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Cultivar la Amabilidad

 

Hay tantas cuestiones que tratar cuando hablamos de meditación, que, la verdad, no sé por dónde empezar. Al fin y al cabo, familiarizarse con la naturaleza de la mente implica tomar conciencia clara de la Vida con mayúscula, que se compone principalmente de las cosas cotidianas, que son las que marcan la existencia. No hace falta, creo yo, andar buscando experiencias extraordinarias, porque la verdadera trascendencia se encuentra en lo más cercano.
Últimamente me estoy fijando en un aspecto que, al menos yo, dejo de lado sin darme cuenta, no solo en la meditación. Me refiero a la Amabilidad. Lo pongo con mayúscula, no porque me haya dado un ataque de «mayusculitis» (como decía mi querida amiga Carmen Roig), sino porque quiero distinguir este concepto de algún modo, separándolo de la idea de cortesía vacía.
«Amabilidad» tiene obviamente la misma raíz que amor. Este concepto creo que es importantísimo cuando nos referimos a nosotros mismos. En la meditación, tantas y tantas veces, nos ponemos metas, nos juzgamos, nos exigimos y, claro, dejamos de amarnos, dejamos de ser «amables» con nosotros. Llegamos a ponernos tan rígidos y solemnes que nos perdemos en lo que «deberíamos hacer», olvidando la experiencia en sí.
Me parece que la pereza para meditar muchas veces se alimenta de nuestra falta de Amabilidad con nosotros mismos. Y, como decía, la meditación no es una excepción, una actividad ajena a lo cotidiano, por eso esta misma carencia nos lleva a caer en hábitos que nos perjudican frente a los que nos benefician, aun siendo conscientes de ello.
Y, dicho esto, ¿qué hacemos? Pues ponernos manos a la obra con lo que tenemos más cerca, con lo que somos ahora: nuestro propio cuerpo y nuestras propias sensaciones. Propongo algo sencillo para cultivar esta Amabilidad desde la sensación, que es algo que cala con mucha profundidad en nuestra mente.
Sentémonos con la espalda recta, en una posición que nos resulte lo suficientemente cómoda para estar tranquilos, al tiempo que mantenemos la atención sin desmoronarnos. Ni tensos ni derrumbados, con una postura digna y elegante, abiertos a lo que pueda surgir.

Con una primera inspiración, giramos suavemente los hombros hacia abajo y hacia atrás, permitiendo que el pecho se abra, sin estridencias; no marcialmente, sino con la alegría y la curiosidad de abrirnos a la experiencia.
Con esta actitud, comencemos a observar las sensaciones del aire al entrar y al salir de las fosas nasales, sintiendo como cada una de nuestras inspiraciones es una caricia que entra en nuestro cuerpo, única e irrepetible, que nos da la vida. Igualmente al sentir cada espiración, dejamos salir el aire como otra caricia que enviamos conscientemente a nuestro entorno.
Con esta actitud cultivamos la Amabilidad sin diferenciarnos de lo demás. Cada respiración nos conecta y nos acaricia. Nos amamos y amamos lo que respiramos, sin separación, sin diferencias.
Esta propuesta no tiene por qué llevar demasiado tiempo, pero sí exige atención y cuidado. Todos los que nos hemos acercado a la meditación conocemos bien que la mente quiere siempre distraerse. No pasa nada porque surjan pensamientos, es lo normal, lo único que hay que hacer es, con una sonrisa interior, procurar no enredarse en ellos y devolver la atención a estas sensaciones.
También es importante mantener el tiempo de observación que nos hayamos fijado previamente, aunque sean cinco minutos, porque así cultivaremos una sana disciplina que nos será muy útil en otras muchas facetas de la vida.
Espero que estas palabras puedan ser beneficiosas, sin olvidar que «la luna es lo que importa».

Amor y poesía más allá de la muerte

Si por la pena
de este amor mi alma herida
huye y se esconde,
seré un cadáver, pero
de cuerpo enamorado.

Koishiki ni
wabite tamashii
madoinaba
munashiki kara no
na ni ya nokoramu

Tras leer este waka anónimo del «Kokinshuu», cómo evitar la asociación inmediata con…

AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Medulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

No creo que haya mucha duda acerca de que Francisco de Quevedo no pudo inspirarse en este poema del «Kokin Wakashuu», más conocido por «Kokinshuu» («Colección de poemas japoneses antiguos y modernos») compilación realizada principalmente por Ki no Tsurayuki, y prologada también por él. Es la primera de este tipo realizada a petición de un emperador, y se finalizó a principios del siglo X. Actualmente ha aparecido una estupenda edición en Hiperión, traducida, anotada y prologada por mi admirado y querido profesor Carlos Rubio, al que debo el haber aprendido muchísimo acerca de las claves que marcan el maravilloso recorrido por los textos de esta literatura. Gracias a él he descubierto obras nuevas para mí, matices diferentes en mis lecturas conocidas y muchos senderos nuevos que transitar.
Desde hace años he disfrutado de la literatura japonesa, más de la clásica que de la contemporánea, sintiéndome como un pez de colores en un arrecife de coral cuando me sumerjo en ella. mi identificación con esa sensibilidad, con esa visión estética va más allá de lo intelectual. No obstante, cuando se revive la emoción que traspasa estos dos poemas, tan distintos en la forma, tan iguales en el efecto, se comprende -o se siente- que la distancia no es nada en el fluir de la conciencia, en la manifestación profunda de las emociones.
Más allá de dualidades oriente/occidente, más allá de estilos y maneras, los hombres han sentido y sienten emociones puras que les trascienden «más allá de la muerte».
Y, siendo así, tal vez el fluir de conciencia de aquel poeta que vertió sus sentimientos en el molde del canon waka, siguió su curso y llegó al Siglo de Oro convertido en un caballero cristiano, tan kármicamente enamorado, tan arrastrado por sus sentimientos, que tal vez hoy esté expresando lo mismo en otro planeta, a años luz de esta galaxia, o en forma de pez de colores, de palmera o de tigre.
Damos vueltas y vueltas, así es la rueda del samsara. A veces con el viento de frente, a veces con un sol de justicia y, a veces, con una brisa tibia y calmante que le reconcilia a una con la vida.
Esa sensación de calma, de «regresar a casa» es lo que yo experimento con la lectura de la literatura japonesa en General. Tanizaki, Kawabata, Ichien Muju, Dama Sarashina… en todos encuentro paz. Incluso en los episodios más duros y sangrientos, en los jocosos y dramáticos, atisbo de fondo una serenidad que se me contagia, que me impregna por completo, que, además, me impulsa a escribir, a compartirlo de algún modo. Por eso creo que Sei Shonagon ha sido y es mi más profunda inspiración, hasta el punto de que me gusta pensar que tal vez su fluir de conciencia y el que ahora compone este yo se han entrelazado en el transcurso de las vidas… ¿por qué no?
Para acabar por hoy, copio el comienzo del prólogo de Ki no Tsurayuki, que expresa con una extraordinaria belleza y mucho mejor que yo lo que quiero decir:

«La poesía de Japón tiene su semilla en el corazón humano donde germina hasta crecer en las hojas de las innumerables palabras. Los que vivimos en el mundo nos hallamos afectados por muchas experiencias expresando con la exuberancia de la vegetación de las palabras lo que vemos y oímos. Por ejemplo, cuando oímos el trino del ruiseñor en la floresta o el croar de la rana en el agua, comprendemos que no hay ningún ser vivo sin canción».

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A continuación quiero añadir la estupenda explicación que me ha enviado Carlos Rubio, tras tener la gentileza de prestarle atención a esta entrada.
Empieza comentando que precisamente este es uno de sus poemas favoritos del Kokin, con cuya traducción quiso hacer un guiño al poema de Quevedo (también predilecto), ya que su versión en español tuvo que ser bastante libre, so riesgo de un resultado nada satisfactorio.
Y lo explica así de bien:
“Fíjate, si no, cómo quedaría el asunto en una traducción más o menos literal y bastante prosaica (aunque desnuda de dos o tres dobles sentidos de las palabras del original): “Si por mi pena de amor (esto es “koishiki ni”) mi alma sufriente escapara hasta ocultarse (implica morirse), lo que quedaría de un amor vacío sería la simple historia de un cadáver”.
La palabra “kara” del original quiere decir “cadáver», pero también puede significar “ a causa de”, por lo cual la frase de “munashiki kara”, también se podría interpretar como “a causa de un amor vacío”. Estos dobles sentidos eran posibles porque aquellos poetas del Kokin escribían no en sinogramas, sino en hiragana que es una escritura silábica perfecta para reproducir la homofonía de muchas palabras japonesas.
Este poema en concreto es anónimo, lo cual quiere decir una de estas dos cosas: o que eran tan viejo que no se conocía su autoría o, creo que más probable, que no era prudente revelarla (a su vez, o por ser un poema atrevidillo, es decir, muy pasional, o porque el autor era una persona de relieve y por discreción no quería que se supiera, o bien porque el autor era alguien mal visto en la corte por aquellos años y el compilador no juzgó prudente incluir su nombre”.

Agradezco a Carlos su generosidad al permitirme reproducir en esta entrada sus aclaraciones, enriqueciéndola enormemente. Es para mí un `privilegio y un placer contar con su atención y, además, poder compartirlo en el blog.

La princesa que tenía que convertirse en color

En febrero de 1990, bajo la innegable influencia de mi lectura de la obra de Rubén Darío, escribí el cuento breve que pongo a continuación.

****

La sombra se agitaba rápida y silenciosa dentro del recipiente biselado. Los ojos permanecían clavados en la superficie rugosa, sin poder parpadear, sin poder desviarse, sin poder entender el milagro de la sombra violeta en el frasquito.
De pronto, un rayo de luz se reflejó en el tapón dorado y la devolvió a la realidad inmediata. Era imposible saber cuánto tiempo había estado inmóvil, sentada sobre una pierna, que ahora le hormigueaba.
No comprendía lo que había sucedido. Sabía que, por mucho tiempo que viviese, nunca podría comprenderlo. Nadie la había avisado de la fascinación del violeta, del halo de misterio melancólico que lo envuelve, de la suave y mortecina tristeza que irradia. Nadie la había avisado de su magnetismo. Se habían limitado a esconderlo, a apartarlo de sus ojos desde siempre.
Pero el final era irremediable, a pesar de los cuidados de todos para que no encontrase la esencia. El encantamiento tenía un plazo, y este se había cumplido ya.
Al levantarse del almohadón, su velo rozó levemente el pequeño tarro que había quedado al borde del escabel de plata. Ella ni siquiera se dio cuenta de que el frasquito se había roto. Ni siquiera se dio cuenta de que, poco a poco, todo se iba tiñendo del mágico color.
Su fascinación era tanta que, solo cuando ella misma estuvo disuelta en el violeta, comprendió que aquel era su destino fantástico y eterno, que le habían estado ocultando.

Sueño de tierra y agua

En la orilla el agua cubre pequeñas plantas que, sin ser acuáticas, están completamente sumergidas. Mirándolas con atención resultan ser geranios silvestres florecidos. Es curioso pero el agua no les afecta. Ni siquiera parece tocar los delicados pétalos rojos de las florecitas.
Me decido a levantar un poco la mirada. Veo en la lejanía un cielo gris plomizo fundido con el oscurísimo azul del agua. No hay horizonte, solo una masa confusa. Y ahora ya comprendo lo que ha sucedido y lo que sucederá.

*****

No sé cómo llegué hasta aquí. Me encontré empapada, descalza y sola en mitad de este paraje extraño. Todo a mi alrededor era hermoso y terrible. Me abrumaron los verdes intensos de la vegetación, que casi herían los ojos. Las piedras, llenas de aristas y puntas, se me clavaron en los pies. Los insectos zumbaban y chirriaban atronadores. Sin embargo, al mismo tiempo, todo era bellísimo, aterradoramente bello y peligroso. Creo que por eso, enseguida, dejé de ocuparme del dolor.
Empecé a explorar. Era todo nuevo y, a la vez, conocido. Cada árbol me recordaba a otro, los cantos de los pájaros me resultaban familiares, pero en verdad no conocía nada de lo que me rodeaba.
Por fin entré en una zona más despejada. Allí comenzaba una especie de pista pedregosa. A lo lejos un coche viejo y polvoriento estaba parado, como si lo hubieran abandonado hace mucho tiempo. Me acerqué y vi que dentro había un hombre dormido. No era ni guapo ni feo, ni joven ni viejo. Su ropa era tan anodina como él mismo. Parecía que le faltaba color y vida, aunque solo fuera por el contraste con la abrumadora naturaleza que nos rodeaba. Me parece que él debió de pensar lo mismo de mí cuando se despertó, porque me miró con cara de absoluta indiferencia, como si yo no fuese más que una mota de polvo en el parabrisas. No cruzamos una sola palabra. Éramos dos personas en un mundo extraño y extrañas entre sí. Como si compartiéramos el espacio en dimensiones diferentes e inaccesibles.
Sin más, me alejé unos pasos y él arrancó el coche. Mientras lo miraba alejarse por la pista de piedras y polvo, se me figuró un retrato en sepia tratando de huir hacia el pasado. Supe que le sería imposible. Por mucho que quisiera, ese hombre descolorido no tenía adónde ir. No había más camino.
Yo también tenía que marcharme a algún sitio. ¿Hacer algo? ¿Buscar algo? Seguía confusa, aunque tras este encuentro se había abierto una pequeña fisura por la que entraba una pobre luz en mi entendimiento.
Seguí caminando con los pies doloridos por las piedras y los brazos arañados por las zarzas, pero sin prestar atención al dolor, obnubilada por todas las formas colores y ruidos que me penetraban.
Y llegué por fin a una zona selvática. Entre una tupida vegetación se abría una gran charca de agua lodosa. Frente a mí, en la otra orilla, vi a una mujer con pantalón corto y melena morena, caminando resuelta muy cerca del borde. Ponía poco cuidado en su marcha, teniendo en cuenta que era fácil caerse al agua. Efectivamente, en un momento dio un traspiés y se precipitó dentro de las cenagosas aguas. Gritaba aterrada y dolorida mientras se agitaba intentando salir, pero la orilla estaba alta y escurridiza. Por fin, con gran esfuerzo, jadeando y llorando logró encaramarse de nuevo a la tierra, aunque para ella ya nada sería igual, porque las pirañas la habían mutilado. Le faltaban trozos de carne en las piernas y aún llevaba enganchados algunos de esos bichos negruzcos y repugnantes. La vi marcharse, desaparecer entre la maleza, con la seguridad de que, como el hombre de color sepia, tampoco tenía adónde ir ni medios para llegar a ninguna parte.
Me fui de allí sin haber hecho nada por aquella mujer y sin haber cruzado con ella ni una mirada. Como con el hombre descolorido, tenía la impresión de estar compartiendo un espacio y un tiempo, pero otra vez en dimensiones distintas. Tal vez fuésemos como líneas curvas que se encuentran en un punto y que, apenas se tocan, se distancian en el infinito.
No obstante, El sufrimiento de aquella mujer de algún modo llegó a alcanzarme en el centro del pecho y abrió de golpe esa fisura de mi entendimiento, convirtiéndola en una enorme grieta por la que ya cabía un chorro de luz clara. Así me di cuenta de lo que sucedía: yo estaba viviendo. Esta cosa extraña era existir.
Entonces volví a caminar, consciente de todo, habitando todo el espacio y todas las formas, sensible al dolor, al aroma, al zumbido, al brillo de las hojas…

******

…Y ahora ya estoy aquí, en la orilla, atenta a estos misteriosos geranios sumergidos en el agua y en el silencio.
Acabo de comprender la verdad: la vida es solo esto: la tierra emerge un momento desde lo más profundo de las aguas, para que la habites un instante y luego vuelve a sumergirse sin ruido.
Pero yo decido que no voy a esperar. ¿Para qué? Esa masa profundamente oscura me envolverá tarde o temprano. Los geranios silvestres están felices y serenos ahí debajo y yo también lo estaré.

Rompes un hilo

Rompes un hilo. Sueltas un dobladillo y se despliega el bajo de una vieja cortina, acortada años antes para adaptarla a otra ventana más pequeña.
Hoy hay que alargarla de nuevo, por eso rompes ese hilo con mucho cuidado. Y, sin saber cómo, del dobladillo empieza a desprenderse poco a poco, puntada rota a puntada rota, un polvillo de nostalgia que te envuelve como una bruma con aroma a jabón barato y a tortilla a la francesa.
Este hilo tan fino, cosido con tanto amor y tanto cuidado, durante años ha sido el dique que contenía el desamparo de la orfandad, del anhelo inútil de las manos de la madre que tanto hicieron sin que se notase siquiera.
¿Habrá algún hilo capaz de hilvanar el desgarrón de su ausencia?
No.
Nadie puede coser al presente el tacto de sus manos y la dulzura de sus mejillas, como melocotoncitos tersos, ni bordarle al hoy con abalorios y lentejuelas su sonrisa tímida y su voz dulce y templada.
Estas manos que escriben, cada día se van transformando más en las suyas. Imitan sus movimientos y se disfrazan con su forma. Pero, en lugar de coser, descosen y dejan caer el dobladillo tan lánguidamente como una lágrima tímida.

Los Heraldos Verdes

Helechos (5)

***

Heraldos verdes

***

Entre cenizas,
miles de heraldos verdes,
puños cerrados,
que se irán desplegando…
¡Estandartes de paz!

***

“El hecho extraño” y “Helecho extraño” eran los típicos ejemplos que ponían en clase cuando se hablaba de fonética sintáctica, allá en la noche de los tiempos, cuando yo estudiaba esas cosas. Estos días, caminando por las calcinadas laderas de Valdés, en Asturias, me acordaba de aquellos ejemplos, porque mira que son extraños los helechos y mira que es extraño y maravilloso su modo de sobreponerse al desastre de los incendios desaforados que los seres humanos provocan por mezquindad, avaricia e inconsciencia.
César Vallejo decía en su sobrecogedor poema “Los heraldos negros”, que hay golpes tan fuertes en la vida que son “como del odio de Dios” y además son “los heraldos negros que nos manda la muerte”.
Sin embargo, estos días en Asturias he vivido casi como milagroso el surgir desde la tierra calcinada otros heraldos: cientos de brotes de esos helechos extraños, erguidos buscando la luz y el sol, tan solo unos pocos días después del desastre, como un ejército de bastoncillos tiernos. Con sus puntas enrolladas sobre sí mismas, todavía emergiendo, Podrían parecer frágiles, pero no lo son porque tienen la fuerza de la resistencia al tiempo y a la muerte, que demuestran orgullosamente desenrollando sus hojas y mostrándolas como sus nuevos y brillantes estandartes de paz. Tras los incendios, estos son hoy en Asturias los heraldos verdes que nos manda la vida.

***

(Por alusiones…)

***

Helechos (4)

Hinamatsuri 🎎. momo no sekku

Hoy es Hinamatsuri, el Festival de las Muñecas.
El tercer día del tercer mes se celebra en Japón el día de las niñas. Se colocan cuidadosamente muñecas, a veces muy antiguas, heredadas generación tras generación, que reproducen personajes de la corte imperial.

Esta es una tradición muy antigua que procede de la era Heian. Por entonces las muñecas eran de factura efímera, hechas de papel. Se colocaban en barquitas iluminadas que se dejaban flotando en el río. Ellas se llevaban consigo todo lo malo, alejando su triste carga siguiendo la corriente.

En Hinamatsuri exponer las muñecas primorosamente da suerte a las niñas de la casa. Pero, eso sí, no hay que dilatar el tiempo de presentación de las muñecas porque, en ese caso, las pobres niñas no se casarán…
Claro, con la diferencia horaria, algunas en Madrid nos hemos enterado demasiado tarde y nos hemos quedado para vestir muñecas en Hinamatsuri. ¡Qué le vamos a hacer!

A esta fiesta también se la conoce como la de los melocotones, porque los altares donde se colocan las muñecas se decoran con flores de melocotonero, que se identifican con lo femenino.

De su belleza,
cuantas ramas floridas
mueren sin fruto.

Melocotones rojos,
sin planetas ni soles.

Mejillas de terciopelo y estallidos de líquida dulzura, que tantas veces se pierden antes siquiera de ser encontrados ni saboreados; porque la belleza es tan efímera y, tal vez, tan estéril.

En un solo segundo en el altar de la belleza se sacrifica la vida, se derrocha la energía. Y, cuidado, no se debe ni pensar si vale la pena hacerlo.

Los vértices de la sonrisa

¿Saldrán volando
dos mariposas negras
de tu sonrisa?

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Se sonríe mucho y sin verdaderas ganas, seguramente por agradar, por evitar conflictos, por miedo al rechazo, por infinidad de temores absurdos y no tan absurdos. Se sonríe mucho y mal.
En los vértices de la sonrisa se esconden todas esas emociones que se quieren ocultar y que caerían vergonzosamente de la comisura de los labios delante de nuestros interlocutores, si no se les hicieran esos huecos profundos y oscuros donde resguardarse.
Este año me he propuesto sonreír menos, aceptar menos, ser menos diplomática y mantenerme lo más tranquila posible con los miedos, los odios, el silencio y todo aquello que me he acostumbrado a guardar cuidadosamente en las comisuras de mis labios curvados. No va a ser fácil, porque es casi toda la vida entrenándome para sonreírle a todo lo que no me gusta.
No obstante, mi propósito no es sonreír poco o mucho, sino hacerlo de verdad. Dejar de convertir ese gesto en una máscara de protección ante el mundo. Simular fortaleza o indiferencia cuando no se sienten realmente es un gran esfuerzo que, al final, reporta muy pocos beneficios.
Últimamente estoy releyendo “Los lugares que te asustan: convertir el miedo en fortaleza en tiempos difíciles” de Pema Chödron. Tal vez por la influencia de esta lectura uno de estos días visualicé claramente en esos rincones de la sonrisa utilitaria unos desvanes que creo que todos tenemos en mayor o menor medida. Adentrarse a solas sin máscara en esos “lugares amenazadores” que son nuestras emociones conflictivas, ya es difícil; pero me parece que lo es todavía más cuando nos enfrentamos con ello al juicio ajeno, a la aprobación o al rechazo, tan arbitrarios y tan cambiantes la mayoría de las veces. Dependemos mucho de la imagen que los demás nos devuelven de nosotros mismos. Sin embargo, reconocer esa dependencia, esa vulnerabilidad paradójicamente es una muestra de fortaleza real. Valorarnos sin menosprecio ni vanagloria requiere de mucha atención y mucha compasión.
En fin, será necesario mucho valor para afrontar a rostro descubierto lo que tenga que venir. Los “tiempos difíciles” de los que habla el subtítulo son muchos y están siempre entremezclados con los momentos de bonanza. Casi cada día hay un poco de todo y, por tanto, ocasiones para practicar. Mi propósito de este año de sonreír menos pero con más verdad va a ser un desafío del que ya veremos cómo salgo. No obstante, me parece que vale la pena explorar caminos para vivir con más sencillez y menos artificiosidad.
De momento, voy a seguir un rato más con la lectura, a ver si Pema Chödron me sigue inspirando. Seguro que sí.

Domingo por la tarde

un bar sin música,
conversación de ambiente,
luz cenital
y el placer de aburrirse
la tarde del domingo.

En Madrid las tardes de domingo ya no tienen ese tinte melancólico que tenían antes. La dichosa gentrificación ha hecho prácticamente indistinguibles los sábados, bullangueros y ruidosos, de los modestos y retraídos domingos, que eran el ocaso de la semana. Y, claro está, sin ocaso tampoco hay amanecer.
La sobreestimulación de este mundo en el que vivimos ahora no permite tales bajones. Todo tiene que ser cada vez más brillante, más ruidoso, más colorido, más electrizante y esto es agotador para la mente y para el cuerpo. Por eso aquellos domingos por la tarde en los que uno sentía en final de la semana como un suave languidecer perezoso y aburrido han tenido que rendirse al imperio del “logro de objetivos”. Desde que hasta los enamorados “se embarcan en un proyecto común”, como auténticos “emprendedores afectivos”, el coqueteo frívolo y la seducción artística van de capa caída: definitivamente son un esfuerzo innecesario.
Pero, contradiciéndome a mí misma, resulta que sí, que todavía quedan rincones de esos que conservan los domingos por la tarde un tono dulce y triste. No hace mucho descubrí un bar así, en pleno Malasaña, donde parecería imposible tal rareza: nada de música, tres o cuatro mesas ocupadas por amigas conversando sin estridencias, luz cenital y ausencia de la última moda en decoración “pijo-vintage”. Como no soy buena (y me temo que nunca lo seré) no diré aquí donde está. No obstante, no soy completamente inmune al soborno… Por seguir contradiciéndome, habrá que rentabilizar de algún modo el hallazgo. ¿Y si después de tanto rollo me hago emprendedora?

¿Qué vendrá?

Está lloviendo.
se aplastan las estrellas
contra el asfalto.
El nuevo año tiembla
mirando el horizonte.

… Escribíamos ayer…

“¿Cuál es mi sitio?”
Me preguntan las cosas
de vuelta a casa.

***

… Escribíamos ayer: ¡Por su obra la conoceréis!
Y es que han sido muchos meses sin escribir y sin componer ni un solo haiku. Marymer arquitecta y decoradora ha secuestrado a todas las demás marymeres sin posibilidad de rescate. ¡Hacerse una nueva madriguera no es cosa de poco!
Pero estos días las otras ya se van atreviendo a asomar la naricilla fuera del desván donde estaban escondidas. Pálidas y débiles dan pasos inseguros, como este titubeante haiku de hoy.
En fin, que en esta nueva casa andamos todavía un poco perdidas las cosas y yo. Pululamos por las habitaciones, trepamos por los armarios y nos sumergimos en los cajones en busca del nuevo rincón donde ovillarnos entre los calcetines o detrás de las sartenes.
Perpleja recorro mental y físicamente mi nuevo espacio donde cabe todo lo que tengo y más. Me pregunto en qué momento la carroza se convertirá en calabaza y los caballos en ratones, porque “esto no puede ser”. Se apodera de mí “el síndrome de la niña que dormía en la cama mueble del comedor” y empiezo a temer que se conjuren todos los inconvenientes posibles y que se aparezcan como brujas satánicas envidiosas y malvadas.
Sin embargo, a pesar de los temores, todo va tomando forma, color y aromas. Ya estoy aquí de nuevo. ¡Marymer bloguera ha sido liberada! Así que…como escribíamos ayer…

¡Rompe la taza!

Restos de té
Sin ayer ni mañana.
¡Rompe la taza!

Desde muy joven me aficioné a distintos métodos para conocer el futuro: las tiradas de baraja española, de tarot, la lectura de las rayas de la mano y cualquier otra cosa que me hiciera sentir que controlaba la vida. ¡Qué ilusa! ¡Si hasta tengo bola de cristal!
Bueno, todos estos métodos también sirven para ver el pasado, para conectar lo que ha sucedido con lo que vendrá, pero a mí, la verdad, lo que ya ha ocurrido no me interesa demasiado. Como dice don Hilarión en “La verbena de la Paloma”: “¡Quién tuviera veinte abriles y lo pasao, pasao! ¡Y pa pasao yo!”
Pensándolo bien, es que servidora nunca ha sido de Historia. Cuando terminé COU e hice la dichosa Selectividad, había que decidirse y poner varias opciones de carreras que te interesaba cursar. En primer lugar coloqué Filología Hispánica y ahí me quedé. La segunda opción era Filosofía. De la tercera no me acuerdo, pero estoy segura de que no era Geografía e Historia, porque ninguna de esas dos insignes disciplinas me interesaba.
Pero me estoy liando y yéndome por algunos cerros pelados y pedregosos que no vienen al caso. Lo que quería contar es que el otro día, junto a una taza de té que había terminado hacía rato, sentí que yo era como esa misma taza, vacía de futuro y con restos de pasado. Me di cuenta de que en mis obsesiones siempre está el ansia por controlar lo que vendrá y el dejar fosilizarse lo que pasó.
Nunca he tenido ni idea de cómo se interpretan los restos del té en una taza, pero ya no me interesan los métodos de adivinación, porque, por mucho que se lean cartas o rayitas, he aprendido que la vida está fuera de control. Ahora lo que Sí que pretendo es aprender a cultivar la paciencia, que es una plantita muy delicada, y sacarle provecho a los instantes que se van sucediendo.
¡Qué pena esta lucha de estar siempre dándole vueltas a los recuerdos y a las preocupaciones de lo que vendrá! ¡Qué trajines tan vanos!
Tras todo esto Mi propósito no es romper mi taza favorita después de tomar el té, sino fregarla cuidadosamente para que ni el pasado ni el futuro se le queden pegados en su interior.