¿Son grandes sombras
en la brillante laca
motas de té?
¿Son invisibles
Las capas de negrura
Sobre el barro?
En la tormenta
Se inquieta vigilante
La mente limpia.
Con un chocolatito, un té o un café, charlando apaciblemente, me parece una de las mejores maneras de pasar una de estas tardes de otoño. Y si, además, podemos tomarlo con un trocito de bizcocho casero o unas pastas horneadas esa misma mañana… Qué sensación de calidez y bienestar.
Por si a alguien le apetece probar, voy a dar las recetas del bizcocho y las pastas, ambas improvisadas sobre la marcha.
El mango desecado que puse a las pastas se lo debo a mi amiga María Jesús, que me lo trajo de su viaje a Filipinas de este septiembre pasado (gracias, maja, por tu contribución).
Hice una cosa tras la otra y comencé con las pastas , para así preparar la masa del bizcocho mientras se horneaban aquellas.
PASTAS DE JENJIBRE Y MANGO
Ingredientes
100 gr. de harina integral de espelta
150 gr. de harina blanca de trigo
1 huevo
100 gr. de mantequilla
80 gr. de azúcar moreno
20 gr. de azúcar blanco
80 ml. de vino de Oporto
50 gr. de mango seco
15 gr. de jenjibre en polvo
Preparación
Primero picamos el mango en juliana y lo reservamos.
Ponemos en la amasadora la harina, el azúcar moreno, el huevo, la mantequilla derretida, el oporto, el jenjibre y la mitad del mango. Le damos marchita durante unos minutos a velocidad media.
Entretanto preparamos la placa de silicona de hornear y le espolvoreamos por encima un poco de harina blanca.
Cuando terminamos de amasar a máquina, nos ponemos harina en las manos y sacamos la masa que reamasamos y extendemos sobre la placa de silicona.
Una vez alisada, colocamos por encima el resto del mango, procurando hacerlo de manera uniforme y presionando suavemente para fijar los trocitos a la masa. Después le damos una lluvia de azúcar blanca y ya solo queda separar en porciones para hacer las pastas, según el gusto de cada uno. Yo las hago de distintos tamaños y formas, pero se puede recurrir a hacer una cuadrícula sin más con la masa. Por mi parte, las prefiero irregulares y rústicas, pero allá cada cual.
Tras estos pasos previos, se meten en el horno precalentado a 180º durante 20 minutos. Y, con esto, está todo hecho, salvo comérselas, que es lo más fácil y rápido.
BIZCOCHO DE ALMENDRA Y CANELA
Ingredientes
150 gr. de harina integral de trigo
100 gr. de azúcar moreno
100 gr. de mantequilla
2 huevos
80 ml. de limoncello
30 gr. de almendra picada
15 gr. de canela en polvo
1 cucharadita de levadura tipo Royal
1 cucharadita de bicarbonato
1 puñado de sésamo blanco
Preparación
Mientras se nos hacen las pastitas ponemos de nuevo a trabajar la amasadora. Empezamos por mezclar los huevos, el azúcar, la mantequilla derretida, el limoncello, la canela, la almendra y el bicarbonato.
Cuando esos ingredientes están bien mareados (que se marean enseguida), les vamos añadiendo poco a poco la harina, previamente bien mezclada con la levadura.
Lista ya la masa, la volcamos en el molde que más nos guste y echamos por encima las semillas de sésamo, como siempre, presionando un poquito para que se peguen bien a la masa y queden fijas al bizcocho.
Entre unas cosas y otras, seguramente las pastas estarán a punto ya y, recién sacadas, metemos nuestro futuro bizcocho, aprovechando los 180 graditos que mantiene el horno sin apagar.
Y, finalmente, tras 40 minutos más de calor y paciencia, mientras hemos ido recogiendo la cocina y se han ido enfriando las pastas, tenemos a punto lo que será una merienda estupenda y algún desayuno más.
Volvemos a la versión repostera de la realidad.
Hace meses mi amiga Nuria, que es una estupenda cocinera, me dio una receta aragonesa de tortas de aceite, y este fin de semana por fin me decidí a ponerla en práctica, aunque con una pequeña variación, que era la de poner mantequilla en lugar de aceite. Sé que no es muy patriótico, pero los dulces siempre me gustan más con el toque que les da la mantequilla que con el aceite. Sin embargo, para lo salado, el aceite me suele gustar más.
Tuve algún problema con la textura pegajosa de la masa y, en vez de hacer varias tortas, hice una sola, y salió muy rica. La cuestión es que esto fue el sábado y desapareció como por encantamiento, así que el domingo me puse a intentar hacer unas galletas basadas en la receta anterior, pero con algún adorno más. El resultado ha tenido tanto éxito, que ya casi no quedan y… ¡Estamos a lunes!
Como alguno de los comensales me ha pedido que les cuente cómo las he hecho, voy a hacerlo para general conocimiento, añadiendo que, además de fáciles de hacer, son de preparación muy rápida y muy limpia.
Vamos a los ingredientes:
300 gr. de harina integral de trigo
100 gr. de azúcar moreno.
20 gr. de azúcar blanco
100 gr. de mantequilla
1 huevo
100 ml. de anís dulce
8 semillas de anís estrellado
un puñadito de perlas de chocolate para fundir
Elaboración:
machacamos en el mortero las semillas de anís y añadimos encima el licor.
En la cubeta de la amasadora ponemos la harina, el azúcar moreno, el huevo, la mantequilla previamente derretida y el anís. Lo tenemos batiendo unos minutos y preparamos una placa de silicona para meter en el horno.
Una vez hecha la masa, con las manos bien embadurnadas de mantequilla o aceite, la cogemos y la extendemos sobre la placa de silicona. es muy importante eso de tener las manitas bien aceitadas porque, si no, la mezcla es tan pegajosa que no hay modo de hacerse con ella.
Una vez extendida la masa en la superficie , se van separando porciones para hacer las galletas (o galletonas, dependiendo de la paciencia del ejecutante).
Por fin, ponemos sobre cada futura galletita unas perlitas de chocolate para fundir y les echamos una buena lluvia de azúcar blanca por encima.
Ahora solo falta tenerlas veinte minutines en el horno, precalentado a 180 grados.
En un periquete tenemos un buen puñado de galletas ricas y sanas, que se esfumarán en un suspiro.
Y, para animar la elaboración…
Me he despertado con una sensación extraña, inquietante, con la certeza de que algo no estaba en su sitio… ¿Tal vez yo?
No he abierto los ojos para no despertarme del todo. Mejor intentar dormir, dejarlo pasar, mañana hay que levantarse a las seis y media y seguro que no son ni las cuatro…
No. no. Nada de mirar la hora, es peor, es mucho peor. Luego me enfrasco con discursos mentales sobre lo que falta para levantarse y ahí sí que no me duermo.
Pero la sensación inquietante sigue ahí instalada. Algo no está en su sitio. algo está fuera de su eje.
Extiendo la mano para darle al botón del reloj parlante. No he entendido lo que ha dicho pero no es su voz. Desde luego mi reloj no habla así. Nunca ha tenido ese tono y siempre que ha ido bien de pilas ha dicho la hora, como corresponde a su condición de reloj parlante.
La atmósfera de la habitación es distinta. Algo está desubicado.
definitivamente es así. Extiendo la mano más arriba de la almohada y toco un cabecero de madera y un trozo de empapelado viejo y desprendido.
Mi habitación no está empapelada ni mi cama tiene cabecero, así que está claro que algo está pasando. Ya no puedo seguir haciendo como si nada.
He abierto los ojos y he reconocido el espacio. La habitación es mi habitación. bueno… podría ser mi habitación si no fuera porque, cuando me acosté había otros muebles diferentes y estaba pintada con un gotelé naranja.
Sé que el gotelé no está de moda y que hay gente que lo odia, pero a mí no me molesta. No me parece tan mal, la verdad.
Cuando compré este piso no me daba el presupuesto para alisar y enlucir las paredes. Salía mucho más barato pintar sobre el gotelé ya existente. Opté por eso, por dejarlo estar añadiéndole colores fuertes y brillantes que le imprimieran un carácter propio a la casa. Creo que el resultado fue bueno. Un equilibrado juego de modernidad y desenfado en un piso del siglo XIX, con lo que eso supone en la estructura y disposición de la casa. Bien pensado, mi piso es ahora como una abuelita ye-yé.
Pero no. Ahora no. Ahora es como una auténtica abuelita de 1885. Me he despertado dentro de otra versión de mi habitación, como si el espacio se hubiera rebelado quitándose los vaqueros y la camiseta naranja y la abuelita se hubiera plantado de nuevo su toquilla relavada.
La cama es más pequeña. Ya no es mi gran somier de madera de haya japonesa con futón. Ahora estoy en una cama con un cabecero de madera sencillo en una habitación empapelada en tonos amarillentos desvaídos y marchitos. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué está pasando?
La luz que entra por la puerta es también muy extraña. Tan amarilla como si procediera de un foco gigante colocado en la calle. Como la habitación no tiene ventana propia, esa luz entra del salón. Ya no me ha quedado más remedio que levantarme y salir a ver dónde estoy, o cuándo estoy, o quién soy, o…
La entrada en el salón ha sido aún más inquietante. Nada está como cuando me acosté y la luz que entra por el balcón es tan intensa como artificial, como si hubiera una nave espacial enchufando un chorro de luz desde la calle. Mi piso ya no sé si es mi piso porque todo es distinto, hasta el aire que se respira.
Ya no hay ninguna duda. De pronto lo he tenido claro: estoy atrapada en otro tiempo y no sé cómo me he metido ahí. ¿Habrá alguien más conmigo? ¿Alguien del pasado?…
Me da un escalofrío, pero emprendo la inspección pasillo adelante para ver si estoy sola. Y, sí, lo estoy, pero es aún más aterrador porque no sé cómo voy a volver. No sé cómo pedir ayuda ni a quien. No hay teléfonos ni ordenadores. ¿Podré salir de esta casa? ¿Habrá dónde ir? ¿Se habrá descolocado también todo lo de fuera?…
No sé por qué, pero tengo la certeza de que, si salgo por las buenas (en el caso de que eso sea posible), las cosas van a ser aún peores, estaré más perdida en un espacio mayor y sin saber qué me está pasando y qué me amenaza.
De pronto he oído voces en la escalera. ¡Son ellos! ¡Es la vecina del piso de al lado con su niño que vuelven a casa! ¡Qué horas de andar por ahí con un crío!
Ahora sí que sí. Me doy cuenta de que es mi única oportunidad. Si salgo, si puedo abrir la puerta y hablarles volveré a mi realidad. Ellos son el vínculo. O conecto con ellos o me quedo atrapada para siempre en este piso descolgado del curso del tiempo. Seguro que la realidad que tenía hasta hace unas horas no es la mejor del mundo, pero es la que me sé y la que más o menos entiendo. ¡Menudo lío meterse en otra con casi cincuenta años organizando esta!
A pesar de los nervios, abro la puerta y, justo en el momento en que voy a hablarle a María…
¡Plin!
Estoy de nuevo en la cama: en MI CAMA.
Sin abrir los ojos, sin tocar la pared, sé que ya no hay luz amarilla ni papel pintado. No se oye hablar a los vecinos recién llegados (qué raro… qué rápido se han acostado, con lo poco que le gusta a este niño meterse en la cama). Y me doy cuenta de que oigo pasar un coche por la calle, con su motor del siglo XXI… Y caigo entonces en que hace unos momentos no se oía nada, que el silencio era casi sólido y artificial, como la luz que entraba por el balcón.
… Y es que a veces a una le da nostálgica y vuelve a los sabores y los olores de la infancia, los más conocidos y los más evocadores.
Esto me ha pasado con mi última versión de las palmeritas de hojaldre que, por cierto, es la que más veces he hecho ya.
No es sólo un gusto comerlas -que lo es-, sino el olorcito a masa con anís horneándose que deja en toda la casa.
Ah, y una importante salvedad: todas las recetas que he puesto hasta ahora que llevan hojaldre como base, las he realizado con el que venden refrigerado, no con el congelado, salvo una única vez que sí compré éste último y el resultado deja mucho que desear con respecto a los otros. es curioso porque en alguna ocasión, cuando he visto que el refrigerado se me podía pasar de fecha, lo he congelado yo misma y las palmeritas han salido estupendas igualmente.
Hace unos días me llamó la atención que mi hermano me comentase que la receta de los croisantes le había salido fatal, que se le habían quedado duros. Yo no me lo podía explicar, pero, si es que usó un hojaldre de este tipo, me temo lo peor…
Aparte ya de preliminares, vamos con el asunto «Palmeritas de anís».
Ingredientes:
1 lámina cuadrada de hojaldre refrigerado (no me gusta dar marcas, pero con el de Mercadona salen para chuparse los dedos)
1 copa de anís dulce
2 cucharadas de azúcar
2 cucharadas de semillas de hinojo o de anís, previamente machacadas (tras la sabia sugerencia de María Jesús y de Víctor, que se hartaron de ronchar semillas duras, con razón. también sale bien con sésamo).
Proceso:
Extender la lámina de hojaldre y pintarla bien con el anís.
Extender por encima un poco de azúcar y las semillas que hayamos elegido.
Empezar a enrrollar ambos extremos de la masa, de tal manera que, al final, queden dos cilindros iguales unidos por el centro.
Cortar el doble cilindro en rodajitas de un dedo de grosor que hay que ir colocando en la bandeja del horno, sobre el papel de hornear, que así no ensuciamos nada.
Una vez ahí instaladas, las aplastamos un poco con la mano para que queden más planitas, y le damos otra manita de anís y unos toques de azúcar para que caramelice al hornear.
Mientras tanto, hemos estado precalentando el horno a 190 grados, y a esa temperatura metemos la bandeja de las palmeritas y las dejamos de 15 a 20 minutos.
Con este poco trabajo, este poco lío de cocina e ingredientes sencillos, tenemos unas palmeritas con las que disfrutaremos y quedaremos de perlas, si es el caso.
Hoy comparto mi último experimento, que ha salido mucho mejor de lo que se podría esperar, teniendo en cuenta que ya se trata de una receta completamente inventada.
Me estaba fastidiando un poco tener que hacer siempre variaciones sobre el mismo tema: el bizcocho de yogurt. había ya que echarse a volar y aprovechar las experiencias adquiridas desde mediados de marzo, que es cuando me ha dado por cocinar y utilizar el horno (casi seis años convertido en almacén de cacharros arrinconados).
Los ingredientes han sido un cúmulo de «retales» y remates de tarros y bolsas. Además, he usado la sempiterna lata de melocotón en almíbar que nos dan en el trabajo en la cesta navideña. La dichosa lata se tira años en el armario de la cocina, si no me acuerdo de dársela a alguien…
Esta vez quedaba por ahí una de esas latas, un poco de azúcar moreno en una bolsa, unos restos de azúcar vainillado, un tarro de chocolate en polvo en las últimas y poco más. Estos han sido los ingredientes y ahí se ve el resultado. Doy fe de que está la mar de bueno.
Lista de ingredientes:
2 huevos
40 gr. de azúcar moreno
20 gr. de azúcar vainillado
60 gr. de chocolate en polvo para hacer a la taza
125 gr. de mantequilla
1 lata de medio kilo de melocotón en almíbar
200 gr. de harina blanca e integral, a partes iguales
1 cucharada de levadura
1 pizca de bicarbonato.
Vamos con ello:
Ponemos en la batidora la mantequilla blandita, los huevos, el azúcar de ambos tipos y el chocolate. Lo dejamos que se vaya mezclando a una velocidad media o baja y nos dedicamos al melocotón. La lata viene a traer unas seis mitades, conque cojemos tres de estas y las trituramos bien y las añadimos a la masa que se está batiendo. Las otras tres mitades las partimos en trocitos y las reservamos.
Volvemos a la masa y le añadimos la harina, en la que previamente hemos mezclado la levadura y el bicarbonato. En este momento es conveniente cambiar las varillas de batir por las espirales de amasar, porque la mezcla es muy consistente. esto al final tiene la ventaja de que se trabaja mejor que la del bizcocho de yogurt y sus variantes.
Ponemos el horno para que se vaya entonando, que hay que precalentarlo a 180 grados y preparamos el molde. yo he usado el de silicona rectangular, como casi siempre. he puesto una capa generosa de masa y, sobre ella y centrados, la mitad de los trozos del melocotón en almíbar. a continuación he volcado el resto de la masa y la he extendido para cubrir por igual el molde y, por encima, he puesto el resto del melocotón troceado.
Y ¡voilà! Al horno con ello, de 50 a 60 minutos, dependiendo de lo tostadito que a uno le guste el bizcocho (yo lo he dejado 60).
Ah, por si las moscas, me he guardado en la nevera el almíbar, que seguro que algo se podrá hacer con él más adelante.
Seguimos con la merienda de hoy y con el aprovechamiento de las latas de melocotón en almíbar que nos largan en la cesta de Navidad.
No sé por qué, pero a mí el melocotón en almíbar se me hace un poco deprimente. Me parece un postre de «quieroynopuedo en día de fiesta». Recuerdo que de niña a mi padre le encantaba y a mí ya me parecía una cosa empalagosa y prescindible.
Pero, en fin, como contaba en la entrada del «bizcocho chocolocotón» (bautizado así por Víctor Nikeforos), he encontrado un modo de dar salida a las dos latas que andaban por el armario de la cocina y, además, con muy buenos resultados.
Como esta tarde ofreceré para merendar a mis amigos las «teretrufas» que acabo de describir, en el bizcocho he prescindido del chocolate.
La receta me parece una versión mejorada del chocolocotón, porque he ido descubriendo la manera de mejorar las proporciones en las masas. Por ejemplo, en aquel puse 200 gramos de harina para dos huevos. Salió bien, pero me parece que es más equilibrado y da lugar a un bollo más rico si por cada huevo se pone un máximo de 75 gramos de harina.
Por lo demás, como siempre, la receta es bien sencilla y los ingredientes también. Ahí están:
225 gr. de harina blanca e integral a partes iguales
1 cucharada de levadura tipo Royal
1 cucharadita de bicarbonato
3 huevos
100 gr. de mantequilla
40 gr. de azúcar moreno
20 gr. de azúcar vainillado
1 lata de 500 gr. de melocotón en almíbar
1 puñado de arándanos
1 puñado de semillas de lino, sésamo crudo y chía
Abrimos nuestra superlata de melocotón en almíbar -¡ya no me quedan más!- y, salvo dos mitades, las demás las trituramos bien, después de haberlas escurrido. Estas dos que hemos reservado, las partimos en trocitos y las dejamos aparte en un cuenco, con un puñadito de arándanos.
Ahora nos ponemos a batir y mezclamos los huevos, los azúcares, la mantequilla y el puré de melocotón. Cuando estén estos ingredientes unificados, vamos añadiendo la harina bien mezclada con la levadura y el bicarbonato.
Encendemos el horno para que se vaya precalentando a 190 grados, y echamos en un molde la mitad de la masa. sobre esta colocamos el melocotón troceado y los arándanos. Cubrimos con el resto de la masa y repartimos por encima las semillas. ¡Listo para el horno!
Dejamos que se haga a 190 grados durante 45 minutos, y otros cinco minutos más con el horno ya apagado.
… Digo que está muy rico… tanto que ya sólo queda la mitad… espero que sea suficiente para que mis invitados se queden satisfechos.
Esta versión de las trufas de chocolate parte de una receta que me ha dado mi querida amiga Tere.
Llevaba ella bastante tiempo insistiendo en que probase a hacerlas. La cosa es que yo no me ponía a ello porque no quería verme con un puñado de trufas de chocolate para desayunar y, como ya he contado en otras entradas, mis pinitos reposteros van encaminados principalmente a los desayunos.
No obstante, como hoy tengo invitados a merendar a dos mocetones para pasar una cibernética tarde frente a mi rebelde ordenata, me puse ayer tarde manos a la obra con un nuevo bizcocho y con las Teretrufas que describo a continuación:
Ingredientes:
60 gr. de mantequilla
120 gr. de chocolate sin leche
1 yema de huevo
1 cucharada de licor de café
1 cucharadita de café soluble
1 cuhcharada colmada de azúcar glas
1 puñado de coco rayado
1 cucharadita de canela en polvo
1 puñado de chocolate en polvo o fideos de chocolate
¡A por ellas!
Derretimos el chocolate y la mantequilla en el microhondas, que es más rápido y cómodo que bañarlos como la famosa María de las recetas.
Ya blanduchitos (cuidado con pasarse con los tiempos, que se ponen enseguida que pelan), se pasan a un recipiente para batirlos con varillas y hacer una masa espesita y cremosa.
Por otra parte mezclamos la yema de huevo, el azúcar, el café y el licor de idem. También se bate y se revuelve bien, para añadirlos a la crema de mantequilla y chocolate.
Todo junto se bate y, ya unificado, se mete en el congelador. Ahí lo dejamos al menos 30 minutos para que la mezcla se enfríe bien y se pueda trabajar con facilidad.
Preparamos dos platos hondos y un recipiente para ir dejando las trufitas ya hechas. En uno de los platos ponemos el coco rayado y la canela mezclados, mientras que en el otro echamos el cacao en polvo o los fideos de chocolate.
Cuando la pasta ya está bien fría y con suficiente consistencia, con una cucharita vamos tomando porciones y dándoles forma redondita, tal y como las madres han hecho las albóndigas toda la vida.
Cada una de estas «albondiguitas» de chocolate se pasan por uno de los dos platos para ser rebozadas, bien en coco y canela, bien en más chocolate. Esto hay que hacerlo rapidito, que la pasta va perdiendo frío y cada vez se trabaja peor.
Finalizado el proceso, metemos las teretrufas en el congelador para que se conserven estupendas y rozagantes, y las sacamos un ratito antes de que aparezcan los invitados a merendar.
En mi caso, aunque estos aún no han llegado, puedo dar fe de que están estupendas porque ayer por la tarde mismo ya se les adelantó alguien para probarlas… Y es que no te puedes fiar de los hombres…
Desde el fin de semana pasado tengo pendiente contar lo de mis palmeritas teriyaki.
Esta idea surgió porque, cuando vamos por ahí las amigotas de vinitos o cervezas, en algunos sitios el personal es muy parco con los aperitivos y enseguida nos quedamos a dos velas. Además, muchos garitos -precisamente los que más nos gustan- andan un poco escasos de carta de picoteos, por no decir que te ofrecen dos patatas fritas o cuatro panchitos, y para de contar. Ante esta situación, a veces llevamos en el bolso bolsitas de quicos o similar, que vamos sacando sigilosamente. Pero esta vez decidí que el domingo las cervecitas tendrían un acompañamiento adecuado e innovador.
Dado el éxito de las palmeritas dulces… ¿Por qué no probar con las saladas?… Aquí está el resultado: rico, fácil, rápido y limpísimo de hacer.
Ingredientes
1 plancha de masa de hojaldre rectangular
4 cucharadas de salsa teriyaki
2 láminas rectangulares de alga nori
Con estos pocos ingredientes y un horno nos ponemos a ello.
Colocamos la plancha de masa apaisada y Pegamos sobre ella las láminas de alga nori, cubriéndola por completo. Mojamos bien las algas con salsa teriyaki para que se hidraten bien. En caso de no hacerse, me temo que las pobres algas se quedarían echas polvo, y nunca mejor dicho. Yo las dejé el tiempo que dura «Georgia on my mind» y fue perfecto.
A todas estas, vamos poniendo a calentar el horno a 180 o 190 grados, que así tendrá que estar cuando metamos las palmeritas.
Pues bien, como en la receta de las palmeritas al coco, enrollamos la masa desde ambos lados y hacia el centro, de manera que se formen dos cilindros iguales y unidos longitudinalmente. Una vez hecho esto, cortamos rebanadas de masa de un dedito de grosor y las vamos colocando separaditas en la bandeja del horno. Una vez ahí las aplastamos un poco y las pintamos con más salsa teriyaki.
El trabajo que queda ya le corresponde sólo al calor del horno, donde han de permanecer 17 minutos a 190 grados.
El resultado es muy sabroso y jugoso, estupendo para el picoteo vespertino.
¡Viva la fusión hispano-japonesa!
Y, esta vez, además de las fotos, va el enlace a la canción (aunque no es la versión que yo tengo), para facilitar los tiempos y -¿quién sabe?- acompañar la cata.
Sigo investigando y haciendo experimentos para no aburrirme con los desayunos.
En esta ocasión, concretamente ayer por la tarde, tocó probar con las palmeritas de hojaldre. Como siempre, tras consultar un par de recetas, hice una mezcla de todo más buena parte de lo que se me ocurrió y, ¡eureka!, una vez más ha habido suerte. Los hados reposteros siguen de mi parte, y eso que no les había hecho ni caso hasta hace poco más de un mes. En fin… cuando me da me da.
Las palmeritas son facilísimas de hacer y, además, resultan muy ricas y vistosas.
Los ingredientes son:
1 plancha rectangular de hojaldre
1 cucharada de agua
1 cucharadita de miel
2 cucharadas de azúcar moreno
2 cucharadas de sirope de fresa
1 puñado de coco rayado
La elaboración es más simple de hacer que de explicar, pero voy a ver si me sale:
Colocamos la plancha de hojaldre apaisada frente a nosotros. La pintamos con agua y, una vez humedecida, extendemos sobre ella el azúcar moreno uniformemente. Hacemos lo mismo con el sirope de fresa, que puede quedar en dos líneas paralelas y verticales a nosotros.
Así preparada la masa, enrollamos un lado y el otro en dirección horizontal, pero en sentidos opuestos, de tal manera que los rollos se encuentren en el centro, con lo que frente a nosotros quedarán dos cilindros de masa iguales, unidos y verticales a nuestra posición.
Pues bien, vamos cortando rodajitas de esta masa, de algo más de un centímetro para que no se desarmen, y las colocamos en la bandeja del horno. Como yo utilizo una de silicona, no preciso ponerle nada para que no se peguen, pero se puede colocar un papel de hornear, por ejemplo el que viene con la masa del hojaldre.
Es preciso poner las palmeritas a cierta distancia unas de otras, que luego crecen y, si no, se pegan -no queremos broncas dentro del horno por la lucha por el espacio vital-. Por otra parte, como queremos que queden finitas, podemos aplastarlas un poco, lo que ayudará a su cocción y a que adquieran la forma deseada.
Ya todas monas y puestas en la bandeja, podemos echarles por encima unos puñaditos de coco rayado.
Finalmente, calentamos un pelín de agua y diluímos la miel. con este pseudoalmíbar exprés pintamos las palmeritas en proceso, con lo que quedan preparadas para su entrada triunfal en el horno, que ha de estar precalentado a 190 grados, y donde han de permanecer de 15 a 20 minutos, dependiendo de lo gorditas que las hayamos hecho.
El resultado ha de ser crujiente por fuera y con un centro cocido, pero jugosito.
Y ahí queda el retrato, para la posteridad, porque de las susodichas físicamente quedan ya bien pocas…
Hoy toca salado, para variar.
Siendo sincera, tengo que reconocer que esta receta ha surgido como secuela de un proyecto de pastel de manzana, del que aún no hablo más, porque sigue en fase de experimentación.
Pues bien, tras la elaboración de dicho pastel me quedé con un cartoncito de nata para cocinar a medio consumir -es decir, con 100 cl.- y dos claras de huevo viudas. Obviamente, como el dulce ya lo tenía, era cosa de preparar algo saladito. Decidí también dar salida a unas obleas de empanadillas y unos pimientos que andaban por el cajón de la verdura desde hacía unos días, y este fue el resultado: miniquiches vegetales.
Ingredientes:
100 cl. de nata.
2 claras de huevo.
1 huevo.
2 pimientos pequeños, uno rojo y otro verde.
1 puñado de tomatitos cherry.
12 obleas para empanadillas.
1 pizca de sal.
1 pizca de pimienta cayena.
1 pizca de cilantro y comino.
Preparación:
Batimos en un cuenco grande las claras y el huevo, añadimos la nata y la sal, y lo mezclamos bien.
Troceamos los pimientos y los tomatitos en pedacitos pequeños y los incorporamos a la mezcla.
tomamos las obleas de empanadillas y colocamos una en cada molde para magdalenas, recubriendo base y paredes, pormando así pequeñas tartaletas.
vamos llenando cada molde con la mezcla preparada y los ponemos en una bandeja de horno. Una vez ahí, ponemos un poco de pimienta cayena sobre seis de las tartaletas y cilantro y comino sobre las restantes.
Se introducen en el horno, precalentado a 180 grados, y se dejan 35 minutos.
Como aperitivo o para merendar, se pueden tomar tanto tibias como frías y, al estilo de los pimientos de Padrón, unas picarán y otras non.
Hay personas que no son capaces de hacer una receta si no tienen todos y cada uno de los ingredientes, mientras que otras parece que no pueden seguir un patrón ya fijado, así las maten. yo pertenezco al segundo grupo, y esto se aplica en todas las cosas que hago y, por ende, en las que dejo de hacer, porque hay muchas cuestiones que requieren de una disciplina, a veces tediosa en origen, y yo no tengo ni la paciencia ni la resignación de seguirla.
Si echo la vista atrás, creo que en otros momentos de mi vida si lo hice, y con un tesón y una dedicación inquebrantables. ¡¿»Ubi sunt» aquellos bríos?!
En esas estoy ahora con la repostería. Con cuatro cosas que sé y ganas de experimentar, voy haciendo distintos tipos de bollos, sencillos y, la verdad, muy ricos. ojalá fuera tan fácil, por ejemplo, aprender algo de solfeo o empezar a tocar el piano. Eso sí que requiere algo más de cuatro ideas y «a ver qué pasa». En fin, la paciencia no es un ingrediente de mi carácter y con la música no hay resultados rápidos…
… Pero con esto de los bollos sí, y en algo más de una horita se puede obtener un resultado bien rico.
Hoy voy a contar la receta del bollo salado al camembert, que le ha gustado tanto a mi querido profesor de piano -que sí que tiene paciencia conmigo-, que, cuando lo probó, me pidió que se la apuntase, conque ahí va (para hacerle la pelotilla, ya que no estudio):
Ingredientes
1 Yogurt natural.
125 gr. de mantequilla salada.
1 quesito camembert (se entiende una porción de los que venden así divididos en cuñitas).
3 huevos grandes.
3 medidas del vaso de yogurt de harina de trigo, mitad blanca, mitad integral.
5 gr. de levadura tipo royal.
1 puñado de semillas de sésamo crudo.
Elaboración
Separo las claras de las yemas de los huevos, las levanto a punto de nieve, añadiéndoles un poco de sal, y las reservo.
bato bien las yemas con el yogurt, la mantequilla y el quesito. Esta fase es mejor hacerla al principio con la batidora de cuchillas, hasta que el quesito esté bien triturado. Una vez que se logra esto, se pueden ya poner las espirales amasadoras o las varillas, si son fuertes, porque la mezcla va a ser muy consistente.
Poco a poco voy añadiendo la harina, ya mezclada entre sí y con la levadura. Como decía, el resultado será una masa muy compacta, que requerirá de una amasadora bien potente.
Por último, despacio y con suavidad, se añaden las claras a punto de nieve, sin mover mucho, sólo lo justo para incorporarlas.
Se vuelca la mezcla en un molde y se cubre con unos puñaditos de semillas de sésamo.
Antes de meterlo en el horno, este ha de estar precalentado a 180 grados. Se deja unos treinta minutos y se pincha con la aguja de hacer punto para ver cómo va la cosa. Con diez o quince minutos más el bizcocho estará hecho, porque, al tratarse de una masa más sólida, el tiempo de cocción se reduce bastante.
El resultado es un bollo muy rico, muy apropiado para tomar con un vinito y otras tantas cositas de picar.





