Ir directamente al contenido

Terciopelo verde

¡Oh, joven roble!

Con qué ternura brota

el terciopelo

de un corazón tan vivo

que adelanta al invierno.

En la ventana de la cocina, orientada al norte, desde hace ya dos años y medio, vive conmigo un joven roble que me recuerda la firmeza y la fuerza del Amor. Me lo entregaron el día 1 de octubre de 2014, al día siguiente de que mi madre dejase este mundo. Cada primavera, cuando le he visto rebrotar, he sentido una emoción serena y la certeza palpable de la fuerza de su amor, del amor a la vida, del Amor con mayúsculas.
La primera primavera que me encontré sus pequeños brotes de terciopelo verde lo viví como un auténtico milagro. El roble había pasado todo el invierno como un palitroque, aparentemente inerte, pero era solo apariencia.
Ayer, aun estando como estamos en invierno, encontré que ya tenía Un montón de incipientes hojitas en sus dos delgados troncos, y una ternura enorme me invadió con una gratitud profunda hacia la vida, que me devolvía la certeza de su compañía un año más.
Todo está ahí, a veces aunque no lo parezca. Solo hay que aceptar y amar.
¡Gracias, gracias, gracias!

Esta vez la música, aunque no parezca muy apropiada sí que lo es. Se trata de una canción que a mi madre siempre le recordaba a mí. Ahora, a mí, me recuerda a ella.

N (Tanka)

¿Qué ocultará

esa niebla?… Más niebla.

Un yo ilusorio,

con un cuerpo embriagado

de mente enloquecida.

¿por qué «N»?: «Niebla», «Nada», «Nadie», «nanimo»,…

Sanagi (Haiku)

Cómo la oruga…

deshaciendo la forma,

sale volando.

Seguramente es una simpleza volver a la metáfora de la crisálida para referirse a un periodo de cambio en la vida. Por muy en japonés que se ponga, sigue resultando demasiado recurrente, pero no me ha salido hoy nada mejor. Por otra parte, también es cierto que se ha dado demasiada importancia a la originalidad, creo yo.

En este lluvioso domingo de febrero, encerrada en el capullo formado por estas paredes, cálidas y acogedoras, imagino con admiración y respeto a esos pequeños animalitos, las orugas, que se enfrentan en soledad total a unos cambios tan radicales en sus frágiles cuerpecitos, que seguramente serán difíciles y dolorosos. ¿Qué sentirán dentro del capullo? ¿Qué sentirán cuando se enfrenten a su salida al mundo con un cuerpo nuevo y diferente?

Como a la protagonista de «La dama que amaba los insectos», no me gustan las mariposas ni mucho menos las polillas, ni bonitas ni feas, siempre me han dado mucha grima. sin embargo, sí que de niña tuve varias veces gusanos de seda. Mientras eran tales me parecían unos bichitos simpáticos; pero, cuando pasaban a la versión alada…

Por consideración mayoritaria de los humanos, parece que es mejor ser mariposa que oruga, volar a arrastrarse. No obstante, ¿quién dice que realmente es así? Habría que poder preguntar a los lepidópteros uno a uno, a ver qué opinan, ellos que pasan por los dos estados.

En todo caso, da lo mismo. Trayendo el agua a mi molino, solo queda enfrentar el proceso del cambio como una oruga más (aunque un poquito más grande), sin aspavientos ni lamentaciones. Y, si después toca volar, se vuela. Habrá que aprender también a agitar las alas cuando salgan. Lo mismo hasta es divertido. ¿No?

(Una vez hecha la metamorfosis, como se ve en el enlace siguiente, lo de volar tiene sus riesgos, sobre todo si resultas una «polilla tontorrona» en lugar de una «sagaz mariposa». No obstante, como todo es impermanente, seguro que se puede intentar de nuevo, a ver si la siguiente transformación sale mejor)

Se equivocó la polilla, se equivocaba

Soledad constante más allá del amor («El camino estrecho al norte profundo»)

A veces hay libros que dan para tanto que cuesta escribir sobre ellos. Es el caso de «El camino estrecho al norte profundo» de Richard Flanagan. Tenía tres borradores de reseña para publicar, y ninguno ha terminado de gustarme (ni este tampoco, pero ya está bien).
«El camino estrecho al norte profundo», a su manera, podría considerarse una novela histórica, pero con un tratamiento y una profundidad que nada tienen que ver con las anteriores, ni con las más comerciales de ese género. Yo diría que en este libro Richard Flanagan utiliza el pretexto de la guerra para hablar de problemas humanos y para reflejar un sentimiento hondamente pesimista y triste ante la transitoriedad. La desesperanza traspasa cada párrafo, hasta los más felices, y acaba calando al lector, como una lluvia lenta y persistente para la que no hay modo de protegerse.

Muerte y Amor son sin duda los temas que marcan toda la trama. El protagonista, Dorrigo Evans, es un oficial médico que vive y sufre el horror de un campo de prisioneros australianos en la Segunda Guerra Mundial. En «El camino estrecho al norte profundo» no se ahorra al lector la descripción de ningún horror ni físico ni mental. No se ahorra la vivencia de ninguna muerte ni de ninguna tortura, ni siquiera la de los propios torturadores, la de los «malos». La descripción detallada de las humillaciones, la degradación, la enfermedad es tan exaustiva que convierte esos episodios en algo tan palpable que muchas veces se hace casi insoportable la lectura.

Desde luego esta sí que no es una obra de héroes y villanos. En sus páginas todos los personajes tienen vida propia, miserias y perplejidades, miedos y arranques de valentía. Viven la degradación y la humillación todos. Y todos sienten y viven su muerte, y Flanagan nos lo cuenta dándoles a cada uno voz propia e individualidad. Llama la atención con qué sensibilidad se mete en la piel, en la mente,de cada personaje justo antes de su muerte, cuando la ven y la sienten llegar, y con qué destreza es capaz de hacernos sentir todas esas vidas distintas e iguales en la soledad ante la inevitabilidad del final de la existencia.

Así que «El camino estrecho al norte profundo» es también una novela de soledad. Ni el amor, ni la amistad, ni el deber, nada impide que todos los personajes estén solos y se sepan solos. La vida se muestra como un camino estrecho, como los que llaman en Asturias «sendas de persona». Solo se puede avanzar de uno en uno, a trechos con compañía delante, abriendo camino, a veces por detrás, cubriendo la retirada; pero solos, siempre solos, muchas veces por tramos tan estrechos que el camino ni llega a «senda de persona» y se queda en «paso de jabalí». Y ahí es donde uno se araña más la piel, donde más se desgarra la ropa, donde más consciente se hace cada uno de su soledad. Esta novela se centra en esos momentos de la vida, que para todos los personajes son la mayoría.

Por otra parte es admirable como Richard Fflanagan se mueve con agilidad entre la mentalidad occidental -cosa bastante fácil para un australiano- y la oriental. Es de destacar con qué acierto muestra la perplejidad de coreanos y japoneses ante la actitud de los prisioneros australianos. Los oficiales y soldados del ejército japonés los tratan como a esclavos, peor que a bestias. Y lo que no pueden comprender es cómo ellos mismos no se sienten así, no aceptan ese «justo» destino, después de haberse rendido. Porque para un militar japonés un prisionero, si además se ha rendido y se ha dejado capturar, es menos que nada. Así lo explica Ivan Morris en las primeras páginas de «La nobleza del fracaso». Los héroes japoneses lo son no por triunfar, sino por afrontar la derrota con honor, con la muerte. Para ellos convertirse en un «toriko», un prisionero, es caer en la mayor degradación personal y, además, familiar. Con la rendición del guerrero su linaje queda humillado y manchado por generaciones, que tienen que arrastrar esa vergüenza.

Ivan Morris también habla en su libro de la espada y el pincel en la historia de los guerreros japoneses, que siempre han ido juntos. Desde el primer héroe mítico, Yamato Takeru, hasta los jóvenes kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, todos tenían a gala decir su poema final antes de morir. Muerte y poesía, amor y poesía, marcan también la trama de la novela, hasta el punto de que cada una de las cinco partes en que se divide están presididas por un haiku, e incluso el título lo recibe de una obra de Basho.

Oriente y occidente están presentes en «El camino estrecho al norte profundo», unidos por la tragedia de la vida, sobrepasados por el sufrimiento de la guerra, al mismo tiempo que comparten la sed de Amor. Al fin y al cabo, por encima de las razas y de las creencias, todos amamos y todos morimos.

Y, hablando de Amor (con mayúsculas), este empapa cada página del libro. El Amor en todas sus manifestaciones. Por ejemplo, fijándonos en Dorrigo, es casi doloroso ver cómo vive el amor, cómo lo manifiesta a su pesar, ya que el sufrimiento ha ido bloqueándole hasta dejarle incapaz de creer en sus propios sentimientos. El protagonista ama a sus compañeros, ama a su mujer, ama a sus hijos, ama a sus amantes y, sobre todo, ama a Amy. El amor de su vida, su motivo existencial, a la que él cree muerta porque su esposa le dio esa noticia falsa, en medio del infierno, cuando Dorrigo más necesitaba conocer la reconfortante verdad. Una única mentira marcó su vida y le sumió en la soledad más hermética.

En «El camino estrecho al norte profundo» no triunfa el Amor, no se impone a la transitoriedad y a los obstáculos. El Amor pierde la batalla ante el miedo y la inseguridad. La guerra mata a pesar del amor y la amistad, la enfermedad castiga a pesar del amor, el cansancio y el miedo bloquean las emociones y la gran historia de amor entre Dorrigo y Amy, al final, tampoco se realiza porque…

«… Él tenía su vida, y ella la suya; ni en sueños era posible una fusión de ambas. Y lo que no alcanzamos a soñar, nunca alcanzaremos a hacer».

Desde que leí hace unas semanas esta frase no he dejado de tenerla presente. En sentido contrario es lo mismo que decía mi madre: «Si quieres algo mucho, muchísimo, con todas tus fuerzas, lo consigues». Es decir, si eres capaz de soñarlo con intensidad, de creer en ello, el pensamiento se materializa.

Pero Dorrigo y Amy, a pesar de haber conservado su amor intacto en el corazón, no han podido creer en que se realizara. La vida, los años, la distancia y el sufrimiento no dejaron crecer su sueño, su historia. Tal y como sucede con la novela romántica que Dorrigo no puede terminar de leer en el campo de prisioneros, porque le faltan las últimas páginas…

«Pero no había nada más. Alguien había arrancado las últimas páginas y las había usado como papel higiénico o se las había fumado, así que no había esperanza, ni alegría, ni comprensión. No había última página. También el libro de su vida se había visto bruscamente truncado. No le quedaba más que el fango bajo los pies y el cielo inmundo sobre la cabeza. No habría paz ni esperanza. Y Dorrigo Evans comprendió que aquella historia de amor quedaría inacabada por toda la eternidad, como un mundo sin fin».

Pasada la guerra, pasados los años, Dorrigo y Amy se encuentran cruzando un puente, cada uno caminando en un sentido y ambos se reconocen y no se paran, ni se miran apenas. No han podido soñar con una vida juntos, con un reencuentro y se han perdido el uno al otro para siempre. En la estética japonesa lo verdaderamente bello no puede ser perfecto, acabado. Tal vez eso es entonces lo que hace más hermoso y excelso el Amor entre Amy y Dorrigo, su imperfección.

«Y entonces se volvió de nuevo y siguió caminando por caminar, sin rumbo ni propósito. La creía muerta, pero al fin lo entendía: era Amy la que había seguido viva y era él quien había muerto».

Amy llevaba, y seguirá llevando hasta el fin de sus días, el colgante de plata con una perla engastada que Dorrigo le regaló, sintiendo con ello en su piel casi la única prueba de que su amor fue real, que verdaderamente existió. Porque ella supo que él había sobrevivido y nunca pudo comprender por qué no vino a buscarla, tal y como había prometido. Insegura, desconcertada, siguió amándole a distancia, pensando que no debía interferir en la vida del hombre que amaba porque ya la habría olvidado.

Decía Zsa Zsa Gabor: «Nunca he odiado tanto a un hombre como para devolverle sus joyas». Amy amó tanto que nunca se separó de esa pequeña joya, como una gota luminosa de felicidad, que en un momento de entrega supuso a Dorrigo todo lo que tenía, antes de que la guerra y el peso de la vida aplastasen su sueño.

«… y al volver sobre sus pasos vio que, a un lado del sendero enfangado, en medio de la sobrecogedora oscuridad, había brotado una flor escarlata.

Se inclinó y alumbró con la lámpara aquel pequeño milagro. Allí se quedó, encorvado bajo la lluvia torrencial, durante mucho tiempo. Luego se incorporó y reanudó la marcha».

Sí. reanudó la marcha de la vida, pero sin olvidar nunca la Flor escarlata que lucía Amy el día en que se conocieron.

Mi estado: «Invernal»

img_0297


Esta tarde se me impone reproducir este precioso poema, tomado del «Shinkokinshu» («Nueva colección de poemas antiguos y modernos»), que data de 1206, en el Japón medieval.
Aunque para entonces la era Heian ya había pasado, la poesía japonesa, desde mi punto de vista, nunca dejó por completo la sensibilidad estética de aquellos siglos.

Ha llegado el invierno.
Ya ha descubierto su rostro en la montaña.
Han caído las hojas.
Hasta a los pinos impávidos de la cima
los ahoga la tristeza.

¿Qué más se puede decir, ni mejor, para reflejar la emoción que empapa el corazón en invierno?
Esta vez ni me he atrevido a poner un haiku propio. Con estos versos rondándome por la mente desde hace varios días, todo lo que se me ocurría a mí me resultaba escaso y tibio.
Así que aquí dejo este regalo de Nochebuena, tal vez un poco melancólico, pero así es el invierno y así me siento hoy, inclinada a soñar dulcemente con un salón con su chimenea encendida crepitando, una taza de té caliente y una compañía serena y cálida.

Amistad

Como proa de luz,
al abrirse la puerta,
una sonrisa.

Compuse este haiku el año pasado por estas fechas para ofrecérselo como homenaje de amistad y cariño a mi buen amigo José María, compañero fiel de sesiones y sesiones de meditación, desde hace ya varios años.
Se me nota aquí la vena huidobriana, como en alguna otra ocasión, con los ecos de dos de los versos finales del Canto II de “Altazor”:

Y ese beso que hincha la proa de tus labios.
Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu vida.

Estas imágenes, grabadas en mi memoria desde hace ya tantos años, se me aparecen y se moldean a la situación que sea. El Canto II es un bellísimo poema de amor escrito por mi adorado Vicente Huidobro a su amada Ximena Amunátegui, convertida por él en la mujer por excelencia, la encarnación física y la manifestación más excelsa y espiritual de lo femenino. Creo que es de pura (e insana) envidia, por lo que tengo tan presente este poema siempre (¡ay…!).
Claro, en este haiku, a mí se me aparecen y recrean estas mismas imágenes, pero esta vez como un reflejo del entusiasmo y la nobleza de un gran amigo, cuya sonrisa franca y luminosa es su tarjeta de presentación en cada encuentro.

En cuanto a la música, «El oratorio de Navidad» de Bach, viene al caso, no solo por las «fechas extrañables» que se avecinan, sino porque es el compositor favorito del homenajeado.

Cristal de hielo

¡Oh, noche fría!
Brotando de la frente
cristal de hielo.

En la noche los temores son certezas y las ilusiones quimeras.
En el silencio solo y frío de la noche la mente alocada se agita en olas que rompen en la frente, desbordándose en una lluvia salada que impregna la piel y que se enfría, se hiela en la oscuridad a falta de luz, de calor.
Llega la mañana y el hielo no se derrite ni se disuelve, sino que se rompe en cristales diminutos de escarcha, que ya no se notan a simple vista, pero se clavan traicioneros en cada poro, sustrayéndose a las miradas sin derretirse, sin cesar de hacerse notar bajo la piel, saeteando los pequeños e indefensos nervios.
Y hay que salir a la calle, poner la sonrisa como una proa de vida, avanzando con o sin fe, con o sin miedo, pero con la certeza de que en cualquier instante irrumpirá la primavera y las agujas de escarcha se derretirán en lágrimas sanadoras al calor de la vida, del Amor.

Nirvana y Samsara

   http://www.youtube.com/watch?v=lfyAz6Tmx30

No son dos lugares, ni dos tiempos, Nirvana y Samsara son dos estados distintos de la mente, el primero claro, sereno y despierto y el segundo ofuscado y dependiente, zarandeado por los vientos y encallado en los arrecifes.
La mente samsárica está zarandeada entre el dolor y el placer, aferrándose a lo inaferrable, intentando atrapar las olas y parar el tiempo cuando siente placer, y saltárselo como sea, cuando el dolor la atenaza. Lucha contra lo impermanente, acumulando derrota tras derrota, vida tras vida.
El Nirvana es un estado de comprensión total de todo. No hay nada que quede fuera, porque la dualidad desaparece. Ese estado de atención serena y tranquila, ese Despertar, es la Budeidad.
Sabiendo que esto existe, yo no aspiro a menos. Sabiendo que esto existe y que de alguna manera se puede alcanzar, es lógico que uno lo pretenda para sí y para el resto de los seres, porque uno no podría tener un verdadero estado de satisfacción completa rodeado de sufrimiento.
Según algunas vías del Budismo, ese Despertar se puede lograr en una sola vida y experimentarse en fracciones de segundo, en fugaces momentos de lucidez, que uno aprende a extender, entrenándose a través de la meditación para ser cada vez más consciente de ellos.
La claridad de la mente, su pureza, son su verdadera naturaleza. Sin embargo, son muchas las interferencias que dificultan el sintonizar con esa onda, y es preciso entrar en un proceso de descreencia, para no quedarse en todos esos ruidos que perturban la percepción de la realidad tal y como es.
El proceso de desaprendizaje y descreencia a veces es inquietante e incómodo, en un primer momento. Nos identificamos con nuestros ruidosos procesos mentales, para sentir que somos ese “algo”. ¿Qué sería de nosotros si descubriéramos que no somos eso? ¿Estaríamos a merced de todo y de todos? ¿Quedaríamos abocados a la indiferencia, la inacción y el nihilismo? Pues no. Confundimos muchas cosas: meditar con rumiar pensamientos, pensar con engancharse en discursos mentales, hablar con parlotear, parlotear con comunicarse, interactuar con reclamar atención, oír con escuchar, comprender con interpretar, no hacer nada con indiferencia, indiferencia con serenidad, compulsión con dinamismo… Confundimos tantas cosas y tantas palabras, que la acción se convierte en un vértigo o en una inercia y, en ambos casos, se pierde la conciencia de lo que se hace y, perdida la conciencia, la mente queda a merced de los vientos y los arrecifes.

Hojas de roble (Tanka)

img_0299

Ayer cayeron.
Siempre acaban cayendo.
Hojas de roble,
el terciopelo firme
hoy tan frágil, se quiebra.

Siempre lo he dicho: prefiero el otoño a cualquier otra estación del año, a pesar de su melancolía, o tal vez por ella.
Ayer, regando el pequeño roble que cuido desde hace poco más de dos años, desde un primero de octubre sereno y triste, se me desprendieron leves, casi con timidez, tres hojitas secas. Hoy he visto que todavía quedan algunas firmes y aterciopeladas. La sombra del verano es larga y se empeña en proyectarse más allá de su tiempo, pero terminará por tener que irse. Así que las hojas de esta mañana se desprenderán y caerán también, discretas, sin ruido.

Luna de otoño (Haiku)


Luna de otoño,
reflejada en el sueño.
Y aún es verano.

El otoño es mi estación favorita y ya lo estoy anhelando. Creo que no soy la única, no solo por el calor, sino porque el verano a muchos se nos hace excesivo, casi enervante.
El otoño tiene otro halo de espiritualidad, de paz. Una energía más sutil, más serena.

¡Te espero, luna de otoño!

Extraños en la noche (Tanka)

Por un encuentro,
El grillo solitario
bate las alas
perforando el silencio
de incansable deseo.

Para mi querido grillo que, noche tras noche, sin descanso ni desaliento, hace vibrar sus alas esperando atento a que alguna grillita le escuche entre el ruido de los motores y se aventure valerosa a saltar a su madriguera.

El sueño de Mucalinda

Mucalinda 3

Me llamo Mucalinda. Soy muy vieja. Muy, muy vieja y estoy muy cansada. No sé cuánto hace que estoy aquí. Perdí la noción del tiempo cuando dejé de ver. Mis ojos nunca me sirvieron de mucho para distinguir formas precisas, pero sí para no confundir el día con la noche. Nosotros somos de hábitos diurnos y, cuando yo cazaba, en los tiempos en que aún era joven y vivía como todos, cuando me dejaba llevar por mi instinto, cuando aún no había atisbado mi naturaleza profunda, las imágenes difusas y los olores intensos regían el mundo. Mi mundo.
Después, tras aquel momento que los hombres recuerdan y han recreado tantas veces, mezclando en él sus sueños y sus deseos, nunca pude ser la misma. Ellos me han dibujado, me han modelado, me han esculpido y, ante todo, me han idealizado junto con Él, en aquel momento que aún hoy no puedo entender, ni con mi mente más clara, aquella que aún solo presiento; tal y como me sucedía cuando olía una presa lejana y recibía la vibración en mi vientre de sus movimientos sigilosos. Yo sabía que estaba ahí, que pronto sería para mí, siempre y cuando siguiera atenta y no me anticipara.
Ahora estoy así, atenta y paciente desde hace mucho tiempo, pero cansada y también confundida, añorando de cuando en cuando mi naturaleza primaria y vital, aquella más sencilla, aquella llena de instinto, aquella que a veces sigue aflorando pero cada vez con menos fuerza, porque ya no puedo ser la misma Mucalinda que devoraba a sus presas y se enfrentaba a muerte con sus atacantes. Aunque tal vez sería más cierto decir que, desde aquellos días, me convertí en Mucalinda, en un individuo real e imaginario, pero individuo con nombre y con conciencia de sí mismo.
Soy ya muy vieja y sé que el conocimiento último me dará la paz y la felicidad pero, ¿cuándo lo lograré?, ¿cuándo llegará tal realización?… Entretanto estoy cansada. Llevo mucho tiempo meditando y esperando. He renunciado a la tensión de cazar y no ser cazada, al miedo y la rabia, al deseo y la aversión, pero sigo siendo una cobra, una verdadera cobra, extraordinariamente grande, aunque con pocas fuerzas ya, que fue un hermoso ejemplar de lo que los hombres han dado en llamar “cobra real”. Yo fui más que digna de ese apelativo, majestuosa y flexible, temeraria y mortífera. Sin embargo, lo que no soy y nunca fui, a pesar de los sueños de los humanos, es un naga. Los nagas no existen, se los han inventado los hombres como tantas y tantas cosas. Los seres humanos -que tan inteligentes se suponen- viven tan sometidos como nosotros a los vendavales de la ansiedad y el deseo. Viven sin mirar a pesar de que ellos ven más. No saben apreciar la belleza de la realidad, su magia cotidiana y, por eso, necesitan inventarse mundos paralelos con nagas, elfos, dioses y demonios. Este es el motivo de que yo quiera contar mi verdadera historia a quien quiera escucharla, ya que la que ellos han transmitido y reinventado es la suya y no la mía. Ellos la han soñado, tal y como pensaban que sería. Han contado y escrito la historia, han creado la leyenda y luego se han olvidado de Mucalinda. Conque ahora soy una vieja olvidada. Nada más que eso: una vieja olvidada que no puede ser lo que fue y que no ha llegado a ser lo que aspira a ser.
Mi nombre, Mucalinda, a muchos les llenará de inspiración y reverencia, mientras que para otros no será más que una palabra extraña. Pero, salvo él y yo, nadie más sabe qué pasó realmente en Bodhgaya. Por aquel entonces yo llevaba días arrastrando ramas y hojas para preparar el nido donde nacerían mis crías. Cuando ya estuvo listo, me enrollé encima agotada. Arrastrarse de un lado a otro enganchando ramaje con la cola y llena de nuevas vidas creciendo dentro, no es nada fácil. Nada. Además, necesitaba un gran nido donde albergarme con mis huevos, hasta que tuviera que abandonarlos. No me juzguen. No soy una mala madre. Precisamente por eso debía dejar el nido a tiempo. Mi instinto depredador terminaría con ellos como con cualquier presa fácil. Así que, ante el hambre y el cansancio tras preparar el nido y desovar, tenía que buscar comida fuera de la familia. Tanto trabajo para las crías, para darle vida a la vida, se quedaría en nada. Por fin era el momento de irme y dejar que aquellas surgieran solas al mundo sin la amenaza inmediata de su propia madre.
Entonces fue cuando percibí un olor inquietante. Me olía a humano y eso no me gustaba.
Como alimento los hombres no eran nada bueno y siempre se corría peligro a su lado. Era mejor enfrentarse a una pitón o a una víbora cornuda, antes que a un hombre. Eran -y siguen siendo- unos rivales traicioneros y taimados. Permanecí alerta, inmóvil. Intenté fijar mi mirada en aquella dirección, pero -como ya dije- mi vista nunca fue buena, ni siquiera entonces que aún era joven. Sentí la sutil vibración del suelo cuando se acercaba con pasos serenos y seguros. Seguí ahí, alerta, enroscada sobre los huevos vibrantes de vida y temí que no iba a poder marcharme a tiempo de dejarles existir. Sin embargo, a medida que aquel ser se acercaba, empecé a sentir un extraño abandono y una imperiosa necesidad de quedarme ahí, esperándolo, como si supiera de antemano que mi presencia tendría un sentido especial en un momento inmenso. Fue así como sucedió. Aquel hombre extraño se sentó tras de mí, al otro lado del árbol donde yo había preparado el nido. Supe, no sé cómo, que él sabía que yo estaba allí y no experimentó ningún temor, ninguna aversión. Misteriosamente yo participé de esa corriente de confianza.
Y, de pronto, una idea se impuso en mi mente: “no me moveré hasta que no encuentre la clave para erradicar el Sufrimiento”. ¿Qué era eso? ¿Esa idea era mía? No. Seguro que no. De algún modo aquel ser estaba compartiendo conmigo sus emociones y sus pensamientos, casi inaccesibles para mí entonces, pero con los que comencé a intuir la identidad de nuestra naturaleza última. Conque, si él encontraba aquello que buscaba, las cosas no serían igual no sólo para él, sino también para mí. Comprendí que tenía que protegerlo, con mi vida si hiciera falta. Él, en apariencia, era mucho más vulnerable que yo.
Pasó un día con su noche y otro y otro y… ¡Horror! Nacieron mis pequeñas crías. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía hambre. Mucha, mucha hambre y era tan fácil tragarse cualquiera de esos pequeños cuerpecitos recién salidos a la vida. Era tan fácil, pero no podía. ¿Tenía sentido pasar hambre enroscada encima de montones de comida?… Pero ahora esas crías, sin saber cómo, habían dejado de ser comestibles para mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que contravenía de ese modo mi instinto vital?
No lo sé. No sé cómo, yo había empezado también a despertar a algo que no sabía lo que era y que aún no sé en realidad. Experimenté claramente que las vidas que se agitaban debajo de mí también participaban de una naturaleza tan radiante como la de aquel ser que se sentaba tras de mí, y eso ya no podía obviarse de ninguna manera.
Siguieron pasando días y noches y aquel ser, aparentemente débil y vulnerable, se enfrentaba sin miedo ni violencia a obstáculos y peligros inimaginables, más allá de la muerte y el dolor que pudieran infligirle las fieras y los otros hombres, más allá de la mordedura de los tigres y la punta de las flechas envenenadas. Eran amenazas terribles que hubieran hecho temblar el cuerpo de un dragón de cien cabezas, porque anidaban en sus hombros y querían enraizar en su mente como malas hierbas, destructoras de toda razón y de todo amor. Se presentaban con mil formas aterradoras, que yo podía percibir a través de su mente, pero de las que no podía defenderle.
Me sentía absurdamente inútil. ¿Iba yo a defenderle? ¿Cómo? Él era mucho más fuerte que yo, invulnerable, porque no tenía miedo. Nada podía hacerle daño porque no sentía ni apego a su propio cuerpo ni a su propia vida. Sólo las distracciones de su mente, las imágenes fantasmales y las dudas podían arrancarle de su propósito. Esos eran sus verdaderos enemigos. Y yo presencié cómo los ignoraba uno a uno. Aparecieron hermosas jóvenes, cargadas de guirnaldas de flores y de bandejas llenas de suculentos manjares cuyas danzas no hacían vibrar el suelo. Ni aquellas flores ni aquellas pieles tersas y doradas transmitían ningún aroma real. Sus figuras se confundían con las sombras de los árboles. Yo sólo podía percibirlas a partir de las imágenes de la mente del hombre. Eran espectros seductores, perceptibles sólo para él y sólo contra su propósito.
Pero aquello fue poco, comparado con las legiones de monstruos pestilentes, bandidos armados de enormes puñales y fieras voladoras de aceradas garras que se abalanzaban sobre él y desaparecían justamente cuando iban a desgarrar su piel con los dientes, a clavarle las afiladas armas o las infectas garras. Todos aquellos espectros desaparecían ante la ecuanimidad del hombre. Los fantasmas que emanaban de su mente burda, que aún pugnaba por adueñarse de su voluntad, se disolvían en la compasión y la sabiduría de la mente clara, como miel en agua hirviente. Inmunes al aferramiento y la aversión.
Sin embargo, yo continuaba sin creer realmente en sus fuerzas. Le sentía tan vulnerable físicamente y comprendía tan poco de la fuerza de la mente, que no confiaba en sus posibilidades de protegerse de los “verdaderos” peligros, los del mundo físico. Seguí alerta, cada hora, cada instante. Y, en una mañana de calor sofocante y pegajoso, me llegó inconfundiblemente el olor acre e intenso de un gran felino que buscaba alimento. Seguí con atención, bajo mis anillos, los sigilosos pasos que se acercaban. Era un enorme tigre.
¡Por fin un desafío para mis habilidades y mi fuerza! Deseaba serle útil, quería hacerme valer ante él, darme a conocer en toda mi plenitud para que me valorase y me reconociese como su guardiana y su seguidora. Quería convertirme ante él en un ser especial. Según la fiera se nos aproximaba, me iba preparando, ansiosa por entrar en acción, con los sentidos alerta y los músculos dispuestos. ¡Iba a ser una lucha a muerte! tenía que salir victoriosa más por él que por mí: su objetivo nos trascendía.
Cuando el tigre ya estuvo tan próximo como para que los ojos del hombre y los del felino se hubieran encontrado frente a frente -si aquel se hubiera dignado a abrirlos- dejó de olerme a hambre y muerte. ¿Qué estaba pasando?
Sorprendentemente el gran tigre se había tendido a sus pies, con la misma docilidad que el gato de un príncipe de Persia. Como yo misma, el felino había sido subyugado por la fuerza de la mente de aquel extraño ser. Comprendí que se quedaría también para velar su meditación. Me invadió entonces un sentimiento de ira y de rabia: había perdido una ocasión magnífica de presentarme como un ser especial, llena de fuerza y valor. Tuve esa terrible emoción que contamina y destruye la paz de los hombres: la envidia y los celos. No iba a ser yo pues la elegida, el único ser unido al hombre, su búsqueda y su hallazgo. No sé lo mucho o poco que duraría en el tiempo aquella mala semilla que intentaba enraizar en mi mente, pero sí sé que no lo logró. Estoy cierta en que fue una vez más él quien me compadeció y nos salvó a los dos de un enfrentamiento fatal, porque con un resplandor indescriptible mi mente y la de la fiera se unieron en un abrazo de identificación total, nos fundimos y nos mezclamos, con un objetivo desconocido y claro a la vez. Ambos velaríamos por él, participaríamos de su descubrimiento y protegeríamos a aquel que, sin duda, no necesitaba de nuestra protección.
Otro hecho extraño es que, iban pasando los días con sus noches y ninguno comíamos ni bebíamos. Al principio tuve hambre y volví a temer por mis crías, pero, si el hombre podía mantenerse así sin más, yo también. El día que la fiera se nos unió mi zozobra por las pequeñas cobras ya había pasado. Mi ansiedad por el hambre había desaparecido y, además, poco a poco, ellas se habían ido deslizando fuera del nido, buscando por instinto su propio sustento. En cuanto a la fiera, supongo que pasaría por lo mismo que yo, pero nada hizo. Formábamos un raro grupo irracional y armonioso, más allá de la comprensión mundana.
¿Cómo nos mantuvimos tantos días? Aún no lo sé, porque, pasado aquel momento, al menos yo, tuve que volver a sustentar mi cuerpo con el alimento diario, aunque este ya no volvió a ser ni tanto ni el mismo. Pasado aquel tiempo, nunca más cacé para comer. Cuando no había otra cosa, me mantenía de raíces, hojas, frutos, troncos y, en ocasiones, con los restos de algún otro ser que hubiera desechado cualquier depredador. Tengo que reconocer que aquella dieta, aunque era la que mi mente quería, al principio debilitó mi cuerpo. En todo caso, mi instinto cazador se había apagado por completo, pero no importó porque algunos hombres, los seguidores de aquel al que yo sigo, empezaron a venerarme y a hacerme ofrecimientos, especialmente de comida, cada vez más sustanciosa. Supongo que se fueron dando cuenta de que, aún para ser una cobra, estaba demasiado delgada. Entre las ofrendas a veces había restos de otros seres, que comía, y como, aunque este alimento necesario, me repugna. También he de confesar que, desde que los humanos empezaron a procurarme sustento, probé manjares exóticos y complejos, que me llenan de placer. Los pasteles de miel y anacardos, los arroces hervidos con mantequilla y cardamomo, la leche de vaca cuajada con canela, tantas y tantas cosas que compensan con mucho la energía vital de la sangre y las vísceras de la víctima recién cazada.
Solo soy una vieja. Qué fácilmente me enredo en detalles nimios que asaltan la memoria. No quiero seguir por ese camino y desviarme de la historia de aquel gran momento. Como saben los que me recuerdan falta el episodio que hizo patente mi presencia. Cuando yo había perdido ya todo interés personal, cuando no sentía apego por mi propia imagen y no precisaba sentirme especial y valorada, surgieron las causas y las condiciones para que hoy sea Mucalinda. Hasta ahora, en mi relato no hay más que un hombre que busca tenazmente cómo destruir las cadenas que le atan al sufrimiento, un tigre que le guarda a sus pies y una cobra real que le vigila a sus espaldas. Pero, que tal cobra sea Mucalinda se debe a que, la tarde de un día de terrible calor el cielo se derramó en una tormenta como un torrente. Empezó a llover e instantáneamente me invadió una profunda compasión hacia el hombre. Me deslicé rápida, por primera vez no para atacar o para defenderme, sino para envolver con mi cuerpo el del hombre y extendí el cuello para cubrir su cabeza. Mis vértebras curvadas y planas, tantas veces desplegadas en ataque mortal, se convirtieron en un capuchón elástico, en una protección en vez de en una amenaza. Permanecimos ahí mucho tiempo, formando una hermosa y rara estampa: el hombre, el tigre y yo. Esto y sólo esto ha sido lo que más ha llamado la atención de los hombres, pero no es lo más importante. Fue un momento indefinido que podría haberse quedado en nada más, si nadie más lo hubiese presenciado. Tal vez eso hubiera sido lo mejor, que nadie nos hubiera visto entonces y seguir con mi existencia trasmutada y anónima, pero no fue posible.
Pensándolo bien, no estábamos tan lejos de los campos de cultivo. Yo procuraba siempre mantenerme a buena distancia de las zonas habitadas por los seres humanos, pero la tentación de poder atrapar fácilmente las serpientes ratoneras casi a la vez que a sus víctimas, era demasiado fuerte para mi instinto. Conque, cuando ya la lluvia fue más débil, mezclado al olor de la tierra mojada, me llegó el aroma dulce y fresco de un tierno humano. Cuando estuvo más cerca, pude darme cuenta de que se trataba de una joven, envuelta en telas de vivos colores amarillos y dorados, aún húmedas, que cubrían su figura pequeña y delicada. Nos miraba con curiosidad, pero sin miedo alguno. Eso me extrañó, porque ni los tigres ni las cobras suelen dejar impasibles a los humanos. Sus ojos eran extraños, refulgían con rayos verdes como los de un felino alerta, lo que me hizo recordar que el tigre también estaba allí y, en cualquier momento, podría recuperar su naturaleza de depredador y asaltar a la muchacha. ¿No podría suceder que yo también lo hiciera? No. no. Yo no era una cazadora de humanos, solo les atacaría si me viera obligada y, ahora, tal vez ni eso…
… ¿Pero dónde estaba el tigre? En aquel momento de confusión había desaparecido. ¿Se habría apartado de su presa para no devorarla? No he sabido de cierto lo que sucedió, y quizá no deba yo verter aquí mis suposiciones, como una vieja chismosa. Guardaré silencio, pues no es mi historia, sino la de aquel misterioso compañero. Sólo diré que la muchacha de raros ojos de felino y cuerpo de gacela seguro que no hubiera corrido ningún riesgo a su lado… Creo que compartían muchos rasgos la una con el otro. En todo caso, son cosas que la mente de una vieja cobra no se puede explicar.
Siento un profundo apremio. Tengo que terminar mi testimonio enseguida. Me voy dando cuenta de que me queda poco tiempo aquí, con esta mente y con esta forma, ya tan gastada. Pero no, el final no puede ser aún. El Despierto confiaba en mi plena iluminación, en que, como él, lo lograría. ¿Será antes de dejar esta piel para siempre? Si él estuviera aquí… Si pudiera guiarme en este momento final… Pero debo confiar en que no hay separación posible: aquel lejano día de la tormenta, ambos nos fundimos en un solo ser…
¡No, no, vieja tonta! No te enredes en tu propia cola. No vuelvas a atraparte en tu propio ego. ¿Es que no aprenderé nunca?
La experiencia inefable que nos traspasó a todos los que permanecimos allí desbordando infinitud, era mucho más que una “fusión” de individualidades, fue la comprensión perfecta de la no existencia de separación alguna. Y, para esta pobre mente, supuso un relámpago de sabiduría suprema. Lo triste es que no pude mantenerlo y mucho menos reproducirlo. No obstante, con la esperanza de lograrlo, desde ese día no me separé nunca más de él. Me deslizaba siempre en su entorno, escuchándole y deleitándome con su presencia, aspirando a impregnarme cada instante de Sabiduría y Compasión.
No sé por qué, pero me asaltan ahora los destellos verdes de los ojos de la muchacha. Vuelven ahora a mi memoria como si fuese hoy, relampagueando en su rostro, mientras permanece sentada elegantemente frente a nosotros, esperando. Y, cesada la lluvia, cuando los colores y los aromas del aire se vivifican, suavemente empiezo a recogerme, a dejarle cuidadosamente libre de mi abrazo protector. Él abre infinitamente los ojos, como nadie los ha abierto nunca antes y ya es para siempre el Despierto. No me hizo falta entonces ver su rostro para saberlo: sus ojos se habían convertido en el faro de su mente y ella iluminaba a todos los que estábamos cerca, inevitablemente, marcando el camino para la cesación completa y última del sufrimiento.
Yo estaba traspasada, aturdida, pero la muchacha dorada, de ojos de tigre y cuerpo de gacela parecía saber muy bien qué había que hacer. Sacó de una cesta un cuenco de leche y se lo colocó a él respetuosamente en las manos, con una sonrisa amplia, pura, endulzando el momento con una ternura infinita.
Y, enseguida, ante mi sorpresa, sin miedo ni reserva alguna, sacó otro cuenco de leche y me lo puso delante a mí también con la misma sonrisa compasiva y amable. Esa fue la primera vez que un humano me alimentó y, tras esa, vinieron muchas más, pero creo que nunca sentí tanta calidez y tanta dulzura en un ofrecimiento como frente aquel cuenco de leche y miel.
Y ahora muchos al leer esto dirán que no fue así, que en tal o cual sitio, en tales o cuales escrituras, tal o cual maestro dijo esto o aquello, pero no me importa. Yo estuve allí, viví lo que pasó y lo sentí en el cuerpo y en la mente, y sembró en mí la semilla del despertar.
Cuando ya hubimos nutrido nuestros cuerpos, la sigilosa muchacha recogió los cuencos, los guardó en la cesta, se levantó y se alejó sin hacer ruido, después de haber inclinado la cabeza en señal de respeto ante él y, lo que fue más sorprendente, ante mí. Han pasado muchos años, he recorrido tras el Despierto muchos caminos; he permanecido con él en retiros silenciosos, en ruidosas concentraciones de seguidores y curiosos; bien oculta, bien a la vista de todos, y jamás me han dejado, ni velando, ni soñando, los ojos verdes de la muchacha tigre.
Me vence el cansancio, por hoy me vence. Es extraño, siento una presencia conocida…
¿Tigre, estás ahí? ¿Has venido?…
Cómo me engañan los sentidos. Soy una vieja cobra perdida entre sus recuerdos. Si mañana sigo siendo la vieja Mucalinda seguiré soñando esta existencia, meditando…

Acaba de amanecer y ya comienzan las obligaciones. La muchacha se despereza, estira sus piernas flexibles, se envuelve en el chal amarillo dorado y sale a contemplar la aurora. Las tareas están establecidas desde hace años. Su abuela le había enseñado bien todo lo que había que hacer. No era mucho, pero era inexcusable seguir las instrucciones todos los días paso a paso.
A pesar de lo extraña que había sido la noche, se sentía descansada. Había soñado con el naga que estaba a su cuidado. No recordaba bien, pero en el sueño no era un macho de cobra real, sino una hembra. ¿Cosas de los sueños? Mucalinda era nombre de varón, y ella sabía que el naga era eso, un naga, no “una naga”. ¡Qué cosas tan extrañas se le estaban ocurriendo!…
La abuela insistía tanto en que había que cuidar bien a la vieja cobra, tan dulce e inofensiva, que la muchacha, antes que el peso de la responsabilidad, sentía un cariño profundo, una genuina compasión, hacia aquel ser ya tan viejo, que apenas mantenía un hilo de vida. Mucalinda se estaba apagando poco a poco y la muchacha se daba cuenta. La cuidaba con mimo y observaba cualquier pequeño cambio en su aspecto que pudiera significar un paso más en su camino hacia otra encarnación.
Con la abuela fue diferente. Habían estado siempre juntas y siempre la había visto igual: pequeña, enérgica y bondadosa. Ambas se reconocían en sus miradas verdes y felinas, raras para todo el mundo y para ellas mismas. Nadie más compartía ese rasgo. La abuela le contó que su madre no era igual que ellas. Pertenecía a la vida mundana y por eso se fue tan pronto. Sus ojos eran negros y profundos, como los del abuelo, que también la había dejado, antes aún de que naciera la hija que esperaba. Eso la abuela lo contaba con una amplia sonrisa, porque desde que conoció al Despierto se había liberado del aferramiento y la aversión, y nunca sintió como “suyo” al padre de la hija que nació de su vientre.
Ellas dos se sabían diferentes, mujeres tigre que vigilaban los preciados tesoros de sabiduría que les fueran encomendados y custodiaban y mimaban a Mucalinda. Esa era su función externa. La interna era otra cuestión, sus prácticas y meditaciones eran secretas y profundas, transmitidas en susurros y realizadas en soledad.
La abuela murió de pronto, pero no tanto como para que no le diera tiempo a prepararse. Un atardecer llamó a su nieta y le explicó que se quedaría sola, a cargo de todo. Ya podía y sabía hacerlo y su tiempo en esa forma humana se estaba terminando. La abrazó, le sonrió y se sentó en meditación a esperar…
De eso hacía ya más de dos otoños, y aún la echaba mucho de menos. No había perfeccionado tanto como quisiera el desapego y buscaba a cada paso algo que le mostrase una chispa del fluir de conciencia de la abuela en otra nueva vida.
Tomó el cuenco de la ofrenda diaria, lo llenó de leche, la espolvoreó con canela y la endulzó con miel. Se sentía extraña. Había algo diferente en el mundo que la rodeaba y en su interior. Tantos años de meditación y de retiro habían agudizado sus percepciones y ya notaba que ese estado mental no eran las secuelas de un sueño.
Se acercó a la estancia donde reposaba Mucalinda. Era un lugar fresco y perfumado de incienso. La luz era tenue, pero, aún así, se dio cuenta de que el cuerpo de Mucalinda estaba más desmadejado todavía que el pasado atardecer. Se acercó muy despacio, sin ganas de ver lo que le esperaba, y comprobó que la cobra yacía sin vida. Se sintió de pronto tan sola, tan abatida. Parecía que todas las enseñanzas recibidas no habían servido para nada. Resonó en su mente lo que la abuela le repetía:
–El Despierto nos decía: “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento no lo es. Es opcional. Podemos liberarnos del sufrimiento y liberar a los otros seres también”.
Sería cierto, pero ella ahora sentía una pena tan profunda…
Mientras tocaba suavemente la coronilla de Mucalinda comenzó a recitar entre lágrimas: “tayata om bekandse bekandse maha bekandse randsa samud gate soha. Tayata om bekandse…”.
Permaneció repitiendo el mantra y llorando en silencio casi todo el día. Al atardecer, transida de pena, se levantó y se dispuso a salir. Al darse la vuelta, de repente, se encontró con unos ojos pequeños y verdes que la observaban desde un rincón. Surgió un relámpago refulgente que invadió su conciencia. Con un destello reconoció a la abuela, al tigre, a Mucalinda, a… a ella misma. La Sabiduría y la Compasión la habían alcanzado. Sus ojos se abrieron a lo infinito, a lo inefable. Todo era igual, y todo había cambiado para siempre.
Se acercó unos pasos, se agachó y tomó al gatito dorado entre sus brazos.

Para Prema, que se empeña en buscarle la magia a todo, mientras yo juego a escondérsela.
Para mi madre, que siempre quiso que escribiese y a la que estoy segura de que este cuento le hubiese encantado.