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«La piedra lunar» y «Casa desolada»: ¿Compatibles con los calorazos veraniegos?…

img_0275… ¡Síiii! ¡Más que compatibles, tanto la una como la otra! He decidido unir ambas en una misma entrada por afinidad entre los autores, Wilkie Collins y Charles Dickens, que eran coleguitas y hasta llegaron a escribir algunas obras «al alimón» (no sé de dónde me ha salido este ramalazo taurino, con lo poco que me gustan esas cosas…). Pero aquí no se trata de ninguna de aquellas, porque no las he leído y está feo reseñar lo que no se conoce, sino de dos novelas divertidas y muy bien escritas, con unos personajes y unas tramas que te envuelven y transportan a una Inglaterra victoriana mucho más entretenida y chispeante de lo que yo me esperaba.
Empiezo por «La piedra lunar». Borges, que para sus cosas literarias tenía mucho tino, era un admirador de Collins y de esta novela en concreto, a la que dedicó un estudio introductorio. Desde luego «La piedra lunar» merece esa admiración y dedicarle una lectura relajada y atenta. Da gusto sumergirse en esa narración caleidoscópica y llena de matices.
No sé dónde he leído que se trata, al parecer, de la primera novela policial inglesa. Bueno, será así y quien lo diga sabrá por qué, pero a mí me parece que más bien es una novela de intriga, intriga bien traída y extraordinariamente mantenida.
Digamos que se trata de que en una casa de la campiña inglesa desaparece un valiosísimo diamante de origen indio -con su maldición y todo- y surge entorno a esto una serie de acontecimientos que mantienen una tensión moderada y permanente, que no cede hasta la última página.
Frente a este modo de desarrollar la historia, me parece que actualmente estamos más acostumbrados a tramas policiacas o de misterio, en las que la tensión tiene momentos casi exasperantes, combinados con ratos de pasividad e, incluso, «calma chicha».
Sin embargo, en «La piedra lunar» se nota que Collins trabajaba como escritor por entregas. Es decir, la novela se escribió en 1868, y fue publicándose durante un año en la revista «All the Year round» («casualmente» dirigida por Charles Dickens, que se ve que daba trabajo a los amigos, y no se puede decir que no lo merecieran). Esto significa, ni más ni menos, que cada entrega de la historia tenía que atrapar al lector y dejarlo pendiente de la siguiente, vaya a ser que lo que dejaran fuera el asunto de comprar la revista y los amiguetes se quedaran a verlas venir…
Pero «La piedra lunar» no solo te envuelve por la historia que, contada de otro modo, resultaría casi un poco anodina, sino por el juego de la narración. Se trata de una novela polifónica, donde a través de diarios y cartas cada personaje va contando la historia tal y como la vivió y la imaginó. Los personajes adquieren así una profundidad de matices y una corporeidad extraordinarias. Se cruzan el peculiar mayordomo, señor Beteredge -fiel devoto del “Robinson Crusoe», su particular oráculo- con la solterona chiflada, Drusilla Klark, beata y fanática distribuidora de panfletos religiosos a diestro y siniestro, y Mr. Bruff, riguroso abogado de la familia, además de la pareja de jóvenes enamorados, Rachel Verinder y Frankling Blake; el filántropo pretendiente de la chica, Godfrey Ablewhite; la sospechosa criada ex ladrona, Rosanna Spearman; el médico bocazas, los tres misteriosos hindúes, el poli listo y muchos más, todos ellos con su personalidad y su espacio vital indispensable en la historia.
Por otra parte, también contrasta con las novelas actuales de ese género en que apenas si hay violencia ni situaciones truculentas, y es que, realmente, no hacen ninguna falta. Es curioso que hasta los hindúes, presuntamente los malos, no son maltratados en absoluto por el autor. También es interesante ver cómo Collins se explaya hablando de los efectos de la adicción al opio. Y es que, al parecer, sabía por sí mismo bastante de aquello…
Bueno, en fin, quien quiera pasar unas cuantas horas de estupenda lectura, sin aburrirse ni un ratito y sonriéndose con ganas más de una vez, que no lo dude y se haga con un ejemplar de «La piedra lunar» ya mismo.

Y, si esta novela me gustó y me sorprendió, ya no te digo nada de «Casa desolada». Esta es de las que he leído por trabajo (¡qué suerte!). Las semanas que le he dedicado han sido un placer. Han sido semanas porque la edición sobre la que trabajé tenía más de setecientas cincuenta páginas de nada. Como tantas veces tengo que reconocer, mis prejuicios me jugaron una mala pasada cuando me asignaron esa obra. Ya me veía yo día tras día inmersa en un mundo de niños hambrientos y luz grisácea, pero ni hablar del peluquín. Resulta que «Casa desolada» produce al lector cualquier cosa menos desolación, tristeza o aburrimiento.
De todas sus páginas no me ha sobrado ni un párrafo. En el batallón de personajes que transitan por las historias entrecruzadas, no hay ni uno mal trazado o con precipitación, ni que no tenga su espacio en la acción y el ambiente. Nada es de relleno en «Casa desolada», especialmente los personajes, a cuya presentación el autor dedica más de un tercio de la novela, y es que lo merecen. Son unos tipos tan delirantes, tiernos, extremos y vibrantes, que solo conocerlos ya es divertidísimo y una delicia. Cómo me gustaría saber muy bien inglés para poder descifrar sus nombres, porque sospecho que tampoco están puestos porque sí y que son evocadores de un carácter o un rasgo distintivo; empezando por la dulce y cálida protagonista y narradora, Esther Summerson, «hijo del verano» (en Londres será algo bueno, pero en Madrid…), que parece iluminar a todos con su bondad y su delicadeza, pero sin ñoñería. Es que no hay nada de artificiosidad ni gazmoñería victoriana en los personajes de «Casa desolada», por tiernos y bondadosos que puedan ser.
Dickens, además, hace en esta obra un derroche de imaginación para denunciar aspectos muy graves de su mundo, pero con un inteligente y fino sentido del humor. Y, cuando uno se recupera algún momento de la sorpresa que le produce la irrupción y la manera de desenvolverse de los personajes, se pregunta divertido a santo de qué tanta gente estrambótica y aparentemente inconexa; pero, eso sí, con satisfacción y sin prisa por que pase nada decisivo. No obstante, llega el momento de desencadenarse la acción, de trama policial, con asesinato y todo, que encima no sienta mal porque al que se cargan da grima «a primera línea».
Esta novela, como «La piedra lunar», también fue publicada por entregas, de 1852 a 1853, lo que supone de nuevo que el autor esté pendiente de subyugar a sus lectores, ¡y vaya si lo logra! Pero, al parecer, no fue solo eso lo que consiguió Charles Dickens, ya que esta novela era una denuncia del tremendo rodillo plomizo del sistema judicial inglés, que posteriormente fue modificado, y algunos dicen que algo tuvieron que ver estas páginas. El autor conocía bien el mundo de la Cancillería y a los personajes que transitaban por allí. El marco de la acción es un pleito interminable, Jarndyce y Jarndyce, que fagocita a quienes se le acercan. Charles Dickens trabajó en ese ambiente judicial y quiso señalar su injusticia, inmoralidad e inutilidad. De paso también retrata personajes estrambóticos y caricaturescos como Mrs. Jellyby, que se ocupa de los pobres de África pero no de sus hijos, o Mr. Boythorn, que es un tipo enorme, con una risa atronadora y que va siempre con un pajarito delicadísimo y chiquitín; Eso sin olvidar a Mr. Skimpole (el que más gordo me cae), que es un vividor que se presenta a sí mismo como un ser lleno de inocencia: «como un niño». Es de lo más entrañable el personaje de Jonh Jarndyce, tan generoso y bondadoso, pero que se trastoca cuando sopla el viento del este. Resulta muy interesante el inspector Bucket, claro antecedente de tantos detectives y policías de las novelas posteriores, sagaz y persistente, como tiene que ser un tipo que se precie dentro de ese gremio.
En fin, son tantos personajes y todos tan dignos de ser mencionados, los simpáticos y los antipáticos, los principales y los secundarios, que, si me lío con eso, me sale un estudio de los que hacía yo en mi época universitaria, y no es el caso. Mejor lo dejo aquí, con una encarecida recomendación de volver a los clásicos. Desde mi punto de vista cualquiera de estas dos novelas es mucho mejor que las últimas policiacas actuales que yo haya leído. Y, además, mucho más divertidas.
¡A ver si os gustan!

Tres señas que no llegan a reseñas

Sigo con la serie que comencé en la entrada dedicada a «1969. Un extraño caso de asesinato y corrupción en el año en que el hombre llegó a la luna» y «After dark». Esta vez el asunto no va a llegar a poder llamarse «reseña», sino más bien «seña», porque entre el tiempo que hace que leí las obras y lo poco que me identifiqué con ellas, no me dará más que para dejar unas miguitas marcando el rastro de por dónde anduvieron mis caminos laborales. Hoy pasan por aquí:
«Aguirre, el magnífico» de Manuel Vicent. ALFAGUARA, 2015.ISBN 9788420406299

«Albeta» de Miguel Ángel Marín Uriol. MIRA, 2009 ISBN 9788484653271

«Al-Gazal. El viajero de los dos orientes» de Jesús Maeso de la Torre. EDHASA, 2008 ISBN 9788435006972

Empiezo con «Aguirre, el magnífico» de Manuel Vicent. Menos mal que en el apodo se ve bien claro que estamos hablando en masculino porque, si no, tocaría deshacer malos entendidos llenos de «esperanza»… Y no digo más, que no me gusta dar publicidad gratis a quien no la merece.
Pues bien, Aguirre es aquí Jesús Aguirre, el que fue marido de la duquesa de Alba. Podríamos decir que este libro, más que una biografía, es una semblanza de la época (desde la posguerra hasta finales del siglo XX), en la que el autor en primera persona cuenta el tránsito de acontecimientos y personajes que han pasado por su vida. Desde mi punto de vista es un libro bien escrito, con un lenguaje claro y dinámico, pero a mí no me interesó gran cosa. La «actualidad» y lo cercano a ella no suelen llamar mi atención como materia literaria. Que me hablen de Juan Carlos I y su campechanía, por ejemplo, o de las correrías y trajines de unos y otros no me da para un libro, a lo sumo y si estoy bien predispuesta, me llega para un titular. No obstante, reconozco que el libro puede no estar mal para quien esté interesado en sumergirse en determinado ambiente de aquellos años.

«Aguirre, el magnífico» cayó en mis manos en 2011 y la siguiente obra, «Albeta» de Miguel Ángel Marín Uriol, en 2013. Esta novela no me gustó, ni por el asunto, ni tampoco por su empleo del lenguaje, tan rebuscado y artificioso que me resultó una novela francamente plomiza. Como decía el gran Vicente Huidobro en su «Arte poética»: «el adjetivo, cuando no da vida, mata».

Y, entre medias de estos dos libros, en 2012 trabajé en «Al-Gazal. El viajero de los dos orientes» de Jesús Maeso de la Torre. Esta es una novela histórica que cuenta las peripecias de este personaje, que tuvo una vida interesantísima. Al-Gazal vivió en el siglo IX y fue de todo: guerrero, poeta, embajador, etc. Fue el primer árabe que llegó a los países escandinavos, negoció en Bizancio y luchó contra los vikingos cuando se quisieron colar en Sevilla. Fue amigo de Abderramán II y también cayó en desgracia y fue desterrado. Como se ve, la vida de Al-Gazal es en si una trama de aventuras y Jesús Maeso de la Torre ha construido a partir de ella una novela histórica muy entretenida.

Y, con esto y un helado… por esta vez he terminado. Seguiré haciendo este pequeño registro de obras leídas por la causalidad laboral, más para mi recuerdo que para compartir algo de mis impresiones, porque descubro que la distancia en el tiempo sí es el olvido, salvo excepciones.

Un hermoso viaje más allá de la muerte (acerca de «El viaje de Tanaka» de David Cantero)

«El viaje de Tanaka», a pesar de su título, no es de ningún autor japonés, ni mucho menos de Murakami. El nombre de Tanaka no hace aquí referencia al entrañable abuelo de «Kafka en la orilla», sino que es una mujer, Mei Tanaka, protagonista de esta delicada novela escrita por David Cantero.
Sí. Se trata pues de un autor español que, a mi juicio, ha logrado transmitir esa sensación de serenidad y armonía que me produce a mí la lectura de la mayoría de la literatura japonesa. A veces, incluso cuando se cuentan episodios duros y siniestros, siento que en los textos sigue prevaleciendo una atmósfera de armonía, como si todo fluyese más allá de lo agradable o desagradable, de lo bueno y lo malo. Es una armonía que integra también el conflicto, el desorden y el dolor como parte de la realidad. Los personajes, por supuesto, buscan su bienestar, su salvación, pero sin dramatismos ni tragedias internas.
«El viaje de Tanaka» es una novela dulce y delicada, con mucho de leyenda y de cuento de hadas. Sin embargo, a pesar de todo eso, no resulta empalagosa. Es de una lectura sencilla y tranquila, incluso en alguno de los momentos «violentos» y, a mi juicio, solo parece un poco demasiado «romántica» en el desenlace final, aunque he de reconocer que no desentona.
Además del tema del amor en todas sus facetas (filial, romántico, a la naturaleza, etc.), se presentan otros asuntos como la corrupción social, con los tejemanejes de la Yakuza y, especialmente, el problema del envejecimiento de la población y cómo se afronta este por parte de los propios ancianos, sus familias y el estado. La novela es una reivindicación de la dignidad de la vejez frente a un mundo que le quiere dar la espalda. Pero es una reivindicación alegre y esperanzada, como un luminoso canto a la vida.
Sin duda David Cantero también ha puesto otro protagonista omnipresente en la novela: la Naturaleza. Muy al gusto y la sensibilidad orientales, las plantas, los animales, las aguas, son la clave en muchos de los momentos fundamentales de la trama. Las fuerzas de la naturaleza, sus espíritus y sus leyes no son sólo un escenario, sino el motor y la energía que mueve todos los acontecimientos de «El viaje de Tanaka».
No quiero desentrañar demasiado del argumento pero, a grandes rasgos se trata de la búsqueda que Mei Tanaka emprende a la muerte de su madre. Esta creía firmemente en una aldea legendaria, Yonsu, situada en las montañas de Hokaido, en un lugar casi inaccesible, donde viven -tal vez eternamente- unos cuantos ancianos que, tras haber sido abandonados en el bosque por sus familias, logran sobrevivir. La madre de Mei tenía un viejo plano de la zona y su sueño era ir allá. Muere de pronto y Mei se empeña en hacer realidad ese sueño, sea como sea, con pocas fuerzas, poco dinero y las cenizas de su madre en una mochila. Al mismo tiempo, se cuenta la Historia de un joven nacido en un prostíbulo de Tokyo, Kento, que termina metido hasta las cejas en la yakuza como asesino a sueldo.
Según transcurre la historia el ambiente cada vez es más mágico, como si a lo largo del relato la realidad más aparente, más conocida, fuera perdiendo fuerza poco a poco hasta desaparecer casi por completo. Se parte de un mundo conocido y previsible y se llega a otro mágico en el que, gracias a las leyes de una naturaleza pura y genuina, la muerte no es ley de vida. Los kodamas, los espíritus de los ainu, los espectros de los samurai, los monstruos como el gran oso asesino conviven en aquellas tierras, más allá de la tecnología y del progreso.
«El viaje de Tanaka» de David Cantero es una hermosa y agradable novela, con una trama atractiva y que te atrapa, no por su misterio, sino por su ambiente y su desarrollo. Da qué pensar y qué sentir, pero con serenidad, dulzura y esperanza.

Postdata: Además, por qué no decirlo, reconozco que para mí esta novela ha llegado en un momento muy especial. Como mei, añoro y siento muy cerca y presente a mi madre. Ella siempre me animó a escribir y leía todo lo que yo hacía con mucha ilusión. A ella le debo mi gusto por la literatura y el estar aquí sentada escribiendo.
Gracias mamá. Este es el humilde Yonsu literario que te ofrezco hoy.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

¿»Blade Runner»? o «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» ¿Con qué me quedo? ¿La película o el libro?
Ante este eterno dilema y teniendo en cuenta que en la trama tenemos ovejas y una cabra nubia, me acuerdo del chiste de las dos cabras que se están comiendo una película:
–¿Te gusta? -dice la cabra A, zampándose un trozo de celuloide.
–Sí, pero me gustó más el libro -contesta con buen criterio culinario la cabra B.

Ya sé que es un chiste tonto, pero lo del humor negro ahora hay que cuidarlo mucho, vaya a ser que dentro de unos años yo pretenda, por ejemplo, ser reina de España y me revisen el blog a ver qué cosas he puesto…
En todo caso, en general, suelo preferir el libro, como la cabra B, y en este caso en particular, también. Ayer mismo terminé «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» de Philip K. Dick. Tengo que reconocer en primer lugar que la ciencia ficción no es uno de mis géneros favoritos, pero sí estoy interesada en las distopías, y el mundo que se refleja en esta novela escrita en 1968 tiene mucho de eso.
Sin duda la trama que se traza en la película resulta más atractiva y dinámica, pero en el texto se profundiza más en aspectos más filosóficos; no mediante largos desarrollos teóricos, sino a través de situaciones, pensamientos y comportamientos descritos con agilidad y destreza.
Puedo decir que esta novela me ha gustado por varias razones, pero me ha llamado la atención que no sea una novela de «buenos y malos». Hubiera sido muy fácil que los humanos fueran los buenos y los androides los malos, humanos con sentimientos y empatía y replicantes fríos y sanguinarios, pero resulta que no. Es un texto de límites borrosos entre la vida real y la artificial, entre los sentimientos reales y los recuerdos implantados.
Se refleja una sociedad donde los humanos experimentan distintos estados de ánimo con un órgano artificial Penfield y tienen experiencias de fusión «religiosa» a través de una caja eléctrica de empatía. Sin embargo, los androides, quieren vivir con intensidad la breve existencia de cuatro años que les es dada y sueñan con una vida mejor, y por eso huyen de las colonias de Marte donde sirven como esclavos a los humanos que emigran allí. Entonces, ¿quiénes son más humanos, más reales?
En un mundo donde casi todos los animales han desaparecido por la radiación, el tener un animal y cuidarlo, aunque sea eléctrico, es un signo de humanidad y nivel social. Así que… ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas? pues, posiblemente, los últimos modelos Nexus 6 sí, y el cazador de bonificaciones, Rick Dekcard, hasta el momento dedicado a «retirar» a los que sacan los pies del tiesto, empieza a sentirlos cercanos y a no poder con su trabajo.
Da para mucho y da que pensar esta novela. Eso sí, si alguien -como yo- espera encontrar por algún sitio la emotiva escena del monólogo de Roy Bati, con lo de los momentos que se perderán como «lágrimas en la lluvia», ya puede ir pensando en otra cosa, porque la «retirada» de Bati es de lo más simplona en el libro. Y, si hablamos de historia de amor con final incierto, nada de nada -cosa que me parece muy bien, por cierto.
Así que, una vez más, tengo que dejar al margen mis prejuicios y decir que esta novela de ciencia ficción me ha gustado y creo que vale la pena leerla con atención. Eso sí, también me ha chocado encontrar tanto futurismo, con coches voladores, y videoteléfonos y que anduvieran con copias en papel de los expedientes. Pero parece que esto nuestro en el 68 ni se lo imaginaban para el 1992, que es cuando se desarrollaría la trama.
Ah, y no quiero olvidarme de la versión radiofónica de RNE, que está muy bien para pasar un buen rato y hacerse una idea de qué va el asunto. Aquí va el enlace en Ivoox:
http://www.ivoox.com/blade-runner-audios-mp3_rf_2774082_1.html

Tristante y Murakami (dos microrreseñas)

«1969. un extraño caso de asesinato y corrupción en el año en que el hombre llegó a la luna» de Jerónimo Tristante es el primer libro que voy a comentar en esta serie que empiezo hoy. Ya en otras entradas he hablado de que actualmente mi trabajo consiste en corregir textos. Leo y leo durante horas y, para colmo, llego a casa y también leo: manías y vicios que tiene ya una cogidos desde hace décadas… ¡Qué le vamos a hacer!
Pues eso, que con lo de tener que ponerse a fondo con el libro que a una le manden, resulta que se descubren verdaderos bodrios y, por supuesto, también joyas que, seguramente, de otro modo lo mismo ni las hubiera tocado. En todo caso, de todos los libros que he leído he aprendido algo y creo que hay uno solo de ellos que fulminaría sin salvar ni una letra. Pero eso ya llegará y ya veré si siquiera lo nombro.
Como decía al principio, voy a empezar por la Novela ya citada de Jerónimo tristante. ¿Por qué con ella? pues sencillamente porque tengo las carpetas colocadas por orden alfabético en el ordenador y es la primera que aparece. Podría contar otra cosa, pero el criterio es así de simple.
«1969. un extraño caso de asesinato y corrupción en el año en que el hombre llegó a la luna» fue publicada por Maeva Ediciones en 2009 y yo la leí en 2011, no obstante, no se me ha olvidado su trama ni tampoco la buena impresión que me dejó. Se trata de una novela policiaca a la española: con su policía alcohólico y deprimido como un perfecto antihéroe, con su historia de amor con una señorita cursi de la Sección Femenina, que al final da para mucho más de lo que se podría pensar; no falta tampoco el cura del pueblo con su procesión chusca ni el trasfondo social de la España de finales de los sesenta; pero, ojo, sin que el autor se ponga ni pesado ni adoctrinador.
Creo que se trata de una buena novela, entretenida y bien escrita, con una trama compleja a la que solo en muy pocas ocasiones se le puede poner algún pero por despiste del autor. Es también divertida, con su punto de humor crítico y caricaturesco.
Se trata de uno de esos libros que por mí misma no hubiera leído nunca. He de reconocer que tengo más de un prejuicio acerca de los autores contemporáneos y, si la trama es de la España del siglo XX, más.
Y esto enlaza con el siguiente título de la lista… ¡rataplán, rataplán!… ¡»After dark» de Haruki Murakami!
Tusquets publicó esta novela en 2008 y yo la leí por obligación laboral en 2009. Es sabido de todos los que me conocen mi inclinación hacia la cultura japonesa y, de hecho, el lema de este blog y alguna de sus entradas dan fe de ello, y Sei Shonagon precisamente me inspiró para crearlo así, misceláneo y ecléctico. No obstante, a pesar de lo mucho que me habían hablado de Murakami, yo me negaba a leerlo, por ese prejuicio mío contra los autores contemporáneos: si algo no ha pervivido más de cincuenta años con vigor en el mundo de la literatura, no merecía mi tiempo. Utilizo el pretérito imperfecto, porque la realidad me ha demostrado que tal cosa es una auténtica simpleza de niña repipi. Es cierto que los medios de comunicación ensalzan y obvian textos por motivos poco relacionados con su valor literario en la cultura del consumo rápido en la que vivimos, pero es verdad también que los prejuicios pueden hacer que uno se pierda cosas que, al final, resultan un gran hallazgo.
Así me pasó con Haruki Murakami, de quien, a estas alturas, creo haber leído todo lo publicado en español, y, salvo excepciones y con distintos grados de satisfacción, todo me ha gustado. Diría que mi novela favorita es «Kafka en la orilla», pero con «After dark» me enamoró a primera lectura.
Desde mi punto de vista Haruki Murakami refleja en sus textos tanto el japón moderno y trepidante como la sensibilidad y la interiorización que impregna esa cultura y esa estética. Como nosotros, nos guste más o menos, estamos marcados por el cristianismo, la mentalidad japonesa se impregna de shinto y de budismo. Esto es lo que se observa a través del comportamiento de los personajes y la sensibilidad de la atmósfera que se percibe en todas las novelas y cuentos de Murakami.
Esa realidad aparente y esa falta de necesidad de explicar el extrañamiento son muy budistas y muy shinto, aunque explícitamente no se hable de ello en los textos. «After dark» para mí es más una atmósfera que una trama, una atmósfera misteriosa y seductora que no necesita ser comprendida ni debe serlo, porque entonces perdería su encanto. En «After dark» uno se transporta mágicamente a un universo que parece cercano y comprensible, pero que a la vez resulta paradójicamente ajeno.
Y, sin embargo, «After dark» no resulta inquietante. Más bien al contrario. Uno la lee y se siente en calma, como flotando en un mundo extraño y apacible, cercano e irreal. Desde mi punto de vista, en las obras de Murakami, bien predomina la acción, bien la interiorización. Junto con «Tokio blues» y «Al sur de la frontera, al oeste del sol», «After dark» constituiría el grupo de novelas de sensibilidad más íntima y calmada.
Bueno, y por esta vez ya vamos bien para una entrada. Espero que esto sirva para que alguien que no las conozca disfrute también de estas novelas, unidas aquí por la causalidad del explorador de Windows (como decía el sereno de «La verbena de la Paloma»: «… ¡Son cosas de estos tiempos!»).

De trapos y de letras (5)

img_0319“De trapos y de letras” no pretendía convertirse en la historia de las mujeres de mi familia, pero lo que está resultando es eso. Y no es que se trate de una selección hecha por mí, sino que los recuerdos que me han sido trasmitidos, tanto por mi padre como por mi madre, siempre se referían a ellas, como si las vidas o las personalidades de los hombres de la familia fueran en función de sus madres, sus mujeres o sus hijas o hermanas.

No me gustan los relatos de mujeres, escritos para mujeres y por mujeres, se me hacen pobres y parciales en exceso, pero no sé cómo darle a esta historia más polifonía. Yo no soy un hombre y poco sé de los hombres de mi familia, salvo de los que están en mi presente –especialmente mi padre, que es un hombre excepcional, que está tan guapo y tan delgado en esta foto de juventud-, conque me resignaré a ser lo que soy y contar lo que recuerdo.

Vuelvo a Pepa, la nuera de María y mujer de Paco, de la que tengo un ramillete de anécdotas, a cuál más excesiva. Como dije, tenía unos penetrantes ojos grises y, aunque no era especialmente guapa, resultaba atractiva por su energía y resolución. Era físicamente fuerte, más bien corpulenta. Sus rasgos no eran muy delicados. Se movía con rapidez y contundencia, con mucha agilidad, como un felino de músculos potentes. Era gata por los cuatro costados: por sus ojos felinos, su carácter impredecible, su rapidez de agresión y, claro, por auténtica madrileña.

En una foto en la que tendría ella unos veinte años, luce un estilo muy moderno, muy “belle èpoque”, con una chaquetilla abierta sin solapas, un corte de pelo a lo “garçone” y una expresión seria y decidida. Es curioso pero, en mi juventud, antes de conocer ese retrato, me fui un día a la peluquería y volví exactamente con el mismo corte de pelo que tenía mi abuela en aquella. Cuando mi madre me vio se quedó petrificada y me mostró la fotografía. Nuestras facciones no se parecían, pero sí la fisonomía y, sobre todo, nuestra expresión desafiante. Por distintas razones Pepa y yo íbamos plantando cara al mundo, y se nos notaba mucho. ¡Vaya que sí!

Ella fue siempre así, y murió así, desbordada por el mundo que le tocó vivir y por sí misma. Lo primero, su infancia, en una casita baja de Tetuán de las Victorias, teniendo que trabajar de trapera desde niña, como por otra parte era lo normal en ese barrio y en esa época. Un padre borracho y violento y una madre, Luisa, de la que no sé casi nada y de la que por poco no llevo yo el nombre, eran un espejo poco edificante para Pepa y sus hermanos. Bueno, tal vez debiera haber dicho hermanas, porque solo sé de mis tías abuelas Lola e Inés (y seguimos con la historia de mujeres).

Aunque iba a hablar de Pepa, tengo que dedicarles algunas líneas a sus hermanas, particularmente a Lola, por quien yo siento un especial cariño y admiración. Bueno, por ella y por su marido, el tío Dimas. No obstante, empezaré por Inés, ya que no me llevará mucho espacio contar lo que de ella he llegado a saber.

Inés era la más pequeña de las hermanas, y esa sí que era muy guapa. Hace años vi una foto de ella de juventud, y parecía una actriz de cine a lo Greta Garbo, con una preciosa sonrisa, una mirada limpia y penetrante y un casquete con borlitas elegantísimo. Siempre me llama la atención ver a estas mujeres tan bien arregladas en las fotos antiguas, maquilladas y sonrientes, como si estuvieran rodeadas de todo tipo de lujos y comodidades. No sé si en todas las familias pasa lo mismo, pero las mujeres de la mía son muy coquetas y, con muy poco, siempre han procurado sacarse mucho partido.

Inés, desde luego, era más que resultona, así que se casó bien; es decir, con el tío Pepe, que era un empleado de banca, muy salao y muy risueño, siempre de buen humor y con ganas de chunga, hasta en las épocas difíciles. Era Pepe de esos padres que les compran a sus hijos una bicicleta cuando tienen que pedir fiado para comer, pero todos dicen que los niños eran felices con él y estoy segura de ello, porque yo aún le recuerdo, ya mayor en la casa que tenían por la Ermita del Santo, que era casa y no piso y que, aunque pequeña, tenía su jardín y todo. A mí me parecía un sitio encantador y un lugar donde se respiraba alegría. Con los años Inés se había convertido en una auténtica matrona, y la muchacha de esa fotografía había desaparecido en su forma, aunque en su fondo seguía ahí, con el amor de su Pepe.

La tía Lola era otra cosa muy distinta. La mayor de las tres hermanas, empezó a servir desde muy jovencita y a enfrentarse al mundo sin pelos en la lengua. Ella y Pepa eran mujeres duras y fuertes, que no bajaban la cabeza delante de nadie y que, por menos de nada, acababan a mamporros con quien fuera: hombre, mujer o alienígena.

Lola era la más grandona de las tres y además elegía para vestirse colores y adornos chirriantes y llamativos, con lo que, sumado a su carácter impetuoso, era imposible que pasase desapercibida. Por el contrario, mi tío Dimas, su marido, era un señor menudito y callado. Hacían una pareja de esas de viñeta humorística: ella grandona y descarada y el delgadito y prudente; aunque valientes ambos y batalladores. Valga como ejemplo una anécdota muy contada en la familia:

Parece ser que en la posguerra española se “estilaba” cantar el “cara al sol” a la primera de cambio. Una de las ocasiones favoritas era cuando la gente iba al cine, al final de la película, si a algún fervoroso seguidor del sacrosanto Movimiento le daba por hacer un ídem y levantarse a cantar brazo en alto, el resto del público se veía en la obligación de seguir la exaltación patriótica, a riesgo de pasarlo bastante mal si no secundaban el alzamiento espontáneo.

Pues bien, en una de esas, Dimas y Lola se quedaron sentaditos y sin seguir la inspiradora arenga musical. No sabemos de quién sería la idea de quedarse en la resistencia. En todo caso, lo que sí tengo claro es que, si fue cosa de Lola, Dimas no se hubiera atrevido a levantarse porque mi tía abuela daba más miedo que una legión de falangistas.

No obstante, siendo justa, creo que este hombre, mecánico de profesión, era de esos tipos callados y prudentes, pero fuerte y decidido. Falleció con más de noventa años y, desde la muerte de su Lola, vivió solo en la casa que siempre habían compartido con sus tres hijos, en Tetuán de las Victorias.

Recuerdo ese piso minúsculo, al que fui de niña muchas veces, como si lo estuviera viendo ahora mismo. Era un primero oscuro  porque daba a un pequeño patio interior. El portal era estrecho y también la escalera, que tenía una barandilla de hierro forjado, sencilla pero bonita. Para llegar al piso de los tíos había que atravesar una pequeña galería llena de macetas, puestas por mi tía, que trasmitían la fuerza y la energía de su personalidad. Nada más entrar había un cuartito, presuntamente el salón, al que daban dos micro habitaciones. Tan tan “micro” que en la grande no cabía más que la cama de matrimonio (de 1,5 m.) y las mesillas. Del salón-recibidor-comedor se pasaba a la cocina de Pim y Pom, y de esta a un baño acorde con todo lo demás. En fin, un piso muy, muy  humilde, pero lleno de vida y de cariño. Porque Lola era una mujer cariñosa a más no poder. Era de esas mujeres que no muestran su afecto y su amor con dulzura sino como una fuerza de la naturaleza. Yo no conocí a su hermana, a mi abuela Pepa, pero con sus nietos, mis hermanos, debía de ser así.

Cuando estaba con la tía Lola me sentía segura y querida. Sentía que nada podía pasarme con ella delante porque pararía un tanque si este fuese a hacerme daño. Aún recuerdo su voz en mi mente y su alegría cada vez que me veía. Y digo “ver”, porque no sólo se ve con los ojos. La tía Lola –como yo misma-, de mayor, estaba prácticamente ciega, pero jamás le vi ni un asomo de queja ni de lástima de si misma.

Otra cosa que nunca podré olvidar de ella, como filóloga que soy, es su manera de hablar. Siempre recordaré su imagen pegándose abanicazos en el pecho y diciendo indignada del tío Dimas:

–Este lo que es es un soca.

A mí entonces aquello me parecía muy duro: “¿Qué sería eso de “soca”?”… “So cabr…”. Con el tiempo he ido investigando y he visto que no es ni más ni menos que tonto, aunque ella lo utilizaba como “Calzonazos” o algo así. Lo cierto es que yo creo que, con todo y eso se querían muchísimo, llevaban juntos desde los 15 años y, sin alardear de ello, eran una pareja armoniosa y feliz.

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(Como era el favorito de lola: Miguel de Molina)

http://www.youtube.com/watch?v=pikr6fQKiK8

Aquella hada atontada

Hace semanas que no incluyo ninguna entrada. Como en otras ocasiones en las que me he sentido atascada, recurro a revolver el «cajondesastre» a ver qué se puede recuperar.

Esta vez le ha tocado el turno a la conferencia que di en Reinosa en septiembre de 1997, cuando tuve el honor de ser mantenedora de las justas literarias que se celebran allí cada año.

Fue una experiencia tremenda la de subirse a aquel escenario. El teatro de Reinosa me pareció enorme y enfrentarme a tanta gente que iba a escuchar lo que yo les contara, después de que, además, mi intervención y mi presencia estaba anunciada en carteles por toda la ciudad, era una responsabilidad vertiginosa. El teatro estaba lleno cuando salí al escenario y sentía la presencia de todas esas personas en la oscuridad, como un sólo ser aterrador y abismal: supongo que eso será lo que se denomina miedo escénico.

Pero, en fin, no había otra, salí al escenario con mi vestido chino de seda verde (de magnífica manufactura materna, y que aún conservo) y les conté lo que transcribo a continuación, que ahora, la verdad, me resulta pelín repipi, pero así era yo (¿Era?…):

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En primer lugar quiero decirles que estoy encantada de que haya recaído en mí este honor y poder estar con ustedes esta tarde.

Cuando supe de mi participación en estas Justas, me asaltó la misma duda que a Jorge Luis Borges en una de sus conferencias que inició diciendo: «Tengo gran curiosidad por saber de qué voy a hablarles hoy».

Humildemente, no puedo ni soñar con la soltura y la sabiduría suficientes como para improvisar con éxito una intervención que pudiese resultar interesante y a la altura de las circunstancias.

En un primer momento pensé en dedicar estos minutos a celebrar alguna de las muchas mercedes que esta ciudad ofrece, o tal vez rememorar acontecimientos históricos que sin duda la han señalado como un lugar clave para el desarrollo de nuestro país.

En cualquiera de los dos casos no me hubiese sido difícil encontrar aspectos que resaltar, más que de sobra; ya que en una primera mirada me encontré, no sólo con la importancia del entorno natural, sino además con los numerosos vestigios arquitectónicos que dan testimonio del vigor histórico de Reinosa.

He sabido así de la historia de la «Casa de las princesas», de «la casona» o «La casa de la niña de oro», del antiguo «Cañón de la curva», de las torres y, por supuesto, de las ruinas de Julióbriga. Esta enumeración no pretende más que cumplir la función de convertirse en una breve muestra sobre lo mucho que puede decirse sobre Reinosa.

Pues bien, esos testimonios históricos, la fuerza del entorno natural y la tradición mágica y legendaria de estas tierras, me decidieron a evocar hoy parte de esa tradición mágica que nos rodea.

No obstante, nuevamente me vi obligada a realizar una selección, ya que son muchas las leyendas, muchos los tipos de «seres elementales» o «espíritus de la naturaleza» que, aparentemente, se mueven por aquí.

El tiempo del que dispongo no me permite ofrecerles un estudio exhaustivo, pero pensé que, aunque hubiese sido posible, sería casi una blasfemia hacerlo, porque los que creemos en la existencia de los seres mágicos, sabemos que no es posible reducirles a datos sin mermar con ello su condición de tales.

Aunque pueda parecerles más que sorprendente, estoy segura de que, de algún modo, estos seres siguen estando presentes entre los humanos. Además, seguro que la irrupción de las hadas y los duendes en una vida monótona puede convertirla en una nueva y viva leyenda.

Esta fue la impresión que yo tuve cuando escuché hablar por primera vez de lugares como «La casa de la niña de oro» o del «cañón de la curva». Pero no quiero olvidarme de lo que, para mí, es más importante, la riqueza natural, el magnetismo de las aguas que corren por las fuentes y los montes, que son sin duda el lugar  favorito de los espíritus mágicos, que por fuerza no pueden abandonar el nacimiento del Ebro.

Para entrar en materia, voy a referirme primero a la denominación de los «elementales». Antes me he referido a ellos llamándoles «hadas» y «duendes», pero, tratándose de Cantabria habría que hablar más bien de «anjanas» y «trasgos». En este momento, apelo a mis propias inclinaciones y, puesto que «lo mágico no quita lo reivindicativo», me siento más identificada con los «espíritus femeninos», y prefiero llamar su atención sobre las anjanas. Aunque bien es cierto no son ellas las únicas elementales que se dice habitan aquí, porque también se habla de ijanas, hilanderas, hechiceras, mozucas de agua, de todas ellas habrá ocasión de contar alguna cosa hoy.

Para hablar de ellas he recurrido a la ayuda de Manuel Llano y Jesús Callejo, que han dedicado parte de su obra a contar el modo de presentarse, las costumbres y las historias de estas peculiares hadas.

Empezaré por hacerles una descripción del aspecto con el que habitualmente suelen presentarse las anjanas. Como el resto de los espíritus femeninos de la naturaleza, habitualmente toman forma de mujeres, muy hermosas y de pequeña estatura -por algo se incluyen dentro de lo que se ha dado en llamar «gente menuda»-. Aunque, si es su gusto pueden hacerse enormes o minúsculas, según lo requiera el prodigio.

A pesar de que las anjanas adquieren la forma de mujeres muy hermosas, pueden transformarse en viejecitas o en objetos como piedras o árboles. En relación a esto, una tradición habla de que las anjanas se transformaban en ancianas que recorrían estos pueblos con el fin de comprobar la caridad y los buenos sentimientos de los habitantes, a los que premiaban con dones o castigaban con terribles picores, según hubiese sido su comportamiento.

Su rostro, aunque muy hermoso, es muy pálido, y en él resaltan unos ojos de profunda mirada que, al contrario que en otras zonas de España, son de color oscuro, negros o castaños. En la frente tienen una marca que, o bien es una cruz o estrella roja, o bien son unas finas líneas amoratadas a modo de pequeñas arrugas. Su cabello es siempre largo, pero el color es variable, aunque con preferencia del rubio y el pelirrojo. No obstante, las ijanas y hechiceras suelen tenerlo castaño o negro, respectivamente.

Otro aspecto importante es su atuendo. Como todas las hadas, las anjanas son muy coquetas, al amanecer, cuando abandonan sus  moradas, salen acicaladas con lazos y cinturones dorados. Además ya se han peinado sus largos cabellos, lo que hacen con peines de coral. Su vestido suele ser blanco con pintas brillantes, usan sandalias de piel marrón con relucientes hebillas, salvo las llamadas hilanderas que llevan escarpines de lana que ellas     mismas confeccionan.

Lo que considero más importante y lo que las distingue de sus vecinas asturianas, son las alas, que rara vez usan, y que les sirven para perseguir a las brujas, la capa que les cubre y el cayado en el que se apoyan.

Pero la capa y el cayado no son sólo un adorno o un apoyo, estos objetos les sirven a las anjanas para realizar sus prodigios.

En primer lugar hay que fijarse en su color que, dada la coquetería de nuestras damas mágicas, armoniza con el del resto del atuendo, no obstante, en el caso del manto, también sirve para identificar la época del año: amarillo para el verano y negro o ceniciento para el invierno. Lo que sí es siempre igual es su material, que se dice que es de un suave terciopelo.

Más importante aún es la función del bastón. Teniendo en cuenta que las anjanas son seres de extremada bondad, que poseen todas las virtudes, los prodigios que realizan con sus bastones van siempre dirigidos a proteger la naturaleza o ayudar a las personas en dificultades.

En algunos casos, el color del cayado indica el tipo de prodigios que puede realizar. Así, por ejemplo, un bastón azul  puede ahuyentar a las alimañas que amenazan al caminante, o un  bastón verde con el que la anjana se toque la cabeza la convierte  inmediatamente en piedra o en árbol. ¿Quién sabe entonces si aquel  «olmo de las fuentes» o el «abeto azul de Cupido» fueron antaño una anjana que decidió quedarse en Reinosa?

La bondad de las anjanas es algo que nadie discute. Además, al contrario que sus colegas de otras tierras, las damas mágicas de Cantabria no sienten ninguna animadversión por los símbolos cristianos. Es más, una de las tradiciones habla de que todos los viernes santos se visten de negro y se cubren los cabellos con pañuelos cenicientos en señal de duelo.

Por otra parte, tanta es su voluntad de ayudar, que puede invocárselas en caso de necesidad mediante una sencilla oración. Por ejemplo en el caso de que se haya perdido algo habría que decir:

«Anjanuca, anjanuca, buena y floría,

lucero de alegría.

¿Onde está…

la oveja mía?

Y en caso de que el caminante se sienta perdido, debe pedirle auxilio diciendo:

«Anjana blanca ten piedad de mí,

guíame por la oscuridad y por la niebla,

líbrame de los peligros y de los malos pensamientos

para que encuentre el camino de salida.»

Todo esto si no se da cuenta ella antes y sale con su bastón que tiene una estrella en la punta que en estos casos sirve de linterna.

Dentro de las obligaciones de las anjanas también está el cuidado de la naturaleza. Ellas conocen la «gaya ciencia» y pueden hablar con los animales y las plantas, a quienes cuidan y protegen en todo lo posible. Por esto, el avance destructor de los seres humanos ha hecho que algunos de estos seres nos detesten por estar destrozando su mundo, aunque, por su bondad, lejos de atacarnos, se recluyen en lugares cada vez más recónditos.

Eso es lo que les sucede a las llamadas hechiceras, que moran en grutas subterráneas tristes, y taciturnas, con su belleza y sus poderes atenuados por haberse visto obligadas a confinarse en espacios muy limitados. Sin embargo, en tiempos, gozaron de enormes poderes, en especial se habla de su prodigiosa fuerza. Estas damas mágicas, morenas y pálidas, se dice que fueron quienes en la antigüedad levantaron dólmenes como el del Abra y, posteriormente, redujeron el uso de su fuerza a la ayuda de los leñadores que pudieran verse atrapados por un tronco o a los campesinos agobiados por pesadas cargas.

Al contrario que las hechiceras, las hilanderas tienen el aspecto de mozas altas y robustas. Son las que más se parecen a las humanas y se mezclan fácilmente con los humanos.

Otra particularidad que distingue a las hilanderas de las hechiceras es su riqueza. Cuando premian a los humanos por sus acciones, lo hacen mediante regalos como madejas de oro, perlas o monedas; mientras que las hechiceras, no tienen ningún objeto de valor, y los dones que otorgan nunca son materiales.

Las hilanderas, en vez de un cayado como las anjanas, portan una rueca roja o, a veces, una campanilla, de las que hacen surgir madejas de oro o perlas respectivamente.

Otras damas mágicas, las «mozucas del agua», viven en lagos, manantiales y, por supuesto, en las fuentes del río Ebro. Al contrario que sus compañeras, llevan una vida más despreocupada. Se dedican a tejer madejas de oro y plata, a jugar y a tender sus hilos a algún apuesto paseante que, si lo sigue con éxito hasta el final, podrá casarse con la hermosa mozuca; pero, eso sí, cada amanecer de la noche de San Juan saldrá con ella a recorrer los campos sembrando dones para que sean recogidos por las buenas gentes que los merezcan.

Al igual que estos espíritus acuáticos, las ijanas o, también llamadas, unjanas, no atienden a responsabilidades. Se parecen más a espíritus burlones que juegan con los humanos y les hacen travesuras. Además, su aspecto también es diferente. Dicen los que las han visto que corretean desnudas por el monte, son muy hermosas y tienen una larga cabellera de color castaño. Otra particularidad es que tienen un larguísimo pecho que echan hacia atrás, sobre su espalda. Estas ijanas viven en la peña de la Mena en el Valle de Aras, lugar mágico que, al parecer, constituye una puerta inducida al país de las hadas.

Los largos y robustos pechos también se atribuyen a algunas anjanas que amamantan así a sus hijos. Porque nuestras damas mágicas también se enamoran, lo que, por cierto, a veces llega a contrariarlas bastante, ya que no siempre se emparejan con otros elementales, sino también con humanos, lo que para una anjana puede suponer la pérdida de su condición de tal o, lo que es peor, verse convertida en una viejecita decrépita. Sin embargo, otras tradiciones las convierten en raptoras de sus amantes humanos a los que conducen a sus grutas o fuentes para llenarles de riquezas y felicidad, pero, eso sí, quedan encantados por ellas para siempre.

Esto nos lleva a hablar de las costumbres domésticas de las anjanas que dedican primorosos cuidados a sus hijos, a los que se las ha visto amamantando a la entrada de sus moradas que, según se dice, sólo pueden contemplarse al amanecer. Habitualmente se trata de grutas extraordinariamente luminosas en su interior, ya que el suelo es de oro y las paredes de plata.

Por último, al hablar de sus costumbres, no puede olvidarse su mayor entretenimiento: el canto y el baile. Como el resto de las hadas, las anjanas gustan de realizar sus danzas acompañadas con cánticos, siempre al amanecer o al anochecer, momento en el que, si se las logra ver y, más aún, si se recoge alguna de las flores que ellas lanzan al aire con su danza, la felicidad del que lo consiga es segura para toda la vida. El canto de las anjanas tiene un rasgo que lo distingue de lo que es tradición, sólo tienen dos tipos de melodías, o bien muy alegres, bailables como seguidillas, o bien muy tristes como lamentos.

A pesar de esto, las anjanas son alegres y hermosas y, como el resto de sus compañeras, más o menos afortunadas, son de una gran bondad. Es importante pues señalar que aquí, muy al contrario de lo que sucede en otras zonas, no sólo de España, sino de todo el mundo, los espíritus de la naturaleza son claros y benéficos, y sus maldades no pasan nunca de la travesura o el castigo suave o, a lo sumo, la indiferencia ante los problemas de los humanos.

Tomando este aspecto benéfico, finalmente, no querría dejarles sin hacerles notar que, si antes hubo damas mágicas que se unieron a los humanos, tal vez ahora también las haya, incluso con más motivo, porque, lamentablemente estamos enturbiando su entorno con nuestros desmanes.

Tal vez, discretamente, ahora se hayan tenido que deslizar en el mundo de los humanos para protegerles con su magia y contagiarles de su amor a la naturaleza.

Estoy segura de que, si eso es así, no podrán alejarse de una ciudad en cuyo escudo la flor del árnica montana simboliza la cultura.

E incluso ¿por qué no? quizás alguna esté aquí esta tarde.

Pastel de café vienés (no apto para hipertensos)

bizcocho de café bizcocho de café 2

Este pastel creo que entra mejor dentro de la categoría de postre que de desayuno, aunque esto lo puede juzgar cada uno, una vez que lo pruebe. Lo digo sobre todo porque, zamparse un trozo de pastel de café bebiéndose un idem, se me hace mucho de lo mismo, aunque me consta que ya hay quien lo ha hecho. Lo importante: desde luego, rico está riquísimo.

Los ingredientes son de lo más sencillo:

2 huevos

20 gramos de café soluble.

20 gramos de azúcar vainillado.

80 gramos de azúcar moreno

30 gramos de azúcar glas

120 gramos de mantequilla

200 ml. de nata para montar

150 gramos de harina integral de trigo

1 cucharadita de levadura tipo Royal

1 pizca de bicarbonato

Con todo esto ya nos podemos poner manos a la obra:

Batimos los huevos con el azúcar moreno y el vainillado, vamos añadiendo a esto el café soluble y la mantequilla blandita, de lo que obtenemos una crema uniforme a la que vamos incorporando poco a poco la harina ya mezclada con la levadura y el bicarbonato.

Entretanto hemos preparado el horno para que esté a 180 grados y, una vez volcada la mezcla en el molde, lo dejamos allí dentro, bien calentito durante 50 minutos.

Pasado este tiempo y ya fuera del horno, dejamos que se enfríe el bizcocho sobre una rejilla y nos liamos con la segunda fase que sólo podremos hacer cuando ya esté frío.

En ese momento, levantamos la nata a la que hemos añadido el azúcar glas y la dejamos en un cuenco reservada, para hacer el relleno del pastel.

Por otra parte, tomamos el bizcocho y lo cortamos horizontalmente, de tal manera que la parte superior luego pueda servir a modo de «tapa».

Vaciamos de miga el interior del bollo, cuidando de que queden unas paredes de un grosor entre uno y dos centímetros, dependiendo de lo sólido que haya salido el bizcocho (cuanto más sea, menos grosor será necesario para soportar el relleno). Si la tapa tiene suficiente altura, también podemos vaciarla un poco de miga para rellenarla después.

En el cuenco con la nata montada echamos todo lo que hemos sacado del interior del bizcocho y lo mezclamos bien con aquella, hasta obtener una pasta con la que rellenaremos de nuevo el bollo y la parte correspondiente de la tapa.

Y… ¡A la nevera con ello! que, aunque va a durar poco, como tiene nata está mejor al fresquito.

http://www.youtube.com/watch?v=bOaADFq9yOg

Bizcocho Shonagon (de arroz y sésamo)

Esta receta ha sido un experimento que, ante mi sorpresa, ha tenido mucho éxito.

Requiere bastante tiempo de cocción, así que aconsejo que no se coloque muy arriba en el horno para que no se queme.

Empiezo con los ingredientes:

1 vasito de yogurt de cristal de leche de soja (esta medida es útil para el resto de los ingredientes.

1 de azúcar blanca.

Medio vasito de aceite de sésamo.

Medio vasito de aceite de oliva.

3 huevos.

3 vasitos bien llenos de harina de arroz.

Medio sobre de levadura tipo Royal.

Un buen puñado de semillas de sésamo crudo.

Y ahora vamos con la elaboración:

Yo siempre separo las yemas de las claras para poner estas a punto de nieve y las incorporo al final. Creo que con esto el bizcocho queda más esponjoso y suave. Conque esto es lo primero que hago, con las varillas limpias y la batidora «a tope candela».

Una vez lograda la elevación de las claras, las aparto para que esperen su entrada final en escena.

En la cubeta de la batidora ya están las tres yemas, a las que añado el azúcar, el aceite y la leche de soja. Una vez bien batida esta mezcla incorporo poco a poco la harina, que previamente he mezclado bien con la levadura.

Sigo batiendo hasta obtener una pasta uniforme, que queda bastante líquida si la comparamos con la del tradicional bizcocho de yogurt. Esto es lo que hace que el tiempo de cocción se vaya a los 70 minutos con el horno a 180 grados.

Volviendo al proceso, una vez que se ha mezclado la harina con los huevos, se incorporan las claras a punto de nieve, pero batiendo despacito y no durante demasiado tiempo, solo lo justo para unirlas a la masa.

Se vuelca el resultado en un molde, se colocan por encima las semillas de sésamo y se mete en el horno -previamente calentado a 180 grados-, no demasiado arriba, para evitar que se queme, porque habrá de estar unos 70 minutos. No obstante, a los 45 minutos se puede pinchar con la típica aguja de hacer punto y ver cómo va la cosa.

El resultado es un bizcocho ligero, apto para celiácos y para quienes no quieren añadir muchas calorías a su dieta.

Funambulista

El desequilibrio es un riesgo que acecha a cada momento.
En un instante un rayo de lucidez ilumina toda la escena, deja ver durante menos de un segundo cada rincón, cada molécula, cada matiz del color. Pero enseguida se apaga y todo funde a negro.
Uno se acostumbra a andar en esa oscuridad y llega a ver algo, a atisbar elementos que le quieren recordar aquello que un momento quedó al descubierto, tan claramente que casi parece que no fue verdad, que fue un sueño.
Pero el desequilibrio acecha con aire inofensivo.
Las obsesiones calan completamente la mente como una lluvia suave y persistente contra la que uno se resguarda demasiado tarde. Y luego hay que buscar cómo secarse y no es fácil porque sigue lloviendo y lloviendo. Lloviendo ruidos ofensivos y desconsiderados que se clavan en las sienes y en el centro del pecho. El ruido continuo, el ruido ocasional e inesperado, el ruido desafiante, el ruido irrespetuoso, el ruido descontrolado, el ruido innecesario, el RUIDO hace que se tambalee el funambulista que no tiene más remedio que cruzar el abismo. Cada paso es un logro y, a veces, hasta parece sencillo caminar sobre un delgado cable. Pero entonces llega el ruido y el funambulista queda inmóvil, a veces con un pie en el aire, a merced de cualquier mal viento que termine de empujarlo. Y vuelve el silencio engañoso y embaucador. No se puede confiar en él. En cualquier instante inesperado, con un pie en el aire, cuando todo parecía ligero y en calma, surge el temible RUIDO.
Es peligroso. Cruzar el abismo es muy peligroso, pero no se puede evitar y nadie puede ayudar al funambulista. ¿Nadie? ¿Está solo el funambulista?
No. No está solo. Vuelve un momento la cabeza a ambos lados y ve a otros que se esfuerzan por pasar. Unos gráciles (al menos en apariencia), otros que se sujetan con las manos y con todo el cuerpo a un hilo que se curva dudosamente, otros (los menos) que transitan tranquilos por una pasarela (¿permanente? ¿segura?) y, también, algunos (muchos) que caen aterrorizados o exhaustos. Todos esos funambulistas afanados en pasar y (aún deseándolo) todos sin poder salvar a los que se precipitan al vacío. Y ¿para qué? ¿Dónde van? ¿qué hay que hacer al otro lado del abismo? ¿Por qué emprender el tránsito? ¿Cuándo se termina?
Ahora hay silencio, pero sopla un viento terrible que desequilibra a los que antes caminaban entre el estruendo sin alterarse. El aire en movimiento no empuja a todos por igual. Parece ensañarse con quienes más lo temen y juega con ellos. Juega a enredarles la ropa entre las piernas, a taparles el rostro con los extremos de la bufanda y, claro, algunos irremediablemente caen dando vueltas hacia no se sabe dónde. ¿No se sabe? ¿Sería mejor dejarse caer?
El funambulista tiene que caminar por donde pueda y sabe que eso es un peligro aún cuando resulta fácil, pero, más aún teme caer, sin siquiera saber lo que teme, porque no se puede mirar hacia abajo. Es imposible hacerlo, no hay nada que mirar, sólo la caída.
El viento ha cesado. Cesó la lluvia y el ruido. Y Había funambulistas que no habían comprendido el desequilibrio hasta que brilló el sol. Un sol radiante y cegador. El sol terrible de los días de verano. El sol que llena todo de reflejos hirientes. El sol que quema las sienes y que se clava en los ojos a través de los párpados. El sol enloquecedor que hace desear desesperadamente que vuelva el ruido, o la lluvia, o el viento, o el granizo, o lo que sea, pero que se oculte aunque sea un minuto.
Los funambulistas van avanzando, a veces con ligereza, con tanta que llegan a olvidar Las inclemencias pasadas y las que vendrán. Olvidan a quienes se derrumban lejos, de quienes no se oye el grito de terror en el momento de caer.
Olvidan. Olvidan. Olvidan. Olvidan. Olvidan.
Pero no hay olvido total porque el tránsito sigue ante un horizonte inevitable.
¿Caer o avanzar? ¿Es distinto?
Todo es horizonte, arriba, abajo adelante. Todo es horizonte. Lo único imposible es retroceder.
Ahora, con lo que el funambulista ha aprendido de la lluvia, del sol, del viento, del ruido; ahora los primeros pasos serían más fáciles. Pero no se puede retroceder. Ahora ya el viento no le hubiera arrebatado el vaporoso pañuelo de seda, ni el trueno le haría tambalear. Ahora el funambulista sabe cómo resguardarse de la lluvia fina y protegerse del sol intenso.
El funambulista aprende. ¿Verdaderamente aprende? Sí. Pero nunca es suficiente y el desequilibrio es un riesgo que acecha a cada momento.

Fotones

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En Madrid, el sol invernal despliega una luz brillante y melancólica, que tiñe de notas decimonónicas todo lo que toca.
Tras los vidrios del balcón de madera de cuarterones, la luz de la mañana de enero transfigura la materia. Aquello que parece tener existencia, todos los objetos, quedamos descompuestos en una nube de fotones danzantes, que se extiende inmediatamente y en un instante ha transfigurado el universo.
En ese brevísimo momento de lucidez, de verdadera iluminación fotónica, el sol frío de enero es una estela de brillo, un enlace entre mundos y entre épocas.
El flexible tronco de una pequeña palmera, acariciado descuidadamente por unos dedos firmes de hombre, es el talle de una heroína romántica, que se pliega en si misma para apoyar la frente en el ventanal, soñando con un abrazo que sólo será posible dentro de más de cien años, en otro talle que, sin serlo, seguirá siendo el suyo.
Es un instante de claridad fotónica, de lucidez irracional, donde se comprende la verdadera esencia: la no dualidad. Las mujeres, las manos, la planta…somos remolinos de ideas, esperando a que algo o a que alguien nos dé vida. Esa vida tan aparente y tan efímera a la que nos aferramos con tanta fuerza todos los seres, los que nos movemos y los que nos arraigamos a la tierra: todos aquéllos que confiamos en nuestra existencia.
Sube de pronto el volumen de la música, y un hada anhelante da una nota de bellísima tristeza, para terminar de implorarle a la Luna una breve existencia de mujer, sólo para poder amar como tal. Una existencia que sería un inmenso don para esa apasionada Rusalka o para la pequeña palmera, que no puede besar las manos que la acarician.
Nubes de cientos de millones de soles se agitan vertiginosamente y componen un juego infinito de imágenes, de mundos que se superponen en un ilimitado juego de cajas chinas, de tiempos que se cruzan en puntos insospechados.
Tal vez hoy, en Madrid, en una luminosa mañana de enero, la atmósfera dorada del sol de invierno, como un relámpago, haya iluminado en la mente uno de esos puntos fugaces e irrepetibles.

Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 700 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 12 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.