó el coche. Mientras lo miraba alejarse por la pista de piedras y polvo, se me figuró un retrato en sepia tratando de huir hacia el pasado. Supe que le sería imposible. Por mucho que quisiera, ese hombre descolorido no tenía adónde ir. No había más camino.
Yo también tenía que marcharme a algún sitio. ¿Hacer algo? ¿Buscar algo? Seguía confusa, aunque tras este encuentro se había abierto una pequeña fisura por la que entraba una pobre luz en mi entendimiento.
Seguí caminando con los pies doloridos por las piedras y los brazos arañados por las zarzas, pero sin prestar atención al dolor, obnubilada por todas las formas colores y ruidos que me penetraban.
Y llegué por fin a una zona selvática. Entre una tupida vegetación se abría una gran charca de agua lodosa. Frente a mí, en la otra orilla, vi a una mujer con pantalón corto y melena morena, caminando resuelta muy cerca del borde. Ponía poco cuidado en su marcha, teniendo en cuenta que era fácil caerse al agua. Efectivamente, en un momento dio un traspiés y se precipitó dentro de las cenagosas aguas. Gritaba aterrada y dolorida mientras se agitaba intentando salir, pero la orilla estaba alta y escurridiza. Por fin, con gran esfuerzo, jadeando y llorando logró encaramarse de nuevo a la tierra, aunque para ella ya nada sería igual, porque las pirañas la habían mutilado. Le faltaban trozos de carne en las piernas y aún llevaba enganchados algunos de esos bichos negruzcos y repugnantes. La vi marcharse, desaparecer entre la maleza, con la seguridad de que, como el hombre de color sepia, tampoco tenía adónde ir ni medios para llegar a ninguna parte.
Me fui de allí sin haber hecho nada por aquella mujer y sin haber cruzado con ella ni una mirada. Como con el hombre descolorido, tenía la impresión de estar compartiendo un espacio y un tiempo, pero otra vez en dimensiones distintas. Tal vez fuésemos como líneas curvas que se encuentran en un punto y que, apenas se tocan, se distancian en el infinito.
No obstante, El sufrimiento de aquella mujer de algún modo llegó a alcanzarme en el centro del pecho y abrió de golpe esa fisura de mi entendimiento, convirtiéndola en una enorme grieta por la que ya cabía un chorro de luz clara. Así me di cuenta de lo que sucedía: yo estaba viviendo. Esta cosa extraña era existir.
Entonces volví a caminar, consciente de todo, habitando todo el espacio y todas las formas, sensible al dolor, al aroma, al zumbido, al brillo de las hojas…
******
…Y ahora ya estoy aquí, en la orilla, atenta a estos misteriosos geranios sumergidos en el agua y en el silencio.
Acabo de comprender la verdad: la vida es solo esto: la tierra emerge un momento desde lo más profundo de las aguas, para que la habites un instante y luego vuelve a sumergirse sin ruido.
Pero yo decido que no voy a esperar. ¿Para qué? Esa masa profundamente oscura me envolverá tarde o temprano. Los geranios silvestres están felices y serenos ahí debajo y yo también lo estaré.
Rompes un hilo. Sueltas un dobladillo y se despliega el bajo de una vieja cortina, acortada años antes para adaptarla a otra ventana más pequeña.
Hoy hay que alargarla de nuevo, por eso rompes ese hilo con mucho cuidado. Y, sin saber cómo, del dobladillo empieza a desprenderse poco a poco, puntada rota a puntada rota, un polvillo de nostalgia que te envuelve como una bruma con aroma a jabón barato y a tortilla a la francesa.
Este hilo tan fino, cosido con tanto amor y tanto cuidado, durante años ha sido el dique que contenía el desamparo de la orfandad, del anhelo inútil de las manos de la madre que tanto hicieron sin que se notase siquiera.
¿Habrá algún hilo capaz de hilvanar el desgarrón de su ausencia?
No.
Nadie puede coser al presente el tacto de sus manos y la dulzura de sus mejillas, como melocotoncitos tersos, ni bordarle al hoy con abalorios y lentejuelas su sonrisa tímida y su voz dulce y templada.
Estas manos que escriben, cada día se van transformando más en las suyas. Imitan sus movimientos y se disfrazan con su forma. Pero, en lugar de coser, descosen y dejan caer el dobladillo tan lánguidamente como una lágrima tímida.
***
Heraldos verdes
***
Entre cenizas,
miles de heraldos verdes,
puños cerrados,
que se irán desplegando…
¡Estandartes de paz!
***
“El hecho extraño” y “Helecho extraño” eran los típicos ejemplos que ponían en clase cuando se hablaba de fonética sintáctica, allá en la noche de los tiempos, cuando yo estudiaba esas cosas. Estos días, caminando por las calcinadas laderas de Valdés, en Asturias, me acordaba de aquellos ejemplos, porque mira que son extraños los helechos y mira que es extraño y maravilloso su modo de sobreponerse al desastre de los incendios desaforados que los seres humanos provocan por mezquindad, avaricia e inconsciencia.
César Vallejo decía en su sobrecogedor poema “Los heraldos negros”, que hay golpes tan fuertes en la vida que son “como del odio de Dios” y además son “los heraldos negros que nos manda la muerte”.
Sin embargo, estos días en Asturias he vivido casi como milagroso el surgir desde la tierra calcinada otros heraldos: cientos de brotes de esos helechos extraños, erguidos buscando la luz y el sol, tan solo unos pocos días después del desastre, como un ejército de bastoncillos tiernos. Con sus puntas enrolladas sobre sí mismas, todavía emergiendo, Podrían parecer frágiles, pero no lo son porque tienen la fuerza de la resistencia al tiempo y a la muerte, que demuestran orgullosamente desenrollando sus hojas y mostrándolas como sus nuevos y brillantes estandartes de paz. Tras los incendios, estos son hoy en Asturias los heraldos verdes que nos manda la vida.
***
(Por alusiones…)
***

Hoy es Hinamatsuri, el Festival de las Muñecas.
El tercer día del tercer mes se celebra en Japón el día de las niñas. Se colocan cuidadosamente muñecas, a veces muy antiguas, heredadas generación tras generación, que reproducen personajes de la corte imperial.
Esta es una tradición muy antigua que procede de la era Heian. Por entonces las muñecas eran de factura efímera, hechas de papel. Se colocaban en barquitas iluminadas que se dejaban flotando en el río. Ellas se llevaban consigo todo lo malo, alejando su triste carga siguiendo la corriente.
En Hinamatsuri exponer las muñecas primorosamente da suerte a las niñas de la casa. Pero, eso sí, no hay que dilatar el tiempo de presentación de las muñecas porque, en ese caso, las pobres niñas no se casarán…
Claro, con la diferencia horaria, algunas en Madrid nos hemos enterado demasiado tarde y nos hemos quedado para vestir muñecas en Hinamatsuri. ¡Qué le vamos a hacer!
A esta fiesta también se la conoce como la de los melocotones, porque los altares donde se colocan las muñecas se decoran con flores de melocotonero, que se identifican con lo femenino.
De su belleza,
cuantas ramas floridas
mueren sin fruto.
Melocotones rojos,
sin planetas ni soles.
Mejillas de terciopelo y estallidos de líquida dulzura, que tantas veces se pierden antes siquiera de ser encontrados ni saboreados; porque la belleza es tan efímera y, tal vez, tan estéril.
En un solo segundo en el altar de la belleza se sacrifica la vida, se derrocha la energía. Y, cuidado, no se debe ni pensar si vale la pena hacerlo.
¿Saldrán volando
dos mariposas negras
de tu sonrisa?
******
Se sonríe mucho y sin verdaderas ganas, seguramente por agradar, por evitar conflictos, por miedo al rechazo, por infinidad de temores absurdos y no tan absurdos. Se sonríe mucho y mal.
En los vértices de la sonrisa se esconden todas esas emociones que se quieren ocultar y que caerían vergonzosamente de la comisura de los labios delante de nuestros interlocutores, si no se les hicieran esos huecos profundos y oscuros donde resguardarse.
Este año me he propuesto sonreír menos, aceptar menos, ser menos diplomática y mantenerme lo más tranquila posible con los miedos, los odios, el silencio y todo aquello que me he acostumbrado a guardar cuidadosamente en las comisuras de mis labios curvados. No va a ser fácil, porque es casi toda la vida entrenándome para sonreírle a todo lo que no me gusta.
No obstante, mi propósito no es sonreír poco o mucho, sino hacerlo de verdad. Dejar de convertir ese gesto en una máscara de protección ante el mundo. Simular fortaleza o indiferencia cuando no se sienten realmente es un gran esfuerzo que, al final, reporta muy pocos beneficios.
Últimamente estoy releyendo “Los lugares que te asustan: convertir el miedo en fortaleza en tiempos difíciles” de Pema Chödron. Tal vez por la influencia de esta lectura uno de estos días visualicé claramente en esos rincones de la sonrisa utilitaria unos desvanes que creo que todos tenemos en mayor o menor medida. Adentrarse a solas sin máscara en esos “lugares amenazadores” que son nuestras emociones conflictivas, ya es difícil; pero me parece que lo es todavía más cuando nos enfrentamos con ello al juicio ajeno, a la aprobación o al rechazo, tan arbitrarios y tan cambiantes la mayoría de las veces. Dependemos mucho de la imagen que los demás nos devuelven de nosotros mismos. Sin embargo, reconocer esa dependencia, esa vulnerabilidad paradójicamente es una muestra de fortaleza real. Valorarnos sin menosprecio ni vanagloria requiere de mucha atención y mucha compasión.
En fin, será necesario mucho valor para afrontar a rostro descubierto lo que tenga que venir. Los “tiempos difíciles” de los que habla el subtítulo son muchos y están siempre entremezclados con los momentos de bonanza. Casi cada día hay un poco de todo y, por tanto, ocasiones para practicar. Mi propósito de este año de sonreír menos pero con más verdad va a ser un desafío del que ya veremos cómo salgo. No obstante, me parece que vale la pena explorar caminos para vivir con más sencillez y menos artificiosidad.
De momento, voy a seguir un rato más con la lectura, a ver si Pema Chödron me sigue inspirando. Seguro que sí.
Está lloviendo.
se aplastan las estrellas
contra el asfalto.
El nuevo año tiembla
mirando el horizonte.
