Hay corazones
como ciruelas secas,
de tanto llanto.
http://www.youtube.com/watch?v=rbV5iWAz8s0
En esta cuarta entrega seguimos con Concha, que pudo salir adelante recién enviudada, gracias a una vitalidad extraordinaria y a sus buenas artes de imaginación y creatividad con el hilo y la aguja. Cosía muy bien y –no lo olvidemos- sabía hacer todos los complementos “al consonante”: casquetes con velito, sujetadores con relleno, cinturones interiores con volantes para simular caderas rotundas en las novias escurridas, bolsitos, etc. Tenía buen gusto, sacaba mucho de poco y sabía satisfacer a sus clientas, poniéndoles y quitándoles de aquí y de allá. Así que, aunque tampoco la hicieron emperatriz de Lavapiés, se hizo un sitio en ese barrio con la costura. Antes no había tiendas de ropa como ahora y las mujeres iban a la modista para que les hiciera una batita de diario o un traje de vestir o el de novia (que es en lo que ella acabó especializándose, junto con los vestidos y complementos de fiesta).
Durante la guerra y la posguerra el hambre era un plato muy corriente, así que no creo que hubiera demasiadas señoras dispuestas a hacerse trajes, pero las que no eran tan “señoras”, las que malvivían de su cuerpo antes, durante y después de la guerra, sí que acudían a hacerse algún trapito. Especialmente las que ejercían por allí cerca, en la zona de Lavapiés próxima a la plaza del Progreso, la actual Tirso de Molina, y durante años se convirtieron en asiduas clientas fijas de mi abuela.
Pero, bueno, Madrid pasó la guerra como todos sabemos, que la literatura y el cine ya nos lo han contado hasta la saciedad, y en medio de eso hubo muchos dramas, mucha necesidad, y entre esos muchos estaba Concha y sus cuatro hijos, viuda y huérfanos del enemigo. Por eso, o por lo que fuere, mi abuela se “enroló” con un capitán republicano, extremeño, casado y con hijos en su pueblo. Los tiempos no eran de pensarse mucho las cosas y tal vez un capitán pudo significar comida y protección para ella y los críos. La guerra duró tres años y dio tiempo a que naciera mi tío Pepe, resultado de aquella unión ilícita y, para muchos, pecaminosa.
Concha es diestra, tiene el pulso firme, apunta, parece que va a dar en el blanco, pero… siempre… en el último segundo algún hado atravesado le mueve la diana e indefectiblemente falla el tiro. Los buenos pierden la guerra, ganan los malos y otra vez ella se encuentra vinculada con el hombre equivocado, que ya es mala pata. Y, para mala pata la del capitán, que se ha quedado cojo en acto de servicio. Ahora Concha sí que la ha hecho buena: tiene cinco hijos y un excombatiente cojo y republicano. “¡Estupendo!” Hay que hacer algo, porque estamos peor que empezamos, que ya es difícil. El asunto pinta horrible. Con que concha pone a su capitán -que ya no lo es- en un tren, y lo manda a su pueblo con su señora y sus hijos. Es una boca y un lío menos, pero a la gente no se le olvida nada reprochable con facilidad, más aún en tiempos de “sálvese quién pueda”.
Lo mejor será volver ahora al escenario donde reinó su marido. Ellos han ganado la guerra y ella y sus hijos tienen que tener derecho a la herencia, a ese montón de fincas y bienes que eran de Zacarías. Pero, mira tú por dónde, resulta que no. Concha se arma de valor y se va a Fuenlabrada a reclamar lo de sus hijos y lo suyo, pero, ¡cá!, Ella es una mala mujer, una cualquiera, un zorrón que se ha liado con un rojo, además. Esas honradas (y paletas) mujeres del pueblo de Fuenlabrada , garantes de la moral cristiana, la decencia y las buenas costumbres, quieren raparle la cabeza, darle aceite de ricino, escarnecerla públicamente y, sobre todo, lo que todos querían era despojarla de su patrimonio. Así que tiene que salir huyendo del pueblo porque esas almas sencillas la echan a pedradas, literalmente. Vuelta ahora a Lavapiés sin posibilidades de reclamar ante la fuerza bruta y la rémora de un pasado equivocado, innegable e ineludible.
Pero una de las mayores virtudes de mi abuela concha es que no se paraba a sufrir. Como Scarlett O’Hara recurría al “mañana lo pienso, porque, si lo pensara hoy, me volvería loca”. Y así iba echando problemas por la borda, dejando cuentas por pagar en la tienda y desparramando salero y simpatía para que se lo aguantasen. Y vaya si se lo aguantaban.
De letras
María, la bisabuela que se volvió a Madrid tras quedarse viuda, tenía en común con Concha el poco acierto con los hombres, por decirlo de alguna manera. También compartían la característica de ser mujeres bellas, aunque de bellezas muy distintas. Mientras que Concha era arrebatadora y racial, muy sexy -diríamos ahora-; María era de rostro fino y de figura menuda y delicada, como la de una dama decimonónica de estilo apacible y sereno, que reflejaban bien su forma de ser. María Caballero, aunque pastora, no era de maneras vulgares ni tampoco carecía de cierta instrucción. Como ya dije, su padre era el maestro en Vianilla de Jadraque. Es posible que esto mismo fuera lo que le hizo no conformarse con un destino restringido a un pueblo pobre y minúsculo en la Alcarria. Como Concha, sabía que podía aspirar a más y lo intentó yéndose a trabajar a Barcelona; y lo logró en parte con su boda; y, como Concha, lo perdió por las convulsiones sociales y políticas de la época que le tocó vivir.
Sin embargo, las adversidades y el trabajo duro no mermaron su dulzura de carácter y su sensibilidad. Lo que contribuyó a convertir a Concha en una mujer astuta y cínica, con un sentido del humor irónico y descarado; en el caso de María construyó el pilar en que se basó la fe religiosa de esa dulce mujer, fiel devota de la virgen.
Los bálsamos religiosos con los que ella se conformaba, con los que se embadurnaba las heridas vitales, fueron el principal legado que dejó a su nieta –mi madre-, mercedes (tan guapa y tan dulce en esta fotografía, como ella era).
Coser fue la vida de Mercedes, su “hilo conductor” –nunca mejor dicho-, porque condicionó sus pocas relaciones sociales, especialmente su matrimonio. Conque, una vez más en esta verídica historia, los trapos y las letras, los hilos de nylon y algodón y los de las letras de la trama vital, se lían y se enmarañan formando nudos de esos que te vuelven loca cuando estás devanando una madeja rebelde.
En fin, tanto por influencia de su madre -la analfabeta abuela Pepa que paradójicamente se gastaba lo que no tenía en kilos de libros comprados al peso en El Rastro-, como por su abuela –la pastora hija del señor maestro alcarreño-, Mercedes adoraba la lectura y los libros la han acompañado y acompañan hasta hoy mismo. Gracias a eso, a ese amor a la lectura que ella me “inoculó” desde mi más tierna infancia, yo soy lo que soy ahora, y me enorgullezco de ello y se lo agradezco profunda y amorosamente.
Pero, de nuevo con María, antes de convertirse en abuela o bisabuela, según desde dónde se mire, era una mujer hermosa, educada y fina, que pudo casarse con un hombre de buena posición y hacer un papel más que digno en esa película. Tan digno que, cuando él murió, dentro de esa trama y con esos personajes, ya no podía volver a ser personal de servicio, como de ella se pretendía, y optó por venirse a Madrid.
Su segundo marido lo conoció aquí, en el Foro. Apolinar Rodríguez, Poli, era un castizo de los pies a la cabeza. El tipo de hombre ingenioso y retrechero, que tenía por fuerza que resultar cautivador especialmente para una mujer sola y melancólica. Porque María, como mi madre, tenía algo de dama decimonónica, algo de espíritu refinado pero poco vitalista, y ese tipo de mujer o, mejor dicho, ese tipo de persona necesita apoyarse en la alegría y la decisión de otros seres más directos, más positivos y terrenales, con risas casi tangibles y acciones resolutivas. Verdad es que María, igual que mi madre, no pudo vivir de acuerdo con esa condición de dama delicada que borda en su jardín y lee novelas en la galería a la caída de la tarde; ambas tuvieron que trabajar y enfrentarse a un mundo ordinario y grosero, pero las dos tuvieron a su lado sendos hombres alegres que las adoraban. Es cierto que, de todas, todas, a mi madre le salió mejor, porque Antonio, mi padre, aún sigue adorándola cada día y, desde el punto de vista práctico, nada tiene de parecido con Poli. Este fue muy simpático y alegre, pero trabajar, lo que se dice trabajar… María tuvo que arrimar el hombro por los tres, y conformarse con un hombre que la hiciese reír a ella, a su niño y luego a sus nietas. María y Poli fueron felices y no anduvieron mal de suerte, porque, como ella se manejaba bien con las letras y las cuentas, durante años estuvo trabajando de ama de llaves-recepcionista-administrativo-asistenta en un consultorio médico de la avenida de la Albufera, muy cerquita del Puente de Vallecas. Allí, como ya dije, nació mi madre, porque por entonces Paco y Pepa vivían con María y su marido. El piso era enorme, con varios balcones a la calle y en él se reservaban un par de habitaciones para vivienda de quien se ocupase del consultorio. No era un mal trabajo, desde luego mucho mejor que servir en una casa y no había que pensar en gastar en alquiler ni nada parecido. Así que, después de todo, no les iba tan mal en aquel primer piso de balcones verdes, que, cuando terminaban las consultas, era entero para ellos solitos.
No vayamos a decir que las discusiones que uno entabla con sus amigos son como los diálogos de Platón, pero, de vez en cuando, se suscitan debates que le dan a una qué pensar, y eso a mí siempre me viene bien.
En estos días ha surgido en mis charlas con un amigo la comparación/oposición entre entusiasmo y satisfacción. Por decirlo de algún modo, él está de parte del primero y yo de la segunda.
Partiendo de las definiciones del DRAE de «entusiasmo» y satisfacción», la verdad es que, al menos de entrada, resulta mucho más atractivo y chispeante el primero que la modesta satisfacción. Veamos alguna de las acepciones que propone la RAE para estos términos:
«Entusiasmo”: “Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive». «Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño». «Furor o arrobamiento de las sibilas al dar sus oráculos». «Inspiración divina de los profetas». «Inspiración fogosa y arrebatada del escritor o del artista, y especialmente del poeta o del orador».
Y, frente a tanto arrebato y tantas campanillas, ahí va lo que nos dicen de la satisfacción:
«satisfacción»: «Razón, acción o modo con que se sosiega y responde enteramente a una queja, sentimiento o razón contraria». «Confianza o seguridad del ánimo». «Cumplimiento del deseo o del gusto». «Una de las tres partes del sacramento de la penitencia, que consiste en pagar con obras de penitencia la pena debida por las culpas cometidas».
Vamos, que con esta presentación defender a la pobre satisfacción, tan modesta, tan con su suéter de punto de cuello a la caja y sus zapatos bajos, frente al guaperas del entusiasmo, con su torso bronceado, sus musculitos y su mirada chispeante, es casi imposible, más aún si nos fijamos en la etimología de ambas palabras:
«El ‘entusiasmo’ que se apodera a veces de nosotros es una ‘exaltación del ánimo’, un ‘fervor interior’ que parece venir de fuera, de alguna fuerza superior a la nuestra. La palabra, que existió en el latín tardío «enthusiasmus», viene del griego «enthousiasmos»: ‘inspiración divina’, ‘arrebato’, éxtasis. Una voz formada de «entheos» o «enthous» (que lleva un dios dentro: “en” + “theos”). El entusiasmo era el furor o arrobamiento de las sibilas al dar sus oráculos'».
Así que el entusiasmo es hasta sobrenatural y divino. Pero, ¿qué pasa con la procedencia de “satisfacción”? Pues, claro, es más modesta. Esta palabra es de origen latino y se forma a partir de “satis” (“bastante, suficiente), “facere” (“hacer”) más el sufijo “-ción” (que indica acción y efecto).
No digamos más: de tocar con los dedos el cielo e impregnarse de la naturaleza divina a hacer lo suficiente y mantenerse ecuánime hay una distancia enorme. Sin embargo, con todo, me quedo con la satisfacción. ¿Por qué?
Porque no me fío de los guaperas de relumbrón. Como dice la dulce Marilyn en «La tentación vive arriba», yo me quedo con el hombre tímido del rincón, sensible e inseguro. El entusiasmo es ese tipo deslumbrante que, al final, resulta vano y fatuo, efímero e inconsistente por naturaleza. Fuegos artificiales y nada más.
No creo en dios y, por ello, no lo escribo con mayúsculas. Y, si no creo en él, mucho menos me voy a creer arrobada o insuflada de esa presencia. Vamos, que no me fío un pelo de esos subidones supra naturales.
Y, al hilo de esto, recuerdo unas palabras de Borges, incluidas en un diálogo entre él y Sábato, que siempre me han hecho mucha gracia y con las que me identifico. Comienza con la respuesta de Borges a la pregunta de qué opina de dios:
Borges: (Solemnemente irónico) ¿Es la máxima creación de la literatura fantástica! Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que imaginó la teología. La idea de un ser perfecto, omnipotente, todopoderoso es realmente fantástica.
(…)
Sábato: Pero dígame, Borges, si no cree en Dios ¿por qué escribe tantas historias teológicas?
Borges: Es que creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género.
En fin, mucho rollo, mucho rollo y mucha cita de autoridad guasona e irreverente para decir que la relación entre el entusiasmo y dios me hace a aquel todavía más sospechoso de camelo.
No obstante, tampoco sacaré del todo las cosas de quicio: el significado de una palabra, lo que esta denota, no es su etimología, aunque sí lo condiciona en buena medida, e incluso influye más aún en su connotación. Aún así, un argumento en mi contra podría ser que, dioses y arrebatos aparte, el entusiasmo resulta un buen motor para la satisfacción. Pero, ¿es realmente así?…
Cuando uno ha estado entusiasmado con lo que sea, cuando uno ha vivido esa sensación de euforia y cree en ella, no se siente “satisfecho” si no la tiene. A mi juicio el entusiasmo tiene algo de adictivo, como el deseo mismo, y no se conforma con menos. La exaltación busca la exaltación, y un estado calmo de alegría parece insípido y pálido a su lado.
¿Habría entonces que prescindir del entusiasmo? ¿Huir del arrobamiento y de las sensaciones trascendentes? Pues pienso que no. Ni aferramiento, ni aversión, vivirlas con conciencia, pero sin añorarlas ni perseguirlas, sin temerlas ni rechazarlas. Algo así como ponerse el liguero negro y echarse una canita al aire con el guaperas del entusiasmo, pero sin darle mucha importancia al asunto, sin esperar nada más que “darse una alegría”, para volver luego tranquilamente al suéter de punto y los zapatos bajos, que tan confortables y tan cómodos son, y tanta satisfacción proporcionan.
https://www.youtube.com/watch?v=eFHdRkeEnpM
Las ciudades, en ocasiones, tienen detalles conmovedores que, de pronto, las devuelven a otro tiempo y a su espacio original. Vivo en Madrid, en un distrito urbano y castizo, Chamberí, al parecer, uno de los que menos zonas verdes tiene. No me quejo de ello. Me gusta el barrio tal cual es y me gusta vivir en la ciudad, en plena ciudad.
Como decía, Chamberí no tiene grandes parques, pero sí calles con muchos árboles, y la mía es una de ellas. Frente a mi pequeño balcón, cuyas ventanas aún son de cuarterones de madera, se alza un enorme árbol de hoja caduca, que casi supera el tercer piso, en el que yo vivo.
En verano muchas noches salgo a tomar un rato el fresco ahí. En ese balcón está instalado el aparato del aire acondicionado y, como no deja mucho espacio libre, me siento encima, sobre una jarapa que confeccioné con trapillo precisamente para ello, y me enrosco allí, a impregnarme de las sensaciones que me llegan de la vida de la ciudad, de la energía vibrante que me rodea y me traspasa.
En ese balcón, rodeado de banderines tibetanos de oración, con sus colores y sus mantras ondeando, enroscada sobre mi misma como una serpiente, sueño, medito y experimento a veces la realidad, “mi” realidad, con una claridad despierta y lúcida, que no recuerdo haber sentido nunca cuando me siento a propósito a “meditar”.
Y es que uno no “medita” exactamente cuando “hace algo” para ello, cuando se pone a aplicar técnicas milenarias valiosísimas. NO: esos momentos de auténtica meditación, sin mediar técnica alguna, aunque seguramente resultado de haberse familiarizado con aquellas prácticas y con ello haber sensibilizado la percepción, son una experiencia de comprensión y de apertura mental, que parece estar ajena a “lo idóneo” de las condiciones externas. Precisamente, el balcón del que hablo flota sobre una calle repleta de todo tipo de vehículos con motor, viandantes ruidosos, perros cabreados, etc. Sin embargo, en medio de todo eso y detrás de todo eso, dando soporte a todo eso hay un silencio vibrante en movimiento, como una corriente que permite que todo suceda y se manifieste así, irrepetible e insustituible, ni mejor ni peor; en la que no sólo estoy sumida sino que más bien “soy” ese mismo momento.
Esto es tan difícil de explicar, que sólo habiendo experimentado algo parecido, puede llegar a identificarse.
… Y en medio de ese océano de sensación y de vida, suavemente, empiezo a percibir por debajo el sonido de un grillo nocturno, que parece tan fuera de lugar, tan perdido entre los autobuses y las motos, que lo primero que se piensa es que “cómo habrá llegado ahí”, cómo vivirá un bichito así en una calle populosa de Madrid, tan lejos de su medio natural. Pienso en cómo se sentirá, cómo percibirá ese loco mundo que nos envuelve a los dos.
Y entonces me voy dando cuenta de que ese es su sitio, nuestro sitio, tanto y tan poco como otro cualquiera. Y me empiezo a dar cuenta también de que el ruido de los coches, pasando ininterrumpidamente, se asemeja a olas rugientes que van y vienen, que rompen y se refrenan. Tenemos la idea de que hay ruidos “malos” y ruidos “buenos”, ruidos artificiales que nos perturban necesariamente y ruidos naturales que, aún siendo tan fuertes o más que aquellos, nos hacen sentir bien. ¿Por qué? Son sonidos, todos son sonidos, en cualquier caso, irrepetibles en un instante de eternidad. Y hasta los que nos son más aborrecibles lo son, no volveremos a vivirlos jamás…
… Desde ahí me voy deslizando por el tobogán de los recuerdos, hacia las ensoñaciones, y me desenrosco con cuidado y salgo de ese rincón flotante, para meterme en mi alcoba y vivir otra realidad insospechada.
En el juego de luces y sombras que es la vida nos lanzamos como polillas necias hacia la luz, aunque nos quememos en ella, y huimos de la sombra, de lo oculto, de lo que no sabemos qué esconde porque nos da miedo. Y esto seguramente es la peor opción -si se pudiera llamar así a un impulso irracional de atracción-, porque en lo oculto de las sombras está la respuesta y la solución a los miedos, al miedo de los miedos, al miedo a la aniquilación y a la muerte. Las tradiciones esotéricas más importantes lo han dicho de muchos modos y con alegorías diferentes: sin pasar por la sombra no se puede llegar a la verdadera claridad, la que no quema y a la que no se llega por la huida hacia un reflejo alucinado, escapando de las sombras, sino mediante la voluntad y la consciencia.
Hace poco alguien, tras muchos años de silencio mutuo, me preguntaba qué me había pasado en estos años y qué me gustaría que me pasase. Realmente no es una pregunta tan extraña, pero a mí me dejó perpleja, sin saber de entrada muy bien por qué. Tras reflexionar sobre ello, me di cuenta de que el problema para mí estaba en la formulación de la pregunta. Yo no veo mi vida como algo que «me pase» sino como algo que yo construyo. No se me pasa ni por la imaginación pensar en «¿Qué quiero que me pase?», sino qué quisiera hacer o, como mucho, cómo quisiera que transcurrieran las cosas para poder interactuar con ellas.
Agradezco mucho la pregunta -como diría un cortés entrevistado- porque me ha dado ocasión de reflexionar acerca de cómo siento lo que podría llamar «mi vida», esa construcción mental hecha de recuerdos y ensueños, ya que habitualmente no me ocupo en esos pensamientos, sino que me limito a vivir, a intentar mantenerme consciente y presente, y en eso se me va ya mucho espacio mental.
es decir, tal vez me ocupo poco del análisis de la visión de conjunto de «mi vida», seguramente porque hace tiempo que no creo mucho en ella. No obstante, si tuviera que dar un veredicto, podría decir que estoy satisfecha con cómo me siento y con lo que hago, lo que no significa que me abandone a la autocomplacencia, sino más bien que no vivo en desacuerdo con la dirección básica que he tomado.
Esa dirección no debería ni acercarse a la llama de la vela, no obstante, a veces su atracción es tan fuerte que desvía el rumbo. Mi objetivo real es atravesar las sombras y llegar a reencontrarme, identificarme con la/»mi» claridad mental.
Bueno… Eejem… Ya se sabe lo sana que es la fibra para el tránsito intestinal y lo bien que viene en los desayunos.
Esta versión del bizcocho de yogurt es especial para estos asuntos, sin prescindir de un buen sabor y una buena textura.
Vamos con los ingredientes:
3 huevos
1 vasito de yogurt natural (el mío es casero, para más lujo), que servirá para las medidas posteriores
medio vasito de limoncello
medio vasito de mantequilla
medio vasito de aceite de oliva
1 vasito de azúcar moreno
1 cucharada de azúcar vainillada
1 cucharadita de canela en polvo.
2 vasitos de harina blanca e integral, a partes iguales
1 vasito de salvado de avena.
1 cucharada de levadura tipo Royal
1 cucharadita de bicarbonato
1 buen puñado de semillas de lino, sésamo y chía.
Como en otras ocasiones, separamos las yemas de las claras y levantamos estas a punto de nieve, para reservarlas e incorporarlas al final.
mezclamos las yemas, el azúcar, la canela, el aceite, la mantequilla, el limoncello y el yogurt, hasta conseguir una pasta uniforme, a la que incorporamos poco a poco el salvado de avena y la harina, a los que previamente hemos añadido la levadura y el bicarbonato.
Cuando tenemos una masa bien mezclada, que esta vez resultará sospechosamente líquida, le añadimos las claras, que todavía la van a licuar más. Pero no hay que preocuparse, el resultado es bueno.
Preparamos el horno para que se caliente a 190 grados, que es como ha de estar cuando introduzcamos el molde rellenito, y nos ponemos a los últimos toques.
ponemos la masa en un molde -yo uso uno rectangular de silicona- y lechamos por encima una cantidad generosa de semillas de lino, sésamo y chía. Las empujamos un poco para que se peguen bien a la masa y no se desprendan al cocer, que da mucha rabia luego.
Bueno, pues ya sólo queda meter al horno nuestro proyecto de bizcocho y dejarlo ahí 45 minutitos. Pasado ese tiempo, sale el pedazo de bollo estupendo que se ve en la foto.
Ah, y no hay que hacer caso de los merengues de chocolate que se ven alrededor, que todavía son un proyecto en experimentación.
¡A disfrutar de lo rico y lo sano!
Este si que es un bizcocho para alucinar. La primera alucinada he sido yo, y no a consecuencia de su ingesta: ¡»malgrè tout» -«a pesar de todo»-, ha tenido un éxito arrollador!
La cantidad de absenta que lleva, desde luego, no es suficiente para causar alucinaciones de las que se dice que provocaba esta bebida tan apreciada por los artistas de finales del XIX y principios del XX, conque los maliciosos no podrán achacar el éxito a la obnubilación de los sentidos de quienes lo prueban. supongo que las muchas regulaciones legales y sanitarias a las que se ve sometida la absenta en todo el mundo harán que la concentración de tujonas, que son las sustancias «alucigenantes» que lleva esta bebida, estén bien limitadas. ¡Menos mal que ahora y aquí no está prohibida!
Supongo que, como siempre, lo polémico y maldito me atrae -como a tanta gente- y si, además, tiene un toque literario, ya el objeto se convierte en irresistible. por eso, desde hace décadas, en casa siempre tengo una botella de absenta, que dura años, porque es un licor tan rico como fuerte.
En fin, que no me la bebo, pero no me resisto a dejar de comprarla cuando se termina a fuerza de chupitos distanciados y compartidos. Eso sí, doy fe de que a mí no me inspira nada ni me convierto en artista cuando la bebo, es más, me da un sueño tremendo. Lo mismo es que Picasso, Wilde, Van Gogh, Rimbaud, Pessoa y otros tantos que la tomaban eran artistas «malgrè tout», como yo bizcochera.
De todos modos, como para la receta que cuento hoy hace falta comprar una botella de absenta, aconsejo a quienes no la hayan probado que anden con tiento cuando se tomen un chupito, y que mejor lo rebajen con azúcar y agua fría, como mandan los cánones, vaya a ser que se pillen un cebollón a lo Van gogh y terminen regalando un pedacito de anatomía a cualquier ser humano, que ni lo va a apreciar ni nada, más bien que se va a morir de asco -digo yo.
Entonces, a la faena: ¡qué hacemos con ese pedazo de botella de absenta que dura ya mil años en el armarito de las bebidas? Pues, con un poco de maña y algo de imaginación, «malgrè» la mala fama y las prohibiciones, podemos hacer un bollo bien rico.
Vamos con los ingredientes:
1 yogurt natural bien consistente (si puede ser casero, mejor que mejor).
1 vaso de yogurt de cristal lleno de azúcar, que será la medida a utilizar.
2 cucharadas generosas de azúcar vainillado.
1 copita de absenta (o medio vaso de yogurt).
3 huevos.
120 gr. de mantequilla.
1 vaso bien lleno de harina de arroz.
1 vaso de harina integral de trigo.
1 vaso de harina blanca de trigo.
5 gr. de levadura tipo royal.
1 cucharadita de bicarbonato.
1 puñado de almendras crudas.
1 puñado de arándanos.
Con todo esto, nos liamos la manta a la cabeza y empezamos con la elaboración del bizcocho más bohemio y evocador de la «belle èpoque» al primer bocado.
por ir adelantando algunas tareas, que «cosa hecha no corre prisa» -como dice mi querido amigo Víctor-, tomamos el puñado de almendras crudas y las picamos bien picaditas y las dejamos apartadas para el broche final.
Después separamos las claras de las yemas de los huevos y las levantamos a punto de nieve, y también las reservamos; segunda cosa que ya no corre prisa.
Ahora nos metemos a iniciar el proceso de la masa: batimos los huevos, los dos tipos de azúcar, el yogurt y la mantequilla.
mezclamos los tres tipos de harina con la levadura y el bicarbonato y la incorporamos poco a poco a lo ya batido y, cuando llevemos más o menos un tercio, echamos la copita de absenta y seguimos batiendo. progresivamente ponemos en la mezcla el resto de la harina con lo que obtendremos una masa uniforme y un poco más líquida que la del bizcocho tradicional de yogurt, pero no tanto como la del «bizcocho Shonagon».
En estas ya podemos unir las claras a la masa, pero con cuidado y suavemente, batiendo lo justo para mezclarlas y nada más.
Lista la mezcla la ponemos en el molde que, de momento, llenamos sólo en un tercio. En este punto echamos los arándanos, cuidando de que queden hacia el interior del bizcocho. Cubrimos con el resto de la masa y, al final ponemos las almendras picadas por toda la superficie, empujándolas suavemente para que se unan a la masa y se desprendan lo menos posible una vez cocida.
Ya tenemos aquí el embrión «malgrè tout». Ahora es cosa de tener el horno a 180 grados y, así calentito, dejarlo ahí una horita. a los cuarenta minutos se le puede dar un pinchacín con la aguja de hacer punto, por que no se diga que uno no está pendiente, pero antes de los sesenta minutos me temo que no hay nada que hacer.
Luego, una vez cocido, allá cada uno, si se lo come solito con un copazo de absenta o lo comparte con los amigos -¡yo ayer le di un trocito incluso al electricista que tuve en casa!-. Servidora desde luego se queda con la segunda opción: es mucho más gratificante y engorda menos físicamente, aunque del ego… mejor no hablamos…
Este es uno de mis bizcochos más aclamados, candidato a la impermanencia en su forma como tal, porque se lo zampan que es un gusto.
Con los ingredientes que pongo a continuación sale una hermosura de bollo de tres cuartos de kilo, que, misteriosamente, dura nada y menos.
Como en otras ocasiones,la receta se basa en el famoso bizcocho de yogurt, pero con algunas alteraciones significativas.
Ahí van los ingredientes:
3 huevos
125 gr. de mantequilla
100 gr. de azúcar morena.
2 cucharadas de azúcar vainillada
1 yogurt natural
70 cl. de licor de café
70 gr. de chocolate en polvo para hacer a la taza
300 gr. de harina, integral y blanca, a partes iguales
7 gr. de levadura tipo Royal
1 cucharadita de bicarbonato
1 puñado de sésamo crudo
Como siempre, empiezo la elaboración separando las claras de las yemas para levantarlas a punto de nieve. Una vez hecho esto, las reservo para la última fase de la masa.
Bato las yemas con el azúcar, la mantequilla, el chocolate y el yogurt, hasta conseguir una pasta. Añado después el licor de café con la batidora a poca velocidad para que no salpique mucho.
Después voy incorporando la harina poco a poco, ya mezclada con la levadura y el bicarbonato.
Finalmente, con la batidora a velocidad lenta, añado las claras, removiendo lo justo para unificar la mezcla.
¡Si pruebas un poquito la masa, verás que ya está rica!
Bueno, ya no queda más que ponerlo todo en un molde, echarle por encima el puñado de semillas (apretándolas suavemente para que se peguen bien) y ¡al horno!, que ha de estar precalentado a 180 grados. En unos 45 minutos tendremos hecho un bizcocho morenito y riquísimo como el de la foto, que nos endulzará los desayunos y hará que nuestra gente nos quiera mucho más (no por el interés, claro…).
Voy a hablar de la esperanza (de César Vallejo)
«Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente.
Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa. ¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba. Hoy sufro solamente.
Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre de mi tumba una brizna de yerba al menos. Lo mismo el enamorado. ¡Qué sangre la suya más engendrada, para la mía sin fuente ni consumo!
Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.»
Cuando leí este poema por primera vez, quedé abrumada por el peso del sufrimiento que trasmitía y, al mismo tiempo, me indignó esa apología del sufrir, ese dolerse por dolerse. Durante mucho tiempo para mí César Vallejo fue un autor «despreciable», no por la belleza o el valor literario de su obra, sino por ser el «heraldo negro» de un sufrimiento gratuito. Gracias al que fue mi director de tesis, Jesús Benítez Villalba, me reconcilié con alguno de sus poemas como «Los heraldos negros».
No obstante, cuando me planteé escribir acerca del sufrimiento y, sobre todo, de sus antídotos, lo primero que me vino a la cabeza fue este poema, «Voy a hablar de la esperanza». Es paradójico, o sencillamente irónico, que un poema tan decididamente sufrido y sufridor tenga este título. Creo que eso es lo que me llama más la atención, como si se tratase de un reclamo publicitario.
Pero, en fin, no se trata de analizar poemas ni de hacer cábalas acerca de las intenciones de César Vallejo que, por lo que sé, no debió de ser un ejemplo de positividad precisamente; sino de hablar de la esperanza de la cesación del sufrimiento. Porque, diga lo que diga Vallejo, y aún diciéndolo muy bien, el sufrimiento sí tiene causas, siempre tiene causas y, por tanto, si estas se eliminan se puede hacer desaparecer (y no digo yo que sea fácil, ¿eh?).
El Buda decía que «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional». Es decir, todas sus enseñanzas rebaten punto por punto los versos de vallejo antes de que se escribiesen (y es que los cenizos existieron desde el principio de los tiempos y aquí siguen dando por saco). Pues eso, que Buda sí que podría haber titulado el compendio de sus discursos «Voy a hablar de la esperanza», con toda propiedad.
De todos modos no es menos cierto que para hablar de la esperanza de la liberación del sufrimiento, de un modo u otro, hay que hablar del dolor y del sufrimiento como su consecuencia, hay que comprenderlo y analizarlo para poder «desactivarlo» con el cuidado y la meticulosidad de un artificiero para que no te explote en la cara al darle vueltas; es decir, analizar el sufrimiento para desactivarlo está muy lejos de regodearse en él. Y, volviendo a las palabras del Buda y siguiendo con sus enseñanzas, podemos decir que en el budismo se habla de tres tipos de sufrimiento:
1. El sufrimiento del sufrimiento: Es el que más sencillamente entendemos como tal. El que viene provocado por el dolor, el miedo, la angustia, etc.
2. El sufrimiento del cambio: En este caso la clave está en la impermanencia de todos los fenómenos. Incluso lo más satisfactorio es transitorio y, por tanto, su satisfactoriedad es limitada, tanto por su variabilidad como por su inevitable final. Todos hemos experimentado como un objeto o una situación, una vez obtenidos y disfrutados, pierden fuerza como fuente de satisfacción y, sin embargo, seguimos pensando que tal cosa nos llega de esos objetos o situaciones y no de nuestro estado mental con respecto a ellos.
3. El sufrimiento que lo impregna todo: Este tiene un carácter existencial y surge por los propios condicionantes y limitaciones de la existencia, y la única solución ante él es aceptar que dichos condicionantes forman parte de la naturaleza y asumirlos.
En fin, sin pararnos a desarrollar todo esto, sólo ya a simple vista nos damos cuenta de que es importante saber cuál es el sufrimiento que sentimos para poder desactivarlo. Yo diría que en el caso del primer tipo, «el sufrimiento del sufrimiento», también es importante valorar los «daños objetivos», por decirlo de algún modo. Es decir, no creo que sea lo mismo el dolor infligido a una persona torturada física y psicológicamente o que padece una grave e incapacitante enfermedad, que el de alguien que se ha sentido rechazado ocasionalmente o el de quien sufre la contrariedad que uno pueda sentir frente a una torcedura de tobillo. Sé que estos ejemplos pueden parecer traídos por los pelos, pero son circunstancias que están sucediendo ahora mismo. Dolerse demasiado de las contrariedades propias, además de ser una estúpida fuente de sufrimientos, es ofensivo con respecto al dolor que han de soportar otras personas que están viviendo daños mayores. Tenemos que ser capaces de mirar a los demás y a nosotros mismos con verdadera compasión y empatía, porque la mayoría de las veces nuestro sufrimiento es desproporcionado con respecto al dolor que sentimos. Lo que quiero decir con todo esto es que el mecanismo causa-efecto que desencadena el sufrimiento a partir del dolor no es igual de fácil de desmontar en unos casos que en otros y, aún así, siempre hay que intentarlo porque siempre se puede y se debe intentar sufrir menos.
Por otra parte y enlazando con la característica principal del segundo tipo de sufrimiento, es necesario considerar la transitoriedad de todos los fenómenos. Ese refrán castellano de «No hay mal que cien años dure» es totalmente cierto. No hay mal ni bien que dure siempre y la vida está llena de posibilidades: «no hay mal que por bien no venga». Además, es inteligente y propio de una buena higiene mental el ser consciente y disfrutar de todo lo bueno que tenemos y saber mirar alrededor con compasión y agradecimiento. Todos dependemos de todos y todos queremos ser felices y liberarnos del sufrimiento. Esto es un objetivo común que embarga a todos los seres sensibles y que en última instancia sólo se puede lograr en común. Cada ser es importante para ello pero, no lo olvidemos, ninguno somos imprescindibles. Todos, absolutamente todos dejaremos de existir en esta forma a la que tan apegados estamos, y la realidad seguirá en movimiento. Cuando uno se da cuenta de esto desde el corazón –o desde el higadillo-, cuando uno lo siente de verdad, no sólo lo piensa intelectualmente, la carga de responsabilidad se hace mucho más ligera. Sabemos que tenemos que actuar, que debemos pensar y hacer lo que consideremos más idóneo, pero, al mismo tiempo, somos conscientes de no ser el ombligo de nada ni de nadie, y tal cosa no puede traer más que paz y tranquilidad de espíritu. Y ¿no es eso una verdadera fuente de felicidad?
Centrándonos ahora en «el sufrimiento del cambio», si nos fijamos atentamente nos daremos cuenta de que en muchísimas ocasiones sufrimos porque nos empeñamos en que las cosas que nos gustan sean permanentes e inmutables y en que son satisfactorias por si mismas. Esto, a poco que uno se fije, se da cuenta de que es falso, falsísimo. Nada permanece siempre ni del mismo modo, la realidad no es así y, si cada vez que perdemos a alguien o algo nos dolemos de ello como si fuera una tragedia evitable, nos confundimos y sufriremos siempre. El dolor de la pérdida de un ser querido es enorme, pero si se comprende como algo natural y consustancial a la existencia, si no se siente como un agravio del destino o de la providencia, el dolor es sólo dolor que, sin ser poca cosa, se puede aceptar con serenidad.
Otra característica de los fenómenos que nos hace sufrir es que ellos mismos, el objeto en sí, no es ni satisfactorio ni lo deja de ser. Cuántas veces hemos soñado con tener tal cosa o tal situación y, cuando la hemos alcanzado, bien no nos ha dado la satisfacción que nuestra mente había proyectado, bien sí parece habérnosla dado pero, pasado un tiempo, la costumbre ha hecho que aquello ya no nos parezca para tanto. Es decir, la satisfacción en sí no está en el objeto sino en el sujeto que la tiene. Entonces, ¿no es más sano no dejarse llevar por estos castillos de humo de colores que construye la mente?
Una circunstancia también bastante frecuente es la de sufrir por «falsas pérdidas». Cuando contamos con algo y disfrutamos de ello pensamos que es «nuestro» para siempre y perderlo nos resulta intolerable. Pero algo parecido también nos pasa cuando esperamos obtener algo y no lo logramos. Nuestra mente ya se a proyectado al futuro, ya ha creado una felicidad de fuegos artificiales y ya consideramos que aquello que será nuestro nos hará felices. Por ejemplo, podemos pensar que viajando a la India seremos más espirituales y más realizados y, si teníamos una estancia proyectada y no podemos ir, se nos echa el mundo encima. Sin embargo, tal vez, precisamente enfrentarse con inteligencia y sabiduría a esa «pérdida» puede ser una verdadera fuente de desarrollo espiritual, más aún que ir a ver a un maestro afamado. Si nos paramos a pensar, en casos como este la pérdida no es tal, en puridad, si aún cuando disfrutamos de algo no “lo tenemos”, ¿cómo vamos a considerar que perdemos algo que nunca hemos logrado ni disfrutado? Y, más aún, si todavía no hemos experimentado jamás sus beneficios, cómo podemos sentir que nos estamos perdiendo algo extraordinario. Es nuestra mente y sólo ella quien nos juega esa mala pasada, quien nos desenfoca y distorsiona la imagen de la realidad hasta hacernos creer lo que ni ha sido ni es.
Hace poco leí que Einrich von Stein decía que «Hay que tener aspiraciones elevadas, expectativas moderadas y necesidades pequeñas»; lo que está bastante en consonancia con «el que quiera en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos» de nuestro Francisco de Quevedo. Las aspiraciones y la ambición inteligente pasan por conocer las limitaciones propias y de las circunstancias, lo demás es “ignorancia básíca” (que nada tiene que ver con el nivel académico, por supuesto) y, por tanto, fuente de sufrimiento.
Como conclusión remarcaría que hablar de la “Esperanza” es hablar de la sencillez y de la humildad. El mirar alrededor con amor y atención y mirarse a uno mismo con desenfado, no tomándose a sí mismo demasiado en serio, es mucho más relajado y es fuente de felicidad propia y ajena. Hay que administrar las ocasiones de permitirse el sufrimiento propio con auténtica tacañería porque, como decía más arriba, a veces es una ofensa sufrir por lo que se sufre y, sobre todo, una soberana tontería y un desperdicio existencial. Si uno no hace lumbre con billetes de 50 euros, menos debería hacerlo con los instantes irrepetibles de una vida preciosa.
Así que, Vallejo, escribir, escribías muy bien pero decías tonterías como puños y contaminantes como pesticidas. No obstante, gracias por seguir inspirándome y por el precioso título de tu poema.
Aunque todavía falta un mesecito para que entre la primavera tal cual, ya se va barruntando en el ambiente. Y en esta época reaparecen los dulces de Semana Santa, con su gusto y su aroma a canela.
Estas rosquillitas tienen precisamente ese sabor y dejan un aroma en la casa que invita a evocaciones alegres y serenas.
Voy a contar con qué y cómo las he hecho, para que quien quiera pueda disfrutarlas.
Empecemos por los ingredientes:
150 gr. de harina integral de cebada
150 gr. de harina blanca de trigo
1 cucharada de levadura tipo Royal
140 gr. de mantequilla
140 gr. de azúcar moreno.
1 huevo
50 gr. de chocolate en polvo
50 gr. de almendras crudas picadas
2 cucharadas de canela en polvo bien colmadas
60 ml. de leche de soja
Ahora vamos a ello:
Ponemos en la cubeta de la amasadora las harinas y la levadura y las mezclamos bien. Añadimos las almendras picadas, la canela, el chocolate y el azúcar y lo removemos todavía mejor.
Formamos con todo ello una especie de volcán y en el «cráter» ponemos el huevo y la mantequilla casi derretida.
En ese momento empieza a funcionar la amasadora a velocidad mínima y, poco a poco vamos echándole a la masa chorritos de leche de soja, sin pasar de los 60 mililitros, porque, si dejamos la masa demasiado líquida, resulta inmanejable. Como decía en la receta anterior, debe tener una textura semejante a la de la plastilina y resultar ligeramente pegajosa.
Cuando la mezcla ya está completa, pasamos a velocidad media en la amasadora y la dejamos unos cinco minutos haciendo su trabajo.
Enharinamos una superficie para amasar las rosquillas. Yo suelo utilizar una bandeja mediana para que no se me llene toda la cocina de harina. Resulta más limpio que hacerlo sobre la encimera y, como las piezas a amasar son pequeñas, se puede hacer con comodidad.
Tomo pequeñas porciones a las que voy dando la forma y colocando sobre la bandeja de silicona o sobre la del horno, previamente cubierta por un papel de hornear.
Entretanto, precalentamos el horno a 190 grados y, cuando ya está echando chispas, metemos nuestras rosquillitas y las dejamos ahí 20 minutos, disfrutando antes de comerlas del aroma que se extiende por la casa.
Cada vez más personas de mi entorno se encuentran con que el médico les aconseja no tomar harina de trigo refinada o no tomar trigo en absoluto, así que hay que ponerse manos a la obra y echarle imaginación al asunto de las comiditas.
Esta receta surgió ayer mismo, deprisa y corriendo, así que está garantizado que es rápida, fácil y no se ensucia casi nada.
Ingredientes:
250 gr. De harina de soja.
1 sobre de levadura tipo Royal
50 gra. De sésamo blanco.
1 huevo.
140 gr. De mantequilla.
80 gr. De azúcar moreno.
20 gr. De azúcar vainillado.
Un buen puñado de pasas.
Una copa de limoncello o algún otro licor dulce que no sea anís (aunque está muy rico, mataría el sabor del resto de los ingredientes, otro día os cuento una receta de rosquillas de anís con hinojo y chocolate).
Elaboración:
Coloca en la cubeta de la amasadora la harina y añádele la levadura. Remuévelo bien con una cuchara o como quieras, para que se mezcle lo mejor posible.
Pon luego las semillas de sésamo y el azúcar, y revuelve bien.
Haz una especie de volcán y vuelca en el centro la mantequilla casi derretida, el huevo y las pasas.
En ese momento pon a funcionar la amasadora al mínimo.
La mezcla que irá surgiendo será demasiado seca así que, a chorritos, ve añadiéndo el licor hasta conseguir una masa compacta y ligeramente pegajosa. Digamos que con la consistencia de una plastilina.
Ve tomando porciones y haciendo la forma de las rosquillitas. Yo las coloco directamente en una bandeja de silicona para horno, pero, si no tienes, también se puede hacer colocando papel de hornear sobre la bandeja metálica, y ahí irían las rosquillas.
Pon a precalentar el horno hasta 180 grados y mete las rosquillas 20 minutos.
¡y, voilà!
¡Que aproveche!
https://www.youtube.com/watch?v=CK7nL0zLawI
«La compasión es mucho más noble y grandiosa que la lástima. La lástima tiene sus raíces en el miedo y en una sensación de arrogancia y condescendencia, a veces incluso en una complacida sensación de «me alegro de no ser yo». Dice Stephen Levine: «Cuando tu miedo toca el dolor de otro, se convierte en lástima; cuando tu amor toca el dolor de otro, se convierte en compasión». Entrenarse en la compasión, pues, es saber que todos los seres somos iguales y que sufrimos de manera semejante, es respetar a los que sufren y saber que no es uno distinto de nadie ni superior a nadie«.
Para comenzar esta entrada, después de tanto tiempo sin publicar en el «Cajondesastre», lo mejor es transcribir la cita que me ha impulsado a hacerlo, si bien es cierto que salvo esto, copiarla literalmente, no se me ocurre nada que añadir. Estoy tan de acuerdo y está tan bien dicho, que huelgan los comentarios.
Se trata de una cita de «El libro tibetano de la vida y de la muerte» de Sogyal Rimpoché. Podría decir que lo estoy releyendo, pero más bien lo estoy leyendo, porque, aunque hace años que pasé por sus palabras, ellas no debieron de pasar mucho por mí. Y es que casi no me acuerdo de nada de las múltiples y valiosas enseñanzas que estoy extrayendo ahora de él. Sin embargo, aunque resulte paradójico, puedo decir sin faltar a la verdad que me gustó y me marcó. Comprendí que ahí había algo importante, mucho antes de entenderlo. Y tengo que reconocer que no es la primera vez que me pasa algo semejante con un texto. Recuerdo esa misma sensación con «Altazor» de Vicente Huidobro: mucho antes de saber qué me decía sentí que me lo estaba diciendo.
En estos casos creo que, de entrada, no entiendo los textos sino que los «digiero». Me explico: cuando yo estudiaba lingüística en la facultad de Filología de la Complutense, tuve una profesora de Teoría Literaria -de cuyo nombre no logro acordarme-, que decía que los libros no se leen con el cerebro, sino con las tripas, que hay que digerirlos e incorporarlos. a mí me parece que esto es cierto, y no se figura ella las veces que la he citado sin citarla. Pues bien, con «El libro tibetano de la vida y de la muerte» debió de pasarme algo así como que lo digerí sin masticar en absoluto y con «Altazor» tuve que hacerlo a posteriori, a raíz de cierto «desafío» tácito con el que fue mi director de tesis, Jesús Benítez, pero esta parte del cuento ahora no viene mucho al caso.
En fin, que un Resultado inmediato de la incorporación intuitiva de la enseñanza de Sogyal Rimpoché es que, desde entonces, llevo siempre conmigo impreso de algún modo el mantra de Padmasambhava tal y como lo transcribe nuestro rimpoché en esta obra:
«OM AH HUM VAJRA GURU PADMA SIDDHI HUM» pronunciado «Om Ah Hung Benza Guru Pema Siddhi Hungú».
¿Por qué lo hice y lo sigo haciendo? Entonces no tenía ni idea y, además, tardé bastante en interesarme por buscar su significado. No sé qué me atrajo de él ni qué me hizo sentirlo como tan importante, pero ahí estuvo y aquí lo tengo. Es más, en alguna ocasión lo he «regalado» como un precioso bien (y mi sobrino Jorge, si leyese esto, sabría a qué me refiero).
Por otra parte, años después y por vericuetos extraños, llegué a interesarme conscientemente por el Dzogchen (¿o debería decir reencontrarme?) y a devorar todo lo que caía en mis manos que tuviera que ver con estas enseñanzas. Sin embargo, en ningún momento recordé que este libro responde a esa vía y que estaba dando vueltas entorno al mismo punto desde antes de pretenderlo.
Es decir, el Dzogchen, la vía de la autoliberación estaba rondándome antes de que yo la rondase a ella. Estas son las cosas que me devuelven a la idea de que solo se ve lo que se puede comprender. Yo me puse el traje de exploradora para sumergirme en la selva de las enseñanzas del budismo tibetano, en busca de la ciudad perdida del Dzogchen, porque oí hablar de ella a dos personas que considero mis maestros en muchos aspectos: David Ventura y Bill Palmer. ambos fueron mis profesores de Shiatsu, pero con ellos siempre aprendí mucho más. Lo que quiero decir con todo esto es que, aunque ellos mencionasen la importancia de estas enseñanzas para su planteamiento de la relación terapeuta-cliente y, más aún, para los principios del Shiatsu y Movimiento, que Bill creó y que ellos practican y enseñan, no lo hicieron más que de pasada y dudo que haya habido muchos compañeros que se tomasen tan a pecho como yo el encuentro de «esa ciudad oculta» (¿encuentro o regreso?).
Mirándolo así, uno tiene la sensación de que da vueltas sobre el mismo punto o, más bien, que el tiempo y el espacio carecen de importancia real. Por ejemplo, la primera vez que me encontré con ese planteamiento fue al leer «There are more things» de Borges. En este relato, El cuarto de los incluidos en «El libro de arena», el narrador reflexiona ante su propio extrañamiento:
«… El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared divisoria, una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No trataré de describirlos, porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré. Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la Biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos».
Hace más de dos décadas que leí esto, fue incluso antes de toparme con el libro de Sogyal Rimpoché, y se me quedó profundamente grabado. Después de tanto tiempo, he tenido que ir ahora a buscar la cita exacta, pero recordaba nítidamente el ejemplo de las tijeras.
Puede sonar extraño, pero creo que mi primera aproximación al estudio del budismo fue gracias a Borges, a sus planteamientos sobre la mente y la fenomenología. En ese mismo grupo de relatos, otro de los cuentos, «Ulrrike», contiene otra frase que ha estado presente en mi pensamiento desde entonces:
–Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.
–Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.
A mis ventipocos años ese «siempre es una palabra que no está permitida a los hombres» se me quedó fijado como a fuego. A través de la literatura, como tantas veces en mi vida, me di de bruces con el concepto de la impermanencia, tan importante en la fenomenología budista y en la percepción de la realidad tal cual es.
Y, siguiendo con los hallazgos (o los reencuentros), en «Metáforas de las Mil y Una Noches» Borges acude a una imagen que me introdujo a otros dos importantes aspectos del budismo: la carencia de autoexistencia de los fenómenos y la ley del karma.
«… La segunda metáfora es la trama
de un tapiz que propone a la mirada
un caos de colores y de líneas
irresponsables, un azar y un vértigo,
pero un orden secreto lo gobierna.
Como aquel otro sueño, el Universo,
el Libro de las Noches esta hecho
de cifras tutelares y de hábitos:…»
La «digestión» de estos versos (cuya cita exacta también he tenido que buscar porque estaban flotando por el espacio de mi mente) dio como resultado que me plantease la posibilidad de que las casualidades que llamamos tales no sean más que pura causalidad, que a veces se manifiesta de manera palpable. No es azar lo que une los hilos y los colores de la vida, es la ley de causa y efecto, es el karma. Esto es lo que yo pienso y siento como cierto.
Llegados hasta aquí, cabría preguntarse: ¿la literatura me condujo al budismo o lo traía yo ya «de serie»?
Inevitablemente me inclino por lo segundo, de otro modo habría que pensar que la mayoría de los lectores de Borges terminan identificándose con las enseñanzas del budismo, y me da que no va a ser así…
Podemos entender lo que podemos ver. Leemos un libro y podemos digerir lo que nuestro sistema de absorción puede integrar. Ayer mismo un amigo me decía que había leído en «1984» que el mejor libro es el que dice lo que ya sabemos. Quizá todo esté ya dicho y la literatura sea un gran palimpsesto. Y otra vez tengo que volver a Borges.




